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Por fin, Santa María del Naranco

Ulyfox | 7 de mayo de 2016 a las 19:57

Ante Santa María del Naranco, cerca de Oviedo.

Ante Santa María del Naranco, cerca de Oviedo.

Tengo por seguro que una buena parte de lo que fueron con el paso de los años mis intereses, aficiones y deseos proviene de aquel libro de texto, básico, elemental, de Historia del Arte en sexto de Bachillerato, aquel sistema antiguo de enseñanza, que de todas formas también dio sus frutos. ¿Quién sabe a qué obedecen los gustos, por qué determinadas materias nos llegan como si no fueran estudios sino primeros encuentros con nuestro yo? Nunca soporté las matemáticas y en general las ciencias. Me sigue pasando aún cuando veo dos números seguidos, una curva gráfica o una fórmula química. Sufría con esas asignaturas y en cambio disfrutaba casi en secreto de las dificultades de traducir un texto en latín o griego, de casar los nominativos con los genitivos hasta dar forma comprensible a un párrafo que normalmente debe sonar caótico. Y en la cumbre de la distracción estaba la Historia del Arte, aquellas fotos de remotos azulejos persas que representaban un desfile de arqueros o un león colorido, la Puerta de los Leones de Micenas, los bajorrelieves de carros y caballos mesopotámicos, el Partenón y el Hermes de Praxíteles, el auriga de Delfos, el Coliseo, el galo moribundo, los almocávares de la Alhambra… y como un gran descubrimiento, el prerrománico asturiano, una arquitectura asombrosa con arcos de herradura en puertas y ventanas antes de que los adoptaran los árabes. Santa María del Naranco era una de esas fotos que permanecieron como lugares que más tarde o más temprano había de tener ante mis ojos y tocar con mis manos.

Vista lateral de Santa María, con Oviedo al fondo.

Vista lateral de Santa María, con Oviedo al fondo.

He tardado, la verdad, pero por fin hace unos meses nos pudimos plantar ante esta cumbre del arte universal, espléndida en su sencillez de líneas pétreas, emocionante por la vibración que transmiten sus quietos sillares. Ya sabéis, aunque ahora es un monumento y durante mucho tiempo fue iglesia, en realidad fue concebida como pequeño palacio de descanso en sus cacerías por el rey asturiano Ramiro. Junto a estas estancias reales del siglo IX, de hecho, se encuentra la verdadera iglesia, San Miguel de Lillo, de la misma época. Su imagen era para mí uno de los principales reclamos del viaje a Asturias tan aplazado. Y en esta ocasión, no defraudó mis expectativas sentimentales. Entré en su alta nave superior y me reencontré con aquel sentimiento que esperaba expresarse desde Bachillerato. Me gustaron sus columnas con decoración helicoidal, sus medallones decorativos, el techo alto, su silueta esbelta, su aire ligero pese a lo pesado de sus piedras. Me pareció, como ya sospechaban mis gustos juveniles, una cumbre de la obra humana. Y no me pidáis opiniones de experto, no tengo más experiencia que la que han ido adquiriendo mis sentidos.

Vista trasera de la iglesia prerrománica.

Vista trasera de la iglesia prerrománica.

Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo, además, están enmarcados en un paisaje espléndido, verdemente asturiano, casi sobrevolando Oviedo en la ladera sur del Monte Naranco. Junto a San Miguel, el terreno aparecía muy removido por los jabalíes en su busca de raíces, según nos explicó el atento guía que se pasaba el día subiendo y bajando entre los dos monumentos. El tiempo era muy húmedo como correspondía a los primeros días de enero, pero no llovía aunque constantemente amenazaba. En apenas una hora se visitan estos dos espacios que atestiguan un tiempo en el que casi toda la península estaba dominada por los musulmanes y sólo el norte sostenía la religión católica. Mucha historia entre pocos muros.

Vista del paisaje desde el pórtico frontal de Santa María.

Vista del paisaje desde el pórtico frontal de Santa María.

 

San Miguel de Lillo, la otra joya ovetense.

San Miguel de Lillo, la otra joya ovetense.

 

Oviedo, de paseo con amigos

Ulyfox | 4 de mayo de 2016 a las 13:12

De paseo con mi amigo Woody, en el centro de Oviedo.

De paseo con mi amigo Woody, en el centro de Oviedo.

 

Por encima de todo, Oviedo nos pareció una ciudad amiga. Entienda cada uno lo que entienda por amistad, lo que quiero decir es que es un lugar que se deja entrar. Tal vez sea entonces más apropiado decir que es una ciudad que se presta a ligar con ella. Limpia, paseable, con numerosos refugios donde reposar la caminata con cerveza, con vino o con sidra. Sin un papel en el suelo, lo que es lo mismo que decir civilizada y respetuosa. Con rincones donde saludar a amigos de toda la vida, como Woody Allen o Mafalda, genios universales y compañeros en tantos sentimientos, pasiones e indignaciones. Con una librería inmensamente acogedora, patria de todas las almas, como es la librería Cervantes, cuatro plantas de libros, documentos y eficacia en la gestión donde recuperar el amor por los libros que nunca se debe romper.

La Regenta pasea ante la Catedral de Oviedo.

La Regenta pasea ante la Catedral de Oviedo.

Fuimos a Asturias a primeros de año porque es uno de los pocos lugares a los que no habíamos viajado en España. Ya se sabe, la lejanía, el mal tiempo. Y claro que sí, todo eso nos encontramos, un larguísimo viaje en coche, aunque aprovechamos para hacer una gratísima parada en León en la que compartir un estupendo rato de cena y charla con dos amigos de viaje, Isabel y Santiago, a los que conocimos en Creta y lectores de nuestra guía. No hay que perder ninguna ocasión. Y claro que nos llovió, pero eso estaba en el programa,  y más si uno se planta en esas tierras en enero.

Acompañadas de la genial Mafalda, en el Campo de San Francisco.

Acompañadas de la genial Mafalda, en el Campo de San Francisco.

Lo bueno era el contacto con la gente, con los entornos, con su actividad, con sus costumbres tan compartidas, con su extraordinaria gastronomía. Va uno seguro de que todo le va a ir bien por ciudades así. Va uno envidioso de que las numerosas estatuas que se va encontrando a su paso estén perfectamente. Tiembla uno pensando qué le hubiera pasado a la colorida Mafalda, que todos los días duerme sola en su banco, en un lugar como este nuestro, tan desafortunadamente acostumbrado a que lo común se descuide. El personaje de Quino forma cola de visitantes para hacerse la foto con ella, como le pasa también a la representación de Woody Allen, que es a su vez representante de tantos de nosotros.

Patio interior de la plaza del Fontán.

Patio interior de la plaza del Fontán.

Parece Oviedo una ciudad rica, y seguramente lo es en una región rica, con sus librerías, sus premios Príncipe de Asturias, su Teatro Campoamor. Y da la impresión de ser culta. Con esa nos quedamos y de esa disfrutamos, simplemente paseando.

No paramos

Ulyfox | 2 de mayo de 2016 a las 20:17

Santa María del Naranco, tantas veces deseada, junto a Oviedo.

Santa María del Naranco, tantas veces deseada, junto a Oviedo.

 

Que no, que aunque lo parezca no hemos estado parados. En realidad no hemos parado quietos, si le preguntáis a mi madre. Que el blog lo tengo blogqueado, es verdad. Que no sé si es falta de tiempo o tiempo de faltas, pero así andamos. Pero que sí, que os cuento, que hemos seguido viajando.

Que empezamos el año en el otro extremo de España, allí donde lo más al norte, en tierra de osos y montañas, y de principios de muchas cosas. En Asturias recibimos el año, prácticamente. Algo más de una semana para conocer una de las pocas comunidades españolas que nos quedaban, la más antigua si se tiene en cuenta que por allí se empezó a reconquistar España a los moros, según nos enseñaron. Sí, lo contaremos, confiad en mí, que me quedan varios cientos de entradas hasta alcanzar los mil sitios tan bonitos como Cádiz. Ya os puedo adelantar que hemos conocido algunos más.

Y que al poco tiempo, aprovechando el Día de Andalucía, juntamos una semana para revisitar nuestra Creta, maravillosa en invierno, sin apenas turistas, con los cretenses ocupados en sus cosas, que son muchas y buenas. Que nos pegamos una paliza de viaje para respirar un poco de nuestro aire, que nuevamente fuimos como aquellos emigrantes que trabajan fuera y regresan en cuanto que puedan a su tierra, aunque eso os lo hemos contado.

Y poco después, cruzamos la Península hacia el lejano Este, tierras murcianas fértiles en alimentos y abrazos de viejos amigos. Y conocimos otras salinas, otros salazones y otras historias tan parecidas a las que por aquí nos mantenían y aún nos entretienen. En Murcia, en Cartagena…

Y no contentos con estas cabalgadas a lomos de un coche ruidoso, aún hemos tenido fuerzas en este Puente y, recién, acabamos de llegar de Sintra, ese paraíso verde y empinado junto al mar de Lisboa y Cascais. Desmontando la maletas estamos.

Y que todo esto, arañando tiempo, os lo contaremos, si es que aún seguís ahí.