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Onur, un castillo y muchas tumbas en Kaleuçagiz

Ulyfox | 14 de abril de 2019 a las 19:25

Disfrutando la tarde en la pensión Onur.

Disfrutando la tarde en la pensión Onur.

Todavía es posible, no creáis, hallar momentos y lugares que parecen hechos sólo para ti. Hablo de uno de ellos. No está solitario, ni perdido, aunque sí parece mostrar sus encantos verdaderos a quienes saben solicitarlos. Está en la costa sur de Turquía, en una franja que va desde Fetiye hasta más allá de Mira, donde su obispo Nicolás vivió una vida de santo mucho antes de que representara al personaje que ahora reparte regalos en Navidad.

Una tumba licia dominando la bahia de Kaleuçagiz.

Una tumba licia dominando la bahia de Kaleuçagiz.

Es la Costa Licia, donde habitó y prosperó una civilización contemporánea y luego conquistada por griegos y romanos. Todos ellos dejaron unos espectaculares restos repartiendo por toda la zona teatros, acueductos, calzadas y puertos. Pero tiene muchas otras cosas más cercanas. En uno de los entrantes de la hermosa línea del mar descansa una aldea de nombre difícil, Kaleuçagiz. Descansa cuando empieza a atardecer, quiero decir. Porque desde media mañana hasta media tarde es invadida por una legión de turistas que casi no paran en ella. Llegan en autocares o coches particulares y se dirijen inmediatamente a los barquitos de fondo plano y transparente, para visitar la ciudad sumergida de Kekova, en la islita del mismo nombre y luego otra aldea preciosa, de nombre Simena y coronada por un antiguo castillo sobre el mar.

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En Kaleuçagiz hay una pequeña mezquita, algunos restaurantes colgados sobre las tranquilas aguas y media docena de pensiones, la mayoría de ellas muy modestas. Uno de estos alojamientos es la Pensión Onur, con unas pocas habitaciones más que básicas y unas amplias zonas comunes donde desayunar, almorzar o cenar, o simplemente tumbarse en grandes sofás para ver atardecer al calor de un libro.

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Con Hassan, en su restaurante del mismo nombre, y ante varios de sus platos.

Con Hassan, en su restaurante del mismo nombre, y ante varios de sus platos.

Cuando la multitud se despide rauda para volver a sus hoteles de las poblaciones turísticas de la zona, la aldea es para los residentes, la tarde se hace eterna y las terrazas son más acogedoras. Es tiempo de hablar con los vecinos de pensión, contarse las historias mutuas con el dueño del restaurante Hassan, de buena cocina y mejor servicio a cargo de su hija, tan habladora e inteligente. El mercado de productos artesanales, fundamentalmente tejidos coloridos y baratos, apaga sus luces y los paseos son plácidos y cortos porque la longitud del pueblo no da para más.

Alrededores de Kaleuçagiz, siempre con sarcófagos licios sobre el mar.

Alrededores de Kaleuçagiz, siempre con sarcófagos licios sobre el mar.

Habíamos estado en la zona de Kekova una vez anterior, muy anterior, hace una quincena de años, y entonces lo que hoy es aparcamiento era una explanada polvorienta. Fuimos a lo mismo que hoy acuden miles, visitar Kekova y dar un paseo en barca, pero entonces era todo más tranquilo, y los tenderetes eran cinco donde hoy hay decenas. Pero no es posible agobiarse mucho si uno se abstrae de la fiebre por coger los barcos.

Una familia turca, en su barco de recreo.

Una familia turca, en su barco de recreo.

En la pensión Onur basta con dejarse llevar por los cuidados del menudo propietario. El primer día prácticamente nos limitamos a dar un pequeño paseo, almorzar y cenar largamente en lo de Hassan, y holgazanear entre tiempos en la gran terraza elevada. Pero para el segundo día teníamos un plan: acercarnos hasta el castillo de Simena rodeando la pequeña bahía y luego almorzar y bañarnos en la aldea vecina.

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En el camino hacia Simena...

En el camino hacia Simena…

Los tres nos pusimos en marcha sin mucha compañía por un camino de tierra y piedras que primero subía levemente, bajaba hasta el fondo de la bahía, y luego iniciaba un empedrado sendero elevándose hasta el castillo. Esta parte fue la más complicada, por las dificultades de Pepa al caminar sobre este terreno. Pero nada es imposible si se desea de verdad: hicimos una cadena en la que yo iniciaba el grupo, Pepa se agarraba a mi mochila y Penélope la aseguraba por detrás. Más de una vez, y más de cuatro, estuvimos a punto de rodar los tres por la tensión de impulsos en varias direcciones.

Ya en Simena, es posible bañarse junto a las tumbas sumergidas...

Ya en Simena, es posible bañarse junto a las tumbas sumergidas… y bajo el castillo.

Nos lo tomamos bien, y los tambaleos nos producían más risas que sustos. Y a la mitad del camino aparecieron: las tumbas, los sarcófagos licios de piedra gris, como barcas vueltas del revés, sobre unos pedestales monolíticos del mismo material y color. Salpicaban el sendero y ascendían hasta la colina, todas agujereadas, profanadas por los cazadores de tesoros. Decenas de ellas, dominando el mar circundante, empujando sin remedio hacia la evocación de tiempos muy muy lejanos y por fuerza con apariencia de heroicos.

Tras el almuerzo en Simena.

Tras el almuerzo en Simena.

Nos demoramos el tiempo necesario ante estas construcciones únicas, con un aire total de abandono y orgullo a la vez. Y luego, rodeando el castillo, comenzamos el empinado descenso hacia Simena, este ya hecho de escalones, y que hicimos al ritmo que marcaba Pepa. A media bajada paramos en un cafetín a referescarnos con sendos ayran, la deliciosa bebida hecha con yogur y agua. Como estamos en Turquía, sus encargados no desperdiciaron la oportunidad de vendernos algunas prendas.

Luego, al borde del mar, comprobamos que Simena, sin ser siquiera un pueblo, es mucho mayor que Kaleuçagiz, y más dedicada al turismo. Hay más alojamiento, y los locales de restauración tienen plataformas sobre postes con hamacas y sombrillas. A pesar de eso, lo realmente emocionante es bañarse junto a una tumba licia medio inundada, objeto de millones de fotos en los folletos de Turquía.

Simena, frente a Kekova, un lugar único...

Simena, frente a Kekova, un lugar único…

Después del baño, el almuerzo y la casi siesta, todo en o junto al mismo restaurante, la vuelta fue tan sencilla como telefonear a Onur, que nos vino a buscar en la barca que tiene a disposición de los clientes para trasladarnos de nuevo a su pensión surcando ligeramente las aguas de manera divertida y emocionante, brindándonos así una inolvidable entrada por mar a Kaleuçagiz, que apareció al atardecer más bella aún.

Onur (detrás) nos fue a buscar en su barca.

Onur (detrás) nos fue a buscar en su barca.

...para tener esta entrada espectacular en Kaleuçagiz.

…para tener esta entrada espectacular en Kaleuçagiz.

Es difícil imaginar un día mejor en vacaciones. Porque la estancia acabó con una cena en la misma pensión, que tiene un sencillo y estupendo restaurante, mientras caía la luz tras las montañas que cercan la costa licia.

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Una cena soñada para culminar una jornada de ensueño...

Una cena soñada para culminar una jornada de ensueño…

Maravillosas tumbas excavadas en la roca

Ulyfox | 24 de agosto de 2010 a las 1:54

Restos del teatro romano ante las tumbas licias en la roca, en Mira, sur de Turquía

Restos del teatro romano ante las tumbas licias en la roca, en Mira, sur de Turquía

 

No es Petra, pero tiene mucho que ver con esa misteriosa ciudad nabatea. Digo yo. La costa sur de Turquía, la bien llamada Costa Turquesa, está salpicada, impregnada, teñida de restos arqueológicos, ensalada de la rica historia de este gran país. Romanos, griegos, persas, fenicios y sobre todo, para mí, la misteriosa cultura licia, fanática de las tumbas con forma de barco invertido, tumbas excavadas en la roca, tumbas con entradas de templo griego, tumbas. Grandiosos ejemplos se pueden ver en Dalyan, cerca de Fethiye, en la ciudad sumergida de Kekova, en la cercana isla griega de Kastellorizo.  Pero nosotros fuimos a ver los sensacionales restos de Mira (o Demre), desde Kas. En Mira vivió como obispo San Nicolás en el siglo IV, santo famoso por su caridad, cuyos restos fueron llevados luego a Bari para salvarlos de los turcos y que daría origen a la leyenda de Santa Claus. Ahora, lo que hay en Mira, aparte de la iglesia de San Nicolás en un pueblo cercado por los plásticos de los invernaderos, es un bien conservado teatro romano, y a su vera, unas espectaculares tumbas licias excavadas en una pared rocosa, de colores rojizos y grises. El ¡oh! maravillado salió de nuestros labios cuando descendimos del coche en el aparcamiento. Un yacimiento entero para nosotros. No había nadie a la hora que llegamos, ya muy tarde. Sólo el empleado que cobraba la entrada. La historia ante nuestros sonrientes ojos. ¿Quiénes eran los licios?

Las tumbas en primer plano

Las tumbas en primer plano

 

Resultaba difícil escalar hacia las tumbas, y además tampoco teníamos ya tiempo. Pero sí el suficiente para contemplar la maravilla, y hacer un recorrido por el teatro romano, entrar en la cavea, subir a sus graderíos, entrar por un vomitorio y salir por el otro, y sentarnos en una grada al atardecer turco. De pronto de surgió de abajo mágico, oportuno, teatral, el canto de los muecines, y se extendió por toda la ciudad a nuestro frente, llamando a la oración a los fieles, y llenándonos a la vez los sentidos de comprensión histórica, en ese semicírculo perfecto de piedra. Nos miramos y no queríamos irnos.

Ante las piedras milenarias. Allí estuvimos

¿CÓMO LLEGAR A ESTE SITIO? Siempre digo que no es difícil ir a donde se quiere ir. Cómo lo hicimos nosotros: en barco desde la isla griega de Rodas hasta la ciudad turca de Mármaris, y desde allí, hacia el Este y costeando, en coche alquilado, hasta la playa sin igual de Olu Deniz, y luego a Kas. Y desde esta última, excursión de un día a Mira, en nuestro Fiat Mirafiori alquilado, con vuelta a Kas. El aeropuerto más cercano está en Antalya, turística e histórica, llena también de recuerdos romanos: calzadas, arcos de triunfo… Desde Estambul es fácil volar a Antalya. Claro que hacerlo en viaje organizado desde España es complicado. Mejor montárselo por su cuenta. Buscad, buscad en los mapas de la Gran Turquía, ese país acogedor y distinguido, bendecido por la historia de Mesopotamia, Persia, Grecia, Roma, Bizancio, el Imperio Otomano… y Licia.

Y volveremos a estas tierras de gran historia y altas montañas frente al mar. Aún no conocemos Antalya, ni el teatro de Aspendos (buscad imágenes y alucinad con su estado de conservación), ni Quimera, ni…

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Robinson recala en Turquía

Ulyfox | 11 de mayo de 2010 a las 0:12

En el agua, ante la Cueva de Robinson

En el agua, ante la Cueva de Robinson

Tengo que reconocer que el tipo nos engañó con arte. El arte que le daba una estratagema practicada seguramente durante años. Penélope conducía sin temor por las carreteras bastante tranquilas del sur de Turquía, la llamada Costa Licia por los restos de esa civilización misteriosa, y camino de la isla de Kekova. En un lado de la calzada, un joven parecía haberse quedado tirado con su coche y pedía ayuda. Naturalmente (¿qué te puede pasar allí?) paramos y lo recogimos. Nunca temimos nada. Él iba al mismo sitio y cuando llegamos se ofreció para buscarnos el mejor lugar donde dejar aparcado el coche. ‘Teshekir ederim’ (muchas gracias) le dijimos, pero no se fue. En realidad, nos presentó a su supuesto tío, que casualmente nos podía llevar por una módica cantidad a la isla cercana, en cuyas orillas se ven los restos de una ciudad medio sumergida y en cuyas numerosas calas se puede uno bañar en las aguas más azules. Ya habían hecho el día. Bueno, nada malo nos pasó.

El 'kapetano'nos conduce en su barco por la Costa Licia

El 'kapetano'nos conduce en su barco por la Costa Licia

¿Cuánto hace, ocho años? Quizá más. El ‘kapetano’ nos llevó de excursión y seguramente nos timó en el precio, pero tuvimos el barco para nosotros solos, navegamos entre tumbas licias a media agua, divisamos la ciudad sumergida, de lejos el castillo de Kale, y nos bañamos en las calas. El hombre no hacía más que insistirle a Penélope para que se quitara la camiseta, ‘no problem, no problem’. Claro. No accedió a sus deseos.

Penélope, entre el Robinson turco y el 'kapetano' de nuestro barco.

Penélope, entre el Robinson turco y el 'kapetano' de nuestro barco.

Luego nos acercó a una pequeña ensenada donde otro viejo turco tenía un chiringuito medio salvaje de cañas y palmas. ‘La cueva de Robinson’ se llamaba, y en sus aguas tranquilas nos dimos un chapuzón, y en sus sillas entre las rocas, a la sombra de las palmas, nos tomamos unas cervezas y nos hicimos unas fotos. A la vuelta, tras comer en Kekova, compramos unos pañuelos rematados con caracolillos, por unos precios de risa. La jornada se completó con una visita a Demre (Mira), localidad de donde fue obispo San Nicolás, con unas alucinantes tumbas rupestres  junto a un teatro romano estupendamente conservado. No faltó ni el canto del muecín desde el graderío de piedra tallada. ‘Teshekir ederim’ a todos los bribones turcos que nos hicieron pasar ese gran día. Nada malo, todo bueno.

Penélope en la Cueva de Robinson

Penélope en la Cueva de Robinson

Las fotos están digitalizadas tan chapuceramente que no me atrevo a decir cómo. Si me lo perdonáis, os servirán como pequeña muestra.

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