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Olimpia y la belleza eterna

Ulyfox | 14 de junio de 2020 a las 19:13

Rindiendo pleitesía al Hermes de Praxíteles.

Rindiendo pleitesía al Hermes de Praxíteles en el museo de Olimpia.

Las columnas del Philpeion, en el recinto arqueológico.

Las columnas del Philipeion, en el recinto arqueológico.

En aquel grupo de españoles, uno de los muchos que cerca del mediodía empezaban a abarrotar el yacimiento, se oyó la decepción: “Pues yo creía que esto estaría mejor conservado, la verdad, lo podían tener mejor…” La hablante pasaba por alto que los restos que estaba viendo tenían unos 2.500 años de antigüedad, por lo que se podía deducir que se conservaban bastante bien, teniendo en cuenta su edad. Obviaba también que Olimpia (esos eran los restos entre los que paseábamos) es tan importante por su significado histórico como por el estado de sus ruinas.

Ante el templo de Hera.

Ante el templo de Hera.

Ya es un contradiós llamar ruinas a lo que son realmente huellas del paso del hombre, de su cultura, de sus sueños, de sus ambiciones, por la Tierra. Esas piedras, la mitad derrumbadas por el suelo, son más bien apuntes de Historia, notas que repasar sobre nuestra propia asignatura vital.

El templo de Zeus, con sus columnas derribadas.

El templo de Zeus, con sus columnas derribadas.

Cuando empezaban a entrar en tropel los grupos de turistas, nosotros ya salíamos. Pero no pudimos evitarlos luego en el excepcional Museo. Habíamos llegado muy temprano al yacimiento, apenas pasadas las ocho de la mañana, cuando el sol era clemente aún y casi fuimos los primeros en entrar a lo que queda de la espléndida antigua Olimpia, que casi desde el principio de los tiempos fue centro de peregrinación y culto.

Pinos y columnata.

Pinos y columnata.

La Palestra, a la luz mañanera.

La Palestra, a la luz mañanera.

Fue magnífica la entrada en tan grandioso recinto, que aparecía casi en exclusiva para nosotros y sombreado por numerosos pinos, olivos y otros árboles. Y solos vimos el templo de Hera, el más antiguo, con su hilera de columnas gruesas, el Phileppion de estructura circular, recientemente restaurado, el solitario templo de Zeus con sus grandes columnas derrumbadas, que albergaba la estatua que esculpió Fidias (su taller también fue hallado en las inmediaciones) y que fue una de las Siete Maravillas del mundo antiguo, la palestra y el gimnasio con sus ecos de atletas participantes en los antiguos y auténticos Juegos Olímpicos…
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A partir de esa hora empezó a entrar la gente y el silencio se alteró no sólo por los gritos y conversaciones, sino por los silbatos de los guardas que cada dos por tres sonaban para llamar la atención de los bárbaros irrespetuosos que se subían sobre estas milenarias piedras para hacerse la foto, pese a los carteles que lo prohibían. Actitudes que han hecho que ya no se pueda acceder al Templo de Zeus, por ejemplo, ni acercarse a su impresionante columnata derribada por los terremotos.

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El primer, único y verdadero Estadio Olímpico del mundo.

El primer, único y verdadero Estadio Olímpico del mundo.

El gentío se hizo patente en el mítico Estadio, con competiciones y carreras de turistas sobre la sagrada arena, con posados de falsas salidas sobre la línea de piedra, animados por los entusiastas y chistosos guías. Algunos se lo tomaban realmente en serio, y temí más de una congestión por el esfuerzo atlético bajo el calor que ya se empezaba a mostrar de manera muy dura. “La gente está fatal”, comentaba a nuestro lado un visitante.

La Victoria Alada, en el Museo.

La Victoria Alada, en el Museo.

Ninguno de esos espectáculos pudo quitar grandiosidad al sentimiento que despiertan unas ruinas bellísimas, que se hace aún más grande en el Museo, que exhibe los impresionantes hallazgos en las excavaciones. Obras maestras como la Victoria alada de Peonio, los grupos escultóricos pertenecientes a los frisos del Templo de Zeus y, sobre todo, el hermosísimo Hermes de Praxíteles, obra maestra universal que tenía en mi memoria indeleblemente desde aquella primera visita a Olimpia ¡en 1992! Seguía imperturbable pero cada día más bello con sus proporciones perfectas y el increíble brillo pulido de su mármol.

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El Hermes de Praxíteles, brillante y perfecto.

El Hermes de Praxíteles, brillante y perfecto.

La acumulación de gente se hizo algo agobiante, y también indignante al ver las posturitas de algunas turistas delante de esas mavarillas del arte. En fin… tampoco pudieron evitarnos el disfrute pese a sus inconscientes y evidentes intentos.

La multitud en el Museo, ante uno de los frisos del templo de Zeus.

La multitud en el Museo, ante uno de los frisos del templo de Zeus.

Olimpia, seguirás ahí cuando hayamos pasado todos a otro estado, haciendo disfrutar a las generaciones sensibles.

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Varios detalles de los frisos del Templo de Zeus, en el Museo.

Varios detalles de los frisos del Templo de Zeus, en el Museo.

 

Hacia Olimpia entre restos arcaicos

Ulyfox | 3 de junio de 2020 a las 18:31

Vista del golfo de Pilos desde el palacio de Néstor.

Vista del golfo de Pilos desde el palacio de Néstor.

 

En Grecia, por mucho que vayas, siempre te dejas cosas por conocer. En esta ocasión, en el camino entre Koroni y Olimpia, dejamos a un lado una maravilla, uno de los templos mejor conservados de la antigua Grecia: el de Bassae, dedicado a Apolo Epicuro. Construido poco después que el Partenón, a finales del siglo V antes de Cristo, está construido en estilo dórico, pero su disposición es original y avanzada. Tiene también una fila interior de columnas jónicas y una única central corintia, cuyo capitel es el más antiguo que se conoce de ese estilo.

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Vistas del templo de Bassae, con su antiguo aspecto y el que presenta ahora, bajo la carpa. Las fotos no son nuestras, obviamente.

Vistas del templo de Bassae, con su antiguo aspecto y el que presenta ahora, bajo la carpa. Las fotos no son nuestras, obviamente.

 

Pues a pesar de esa descripción tan atractiva, no fuimos a verlo: está aislado en el interior montañoso. Esta ubicación le permitió pasar desapercibido durante siglos y a salvo de guerras y destrucciones, pero esa misma situación, al final de una larga y sinuosa carretera nos disuadió de ir a buscarlo: otra tarea que queda pendiente. Ahora el templo está bajo la protección de una gran carpa, lo que le quita espectacularidad a su presencia encima de una loma, pero le otorga seguridad.

Una vista general de los restos del palacio.

Una vista general de los restos del palacio.

La bañera de terracota del palacio.

La bañera de terracota del palacio.

 

A esas dificultades se unió que ya veníamos ese mismo día de una experiencia de ruta complicada para visitar, cerca de allí, el palacio de Néstor, el afamado rey que fue uno de los caudillos micénicos que participaron en la guerra de Troya. De lo que fue uno de los centros de poder más importantes de la antigüedad, probablemente datado más de 1.500 años antes de Cristo, sólo quedan algunos restos de muros que permiten distinguir la disposición del palacio pero sobre todo allí está el eco inapagable de una época.

Entrada a la tumba.

Entrada a la tumba.

Penélope, en el interior de una de las tumbas micénicas junto al palacio de Néstor.

Penélope, en el interior de una de las tumbas micénicas junto al palacio de Néstor.

 

En un entorno protegido por una cubierta de madera y de aspecto polvoriento, se pueden observar algunas dependencias y sobre todo el curioso baño, con bañera de terracota incluida. En sus ruinas se pudieron encontrar restos de frisos decorados con frescos y una importante colección de tablillas de arcilla inscritas con una antigua escritura, cuyo descifrado fue importantísimo para el conocimiento de la Antigüedad. Además, en los alrededores han aparecido varias tumbas micénicas, en forma de tholos, como una gran cúpula de piedra bajo las que impresiona entrar. Me recordaron a la llamada Tumba de Agamenón en la misma Micenas, aunque de menor tamaño.

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Frescos del palcio de Néstor y una vasija con el dibujo de un pulpo, en el Museo de Hora.

Frescos del palcio de Néstor y una vasija con el dibujo de un pulpo, en el Museo de Hora.

 

El Museo Arqueológico de Hora, un pueblo cercano, acoge todos estos importantes hallazgos, pero requiere una inversión en renovación que permita entender mejor la importancia de lo expuesto. Algunos restos minúsculos de frescos son emocionantes pero están repartidos en vitrinas de manera penosa ¡Hay tantos siglos de historia europea allí metidos!

Anotado Bassae para una próxima vez, y camino de Olimpia, señalamos en el mapa una parada que parecía sugerente, la playa de Voidokilia, con una llamativa forma de letra Ω en la que la parte curva pertenece a un arco de arena dorada que linda con un agua transparente. Todo eso estaba allí cuando llegamos, pero también miles de personas abarrotando el lugar, además de un viento racheado y caliente. Suficientes razones para dar marcha atrás y buscar el baño en otra playa cercana, tampoco muy atractiva. Son los inconvenientes de una de las zonas más turistizadas de Grecia, la llamada Costa Navarino.

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La playa de Voidikila, magnífica y atestada.

La playa de Voidikila, magnífica y atestada.

 

Visto el plan, decidimos alcanzar ya Olimpia, a donde llegamos en medio de uno de los aires más calurosos que recuerdo. El hotel respondía casi con exactitud a lo que se esperaba, lleno de familias que habían tomado al asalto la piscina. Como un destino que no entiendo en mitad del ardiente Peloponeso. Menos mal que a la mañana siguiente nos esperaba muy tempranito la eterna Olimpia antigua.

 

Antigua Messeni (o Messini), tan nueva para mí

Ulyfox | 19 de mayo de 2020 a las 12:11

Las ruinas de la Antigua Messeni, un descubrimiento maravilloso.

Las ruinas de la Antigua Messeni, un descubrimiento maravilloso.

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La principal ventaja que conllevaba nuestro inolvidable periplo de dos meses  y medio por Grecia era la libertad de cambiar de rumbo y de planes sobre la marcha. Siempre dentro de un margen, puesto que era temporada alta y pleno verano. Pero podíamos mirar los mapas y calcular rutas y sus variantes. Dentro de esos vistazos, me topé en uno de los caminos previstos, el que nos llevaba a Koroni, con un nombre: Antigua Messeni (Palea Messini, en griego). Ya de por sí sonaba muy bien, pero haciendo averiguaciones en esa herramienta maravillosa aunque controladora que es Google, las ganas de hacer un desvío aumentaron hasta convertirse en certeza ineludible. Había que parar.

El contundente desayuno en Mavromati.

El contundente desayuno en Mavromati.

Bajo una de las pocas sombras del yacimiento.

Bajo una de las pocas sombras del yacimiento.

En la pista del estadio.

En la pista del estadio. Al fondo, Mavromati.

Salimos de Kardamili temprano y enfilamos las hermosas y resistentes carreteras del Peloponeso costero. Bordeamos la populosa Kalamata, verdadera capital de la zona. La meta final de esta etapa era Koroni, la del alto castillo, pero en el camino la ilusión nos esperaba en Messeni. Llegamos a mediodía, en un día de calor considerable, a Mavromati, el pueblo que está junto al yacimiento arqueológico, en un alto desde el que el panorama sobre las ruinas es espléndido.

Una de las entradas al teatro de Messeni (abajo)

Una de las entradas al teatro de Messeni (abajo)

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Allí mismo, a la entrada de Mavromati (que significa Ojo Negro y se llama así por un agujero del que mana una fuente en la plaza principal) nos dimos un desayuno tardío en una gran taberna con vistas a los restos. El tabernero se resistió a ponernos dos huevos fritos arguyendo que no ponían desayunos, pero al final cedió y los acompañó con rodajas de tomate y aceitunas que nos supieron a gloria. ¡Estaban buenos…! Y fue la mejor manera de coger fuerzas para emprender la visita a la Antigua Messeni.

Vista general de la Antigua Messeni desde Mavromati.

Vista general de la Antigua Messeni desde Mavromati.

Messeni fue fundada por el gran general y dirigente tebano Epaminondas tras derrotar a Esparta, y dentro de una línea fortificada construida precisamente para vigilar y mantener bajo control al gran reino espartano. La situó bien, desde luego, en ese verde valle al pie de grandes montañas, allá por el siglo IV antes de Cristo. De la importancia que tuvo dan fe los restos, pero sobre todo la imponente muralla que causaba el asombro de todo el mundo griego y de la que quedan algunos restos que dicen impresionantes. Digo eso porque no los encontramos. De nada nos valió darnos cuenta después de que sólo había que haberse acercado en coche un par de kilómetros más adelante, a pie de carretera. Lo tenemos pendiente… también.

Ante el Asclepeion, y los mosaicos de una antigua basílica.

Ante el Asclepeion, y los mosaicos de una antigua basílica.

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Pero es que los restos que pudimos ver son asombrosos. Allí en medio de la gran llanura, y ya desde lejos, se divisa una gran cantidad de columnas dóricas. Cuando te adentras en el lugar lo primero que ves es el muro exterior de un teatro. Es emocionante traspasar alguna de las estrechas puertas de piedra y acceder al graderío, aunque no es el teatro antiguo más grandioso que hemos visto.

El graderío de la cámara municipal.

El graderío de la cámara municipal.

La palestra de los atletas, cerca del estadio.

La palestra de los atletas, cerca del estadio.

Seguimos paseando los restos de la antigua ágora, de fuentes monumentales, de un grandioso Asclepeion, numerosos cimientos de templos, las gradas de una cámara municipal… Pero la fila de columnas que divisaba a lo lejos, un pórtico y una curiosa construcción de cúpula apuntada me llamaban. La columnata rodeaba como un rectángulo al que le faltara un lado el estupendamente conservado graderío de un enorme estadio. En el lado sin columnas, un templo dórico es el mausoleo de una importante familia romana. A un lado, el curioso edificio de cúpula cónica es el monumento funerario de otra familia… En un vértice, otra columnata cuadrada perteneciente a la palestra de los atletas. Todo tan antiguo, y tan nuevo para nosotros.

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Vistas del grandioso estadio, rodeado de columnas.

Vistas del grandioso estadio, rodeado de columnas.

Deambulamos durante largo rato asombrados entre tanta belleza arcaica, imaginando batallas, competiciones y ritos viejos, hasta que el calor nos aconsejó la vuelta. Una pareja insensata con un bebé en el carrito entraba a esa hora tórrida en el yacimiento. El guarda intercambió con nosotros una mirada y un gesto incrédulos por la osadía temeraria de esa familia… Retomamos el coche y nos dirigimos a Koroni. En el camino, ya en la hora de la siesta, paramos en un enorme bar de carretera de cuyo interior salió un chaval somnoliento a servirnos un par de cervezas. Los padres, seguramente, dormían. Al lado, un grupo de amigos bebía una y otra jarra de vino y discutían de política, una de las distracciones favoritas de los griegos.

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Dos vistas del mausoleo familiar en forma de templo dórico, en el fondo del estadio.

Dos vistas del mausoleo familiar en forma de templo dórico, en el fondo del estadio.

 

 

 

Bajo el signo de la antigua Roma

Ulyfox | 6 de febrero de 2015 a las 13:08

En el patio del Museo Capitolino.

En el patio del Museo Capitolino.

 

Uno puede o no emocionarse ante los vestigios desvencijados o extraordinariamente conservados del mundo antiguo. La inteligencia, la sensibilidad y las ganas son particulares. De acuerdo, pero resulta difícil pensar que alguien normal pueda pasar indiferente ante la riqueza arqueológica de ciudades como Roma, que fue varias veces capital del mundo terrenal y desde hace casi dos milenios capital espiritual universal. Es posible que entre el gentío multitudinario que estos pasados Nochevieja y Año Nuevo invadía la Ciudad Eterna, entre los grupos que caminan apresurados tras el paraguas levantado del guía, entre las bandas de jóvenes y no tanto que esgrimen como una nueva arma de disuasión los palos de selfies, es posible que entre todos ellos haya mucha gente a la que le da igual estar pisando el mismo suelo que hollaban los emperadores, centuriones, patricios y plebeyos de la capital del Imperio, pero incluso ellos sentirán un microsegundo el peso ineludible de la historia.

El antiguo mercado de Trajano, un auténtico centro comercial en la Roma antigua.

El antiguo mercado de Trajano, un auténtico centro comercial en la Roma antigua.

Era la tercera vez que visitábamos Roma y sentíamos que se triplicaba, al menos, el gusto de estar allí, en medio del transcurrir imparable de los siglos humanos. Sí, porque aquello era el Foro donde se gobernaba el mundo, era el Coliseo donde se divertían todas las clases sociales con la cruel representación de la vida, era el Teatro de Marcello para la comedia y la tragedia, era el Ara Pacis para brindar por la paz del siglo de Augusto, era la huella del genio humano inmortal de aquellos genios de lo práctico y lo bello, en los bronces y mármoles del Museo Capitolino, en la arquitectura indestructible del Panteón, en la desmesura de los mausoleos imperiales como el que ahora se llama Castel Sant’Angelo.

El arco de Vespasiano, en los Foros Imperiales.

El arco de Settimio Severo, en el Foro romano.

Hay miles de razones para ir y volver a Roma, las siguen desde hace cientos de años millones de personas, todos los caminos del corazón llevan a ella. Aquel centro telúrico que inventaron los romanos sigue atrayendo multitudes que desafían al frío invierno. Aquellos hombres y mujeres de toga y túnica, de legiones y espectáculos sangrientos, de legisladores que marcaron el mundo son los responsables de esta atracción. Hay miles de razones, pero entre ellas, es la más importante el legado en ruinas brillantes de aquellos fundadores.

 

El Foro Romano.

El Foro Romano.

“Ver Roma y después morir” dice el dicho romano para halagar las bellezas de este lugar. Es mejor, pienso yo, ver y volver a ver Roma siempre.

El Coliseo, en la tarde del 31 de diciembre de 2014.

El Coliseo, en la tarde del 31 de diciembre de 2014.

 

Visión nocturna y fría del Arco de Constantino.

Visión nocturna y fría del Arco de Constantino.

 

El Castel Sant'Angelo, antiguo mausoleo de Adriano, y el puente del mismo nombre sobre el Tíber.

El Castel Sant’Angelo, antiguo mausoleo de Adriano, y el puente del mismo nombre sobre el Tíber.

 

El impresionante interior del Coliseo.

El impresionante interior del Coliseo.

 

El gentío ante el Arco de Tito.

El gentío ante el Arco de Tito.

 

El Espinario, maravilloso bronce en los Museos Capitolinos.

El Espinario, maravilloso bronce en los Museos Capitolinos.

 

La Loba Capitolina, símbolo de la antigua Roma.

La Loba Capitolina, símbolo de la antigua Roma.

 

La estatua ecuestre de Marco Aurelio, otra de las joyas del Museo Capitolino.

La estatua ecuestre de Marco Aurelio, otra de las joyas del Museo Capitolino.

 

 

Cerca del Teatro Marcello.

Cerca del Teatro Marcello.

 

Ante el Ara Pacis, prodigio de la escultura romana.

Ante el Ara Pacis, prodigio de la escultura romana.

La muralla ciclópea

Ulyfox | 12 de abril de 2013 a las 16:22

Ante la ciclópea Puerta de los Leones de Micenas.

De aquel primer viaje nuestro a Grecia tengo un montón de recuerdos maravillosos. Nos quedaron clavadas tantas cosas como un clavo sin dolor y con olor. Pero había dos o tres para las que estaba predispuesto y yo esperaba con ansia. No ya las islas y sus azules luminosos, ni las gozosas tabernas, ni que el Peloponeso fuera verde y montañoso, todas ellas embriagadoras sorpresas. Yo anhelaba el encuentro con el Partenón, maravillarme ante los monasterios suspendidos en el aire de Meteora, y ver por fin de cerca la Puerta de los Leones de Micenas.

No pude resistirme a subir a esa muralla. Mal hecho

Esta puerta de entrada a la ciudad de Agamenón, la gran enemiga de Troya, la patria de los aqueos, el símbolo de la gran cultura micénica había sido para mí una imagen fija desde que la vi en una pequeña foto, creo que en blanco y negro en aquel libro de texto de Historia del Arte, mi asignatura favorita entre todas, en sexto de bachillerato. Dos grandes pilares de piedra de una sola pieza y un enorme dintel, y sobre este, un relieve con dos leonas rampantes para guardar el acceso por la muralla a uno de los lugares más míticos de la Antigüedad. Murallas ciclópeas se decían, porque parecía una obra sólo posible de hacer por aquellos gigantes forzudos de un solo ojo, capaces de trabajar con piedras de hasta seis toneladas para levantar una pared de 13 metros de alto.

El misterioso círculo funerario de Micenas.

Por eso fue tan grande mi emoción, tan intensa la incompartible alegría, cuando nos acercamos por fin a la ciudad, en el centro de la península de la Argólida, ese territorio que es como un museo al aire libre de la Historia Antigua. Allí estaba la muralla de la capital más poderosa de la Grecia de hace 4.000 años, el hogar de Agamenón y Menelao, los que comandaron las tropas que derrotaron a la poderosa Troya, esos que hasta los descubrimientos de Schliemann en 1870 se pensaba que eran invenciones del gran Homero. Los aqueos existieron y esta era la prueba. Apareció ante mí la Puerta de los Leones: también era de verdad, no solamente una imagen en un libro, y una verdad emocionante, hermosa y en cierta forma, amiga. Me demoré lo que pude delante, detrás, alrededor e incluso, pecado de turista, encima de la Puerta. Luego recorrimos la antigua ciudadela, ojeamos sus piedras, el círculo funerario, los restos de antiguas casas, y más lejos la impactante Tumba de Agamenón o Tesoro de Atreo, con su cúpula de piedra, y recorrimos el Museo.

Entrada a la Tumba de Agamenón, o Tesoro de Atreo

Pero yo pensaba siempre en la Puerta, nada podía superar a la realización de esa cita concertada tácitamente muchos años antes, y desde entonces tengo mezcladas la alegría de verla y la nostalgia de su piedra marrón. Igual que tenemos pendiente esa vuelta al Peloponeso, esa tierra de nombre resonante que me conecta, como el lenguaje, con lo antiguo.

En el interior y bajo la cúpula de la Tumba de Agamenón.

Baelo espléndida

Ulyfox | 29 de marzo de 2013 a las 22:26

Vista general de Baelo Claudia, el Viernes Santo.

Aprovechando que nos hemos quedado por aquí he realizado una excursión largo tiempo anhelada: volver a Baelo Claudia, ahí al lado pero sin visitar desde hace infinidad de años. Quería ver cómo había quedado el nuevo centro de interpretación, y los avances en la excavación y consolidación de las ruinas. En pocas palabras: ha quedado estupendo. El Centro es un hallazgo, moderno, racional y a la vez integrado en el entorno. Durante su construcción fue objeto de numerosas polémicas, pero a mí me parece que el resultado es espléndido, ligero, aéreo, luminoso. Un lujo en Andalucía.

El Foro, con su pavimento milenario, y la Basílica al fondo.

El lugar arqueológico está magníficamente señalizado y preparado para la visita, con explicaciones sucintas y claras. La visión con la ensenada de Bolonia al fondo es maravillosa. El teatro, que no pude visitar hace años, ha quedado extraordinariamente a medias entre la rehabilitación y la ruina evocadora. Por desgracia, no puedo decir lo mismo de la información que se proporciona. El día que nosotros fuimos se habían acabado los folletos en español, y cuando quise comprar una guía del sitio en la tienda tampoco la había en español: sólo en inglés. Al parecer se ha agotado, y el presupuesto no da para reeditarla.

La cavea del Teatro, restaurada.

Una cosa me resultó extraña: la entrada es gratuita para españoles y ciudadanos de la Unión Europea. Me encanta que la cultura esté al alcance de todos, pero creo que una entrada a precio simbólico, soportable por todos, pongamos un euro, ayudaría por ejemplo a tener fondos para reeditar esa guía, entre otras cosas. El yacimiento estaba lleno de visitantes, el aparcamiento a rebosar y numerosas familias disfrutaban de este tesoro gaditano. Un buen puñado de euros podría haber ido a parar a fin tan encomiable y ciudadano.

Los restos del acueducto, y el Centro de Interpretación al fondo.

Un asunto personal: disfruté sobre todo de pisar ese suelo antiguo, las baldosas de la calle principal, el Decumano Máximo, de casi dos mil años de historia y onduladas por los terremotos y los siglos. Deseé ser un mecenas antiguo e invertir miles de euros en sacar a la luz tanto secreto guardado bajo la tierra de Baelo Claudia. Me alegré de tener tan cerca ese pedazo de Roma. Y más después de rematar la faena con un almuerzo en el restaurante Las Rejas, nuestro comedor en la playa de Bolonia.

Patio del Centro de Interpretación de Baelo Claudia.

La Historia sale al paso

Ulyfox | 21 de octubre de 2012 a las 0:51

Restos de templos ante la muralla de Aptera.

Hay un lugar allí arriba en la colina, no muy alto, entre piedras ancestrales y olivos residuales, cerca de un pueblo medio recuperado. No hay que subir mucho desde la carretera que va de La Canea a Rethimnon, apenas unos kilómetros, pero tiene una vista privilegiada de la Bahía de Souda. El pueblo se llama Aptera, y el lugar del que os hablo, Antigua Aptera. Fue una de las más importantes ciudades primero minoica, luego doria, después helenística, más tarde romana y bizantina, en Creta, esa isla en la que la Historia, toda la Historia que estudiamos y algunos amamos desde chicos, toda la vida del hombre en esta tierra te sale a cada paso.

En la calzada, ante lo que fue la puerta principal de entrada a Aptera.

Es que vas por la carretera y ahí a la derecha te encuentras una muralla hecha de grandes piedras perfectamente encajadas, con una calzada que parece dirigirse a una abertura, es decir una antigua puerta. Y sí, eso era la entrada principal de la Aptera romana y antes helenística, con las huellas de los carros aún en el pavimento, el rastro de sus habitantes impreso para siempre, por los siglos de los siglos, per saecula saeculorum. A un costado, fuera del muro restos de templos y algunos edificios públicos.

Alguien levantará un día estas columnas del peristilo, en la villa romana.

No se puede entrar por aquella puerta, descubierta recientemente, porque toda la zona está en fase de esperanzadora excavación: más de un metro de tierra rojiza acumulada por el tiempo guarda quizá el rastro de calles y comercios, quién sabe. Dan ganas de ponerse el sombrero y empezar a descubrir artefactos, escombros, vasijas o desperdicios de hace 2.000 años. Dejemos que los expertos, cuando haya bastante dinero, hagan su trabajo. Un caminito medio arreglado sube hacia el interior de lo que fue la gran ciudad. En realidad, al principio, es difícil ver nada, pero la Historia vuelve a salirte al paso cuando varios nidos de ametralladoras de cuando la invasión nazi aparecen a la izquierda del camino. Debía de ser una posición estratégica sobre la bahía. Pero luego, un desvío entre olivos dirige tus pasos a una antigua villa romana, las columnas del peristilo caídas hacia adentro del impluvium, síntoma inequívoco del efecto de un terremoto. Nadie ha caído en levantar de nuevo las basas, fustes y capiteles dóricos, y erguirlos contra el horizonte, y se puede impunemente pisar sobre sus históricos sillares, románticamente solitarios en el campo, hundidos en el suelo.

Los obreros hacen surgir de la tierra el antiguo teatro.

Volviendo al camino, cinco minutos más allá están los principales restos: un pequeño teatro, un semicírculo de piedra y graderíos va surgiendo de la tierra gracias al trabajo de un montón de privilegiados obreros trabajando en su limpieza y recuperación, con sombrajos para los arqueólogos que despliegan en mesas alargadas hallazgos y papeles, lápices e instrumental solo útil para ellos.

En el interior de la cisterna, bóvedas milenarias de piedra, arcos de medio punto milagrosos.

Y más adelante, el signo infalible de que aquello fue algo importante: grandes cisternas, enormes almacenes de agua para abastecer a sus habitantes, algo en lo que los romanos eran expertos. Y una de ellas, sobre todo, está maravillosamente conservada. Se puede entrar y admirarse del definitivo invento que fue el arco de medio punto. Altas bóvedas sostenidas sobre gruesos pilares, un aljibe impresionante de cientos de años, que todavía se llena de agua en época de lluvia y ahora es hogar de palomas. Ante esos siglos, bajo ese recorrer diacrónico, uno se siente felizmente pequeño, aunque del mismo tamaño que aquellos hombre que fueron capaces de construir esto, luchando y venciendo contra leyes tan severas e implacables como la de la gravedad. Es Aptera, la que fue grande, una muesca más de la Historia en Creta. La misma Historia que pasó sobre ella, cuando abandonada, un sultán turco compró la mayor parte de sus piedras para edificar, un poco más allá, un poco más estratégica, la impresionante fortaleza otomana de Izedin.

 

La fortaleza de Izedin, edificada con piedras de la antigua Aptera.

La Historia vive

Ulyfox | 23 de agosto de 2012 a las 13:16

La pequeña iglesia bizantina de la Panagia, en Fodele

Es inagotable la fuente. No sabes lo que puedes sacar de un asunto hasta que te pones a indagar en él. Damos cien, mil vueltas a Creta en coche, conversaciones libros o páginas web, y cuando creías conocer medio bien la isla te aparecen nuevos nombres misteriosos y atractivos como imanes: Tampakaria, por ejemplo, en La Canea, un barrio marino de curtidores, en realidad ya reliquia industrial, que hay que ir a conocer y degustar; Koum Kapi, con toda su resonancia turca, la Puerta de Arena significa; Koutsoumados, escenario de una de las mil matanzas sucedidas en la isla desde que es isla; Anogia, para conocer la patria del gran músico Nikos Xylouris, una leyenda muerta joven como corresponde a su carácter de leyenda; y tenemos que conocer Frangokastello, una de las pocas fortalezas que los venecianos lograron levantar en la rebelde tierra de Sfakia; Eneahoria, los Nueve Pueblos que dicen maravillosos; Valos y su visión de peñón rodeado de aguas turquesas, con el ruego de que no haga viento; Bamos, y su pequeña escuela de cocina cretense; el valle de Amari y el monte Ida, con otra cueva morada de Zeus; Samaria y su larga garganta de paredes pegadas hasta llegar al baño en Agia Roumeli.

Las leyes de Gortina, grabadas en la piedra del Odeón romano

Tantos sitios a donde ir en nuestra segunda visita de este año. Penélope también es inagotable cuando se pone, y está escudriñando el mapa de Creta como aquellos generales de la Segunda Guerra Mundial que buscaban el mejor paso entre montañas para llegar al puerto escondido en donde podrían embarcar y huir al fin de la persecución nazi. Pero es imposible rastrear las huellas de la Historia con dedicación de amateur. Sólo es posible admirarse de la larga trayectoria humana de esta isla, pasmarse ante sus restos, echarse las manos a la cabeza. Aquí exponemos con orgullo una vasija pintada en una vitrina; allí es enloquecedora la abundancia, desde un minúsculo sello en el que está representada la antigua ciudad de Kydonia, hasta los hermosos frescos con juegos taurinos del palacio de Knosos. Y vasijas, por decenas de miles. Y unos pendientes milenarios que son dos avispas, y un disco de arcilla con un lenguaje escrito aún por descifrar.

El mosaico de una basílica paleocristiana, cerca de Elounda

 

 

Escalinatas y muros en la ciudad dórica de Lató.

En un alto de acceso entre piedras está lo que queda de la ciudad dórica de Lató, con una vista espléndida del golfo de Mirabello. En un casi pantanal afloran los restos del palacio minoico de Kato Zakros. En una llanura calurosa está lo que queda de la gran ciudad romana de Gortina, la que grabó su Código legal en piedra que aún se conserva, escrito al modo que los bueyes aran el campo: de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Junto a la playa solitaria se desparrama la antigua Ítanos, desconsoladas columnas y antiguas basílicas. Al borde de las carreteras, cementerios minoicos, mosaicos paleocristianos, ciudades enteras con calles, escalinatas y esquinas dibujadas en el suelo, como Gournia. En aislados recovecos, monasterios renacentistas del esplendor veneciano en Arkadi, Agia Triada, Toplou, Gouvernetou…, iglesias bizantinas de cuando Roma emigró a Oriente. Ahí, en medio de los barrios de colores de La Canea y Rethymnon, minaretes turcos y fuentes de las dos confesiones.

La iglesia renacentista del monasterio Arkadi.

¿Cómo pondremos todo esto, dios mío, en un pequeño libro?