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Kioni a pie, la primera excursión por Itaca

Ulyfox | 23 de octubre de 2020 a las 18:52

Kioni, desde las alturas del camino.

Kioni, desde las alturas del camino.

Gerásimos, el taxista gigante de Itaca (Ithaki para los griegos), nos vino a recoger no demasiado temprano, a las diez de la mañana. Nos esperaba ante nuestro hotel en Vathy, con su enorme espalda sobresaliendo un palmo a cada lado del asiento y la cabeza rozando el techo del auto. Habíamos acordado que nos llevaría hasta el pueblo de Anogi, en el otro lado de la isla, de donde parte un sendero muy transitable que baja hasta el puertecito pesquero de Kioni, donde debería ir a recogernos el conductor bastante después de la hora de comer. Teníamos ganas de andar, y sabíamos que Ítaca es un lugar ideal para eso. También conocíamos, de aquella anterior y lejana visita a la isla, el encanto de Kioni, encajonado entre colinas verdes en una estrecha bahía.

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El inicio del sendero.

El inicio del sendero.

Así que ahí estábamos, como dos señores conducidos por un taxista de casi dos metros de altura  y uno de ancho, subiendo la alta cresta que une los dos trozos de Ítaca, admirando a nuestro paso bahías azules y verdes y, desde los casi mil metros de altura una imponente visión del golfo de Vathy. Poco después, dede Anogi Gerásimos  nos dejó junto a un helipuerto, del que arranca un sendero muy bien pavimentado en casi toda su extensión. Nos aguardaban más de dos horas y media de caminata, eso sí cuesta abajo.

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El espeso bosque que acompaña y ensombra casi todo el camino.

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La mayor parte del precioso camino se hace a la sombra de unos finos y altos cedros, y al principio la espesura sólo deja ver algunas torres defensivas de vigilancia y, de vez en cuando, el azulísimo mar allá abajo, por entre la vegetación. A mitad de trayecto, una pequeñísima iglesia ofrece la posibilidad de hacer una parada ante una vista llena de árboles y mar, ideal para hacer la foto.

 

Nos acercábamos a Kioni...

Nos acercábamos a Kioni…

Torres defensivas en la costa de Ítaca.

Torres defensivas en la costa de Ítaca.

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Más adelante, ya aparece la imagen blanca de Kioni en la lejanía, y el alma del caminante, aunque contenta por la belleza del camino, se alegra con la perspectiva de la llegada, aunque, en seguida se demostrará, todavía queda un largo trecho para su culminación. La peculiar situación de este año, con el covid restringiendo los viajes, hace del sendero una vía de tranquilidad. Sólo nos cruzamos, al inicio, con una pareja que hacía el camino al revés, es decir cuesta arriba, lo que tiene mucho más mérito. Hay algo especialmente gratificante en esto de andar, de desplazarte por ti mismo, en medio de paisajes desconocidos y, como en el caso de Ítaca, evocadores por el verde oscuro del bosque, por el castaño de las piedras de las torres, y el blanco de las velas sobre el azul del mar allá abajo.

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La espesa vegetación de Itaca.

La espesa vegetación de Itaca.

 

Pero todo acaba y en esta ocasión el final de la caminata es, aparte de un descanso, una felicidad para los sentidos. Kioni es sólo una hilera de casas alrededor del puertecito y otro grupo en un llano, además de algunas salpicadas por las laderas. No hace falta más para tener un encanto especial, acrecentado por las terrazas y restaurantes junto a la orilla y los barcos amarrados al muelle. Un lugar soñado para arribar.

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El premio de una cerveza fue más que merecido, como lo fue poco después el de unos boquerones perfectamente fritos acompañados de unas berenjenas guisadas con tomate y cebolla (imam), en el mismo lugar en que almorzamos hace casi 20 años, en la taberna Kalypso, que lleva, como tantas en Ítaca, la referencia a la Odisea en su nombre. El camarero que nos atendió tendría unos cuatro años cuando estuvimos la primera vez, calculó él mismo cuando se lo contamos. La vista era la misma, pero esta vez embellecida por un hermoso sol, como eran los mismos los gatos seguramente.

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El joven marinero.

El joven marinero.

Cuando llegamos no había casi nadie en el pueblo, sólo los camareros que se afanaban en preparar las terrazas y en atraer a los pocos clientes. Pero pronto empezó a llenarse el lugar. Y lo atribuimos a excursiones de un día que vienen desde la cercana isla de Lefkada, muy turística. La entrada y salida de algunos barcos llenos nos corroboró esta impresión. Que la economía de las islas griegas sigue siendo familiar también nos lo confirmó las maniobras veloces de un joven marinerito aprendiz para ayudar a desamarrar el barco turístico de algún familiar cercano suyo. El grumete aracía disfrutar mucho trabajando a la vez que jugaba a ser mayor.

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Recordamos que en aquella lejana primera ocasión llegamos a Kioni andando por la carretera de la costa, sólo una hora y no demasiadas cuestas. Pero cuando quisimos volver llamando a un número de taxi desde una cabina, nadie cogía el teléfono. La encargada de una tienda, a la que preguntamos, nos dijo: “¿Un taxi?… dudo mucho de que venga alguno”. Y nos tuvimos que volver de nuevo andando, no sin antes subir con sumo esfuerzo el empinado camino desde el pueblo hasta la carretera. Recuerdo que durante la subida me traje algunas aceitunas con la esperanza de sembrarlas y tener en mi patio un auténtico olivo de Ítaca. No recuerdo qué pasó con ellas, pero desde luego no llegaron a convertirse en árbol.

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La comida en la taberna Kalypso.

La comida en la taberna Kalypso.

Gerásimos acudió puntual a la cita y poco después volvíamos por las hermosas carreteras hasta la misma puerta del hotel. Y hay pocas cosas que igualen el bienestar interior que te da volver a tu habitación con las piernas cansadas por la caminata libre y con los ojos llenos de imágenes.