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A los pies del acantilado volcánico

Ulyfox | 9 de enero de 2021 a las 20:16

El puertecito de Ammoudi, en su pequeña bahía. Sobre él, las casas de Oia.

El puertecito de Ammoudi, en su pequeña bahía. Sobre él, las casas de Oia.

La lubina era hermosa, llamativa, gruesa de lomos y por tanto imposible que su procedencia fuera de piscifactoría. Su apariencia era tan atractiva que, pese a mis ganas de variar de pescado, tuve que pedirla. Estábamos en la taberna Sunset (extraño nombre en inglés, qué le vamos a hacer, con lo bien que suena en griego ‘Iliovasílema’), pegaditos al mar en un día ventoso pero luminoso, en el puertecito de Ammoudi, con el pueblo de Oía (recordemos que se pronuncia Ía) situado justo encima, a 120 metros y colgado del acantilado volcánico del extremo norte de Santorini.

Una orilla plagada de tabernas.

Una orilla plagada de tabernas.

Era el segundo y último día de los programados para la estancia en la bellísima isla del Egeo, la más meridional de las Cícladas. En realidad, el almuerzo en Sunset era la principal actividad que habíamos previsto para ese día. Recordábamos otra jornada pasada allí mismo, en nuestra última visita, con otro pescado memorable, esta vez frito y que nos recomendó el encargado del restaurante.

El desayuno en el Thera Suites.

El desayuno en el Thera Suites.

Desayunamos opípara y tranquilamente en el hotel, con el desayuno servido en la terraza del apartamento, abierta a una mañana brillante y cegadora. El plan no incluía, aparte del almuerzo, mucho más que volver a repasar Oia con parsimonia.

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Gente en las terrazas, disparando sus cámaras.

Otro paseo tranquilo por Oia.

Otro paseo tranquilo por Oía.

Esa mañana el pueblo registraba un poco más de actividad. Por encima de terrazas, en callejones, en todas las esquinas había grupo de jóvenes fotografiándose ante el escenario más hermoso posible, ellos adoptando poses heroicas y ellas con actitudes seductoras. Material inigualable para instagrammers.

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Había gente, pero nada comparable con los tiempos anteriores a la pandemia de coronavirus. Se dejaba notar sobre todo la ausencia de unos visitantes habituales como los chinos, y sobre todo de chinas, que suelen traerse vestidos coloridos, y muchas de ellas su traje de novia, para hacerse la foto irrepetible sobre las terrazas blancas y con el fondo azul del mar y de las cúpulas.

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Nos dio tiempo a tomar un café en un barecito asomado al acantilado, y a presenciar un amago de pelea grave entre un cliente azuzado por su compañera y un camarero. Un cliente seguramente nacido para mediador puso paz, frágil pero efectiva, entre los dos.

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Esta capilla tiene un atractivo irresistible.

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Una vivienda neoclásica en Oía.

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La segunda parada fue en un local minúsculo con balconcito sobre la calle, ideal para ver pasar a la gente. Allí fue una cerveza la que acompañó el descanso, mientras oíamos la conversación de unos italianos que contaban al dependiente, de la misma nacionalidad, cosas de su tierra natal y comparaban precios y calidades, y unas islas con otras. Como nos gusta criticar, dedujimos que eran un grupo de pijos repelentes.

Vista de Ammoudi, desde Oía.

Vista de Ammoudi, desde Oía.

Después, por fin bajamos a Ammoudi, desde las cercanías de las ruinas del antiguo castillo veneciano, descendiendo unos 300 escalones por un camino empedrado de cantos rodados que serpentea en algunos casos con pronunciada pendiente, y en el que hay que sortear (aunque en esta ocasión no tanto) una buena ración de excrementos de mulos. Hay que mirar mucho al suelo, pues, pero si no se va con prisa, la bajada da para numerosas paradas y, por supuesto, abundantes fotos.

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Visiones bajando hacia Ammoudi.

Visiones bajando hacia Ammoudi.

Abajo, en la pequeña bahía, tampoco falta el color, sobre todo en las tabernas y en algunas casetas usadas por los pescadores. Arriba, las casas de Oia parecen a punto de caerse sobre nosotros y enfrente aparece tentadora la costa del también habitado islote de Therasia, al que se puede arribar en barco en poco más de diez minutos y que alguna vez visitaremos para quedarnos al menos una noche. Pero tampoco fue esta vez.

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Otro almuerzo inolvidable sobre el mar.

Otro almuerzo inolvidable sobre el mar.

Acomodados en primera línea, en una mesa situada prácticamente sobre el agua, disfrutamos todo el tiempo que pudimos de la comida, que acompañamos con uno de los deliciosos vinos de Santorini, en esta ocasión de la variedad Assyrtiko.

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Después, como unos señores, pedimos un taxi que nos devolviera a las alturas, y aprovechamos para disfrutar de nuevo de las vistas y del sol declinante. No eran chinos, pero vimos también a los inevitables novios que usaban el decorado natural para perpetuar tan feliz momento.

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La novia sobre un fondo irrepetible.

En momentos como esos, se tiene necesidad de pocas cosas más, así que decidimos culminar el día simplemente en la terraza del hotel, con unas cervezas y unos aperitivos que habíamos comprado en un supermercado por el camino, mientras decíamos con el iliovasílema (puesta de sol) un ‘hasta luego’ a una de las islas más bonitas del mundo.