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Estambul vende de todo

Ulyfox | 9 de diciembre de 2014 a las 13:55

Joyería resplandeciente en el Gran Bazar de Estambul.

Joyería resplandeciente en el Gran Bazar de Estambul.

Dicen los árabes que entre todos los oficios, el de comerciante es el más noble. Bueno, vale, los turcos no son árabes aunque sí musulmanes. Muchísimos de ellos incluso defienden que son europeos. Y naturalmente tienen razón porque una parte importante de su territorio, empezando por su capital histórica, Estambul, está en el viejo continente. El caso es que en Turquía existe una concepción árabe del comercio, entiendo yo. Muchísimas calles del Estambul antiguo respetan esa idea de la vía pública con casas cuyos bajos están dedicados a tiendas. La idea llega a su máximo nivel en los barrios que rodean los bazares. En ese caso toda la vecindad se convierte en un mercado oriental. Y huelga decir que eso llena de vida las horas diurnas, de la misma manera que hace más oscuras las nocturnas, cuando todo cierra al caer el sol.

Puestos variados en el Bazar Egipcio, o Bazar de las Especias.

Puestos variados en el Bazar Egipcio, o Bazar de las Especias.

Alrededores del Bazar Egipcio.

Alrededores del Bazar Egipcio.

En Estambul hay varios bazares con ese nombre, y muchos más que lo son aunque no se les conozca con esa denominación. Entre todos, los más conocidos, los preferidos por los turistas por su variedad, riqueza, y sobre todo su ubicación céntrica, son el Gran Bazar (predecesor indiscutible de las superficies comerciales) y el Bazar Egipcio, también llamado Bazar de las Especias. El primero es, ya lo sabéis, una gran extensión de tiendas bajo techado, con avenidas, calles y callejones, agrupados por gremios, joyeros, peleteros, textiles, metales preciosos… donde no faltan las tiendas de alimentación ni los cafés y restaurantes, patios donde culminar transacciones, sorpresas de todo tipo, sucedáneos de mezquitas con muecín llamando a la oración por la megafonía, mercado donde el comprador disfruta del regateo y se hace la ilusión de que engaña al vendedor. Es un lugar de techos abovedados y pintados a mano, con continuo trasiego y en el que la baratija halla su lugar de honor junto a la pieza única, la alfombra excelsa y el chándal más falso. El Bazar Egipcio es mucho más recogido y, si se quiere, más acogedor. Allí hallan su templo las miles de especias, condimentos, cafés, y frutos secos venidos de todo el mundo. En el Gran Bazar es facilísimo, y casi obligado, perderse. En este en cambio, la orientación es sencilla, tiene una forma de ‘L’ reconocible y está rodeado también de numerosas calles comerciales. Ubicado junto al bullicioso puente Gálata, al comienzo del Cuerno de Oro y casi delimitado por dos bellas mezquitas, la de Rustem Pasá y la Mezquita Nueva, tiene un gran poder de atracción, aparte de ser mucho más manejable que el monstruo comercial que es su hermano mayor.

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Largas calles comerciales.

Largas calles comerciales.

Pero casi más que estos grandes palacios de la compra total, nos gustan las calles que los rodean, donde el mercadeo más sencillo vive, con destartaladas y rebosantes tiendas de artículos repetidos, piezas de cocina de todo tipo, miniaturas al por mayor, miles de cubos de plástico, pantalones vaqueros de imitación por millones, herramientas que dimos por desaparecidas hace décadas, útiles inútiles, montones de calcetines, kilómetros de cintas… y siempre decenas de hombres y mujeres arriba y abajo empujando carros, cargando cajas, sacando y metiendo cosas de sus bolsillos, preguntas y respuestas, conversaciones con números, instrumentos musicales sacados del Pórtico de la Gloria.

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Una de las avenidas del Gran Bazar.

Una de las avenidas del Gran Bazar.

Un quiosco antiquísimo, antes cafetín, ahora joyería.

Un quiosco antiquísimo, antes cafetín, ahora joyería.

El muecín llamando a la oración dentro del Bazar.

El muecín llamando a la oración dentro del Bazar.

Andábamos ya por el cuarto día de estancia en Estambul y nuestras piernas estaban habituadas a las caminatas. No queríamos tomar ni siquiera transportes públicos. La vieja Constantinopla se disfruta, se vive y se sufre andando, subiendo y bajando sus colinas y rozándose con las multitudes. Ese día almorzamos en un restaurante cerca del Bazar Egipcio, un crujiente y sólo ligeramente picante lahmaçum (una especie de pizza turca) acompañado de unas deliciosas albóndigas de cordero y pistacho. Lamento no recordar el nombre del local, merecedor de un regreso gastronómico y, por supuesto de un largo y digestivo paseo hasta las cercanías tumultuosas de Eminonu, con su incesante tráfico de transbordadores y la aglomeración de clientes ante los barcos que preparan bocadillos de caballa… Pero eso será otro día, si siguen ustedes ahí…

Todo el barrio es un inmenso bazar.

Todo el barrio es un inmenso bazar.

Adornos para niñas, fundas de móviles...

Adornos para niñas, fundas de móviles…

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Ambiente ante el Bazar Egipcio, y la Mezquita Nueva, que domina el barrio.

Ambiente ante el Bazar Egipcio, y abajo la Mezquita Nueva, que domina el barrio.

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¡No quiero nada más!

Ulyfox | 11 de abril de 2013 a las 13:03

Hemos encontrado esta foto en el pozo de los tiempos. Gracias a un préstamo valiosísimo de Ricardo, Penélope está escaneando con paciencia y esfuerzo muchas de nuestras diapositivas antiguas. Pe puede tener mucha paciencia y persistencia cuando se trata de algunas cosas, y como todos, puede perderla en un momento determinado. Para soportar el acoso de los guías espontáneos y vendedores ambulantes en algunos lugares de Marruecos hay que hacer alarde de ese aguante. Al menos lo era cuando visitamos por primera vez ese país, hace ya unos 24 años. Ahí está Pe, ya cargada de compras, explotando en las calles de Fez, gritando que no con la voz, con los ojos, con la cara entera y con el gesto de las manos, que no quería comprar nada más, que la dejaran en paz, que ya estaba bien de abalorios y souvenirs y regateos. Y ahí está la cara sorprendida y a la vez impertérrita del vendedor, uno de esos comerciantes callejeros de Marruecos que llevaban toda la mercancía colgada del cuerpo. No podemos ver el rostro del niño que contribuía con su presencia y su insistencia en el acoso mercantil, pero imaginamos el mismo gesto.

La foto refleja bien un aspecto de aquel nuestro primer viaje al vecino magrebí: el asedio al que se veían sometidos los turistas, bastante pesado por cierto. A unos niños que se ofrecían a ser guías por la ciudad o el zoco seguían otros y otros y otros según ibas diciéndoles que no. Era imposible dar un paseo en solitario. Aun así nos gustó el país, y de eso os podréis ir dando cuenta en cuando vaya metiendo las fotos gracias a que hemos podido recuperarlas con ese escáner prestado. Vendrán más.

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Grandes superficies

Ulyfox | 28 de octubre de 2010 a las 14:22

Un amarguísimo café turco en el Gran Bazar de Estambul.

Un amarguísimo café turco en el Gran Bazar de Estambul.

Miles, miles, miles de personas han visitado ya, en las primeras horas de su existencia, el nuevo parque comercial de Jerez. Una orgía consumista impropia, aparentemente, de la provincia con más paro de Europa, en un miércoles laborable por la mañana. Aglomeraciones que, vistas desde fuera, y sin querer molestar a nadie, dan un poco de repelús. Tantos seres racionales abalanzándose sobre una oferta de diez euros…

Dicen que los centros comerciales son como las catedrales del siglo XXI, el lugar al que las multitudes acuden a reconocerse y a buscar refugio en esta época descreída. Los sociólogos sabrán. Lo cierto es que, por todo esto, me he acordado estos días del Gran Bazar de Estambul. Cuando entramos en él repetí el tópico aquél de “está todo inventado”. Nos creemos que los modernos hemos creado las grandes superficies y esto ya lo tienen en la capital turca desde hace siglos, exactamente desde el siglo XV. Fue conquistar Contanstinopla y el sultán Mehmet II contruyó este gigantesco laberinto con cientos de tiendas y talleres para pasmo de los millones de visitantes de todo el mundo, con los vendedores más persuasivos del Universo. Sí, allí también hay mucha gente, muchísima, pero prefiero mil veces el engatusamiento de los tenderos (“españoles listos, buenos compradores”, “tú tienes mujer bonita”…), la invitación al inocuo té de manzana, el regateo amable y con intercambio de bromas y desplantes, antes que este derroche de consumismo de una provincia que está viviendo lo que llaman “la peor situación de la historia”. Qué rápido hemos olvidado el hambre de la guerra y la larga posguerra, el plan de estabilización, los mocos en la cara, los cientos de miles de emigrantes hacia la entonces sí próspera Europa. Ahora, todos en una crisis terrible, ocupados, estudiantes y parados gastamos gasolina para acudir al centro comercial a pelearnos por cosas superfluas.

Interior del Gran Bazar

Interior del Gran Bazar

En otros países, que están en verdadera crisis desde hace siglos y que no tienen un futuro tan asegurado como el nuestro, los comerciantes te consideran el más importante del mundo en el momento en que entras en su negocio. “De todos los oficios, el más noble es el del comercio”, dicen los árabes, expertos en la materia.

En Jan el Jalili, El Cairo

En Jan el Jalili, El Cairo

Y en nuestro recuerdo guardamos la nobleza del Gran Bazar o del más auténtico Bazar de las Especias de Estambul, las medinas de Marrakech y Túnez, los mercadillos de Francia, el mercado de Jan el Jalili de El Cairo, el gran zoco que son las calles alrededor del Mercado Municipal de Atenas, mercados con cafetines dentro y mercaderes sonrientes, en los que las ofertas y las rebajas te las ganas tú con tus habilidades y tu sonrisa, pero donde, como debe ser, siempre ganan ellos y siempre sales sonriente diciendo hotchakal o bislama en lugar de hasta luego.

Un té de manzana de regalo y un vendedor zalamero.

Un té de manzana de regalo y un vendedor zalamero.

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