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Cádiz es para respirar

Ulyfox | 27 de abril de 2012 a las 1:25

La única foto que pudimos tomar en Cádiz, playa de la Caleta

Es verdad que hay mil sitios tan bonitos como Cádiz, muchos de ellos incluso más bonitos, pero eso no es excusa para que el Tren Al Andalus se limite a una fugaz pasada por la trimilenaria ciudad. No puede ser, no puede ser. Del grupo de periodistas que viajábamos en el convoy sólo tres éramos gaditanos, y estábamos ya nerviosos mientras nos acercábamos después de una larga jornada, primero desde Granada y luego desde Ronda. Los del Tren van a tener un problema con esta etapa. Se llega demasiado tarde y lentamente a Cádiz, dejando pasar a los cercanías y aguantando obras de la vía, y la Tacita parece que nunca aparecerá por la ventanilla. Y al final, no da tiempo de nada.

Es verdad que la entrada ya desde Puerto Real y el paso por San Fernando, entre salinas y reflejos dorados de la tarde es hermosa, la travesía del istmo entre la Isla y Cádiz, con el mar a ambos lados, es un soplo de aire después de cuatro días de serranías y olivares, un agradable chorro de luz atlántica y olor casi americano que ni los que llevamos años sintiendo podemos atravesar indiferentes. Es verdad, y tanto, que al cabo del tómbolo aparece la promesa de Cádiz, pero la tarde va cayendo y no terminamos de llegar, y ya corremos a la salida del tren y embocamos el autobús, y enfilamos el Campo del Sur, y da apenas tiempo de que la guía, Rosa, cuente un somero resumen de esto, al paso del Teatro Romano, la Catedral, Capuchinos ¡la Caleta! Y una parada apresurada a petición del público, que ve como la tarde se rosea y no vamos a tener tiempo de atraparlo en nuestras cámaras. ¡Oh! ¿esta playa como se llama? ¿y los castillos? ¿y Gibraltar para dónde está? Demasiadas preguntas que espero que alguien conteste a los turistas que vengan pagando de verdad con el cariño que intentamos poner los gaditanos de a bordo.

¿Podemos ir al Manteca? Imposible, no hay tiempo. Las obras ni siquiera han permitido que nos acerquemos a la Alameda de Apodaca. Vamos ya camino de la cena en El Faro, a ritmo de suspiro, para que la gente caiga rendida a las tortillas de camarones y el cazón en adobo, y para que la conversación gire en torno a pescados y Carnaval. Propongo que volvamos andando al tren, hay tiempo, y así al menos recorremos y pasamos cerca del Falla, San Antonio, la calle Ancha, Catedral, el Pópulo, San Juan de Dios. No hubo manera, la organización es implacable y los guías no quieren perder de vista a nadie, porque el tren tiene que partir a su hora. Hay tiempo de sobra, indico, Cádiz es muy chico, llegamos en seguida. Nanay. Bueno, otra vez será, me pongo a disposición del que quiera venir con más tiempo. De verdad que hay más cosas, de verdad que se puede ver, por ejemplo el Oratorio de San Felipe, con su estupenda restauración, y revivir las sesiones de los diputados a las Cortes mientras a lo lejos sonaban las bombas de los franceses. De verdad, de verdad que me ofrezco a mostrárselo al que quiera, por favor, venir. Que el Tren se detenga, que respire, que los viajeros agradecerán el respiro, que el suspiro ya se les escapará de todas maneras. Que aquí estamos, señores del Tren Al Andalus, para lo que quieran. Que Cádiz será, sin proponérselo, la gran sorpresa de este circuito. Pero den tiempo para respirar.

Vivimos tan cerca del centro del mundo

Ulyfox | 26 de febrero de 2012 a las 2:52

El Real Observatorio de la Armada, en San Fernando.

 

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que este trozo de tierra tan pequeño en el que vivimos no era lo que muchos llamarían el culo del mundo, sino más bien el centro y medida de él, por lo menos de buena parte de él. Fue el Meridiano de Cádiz  y poco después el de San Fernando el que marcó las referencias para todas las cartas náuticas de España y América en casi todo el siglo XIX. Este enlace lo explica mucho mejor de lo que yo podría: http://druta.wordpress.com/2009/08/20/el-meridiano-de-cadiz/.

Yo sólo quería contar que hace unos días estuve en el centro del mundo, en el Real Observatorio de la Armada. Durante un rato, gracias a las explicaciones de su director, el isleño Fernando Belizón, pude comprender algunas de las razones por las que al salir contabilicé que había estado con él algo más de dos horas. Ahí, en un lateral del Observatorio, una hendidura en la fachada con una gran cortina metálica que se abre, está el Meridiano de San Fernando. En otro tiempo, el telescopio meridiano que solo se mueve de norte a sur, seguía el paso de los astros. Desde ahí, ahora, se marca la hora de España, la oficial, la buena, la que le garantiza a usted, por ejemplo, que el reloj de un parking no le hace pagar de más. En un cuarto están los relojes atómicos, una habitación que podría pasar por el almacén de un servicio técnico de reparaciones, pero desde la que se dirige el ritmo del país.

El Meridiano es ese lienzo de pared blanca vertical a la izquierda de la fachada.

Y allí también hay relojes que funcionan de manera exacta desde el siglo XVIII, que ya no son patrón de nada, pero sin embargo trabajan incansablemente como si creyeran que su misión de péndulo no debe acabar nunca. Algunos son artefactos de forma extraña y bellísima. “La historia de la medida del tiempo está toda aquí” me dijo Fernando Belizón mientras visitábamos el bello edificio y su emocionante contenido, su impresionante biblioteca histórica con primeras ediciones de Ptolomeos, Copérnicos y Newtons, y por las puertas se asomaban los sabios que allí trabajan para saludar, las mismas puertas que guardan el aire que dejaron a su paso Jorge Juan, Malaspina o Celestino Mutis. Estos sabios de ahora han adquirido su sabiduría, admirada y respetada en todo el mundo, en San Fernando, quién lo diría, una ciudad que señala la hora a España, y que, sin embargo, parece estar perdiendo todos los trenes.

El capitán de navío Fernando Belizón, en el laboratorio del tiempo.

Lo bueno, bueno, es que esto lo puede conocer todo el mundo, que se puede visitar, que el hermoso patrimonio que alberga el Observatorio, ese edificio neoclásico que se puede ver desde toda la Bahía, está a disposición de todos. Las visitas son con cita previa, entre semana y por la mañana, llamando al 956 599 367. Si tenéis suerte, el sabio amable que es Fernando Belizón será vuestro cicerone en ese paseo por el tiempo. Hacedlo y disfrutaréis. No perderéis el tiempo. Naturalmente, también tiene página web: http://www.armada.mde.es/ArmadaPortal/page/Portal/ArmadaEspannola/ciencia_observatorio/

P.S. Las hermosas fotos que acompañan esta entrada son de mi compañero en el Diario Elías Pimentel.

De repente, una tarde

Ulyfox | 27 de marzo de 2011 a las 19:06

El antiguo y abandonado muelle de la Fábrica San Carlos, en La Casería

El antiguo y abandonado muelle de la Fábrica San Carlos, en La Casería

La belleza tiene vida, designios y voluntad propias. Debe de ser por eso por lo que aparece donde quiere y cuando quiere. La primavera se lo pone más fácil, de acuerdo. Por eso en esta época conviene andarse una mijita atentos en el camino hacia el trabajo, o en el trayecto a la compra, en la caminata matutina por la Ruta del Colesterol o en el que podría ser rutinario paseo al perro. La belleza espera agazapada en múltiples formas o te estalla ante los ojos, no se sabe.
A mí me pasó ayer, sí, paseando a Aquiles. Debéis saber que el nombre de nuestro perro se debe a una confusión de mi Pe, que en realidad quiso llamarle Ulises pero tuvo un lapsus que, de haberla tenido aquella Penélope de Itaca, habría dado lugar a unos capítulos muy diferentes en la Iliada y por supuesto en la Odisea. Se le quedó Aquiles, que resultó al final un nombre más apropiado para sus pies ligeros. Paseábamos, lo hacemos siempre, por el solar de la antigua Fábrica de San Carlos, un lamentable resto de lo que fue una factoría señera, ahora un abandonado campo de encuentros raros tal vez amorosos, paseantes de animales, vertedores ilegales de escombros y basuras, y cazadores furtivos de pajaritos. Pero ahora los olvidados árboles que antes cuidaba el jardinero recuerdan su vida propia, y florecen entre los escasos restos industriales que han dejado los chatarreros y las vallas caídas. Y los abejorros zumban, y los pájaros de decenas de especies insospechadas los persiguen, y las cigüeñas que anidan en las torretas eléctricas roban para sus nidos las ramas que el levante derribó.
No son nenúfares ni las Nimpheas de Monet, aparecieron en el paseo.

No son nenúfares ni las Nimpheas de Monet, aparecieron en el paseo.

Nuestro paseo humano-animal se alarga, en mis días libres, por más vestigios de lo que fue un San Fernando esplendoroso, y rodeo restos militares, instalaciones aún en uso pero descuidadas, herrumbrosas, ajadas por falta de atención. Enormes charcos a lo largo de la cerca no se han secado y de este caldo de cultivo han nacido plantas, hierbas, juncos y ¡milagro! flores acuáticas, sorpresitas blancas con el centro amarillo que me apresuro a captar con la cámara temblorosa de mi móvil y semejan en su detalle las Nimpheas de Monet. Al volver la esquina derruida del antiguo cementerio inglés, ya pisando suelo de margaritas entalladas, es el momento del estallido: el sol se pone sobre la Bahía recortando el contraluz de un desvencijado muelle me temo que condenado a morir, si este pueblo suicida no recupera la cordura.
De repente, una tarde, la belleza se apareció entre la ruina de un barrio. No hay pistas en esta entrada turística sobre cómo llegar, dónde pernoctar o dónde comer. Sólo recuerdos, y algo de rabia. Pero la belleza está, tal vez, esperando que alguien la rescate.