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Itaca, el difícil camino

Ulyfox | 27 de agosto de 2020 a las 13:20

La llegada a Ítaca, en 2001.

La llegada a Ítaca, en 2001.

Esta vez, si lo conseguimos, saltaremos de alegría o desfalleceremos de nostalgia, o las dos cosas a la vez, que fue lo que debió sentir Ulises, el Odiseo pródigo en ardides que define la inmortal y fundacional obra de Homero. Llegar a Ítaca, ese es de nuevo nuestro objetivo este año. La primera vez, hace 19 años, no fue fácil. Lo he contado en esta entrada lejana. Fue complicado y retorcido, pero llegamos en dos días con noche por medio en lugar de lo que debería haber sido una travesía placentera de un par de horas. Y fuimos felices al arribar por fin a las homéricas costas, y de disfrutar de una corta estancia de dos noches en Frikés, y del paseo andando hasta Kioni.

Una vista de Kioni, uno de los pueblos más bonitos de Itaca.

Una vista de Kioni, uno de los pueblos más bonitos de Itaca.

Otras dos veces lo hemos intentado y nos ha resultado imposible. La primera, hace unos cinco años, cuando estuvimos en la verde y aromática Cefalonia y consideramos que era fácil saltar a la cercanísima Itaca. No hubo forma, no alcanzamos a coordinarnos con los inestables y cambiantes horarios de los barcos que cubrían el trayecto desde Vasilikí o desde Nydrí. La segunda, el año pasado, con una segura línea desde la industriosa, universitaria y marítima Patras. Había barcos, pero ni una sola plaza hotelera en el agosto multitudinario y en una Grecia pre pandemia, en la que todas las islas, los destinos tradicionales y las supuestas ‘joyas desconocidas’, estaban de moda. No pudimos acomodar una fecha.

Una calle de Kioni.

Una calle de Kioni.

Itaca mantiene, al parecer para nosotros, la misma maldición que sufrió el ingenioso Ulises. Pero nosotros tenemos también la misma constancia que el héroe que se inventó el caballo de Troya. Y este año lo teníamos preparado todo: avión, barco y hotel reservado. El covid-19 ha frustrado los planes, pero no todavía el destino. Mantenemos el billete de avión, pero hemos anulado hoteles, y estamos a la espera de hacernos una prueba pcr que Grecia exige a todo el que entre en el país. Volvemos a estar en manos de Zeus y de su hija Atenea. Y de su voluntad.

A tres días de emprender el supuesto viaje a Itaca, estamos en el aire.

Os iremos informando de la buena o mala noticia. Y si todos los dioses olímpicos lo quieren, os contaremos la estancia.

Antisamos de ayer a hoy

Ulyfox | 27 de abril de 2016 a las 12:00

La playa de Antisamos, rodeada de verde, desde la carretera.

La playa de Antisamos, rodeada de verde, desde la carretera, el pasado septiembre.

La misma playa, en 2001.

La misma playa, en septiembre 2001, desierta

Hay muchas playas en Cefalonia. Es una isla grande, verde y azul, y estos colores se reparten el juego de luces entre el interior y la costa. Puede uno pasarse las vacaciones buscando esas curvas de arena blanca. Muchas son espléndidas. De todas, nosotros recordábamos con especial gusto la playa de Antisamos, a la espalda de la población de Sami. Y no es de arena. Unas grandes piedras muy lamidas por el agua forman la orilla y los primeros metros del mar, pero desaparecen luego dejando paso al fondo arenoso otra vez. El efecto luminoso es espectacular. Hace 14 años, cuando la visitamos en septiembre, estaba solitaria, y el bar desmontado. Sólo un descampado y el mar enfrente. El septiembre pasado, el panorama era muy diferente. La multitud había invadido el lugar, y sobre las piedras decenas de hamacas ocupaban toda la superficie. Detrás, un hermoso restaurante y bar servía numerosas comidas y aperitivos. Era un lugar plenamente turístico.

Panorámica actual de Antisamos.

Panorámica actual de Antisamos.

Antisamos no había perdido la belleza, tan sólo se veía un poco molestada por el gentío. Pero en el restaurante comimos bien, las hamacas, gratuitas si consumías, eran cómodas y el público no demasiado ruidoso. El agua seguía tan transparente y fresca, y el sol se puso con tanta belleza como entonces tras la montaña. Aquella primera vez hace 14 años las tiendas de Sami estaban llenas de fotografías y carteles con los rostros de Penélope Cruz y Nicolas Cage, que acababan de rodar en la ciudad y la playa algunas hermosas escenas de ‘La mandolina del capitán Corelli’, una película perfectamente olvidable pero que nosotros acudimos a ver, por supuesto.

Bella vista desde arriba.

Bella vista desde arriba.

Un vasito de 'tsipouro' en el azul de Antisamos.

Un vasito de ‘tsipouro’ en el azul de Antisamos.

Acudimos a Antisamos para rememorar todo aquello y para comprobar su evolución. Recuerdo que muy cerca de Sami hay una cueva, la de Melissani, con un lago en su interior. Hace muchos siglos, el techo de la cueva se cayó y el lago quedó al descubierto. El efecto cuando la luz del mediodía incide sobre el agua es asombroso. Entonces, aquella primera vez, pudimos ver la maravilla los dos solos, y dar el paseo en barca con la única compañía de otros dos navegantes. Ahora, al acercarnos a la cueva ya divisamos la cantidad de autocares turísticos aparcados en el exterior y obviamente desistimos de intentarlo de nuevo. Efectos indeseables del turismo masivo. Supongo que la cueva y el lago siguen siendo igual de hermosos, pero no debe ser lo mismo con las barcas llenas de marineros fugaces y  apresurados. Digo yo.

La despedida de Cefalonia fue con una estupenda degustación de Robola en las bodegas Gentilini.

La despedida de Cefalonia fue con una estupenda degustación de Robola en las bodegas Gentilini.

Lo que no ha perdido Cefalonia es su encanto jónico, verde y arbolado, tan distinto de la aridez hermosa de las Cícladas. Despedimos nuestra última estancia en esta isla hermosa con una visita a las bodegas Gentilini, que producen uno de los más apreciados vinos blancos del mundo: el Robola, variedad de uva específica de Cefalonia, extraordinario.

No hay azul como el de Myrtos

Ulyfox | 14 de marzo de 2016 a las 14:08

Agua y arena en la playa de Myrtos, Cefalonia.

Agua y arena en la playa de Myrtos, Cefalonia.

Tal vez haya ocasiones en que merezca la pena no decir ni escribir palabra alguna, y dejar que las imágenes lo digan todo. A fin de cuentas ¿qué podría yo añadir a estas fotos de la playa de Myrtos, en la isla de Cefalonia? Si acaso, que somos afortunados por haber estado allí dos veces.

Vista superior hacia un lado...

Vista superior hacia un lado… y hacia otro

... y hacia otro.

Y desde abajo.

Pues sí. Así es esa zona oeste de la isla. Llena de playas espectaculares y muchas difícilmente accesibles aún. La carretera, sinuosa en la costa, empinada y jalonada de travesías por pueblos, es bonita pero ardua de hacer. Obvio decir que merece la pena cuando se llega. En Myrtos, en esta ocasión, el oleaje, que provoca unas espumas preciosas, hacía incómodo el baño. Una sola ola grande y lenta batía continuamente la orilla, haciendo añorar esos días sin viento en los que el mar te acoge como una cama. No fue así.

 

La carretera hacia Myrtos es espectacular.

La carretera hacia Myrtos es espectacular.

 

Myrtos, dentro de una gran bahía azul, está más o menos a una hora de Fiskardo, y en cuanto la ruta se acerca a la costa las vistas son espectaculares. Allí abajo el agua presenta todas las gamas de azul imaginables, y al fondo los acantilados reproducen la escena de cabos y golfos casi hasta el infinito. Antes de llegar a la espectacular playa, conviene hacer un alto en Assos, la otra población de Cefalonia que se libró de los tremendos efectos destructores del gran terremoto de 1953, situada sobre un pequeño itsmo que la une a un islote coronado por un castillo veneciano. El pueblecito, sobre una pequeña bahía con playa, está llamado a hacerle la competencia turística, por su belleza, a la cercana Fiskardo. Es un rincón de momento tranquilo, pequeño y lleno de flores y aire limpio.

La situación del caserío de Assos.

La situación del caserío de Assos.

La pequeña Bahía de Assos.

La pequeña Bahía de Assos.

Un excelente alto en el camino.

Un excelente alto en el camino.

 

La plaza principal del pueblito, frente al mar.

La plaza principal del pueblito, frente al mar.

 

Y así empezaba nuestro redescubrimiento feliz de Cefalonia…

Vista general de Assos, desde el islote.

Vista general de Assos, desde el islote.

Fiskardo sobrevive con elegancia

Ulyfox | 19 de febrero de 2016 a las 14:11

Fiskardo, camino de nuestro hotel.

Fiskardo, camino de nuestro hotel.

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Salió el sol en Fiskardo.

Salió el sol en Fiskardo.

 

Barcas en el puerto de Fiskardo.

Barcas en el puerto de Fiskardo.

Con el transcurrir del tiempo, se nos da cada vez más que cuando vamos a Grecia en realidad volvemos a algunos de esos lugares que forman parte de nuestra historia, la de Penélope y yo. Es el reencuentro, y casi sin querer nos vemos haciendo el repaso de detalles nuevos, edificios reformados o cosas que no estaban y ahora están. Hace muchos años, quince ya, estuvimos en Cefalonia, una de esas islas jónicas verdes a reventar, intrincadas de interior y con asombrosas playas blancas, largas y bañadas por un azul casi irreal.

Una tienda en el pueblo.

Una tienda en el pueblo.

Y un restaurante cercano.

Y un restaurante cercano.

 

En aquella primera ocasión, la puerta de entrada fue el puertecito de Fiskardo, casi la única población que había quedado en pie en la isla tras el terrible terremoto de 1953, junto con buena parte de la cercana Assos. Fue una revelación, un puñadito de casas de colores junto al mar que ya apuntaba como refugio de veleros recreativos de un cierto nivel económico. Quisimos también entrar el pasado septiembre por aquí a Cefalonia, dado el buen recuerdo que nos dejó. No nos defraudó en absoluto. Los colores eran más vivos, las casas, las tiendas y los restaurantes, más numerosos y cuidados. Y la tranquilidad estaba intacta. Hay un considerable aumento de veleros amarrados en el muelle que discurre junto a las casas y eso le quita vista, con tanto palo, cables, jarcias o como quiera que se llame el variado aparejo que acompaña a estas embarcaciones. Es difícil apreciar el conjunto entre ese bosque marinero.

Fachadas, cielo y flores.

Fachadas, cielo y flores.

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Pero en llegando la noche, Fiskardo es mágico. Tal vez repelentemente mágico, diría alguno, o pasado de elegancia. No me importa. Sí, tal vez es imprescindible el lino blanco por la noche. Pero puestos a pasarse, prefiero que sea en esto. La tenue iluminación de tiendas, restaurantes y terrazas contribuye al tranquilo y corto paseo y anima a sentarse a dejar correr la velada con una botella de robola, el delicado vino blanco local, y algunas de las especialidades culinarias de Cefalonia. Posee ese tesoro tan indefinible de los lugares agradables: nada, casi ningún sitio a donde ir o distraerse. Sólo tú con tu compañía.

Playa de Emblissi, muy cerca de Fiskardo.

Playa de Emblissi, muy cerca de Fiskardo.

Otras vistas de la playa.

Otras vistas de la playa.

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Otra vista mejor.

Fiskardo es para desayunar temprano en el puerto, dejarlo atrás por la mañana y alejarse hasta alguna de las mayúsculas playas a pasar el día (la incomparable Myrtos). O a quedarse en alguna de las cercanías, como la maravilla mínima de Emblissi, a un paseíto, o la más escondida de Agia Jerusalem, con una reputada y frecuentada taberna bajo los árboles y frente al mar. Y luego, casi a continuación, con el agradable salitre aún en la piel y el recuerdo del vino en el gaznate, tomar posesión del muelle atardeciente, ya en el pueblo, con el libro y la cámara en la mano. Y acompañar más tarde al cansado día por el referido paseo nocturno entre barcos y mesas. Qué más quieren que les diga…

Atardecer sobre Fiskardo.

Atardecer sobre Fiskardo.

¿Para qué sirven los viajes?

Ulyfox | 21 de octubre de 2012 a las 1:25

En la playa de Mirtos, en Cefalonia.

Sí, claro, para pasarlo bien, para conocer mundo, para que el mundo te conozca, para aprender, para probar comidas y bebidas nuevas, para hablar otros idiomas, para escuchar otras músicas, para respirar otro aire, para ver otros paisajes, para sentir otros abrazos, para encontrar otros amigos, para arrinconar esos días, para olvidar esas miradas, para alejarse, para tener ganas de volver, para alargar y encoger el tiempo a tu voluntad, para ensanchar el espacio, para perderte, para encontrarte, para mirar de lejos tu mundo ambiente, para tener nostalgia, para querer a tu gente, para acordarte de tu perro, para dejarse llevar, para reírte, para vivirte otro, para asombrarte con las obras del hombre, para lamentar otras, para decir así lo quiero, para soñar así debería, para encontrar un hueco, para cargar maletas, para enviar postales, para reencontrar, para maldecir el viento, para agradecer el sol, para mirar peces, para subir castillos, para buscar tumbas, para cruzar ríos, para recorrer gargantas, para fotografiar atardeceres, para comprar pan.

O en una placita de Sarlat-La Caneda, en el Perigord francés.

Sí, claro, todo eso. Y para cuando han acabado, a la vuelta, recordarlos, y en llegando una mañana soleada de sábado otoñal, a punto de salir para el inseguro trabajo, decir: “Ahora me gustaría estar en…” y sentir como el cuerpo se ensancha, se expande, se hace diáfano, y descubrir así el secreto de los dioses, que efectivamente se puede estar en, al menos, dos sitios a la vez.