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Acrocorinto, las tres murallas del Peloponeso

Ulyfox | 23 de febrero de 2020 a las 19:35

Acrocorinto domina desde su altura buena parte del Peloponeso norte.

Acrocorinto domina desde su altura buena parte del Peloponeso norte.

Acrocorinto vendrá a significar la parte más alta o la punta de Corinto, como Acrópolis significa la punta de la ciudad. Y si la de Atenas está alta, la de Corinto sí que hace honor a su nombre. Esto sí que es una fortaleza. Ahí arriba, a casi 600 metros sobre la llanura y el mar, una verdadera atalaya que domina buena parte del Peloponeso norte.

Acrocorinto, con sus tres murallas.

Acrocorinto, con sus tres murallas.

Hasta el verano de 2019 sólo había avistado desde la humildad del terreno llano esta imponente edificación compuesta de tres anillos fortificados. Pasando de camino hacia Nauplia, o hacia Patras varias veces la habíamos mirado como debían mirar sus altos muros los sitiadores desesperados, con una mezcla de admiración y estupor.

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Antes de entrar, una subida empinada y resbaladiza.

Antes de entrar, una subida empinada y resbaladiza. Arriba, ante la primera puerta, y abajo la segunda.

Así que esa vez, que teníamos tiempo, era forzoso parar, ascender a ese nido de águila. Es verdad que la carretera de acceso es sinuosa y no demasiado ancha, pero lleva casi hasta las mismas puertas del castillo que fue construido en la antigüedad más remota y reformado o reforzado por todas las civilizaciones que han pasado por ese lugar, o sea griegos, romanos, bizantinos, venecianos, otomanos… Muchas, dado que está en un paso casi obligatorio para acceder al Peloponeso, poco después de Corinto.

Entrando al segundo anillo amurallado.

Entrando al segundo anillo amurallado.

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Dentro del segundo círculo de murallas.

Dentro del segundo círculo de murallas.

Dejamos el coche a los pies de la fortaleza y empezamos la pequeña escalada, no tan ardua como peligrosa puesto que el pavimento sigue siendo de antiguos y resbaladizos cantos rodados. No lo puedo remediar, tengo casi una fijación con los castillos, con su poder evocador de asedios y batallas, lo que durante mucho tiempo fue elemento principal de la Historia. Y aquí, con el fuerte viento soplando en lo alto de la elevación rocosa y ante las tres enormes puertas que hay que traspasar para acceder al recinto, pude vivir casi en mi piel el terror que debió ser intentar conquistarlas.

La subida a la tercera puerta.

La subida a la tercera puerta.

La vista abarca decenas de kilómetros alrededor, hasta las altas montañas centrales del Peloponeso, por un lado, y los golfos de Corinto y Sarónico por otros. Pero no subimos hasta la cima. No nos hizo falta. Bastaba con haber llegado hasta allí, haber cumplido la tarea pendiente y aguantado el fuerte viento en el rostro ante los muros.

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La tercera y última puerta, desde fuera y desde dentro.

La tercera y última puerta, desde fuera y desde dentro.

Neueschwastein, castillo asaltado

Ulyfox | 5 de febrero de 2020 a las 13:32

El castillo de Neueschwastein, desde el puente Marienbruck.

El castillo de Neueschwastein, desde el puente Marienbruck.

Uno de los ejemplos mayores de masificación turística de nuestra ya larga vida viajera lo vivimos el pasado verano, en un lugar que recordábamos mucho más tranquilo. Seguro que hace ya 30 años bastante gente visitaba el castillo de Neueschwastein (pronúnciese Noisbáshtain) , el sueño loco levantado por Luis II de Baviera en el corazón de un paraje maravillosamente de cuento. Recuerdo que no estábamos solos en aquel lejanísimo viaje con una empresa que se llamaba Eurojoven y organizaba circuitos en grupo por un precio que nos podíamos permitir. Aquel visitaba varios países de Centroeuropa en autobús. Entonces ya había muchos viajeros, pero no existía esa especie tan actual del ‘coleccionista de sitios’ y, sobre todo, no podías encontrarte turistas de según qué países como los de la entonces Europa comunista o de China.

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Otras dos vistas del castillo.

Otras dos vistas del castillo.

Este fenómeno masivo se ha instalado definitivamente, llenando los destinos más clásicos, los más desconocidos, e incluso los recónditos.

Paisaje de castillos y lagos en los alrededores de Neueschwastein.

Paisaje de castillos y lagos en los alrededores de Neueschwastein.

Lo que nos encontramos aquella mañana en Neueschwastein, a mediados de junio, fue sencillamente asombroso: miles de personas esperando a entrar en turnos de cada diez minutos para una visita en la que el siguiente grupo te iba pisando los talones, en un edificio maravilloso de cuyo interior no se podían sacar fotos.

El castillo de Hohenschwangau.

El castillo de Hohenschwangau.

Desde luego, es impensable acudir al castillo sin haber hecho muchos días antes la reserva de una hora concreta de entrada. Del mismo modo, la visita, con audioguía y acompañado de un vigilante, no puede durar más que media hora.  Naturalmente, las fotos sí se pueden hacer del exterior, y todo el mundo va aleccionado, todos quieren hacerla desde el mismo punto: el puente Marienbruck, al que se llega caminando por un paseo lleno de curvas y de cuestas.

Aglomeración turística en el puente Marienbruck.

Aglomeración turística en el puente Marienbruck.

Todo el camino hasta ese puente lo hicimos rodeado por un inmenso gentío. Al llegar al pequeño viaducto, que alguna vez fue romántico, hay que esperar otra cola porque está limitado el aforo, supongo que por el peso que puede soportar la estructura. Una vez conseguido el acceso, hay apenas unos segundos para disparar una o varias fotos apresuradas… demasiado estrés para un paisaje tan bucólico.

Marienbruck, entrevisto a lo lejos desde el castillo.

Marienbruck, entrevisto a lo lejos desde el castillo.

Digamos que tuvimos la suerte, o la precaución, de llegar temprano, así que nos dio tiempo a tomar después poco más que un tentempié en uno de los restaurantes del hermoso parque que rodea el castillo. Habíamos subido a la colina andando, pero ya conseguido nuestro objetivo, nos permitimos incluso hacer el descenso en un coche tirado por caballos percherones, que caminaban muy lentos. Nos reímos al menos, porque la gente nos adelantaba andando.

Descenso en coche de caballos.

Descenso en coche de caballos.

Neueschwastein (he conseguido escribirlo por tercera vez) no nos decepcionó. Es imposible: es hermoso por sí mismo y por la historia del desgraciado e incomprendido, perseguido rey que lo mandó construir. Pero la forma en la que ahora se puede visitar es una locura no tan hermosa como las que se le ocurrían a Luis II. Supongo que al cabo del año el número de las personas que acceden por sus puertas supera las seis cifras…

Pies frescos en el lago junto al castillo de Hohenschwangau.

Pies frescos en el lago junto al castillo de Hohenschwangau.

Luego, nos acercamos a uno de los lagos cercanos, junto al centro de recepción y bajo el castillo Hohenschwangau, que perteneció al padre de Luis II. Allí, también una multitud considerable, en una buena parte de origen oriental, paseaba por sus orillas o se bañaba en sus frías aguas.

Ante las cascadas de Fussen.

Ante las cascadas de Fussen.

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Vistas de una calle de Fussen.

Vistas de una calle de Fussen.

No digo que saliéramos huyendo. Estábamos contentos, hizo un día espléndido, y volvimos al atardecer al cercano y bonito pueblo de Fussen, donde estaba nuestro alojamiento durante dos días, el Hotel Hirsch, muy limpio y agradable. En esas dos jornadas, nos dio tiempo a dar paseos tranquilos, bordeando el castillo en el centro urbano, recorriendo las coloridas calles, acercándonos al monasterio franciscano, e incluso a unas pequeñas cascadas en las afueras. Las largas tardes de junio permitían todo esto, y el ambiente era, comparado con la multitud corretona y apresurada de la colina, un remanso. Y no es que estuviéramos solos. Bien acompañados, en cambio, sí.

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La calle principal  de Fussen, Reichenstrasse, con el castillo Hohes al fondo.

La calle principal de Fussen, Reichenstrasse, con el castillo Hohes al fondo.

Crónicas desde el Paraíso (II). Un castillo, vino y muchas flores

Ulyfox | 22 de septiembre de 2015 a las 0:25

Vista parcial del castillo de Haut Koenigsbourg.

Vista parcial del castillo de Haut Koenigsbourg.

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Haut Koenigsbourg debería, por ese nombre, estar en Alemania. Y casi está. Desde su imponente altura, ese castillo está en Alsacia, es decir, en esa frontera francoalemana que tantas veces ha cambiado de nacionalidad a lo largo de la historia. Fue nuestra primera excursión, al día siguiente de llegar a ese paraíso de la civilización occidental. Y el castillo realmente impresiona, domina todo el paisaje hasta bien entrada Alemania, reinando sobre un montón de pueblecitos con nombres igualmente alemanes y rodeados por hectáreas y hectáreas de viñas.

El castillo en su paisaje.

El castillo en su paisaje.

Haut Koenigsbourg desde Saint Hyoplite

Haut Koenigsbourg desde Saint Hyoplite

 

Según parece, la bella fortaleza es una de las más visitadas de Francia. Efectivamente, estaba asediado cuando fuimos, pero no por huestes enemigas sino por centenares de coches y autocares aparcados en las cuestas que llevan hasta ella. Los franceses tuvieron suerte con este castillo. Aunque fue famoso e inexpugnable durante la Edad Media, en el siglo XIX era sólo una gloriosa ruina. Por allí acertó a pasar el káiser Guillermo III y los lugareños le convencieron de que pusiera dinero para restaurarlo. El castillo renació como gran monumento alemán, símbolo del poderío germánico. Pero, las cosas de la vida, poco después Alsacia pasó a ser francesa y ahora son los descendientes de los galos los que cobran la entrada.

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Pueblos y viñas desde el castillo.

Pueblos y viñas desde el castillo.

La visita merece la pena. La restauración está hecha con mucho gusto y el monumento se recorre con comodidad. Además, las vistas son impresionantes. Nos tocó además un día brillante, extrañamente caluroso en este centro, casi norte, de Europa. Familias y familias recorrían el castillo en ese domingo de final de agosto. En realidad, nosotros estábamos deseosos de bajar al pueblo justo debajo, Saint Hypolite, y probar su famoso rouge, es decir su vino tinto, un pinot noir muy afamado. No nos pareció para tanto, aunque estaba bueno. La comida, uno de los platos típicos de Alsacia, el backeoffe  o algo así, trozos de carne cocida con algunas verduras: bueeeno… No, no es la comida la baza fuerte de esta tierra de excelentes vinos blancos.

Arriba y abajo, vistas de Saint Hypolite.

Arriba y abajo, vistas de Saint Hypolite.

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Saint Hypolite, en cambio, empezó a descubrirnos las bellezas de esos pueblos pequeñísimos, casi aldeas, que se cruzan en un minuto en coche por una carretera bordeada de flores. Nos pareció bonito, pero después comprobamos que no era ni siquiera una pequeña muestra del catálogo de municipios adornados y bellos hasta la extenuación que nos esperaba.

Ventanas y calles floridas de Bergheim.

Ventanas y calles floridas de Bergheim.

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La primera parada de esas sorpresas, que iban creciendo en admiración, fue Bergheim. Una muralla con una puerta que ya sólo es testimonial pero que conserva su poder simbólico, calles adoquinadas, y empieza el desfile de casas con entramados de madera a la vista y fachadas pintadas de colores. Ya sabéis, esas que sólo hemos visto en películas e ilustraciones de los cuentos de los hermanos Grimm.

Ribeauvillé, la primera explosión...

Ribeauvillé, la primera explosión…

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La culminación del día fue Ribeauvillé, la primera explosión de fachadas: una larga calle principal llamada de manera poco original Grand Rue, y flanqueada de casas de antiguos y ricos comerciantes, decenas de tiendas de vinos, cada una de las cuales tiene su propia viña y su bodega, exhibiendo escaparates tentadores de botellas de riesling, muscat, gewurztraminer, pinot blanc, pinot gris, sylvaner… las exquisitas uvas de estas tierras.. Y no podernos llevar ninguna por culpa de las distancias, la duración del viaje, las limitaciones a los líquidos en los aviones…

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Recorrimos la calle admirados a cada paso por los detalles, las maderas, los adornos, los rótulos. Y todo tan limpio, y todo tan ordenado, y todo tan exquisito, y todo tan conjuntado. Tal vez la máxima expresión de la Europa rica que, teniendo tiempo y dinero, se dedica a ponerse guapa.