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Una tumba de colores

Ulyfox | 21 de febrero de 2014 a las 21:57

Vista general del sepulcro de los mártires.

Vista general del sepulcro de los mártires.

Detalle en la fachada de la Catedral.

Detalle en la fachada de la Catedral.

El claustro, lo poco que se puede fotografiar en la Catedral.

El claustro, lo poco que se puede fotografiar en la Catedral.

El pórtico principal de San Vicente.

El pórtico principal de San Vicente.

La bella estampa de San Vicente.

La bella estampa de San Vicente.

Arcos románicos, esplendor.

Arcos románicos, esplendor.

La nave central de San Vicente.

La nave central de San Vicente.

Por el otro lado.

La obra de arte.

 

Si alguna vez he entendido claramente eso que se dice de que las catedrales, las iglesias, el arte religioso en general, eran como una biblia para el pueblo analfabeto de aquellos tiempos anteriores a la educación pública ha sido hace poco, en el interior de templo románico, junto a la muralla de Ávila, apenas a unos metros extramuros. La Basílica de San Vicente brilla con luz propia en sus arcos y pórticos. Diría yo, si me atreviera, que es románico alto y gótico por partes. Diría que su altura la hace destacar, y afirmaría que cuando el sol del invierno la golpea horizontalmente, a esa hora del día en la que se despide, se enciende su arenisca anaranjada.

 

No le faltan filigranas casi platerescas en su pórtico principal, pero la piedra parece más ajustada a su propósito cuando es sencillo arco de medio punto. Sí, tiene un cierto parecido con el excelso Pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela. Era demasiado fuerte su invitación a entrar, aunque fuera después de un chuletón de los afamados. (Un paréntesis aquí para lamentar mi mala suerte de no haber dado con ninguna pieza excelsa de esta carne en nuestras tres visitas a Ávila: las tres veces, la carne no ha pasado de normalita, y en alguna ocasión, bastante decepcionante. Qué le vamos a hacer, tal vez no haya más oportunidades) Entramos, claro que entramos, y al momento fue abrumadora la visión de las altas naves, bañadas en ese momento por una hermosa luz. Sí, una iglesia de las que se desea encontrar cuando uno va a ver iglesias.

Dicen las guías, los folletos, que la pieza principal de la basílica es el sepulcro o cenotafio de los santos hermanos mártires Vicente, Sabina y Cristeta, y hablan esos impresos de su carácter único de pieza maestra. Pero ni siquiera eso me preparó para lo que vi: una hermosísima, sorprendente y colorida obra escultural. Y sí, se puede seguir en sus relieves descriptivos el martirio de los tres hermanos que no quisieron renegar de su fe cristiana ante los dominadores romanos, la terrible historia de su tortura y muerte y la conmovedora reacción del judío que se arrepintió de haber sido su verdugo y tomó para sí la tarea de esculpir esta bella tumba. Todo contado como en viñetas de una manera realista y sensible a la vez. Yo diría que este sepulcro por sí solo merece la visita a Ávila, si no contara la capital de los caballeros con otros muchos atractivos. Para mí, que me perdonen los expertos, está a la altura de focos singulares como son El entierro del conde de Orgaz, en Toledo, El cordero místico en Gante o La última cena en Milán. Sin querer comparar, por supuesto, y sin ánimo de sentar cátedra, lo que tampoco está entre mis posibilidades. Vulgo: me encantó, y me tuvo un buen rato acercando la vista, rodeando su perímetro, contemplando los detalles. Todo lo que se le puede pedir a una obra de arte, bueno, todo lo que le pido yo.

Nuestra visita a Ávila no fue exhaustiva. No quisimos exprimir lo visitable, practicamos un turismo reposado. Entramos en la Catedral, fría como el día, pero hermosa, poderosa muestra de arte medieval, considerada la primera catedral gótica que se construyó en España. Y otra sorpresa. No recuerdo haber visitado su interior en anteriores visitas, tal vez en la lejana primera vez, pero me admiraron sus ábsides y la girola, la piedra llamada de ‘arenisca sangrante’ que compone muchas de las columnas y arcos, sus esculturas. Todo de una elegancia sobria, quien sabe si primitiva, pero afortunadamente anterior a los excesos en los que acaban todos los estilos arquitectónicos. Un buen rato de disfrute del que no podemos dejar constancia gráfica dada la incomprensible prohibición de hacer fotos en el interior, ni siquiera sin utilizar el flash.

No hace falta ser religioso para emocionarse con el impulso espiritual que sin duda anima estas piedras, y que inspiró a sus autores, anónimos o no.

Ávila, una muralla

Ulyfox | 19 de febrero de 2014 a las 13:03

Ávila con su muralla vista desde los Cuatro Postes.

Ávila con su muralla vista desde los Cuatro Postes.

 

A Ávila se va para visitar conventos, para disfrutar iglesias, para sentir la huella de la Santa más grande que dio este país, para comer carne y legumbres. Pero nosotros vamos a Ávila siempre para ver las murallas, para pasearlas, para contemplarlas de cerca y de lejos, para admirar como se enciende su color con la luz del atardecer. Es cosa muy de asombrarse llegar de noche, como lo hicimos nosotros esta vez, por el camino de Madrigal de las Altas Torres, y ver los muros iluminados rodeando la ciudad antigua, un casco urbano tan bien conservado que conserva su carácter. Las murallas de Ávila no nos rechazaban sino que por sus puertas parecían darnos su acogida, y su invitación a entrar.

Lo hicimos de noche, para comprobar que enero, después de las fiestas navideñas, es mala fecha si queremos encontrar un mínimo de animación. Frío en las calles y oscuridad encontramos, entre las piedras centenarias, letreros que ni alumbraban negocios y restaurantes cerrados, aunque afortunadamente algunos guardaban su vigilia para el turista de contramano y contratemporada, como lo éramos nosotros.

La Puerta de Santa Teresa, con la fachada del convento de la Santa al fondo.

La Puerta de Santa Teresa, con la fachada del convento de la Santa al fondo.

La mañana siguiente, al menos, se levantó soleada, con un sol que empezó tímido pero impuso poco a poco su fuerza durante el corto día. Las murallas lucieron. Tienen estos muros una rotunda apariencia desde el siglo XI, con esa mezcla de granito gris y anaranjado que la hacen tan hermosa. Y uno siente la sensación de conquistador amable cuando asalta civilizadamente alguna de sus puertas, tras la que siempre se esconde una belleza. Esta fortificación está tan presente, es tan invasiva que la misma catedral, una belleza que guarda un interior sorprendente, está integrada en sus muros, y el hermoso ábside, más conocido como cimorro, forma parte de la defensa, con su adarve y paseo de ronda incluidos.

La catedral es también una fortaleza y su ábside está integrado en la muralla.

La catedral es también una fortaleza y su ábside está integrado en la muralla.

Cuando contemplo sus altas piedras  no puedo evitar una sensación de felicidad por lo conservado, por la huella no borrada de la Historia, y agradecimiento hacia los miles de personas que supieron desde su nacimiento que este singular tesoro había de preservarse a salvo de cualquier codicia o de cualquier insensatez de urbanista iluminado. A esta ciudad se entra y de ella se sale por puertas, como era cuando se fundaron las ciudades. Ahora, estos sillares y lienzos, estos adarves no servirían para defender ni el más mínimo ataque de cualquier ejército. Hace mucho que muchos comprendieron que había que defenderlos a ellos, a estos testigos de la historia.

La Puerta de SanVicente, desde el pórtico de la basílica del mismo nombre.

La Puerta de SanVicente, desde el pórtico de la basílica del mismo nombre.

Después de tres visitas Ávila, en esta pude cumplir por fin mi deseo de contemplar el conjunto amurallado desde la corta distancia, cientos de metros apenas, a la que está situado el humilladero más fotografiado de España, lo que se llama Los Cuatro Postes. Cuatro columnas y una cruz de piedra, que también estaban extrañamente solitarias en esa mañana de final de nuestras vacaciones invernales. Pero fue el lugar perfecto para decir hasta luego a Ávila.

La belleza de las murallas al atardecer.

La belleza de las murallas al atardecer.

 

Restos de Altas Torres

Ulyfox | 10 de febrero de 2014 a las 13:15

Puerta de Cantalapiedra, en Madrigal

Puerta de Cantalapiedra, en Madrigal

 

El joyero de Madrigal de las Altas Torres, en la provincia de Ávila, está escondido, es pequeño y no se puede fotografiar. Bueno, es una habitación tan pequeña como un pequeño cuarto de baño de los de hoy. Pues allí, sobre una cama de un tamaño difícil de imaginar que se apoyaba sobre un suelo de barro hoy aún existente, nació una reina, que la historia y el imaginario dicen que ha sido la más grande que ha tenido España, Isabel de Castilla llamada la Católica. El pequeño cuarto es una insignificancia dentro de un palacio austero, que correspondía a lo que era un palacio real de un reino pobre rodeado de otros reinos pobres. Aquel palacio real de Juan II, hoy monasterio de Nuestra Señora de Gracia está a un paso de lo que queda de la que fue fantástica muralla mudéjar de Madrigal, la que dio nombre al pueblo por la cantidad de torres que se repartían por su perímetro de ladrillo trabajado.

Así es Madrigal de las Altas Torres.

Así es Madrigal de las Altas Torres.

Aún hoy se pueden ver torres en ruinas en los trozos de muro, y en algunas se puede uno deleitar con lo hermoso de su construcción, sobre todo en las puertas que se conservan, con esas almenas protegiendo el paso. Pero por dentro, Madrigal es un pueblo plano, extenso, de calles anchas y urbanismo aparentemente destartalado que sobrelleva la excesiva importancia de su hermosísimo nombre, y la fama de haber sido la cuna de la ilustre reina. Sobresalen dos grandes obras mudéjares, las iglesias de San Nicolás de Bari, con su desmedida torre, y la de Santa María del Castillo, llamada así porque fue edificada sobre una fortaleza ya existente. Ambas están en la parte más alta del pueblo, si se le puede llamar altura a esa pequeña colina.

Fachada de la casa natal de Isabel la Católica.

Fachada de la casa natal de Isabel la Católica.

 

Llegamos con suerte, el sol salió cuando estábamos en plaza junto a San Nicolás, y las fotografía se redimieron un poco del tono gris general del último viaje a Castilla. Visitamos, naturalmente, la casa donde nació Isabel, primorosamente cuidada por las pocas monjas que aún quedan en el convento de clausura. Nos contó la amable guía que la mayoría eran ya muy mayores, y sólo unas pocas hermanas jóvenes venidas de América hacían posible que el recinto conservara su actividad. El lugar es hermoso y evocador, muy limpio. Asombran los artesonados del siglo XV perfectamente conservados, las estancias reales, modestas a nuestros ojos, la poca altura de las puertas de paso, los inexistentes detalles de lujo, el rumor aún perceptible de aquellos pasos apresurados tal vez ante la noticia del inminente nacimiento de una reina, los amores contrariados que convertían en monjas a princesas…

Vista general de Madrigal de las Altas Torres, con lo que queda de sus murallas.

Vista general de Madrigal de las Altas Torres, con lo que queda de sus murallas.

Junto a la casa de Isabel se encuentra el antiguo Hospital de la Purísima Concepción, con dos bellas galerías exteriores. Pero los monumentos parecen estar aislados, nunca acompañados por un escenario envolvente de ambiente de la época. Como si todo el pueblo estuviera en las afueras. No contribuía mucho a la poca animación que aquella tarde que pasamos en Madrigal coincidiera un funeral en San Nicolás, al que parecían acudir todos sus habitantes confluyendo en grupos pequeños en la iglesia desde todos los rincones, mientras la campana del templo sonaba a muerto con un bien espaciado toque único, como una marcha fúnebre primitiva, sobria, castellana. Pensamos en visitar la iglesia, pero decidimos buscar nuestro destino en murallas más sólidas, la última etapa de nuestro viaje invernal, algunos kilómetros al sur, en Ávila.

El Hospital de la Purísima Concepción.

El Hospital de la Purísima Concepción.

El cielo invernal de Castilla en Madrigal.

El cielo invernal de Castilla.

El ábside de Santa María del Castillo.

El ábside de Santa María del Castillo.

San Nicolás y su alta torre.

San Nicolás y su alta torre.

 

 

 

…y también una ermita

Ulyfox | 7 de febrero de 2014 a las 13:16

Vista de los ábsides de la ermita de La Lugareja.

Vista de los ábsides de la ermita de La Lugareja.

 

Dije antes que para mí Arévalo era una plaza, la de la Villa, amplia, hermosa y evocadora, y me olvidé de añadir que también es una ermita situada a un corto paseo de dos kilómetros desde el pueblo, en pleno campo. Hasta el nombre lo tiene humilde, La Lugareja, pero resplandece con su obra de ladrillo y su altura de logro arquitectónico sobre una pequeña elevación, a un lado de la carretera. Está considerada como uno de los más bellos ejemplos del mudéjar castellano, ese estilo cuyos maestros eran los musulmanes residentes en los reinos cristianos tras la conquista. A mí me recordó a esas capillas e iglesias bizantinas que salpican los campos y montes de Creta y el Peloponeso, sólo que a esta le faltan los frescos que normalmente decoran los muros exteriores de esos templos mínimos griegos.

El alto interior y la cúpula.

El alto interior y la cúpula.

La Lugareja sorprende más por su trabajada orfebrería de ladrillo exterior, y por la altura de sus capillas y cúpula en el interior, un alarde sobre pechinas como estudiábamos en Historia del Arte. Es limpia y emocionante. Se encuentra en una propiedad privada y sólo se puede visitar determinados días de la semana. Nosotros lo hicimos un miércoles frío del pasado mes de enero, y al menos otras cuatro personas lo estaban haciendo. A los operarios de la finca que abrieron la ermita se les deja una ‘voluntad’. Mirad, mirad como las pilastras de ladrillo se elevan arriba, arriba y se unen en delicados arcos románicos, y luego decoran cornisas dentadas o redondeadas en los ábsides, hasta que el cimborrio remata el desafío de nuevo con arcos. Viéndola desde fuera, se diría que la construcción debería ser completada con tres naves góticas, y que lo que se ve formaría parte del crucero final. De hecho, es la cabecera de una iglesia que no se llegó a terminar. Tal vez eso acentúa su encanto y misterio. Es sólo una parada, un desvío para respirar.

Vista frontal de la ermita.

Vista frontal de la ermita.

 

 

 

Arévalo es para mí una plaza

Ulyfox | 5 de febrero de 2014 a las 13:19

Desde un rincón de la plaza de la Villa de Arévalo.

Desde un rincón de la plaza de la Villa de Arévalo.

 

No la Plaza Real, donde antes estuvo el palacio de los Reyes y ahora sigue estando el Ayuntamiento, ni la Plaza del Arrabal, que concentra la vida ciudadana. Lo que a mí me gustó de Arévalo fue su Plaza de la Villa, enorme y plano recinto abierto, circundado de soportales con columnas de granito y travesaños de madera, escoltado de forma enfrentada por tres altas torres mudéjares, ese románico de ladrillo que toma su nombre de los árabes que vivían en reinos cristianos y de cuyos ejemplos arquitectónicos está  sembrada Castilla la Vieja. Es la Plaza de la Villa un lugar que se imagina uno idóneo para grandes mercados medievales, corridas de toros, torneos y todo tipo de celebraciones festivas o religiosas de otras épocas. De una anterior visita, yo la recordaba mucho más descuidada, polvorienta incluso. Ahora se nota una cuidada restauración en pavimentos, empedrados y fachadas que relucen con su color rojizo aún bajo el cielo nublado del invierno castellano. La piedra de la plaza cría inevitable verdín, y algunas casas dejan ver el clásico entramado de maderas sobre los que se asientan los revestimientos de ladrillos. Las torres, si se miran bien, semejan en realidad como macizas y cuadradas Giraldas, desmochadas algunas y otras rematadas con pináculos recios también. En un rincón, la plaza alberga la peculiar iglesia de San Martín, con dos torres casi gemelas pero perfectamente diferenciables y apreciables en su grandeza, una hueca, la de Los Ajedreces, y otra maciza, la Torre Nueva.  Ante su pórtico lateral, una fuente con canalillos ahora cerrada completa el cuadro medieval. En el lado enfrentado de la plaza, Santa María la Mayor, con vistosos arcos de ladrillo.

El castillo de Arévalo.

El castillo de Arévalo.

Está Arévalo, como todos los pueblos de esta zona, históricamente ligado a los grandes acontecimientos y peleas del reino de Castilla entre apellidos de los cuales descolló finalmente a base de batallas el de Trastámara, que llevó la Reina Católica. Isabel pasó aquí buena parte de su infancia bajo el cuidado de su madre Isabel de Portugal. De nuevo, esta figura es la base de alguna ruta turística de la población. Sorprendentemente, es la segunda ciudad más poblada de la provincia de Ávila, después de la capital. Y baso la sorpresa en su poca población, comparable por estas latitudes a la de un pueblo pequeño de la provincia.

Detalles y escenarios medievales.

Detalles y escenarios medievales.

Tiene también Arévalo un castillo, faltaría más, pero aquí la restauración se nota demasiado, y más si se compara con antiguas láminas en las que se apreciaba su ruina. De cualquier forma, luce bonito allá con su alta torre en las afueras del pueblo, y sobre el recodo que forman los ríos Adaja y Arevalillo. A trozos, se puede ver rodeando el pueblo algunos trozos de muralla, sobre los que se han ido instalando casas con el paso de los siglos.

Y otro ángulo del gran recinto abierto.

Y otro ángulo del gran recinto abierto, con las dos torres de San Martín.

La otra fama de Arévalo procede de sus asados, cordero y cochinillo, pero no tuvimos suerte con los horarios, los cierres y los días festivos. Y el lugar a donde fuimos a parar a cenar no nos proporcionó una gran experiencia. Sí, en cambio, el sitio en el que nos alojamos La Posada Real de los Cinco Linajes, que hace referencia en su nombre a los cinco grandes apellidos que gobernaron la antaño gloriosa villa. El hotel, en un palacio restaurado, está bien situado, bien gestionado y bellamente decorado. Muy agradable, y creo que por desgracia no probamos su comida. Una estupenda etapa en este paseo por la Castilla profunda.

Otra vista de la plaza.

Otra vista de la plaza, con la iglesia de Santa María la Mayor.