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Reina de La Canea

Ulyfox | 6 de septiembre de 2012 a las 19:49

 

Penélope, en el balcón del hotel Mama Nena de La Canea

 

Ahí la tenéis: en el balcón de nuestra hermosa habitación del hotel Mama Nena, en pleno puerto veneciano de La Canea (o Chania), un lugar evocador como pocos en una ciudad que ya de por sí es la joya de Creta, una isla que es por naturaleza la esencia de Grecia. Nos sentimos como privilegiados en ese balcón, espectadores de la vida que pasa por debajo envidiosa de nosotros, envueltos en nuestros vasitos de raki mientras el atardecer doraba poco a poco la mezquita de los jenízaros y el esbelto faro de piedra, justo enfrente, tantas veces visto y admirado en tantas visitas a La Canea.

Y el faro al fondo...

Llevamos sólo cuatro días en Creta, y los cuatro los hemos dedicado a esta ciudad, a conocer a fondo el barrio de Splantzia, que era el lugar donde vivían los turcos cuando la larga dominación otomana. Intrincado y colorido, desgraciadamente asolado por las feas pintadas en las fachadas, el barrio se renueva, crecen los negocios hoteleros y hosteleros que aprovechan las preciosas casas antiguas e incluso sus ruinas.

Fachada de la iglesia de San Francisco, en la plaza 1821 de Splantzia, con minarete y campanario.

Tiene Splantzia un monumento a la convivencia. Debe ser el único caso en el mundo en el que un templo, la iglesia de San Nicolás, ostenta un minarete y un campanario a la vez, después de haber sido iglesia, mezquita y de nuevo iglesia. Delante, una plaza convivencial, la Plaza de 1821, siempre llena de gente en las terrazas de los cafés y tabernas, a todas horas del día, con poco alcohol y mucha charla. Hombres con larga melena recogida en un moño, a la manera única de Grecia, y mujeres de mirada profunda. Viejos en su papel de viejo, sentados largas horas en la mesa del kafeneion, esa institución social de los pueblos griegos.

En un rincón del barrio de Splantzia.

Creemos en esta forma de vida pausada y sabia, aunque no la estemos practicando mucho: cuatro noches, cuatro hoteles diferentes, así es el trabajo en la guía.

Guerras y otras resistencias

Ulyfox | 30 de julio de 2012 a las 14:30

El cementerio aliado frente a la bahía de Souda, en Creta

  
 
 En la bahía cretense de Souda, muy cerca de la hermosísima Chaniá, frente a un mar azul y muy cerca de una importante base de la OTAN, se encuentra el cementerio de las tropas aliadas durante la II Guerra Mundial, recuerdo glorioso e infame de la terrible Batalla de Creta sucedida tras la invasión de las tropas nazis, un episodio que marcó el desarrollo de aquel sangriento conflicto y de paso toda la vida contemporánea de esta isla griega, azotada durante milenios por invasiones, guerras, matanzas y, si fuera poco, terremotos. Tal vez eso haya formado el carácter de sus habitantes, pero desde luego no ha sido con mal resultado. El cementerio de Souda aparece sencillo a primera vista (una vista espléndida), pero luego te va encogiendo poco a poco el corazón si se te ocurre deambular entre las tumbas. Entre el cuidado césped, tras las amorosas flores, muchas lápidas aluden a soldados desconocidos, pero otras tantas relatan trágicas novelas completas de final infeliz, con nombres y apellidos, historias con acento alemán, inglés o neozelandés, horrorosas evocaciones de vidas jovencísimas, de muertes tan tempranas.
 

La tumba de un soldado neozelandés, en el cementerio de Souda

 
 
 El camposanto memorial contiene los cuerpos, la mitad de ellos sin identificar, de 1.500 soldados de países de la Commonwealth, que fueron trasladados aquí tras el final del conflicto desde diferentes enterramientos que habían hecho los alemanes por toda la isla. Una comisión de la comunidad británica de naciones está encargada de su mantenimiento, que es ejemplar.
 

Monumento a la colaboración entre los monjes y los soldados ingleses, junto al Monasterio de Preveli

 
En Creta se cuentan y se muestran miles de estampas de heroísmo y represión con la Batalla como fondo, de resistencia frente a los nazis, de monjes ortodoxos refugiando a rebeldes y soldados, señalándoles caminos de huida, albergando arsenales en sus conventos amurallados, relatos que servirían para infinidad de películas bélicas y que de hecho han servido para ello. Pero si uno lee alguno de esos nombres grabados en el mármol fúnebre solo piensa en el horror de decenas de miles de jóvenes muertos por la locura de una invasión muy sangrienta. No hay heroísmo sino pena. No hay nada peor que la guerra, y uno siente la tentación, tal vez un impulso racional, de darle la razón a Boabdil el Chico antes que a esos monjes armados hasta los dientes. Aunque tampoco me cabe duda de que a veces, algunas veces, puede que no haya más remedio, cuando el código que usa el atacante, el único que entiende es el de la violencia. Yo qué sé.

Playas en el confín

Ulyfox | 6 de noviembre de 2011 a las 22:16

La playa de Falasarna, en el confín noroeste de Creta

Cuando te acercas a cualquiera de los extremos de Creta, te sientes como si estuvieras llegando al fin del mundo: lugares frecuentemente deshabitados, o imperceptiblemente ocupados, con la tierra parda salpicada de manchas verdes a un lado, y el mar al otro o allá enfrente. Miras y callas, o haces un comentario obvio, porque la vista no alcanza: arriba y abajo, al frente o detrás todo está muy lejos, transparente, sólo el horizonte parece no tener fin. A esa sensación inquietante y placentera a la vez se suma una realidad: la belleza del paisaje. Suelen ser lugares a los que parece que uno ya no puede sobrepasar, no hay más allá, pero quieres sobrepasar la sieguiente curva. Para compensarte de la sensación de final, te ofrecen algo extraordinario, una montaña fronteriza con el cielo en la costa norte, cerca de Mohlos y camino de Sitia; una isla inaccesible y deshabitada en el horizonte en el sudoeste, frente a Makrygialos; un arenal infinito bañado por un agua sin color, prolongada sin profundidad, en el sudoeste, la apabullante Elafonisi; y un cabo enorme con una playa celestial en Falasarna, en ese oeste aún indómito cretense que son las cercanías de la península de Granvousa.

Los arenales de Falasarna

Falasarna era uno de nuestros destinos en Creta. Instalados en Chania, no deseábamos tampoco movernos mucho. Esta ciudad te lo da prácticamente todo, pero Falasarna es muy atractiva incluso desde el nombre, sus imágenes turquesa sobre verde nos decidieron a tomar el coche y acercarnos. Es poco más de una hora desde La Canea, en dirección oeste y por carretera bastante buena la mayor parte del camino. Solamente hay que tener un poco de cuidado en coger la ‘carretera nueva’, porque la ‘carretera antigua’ pasa por todos los pueblos y urbanizaciones turísticas.

Otra imagen de la playa

No tuvimos demasiado suerte. Falasarna apareció ante nuestro parabrisas a la vuelta de una curva, allá abajo, inmensa, azulísima, luminosa: playas, playas y playas y al fondo un gran promontorio. Apenas llegamos y nos introdujimos en ese agua en la que parece que no te introduces, casi aire húmedo, empezó a soplar el viento, dueño y señor de las islas. Hasta hacerse al poco tiempo, bastante desagradable. Lo mejor fue irse, en cierta forma apenados, pero sabiendo que volveremos en mejor ocasión. Al fin y al cabo, Creta está ahí mismo.

Las flores de calabacin de la taberna Zacharias

Pero no fue en vano la excursión. En el camino de ida, habíamos parado a tomar un café en una taberna a pie de carretera, la Taverna Zacharias, y ya nos dio muy buena impresión el trato del encargado, tanto como el ambiente del local, aunque era un poco extraño el mural con los personajes de Astérix (inevitable recuerdo al amigo L’Obeli). Así que decidimos que el almuerzo lo haríamos allí, de vuelta a Chania. Acertamos. Nos recordaba y nos recibió con un agradable ‘file mou’ (amigo mía). El cartel de cara a la carretera anunciaba ‘hoy, plato del día, cordero’. No lo pensamos y lo pedimos, pero lo preludiamos con unas sugerentes flores de calabacín rellenas de arroz, y tzatziki, ese rico aperitivo a base de yogur, la tradicional ensalada griega, y las sabrosas aceitunas de Creta, muy pequeñas, arrugadas y casi sin carne.

Brindando con el vino griego en Zacharias

Las flores de calabacín, de color anaranjado, resultaron deliciosas acompañadas del tzatziki, tal como nos aconsejó el camarero. Y cuando llegó el cordero con una ligera salsa, como estofado, fue la fiesta. Muy casero, muy rico. El único fallo fue que, en contra de lo que es costumbre en casi todo local cretense, no te obsequiaran con raki al final. Se lo perdonamos, pero no del todo. Al fin y al cabo, volvimos al puerto de Chania y contemplamos como el sol doraba el faro veneciano, la mezquita de los Jenízaros y todo el muelle este, allá donde el paseo se pierde hasta los restaurante y los locales de moda, donde los antiguos arsenales.

La mezquita de los Jenízaros en la parte oeste del puerto de Chania, para despedir el día.

En casa de Teresa

Ulyfox | 1 de noviembre de 2011 a las 2:40

Penélope, en la terraza de la Pensión Teresa, sobre el puerto de Chania.

Chania, o La Canea, es la ciudad más bonita de Creta. Histórica, bien poblada, bien vestida, bien amada, la hemos convertido en una de nuestras casas repartidas por el mundo. Cuando están en auge ciertos nacionalismos, cada vez nos encontramos más a gusto diluyendo nuestro patriotismo por esa nación común que es la gente. De La Canea ya hemos contado tantas cosas… y siempre aparecen otras nuevas.

Una calle de Splantzia, el barrio turco de Chania.

Nuestra habitación por fuera...

Esta vez pasamos tres noches en esta antigua capital de Creta, y el alojamiento fue un gran descubrimiento: Pensión Theresa ( http://www.pensiontheresa.gr/index.html ) , pegadita al puerto, al principio de una de esas estrechas, suavemente coloridas y estucadas calles en cuesta del barrio veneciano.

Y la habitación por dentro...

Se trata de una casa antigua, probablemente turca, digo yo, por la balconada superior toda de madera, y que se conserva tal cual. Las habitaciones conservan el mobiliario y la disposición. Uno se siente atendido y a la vez libre en este sitio, de recepción colmatada y acceso a las habitaciones por una larga y bella escalera de caracol. 

Una calle con tabernas en el barrio veneciano de Chania.

Y me atrajo sobremanera lo que nos dijo la joven, regordeta, sonriente y permamentemente somnolienta María, la hija del dueño: no cierran en todo el año, y en invierno viene gente, escritores, artistas, a pasar tres o cuatro meses en su establecimiento. Invierno, cuando Chania debe de quedar solo para sus habitantes y sus amantes: frío, lluvia y algunos días sol radiante seguramente; mañanas de mercado y tardes de café; pasear retirado del cantil del muelle para eludir la salpicadura de las olas bravas; conversar largamente con la gente; perfeccionar el griego, cocinar en griego, comer en griego, lamentar y tal vez añorar.

La belleza de Chania es sus casas y su mar.

 

Días de retsina y rosas en la playa de Chania.

Pero fueron, a mediados de septiembre, esta vez, días de playa y taberna, de lecturas en el puerto, de fotos sin cuento, de excursión a la playa de Falasarna, de admirar la belleza serena que está adquiriendo esta ciudad vieja y actual, La Canea eterna, Al-Khandak para los turcos, Candia antigua, actual Chaniá. Y para vivirla, está la casa de Teresa. Otro día os hablaré de Falasarna.

Vendedores de alfombras juegan al backgammon a la puerta de su tienda.

 Para despedir, una vista del puerto de Chania desde la ventana de nuestra habitación. Ahí la tenéis:

Desde la ventana de la habitación, al atardecer.