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Bajo el signo de la antigua Roma

Ulyfox | 6 de febrero de 2015 a las 13:08

En el patio del Museo Capitolino.

En el patio del Museo Capitolino.

 

Uno puede o no emocionarse ante los vestigios desvencijados o extraordinariamente conservados del mundo antiguo. La inteligencia, la sensibilidad y las ganas son particulares. De acuerdo, pero resulta difícil pensar que alguien normal pueda pasar indiferente ante la riqueza arqueológica de ciudades como Roma, que fue varias veces capital del mundo terrenal y desde hace casi dos milenios capital espiritual universal. Es posible que entre el gentío multitudinario que estos pasados Nochevieja y Año Nuevo invadía la Ciudad Eterna, entre los grupos que caminan apresurados tras el paraguas levantado del guía, entre las bandas de jóvenes y no tanto que esgrimen como una nueva arma de disuasión los palos de selfies, es posible que entre todos ellos haya mucha gente a la que le da igual estar pisando el mismo suelo que hollaban los emperadores, centuriones, patricios y plebeyos de la capital del Imperio, pero incluso ellos sentirán un microsegundo el peso ineludible de la historia.

El antiguo mercado de Trajano, un auténtico centro comercial en la Roma antigua.

El antiguo mercado de Trajano, un auténtico centro comercial en la Roma antigua.

Era la tercera vez que visitábamos Roma y sentíamos que se triplicaba, al menos, el gusto de estar allí, en medio del transcurrir imparable de los siglos humanos. Sí, porque aquello era el Foro donde se gobernaba el mundo, era el Coliseo donde se divertían todas las clases sociales con la cruel representación de la vida, era el Teatro de Marcello para la comedia y la tragedia, era el Ara Pacis para brindar por la paz del siglo de Augusto, era la huella del genio humano inmortal de aquellos genios de lo práctico y lo bello, en los bronces y mármoles del Museo Capitolino, en la arquitectura indestructible del Panteón, en la desmesura de los mausoleos imperiales como el que ahora se llama Castel Sant’Angelo.

El arco de Vespasiano, en los Foros Imperiales.

El arco de Settimio Severo, en el Foro romano.

Hay miles de razones para ir y volver a Roma, las siguen desde hace cientos de años millones de personas, todos los caminos del corazón llevan a ella. Aquel centro telúrico que inventaron los romanos sigue atrayendo multitudes que desafían al frío invierno. Aquellos hombres y mujeres de toga y túnica, de legiones y espectáculos sangrientos, de legisladores que marcaron el mundo son los responsables de esta atracción. Hay miles de razones, pero entre ellas, es la más importante el legado en ruinas brillantes de aquellos fundadores.

 

El Foro Romano.

El Foro Romano.

“Ver Roma y después morir” dice el dicho romano para halagar las bellezas de este lugar. Es mejor, pienso yo, ver y volver a ver Roma siempre.

El Coliseo, en la tarde del 31 de diciembre de 2014.

El Coliseo, en la tarde del 31 de diciembre de 2014.

 

Visión nocturna y fría del Arco de Constantino.

Visión nocturna y fría del Arco de Constantino.

 

El Castel Sant'Angelo, antiguo mausoleo de Adriano, y el puente del mismo nombre sobre el Tíber.

El Castel Sant’Angelo, antiguo mausoleo de Adriano, y el puente del mismo nombre sobre el Tíber.

 

El impresionante interior del Coliseo.

El impresionante interior del Coliseo.

 

El gentío ante el Arco de Tito.

El gentío ante el Arco de Tito.

 

El Espinario, maravilloso bronce en los Museos Capitolinos.

El Espinario, maravilloso bronce en los Museos Capitolinos.

 

La Loba Capitolina, símbolo de la antigua Roma.

La Loba Capitolina, símbolo de la antigua Roma.

 

La estatua ecuestre de Marco Aurelio, otra de las joyas del Museo Capitolino.

La estatua ecuestre de Marco Aurelio, otra de las joyas del Museo Capitolino.

 

 

Cerca del Teatro Marcello.

Cerca del Teatro Marcello.

 

Ante el Ara Pacis, prodigio de la escultura romana.

Ante el Ara Pacis, prodigio de la escultura romana.

La muralla ciclópea

Ulyfox | 12 de abril de 2013 a las 16:22

Ante la ciclópea Puerta de los Leones de Micenas.

De aquel primer viaje nuestro a Grecia tengo un montón de recuerdos maravillosos. Nos quedaron clavadas tantas cosas como un clavo sin dolor y con olor. Pero había dos o tres para las que estaba predispuesto y yo esperaba con ansia. No ya las islas y sus azules luminosos, ni las gozosas tabernas, ni que el Peloponeso fuera verde y montañoso, todas ellas embriagadoras sorpresas. Yo anhelaba el encuentro con el Partenón, maravillarme ante los monasterios suspendidos en el aire de Meteora, y ver por fin de cerca la Puerta de los Leones de Micenas.

No pude resistirme a subir a esa muralla. Mal hecho

Esta puerta de entrada a la ciudad de Agamenón, la gran enemiga de Troya, la patria de los aqueos, el símbolo de la gran cultura micénica había sido para mí una imagen fija desde que la vi en una pequeña foto, creo que en blanco y negro en aquel libro de texto de Historia del Arte, mi asignatura favorita entre todas, en sexto de bachillerato. Dos grandes pilares de piedra de una sola pieza y un enorme dintel, y sobre este, un relieve con dos leonas rampantes para guardar el acceso por la muralla a uno de los lugares más míticos de la Antigüedad. Murallas ciclópeas se decían, porque parecía una obra sólo posible de hacer por aquellos gigantes forzudos de un solo ojo, capaces de trabajar con piedras de hasta seis toneladas para levantar una pared de 13 metros de alto.

El misterioso círculo funerario de Micenas.

Por eso fue tan grande mi emoción, tan intensa la incompartible alegría, cuando nos acercamos por fin a la ciudad, en el centro de la península de la Argólida, ese territorio que es como un museo al aire libre de la Historia Antigua. Allí estaba la muralla de la capital más poderosa de la Grecia de hace 4.000 años, el hogar de Agamenón y Menelao, los que comandaron las tropas que derrotaron a la poderosa Troya, esos que hasta los descubrimientos de Schliemann en 1870 se pensaba que eran invenciones del gran Homero. Los aqueos existieron y esta era la prueba. Apareció ante mí la Puerta de los Leones: también era de verdad, no solamente una imagen en un libro, y una verdad emocionante, hermosa y en cierta forma, amiga. Me demoré lo que pude delante, detrás, alrededor e incluso, pecado de turista, encima de la Puerta. Luego recorrimos la antigua ciudadela, ojeamos sus piedras, el círculo funerario, los restos de antiguas casas, y más lejos la impactante Tumba de Agamenón o Tesoro de Atreo, con su cúpula de piedra, y recorrimos el Museo.

Entrada a la Tumba de Agamenón, o Tesoro de Atreo

Pero yo pensaba siempre en la Puerta, nada podía superar a la realización de esa cita concertada tácitamente muchos años antes, y desde entonces tengo mezcladas la alegría de verla y la nostalgia de su piedra marrón. Igual que tenemos pendiente esa vuelta al Peloponeso, esa tierra de nombre resonante que me conecta, como el lenguaje, con lo antiguo.

En el interior y bajo la cúpula de la Tumba de Agamenón.

Baelo espléndida

Ulyfox | 29 de marzo de 2013 a las 22:26

Vista general de Baelo Claudia, el Viernes Santo.

Aprovechando que nos hemos quedado por aquí he realizado una excursión largo tiempo anhelada: volver a Baelo Claudia, ahí al lado pero sin visitar desde hace infinidad de años. Quería ver cómo había quedado el nuevo centro de interpretación, y los avances en la excavación y consolidación de las ruinas. En pocas palabras: ha quedado estupendo. El Centro es un hallazgo, moderno, racional y a la vez integrado en el entorno. Durante su construcción fue objeto de numerosas polémicas, pero a mí me parece que el resultado es espléndido, ligero, aéreo, luminoso. Un lujo en Andalucía.

El Foro, con su pavimento milenario, y la Basílica al fondo.

El lugar arqueológico está magníficamente señalizado y preparado para la visita, con explicaciones sucintas y claras. La visión con la ensenada de Bolonia al fondo es maravillosa. El teatro, que no pude visitar hace años, ha quedado extraordinariamente a medias entre la rehabilitación y la ruina evocadora. Por desgracia, no puedo decir lo mismo de la información que se proporciona. El día que nosotros fuimos se habían acabado los folletos en español, y cuando quise comprar una guía del sitio en la tienda tampoco la había en español: sólo en inglés. Al parecer se ha agotado, y el presupuesto no da para reeditarla.

La cavea del Teatro, restaurada.

Una cosa me resultó extraña: la entrada es gratuita para españoles y ciudadanos de la Unión Europea. Me encanta que la cultura esté al alcance de todos, pero creo que una entrada a precio simbólico, soportable por todos, pongamos un euro, ayudaría por ejemplo a tener fondos para reeditar esa guía, entre otras cosas. El yacimiento estaba lleno de visitantes, el aparcamiento a rebosar y numerosas familias disfrutaban de este tesoro gaditano. Un buen puñado de euros podría haber ido a parar a fin tan encomiable y ciudadano.

Los restos del acueducto, y el Centro de Interpretación al fondo.

Un asunto personal: disfruté sobre todo de pisar ese suelo antiguo, las baldosas de la calle principal, el Decumano Máximo, de casi dos mil años de historia y onduladas por los terremotos y los siglos. Deseé ser un mecenas antiguo e invertir miles de euros en sacar a la luz tanto secreto guardado bajo la tierra de Baelo Claudia. Me alegré de tener tan cerca ese pedazo de Roma. Y más después de rematar la faena con un almuerzo en el restaurante Las Rejas, nuestro comedor en la playa de Bolonia.

Patio del Centro de Interpretación de Baelo Claudia.

La Historia sale al paso

Ulyfox | 21 de octubre de 2012 a las 0:51

Restos de templos ante la muralla de Aptera.

Hay un lugar allí arriba en la colina, no muy alto, entre piedras ancestrales y olivos residuales, cerca de un pueblo medio recuperado. No hay que subir mucho desde la carretera que va de La Canea a Rethimnon, apenas unos kilómetros, pero tiene una vista privilegiada de la Bahía de Souda. El pueblo se llama Aptera, y el lugar del que os hablo, Antigua Aptera. Fue una de las más importantes ciudades primero minoica, luego doria, después helenística, más tarde romana y bizantina, en Creta, esa isla en la que la Historia, toda la Historia que estudiamos y algunos amamos desde chicos, toda la vida del hombre en esta tierra te sale a cada paso.

En la calzada, ante lo que fue la puerta principal de entrada a Aptera.

Es que vas por la carretera y ahí a la derecha te encuentras una muralla hecha de grandes piedras perfectamente encajadas, con una calzada que parece dirigirse a una abertura, es decir una antigua puerta. Y sí, eso era la entrada principal de la Aptera romana y antes helenística, con las huellas de los carros aún en el pavimento, el rastro de sus habitantes impreso para siempre, por los siglos de los siglos, per saecula saeculorum. A un costado, fuera del muro restos de templos y algunos edificios públicos.

Alguien levantará un día estas columnas del peristilo, en la villa romana.

No se puede entrar por aquella puerta, descubierta recientemente, porque toda la zona está en fase de esperanzadora excavación: más de un metro de tierra rojiza acumulada por el tiempo guarda quizá el rastro de calles y comercios, quién sabe. Dan ganas de ponerse el sombrero y empezar a descubrir artefactos, escombros, vasijas o desperdicios de hace 2.000 años. Dejemos que los expertos, cuando haya bastante dinero, hagan su trabajo. Un caminito medio arreglado sube hacia el interior de lo que fue la gran ciudad. En realidad, al principio, es difícil ver nada, pero la Historia vuelve a salirte al paso cuando varios nidos de ametralladoras de cuando la invasión nazi aparecen a la izquierda del camino. Debía de ser una posición estratégica sobre la bahía. Pero luego, un desvío entre olivos dirige tus pasos a una antigua villa romana, las columnas del peristilo caídas hacia adentro del impluvium, síntoma inequívoco del efecto de un terremoto. Nadie ha caído en levantar de nuevo las basas, fustes y capiteles dóricos, y erguirlos contra el horizonte, y se puede impunemente pisar sobre sus históricos sillares, románticamente solitarios en el campo, hundidos en el suelo.

Los obreros hacen surgir de la tierra el antiguo teatro.

Volviendo al camino, cinco minutos más allá están los principales restos: un pequeño teatro, un semicírculo de piedra y graderíos va surgiendo de la tierra gracias al trabajo de un montón de privilegiados obreros trabajando en su limpieza y recuperación, con sombrajos para los arqueólogos que despliegan en mesas alargadas hallazgos y papeles, lápices e instrumental solo útil para ellos.

En el interior de la cisterna, bóvedas milenarias de piedra, arcos de medio punto milagrosos.

Y más adelante, el signo infalible de que aquello fue algo importante: grandes cisternas, enormes almacenes de agua para abastecer a sus habitantes, algo en lo que los romanos eran expertos. Y una de ellas, sobre todo, está maravillosamente conservada. Se puede entrar y admirarse del definitivo invento que fue el arco de medio punto. Altas bóvedas sostenidas sobre gruesos pilares, un aljibe impresionante de cientos de años, que todavía se llena de agua en época de lluvia y ahora es hogar de palomas. Ante esos siglos, bajo ese recorrer diacrónico, uno se siente felizmente pequeño, aunque del mismo tamaño que aquellos hombre que fueron capaces de construir esto, luchando y venciendo contra leyes tan severas e implacables como la de la gravedad. Es Aptera, la que fue grande, una muesca más de la Historia en Creta. La misma Historia que pasó sobre ella, cuando abandonada, un sultán turco compró la mayor parte de sus piedras para edificar, un poco más allá, un poco más estratégica, la impresionante fortaleza otomana de Izedin.

 

La fortaleza de Izedin, edificada con piedras de la antigua Aptera.

La Historia vive

Ulyfox | 23 de agosto de 2012 a las 13:16

La pequeña iglesia bizantina de la Panagia, en Fodele

Es inagotable la fuente. No sabes lo que puedes sacar de un asunto hasta que te pones a indagar en él. Damos cien, mil vueltas a Creta en coche, conversaciones libros o páginas web, y cuando creías conocer medio bien la isla te aparecen nuevos nombres misteriosos y atractivos como imanes: Tampakaria, por ejemplo, en La Canea, un barrio marino de curtidores, en realidad ya reliquia industrial, que hay que ir a conocer y degustar; Koum Kapi, con toda su resonancia turca, la Puerta de Arena significa; Koutsoumados, escenario de una de las mil matanzas sucedidas en la isla desde que es isla; Anogia, para conocer la patria del gran músico Nikos Xylouris, una leyenda muerta joven como corresponde a su carácter de leyenda; y tenemos que conocer Frangokastello, una de las pocas fortalezas que los venecianos lograron levantar en la rebelde tierra de Sfakia; Eneahoria, los Nueve Pueblos que dicen maravillosos; Valos y su visión de peñón rodeado de aguas turquesas, con el ruego de que no haga viento; Bamos, y su pequeña escuela de cocina cretense; el valle de Amari y el monte Ida, con otra cueva morada de Zeus; Samaria y su larga garganta de paredes pegadas hasta llegar al baño en Agia Roumeli.

Las leyes de Gortina, grabadas en la piedra del Odeón romano

Tantos sitios a donde ir en nuestra segunda visita de este año. Penélope también es inagotable cuando se pone, y está escudriñando el mapa de Creta como aquellos generales de la Segunda Guerra Mundial que buscaban el mejor paso entre montañas para llegar al puerto escondido en donde podrían embarcar y huir al fin de la persecución nazi. Pero es imposible rastrear las huellas de la Historia con dedicación de amateur. Sólo es posible admirarse de la larga trayectoria humana de esta isla, pasmarse ante sus restos, echarse las manos a la cabeza. Aquí exponemos con orgullo una vasija pintada en una vitrina; allí es enloquecedora la abundancia, desde un minúsculo sello en el que está representada la antigua ciudad de Kydonia, hasta los hermosos frescos con juegos taurinos del palacio de Knosos. Y vasijas, por decenas de miles. Y unos pendientes milenarios que son dos avispas, y un disco de arcilla con un lenguaje escrito aún por descifrar.

El mosaico de una basílica paleocristiana, cerca de Elounda

 

 

Escalinatas y muros en la ciudad dórica de Lató.

En un alto de acceso entre piedras está lo que queda de la ciudad dórica de Lató, con una vista espléndida del golfo de Mirabello. En un casi pantanal afloran los restos del palacio minoico de Kato Zakros. En una llanura calurosa está lo que queda de la gran ciudad romana de Gortina, la que grabó su Código legal en piedra que aún se conserva, escrito al modo que los bueyes aran el campo: de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Junto a la playa solitaria se desparrama la antigua Ítanos, desconsoladas columnas y antiguas basílicas. Al borde de las carreteras, cementerios minoicos, mosaicos paleocristianos, ciudades enteras con calles, escalinatas y esquinas dibujadas en el suelo, como Gournia. En aislados recovecos, monasterios renacentistas del esplendor veneciano en Arkadi, Agia Triada, Toplou, Gouvernetou…, iglesias bizantinas de cuando Roma emigró a Oriente. Ahí, en medio de los barrios de colores de La Canea y Rethymnon, minaretes turcos y fuentes de las dos confesiones.

La iglesia renacentista del monasterio Arkadi.

¿Cómo pondremos todo esto, dios mío, en un pequeño libro?