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Los siete pilares de la sabiduría

Ulyfox | 20 de septiembre de 2011 a las 0:45

La montaña de la sabiduría de Lawrence de Arabia, en Wadi Ram.

Escribo las notas sobre Jordania cuando hace ya dos semanas que dejamos ese país, impregnado por el aire griego, con un tiempo fantástico, en un país de calles y terrazas abarrotadas, hecho increíble en un lugar que se supone en quiebra, desde la ventana de la Pensión Theresa en Chania, La Canea, la joya de Creta, cada día más brillante. Pero me toca hablar de beduinos, desierto y tumbas talladas en la roca. Hablaré de Wadi Ram, pues, el sitio en el que no paré de recordar a Ana y el Catalán ante la roca conocida como los Siete Pilares de la Sabiduría, intentando subir la arena imposible de una gran duna roja y mirando al horizonte salpicado de grandes esculturas naturales de roca. Escenarios para Lawrence de Arabia, aliado de hace un siglo con las tribus beduinas contra el imperio otomano.

La marcha por el desierto en jeep.

Fue una visita demasiado rápida, demasiado para turistas, acercarnos a una de las grandes rocas, revolcarnos en la arena, reírnos.

Sentirse la rosa del desierto...

 

Nos faltó pasar la noche en el desierto, charlar con los beduinos, compartir la cena. Sabemos que hay agencias que lo organizan. No deja de ser turístico, pero habríamos vivido la noche en la gran soledad, las estrellas en el cielo limpio.

Por un momento, brevísimo, podías sentirte explorador.

Nada de eso fue posible en un par de horas, aunque sí vislumbrar la belleza del desierto.

En la roja arena del Wadi Ram

 

Pero sí que nos dio tiempo a comprobar de nuevo la habilidad del beduino, basada en la cooperación necesaria.  Apenas comenzábamos la excursión en jeep cuando el coche hizo un extraño y al poco tiempo comprobamos que la rueda trasera izquierda había reventado. Pensamos que la visita al desierto se había fastidiado, pero el conductor salió apresuradamente y dijo: “One minute”. Nos miramos como diciendo: “Sí, un minuto, claro”, y descendimos. Los hechos se sucedieron rápidamente a partir de ese momento. Como avisado por la emergencia, otro jeep apareció en dirección contraria, paró junto a nuestro coche, y mientras nuestro conductor apañaba una piedra sobre la que subió la rueda pinchada, los del otro sacaban una goma de repuesto. La operación de cambio de neumático no duró más de dos minutos, lo juro. Si yo fuera ojeador de Ferrari ya habría fichado a este grupo para el box de mecánicos de Fernando Alonso.

La vertiginosa operación de cambio de neumático en el desierto.

Al poco tiempo, estábamos de nuevo en camino, pero la entrada en boxes no había acabado. Nos adentramos en un poblado, paramos ante una casa, y el chófer gritó un nombre. Aparecieron tres niños con un bidón de gasolina y la carga se produjo en un tiempo récord.

Algunos consiguieron subir a la duna roja.

Así, a punto, a dos paradas, enfilamos hacia el desierto rojo y rosa, un paisaje impresionante, apenas degustado. Lawrence no nos lo habría perdonado, pero visto lo visto, entiendo que en sus batallas buscara la alianza con las tribus beduinas.

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Las habilidades del beduino

Ulyfox | 18 de septiembre de 2011 a las 8:35

 

El beduino, bajando de una de las fachadas de la Pequeña Petra.

Ese beduino estaba en una especie de alero de la portada rosada, grabada en la roca, en la llamada Pequeña Petra, muy cerca de su mucho más conocida hermana mayor. Se trata de una especie de réplica a pequeña escala de la Ciudad Rosada, pero aquí, en lugar de tumbas, las estancias excavadas en la roca se dedicaban a reuniones de negocio y descanso de los nómadas. El lugar está también plagado de cisternas de agua y canalizaciones que servían de suministro a la gran urbe de abajo.

Un rincón de la Pequeña Petra

Nos preguntábamos cómo ese hombre de túnica marrón y pantalón blanco había logrado subir hasta aquella cornisa. La respuesta no la obtuvimos, pero sí vimos como bajó, apoyándose con pies y manos en columnas y grietas, como un spiderman del desierto, sin que la túnica se le arrugara ni el pantalón perdiera su blancura. Si pretendía impresionarnos, a fe que lo consiguió.

El hombre araña del desierto, poco antes de bajar de su nido.

Nuestro guía en Jordania, Mohammed, nos contó varias cosas de los beduinos, los nómadas del desierto, ganaderos y expertos en sacar de la aridez un gran producto agrícola, habitantes durante siglos de las tumbas de Petra. Nos dijo que muchos siguen prefiriendo plantar sus tiendas junto a las carreteras que aceptar las viviendas que les ofrece gratuitamente el rey Abdalá en su afán de integrarlos.

Una de las miles de tiendas beduinas que bordean las carreteras del desierto jordano.

Pasamos por un pueblo limpísimo poblado por beduinos asentados, pero Mohammed nos advirtió: si venís de noche, no encontraréis a nadie en sus casas porque prefieren irse a las montañas a dormir a sus tiendas, que conservan, y a charlar alrededor del fuego. Comprobamos cómo muchos que han aceptado las casas han plantado su tienda en el mismo patio o pegadas a la cerca.

Un beduino con su tenderete a medio montar en las paredes de la Pequeña Petra.

“Pero el beduino es listo, muchos ahora son ricos gracias a que han prosperado en la agricultura, o como propietarios de bazares, el dueño de la principal cadena de gasolineras del país es un beduino”, nos contaba Mohammed. En Petra y en el desierto de Wadi Ram, son los reyes. Y entre camellos, cabras y plantaciones, conservan su misterio, parecen dueños de su destino, como pocos pueblos. Nos pareció.

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