Archivos para el tag ‘Cinque Terre’

Volver a Vernazza

Ulyfox | 28 de agosto de 2013 a las 1:09

El espolón de Vernazza sobre el mar.

El espolón de Vernazza sobre el mar.

Y una vista general del pueblo.

Y una vista general del pueblo.

En ese viaje último que hicimos en julio hubo mucho de vuelta. Excepto la isla de Elba, habíamos estado antes en todos los lugares que visitamos: Venecia, Verona, Sestri Levante, Cinque Terre, Bérgamo al final. Ya he escrito alguna vez que nos gusta volver, sea o no con la frente marchita, a los sitios que amamos, en los que pasamos grandes o pequeños ratos, a regustar lo que disfrutamos pero también a probar lo que nos quedó por ver o vimos solo de pasada.

Subir alguna escalera para las mejores vistas.

Subir alguna escalera para las mejores vistas.

Lo de Cinque Terre, esta vez, fue el ansia de redisfrutar, del reencuentro que nunca es igual, del ángulo diferente, del ‘pues yo no lo recordaba así’ y también del ‘qué bien comimos aquí’. Pues bien, volver a Vernazza, lo miremos como lo miremos, era una necesidad. La más genuina de las Cinque Terre según sus propios habitantes, es una calle profunda que lleva directamente del tren hasta el minúsculo puerto y la microscópica playa, y cientos de casa de colores que se elevan por las laderas a ambos lados de esta vía atestada en temporada turística. En una de esas carreras por subir, un grupito de casas trepa hasta un espolón sobre el mar, dominado por una torre de vigilancia medieval, sobre el puerto. En el otro lado, una iglesia de torre amarilla que se refleja en el mar da el contrapunto a la foto.

La plaza junto al puerto de Vernazza.

La plaza junto al puerto de Vernazza.

Si uno sube un tramo corto por el antiguo camino, hoy sendero, que lleva a Cornigia y Manarola, termina descubriendo fantásticas perspectivas del pueblo, y obtiene el premio de la gran foto, la de esa punta de lanza de colores sobre el mar, inverosímil barrio pequeño y elevado, agarrado como en escalada libre a la roca negra.

Un helado en el puerto.

Un helado en el puerto.

Bajamos luego de esa miniexcursión de nuevo al puerto, cuando ya el sol brillaba y daba sentido a las fachadas, y comimos junto al muelle pasta y pescado, y rematamos con una grappa destilada de la uva sciachetrá, autóctona y dulce, deliciosa y euforizante, víctimas de esa pasión que nos ha cogido últimamente por los aguardientes blancos desde que caímos presos del hospitalario raki cretense. Cosas de viejos.

En la calle principal.

En la calle principal.

Y pese a la invasión turística de los cruceristas llegados de La Spezia o Génova, pese a los miles de apasionado del senderismo que llenan los caminos del parque natural, pese a esta multitud que lleva a que se cobre ocho euros por cartuchitos de pescado frito de muestra, y a llenar algunas calles de tiendas de recuerdos, desde ese rincón marinero de comer pudimos observar escenas que, sí, parecían auténticas, de niños y mayores, y uno miraba a ese abuelo y esa nieta jugando al futbolín en medio del pueblo, y a ese hombre enorme descamisado tomando el sol a despecho de los turistas, y veía una cierta Italia de película, que digo yo que algo debe tener de verdad. Y volvimos felices al tren y al Sestri Levante apacible de turismo antiguo.

Escena en el puerto.

Escena en el puerto.

Futbolín en la plaza.

Futbolín en la plaza.

 

 

Monterrosso al Mare

Ulyfox | 23 de agosto de 2013 a las 13:33

Gigante de piedra en la playa de Monterosso.

Gigante de piedra en la playa de Monterosso.

A veces me parto la cabeza intentando buscar un título para una entrada, y hoy me he dado cuenta de que algunos nombres son de por sí como grandes títulos. Como este, Monterosso al Mare, algo así como monte rojo junto al mar, el nombre de uno de los cinco pueblos italianos que componen la comarca llamada de Cinque Terre, en la costa de Liguria. Entre dos grandes puertos, Génova y La Spezia, se reparte un buen número de lugares pequeños, de puertecitos coloridos y centros turísticos de otro tiempo… y estas Cinco Tierras como cinco gotas derramadas entre los acantilados, las viñas y el mar.

La playa de Monterosso, por la tarde.

La playa de Monterosso, por la tarde.

Monterosso es el mayor del quinteto extraordinario, y el único que dispone de una playa que merezca tal nombre. Tal vez por eso es el más concurrido y ambientado. Vinimos hace ya varios años buscando los paisajes que habíamos visto en no recuerdo qué película, y hemos vuelto ahora para rememorar, disfrutar con calma, compartir con Pepa y porque en el fondo somos fieles a las cosas que nos gustan, tal vez menos exploradores que regodeantes disfrutones. Y desde Sestri Levante es muy sencillo y cómodo, en ese tren que va horadando montañas y asomándose fugazmente al mar, hacer visitas de un día o unas horas a estas brillantes aldeas que parecen pelearse con las paredes montañosas que las empujan al agua.

Vernazza, una de las Cinque Terre, vista desde Monterosso

Vernazza, una de las Cinque Terre, vista desde Monterosso…

... y los otros tres, Corniglia, Manarola y Riomagiore

… y los otros tres, Corniglia, Manarola y Riomagiore

Monterosso tiene una larga, concurrida y ensombrillada playa, con un estrecho paseo marítimo cerrado por dos promontorios. En uno de ellos, la colosal estatua de un gigante disimulado con la piedra llama la atención, y al final del otro se abre un túnel peatonal que da paso al centro histórico. Se atraviesa esa entrada oscura y se sale al brillo asombroso de las paredes, los estucados y los trampantojos, las flores en los balcones y los comercios discretos para turistas, bares, enotecas y restaurantes de todo tipo.

La fachada de mármol bicolor de la iglesia mayor de Monterosso.

La fachada de mármol bicolor de la iglesia mayor de Monterosso.

Un rincón color Italia de Monterosso.

Un rincón color Italia de Monterosso.

Más Italia en las fachadas del interior

Más Italia en las fachadas del interior

Bares y tiendas en las calles estrechas.

Bares y tiendas en las calles estrechas.

Dentro del pueblo, que es como de decorado pero auténtico, sólo hay que hacer lo que se espera del visitante: recorrer a paso lento las estrechas calles, disparar la cámara cientos de veces y entretenerse con la parsimonia que da todo el tiempo del mundo a mirar pequeños escaparates, hasta que el estómago y la garganta pidan por la boca. Nosotros oímos su llamada e hicimos la posta en la Enoteca Internazionale (  http://www.enotecainternazionale.com/contatti.html ), un lugar a propósito para probar y comprar vinos de la zona, quesos y bruschette de todo tipo. Un gran rato, previo a hacer la digestión con el paseo reposado, cuesta abajo y de nuevo vuelta al tren, repleto de turistas, excursionistas que regresan de hacer el bellísimo sendero del Parque Natural de Cinque Terre ( http://www.cinqueterre.eu.com/es/cinque-terre-card ), que va de pueblo a pueblo subiendo y bajando montes, descubriendo paisajes marinos y atravesando tanto calles como caminos.

Lardo (tocino) con anchoas, quesos de Liguria, carpaccio de pescado...

Lardo (tocino) con anchoas, quesos de Liguria, carpaccio de pescado…

Pepa, degustando el chardonnay de la zona, no tocando la trompeta.

Pepa, degustando el chardonnay de la zona, no tocando la trompeta.

El corazón se engrandece con experiencias tan pequeñas.

El futuro temible y el deseado

Ulyfox | 30 de marzo de 2012 a las 2:09

Paseantes al atardecer en el puerto veneciano de La Canea, Creta

No me da miedo la pobreza. Estoy preparado. Nací pobre, como la gran mayoría de los ciudadanos de este país que tienen mi edad. Conocí la escasez en la infancia y puedo decir que, aun así o tal vez por eso, fuimos felices. La pobreza, que en nuestro caso, puedo decirlo orgulloso, iba acompañada de ese hermoso apellido que es la honradez, era pareja con la de los vecinos y familiares del patio, de la casa de enfrente, de aquel otro patio de la misma manzana, de casi todos los niños que jugábamos en la misma calle. Puedo vivir con mucho menos, sin casi nada de todas las cosas materiales que tenemos. Entre las cosas que echaré en falta, quizá, cuando volvamos a la pobreza, estará el comprar música, pero ya me sé un montón de canciones, algunas de ellas hermosísimas y contrastadamente eternas. Tal vez no pueda tener televisión, pero almaceno miles de películas en los compartimentos de mi cabeza, bastante grande por cierto. A lo mejor, me veré forzado a no comer fuera, y en el peor de los casos, a no tapear siquiera, pero ya he probado muchos más platos de los que imaginé cuando era niño, y hasta nos ha atendido el dueño de un tres estrellas Michelin. Además, me manejo bastante bien con la cocina tradicional, y sé convertir un montón de ingredientes modestos en una alquimia bastante sabrosa.

Pueblos que navegan, en Cinque Terre, como este Manarola.

Seremos pobres de nuevo,  no me importa, porque seguramente seguiremos intentando ser honrados, tal como les vi hacer a mis padres. Seguro que deberemos, en ese caso, dejar de viajar, y ahí sí, ahí lo sentiré de veras, porque aunque hemos degustado los atardeceres volcánicos de Santorini, y respirado el aire húmedo del Moldava, y tocado la piedra rosa de Petra, y sentido en el hombro la mano de los griegos, y visto las columnas de Gerasa, y escuchado la música del Padrino en Palermo, y soñado los castillos del Périgord, y cantado bossa nova en Ankara, y bebido ron en Santiago de Cuba, y mojado nuestra mano en la primera catarata del Nilo, y navegado con un pueblo en Cinque Terre, y cogido frambuesas en los Alpes, y olido las agrias pieles curtidas de Fez, y hundido nuestra piel en las sagradas aguas del Egeo… aún sentiré siempre ganas de repetirlo todo, y de descubrir los vinos alemanes, de sentirme Gauguin en la Reunion, de teñirme de verde en Irlanda, de mirar hacia arriba en Nueva York, de temblar con el rugido de los leones en el Gorongoro, de escalar el Iguazú, de charlar hasta siempre en Buenos Aires, de fundirme en guerrero de terracota, de ver florecer los cerezos en el jardín del emperador, de descubrir el último rincón de Creta… y sentiré de veras no poder hacerlo.

Tal vez la Luna sobre el mar de Creta...

Es verdad, cuando por conformismo, ignorancia o miedo, los dueños de todo consigan con reformas laborales su involuntario propósito de convertirnos en bienaventurados a fuerza de hacernos pobres, yo estaré preparado para todo menos para dejar de viajar. Entonces, con el último esfuerzo, juntando las últimas perras ahorradas, tal vez podamos mudarnos baratamente a la tierra más pobre, la más escarnecida por los mercaderes, a donde el viaje nos lleva siempre, y pedir a los humildes que nos dejen vivir entre ellos, y beber el humilde vino bajo la parra. Y quién sabe, no lo aseguro, es solo un deseo, tal vez nada más que una ilusión, seamos felices como entonces ¿os acordáis?

Definitivamente, más bonito (va por ti, Galle)

Ulyfox | 11 de abril de 2010 a las 0:31

Casas encaramadas en Riomaggiore

Casas encaramadas en Riomaggiore

Sí, Galle, ahí no cabe duda. Los (o las) Cinque Terre italianos son más bonitos que Cádiz. Cinco pueblecitos colgados, sobrevolando casi, sobre el mar en un trayecto de menos de 30 kilómetros. Monterosso, Vernazza, Corniglia, Manarola y Riomaggiore, cinco manchas de color entre empinadas laderas de viñedos y olivares que mueren en la orilla. La estampa mediterránea ideal, que no falsa. “Per me, la piú genuina é Vernazza”, decía en el tren un hombre mayor a unos excursionistas franceses. Puede ser. No estuvimos en las cinco. Nos quedó pendiente (nunca mejor dicho) Corniglia, lejana en lo alto. El tren es de hecho la forma más cómoda de conocer la región. La línea Génova-La Spezia recorre la costa cada 15 o 30 minutos, y se puede sacar la tarjeta Cinque Terre Card para usar el tren de manera ilimitada en segunda clase. Pero si se dispone de más tiempo, lo ideal es visitar las Cinco Tierras andando. Una red de senderos perfectamente organizada y controlada, con un sistema de precios asequibles, mantiene el Parque Natural en estado de revista, pese al enorme trasiego de excursionistas. Además, no se puede entrar en los pueblos con el coche. Sería una locura, por otra parte. La misma línea férrea está hecha sobre todo de túneles, tanta montaña hay.

Vernazza, 'la piú genuina'

Vernazza, 'la piú genuina'

 

Manarola, ¿firme? en la roca

Manarola, ¿firme? en la roca

 Galle se va a Italia el mes que viene. Vuela hasta Milán. Me pregunta si merece la pena acercarse. No hay pena ninguna en visitar el barranco con casas que es Riomaggiore, el espolón con castillo de Vernazza, el circo de colores sobre la calita de Manarola, la Via dell’Amore para ir andando de la manera más cómoda desde este último hasta Riomaggiore (sólo un kilómetro), la playa civilizada y de pago de Monterosso. Nosotros lo hacíamos en tren, y volvíamos al atardecer a Sestri Levante, la agradable población donde teníamos el hotel, más económica para pernoctar. Fueron cinco días que compartimos también con la excursión a la espléndida Portofino. ¿Bellos los Cinque Terre? ¡Sublimes!

La Via dell'Amore, camino en la roca entre Manarola y Riomaggiore (al fondo)

La Via dell'Amore, camino en la roca entre Manarola y Riomaggiore (al fondo)

Riomaggiore, el muelle es la calle

Riomaggiore, el muelle es la calle

Desde el mar, Vernazza

Desde el mar, Vernazza

PISTAS: Nuevamente, quizá la mejor opción para llegar a estas cinco maravillas de la costa de Liguria sea en vuelo desde Sevilla a Pisa, aunque tampoco es mala la de volar a Milán. A ambas se llega en líneas de bajo coste desde Sevilla. Pero Pisa tiene una magnífica conexión por tren, en dirección Génova, con una frecuencia insuperable y paradas en casi todos los pueblecitos. Pernoctar en Sestri Levante es recomendable por estar entre Cinque Terre y Portofino. Eso fue lo que hicimos nosotros, aunque no lo habíamos visto en ninguna guía. Y nos salió bien.