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Un desierto verde y húmedo

Ulyfox | 19 de diciembre de 2011 a las 1:26

Un alcornoque a medias descorchado, en el valle de Las Batuecas.

Junto a la puerta del monasterio del Desierto Carmelitano de San José, en el Valle de las Batuecas, hay un pequeño letrero, sólo un papel escrito, en el que destaca una frase para los turistas: “El monasterio no tiene nada de interés”. Como decir “sigan su camino y no molesten que estamos rezando”. Un desierto carmelitano es un lugar que tiene como único fin la vida contemplativa y en armonía con la naturaleza y el discurrir del tiempo. Este, por contraste con su nombre, está encuadrado en un paraje que es todo menos desértico, ese valle regado por el río que lleva su mismo nombre y limitado por el Alagón.

La sobria fachada del monasterio del Desierto de San José

Nosotros cumplimos el deseo del letrero, llegamos hasta su puerta y regresamos, no sin antes imaginar, otra vez, cómo sería pasar una temporada en un convento, solo con tu meditación ¿Ninguna vez os ha tentado esa idea, ni una sola? Por una limitada vez, que la vida te transcurra no estaría mal. El desierto de San José está rodeado, dicen, de varios cenobios, poco más que cuevas de antiguos ermitaños, pero no vimos ninguna. No sentimos tampoco esta vez la vocación.

El sendero del monasterio.

Las Batuecas tienen un nombre resonante y mítico. Durante siglos designó a un lugar de leyenda, se decía que estaba poblado por demonios y seres extraños, y muchos sentían verdadero miedo a adentrarse en sus espesuras. La realidad es que sus habitantes estaban aislados y vivían en una pobreza propia igual que en Las Hurdes, que están justo a su lado pero en Cáceres. Hace tiempo se popularizó la expresión “estar en Las Batuecas” como sinónimo de despiste o lejanía de la realidad.

Raíces bien agarradas y a la luz

En verdad, es un sitio precioso, espeso de bosques y regado por abundante agua, al sur de la provincia de Salamanca, junto a La Alberca. Si alguna vez fue tan salvaje y temible como reza la leyenda, ahora es un paraje hermoso, dulcemente civilizado.

El arroyo de Las Batuecas, junto al Desierto

En la llamada Casa del Parque, a un kilómetro de La Alberca, dan abundante información sobre el valle, sobre sus senderos y sus atractivos. La carretera que lo recorre es sinuosa, como está mandado en una ruta de montaña, pero está bien conservada. Para recorrer el sendero más accesible, lo mejor es dejar el vehículo en el aparcamiento habilitado junto al monasterio y, simplemente, seguir la ruta señalizada. Buena parte de ella es bellamente posible para minusválidos, con una pasarela de madera bordeada de explicaciones sobre las plantas y la fauna del parque, que llega justo hasta el Desierto. A partir de ahí, un sendero de algo más de un kilómetro lleva hasta unas pinturas rupestres, el Canchal de las Cabras Pintadas. 

Pe, entre la espesura.

Nosotros, burguesamente cómodos, sólo llegamos esta vez hasta donde acababa el sendero accesible. Un camino pedregoso y verde se adentraba en la espesura, bordeando el río y el convento, pero no íbamos preparados, y queríamos ver más cosas. Volvimos, y por el camino repasamos las encinas, los madroños que dejaban caer su fruto rojo, los brezos… con la sensación reconfortante de que, a pesar de todo, aún existen numerosos lugares naturales donde el hombre no ha entrado más que para adaptarse o adaptarlo mínimamente. El valle de Las Batuecas, por ejemplo.