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Juegos de niños

Ulyfox | 23 de mayo de 2013 a las 14:00

El Manneken Pis de Bruselas, vestido de soldado francés, o algo así.

Una viñeta de Tintin en plena calle.

 

Turistas arremolinados en torno a la minúscula estatua.

Si pregunta los que conocen Bruselas, la mayoría coincidirá en que tiene dos cosas que ver: una grandiosa, la Grand Place, y otra menuda, el Manneken Pis, es decir esa fuentecilla en una esquina que representa a un niño desnudo orinando. Ya ves qué poca cosa puede convertirse en símbolo de una ciudad. Si vas y la ves, te preguntarás qué tiene para hacerse tan famosa, tan imprescindible en las fotos de los turistas, tan visitada. Pues seguramente nada: no es una obra excelsa de arte, no es grande, no representa un gran momento de la humanidad. Un niño orinando. Y además, según como te hagas la foto delante, corres el peligro cierto de aparecer como si el muchachito te estuviera soltando su chorrito de agüita amarilla en la misma cabeza. Pero es un símbolo. Su figura aparece en postales, llaveros, imanes, chocolates… A los bruselenses y a los turistas les encanta, mucha gente le regala ropa hecha a su medida, vestimentas de diferentes profesiones o épocas históricas. Esta vez, el Manneken Pis estaba vestido de soldado francés. Ahí lo tenéis, las autoridades de la ciudad se entretienen cambiándolo de ropaje de vez en cuando, ignoro con motivo dé qué en cada ocasión. Hace años, un artista local hizo una escultura hermana de esta, la Janneke Pis, no muy lejos de allí, representando a una niña haciendo la misma función fisiológica. La verdad, no nos acercamos a verla.

Detalle de una fachada en la Grand Place. Un cisne.

Los belgas están también muy orgullosos de sus creadores de historietas, de los inventores de personajes famosos mundialmente, los más conocidos de los cuales son Tintín y Lucky Luke. Y no es raro ver en las fachadas enormes graffitis reproduciendo esos héroes de tebeo. O figuras alegóricas, grandes esculturas rematando tejados… Como si, en el fondo, estos belgas fueran unos niños. Naturalmente, también hay un museo dedicado al cómic en Bruselas. No fuimos. En realidad, en este reciente viaje a Flandes no nos hemos preocupado de los museos. Más bien nos dejamos llevar por el paseo calmado, las terrazas con cerveza y el ritmo festivo. Y en Bruselas, comprobar el grandioso aire cosmopolita de esta capital de Europa, la multitud de lenguas y apariencias que reúnen turistas, lugareños e inmigrados permanente u ocasionales. Muy curioso y tal vez esperanzadoramente europeo, de lo que debe ser Europa.

Espléndidos remates en las casas de la Grand Place.

Terrazas en la Grand Place, la mejor diversión.

La estatua que abandonó su pedestal

Ulyfox | 17 de mayo de 2013 a las 1:43

 
Monumento a Charles Buls en Bruselas.

En la apacible, concurrida y musical plaza del Agora de Bruselas hay una estatua que abandonó su pedestal, se sentó a ras de calle, llamó a su perro, que acudió a mordisquearle como siempre la manga de su chaqueta, y se puso a esperar que miles de personas se sentaran a su lado. Después de que esto hubo sucedido, se quedó para siempre allí, en bronce, el bigote brillante toqueteteado una y otra vez y las manos de dedos largos estirados. Y desde esa sublime decisión, miles de personas se han sentado junto, debajo, encima de la imagen de Charles Buls, que una vez fue alcalde amado de Bruselas y que salvó con su visión enamorada y su firme decisión de burgomaestre las nobles, hermosas fachadas de la Grand Place, impidió su destrucción y ordenó su restauración.

Buls da la espalda a su pedestal.

Y uno, que de vez en cuando sueña, imagina que después de que muriera este sabio que hablaba varios idiomas, entre ellos seguramente el más valioso y difícil, el del pueblo, el artista quiso representarlo así: a la manera de alguien merecedor del mejor pedestal como tantos militares, políticos, banqueros, tiranos, santos, pero que para diferenciarse alcanza su máxima altura a ras de suelo. Alguien más amante del contacto que de la gloria ensalzada, alguien que no quiso ponerse por encima de los demás. O mejor aún: que Charles (o Karel) Buls, una vez inaugurado su monumento, decidiese bajar de esa peana, dejarse de tonterías y bajar al banco, a permitir que al gente le frotara el bigote de bronce, o le abrillantara con su trasero los faldones de la levita.

Gracias a Buls que salvó este conjunto bellísimo de la Grand Place.

Todo esto soñaba yo mientras fotografiaba asombrado este monumento, siempre rodeado, acompañado de gente, en el corazón de Bruselas, justo detrás de la Grand Place, salvada para siempre por el empeño de Buls. Gloria a él. Con o sin pedestal.

Un rincón de la Grand Place.

…y otro rincón.

 

La terraza de uno de los bares más célebres de la Grand Place, Le Roi dÉspagne.

 

Au voleur! au voleur!

Ulyfox | 29 de abril de 2013 a las 0:59

Estación de Charleroi Sud. El incidente no fue aquí, sino en Bruselas, poco después.

 

Cuando corría ayer tras el hombre que se había llevado mi mochila en la estación Bruxelles Sud no logré recordar cómo se decía en francés “¡al ladrón!”, pero aun así lo pude alcanzar. Es decir no llegué a hacerlo porque en cuanto sintió que me acercaba soltó la bolsa en el suelo y se escapó rápido. Tuve suerte porque habría sido un desastre: en la mochila iba la cámara con sus dos objetivos.

Yo esperaba junto a los servicios a Penélope cuando un hombre se me acercó y atrajo mi atención pidiéndome cambio de un billete. Yo fingí no entenderlo, pero él insistió unos segundos y luego se fue. Enseguida oí una voz de mujer que decía en español “¡tu maleta!” ¿Cómo? “¡Tu maleta, que se lleva tu maleta!”, repitió y comprendí que era a mí. La miré e inmediatamente me señaló a otro hombre que andaba con paso ligero hacia la salida. Miré al suelo a mi lado y comprobé con un golpe de vista que no estaba la mochila. Seguramente, mientras uno me daba conversación el otro se había acercado por detrás y aprovechaba mi distracción para llevarse el bulto. Afortunadamente, pude seguir al bergante, que no estaba muy lejos, y casi alcanzarlo porque yo corría y él sólo andaba rápido. En seguida soltó su presa. Sólo alcancé a gritarle ¡cabrón! mientras recogía el botín abandonado y me volvía corriendo a donde había dejado el resto del equipaje, dándome tiempo en décimas de segundo a respirar aliviado y a preocuparme a la vez por si me habrían robado las otras dos maletas.

Pero no, junto a ellas había permanecido esos segundos la mujer que me salvó, guardando además nuestras posesiones viajeras, en realidad nada irremediable, ropa y neceseres. Varias veces le di las gracias, igual que luego se las di a mi ángel de la guarda, al que quiero tanto, y que estaba atento para, la única vez que hemos tenido un problema de este tipo en más de dos décadas de viajes, poner en el escenario del crimen a una turista española que reaccionó como debía. Imaginaos que hubiera sido una sueca y me lo hubiera gritado en su idioma: quizá habría tardado tanto en reaccionar que habría perdido de vista al ladrón. Penélope no se enteró de nada, en tan poco tiempo se desarrolló la acción que cuando salió del servicio yo estaba esperándola en la misma postura y en el mismo lugar en que ella me dejó. Menos mal. Se evitó el susto. No hubo pérdidas.

Terrazas ante el Hotel Portinari, en Brujas.

Luego ya pudimos subir a un tren repleto de boys scouts rubitos y llegar a Brujas sin más incidencias que tener que hacer medio trayecto sentado en el escalón de la puerta de salida hasta que la mitad del pasaje se bajó en Gante. Y en Brujas el acogedor Hotel Portinari, la cerveza y una bellísima ciudad nos hicieron olvidar pronto el incidente. No ha pasado nada.

Pequeño anticipo de Brujas, capaz de hacértelo olvidar todo.

Por cierto, en francés “al ladrón” se dice “au voleur!” tal y como recordé poco después, y de carrerilla le recité a Penélope aquel fragmento que aprendí cuando en bachillerato leíamos El avaro de Moliére: “Au voleur! au voleur. On m’a volé mon argent! Je suis mort! Je suis assasiné!…” o algo así. Tout est bien qui fini bien, que dicen los franceses, o lo que es lo mismo, bien está lo que bien acaba.

Viaje relámpago

Ulyfox | 26 de abril de 2013 a las 13:43

Casas en Brujas (Bélgica)

Mira por dónde, de una manera trabajosa y en cierta forma poco decidida, esta noche dormiremos en Charleroi y mañana en Brujas. Al día siguiente estaremos en Gante. Así es. Un retorno pensado durante décadas, y ahora llega. No ha sido fácil. Ha habido que reunir un fin de semana largo y sortear algún tipo de problema familiar, pero finalmente, si el último segundo no quiere ser funesto, estamos en marcha. Será la primera vez en mucho tiempo que nos alejamos del Mediterráneo, y ya sabemos que nos espera el frío Norte, pero a la vez nos reencontraremos con el arte flamenco, el gótico de los edificios civiles, las casas de de comerciantes rematadas en escalera, las espléndidas cervezas belgas, los mejillones de grato y divertido recuerdo, el mundo europeo tal como se entendía antes.

Aquella primera vez en Gante fue en 1991.

Nuestra primera visita sí que fue relámpago, en medio de uno de esos míticos grupos de Mundojoven, subiendo y bajando de autobuses, durmiendo en hoteles baratos y alejados de los centros, riéndonos mucho y haciendo mucha carretera. Me dicen en el trabajo: tú sí que eres chulo, viajando en estos días en que no hacen más que darnos malas noticias. Pues sí, me parece una buena forma de combatir a estos malajes. Mientras haya posibilidades, ganas y salud, no nos van a amargar. Así que ahí vamos. Ya os contaremos, a los que estéis interesados. Seguid bien, quedarse con dió, que decía mi tía cuando se despedía.

La belleza reina en la Grand Place de Bruselas. Ahora es promesa de cerveza.

El Gobierno de verdad

Ulyfox | 21 de noviembre de 2011 a las 14:53

Penélope, ante el Atomium de Bruselas, mucho antes del euro.

No, no voy a hablar de Rajoy. ¿Para qué? Baste decir que algunos acontecimientos me dan más ganas de viajar aún. Me refiero al Gobierno de verdad, a los que deciden realmente lo que se va a hacer en nuestro país. Esos, ya lo hemos comprobado, no están por aquí ni los elegimos nosotros. Están en los grandes bancos norteamericanos, en las Bolsas de Londres, Nueva York o Francfort, en la cancillería de Berlín, en las instituciones comunitarias de Bruselas.

El Atomium es una gran explanada, ideal para tumbarse.

Bruselas es la capital comunitaria, donde se ventilan nuestras penas económicas y se decide qué hacer algún día. Bueno, pues que sepan que nosotros ya hemos estado allí, cuando eso no ocurría, cuando Europa era un sueño limpio y ordenado al que España se acababa de incorporar para hacerlo a su vez al mundo. Entonces todos queríamos ser europeos, o casi todos. Y nadie había oído hablar de primas de riesgo ni deuda soberana, esos términos en los que nos hemos hecho tan mentirosamente expertos, tan engañadamente peritos.

Terrazas y cerveza en la Grande Place.

Y éramos, también nosotros, felices y pobres. Viajábamos en grupos baratos, algo así como autobuses low cost. ¡Aquellos viajes con Mundojoven, nuestra querida agencia ludocutre! Bruselas estaba en aquel itinerario París-Países Bajos ida y vuelta en autocar desde Madrid. Tan bueno. ¿Qué recuerdo de aquello, en un ancestral 1991, ya metidos en nuestra fiebre viajera, que no nos ha abandonado? Bruselas no me pareció más que una capital administrativa grande y ordenada, en la que todo cerraba a las seis de la tarde. Sólo me marvilló la Grande Place y sus alrededores, el centro histórico. La maravilla gótica de su Ayuntamiento y los edificios barrocos de esa plaza llena de terrazas con excelente cerveza; las calles que la rodeaban llenas de restaurantes; los mejillones, algo que asociábamos siempre con Galicia y que eran una sorpresa suculenta en el centro de Europa, pequeñitos, cocinados sólo con vino.

El ambiente en la Grande Place, primeros de septiembre de 1991.

Éramos dos, pobres pero dignos administradores de nuestros escasos bienes, en medio de un grupo viajero seguramente igual de humilde. La última noche la pasamos mirando las pizarras exteriores de los restaurantes, buscando el menú que se adaptara a nuestros últimos florines, mucho antes del euro. Encontramos por fin el menú barato, y naturalmente cenamos mejillones y cervezas. Y nos reíamos de nuestro modesto bolsillo, ya esquilmado a esa hora, saboreando los moluscos bivalvos, yo disfrutando de la belleza de Penélope, aprendiendo sin saber a ser ricos en cualquier circunstancia. Era en Bruselas, mucho antes del Banco Central, y cuando hablar de mercados era hablar de pescados, carnes y verduras. Y cuando el Atomium era famoso.

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