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Koroni, un pueblo y un ‘kastro’

Ulyfox | 26 de mayo de 2020 a las 12:14

Vista del pueblo y el kastro veneciano de Koroni.

Vista del pueblo y el kastro veneciano de Koroni.

Veníamos de asombrarnos con las columnas, las piedras y la ubicación de la antigua Messeni, de un disfrute que sólo podíamos calificar de espiritual, aun con todo lo manido del término. Andando por el Peloponeso, las distancias siempre son aparentes, así que tardamos más de lo previsto en llegar a Koroni, un pueblo costero que durante muchos años habíamos tenido en nuestro pensamiento sin saber muy bien por qué. Seguramente por lo eufónico de su nombre, pero también por ciertos recuerdos de haber oído cosas buenas de él, no me preguntéis dónde.

Llegada a Koroni por carretera.

Llegada a Koroni por carretera.

Afortunadamente, se llega bordeando la costa, y eso quiere decir que la primera visión es hermosa: un caserío al borde del mar, rematado por una fortaleza oscura veneciana y turca como tantas en Grecia. Después de dejar las pesadas maletas en el Sofotel situado a la entrada del pueblo, era la hora perfecta para el paseo. Pero Koroni tiene unas cuestas tremendas. De momento, tomamos la mejor decisión posible en los pueblos griegos: bajar al puerto. Nos encontramos un ambiente más bien pueblerino, de gente en las puertas, niños corriendo y panaderías olorosas, lo que siempre es agradable.

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Ambiente en las calles de Koroni.

Ambiente en las calles de Koroni.

Encontré una óptica en la que me repararon un estropicio autoinfligido a mis únicas gafas, de resultas del cual acabó con una patilla rota. Un desastre menor que Penélope arregló con sus manitas, utilizando un trozo de cuchillo de plástico. Varios días anduve con este remedio casero, más bien horroroso pero que funcionó. En la óptica fueron más profesionales, con una soldadura, pero no más efectivos.

La bajada hacia el puerto.

La bajada hacia el puerto.

El puerto no es ni mucho menos el más bonito que se puede encontrar, ni las terrazas de los restaurantes tienen esa condición de buen gusto que encontramos en tantos lugares de ese país. Parecen más bien enfocados a un turismo, abundante pero no agobiante. Al final del paseo, la vista de la fortaleza sobre el promontorio sí es reconfortante. Vemos de lado las pendientes que hay que tomar para recorrer el pueblo y decidimos que es mejor buscar un sitio en la planicie frente al mar, en el que cenar. Al pasar, habíamos reparado en un cerdo dando vueltas y asándose en un espeto a la puerta de un restaurante, el Barbarossa. Así que estaba claro. El cerdo (jirinó) resultó sabroso, bien acompañado de tatziki y patatas, y lo completamos con una ensalada de judías verdes (fasoulakia) buenísima. Un acierto.

Ante la gran puerta veneciana del kastro.

Ante la gran puerta veneciana del kastro.

Teníamos dos noches reservadas en el hotel, que nos despertó con un gran desayuno a la griega. Koroni tiene una gran playa al otro lado del cabo, la de Zaga, y queríamos disfrutarla, pero subiendo y cruzando por la fortaleza. A la gran puerta veneciana nos dirigimos trepando la colina. Ante ella, una joven pareja con una niña pequeña hablaba entre ellos en euskera, así que me agradó saludarlos con un ‘egun on’ sonoro para sorprenderlos. Ello dio pie a una corta conversación sobre Grecia, y tuvimos tiempo para intercambiar consejos sobre recorridos.

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Habitantes de una casa dentro del Kastro.

Habitantes de una casa dentro del Kastro.

 

Ante la entrada del complejo del monasterio.

Ante la entrada del complejo del monasterio.

Otra vista general del monasterio.

Otra vista general del monasterio.

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Ante la iglesia de Santa Sofía (Agia Sophia) en el kastro.

Monasterio de Timios Prodromos.

Monasterio de Timios Prodromos.

El gran castillo (kastro para los griegos), levantado en el siglo VI, fue ampliado y reforzado por los venecianos, albergó en tiempos casi todo un pueblo. Hoy sólo quedan algunas casas, ruinas y un bien mantenido monasterio de monjas, el de Timios Prodromos, así como varias iglesias en distinto estado de conservación. Visitar estas iglesias es especialmente agradable, tanto como pasear por entre los restos de lo que fue un bastión inexpugnable importantísimo para el dominio veneciano y que tiene una gran vista sobre el pueblo y el mar circundante.

La playa de Zaga, desde el kastro.

La playa de Zaga, desde el kastro.

La fortaleza, desde la playa de Zaga.

La fortaleza, desde la playa de Zaga.

Como habíamos salido temprano, aún disponíamos de bastante tiempo para disfrutar de la playa de Zaga, bastante familiar y bien organizada. Un poco ruidosa por esto, pero preciosa al caer la tarde, hora en la que todo se remansa en esa parte del mundo. Bañarse con el castillo de fondo es una bonita experiencia. Para volver, el camino más recto incluía una nueva subida atravesando el pueblo. Y fue duro. Pero no hay cuesta que no se pueda vencer haciendo las paradas necesarias. El paseo nos descubrió rincones agradables, y nos confirmó que el turismo no ha derrotado aún a la forma de vida tradicional. Koroni no es una maravilla, sólo un pueblo griego amable al que en esta ocasión nos costó cogerle el punto que te hace trasladarte a la emoción.

En la parte más alta de Koroni.

En la parte más alta de Koroni.

Nos sentó muy bien, eso sí, parar dos noches en un lugar tranquilo.

Vista del mar frente a Koroni, desde la ventana del Sofotel.

Vista del mar frente a Koroni, desde la ventana del Sofotel.

 

Salzburgo, hablemos de belleza

Ulyfox | 4 de marzo de 2020 a las 17:37

Salzburgo, desde los jardines Mirabel, junto al Mozarteum.

Salzburgo, desde los jardines Mirabel, junto al Mozarteum.

Vista desde el castillo Hohensalzburg.

Vista desde el castillo Hohensalzburg.

Hay ciudades cuyo nombre está asociado, casi sin quererlo ellas mismas, a la belleza. La austríaca Salzburgo es sin duda una de ellas. El barroco centroeuropeo, el río Salz que le da nombre, la presencia musical eterna de Mozart… pocas parcelas escapan al concepto de lo bello en este lugar. Si acaso, le sobra, como a tantos en los últimos tiempos, bastante gente. Pero es inútil lamentarse de eso a estas alturas.

Fachada de la casa natal de Wolfgang Amadeus Mozart.

Fachada de la casa natal de Wolfgang Amadeus Mozart.

Quedémonos con la innegable hermosura, con los bosques que la rodean, con el castillo blanco de Hohensalzburg dominándolo todo, con el paseo por la calle del Grano (Getreidegasse), con la visita a la casa natal del inmenso genio, el niño prodigio, el pequeño Wolfgang Amadeus Mozart, que tantas horas de disfrute ha dado al mundo con su música. Quedémonos también con la visión desde el palacio Mirabel y, ya puestos, con la cerveza.

Un detalle en el centro de Salzburgo.

Un detalle en el centro de Salzburgo.

Una calle del centro.

Una calle del centro.

Y en todo caso, aceptemos que la plaza de la Catedral esté rebosante, que una parte de la ciudad quiera ser vista como una eterna estampa navideña para el turista, incluso en verano, que como manda el tópico sea un sitio muy lluvioso… todo sea por verse rodeados de belleza, por asombrarse con estatuas de caballos y fuentes, por conocer la historia de arzobispos y cardenales con más poder terrenal que los príncipes, por dejarse llevar por el impulso y comprar bombones Mozart para traer de regalo a los amigos.

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Caballos en la fuente de la plaza Residencial.

Caballos en la fuente de la plaza Residencial.

Conformémonos con que la comida no sea la mejor posible. A fin de cuentas, estamos en Centroeuropa, en el país de las salchichas y el bisté empanado, por muchos que ellos le llamen schnitzel. Lo ideal sería tener entradas para un concierto en esta zona del mundo donde la gran música reinó de manos de nobles, reyes, emperadores y alto clero. Siempre hay una posibilidad cierta de encontrarse con músicos callejeros en el centro histórico que transcurre a lo largo de ambas orillas del río.

Otra fuente, en realidad un abrevadero de caballos a la entrada de la ciudad.

Otra fuente, en realidad un abrevadero de caballos a la entrada de la ciudad.

Para nosotros Salzburgo no era una novedad en junio de 2019. Habíamos estado allí más de veinte años antes, en el curso de uno de aquellos viajes iniciáticos en grupos juveniles. Y desde hace tiempo sabíamos que volveríamos, lo mismo que nos pasa con tantos lugares en los que dejamos una pista nuestra para reencontrarla al pasar el tiempo… La vuelta a Salzburgo no nos defraudó. También era imposible…

La fachada de la catedral de Salzburgo.

La fachada de la catedral de Salzburgo.

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Más esculturas, más fuentes...

Más esculturas, más fuentes…

Acrocorinto, las tres murallas del Peloponeso

Ulyfox | 23 de febrero de 2020 a las 19:35

Acrocorinto domina desde su altura buena parte del Peloponeso norte.

Acrocorinto domina desde su altura buena parte del Peloponeso norte.

Acrocorinto vendrá a significar la parte más alta o la punta de Corinto, como Acrópolis significa la punta de la ciudad. Y si la de Atenas está alta, la de Corinto sí que hace honor a su nombre. Esto sí que es una fortaleza. Ahí arriba, a casi 600 metros sobre la llanura y el mar, una verdadera atalaya que domina buena parte del Peloponeso norte.

Acrocorinto, con sus tres murallas.

Acrocorinto, con sus tres murallas.

Hasta el verano de 2019 sólo había avistado desde la humildad del terreno llano esta imponente edificación compuesta de tres anillos fortificados. Pasando de camino hacia Nauplia, o hacia Patras varias veces la habíamos mirado como debían mirar sus altos muros los sitiadores desesperados, con una mezcla de admiración y estupor.

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Antes de entrar, una subida empinada y resbaladiza.

Antes de entrar, una subida empinada y resbaladiza. Arriba, ante la primera puerta, y abajo la segunda.

Así que esa vez, que teníamos tiempo, era forzoso parar, ascender a ese nido de águila. Es verdad que la carretera de acceso es sinuosa y no demasiado ancha, pero lleva casi hasta las mismas puertas del castillo que fue construido en la antigüedad más remota y reformado o reforzado por todas las civilizaciones que han pasado por ese lugar, o sea griegos, romanos, bizantinos, venecianos, otomanos… Muchas, dado que está en un paso casi obligatorio para acceder al Peloponeso, poco después de Corinto.

Entrando al segundo anillo amurallado.

Entrando al segundo anillo amurallado.

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Dentro del segundo círculo de murallas.

Dentro del segundo círculo de murallas.

Dejamos el coche a los pies de la fortaleza y empezamos la pequeña escalada, no tan ardua como peligrosa puesto que el pavimento sigue siendo de antiguos y resbaladizos cantos rodados. No lo puedo remediar, tengo casi una fijación con los castillos, con su poder evocador de asedios y batallas, lo que durante mucho tiempo fue elemento principal de la Historia. Y aquí, con el fuerte viento soplando en lo alto de la elevación rocosa y ante las tres enormes puertas que hay que traspasar para acceder al recinto, pude vivir casi en mi piel el terror que debió ser intentar conquistarlas.

La subida a la tercera puerta.

La subida a la tercera puerta.

La vista abarca decenas de kilómetros alrededor, hasta las altas montañas centrales del Peloponeso, por un lado, y los golfos de Corinto y Sarónico por otros. Pero no subimos hasta la cima. No nos hizo falta. Bastaba con haber llegado hasta allí, haber cumplido la tarea pendiente y aguantado el fuerte viento en el rostro ante los muros.

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La tercera y última puerta, desde fuera y desde dentro.

La tercera y última puerta, desde fuera y desde dentro.

Neueschwastein, castillo asaltado

Ulyfox | 5 de febrero de 2020 a las 13:32

El castillo de Neueschwastein, desde el puente Marienbruck.

El castillo de Neueschwastein, desde el puente Marienbruck.

Uno de los ejemplos mayores de masificación turística de nuestra ya larga vida viajera lo vivimos el pasado verano, en un lugar que recordábamos mucho más tranquilo. Seguro que hace ya 30 años bastante gente visitaba el castillo de Neueschwastein (pronúnciese Noisbáshtain) , el sueño loco levantado por Luis II de Baviera en el corazón de un paraje maravillosamente de cuento. Recuerdo que no estábamos solos en aquel lejanísimo viaje con una empresa que se llamaba Eurojoven y organizaba circuitos en grupo por un precio que nos podíamos permitir. Aquel visitaba varios países de Centroeuropa en autobús. Entonces ya había muchos viajeros, pero no existía esa especie tan actual del ‘coleccionista de sitios’ y, sobre todo, no podías encontrarte turistas de según qué países como los de la entonces Europa comunista o de China.

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Otras dos vistas del castillo.

Otras dos vistas del castillo.

Este fenómeno masivo se ha instalado definitivamente, llenando los destinos más clásicos, los más desconocidos, e incluso los recónditos.

Paisaje de castillos y lagos en los alrededores de Neueschwastein.

Paisaje de castillos y lagos en los alrededores de Neueschwastein.

Lo que nos encontramos aquella mañana en Neueschwastein, a mediados de junio, fue sencillamente asombroso: miles de personas esperando a entrar en turnos de cada diez minutos para una visita en la que el siguiente grupo te iba pisando los talones, en un edificio maravilloso de cuyo interior no se podían sacar fotos.

El castillo de Hohenschwangau.

El castillo de Hohenschwangau.

Desde luego, es impensable acudir al castillo sin haber hecho muchos días antes la reserva de una hora concreta de entrada. Del mismo modo, la visita, con audioguía y acompañado de un vigilante, no puede durar más que media hora.  Naturalmente, las fotos sí se pueden hacer del exterior, y todo el mundo va aleccionado, todos quieren hacerla desde el mismo punto: el puente Marienbruck, al que se llega caminando por un paseo lleno de curvas y de cuestas.

Aglomeración turística en el puente Marienbruck.

Aglomeración turística en el puente Marienbruck.

Todo el camino hasta ese puente lo hicimos rodeado por un inmenso gentío. Al llegar al pequeño viaducto, que alguna vez fue romántico, hay que esperar otra cola porque está limitado el aforo, supongo que por el peso que puede soportar la estructura. Una vez conseguido el acceso, hay apenas unos segundos para disparar una o varias fotos apresuradas… demasiado estrés para un paisaje tan bucólico.

Marienbruck, entrevisto a lo lejos desde el castillo.

Marienbruck, entrevisto a lo lejos desde el castillo.

Digamos que tuvimos la suerte, o la precaución, de llegar temprano, así que nos dio tiempo a tomar después poco más que un tentempié en uno de los restaurantes del hermoso parque que rodea el castillo. Habíamos subido a la colina andando, pero ya conseguido nuestro objetivo, nos permitimos incluso hacer el descenso en un coche tirado por caballos percherones, que caminaban muy lentos. Nos reímos al menos, porque la gente nos adelantaba andando.

Descenso en coche de caballos.

Descenso en coche de caballos.

Neueschwastein (he conseguido escribirlo por tercera vez) no nos decepcionó. Es imposible: es hermoso por sí mismo y por la historia del desgraciado e incomprendido, perseguido rey que lo mandó construir. Pero la forma en la que ahora se puede visitar es una locura no tan hermosa como las que se le ocurrían a Luis II. Supongo que al cabo del año el número de las personas que acceden por sus puertas supera las seis cifras…

Pies frescos en el lago junto al castillo de Hohenschwangau.

Pies frescos en el lago junto al castillo de Hohenschwangau.

Luego, nos acercamos a uno de los lagos cercanos, junto al centro de recepción y bajo el castillo Hohenschwangau, que perteneció al padre de Luis II. Allí, también una multitud considerable, en una buena parte de origen oriental, paseaba por sus orillas o se bañaba en sus frías aguas.

Ante las cascadas de Fussen.

Ante las cascadas de Fussen.

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Vistas de una calle de Fussen.

Vistas de una calle de Fussen.

No digo que saliéramos huyendo. Estábamos contentos, hizo un día espléndido, y volvimos al atardecer al cercano y bonito pueblo de Fussen, donde estaba nuestro alojamiento durante dos días, el Hotel Hirsch, muy limpio y agradable. En esas dos jornadas, nos dio tiempo a dar paseos tranquilos, bordeando el castillo en el centro urbano, recorriendo las coloridas calles, acercándonos al monasterio franciscano, e incluso a unas pequeñas cascadas en las afueras. Las largas tardes de junio permitían todo esto, y el ambiente era, comparado con la multitud corretona y apresurada de la colina, un remanso. Y no es que estuviéramos solos. Bien acompañados, en cambio, sí.

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La calle principal  de Fussen, Reichenstrasse, con el castillo Hohes al fondo.

La calle principal de Fussen, Reichenstrasse, con el castillo Hohes al fondo.

Crónicas desde el Paraíso (II). Un castillo, vino y muchas flores

Ulyfox | 22 de septiembre de 2015 a las 0:25

Vista parcial del castillo de Haut Koenigsbourg.

Vista parcial del castillo de Haut Koenigsbourg.

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Haut Koenigsbourg debería, por ese nombre, estar en Alemania. Y casi está. Desde su imponente altura, ese castillo está en Alsacia, es decir, en esa frontera francoalemana que tantas veces ha cambiado de nacionalidad a lo largo de la historia. Fue nuestra primera excursión, al día siguiente de llegar a ese paraíso de la civilización occidental. Y el castillo realmente impresiona, domina todo el paisaje hasta bien entrada Alemania, reinando sobre un montón de pueblecitos con nombres igualmente alemanes y rodeados por hectáreas y hectáreas de viñas.

El castillo en su paisaje.

El castillo en su paisaje.

Haut Koenigsbourg desde Saint Hyoplite

Haut Koenigsbourg desde Saint Hyoplite

 

Según parece, la bella fortaleza es una de las más visitadas de Francia. Efectivamente, estaba asediado cuando fuimos, pero no por huestes enemigas sino por centenares de coches y autocares aparcados en las cuestas que llevan hasta ella. Los franceses tuvieron suerte con este castillo. Aunque fue famoso e inexpugnable durante la Edad Media, en el siglo XIX era sólo una gloriosa ruina. Por allí acertó a pasar el káiser Guillermo III y los lugareños le convencieron de que pusiera dinero para restaurarlo. El castillo renació como gran monumento alemán, símbolo del poderío germánico. Pero, las cosas de la vida, poco después Alsacia pasó a ser francesa y ahora son los descendientes de los galos los que cobran la entrada.

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Pueblos y viñas desde el castillo.

Pueblos y viñas desde el castillo.

La visita merece la pena. La restauración está hecha con mucho gusto y el monumento se recorre con comodidad. Además, las vistas son impresionantes. Nos tocó además un día brillante, extrañamente caluroso en este centro, casi norte, de Europa. Familias y familias recorrían el castillo en ese domingo de final de agosto. En realidad, nosotros estábamos deseosos de bajar al pueblo justo debajo, Saint Hypolite, y probar su famoso rouge, es decir su vino tinto, un pinot noir muy afamado. No nos pareció para tanto, aunque estaba bueno. La comida, uno de los platos típicos de Alsacia, el backeoffe  o algo así, trozos de carne cocida con algunas verduras: bueeeno… No, no es la comida la baza fuerte de esta tierra de excelentes vinos blancos.

Arriba y abajo, vistas de Saint Hypolite.

Arriba y abajo, vistas de Saint Hypolite.

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Saint Hypolite, en cambio, empezó a descubrirnos las bellezas de esos pueblos pequeñísimos, casi aldeas, que se cruzan en un minuto en coche por una carretera bordeada de flores. Nos pareció bonito, pero después comprobamos que no era ni siquiera una pequeña muestra del catálogo de municipios adornados y bellos hasta la extenuación que nos esperaba.

Ventanas y calles floridas de Bergheim.

Ventanas y calles floridas de Bergheim.

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La primera parada de esas sorpresas, que iban creciendo en admiración, fue Bergheim. Una muralla con una puerta que ya sólo es testimonial pero que conserva su poder simbólico, calles adoquinadas, y empieza el desfile de casas con entramados de madera a la vista y fachadas pintadas de colores. Ya sabéis, esas que sólo hemos visto en películas e ilustraciones de los cuentos de los hermanos Grimm.

Ribeauvillé, la primera explosión...

Ribeauvillé, la primera explosión…

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La culminación del día fue Ribeauvillé, la primera explosión de fachadas: una larga calle principal llamada de manera poco original Grand Rue, y flanqueada de casas de antiguos y ricos comerciantes, decenas de tiendas de vinos, cada una de las cuales tiene su propia viña y su bodega, exhibiendo escaparates tentadores de botellas de riesling, muscat, gewurztraminer, pinot blanc, pinot gris, sylvaner… las exquisitas uvas de estas tierras.. Y no podernos llevar ninguna por culpa de las distancias, la duración del viaje, las limitaciones a los líquidos en los aviones…

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Recorrimos la calle admirados a cada paso por los detalles, las maderas, los adornos, los rótulos. Y todo tan limpio, y todo tan ordenado, y todo tan exquisito, y todo tan conjuntado. Tal vez la máxima expresión de la Europa rica que, teniendo tiempo y dinero, se dedica a ponerse guapa.