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Recorriendo la isla de Kea

Ulyfox | 19 de octubre de 2021 a las 14:09

Baños transparentes en la estupenda playa de Otzias.

Baños transparentes en la estupenda playa de Otzias, organizada y cómoda.

Kea es pequeña, al menos para nuestros esquemas mentales. Pero no por eso deja de encerrar bellezas. Al verla en el mapa no se esperaría que fuera tan montañosa, y el interior es especialmente salvaje. pese a que las zonas costeras, sobre todo las de las playas del oeste, estén bastante masificadas. Entiéndase, no se habla de grandes resorts ni hoteles de cientos de habitaciones, pero sí hay una saturación de viviendas y chalés, y sobre todo de piscinas, muchas piscinas, en una isla en la que el agua dulce debe de ser escasa y en la que sobra mar para bañarse. Pero esos son los patrones de la felicidad moderna, qué le vamos a hacer.

La playa de Otzias, desde las alturas.

La playa de Otzias, desde las alturas.

Alquilamos un coche para recorrer en lo posible la isla durante tres días, pero sin un ánimo excesivamente veloz ni explorador: ¡estábamos de vacaciones! Así que lo primero que hicimos fue irnos a una playa fantástica a apenas un cuarto de hora de carretera: la de Otzia, con la intención de pasar unas cuantas horas tumbados y bañándonos.

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Otra imagen de la playa de Otzias.

La playa, totalmente organizada, se reveló como ideal para esos fines. Como Kea es un lugar que vive para el descanso, aunque no llegamos demasiado temprano, había un buen número de hamacas disponibles, con un servicio esmerado. Luego, la zona se llenó, pero ya nosotros estábamos perfectamente acomodados. La mañana y buena parte de la tarde se nos fue entre la tumbona, la lectura y los baños en un agua transparente como acostumbra a ser la del Egeo. Como el ambiente lo pedía, bebimos y tapeamos en las mismas hamacas.

El monasterio de Panagia Kastriani, sobre el acantilado.

El monasterio de Panagia Kastriani, sobre el acantilado.

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Cuando el sol empezó a declinar, decidimos que era una buena hora para visitar el monasterio de Panagia Kastriani, un poco más al norte y situado sobre un acantilado. La carretera era tan difícil como se esperaba, pero mereció la pena acercarse a divisar su silueta blanca frente al mar, y adentrarse en su patio igualmente blanco con el toque azul de su cúpula y campanario. No parecía haber nadie en el monasterio, aunque se escuchaba un rumor de voces en el interior, y la limpieza del recinto y del interior de la iglesia hacía sospechar que más de una mano se ocupaba de su cuidado.

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Nos gustó la visita en solitario que nos permitió mirar al mar y hacer decenas de fotografías, tanto del monasterio como de la playa que se divisaba tentadora abajo y que lleva el mismo nombre del convento.

La playa de Kastriani, bajo el monasterio del mismo nombre.

La playa de Kastriani, bajo el monasterio del mismo nombre.

Abandonamos el lugar con la misma discreción, y nos encaminamos de vuelta al hotel, para culminar ese día con nuestra segunda subida a Ioulida y cena al atardecer. En la capital interior de la isla la luz era mágica, y presenciamos cómo los vehículos de los invitados a una boda, coincidentes con la llegada del único autobús por una estrecha y empinada calle, pueden colapsar un pueblo entero. Pero a base de paciencia y maniobras todo se resolvió en pocos minutos. Es extraordinaria la capacidad y habilidad que los griegos tienen para la conducción en los lugares más complicados.

Atardecer desde las alturas de Ioulida, con otras islas al fondo.

Atardecer desde las alturas de Ioulida, con otras islas al fondo.

El día siguiente nos dirigimos al sur, a ver otras playas famosas. Primero nos paramos en Pisses, donde estuvimos un buen rato, pero tampoco nos entusiasmó. El lugar dio para un par de cervezas y un rato tumbados, pero no nos inspiraba mucho para el baño el ligero viento que soplaba y el oleaje de la orilla, nada espantoso pero suficiente para quitarle el encanto.

Las calas de Koundouros y Kampi, las más turísticas de la isla.

Nos habían hablado de lugares turísticos como Koundouros y Kampi, no demasiado lejos de Pisses, así que decidimos ir a conocerlos. Sólo puedo decir que salimos huyendo: el tráfico intenso, los coches aparcados en las estrechas carreteras y el sonido fuerte de la música y los motores de las lanchas y motos náuticas nos hicieron comprender que no era nuestro sitio. Probablemente sí lo era para quien quisiera lucir glamour y ropa cara allí, pero ese no es nuestro caso. Demasiadas urbanizaciones sobre un mar azul, y en unas calas sin duda muy bellas, pero con un ambiente Riviera de estelas blancas de embarcaciones que hacían figuras sobre el agua. Nos fuimos.

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Atardecer junto a la capilla de Agios Georgios, en Corissia.

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La vuelta hacia el puerto de Corissia, sin embargo, fue agradable, recorriendo colinas abruptas de color terroso con el Egeo de fondo. Esa noche, además, nos vestimos de verano y paseamos hacia la ensenada, subimos hasta el promontorio presidido por la capilla blanca de Agios Georgios, y cenamos en un lugar más que recomendable, Magazés, un restaurante frente a los muelles donde dimos cuenta de un fresquísimo sargo a la parrilla, con entrantes de boquerones en vinagre y calabacines fritos, mientras veíamos llegar y salir los ferries, que se tragaban largas colas de personas y vehículos abandonando la isla en el último fin de semana de agosto, y anunciándonos que una estación más tranquila llegaba a las Cícladas.

Nos quedaba un apasionante último día, pero eso lo relataremos en otra entrada…

Cosas pendientes en Siros

Ulyfox | 28 de enero de 2021 a las 13:12

 

Vista panorámica de Kini, uno de los centros veraniegos más populares de Siros.

Vista panorámica de Kini, uno de los centros veraniegos más populares de Siros.

 

Manda la creencia que las islas Cícladas (Kiklades, en griego) se llaman así por estar dispuestas en un círculo (kiklos) en torno al sagrado santuario de la isla de Delos, pero si nos ponemos quisquillosos veríamos que el centro más bien parece estar un poco más al oeste, precisamente en Siros, que es la capital del archipiélago.

Ermoúpol, desde el puerto.i

Ermoúpol, desde el puerto.i

Y es verdad que es el centro administrativo y se diría que incluso estratégico. Tras visitarla durante cuatro días, Siros aparece como un lugar ideal para vivir en las Cícladas, puesto que fuera de temporada cuenta con instalaciones, servicios y distracciones impensables en las otras Cícladas, en las que el invierno debe de ser duro. En cambio, si vives aquí tienes de todo y las mejores playas de Grecia a un tiro de catamarán. Me da a mí que es lo que hacen la mayoría de los residentes en Siros.

Playa de Finikas por la tarde.

Playa de Finikas por la tarde.

Tras pasar el primer día en Ermoúpoli, dedicamos las tres jornadas restantes a recorrer buena parte de la isla. No se distingue especialmente por las playas, sobre todo si se compara con las espléndidas de las vecinas Mikonos, Naxos, Paros, Koufonisia… pero se defiende bien en este terreno. Cuenta con arenales pequeños, recogidos y nada masificados, una ventaja en comparación con sus preciosas pero atestadas compañeras de archipiélago.

Recorriendo la isla de Siros.

Recorriendo la isla de Siros.

Así que con la práctica cabalgadura de un buen coche alquilado, y a través de carreteras inusualmente buenas para ser las de una isla griega, nos dedicamos a ir de playa en playa y pueblo en pueblo, aunque, aparte de Ermoúpoli, es difícil considerar como tales a las pocas agrupaciones de casas que se reparten por el interior y el litoral.

Playa de Megalos Yialós

Playa de Megalos Yialós

La playa de Varis.

La playa de Varis.

Como disponíamos de tiempo, lo tomamos con calma. El tiempo no acompañó en demasía, no apretaba el calor pasado mediados de septiembre y el viento, ese casi permanente meltemi que sopla desde el norte en las Cícladas, refrescaba el ambiente, pero no por eso fue imposible bañarse y disfrutar de las aguas del Egeo.

La iglesia de San Antonio, en la playa de Megalos Yialós.

La iglesia de San Antonio, en la playa de Megalos Yialós.

La playa y bahía de Gálissas.

La playa y bahía de Gálissas.

Ante la amplia bahía de Gálissas.

Ante la amplia bahía de Gálissas.

Nuestro primer día de gira fue una rápida visita a algunas playas renombradas del sur, como la popularísima Varis con su agua remansada en semicírculo y sus restaurantes sobre el agua, y Megalos Yialós, con la preciosa capilla de Agios Antonios en el promontorio, para recalar más tiempo, con baño incluido y cervezas en la amplia Gálissas, en una preciosa bahía.

Vista general de la azulada Ayios Yioannis.

Vista general de la azulada Ayios Yioannis.

Ayios Yioannis, entre los árboles.

Ayios Yioannis, entre los árboles.

Una mansión en Posidonias.

Una mansión en Posidonias.

En el segundo día, las aldeas tenían nombres tan bonitos como Posidonia y Fínikas. Esta última destaca entre la imagen seca de la isla por estar rodeada por una vegetación singularmente exuberante. Y por sus singulares edificios, algunos de ellos mansiones que parecen sacadas de regiones más nórdicas y europeas. Tiene pinta de que son lugares en los que la población pudiente de la capital se construía sus casas de veraneo. A la entrada de Posidonia llama la atención una iglesia completamente pintada de azul celeste: Agios Yioannis, o sea San Juan.

En la arreglada playa de Agathopes.

En la arreglada playa de Agathopes.

En una playa cercana, la también muy renombrada Agathopes, asentamos nuestros cuerpos por un buen rato. El bar playero y las instalaciones, así como el personal que iba llegando a sus aparatosas tumbonas, usaba apariencias de lo que se viene llamando comúnmente ‘pijerío’, pero eso no sé cómo se dice en griego.

La estrecha playa de Finikas.

La estrecha playa de Finikas.

La playa de Finikas es estrecha, y tiene partes de guijarros, pero gasta fama de tener los mejores sitios para comer pescado y otras especialidades. En uno de ellos, afamado Calmo Mare, hicimos nuestro almuerzo tardío, sin que tengamos un especial recuerdo del mismo.

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Playa de Kini.

Playa de Kini.

Antes del almuerzo en Kini.

Antes del almuerzo en Kini.

Y el último día completo decidimos pasarlo en la playa de Kini, otro centro vacacional popular. Pero hay que tener en cuenta que esto no significa aquí lo mismo que en otras islas: nada de bloques de apartamentos o grandes hoteles. Apenas unas tabernas y bares alineados a lo largo de la pequeña playa y algunos estudios salpicados por las cercanías. Ese día el viento soplaba con más fuerza, pero no nos fastidió la jornada. Comimos muy bien, y muy bien atendidos, en un sitio con nombre español, pero comida griega: Asado. El dueño nos dijo que había escogido el nombre simplemente porque le parecía sonoro y claro, y por lo que significaba, por supuesto. Unos calamaritos fritos y una ensalada jugosa fueron más que suficientes, y reconfortantes.

Restaurantes en Ermoúpoli.

Restaurantes en Ermoúpoli.

Todos los días regresábamos temprano en la tarde a Ermoúpoli, con tiempo para un café en la habitación o en alguna terraza y para un paseo por el agradable centro de la capital. Las cenas fueron también recordables. Una de ellas en un precioso local con terraza en la calle: Seariani, donde degustamos unos especiales boquerones en vinagre y unos spaghetti con atún deliciosos. Un comensal en la mesa de al lado se empeñó en darle la noche al encargado con una serie de extrañas exigencias y reclamaciones que hicieron que el resto de los clientes nos pusiéramos de inmediato del lado del sufrido encargado.

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Dos vistas nocturnas de la catedral ortodoxa de San Nicolás, Ayios Nikolaos.

Dos vistas nocturnas de la catedral ortodoxa de San Nicolás, Ayios Nikolaos.

A nuestro lado, dos iraquíes residentes en Londres nos miraban cómplices e igual de asombrados. Uno de ellos hablaba muy buen español porque lo había estudiado (sí, eso que parece imposible a los millones de jóvenes españoles que han estudiado inglés), y juntos comentamos la increíble jugada, amén de otras cosas. Eran cristianos del norte del país, y ganaron mi curiosidad y admiración cuando contaron que la lengua vernácula de su región era ¡el arameo! pero que desgraciadamente ya sólo lo hablaban con normalidad los viejos. ¡Arameo, la lengua en la que se escribió la Biblia, el idioma en el que hablaba Cristo a sus apóstoles! Una verdadera reliquia milenaria que yo creía desaparecida, pero no, aunque moribunda por lo visto.

Edificios neoclásicos en Ermoúpoli.

Edificios neoclásicos en Ermoúpoli.

 

La estancia en Siros se convirtió, pues, en una sorpresa de las agradables. Y además nos dejamos cosas pendientes. Nos hablaron de un pequeño núcleo, Agios Mijalis o San Miguel, con el mejor queso y con uno de los restaurantes más famosos, el Plakostroto, con una cocina de pueblo y situado en las alturas con una vista privilegiada. Luego conocimos de la existencia de un asentamiento prehistórico de la cultura cicládica llamado Kastri, que también quedó para una próxima visita. O ya veremos…

Adiós,  de momento, a Siros.

Adiós, de momento, a Siros.

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¿Siros es de verdad una Cíclada?

Ulyfox | 19 de enero de 2021 a las 18:59

 

La catedral ortodoxa de San Nicolás y el barrio de Vaporia en Ermoúpoli, desde las plataformas de baño.

La catedral ortodoxa de San Nicolás y el barrio de Vaporia en Ermoúpoli, desde las plataformas de baño.

 

Nadie lo diría. A nosotros por lo menos nos habría pasado que, si nos sueltan de pronto en Ermoúpoli, la señorial capital de Siros, con los ojos vendados y sin saber cómo se llega, nunca habríamos dicho que es una isla que está en el centro de las Cícladas. Sus sonidos y sus olores habrían delatado inmediatamente su carácter griego, pero por la apariencia tal vez la habríamos situado en otras latitudes, más hacia el Jónico e incluso en el continente. En esa hermosa, bien pavimentada y bien organizada ciudad no se ven fachadas cúbicas y encaladas, ni abundan las cúpulas azules, ni sus suelos tienen las uniones entre las irregulares baldosas pintadas de blanco, ni sus puertas y ventanas lucen colores netos azules y rojos.

Vista general de Ermoúpoli desde el mar.

Vista general de Ermoúpoli desde el mar.

A la llegada en ferry a Ermoúpoli (que vendría a significar ‘ciudad de Hermes’) se ven dos altas y empinadas colinas, repletas de casas y culminadas en iglesias, pero llama la atención la presencia de unos importantes astilleros junto a los muelles donde atracan los barcos de línea, así como la apariencia neoclásica de los edificios junto a los muelles. Por momentos, me recordó al frente marítimo de Mitilene, la capital de Lesbos, a un tiro de piedra de la costa turca.

Barcos en el paseo marítimo de Ermoúpoli.

Barcos en el paseo marítimo de Ermoúpoli.

La impresión oriental persiste al desembarcar y pasar con las maletas bajo las numerosas marquesinas de bares y tiendas. Poco después, es el asombro. Junto al puerto, unas calles rectas, con calzadas firmes y aceras bien dibujadas: en la mayoría de las ciudades griegas, el estado de las aceras delante de las casas parece depender de cada vecino, y solamente en los últimos tiempos ha pasado a ser una responsabilidad y un planteamiento municipal.

La plaza (plateía) Miaouli, centro de la vida social, con su imponente Ayuntamiento.

La plaza (plateía) Miaouli, centro de la vida social, con su imponente Ayuntamiento.

En la parte baja y llana de la ciudad, ganada al mar a finales del siglo XIX, una calle que sale del puerto desemboca en la impresionante plaza Miaouli, y uno parece haber cambiado de mundo hasta aterrizar en Europa continental. Pavimentada en mármol, la preside el llamativo y monumental ayuntamiento de estilo neoclásico, al que se accede por una solemne escalinata de piedra, y está rodeada por arcadas y edificios del mismo porte. Es el centro de la vida social de la urbe y en las noches de verano bulle de gente de todas las edades, con las familias que pasean, los niños que corretean y los jóvenes que se sientan en los escalones municipales.

Una placita con restaurantes, vacía a mediodía.

Una placita con restaurantes, vacía a mediodía.

Ermoúpolis no es normal en este archipiélago cicládico: tiene varios centros culturales importantes, un gran teatro con programación continua, un festival internacional de cine de animación, varios cines, y una llamativa vida social. Sus tiendas evidencian una clientela de alto poder adquisitivo.

Centro de la capital, con el Teatro al fondo.

Centro de la capital, con el Teatro al fondo.

Todo esto tiene una causa histórica. Como otra particularidad, hasta hace poco su población era de mayoría católica, una rareza en el predominio ortodoxo en todo el país y que venía de anteriores dominaciones italianas y francesas. De hecho a los católicos griegos se les conoce con el apelativo de ‘francos’. Pero a finales del XIX se produjo la venida de un gran número de griegos provenientes de Turquía, de donde fueron expulsados o de donde huyeron en uno de los cíclicos conflictos entre los dos países, después de siglos y siglos viviendo allí.

La plaza Miaouli, a mediodia.

La plaza Miaouli, a mediodia.

Los inmigrados eran personas de alto poder adquisitivo y muchos de ellos comerciantes o industriales. Y llegaron a Siros, además de con su religión ortodoxa, con todo su capital y sus ganas. De modo que en poco tiempo hicieron de la isla uno de los centros económicos de Grecia, el más importante desde el punto de vista comercial, marítimo y de construcción naval. Como nos explicó el dueño de nuestro alojamiento en la ciudad, Dimitri, “llegaron con mucho dinero y dijeron queremos un teatro, y lo hicieron, hagamos una aduana, y la hicieron, construyamos un astillero y lo hicieron, una gran catedral, y la hicieron, un casino para nuestra élite…”

La catedral de San Nicolás (Agios Nikolaos).

La catedral de San Nicolás (Agios Nikolaos).

Y en verdad todo es impresionante y desusado en la zona: las grandes y altas mansiones neoclásicas, el resistente pavimento de las calles, la decoración de las fachadas, la esbelta y colorida catedral de San Nicolás (Agios Nikolaos) que rivaliza y supera en apariencia a la Metrópolis de Atenas, el barrio de Vaporia sobre el mar, la elegancia de los escaparates, la variedad de tiendas. Siros sigue siendo la capital administrativa de las Cícladas y a ella acuden para todo tipo de gestiones gentes del archipiélago entero.

Junto a la catedral, de camino al barrio de Vaporia.

Junto a la catedral, de camino al barrio de Vaporia.

Dejamos nuestras maletas en el 5 Hermoupolis Concept Sites (el largo nombre de nuestro hotel). Antes, Tonia, la dispuesta y risueña mujer de Dimitri que subió ella sola el equipaje las tres plantas de escaleras hasta nuestra habitación, desmintiendo su apariencia delgada, nos dio una serie de informaciones sobre la isla y su capital. Y, como era mediodía y hacía calor nos dirigimos a la zona de Vaporia, donde hay una pequeña zona de baño.

Vista del frente marítimo neoclásico de Ermoúpoli.

Vista del frente marítimo neoclásico de Ermoúpoli.

Bajando a la playa de Vaporia.

Bajando a la playa de Vaporia.

Al final, no nos animamos a bañarnos, la zona parecía estar tomada por una peculiar fauna de bañistas, solitarios y estrambóticos, pero disfrutamos de la vista más famosa de Siros, la colorida de las casas neoclásicas sobre el mar culminadas por la vistosa imagen de la catedral de San Nicolás, escenario de un conocido vídeo de la cantante Eleftheria Arvanitaki.

Desde el mar de Vaporia, con el barrio al fondo.

Desde el mar de Vaporia, con el barrio al fondo.

Plataformas para el baño en Vaporia

Plataformas para el baño en Vaporia

Deambulamos un rato por la ciudad despoblada por el calor del mediodía, los comercios y el mismo mercado parecían ir cerrando a nuestro paso; el momento pedía una cerveza fresca. La ribera del muelle está llena de bares y restaurantes como ocurre siempre en Grecia. El rubio elemento nos animó a pensar en comer, puesto que ya era hora.

Terraza de 'Stoa ton Athanaton', atendidos por la 'joven' camarera.

Terraza de ‘Stoa ton Athanaton’, atendidos por la ‘joven’ camarera.

Al paso habíamos visto un sitio peculiar en una esquina cercana al puerto. Unas pocas mesas en una terraza y un pequeñísimo local pintado en azul y blanco, atendido por dos mujeres bastante mayores. Respondía al extraño nombre de ‘Stoa ton Athanaton’, que yo quise traducir como ‘Galería de los Inmortales’, quizá porque la parte superior de su mínima fachada estaba decorada con fotografías de cantantes griegos ciertamente inmortales como Stelios Kazantzidis, Dimitris Mitropanos y otros.

Una de las mujeres nos atendió y nos recitó la lista de platos disponibles, inusualmente larga para las expectativas que despertaba el local. Nos recomendó especialmente la kakaviá (una sopa de pescado suculenta), y nos apetecía mucho, pero no nos parecía la hora apropiada, aunque nos hicimos el propósito de volver una de las cuatro noches que teníamos planeadas en la isla. Al final, no volvimos. Pero no porque nos decepcionara el lugar, ni mucho menos. Pedimos un plato de atherina, unos pescaditos fritos tipo chanquetes, y una buena ración de habichuelas con verdura, riquísima y caserísima.

Vista de Ermoúpoli desde las alturas de Ano Siros.

Vista de Ermoúpoli desde las alturas de Ano Siros.

Exterior y torre de la catedral católica.

Exterior y torre de la catedral católica.

Interior de la catedral católic.

Interior de la catedral católica.

Y ese primer día también quisimos visitar el barrio todavía católico de Ano Siros (algo así como ‘Siros de arriba’), el primer núcleo de la capital, encaramado en una empinada colina y en realidad una población distinta a unos dos kilómetros. Ese sí, ese enclave parecía una isla griega, con callejuelas estrechas, intrincadas y laberínticas, cuestas casi imposibles y fachadas floreadas. Visitamos en primer lugar la catedral católica, que corona la colina y ofrece una vista espléndida de la ciudad y de las islas cercanas: Mikonos, Tinos, Naxos, Paros….

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Por las callejuelas de Ano Siros.

Por las callejuelas de Ano Siros.

Luego echamos a andar, casi a rodar, cuesta abajo, hasta tropezarnos ya anocheciendo con la calle principal, extrañamente llana y que, en tiempos normales debe estar más animada. Al pararnos y vernos dudar, una mujer sentada en una silla ante su casa nos indicó: “Ekí tragoudisa o Vamvakaris” o algo así, que yo inmediatamente me traduje como “Ahí cantaba Vamvakaris”. Se refería a Markos Vamvakaris, hijo ilustre de esta ciudad y otro más de los inmortales músicos griegos, que tiene también un museo en esa calle, y un recodo urbano pomposamente llamado ‘plaza’ dedicado a él.

Terraza de un restaurante en Ano Siros.

Terraza de un restaurante en Ano Siros.

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Las mujeres que nos dieron indicaciones.

Las mujeres que nos dieron indicaciones.

Tras un par de vueltas de inspección, volvimos a preguntarle a la misma mujer por donde se volvía a Ermoúpolis, y nos indicó una calle escalonada que empezaba allí mismo y que no acabó hasta más de media hora de descenso después. La calle típicamente griega, tras cruzar un puente y acercarnos al núcleo bajo, volvió a cambiar de aspecto y a mostrarnos altas y señoriales fachadas con puertas de piedra, amplias ventanas y balcones de rejas forjadas.

Llegando a lo más bajo...

Llegando a lo más bajo…

El sonido de un coro extraordinariamente afinado atrajo nuestra atención y nuestros pasos hacia el lugar de donde provenía: la catedral ortodoxa. La música salía de una puerta entornada, lo cual nos incitó aún más a entrar en un saloncito desierto que, unos pasos después, nos hizo aparecer en la galería superior del templo. Abajo se desarrollaba una función religiosa con la pompa y la solemnidad de los ritos ortodoxos, en el que unos sacerdotes lujosa y brillantemente ataviados de dorados entonaban sus cánticos ante los fieles. Fue un momento mágico, acentuado por la sensación de ser unos intrusos tolerados en una ceremonia ajena.

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En el exterior y el interior de la iglesia ortodoxa.

En el exterior y el interior de la iglesia ortodoxa.

Ya en la parte baja de Ermoúpoli volvimos a asombrarnos de la vida comercial de esta población que, con unos 15.000 habitantes, es la más grande de las Cícladas. Ahora sí, ahora los restaurantes, bien puestos y decorados, tenían sus terrazas llenas, iluminadas y animadas, cubiertas de flores y con aspecto invitador. Pero, frugales como nos hemos vuelto con la edad y como habíamos almorzado bien, nos contentamos con una cerveza y los abundantes aperitivos con que te obsequian por estas latitudes paradisíacas. Y hasta el siguiente día, que iríamos a recorrer la isla…

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Escaparates nocturnos en  Ermoúpoli.

Escaparates nocturnos en Ermoúpoli.

Una última curiosidad de Ermoupoli: está hermanada con El Puerto de Santa María, quién lo iba a sospechar. Siempre según Wikipedia.

Escala necesaria en una Paros íntima

Ulyfox | 15 de enero de 2021 a las 21:24

La calle principal de Parikia, solitaria como nunca. Y hermosa

La calle principal de Parikia, solitaria como nunca. Y hermosa

No sé si lo sabéis, pero Paros es una de nuestras islas favoritas, dentro del inmenso amor que profesamos a las islas griegas. Eso, y lo largo del trayecto entre Santorini y nuestro siguiente destino programado en Siros, nos aconsejó hacer una escala en este lugar, del que ya he hablado muchas veces, he visitado otras muchas más y he aconsejado a numerosos amigos. Así que uno de los buques de la magnífica compañía Blue Star Ferries nos llevó hasta los muelles de la blanca Parikia, por nuestro simple gusto de pasar una noche en la capital.

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Y nos encontramos una Parikia desconocida por lo solitaria que estaba en ese atardecer de mediados de septiembre. Nos recordó a nuestra primera vez, hace ¡26 años! Entonces, Paros era una isla casi desconocida para el turismo mundial, excepción hecha de los franceses, que siempre han tenido una predilección inusual por este lugar rico en mármol, y al llegar a mediodía encontramos un pueblo blanquísimo y desértico que por eso nos defraudó. Sólo horas más tarde comprendimos que todos estaban en la playa, al ver cómo la tarde llenaba las calles.

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La intimidad que ofrecía Parikia no la habíamos conocido antes…

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En esta ocasión, ni siquiera la caída del sol animó el ambiente. Callejones solitarios y rincones vacíos, tiendas sin clientes y restaurantes con sitio de sobra. No nos produjo ningún desaliento porque hacía tiempo que no veíamos tan detallada y tranquilamente la belleza de Parikia, que es como una Mikonos en pequeñito, mucho más auténtica y a la vez más elegante. En los últimos años, el turismo masivo había empezado a tocar Paros, lo que equivale a estropearlo, y esta vuelta forzada a lo natural por las restricciones de la pandemia nos complació por volver a recordar viejos y lejanos tiempos. La minúscula ciudad aparecía íntima y casi exclusiva para nosotros.

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La soledad hacía posibles fotos antes difíciles de realizar.

La soledad hacía posibles fotos antes difíciles de realizar.

No nos dio tiempo más que para un paseo todo lo tranquilo que os podéis imaginar y una cena en una trattoria que nos llamó la atención nada más pasar por delante, frente al mar: Bacco Paros. Donatella y Guido, triestina ella y friuliano él, una simpática y habladora pareja de italianos que conocía muy bien Cádiz y Andalucía, estaba al cargo del negocio y pasamos una estupenda velada entre conversaciones y pasta, rematada por el mejor final: una copita de grappa Nonino, la mejor del mundo probablemente.

Una cosa: con Paros nunca habrá para nosotros un final, porque volveremos siempre y mientras podamos.

Solos esperando el barco para Siros.

Solos esperando el barco para Siros, en una terminal normalmente atestada.

A los pies del acantilado volcánico

Ulyfox | 9 de enero de 2021 a las 20:16

El puertecito de Ammoudi, en su pequeña bahía. Sobre él, las casas de Oia.

El puertecito de Ammoudi, en su pequeña bahía. Sobre él, las casas de Oia.

La lubina era hermosa, llamativa, gruesa de lomos y por tanto imposible que su procedencia fuera de piscifactoría. Su apariencia era tan atractiva que, pese a mis ganas de variar de pescado, tuve que pedirla. Estábamos en la taberna Sunset (extraño nombre en inglés, qué le vamos a hacer, con lo bien que suena en griego ‘Iliovasílema’), pegaditos al mar en un día ventoso pero luminoso, en el puertecito de Ammoudi, con el pueblo de Oía (recordemos que se pronuncia Ía) situado justo encima, a 120 metros y colgado del acantilado volcánico del extremo norte de Santorini.

Una orilla plagada de tabernas.

Una orilla plagada de tabernas.

Era el segundo y último día de los programados para la estancia en la bellísima isla del Egeo, la más meridional de las Cícladas. En realidad, el almuerzo en Sunset era la principal actividad que habíamos previsto para ese día. Recordábamos otra jornada pasada allí mismo, en nuestra última visita, con otro pescado memorable, esta vez frito y que nos recomendó el encargado del restaurante.

El desayuno en el Thera Suites.

El desayuno en el Thera Suites.

Desayunamos opípara y tranquilamente en el hotel, con el desayuno servido en la terraza del apartamento, abierta a una mañana brillante y cegadora. El plan no incluía, aparte del almuerzo, mucho más que volver a repasar Oia con parsimonia.

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Gente en las terrazas, disparando sus cámaras.

Otro paseo tranquilo por Oia.

Otro paseo tranquilo por Oía.

Esa mañana el pueblo registraba un poco más de actividad. Por encima de terrazas, en callejones, en todas las esquinas había grupo de jóvenes fotografiándose ante el escenario más hermoso posible, ellos adoptando poses heroicas y ellas con actitudes seductoras. Material inigualable para instagrammers.

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Había gente, pero nada comparable con los tiempos anteriores a la pandemia de coronavirus. Se dejaba notar sobre todo la ausencia de unos visitantes habituales como los chinos, y sobre todo de chinas, que suelen traerse vestidos coloridos, y muchas de ellas su traje de novia, para hacerse la foto irrepetible sobre las terrazas blancas y con el fondo azul del mar y de las cúpulas.

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Nos dio tiempo a tomar un café en un barecito asomado al acantilado, y a presenciar un amago de pelea grave entre un cliente azuzado por su compañera y un camarero. Un cliente seguramente nacido para mediador puso paz, frágil pero efectiva, entre los dos.

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Esta capilla tiene un atractivo irresistible.

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Una vivienda neoclásica en Oía.

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La segunda parada fue en un local minúsculo con balconcito sobre la calle, ideal para ver pasar a la gente. Allí fue una cerveza la que acompañó el descanso, mientras oíamos la conversación de unos italianos que contaban al dependiente, de la misma nacionalidad, cosas de su tierra natal y comparaban precios y calidades, y unas islas con otras. Como nos gusta criticar, dedujimos que eran un grupo de pijos repelentes.

Vista de Ammoudi, desde Oía.

Vista de Ammoudi, desde Oía.

Después, por fin bajamos a Ammoudi, desde las cercanías de las ruinas del antiguo castillo veneciano, descendiendo unos 300 escalones por un camino empedrado de cantos rodados que serpentea en algunos casos con pronunciada pendiente, y en el que hay que sortear (aunque en esta ocasión no tanto) una buena ración de excrementos de mulos. Hay que mirar mucho al suelo, pues, pero si no se va con prisa, la bajada da para numerosas paradas y, por supuesto, abundantes fotos.

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Visiones bajando hacia Ammoudi.

Visiones bajando hacia Ammoudi.

Abajo, en la pequeña bahía, tampoco falta el color, sobre todo en las tabernas y en algunas casetas usadas por los pescadores. Arriba, las casas de Oia parecen a punto de caerse sobre nosotros y enfrente aparece tentadora la costa del también habitado islote de Therasia, al que se puede arribar en barco en poco más de diez minutos y que alguna vez visitaremos para quedarnos al menos una noche. Pero tampoco fue esta vez.

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Otro almuerzo inolvidable sobre el mar.

Otro almuerzo inolvidable sobre el mar.

Acomodados en primera línea, en una mesa situada prácticamente sobre el agua, disfrutamos todo el tiempo que pudimos de la comida, que acompañamos con uno de los deliciosos vinos de Santorini, en esta ocasión de la variedad Assyrtiko.

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Después, como unos señores, pedimos un taxi que nos devolviera a las alturas, y aprovechamos para disfrutar de nuevo de las vistas y del sol declinante. No eran chinos, pero vimos también a los inevitables novios que usaban el decorado natural para perpetuar tan feliz momento.

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La novia sobre un fondo irrepetible.

En momentos como esos, se tiene necesidad de pocas cosas más, así que decidimos culminar el día simplemente en la terraza del hotel, con unas cervezas y unos aperitivos que habíamos comprado en un supermercado por el camino, mientras decíamos con el iliovasílema (puesta de sol) un ‘hasta luego’ a una de las islas más bonitas del mundo.

Extraña Santorini

Ulyfox | 27 de diciembre de 2020 a las 19:35

Santorini en toda su belleza.

Santorini en toda su belleza. El islote del fondo es el volcán activo.

Santorini es la belleza.

Santorini es la belleza.

Los restos del ciclón ‘Jano’, que la tarde anterior había descargado sobre Heraklion, soplaban sobre el barc0, agitando las olas cuando salíamos del puerto de la antigua Candia rumbo a Santorini. El Egeo estaba movidito pero el Superferry, un catamarán enorme, aguantaba bien los embates camino de la isla también llamada Thira, que fue destruida hace más de 3.000 años por la catastrófica erupción de su volcán, explosión que según parece también pudo ser la causante de la desaparición de la civilización minoica en la lejana isla de Creta. A su encuentro íbamos, impulsado también por la certidumbre de que sería una de las últimas ocasiones de ver tan hermoso lugar sin las aglomeraciones insoportables de los últimos años, y con la extraña sensación de viajar en un barco casi vacío.

A bordo del Superferry, extrañamente vacío en esas fechas.

A bordo del Superferry, extrañamente vacío en esas fechas.

Poco antes de la llegada, el viento amainó bastante y, de cualquier forma, dada la forma semicircular de la isla y las altas paredes de lo que fue el cráter y ahora es un abrupto acantilado, en el interior de esta bahía las aguas siempre se calman. En medio de la bahía, el volcán todavía activo. Su última erupción ocurrió en 1956, y destruyó parte del pueblo de Imerovigli.

Llegada a Fira, que se ve en lo alto del acantilado de la Caldera de Santorini.

Llegada a Fira, que se ve en lo alto del acantilado de la Caldera de Santorini.

A punto de desembarcar en el puerto de Athinio.

A punto de desembarcar en el puerto de Athinio.

Arribamos al puerto de Athinio, el único preparado para grandes barcos, a media mañana y allí nos recogió nuestro transporte hacia el hotel Thirea Suites, en el extremo septentrional de Santorini, en Oia (pronúnciese Ía), la población más bonita de la isla. Ascendimos las curvas desde el muelle y, al cabo de media hora y de recorrer casi toda la isla, la furgoneta paró a la entrada del pueblo. El sistema funciona así: el transporte deja a los viajeros ahí, y en ese lugar los empleados de los hoteles esperan y conducen a sus clientes hasta las puertas del establecimiento, llevando además sus maletas.

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Las capillas blancas nos recibieron en las alturas de Oía.

Las capillas blancas nos recibieron en las alturas de Oía.

Se agradece porque la mayoría de los hoteles en Oia están colgados del acantilado, y eso supone que la entrada y salida de ellos se hacen por unas empinadas y muchas veces estrechas escaleras. Los diferentes establecimientos están prácticamente unos encima de otros, lo que garantiza unas vistas espléndidas sobre la caldera, como se llama a la parte de la isla que mira hacia el volcán. El trabajo de los maleteros es duro, así que lo apropiado es darles una buena propina.

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Empleados de los hoteles, esperando a sus clientes en la parte alta.

Empleados de los hoteles, esperando a sus clientes en la parte alta.

A nosotros nos tocó Aslan, un albanés fornido que manejaba las valijas de 20 kilos como si fueran portafolios. Le comentamos: hace bastante viento. “Aquí arriba sí, pero abajo no se nota”, dijo convencido. Y era verdad, el fresco que se sentía en el borde superior de la caldera se convertía en calor un poco más abajo, protegido como estaba del aire del norte por la pared volcánica.

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Hoteles colgados sobre la Caldera.

Hoteles colgados sobre la Caldera.

Habíamos elegido el Thirea Suites porque esta vez, aprovechando también la bajada de precios, queríamos conocer la forma más popular de alojarse en Santorini: el lujo. En nuestras numerosas visitas anteriores, nos habíamos quedado siempre en el mismo lugar: los apartamentos Vallas, mucho más modestos pero espléndidamente situados en un barrio algo alejado de Fira, en la apacible Firostefani, casi colgados sobre la Caldera. Atendidos por los hermanos Andonis y Vasilis, siempre había sido nuestra parada, y en su pequeño bar se toman unos desayunos con vistas incomparables. A Oia siempre habíamos ido de visita, pero ahora queríamos vivir dos días allí, y no nos movimos del pueblo.

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Dos imágenes de Oía.

Dos imágenes de Oía.

Oia es la postal de Santorini. Cuando uno piensa en esta parte de Grecia, imagina siempre sus cúpulas azules, sus campanarios blancos y sus fachadas multicolores que se derraman sobre el mar, sus cuevas habitadas y sus atardeceres admirados en todo el mundo. Todo esto es verdad, pero la estancia en el Thirea Suites nos demostró algo que ya sabíamos: que la mejor vista no está en esta incomparable y pequeña población que ha crecido enormemente al amparo del turismo, sino en Fira, la capital situada a unos kilómetros, y que por su posición central domina todo el singular panorama.

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El hotel, sin ser ni mucho menos el más lujoso de Santorini, es un derroche. En sus instalaciones sobra espacio, sobra confort, y rebosa la vista frontal sobre el mar, justo a la entrada de cada apartamento. Una bañera jacuzzi en la terraza exterior completa la sensación de placeres innecesarios. En realidad, basta con estar echado en las tumbonas mirando el horizonte.

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Lo primero que hicimos, una vez que dejamos nuestro equipaje y a la espera de que las habitaciones estuviesen listas, fue planear un paseo por el pueblo y buscar un lugar donde desayunar. El paseo se hizo lento por la imperiosidad de parar a cada momento a disfrutar del espectáculo y sacar fotos. El día no estaba muy brillante, pero, desde lo alto, la imagen de cúpulas y terrazas sobre un fondo marino azul plateado que reflejaba los rayos de sol entre las nubes componían una visión de gran belleza.

Teníamos que hacer por fuerza muchas paradas para disparar las cámaras.

Teníamos que hacer por fuerza muchas paradas para disparar las cámaras.

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Desde luego, no estaba lleno, pero la cantidad de turistas por la estrecha calle principal era mucho mayor que la que habíamos visto este año en las otras islas. Santorini sigue siendo escenario para instagrammers, influencers y todos esos nombres ingleses que se han inventado para denominar al exhibicionista fotográfico. Aunque estaba prescrito aquí, nadie llevaba mascarilla excepto nosotros y, por supuesto, los camareros y dependientes de los comercios y hoteles.

Desayuno-almuerzo en el 128.

Desayuno-almuerzo en el 128.

Así que se nos pasó la hora del desayuno y terminamos haciéndolo a esa hora intermedia para la que los sajones, expertos en flexibilidad lingüística, han llamado brunch, híbrido entre breakafast y lunch. Y fuimos a caer en un lugar, el café 218, en el que dimos cuenta, sobre el mar y frente al infinito, de un potente desayuno, inglés por supuesto.

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Como todo era tan perfecto, prolongamos el mini almuerzo y luego el paseo hasta el extremo de Oia, donde confluyen todos los ávidos de atardeceres programados del mundo. La belleza permanece intacta y aún más evidente por la ausencia de multitudes, aunque eso no quiere decir que hubiera poca gente. Era sólo que se podía andar por las calles y hacer fotos con algo más de tranquilidad.

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El hotel Thireas Suites, casi no hace falta salir...

El hotel Thireas Suites, casi no hace falta salir…

Volvimos al hotel para aprovechar las horas de la tarde en nuestro hotel de lujo: miradas al atardecer, pequeño baño por compromiso y capricho en el jacuzzi, lectura frente al mar, aseo y afeites en un cuarto de baño inmenso y salida para ver el atardecer, fotografiar su luz y sus reflejos y cenar temprano.

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Salida para la cena al atardecer.

Salida para la cena al atardecer.

Lo que parecía una tarde tranquila y sin masas se convirtió de pronto en un río de gente en sentido contrario a nuestra marcha: la gente acababa de contemplar el atardecer en el extremo de Oia, sobre las ruinas casi irreconocibles del antiguo castillo veneciano, y volvía probablemente a sus coches y autocares de excursión. Por un momento, Santorini se pareció al de los años previos al coronavirus.

 

Las calles se llenaron de gente para ver atardecer...

Las calles se llenaron de gente para ver atardecer…

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Y luego, la mini multitud llenó la calle mientras nosotros buscábamos un lugar adecuado para cenar. A lo justo encontramos un sitio y recalamos en Thalami, un restaurante  de aire moderno, con especialidades sabrosas y un servicio amable y dispuesto. Disfrutamos con la fava (especialidad de la isla, una especie de humus pero con judías), los rollitos de pasta filo rellenos de marisco y los filetes de sardina a la parrilla.

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Ya de noche, regresamos al hotel.

Ya de noche, regresamos al hotel.

El primer día fue perfecto, en una extraña Santorini sin masificar.

Un monasterio en una pared

Ulyfox | 21 de abril de 2014 a las 14:26

El monasterio de Panagia Chozoviotisa, en la isla de Amorgós.

El monasterio de Panagia Chozoviotisa, en la isla de Amorgós.

A 300 metros sobre el mar y pegado a la pared del acantilado, derramándose o trepando por él según la visión o el estado de ánimo del que lo contemple, siempre apabullado por la osadía. Así es el monasterio de Panagia Chozoviotissa, en la isla griega de Amorgós, en ese asombroso y cinematográfico archipiélago de las Cícladas. Las Cícladas, siempre de casas, monasterios e iglesias blancas sobre rocas tortuosas y peladas, a simple vista estériles y sin embargo productoras de maravillas como los tomates y vinos de Santorini o los aceites de Naxos.  Amorgós es una de ellas, la más oriental, en el camino hacia sus compatriotas del Dodecaneso, ya pegadas a Turquía. Hay quien dice es la auténtica joya de las Cícladas, pero eso sería capaz de afirmarlo yo de casi cada una de ellas. Alcanzó fama años atrás entre cinéfilos y submarinistas porque en ella se rodó una película de mucho éxito, El gran azul de Luc Besson. Todavía hoy, en un café del puerto de Katapola, pasan todas las tardes la cinta. Al menos así era cuando estuvimos, hace seis años.

La escalera de entrada al monasterio, entre el muro y la roca.

La escalera de entrada al monasterio, entre el muro y la roca.

Y sí, aunque los puertecitos de Katapola y Aegiali son lugares para retirarse, resúmenes de la serenidad, la auténtica y singular atracción de Amorgós es el monasterio, increíblemente construido pegado a esa piedra, eso sí que es construcción en vertical. Se llega a él desde un aparcamiento de tierra y después de andar un corto paseo bordeando el mar. Por el camino da tiempo a ir asombrándose con este cenobio del siglo XI, hecho con ese estilo de fortaleza, según dicen para albergar un icono milagroso salvado de la furia iconoclasta de una desconocida ciudad, Chozova. Los griegos son muy dados a poner capillas y otros edificios religiosos en lugares difíciles y escarpados, pero con este se emplearon a fondo en esta faceta. El resultado es bellísimo, como si un cubo de cal se hubiera derramado por el acantilado.

El monasterio o se derrama o trepa por el acantilado ante el mar.

El monasterio o se derrama o trepa por el acantilado ante el mar.

Pero en ese reguero de cal se puede entrar. Para acceder a él hay que subir, subir una escalera estrecha y empinada entre la roca y el muro exterior, una escalera que ya es como un paso místico (que significa secreto en griego). En lo alto, en una estrecha estancia con pequeñas ventanas, espera un monje que explica la historia del recinto y te muestra algunos de sus tesoros y que, hospitalidad obliga, te obsequia con un vaso de agua, una copa de licor y un dulce gelatinoso y con sabor a rosas, lo que un paso más hacia Oriente se conoce como ‘delicias turcas’.

Delicias griegas, diría yo, de sorpresas como este monasterio. En una isla sin aeropuerto, deliciosa para llegar a ella en ferry, último rincón de las Cícladas.