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Un día en la vida de un perro

Ulyfox | 29 de enero de 2012 a las 22:51

Fue un día extraordinario

 

Ha sido un día excitante y extraordinario. Desde por la mañana estaba nervioso, mi olfato detecta cosas que no se imagina mi amo, que se hace llamar Ulyfox. Por eso, aunque él se molestaba en gritarme que me callara, yo no podía dejar de gemir, de ladrar y de reclamar que me abriese la puerta de la terraza, la del patio, la ventana del salón. Le vi ceder como siempre, y levantarse de su sueño de día libre para acceder a todas mis peticiones, casi sonámbulo, con ese andar cansino con que se despiertan los humanos, tan distinto del mío, de orejas levantadas y cola basculante. Yo ya tenía un plan, y no me importaba que sospechara de mi nerviosismo, porque él ni siquiera sabía lo que debía sospechar.

Vista de la Bahía desde la playa de La Casería

Entonces, claro, salimos como todos los días, de camino al solar baldío, lleno de escombros y chatarra de la antigua fábrica de San Carlos, en el que extrañamente sobreviven con buena salud algunos olivos, se aprovechan los eucaliptos, moribundean naranjos y las palmeras son machacadas por el picudo rojo, ese animal mucho más pequeño que yo pero más dañino. En ese lugar poco frecuentado mi amo me deja una relativa libertad, corro, salto, persigo conejos (conejos en los restos de una fábrica) y afronto erizos. Pero hoy  mi olfato me pedía algo más, allá lejos, en la playa de fondos fangosos y aguas limosas. Sé que soy libre, sé que no debo atender las llamadas ni los silbidos cuando ese olor llega a mis finísimas narices. Desaparezco entre los matorrales, él no puede siguiera seguir o intuir por dónde voy a huir, en pocos segundos estoy en otro lugar, y no puedo suponer que mi amo ya empieza a preocuparse y a dar vueltas por el destartalado solar fabril, lleno de agujeros peligrosos, sótanos insospechados y boquetes hechos por los buscadores de chatarra, como miles de trampas para perros.

El antiguo muelle de la Fábrica San Carlos, en una tarde brumosa.

Me pierdo entre sensaciones: una hembra de mi especie anda buscando compañía y yo estoy seguro de que mi nombre, Aquiles, y mi planta bastan para impresionarla e imponerse a los rivales. Paso lo que los humanos llamarían horas en estas tareas felices, placenteras y despreocupadas, en lugares por los que siempre he paseado amarrado mientras mi amo Ulyfox tomaba fotos con su móvil de los atardeceres en la playa de La Casería, o los acompañaba a él y Penélope, mientras ellos almorzaban en el Muriel, junto al Bartolo. Cuando tras la escapada le veo aparecer, con andar cansino y sin creer que me ha recuperado, y oigo su llamada, entonces levanto mi cabeza y mi rabo y corro de una manera feliz a su encuentro, pero a él no lo hallo igual de alegre, sino más bien enfadado, no sé, como si hubiera pasado una mañana de viernes preocupado. No quiero ni pensar que haya estado llorando por mí, tal vez imaginándome atrapado o mal herido en uno de esos agujeros. Me ata rápidamente con su correa y volvemos hacia casa, yo girando constantemente la cabeza hacia mi paraíso momentáneo, extraordinario y excitante.

El Bartolo, compañero del Muriel, para comer en la playita sobre el agua.

 
Yo sólo sé que el resto del día lo paso envuelto en un agradable cansancio en ese sofá que permito de vez en cuando compartir a mis amos. Sospecho que durante unos días no voy a pasear sin correa. Bueno, es igual, no son malos dueños.