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Creta con y sin coronavirus

Ulyfox | 14 de diciembre de 2020 a las 20:52

La calle Kondilaki de La Canea, a mediados de septiembre.

La calle Kondilaki de La Canea, a mediados de septiembre.

He hablado tantas veces de Creta que no sabía si volver a escribir una entrada sobre esta isla que es la esencia de Grecia en tantas cosas. Pero una circunstancia tan especial como la vivida en estos meses por culpa del coronavirus hace que merezca la pena describir una estancia parecida a otras, pero a la vez tan distinta.

En Creta comenzamos esta vez con nuestra habitual y gozosa cena anual con los amigos de Sitía, que ya os contamos. Allí casi no había medidas de seguridad. Como en buena parte de la Grecia que visitamos este año, no era obligatoria la mascarilla si no era para entrar en los comercios. En lo único que se notó fue en que tuvimos que levantarnos de la amistosa mesa a las doce de la noche, después de “sólo” tres horas y media de raki… La noche de viernes bullía en toda su multitud en el paseo junto al mar de Sitía, y nada hacía pensar que estábamos viviendo una crisis sanitaria mundial. En esa provincia del oeste de Creta el virus prácticamente no estaba teniendo ninguna incidencia.

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Baño en las transparentes aguas de Xerócampos.

Baño en las transparentes aguas de Xerócampos.

Al día siguiente emprendimos la sinuosa carretera que lleva a la costa oriental y a uno de nuestros rincones favoritos: las playas de Xerócampos, de maravillosas arenas casi blancas y transparentes aguas distribuidas en varias calitas en forma de media luna. La paz total encontramos en las que otras veces hemos hallado llenas, aunque no es un sitio que se masifique precisamente. El almuerzo en una casi solitaria taberna Akrogiali (La Orilla) ayudó a la sensación. El camarero se alegró tanto de tener clientes como de que habláramos español, que había empezado a estudiar en el pasado curso, y durante toda la comida intentaba palabras en nuestro idioma.

Un relajado día en las playas de Xerócampos, la mejor terapia.

Un relajado día en las playas de Xerócampos, la mejor terapia.

Habíamos elegido para pasar la noche una atractiva opción, los apartamentos Lithos Houses. Al volver de la playa comprobamos que la elección había sido más que acertada. Se trata en realidad de unas preciosas villas en dos plantas, con materiales naturales, amplias terrazas, y dotadas de todos los servicios, que nos parecieron ideales para pasar unos días. La dueña, Eleni, se reveló como una emotiva mujer que nos agradecía al borde de las lágrimas que hubiéramos elegido su establecimiento, al tiempo que nos explicaba lo que ella quería conseguir con él. “Quiero que la gente sepa como es la vida tradicional en esta parte de Creta -nos decía-, y veo que gente como ustedes son la que da sentido a esta idea mía”. Todo un homenaje. Lamentaba mucho el poco ingreso que había tenido este verano y no creía poder superar una repetición de la tragedia, pero aun así, entre sus pérdidas no figuraba la de la generosidad.

La cena que nos regaló Eleni en Lithos House.

La cena que nos regaló Eleni en Lithos House.

El rústico paisaje desde nuestra terraza.

El rústico paisaje desde nuestra terraza.

Eleni llamó a la puerta poco antes del anochecer para regalarnos una botellita de vino clarete de su propia cosecha. Debió parecerle poco porque al rato volvió a llamar con un plato de yemistá (verduras rellenas) y dolmades (exquisitas hojas de parra también rellenas). Se disculpó por anticipado: “No me han salido tan bien como siempre, pero es que hoy regresaba mi marido de toda la semana en Sitía y se me ocurrió de repente hacerlas para la cena”. Estaban buenísimas y soñamos con cómo serían cuando las cocina con más tiempo. Otro plato de frutas completó una cena insospechada y riquísima en la que no faltó el raki que, naturalmente, estaba a libre disposición en la nevera.

Agreste Kato Zakros.

Agreste Kato Zakros.

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Kato Zakros está entre los lugares imprescindibles de Creta.

Kato Zakros está entre los lugares imprescindibles de Creta.

Cuando viajamos a Creta, ya lo hacemos como el que va a su lugar de siempre, y con la sola intención de volver a los rincones conocidos y a abrazar a los amigos, aunque sigue habiendo, por fortuna, margen para sorpresas como las de Eleni y su Lithos Houses. Así que por eso la jornada siguiente nos encaminamos a Kato Zakros, muy cerca, espléndida en su pequeña bahía, con su peculiar playa que según el humor del tiempo un año tiene arena y otro sólo grandes piedras, su hilera de tabernas junto al mar y los restos de su milenario palacio de la época minoico, en cuyas piletas se bañan las tortugas.

Calma total en Kato Zakros.

Calma total en Kato Zakros.

El saludable y sabroso almuerzo en la taberna Nostos de Kristóforo.

El saludable y sabroso almuerzo en la taberna Nostos de Kristóforo.

En la calma de Kato Zakros.

En la calma de Kato Zakros.

Allí nuestra cita anual es con Kristóforos, el cantarín dueño de la magnífica taberna Nostos, y su hijo Kostas, que esta vez regalaron nuestro paladar con un guiso de cordero, una ensalada cretense y unos calabacines fritos que nos dejaron entregados de nuevo y por siempre. Kato Zakros estaba sufriendo en los últimos años un asedio turístico desbordante para su pequeño tamaño, pero en esta ocasión fue, mucho más de lo normal, el remanso que aun viviéndolo con intensidad crees imposible que exista.

Stella Traditional Apartments, un seguro de paz en Creta.

Stella Traditional Apartments, un seguro de paz en Creta.

Nuestro alojamiento en ese rincón privilegiado de Creta y  del mundo son siempre los apartamentos de Stella. Amueblados de manera rústica y con elementos fabricados en su mayoría por Ilías, el marido pensador, explorador, culturista y polifuncional, son un refugio de paz en medio de un gran jardín con apabullantes vistas al fértil valle, a la salida de la Garganta de los Muertos y la bahía de Kato Zakros. Ellos dos, que también regentan el alojamiento Terra Minoika, son con su hijo Stratis los únicos habitantes durante todo el año del enclave. Charlar con Stella mientras te pone un café, corta verduras y atiende a los clientes, siempre es un placer.

El puerto veneciano de Heraklion, con la fortaleza Koules al fondo.

El puerto veneciano de Heraklion, con la fortaleza Koules al fondo.

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La fortaleza, en primer plano.

Pasar al menos un día en Heraklion, la capital de la isla, es otro de los agradables deberes de nuestras visitas. Normalmente hay que hacerlo para entrar o salir, ya sea en barco o en avión, pero, aunque no gasta fama de bella, sería una insensatez no disfrutar de la amplia oferta cultural de la ciudad, de sus maravillosos restaurantes o simplemente de la animada vida que exhibe.

Una vendedora de piruletas y mazorcas, en las calles de Heraklion.

Una vendedora de piruletas y mazorcas, en las calles de Heraklion.

Naturalmente, acudimos a nuestra cita gastronómica con el mezedepolio (bar de entremeses) Ladókolla, y con la ouzeri (lugar para tapear con ouzo) Hipókampos, uno de los primeros locales que conocimos en Creta. Aunque, aquí sí, era obligatorio el uso de mascarilla, la despreocupación parecía la tónica dominante.

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Especialidades riquísimas en Ladókolla, de Heraklion.

Especialidades riquísimas en Ladókolla, de Heraklion.

Además, Heraklion tiene dos lugares que hay que revisitar continuamente: uno es el Museo Arqueológico, recientemente renovado y que es uno de los mejores de un país en el que en cuestión de arqueología es difícil ser el mejor. Su colección de muestras de la cultura minoica, esculturas, sarcófagos, joyas, armas, juegos de mesa y ¡los frescos! es única en el mundo. Piezas como el fresco de la Tauromaquia, el vaso de los segadores, el sarcófago de Agia Triada, el enigmático disco de Festos y la finura especial del pendiente que muestra dos abejas con una gota de miel, entre otros cientos, nos enseñan la altura de aquella civilización antigua, probablemente la primera de ese nivel del mundo occidental.

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Joyas minoicas en el Museo.

El pendiente de las abejas.

El pendiente de las abejas y la gota de miel.

Ante el disco de Festos.

Ante el disco de Festos.

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Fragmentos de los frescos de Cnosos, expuestos en el Museo de Heraklion.

Fragmentos de los frescos de Cnosos, expuestos en el Museo de Heraklion.

El otro lugar único está a apenas cuatro kilómetros: el palacio de Cnosos, el reputado como hogar del rey Minos. Aunque reconstruido en buena parte con demasiada imaginación por el arqueólogo Richard Evans, lo que le da un aire demasiado falso, es un sitio perfecto para hacerse una idea de lo que fueron esas grandiosas construcciones con las que los minoicos asombraron al mundo. Su tamaño y la cantidad de estancias intrincadas le han valido que muchos sitúen también allí el Laberinto en el que Minos encerró a un monstruo terrible mitad hombre y mitad toro: el Minotauro.

 

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El palacio de Cnosos.

El palacio de Cnosos.

Nikos Kazantzakis, el gran escritor cretense, escribió sobre este enclave en su autobiográfica Carta a El Greco': “El misterio de Creta es profundo. El que pone el pie en esta isla siente una fuerza misteriosa, cálida, llena de bondad, que se expande en sus venas y hace crecer su alma. Pero este misterio se ha hecho aún más rico y más profundo a partir del día en que se descubrió, hasta entonces oculta en la tierra, esta civilización tan abigarrada, tan distinta, tan llena de nobleza y de alegría juvenil”. Y un amigo francés, que le acompañaba, respondió cuando le preguntó en qué pensaba: “En Creta y en mi alma… Si volviera a nacer, querría ver la luz aquí, en esta tierra. Hay aqui un encanto invencible.”

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Visitamos, entonces, con tiempo y sin demasiadas aglomeraciones esos dos centros de la cultura mundial, aunque lamentablemente Cnosos tenía algunas de sus estancias más hermosas cerradas por culpa de las restricciones del covid 19. Se veían grupos de turistas, pero logramos con facilidad hacer una cosa imposible durante años: sacar fotografías de rincones sin gente.

La Mezquita Nerantzés o de los Jenízaros, desde la ventana del Hotel Helena.

La Mezquita Nerantzés o de los Jenízaros, desde la ventana del Hotel Helena.

Vista del puerto, con algunos turistas

Vista del puerto, con algunos turistas

La Canea, casi sin turistas.

La Canea, casi sin turistas.

Tiempo para la conversación ante la catedral (Mitropoleos) de La Canea.

Tiempo para la conversación ante la catedral (Mitropoleos) de La Canea.

Insólita vista de la calle Theotokopoulos de La Canea.

Insólita vista de la calle Theotokopoulos de La Canea.

Casi solos.

Casi solos.

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En el puerto veneciano de La Canea.

En el puerto veneciano de La Canea.

Y, por supuesto, por supuesto, por supuesto, pasamos varios días en La Canea, nos alojamos como casi siempre en el sencillo Hotel Helena, con la panorámica habitación de siempre y sus vistas al puerto veneciano, y la hospitalidad singular de Andonis el dueño, y de su hijo Yorgos, que tuvieron el impagable detalle de invitarnos a cenar en Kantouni, una de sus tabernas de confianza, fuera del recinto amurallado.

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Dos vistas del rincón donde se sitúa el café Meltemi, de Yiannis.

Dos vistas del rincón donde se sitúa el café Meltemi, de Yiannis.

En esa misma ciudad, la más bella de Creta, fuimos también otra vez a cenar al restaurante Glositses, que tiene las mejores tzouzoukakia que hemos comido, pero esta vez no pudimos saludar a Christos, el encargado que no apareció por allí. Y por supuesto, desayunamos cada mañana conversando con Yiannis, el de la voz susurrante, en su familiar café Meltemi, al final del puerto, en la bien llamada esquina de los Ángeles, porque así se denomina la calle, Angelou.

La playa de Molos, cerca de Kisamos.

La playa de Molos, cerca de Kisamos.

Fuimos a la fabulosa playa de Falasarna, pero ese día tocó viento y nubes, y desandamos el camino para descubrir y  quedarnos en el pequeño arenal de Molos, en las cercanías de Kisamos y no muy lejos de su viejo puerto. Curiosamente, allí el día era perfecto. Y todo esto lo hicimos sin las aglomeraciones propias de otras temporadas, viviendo el único lado bueno que ha tenido esta pandemia de coronavirus, tema central de todas las conversaciones que allí tuvimos.

Así que pensamos en cómo sería esa meca del turismo masivo en que se ha convertido la impar Santorini, en este año sin aglomeraciones. Y resolvimos hacerle una visita, pero eso lo contaremos en la siguiente entrada.

Una visita (en) pendiente

Ulyfox | 30 de noviembre de 2020 a las 20:15

El monasterio Katholikon, incrustado en una pared de la garganta.

El monasterio Katholikon, con la iglesia incrustada en una pared de la garganta.

Habíamos querido hacerla varias veces. De hecho, una de ellas incluso iniciamos el camino, pero la hora y el calor que caía nos convencieron de volvernos antes de la mitad del trayecto. Era la visita al monasterio Katholikon, escondido en las profundidades de una pequeña garganta al norte de la península de Akrotiri, cerca de la bellísima ciudad de La Canea. No hace falta entenderla para admirar la peculiar costumbre de los griegos ortodoxos de colocar muchos de sus santuarios en los lugares más difíciles e inaccesibles.

 

Los monasterios Gouvernoto y Agia Triada, casi unas fortalezas en la península de Akrotiri.

El monasterio de Agia Triada, casi una fortaleza en la península de Akrotiri.

Esta vez, por fin todo se alineó para que pudiéramos llevar a cabo la visita. Akrotiri, una meseta de forma redondeada, es un paraje sembrado de iglesias peor o mejor conservadas y monasterios fortificados, algunos de los cuales son de belleza excepcional, como los de Agia Triada (Santa Trinidad) y Kyrias ton Angelon, es decir Nuestra Señora de los Ángeles, aunque es más conocido como Gouvernetos. Para empezar la caminata a Katholikon hay que pasar por delante de Agia Triada y llegar a Gouvernetos, y dejar el coche antes de la cerca de este último. Si se quiere visitar este singular edificio de fachada con columnas labradas hay que asegurarse antes de los horarios, que son muy restringidos.

Monasterio Gouverneto, tras unos fuertes muros.

Monasterio Gouverneto, tras unos fuertes muros.

Nosotros pudimos verlo en su día, pero esta vez estaba cerrado, y pasamos por delante de su muro, casi como un castillo. El tiempo, afortunadamente, acompañaba para la caminata, puesto que el sol no era muy fuerte y además soplaba de vez en cuando un viento refrescante. El camino está bien pavimentado al principio y es siempre cuesta abajo. Se pone más incómodo llegando a la iglesia de San Antonio y la anexa cueva de Panagia Arkoudiotissa, ambos edificios casi abandonados y en ruinas aunque mantienen trazos de uso esporádico para cultos, como velas y altares improvisados.

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El inicio del camino, con el mar al fondo.

El inicio del camino, con el mar al fondo.

Ruinas de iglesias y pequeños monasterios en el camino.

Ruinas de iglesias y pequeños monasterios en el camino.

El panorama es casi desértico y pedregoso cuando empieza el pronunciado descenso por las paredes de la garganta Avlaki. Nada más comenzar a bajar se divisan algunas ruinas y cuevas que fueron habitadas por eremitas. La pendiente casi vertical hace pensar que sus moradores buscaban evitar en todo lo posible las visitas y procurarse una vida ciertamente retirada. Por fin, tras mucho descender por un sendero lleno de curvas cerradas se divisa el Katholikon. En primer lugar, el impresionante puente que se construyó para salvar la garganta y crear delante del monasterio una gran plaza o patio. El interior de los dos grandes pilares servía además de almacenes.

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Cuevas que fueron residencias de eremitas, colgadas sobre la garganta.

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Cuevas que son capillas.

Cuevas que son capillas.

El monasterio Katholikon, cuyos restos son aún impresionantes, conserva las celdas de los monjes y una iglesia excavada en la roca con un hermoso campanario. Fue erigido en el lugar en el que se encontraba la cueva donde murió San Juan el Eremita en el siglo XI, y a partir de entonces se convirtió en el centro ascético más importante de Creta y refugio de ermitaños, tanto el monasterio, con alojamiento para peregrinos, como las numerosas cuevas de las proximidades.

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Primera visión del monasterio Katholikon.

Primera visión del monasterio Katholikon.

 

Fue en el siglo XVII cuando se terminó el gran complejo cuyos restos son visibles hoy, así como el puente, y todavía admira a la vista y al ánimo cómo se pudo llevar a cabo toda la obra y cómo el centro religioso tenía tantos visitantes, si tenemos en cuenta las dificultades de su acceso. Este esplendor acabó cuando en el siglo XVIII las costas de Creta se convirtieron en objetivo de los piratas, y los monjes se vieron forzados a abandonar el monasterio y retirarse un poco más al interior, entre los muros del monasterio Gouvernetos.

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Distintas vistas de los restos del Katholikon.

Distintas vistas de los restos del Katholikon.

Si se continúa descendiendo y hacia el mar, la garganta acaba en una grieta rocosa por donde entra el mar, con los restos abovedados del que fuera puerto del monasterio. Pero eso no llegamos a verlo ni a bañarnos en sus aguas que dicen turquesas, puesto que ahí nos quedamos junto al monasterio, recorriendo el paraje con el corazón satisfecho y preparado para la ardua subida de vuelta que nos esperaba. Aunque creíamos que íbamos a estar solos, eso no fue así en ningún momento.

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Detalles del interior de la iglesia del monasterio Katholikon.

Detalles del interior de la iglesia del monasterio Katholikon, en la cueva donde murió San Juan el Eremita.

Es verdad que había muy poca gente, apenas tres parejas de andarines, y entre ellas, una armada con un dron que hicieron volar allí mismo para tomar imágenes, rompiendo con su zumbido la paz del sitio. No quisimos ni imaginar el gentío que acudiría en pasados veranos de prepandemia a este lugar, que en otro tiempo más lejano fuera centro de retiro y espiritualidad.

Sobre el puente del monasterio y ante la garganta.

Sobre el puente del monasterio y ante la garganta.

La subida fue efectivamente dura pero, tomándonos los suficientes descansos, llegamos a la cima enteros y en poco más de media hora, y con todo nuestro ser dispuesto a dirigirnos a la tranquila y familiar playa de Marathi, escenario de aguas azules en la bahía de Suda, con las cumbres de las Montañas Blancas al fondo, con un espigón de barcos pesqueros y con uno de los mejores restaurantes de Creta, el Patrelantonis, que nunca dejamos de visitar cuando estamos en La Canea. ¿Qué mejor lugar para reponerse del esfuerzo y poner en orden los recuerdos de una mañana que ya será siempre inolvidable?

Penélope, a la puerta del monasterio Gouverneto, cerrado.

Penélope, a la puerta del monasterio Gouverneto, cerrado.

 

De Préveza a Creta volando por media Grecia

Ulyfox | 24 de noviembre de 2020 a las 20:23

Ante el islote de Mochlos, frente al pueblecito del mismo nombre.

Ante el islote de Mochlos, frente al pueblecito del mismo nombre, ya en Creta.

“Es muy probable que sean ustedes los únicos pasajeros en el vuelo a Sitía”, nos dijo la taxista que nos dejó en el aeropuerto de Préveza. Era el comienzo de una singular peripecia con final feliz, que ya conté hace poco y brevemente en otra entrada. Pero merece la pena relatarlo con más detalle.

Llegamos con mucho tiempo, y en el aeropuerto estábamos efectivamente casi solos. Lo achacamos a que era demasiado temprano y que alguien más se sumaría. No fue así. Abrieron el mostrador de facturación de Sky Express más tarde de lo previsto, y sólo nos acercamos nosotros dos. Y ahí ya nos advirtieron que el vuelo saldría con un retraso de casi una hora. En estos casos, nuestra preocupación no suele ser mucha. Estamos de vacaciones y en los viajes puede ocurrir de todo…

Nuestra única inquietud era que esa misma noche habíamos quedado para cenar en Sitía, al este de Creta, con un grupo de amigos. Bueno, pensamos, aún nos da tiempo de parar en el hotel, ducharnos y poco más. Al poco tiempo, un aviso en la pantalla nos anunció que el vuelo se retrasaba de nuevo, y ya dijimos: pues nos vamos a cenar sin ducharnos.

Por fin, la azafata nos vino a buscar diciendo que podíamos pasar a la zona de embarque y que lo haríamos en media hora. Muuuucho tiempo después, cuando ya habíamos retrasado también la hora de cenar con los amigos y solos ya en una sala desolada ante la puerta de embarque, la misma azafata y otra compañera nos vinieron a buscar con cara de circunstancias. “Su vuelo se ha cancelado -nos dijeron-, hoy no saldrán hacia Sitía”.

En el hotel Holiday Inn de Atenas, la noche extra que tuvimos que pasar allí por cuenta de Sky Express.

En el hotel Holiday Inn de Atenas, la noche extra que tuvimos que pasar allí por cuenta de Sky Express.

Se nos mudó la cara. El impacto no lo mitigó de momento ninguna de las tres alternativas que nos ofreció la empleada: “Podemos devolverles el dinero, o bien darles billete para otro vuelo en otro día, o bien podemos hacer que embarquen ahora en un vuelo hacia Alexandroúpolis, y a continuación tomar otro hacia Atenas, dormir en un hotel en Atenas y mañana temprano volar hacia Heraklion (capital de Creta); después tomarían un taxi hasta Sitía, todo por cuenta de la compañia, claro”…

El plan no estaba mal, pero tenía tres graves inconvenientes: primero, la cena con los amigos, principal motivo para recalar en Sitía, se perdería, y no sabíamos si podrían reunirse con nosotros al día siguiente; segundo, habíamos reservado un coche en esa ciudad para la mañana siguiente; y tercero, teníamos contratada esa noche en un hotel, y sin cancelación gratuita. Le pedimos unos minutos a las azafatas para decidir entre las tres opciones que nos daba, y en ese intervalo nos pusimos en contacto con nuestros amigos, que no tuvieron inconveniente en cambiar el día, con la agencia de alquiler, que tampoco puso ninguna objeción en que el coche lo recogiéramos en el aeropuerto de Heraklion, y con el hotel Itanos, que aceptó sin problemas ni coste adicional cambiar la noche en Sitía.

Así que después de cinco minutos, dimos el consentimiento para la opción número tres y al poco tiempo volábamos completamente solos en un avión con dos pasajeros (nosotros), cuatro azafatas y dos pilotos. Hicimos escala en Alexandroúpolis, el otro confín de Grecia junto a la frontera con Turquía, donde se subieron varios pasajeros más, y continuamos hacia Atenas. A los pies de la misma escalerilla nos esperaba otra azafata que nos acompañó a un bar del aeropuerto a que nos aprovisionáramos de la cena. Casi se peleó con nosotros para que pidiéramos más.

Una furgoneta de lujo nos llevó al Hotel Holiday Inn, muy cerca del aeropuerto, donde pasamos la noche, y por la mañana nos devolvió de nuevo al aeródromo que lleva el nombre de Elefterios Venizelos, por fin embarcamos para Creta, nuestra amada isla, con un retraso real de medio día, pero habiendo dado una verdadera vuelta aérea por Grecia. En el aeropuerto Nikos Kazantzakis de Heraklion recogimos el coche y nos dirigimos hacia nuestro destino momentáneo: el auténtico y casi virginal este de Creta.

Vista general del pueblecito de Mochlos.

Vista general del pueblecito de Mochlos.

Por el camino pudimos comprobar los estragos que el covid-19 ha hecho en la industria turística: la inmensa mayoría de los establecimientos hosteleros de la carretera estaban cerrados. Pero el trayecto en la ruta por el norte de la alargada isla hasta Sitía encierra una parada siempre apetecible: el minúsculo puerto de Mochlos.

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Allí bajamos para hacer un alto, rememorar otros veranos y tomar una cerveza junto al mar, servidos por Giorgos, el dueño de la excelente taberna Ta Kokilia, al que nos permitimos recordar aquella otra tarde de hace años, cuando comentamos durante un buen rato la estancia de 15 días de Manolo García en el pueblo. El cantante había pasado allí 15 días un invierno, grabando parte de su álbum Salgamos a la lluvia en el estudio del cretense Stelios Petrakis. Y todas las noches, después de las sesiones de grabación, los músicos bajaban a la taberna a cenar, charlar, beber rakí y, por supuesto, seguir tocando. “Grandes noches”, nos dijo entonces.

Vista parcial de Mochlos.

Vista parcial de Mochlos.

El poblado minoico del islote de Mochlos.

Los restos del poblado minoico en el islote de Mochlos.

Esta vez, Giorgos, que sigue regentando la taberna junto al mar milenario y frente al yacimiento minoico del islote cercano, se alegró de que le recordáramos aquellos momentos, nos lo agradeció y sonrió cuando le mostramos una foto en la que aparecíamos juntos. “Eso debe ser de hace ocho años al menos, yo tenía el pelo negro, no me había dejado la barba. La tengo desde que murió mi hijo, y de eso hace siete años…”

Penélope disfrutando de la exquisita 'ajinosalata'.

Penélope disfrutando de la exquisita ‘ajinosalata’ en Ta Kokilia.

Ante el espléndido paisaje del salvaje Este de Creta.

Ante el espléndido paisaje del salvaje Este de Creta.

Era temprano, no pensábamos comer nada, pero recordábamos de otras veces la exquisita ensalada de erizos (ajinosalata) que sirve Ta Kokilia y que se ha convertido en muy difícil de encontrar en las cartas griegas. Preguntamos a Giorgos si la tenía y nos contestó: “¡Bebeos!, es decir, “por supuesto”. Penélope, gran fan del plato, no pudo resistirse a hacer de Mochlos, por un instante, un paraíso aún más agradable.

Con el cuerpo y el alma reconfortados continuamos nuestro viaje hacia Sitía. Allí celebramos cada año, por el mes de septiembre, una cena con nuestros amigos en la ciudad, casi todos profesores. Antes de caer la noche empieza un encuentro grandioso, y siempre en Inodion, un lugar fantástico con una comida natural, tradicional y exquisita elaborada por Gogo, la mujer de Dimitri, el dueño. Y todo regado con un raki destilado por él mismo de sus mismas uvas. Trasegamos grandes cantidades de este aguardiente milagroso que nunca cae mal. Y siempre, Mijalis, uno de esos amigos, nos obsequia con una buena cantidad de ese aguardiente, también hecho por él mismo. Este año vino con una ilusión muy especial porque por primera vez había envejecido su raki en un barril de vino, y nos regaló una hermosa botella. La desventura hizo que a los pocos días la botella volcara en el maletero del coche y se rompiera. Por la mañana cuando lo abrimos, un montoncito de cristales y un penetrante olor a bodega que no se fue en varios días delató el desgraciado percance. Eso sí que fue una auténtica tragedia griega. Lo sentimos, y mucho, por el licor y el por el bueno de Mijalis. Habrá otras oportunidades, espero…

La 'parea' o reunión de amigos en el Inodion. Brindando con raki, de izda a dcha, Mijalis, Ulyfox, Penélope, Gina, María, Sofía, Kyriakos y Andonis.

La ‘parea’ o reunión de amigos en el Inodion. Brindando con raki, de izda a dcha, Mijalis, Ulyfox, Penélope, Gina, María, Sofía, Kyriakos y Andonis.

En esta ocasión había también cosas nuevas que comentar. Buena parte de ese grupo de amigos está poniendo en marcha un proyecto de casa-museo de Vizentzos Kornaros, el escritor renacentista cretense, uno de los más importantes de la época en Grecia, contemporáneo de Cervantes y de Shakespeare y autor de Erotókritos, un poema épico sobre amores imposibles que aún hoy se sigue cantando, y del que no hay cantante cretense que no se precie de haber grabado una versión.

El ejemplar del 'Erotókritos', firmado y dedicado en griego por su traductor al español, José Antonio Moreno Jurado.

El ejemplar del ‘Erotókritos’, firmado y dedicado en griego por su traductor al español, José Antonio Moreno Jurado.

Pues bien, dentro de ese proyecto figura la intención de contar con las traducciones del poema al mayor número de lenguas posibles. Sofía, una de mis amigas, se enteró de que existía una versión en español, a cargo del poeta y profesor sevillano José Antonio Moreno Jurado, pero el libro está descatalogado. Me pidió ayuda, y me fue relativamente fácil dar con el profesor, pedirle su colaboración y ponerlos en contacto. José Antonio Moreno resultó una persona tremendamente amable y colaboradora. El resultado de esa gestión: mis amigos cretenses ya tienen en su poder la traducción al español de su poema nacional, firmada y dedicada por su traductor, y figurará en el futuro museo, y hemos quedado emplazados todos para el día de su inauguración. Ojalá.

Hasta ahora, nunca nos habían permitido pagar en esas largas veladas de comida, raki y charla, a pesar de nuestra insistencia (Dimitris me dijo un día: “Si acepto que pagues tú, Kyriakos me mata….”), pero esta vez Penélope se adelantó y subrepticiamente y, supongo que con la decisión que solo puede mostrar ella, convenció al dueño de Inodion, que poco después vino a contarlo a la mesa. Andonis se levantó y gritó indignadamente divertido: “¡No puede ser, Penélope ha dado un coup d’état! Os puedo asegurar que cuesta muy poco ser feliz con estos amigos.

Playas de Creta, una inquietud inevitable

Ulyfox | 13 de marzo de 2019 a las 9:56

 

Era inevitable, lógico y justo. E incluso bueno para ellos, pero me produce un temblor inquietante. Ha ocurrido, claro: dos playas de la isla de Creta aparecen entre las 25 mejores playas del mundo de la lista de este año de la todopoderosa web TripAdvisor. Que me digan a mí si es justo. Claro que sí, no hay duda. Los amplios, brillantes, bellísimos arenales y lagunas de de Balos y Elafonisi, ambos en la provincia de La Canea allá en el oeste extremo de nuestra amada isla, son únicos, impensables en el continente europeo para el que no las conozca. Perfectamente comprensible que hayan terminado apareciendo en estas abundantes listas por las que el mundo se mueve hoy en día.

Pero a nosotros nos provoca esa inquietud. Las últimas veces que hemos ido a esas playas el temblor ha llegado a ser de estremecimiento. En Balos, la cola de coches aparcados en el inhóspito carril que da acceso al aparcamiento de tierra que da acceso a la playa tras un paseo a pie de media hora tenía una extensión de varios kilómetros. Y eso a finales de septiembre. Qué lejos aquella imagen que pudimos disfrutar en nuestra anterior visita a lo que era un paraíso único, el día del descubrimiento y de la boca abierta ante tal maravilla. Había gente, sí, pero no en las cantidades industriales en las que arriban ahora. Da miedo (al menos a mí) imaginar lo que pueda ser esta temporada… Lo indudable es que el paraje merece toda visita…

En Elafonisi, la de la arena rosada y las aguas transparentes, el efecto es el mismo o incluso más acentuado porque se puede llegar hasta ella por carretera bien pavimentada aunque llena de curvas. Allí acceden miles de autobuses y coches particulares, aparte de los barcos de excursión desde la cercana Paleochora. La invasión de hamacas y sombrillas ni siquiera da abasto para tanto turista. Qué se puede decir: la playa es hermosísima, sorprendente con su aspecto de mares del sur.

Esta inclusión en la lista, incluso este post modestamente puede contribuir aún más a la masificación, que de todas formas es insoslayable… pero al menos, que estéis avisados. No os puedo recomendar que no las conozcáis, pero evitad en lo posible los días y las horas punta. En fin…

Playas que aparecen por milagro en Creta

Ulyfox | 26 de enero de 2019 a las 19:55

Allí abajo está Seitan Limani.

Allí abajo está Seitan Limani.

 

¿Creéis posible que en algunas islas aparezcan playas de la noche a la mañana, que donde no había nada de pronto florezca un lugar que atrae a miles de turistas todos los días? No parece posible pero está ocurriendo. Lo hemos comprobado en las islas griegas, a donde viajamos tan asiduamente, pero supongo que también estará pasando en otros lugares del mundo.

No se trata de ningún milagro, o por lo menos de lo que tradicionalmente se ha entendido como tal. O es que se nos ha revelado otro taumaturgo que se presentara con muchos nombres, tales como TripAdvisor, instagram, facebook o whatsap. Os pongo un ejemplo, con nombre raro: Seitan Limani, cuya traducción vendría a ser algo así como ‘Puerto de Satán’, un nombre entre turco y griego.

¿Y qué es Seitan Limani? En todos los carteles que ofrecen paseos en barco por los alrededores de La Canea, en Creta, se anuncia como ‘playa’, aunque en realidad es un entrante del mar en un enclave pedregoso, con un arenal de unas pocas decenas de metros de longitud que es el principio de una corta garganta. Os puedo asegurar que hace un par de años no lo conocía mucha gente que no fuera un habitante de algunos de los pequeños enclaves en la redonda península de Akrotiri.

Una aproximación a Seitan Limani.

Una aproximación a Seitan Limani.

Sí, claro, es una preciosidad en los días buenos, con sus aguas turquesas y calmadas flanqueadas por los altos acantilados, a modo de piscina natural. O debía serlo antes. Ahora, el final de la precaria carretera que llega a ella está atestado de coches, y en la playa la gente se amontona, pese a que desde el aparcamiento hasta el agua hay un camino empinado y muy peligroso. Nada de ello es obstáculo para que durante todo el verano el lugar, incómodo y sin ningún tipo de servicio, se abarrote. El verano pasado, un joven perdió la vida al hacerse un ‘selfie’ mientras descendía por el sendero. Algo incomprensible siendo Creta una isla a la que sobran playas espléndidas de todo tipo.

¿Cómo empezó esta locura? No lo sé pero me es fácil imaginarlo: alguien se hizo una foto, o varias, y empezó a pasarlas en su red social, otros muchos lo repitieron y todo eso, unido al fenómeno reciente del turismo masivo, hizo el resto.

En nuestro último (una forma de hablar) viaje a Creta, nosotros nos acercamos a comprobar el fenómeno, pero nos bastó con observarlo desde las alturas de una iglesia cercana para comprobar que no es lo nuestro. Que sí, que nos hubiera encantado ser de los primeros en descubrirlo, pero que ahora no queremos ser los que se levanten de madrugada para ser los primeros en llegar a Seitan Limani.

Un baño en Staousa.

Un baño en Staousa.

En verdad, Staousa es de gran belleza.

En verdad, Staousa es de gran belleza.

Y hay más ejemplos: en la lejanísima costa sureste de Creta, donde tenemos nuestro rincón más querido, el litoral se recorta en decenas de calitas y pequeñas playas. Rincones solitarios en una tierra casi despoblada, playas que parecen creadas por desprendimientos provocados por el embate de las olas en los temporales de invierno, refugios para bañistas solitarios. Nadie iba por esa parte de Creta cuando la conocimos. Ahora, miles se han hecho fotos en pequeñas maravillas como Staousa, Kaló Neró, Kalami o Moni Kapsa, todas en las cercanías del monasterio que lleva este último nombre, una afición en inicio que amenaza la tranquilidad de estos lugares.

En esta parte, donde está nuestro proyecto de casa, aún no es extremadamente peligroso, pero no dudamos que se producirá esta misma invasión en breve. De momento, aún se pueden ver las cabras por la carretera costera como síntomas andantes de autenticidad. Pero, por si acaso, no contéis estos nombres a nadie…

Una cabra ante el Monasterio (o Moni) Kapsa, en el sureste de Creta.

Una cabra ante el Monasterio (o Moni) Kapsa, en el sureste de Creta.

El vuelo más corto del mundo

Ulyfox | 15 de abril de 2018 a las 18:38

El avión de Sky Express, en su escala en Kasos.

El avión de Sky Express, en su escala en Kasos.

Todo está dispuesto a bordo del avión de la línea Sky Express en el aeropuerto de Kárpathos. El avión bimotor de turbohélice con destino a Sitia, en Creta, empieza a rodar por la pista. Despega y a los dos minutos la azafata dice: “Iniciamos el descenso al aeropuerto de Kasos”.

Esta es la cortísima historia del vuelo más corto del mundo. Kasos es casi como una escala inevitable, como un pequeñísimo salto de pulga, pero seguramente le ha dado sentido y rentabilidad a un vuelo entre las islas de Kárpathos y Creta que tal vez no existiría sin esta casi broma. Los pasajeros, apenas una decena, descendimos y esperamos en la pequeña sala del aeródromo, casi sin tiempo ni para ir al servicio si alguien lo hubiera necesitado. El avión vuela a muy baja altura, claro, no tiene tiempo de subir más y uno viaja casi tocando las olas. Es cómodo, tranquilo y todo el pasaje sonríe ante lo singular de esta experiencia, duda de si merece la pena bajarse, pero ahí la tripulación es clara: todo el mundo tiene que hacerlo.

Luego sí, ya el segundo salto hasta Creta es sólo una mijita más largo, y al menos merece el nombre de vuelo. Sin embargo, no merece que se cuente nada sobre él.

No paramos

Ulyfox | 2 de mayo de 2016 a las 20:17

Santa María del Naranco, tantas veces deseada, junto a Oviedo.

Santa María del Naranco, tantas veces deseada, junto a Oviedo.

 

Que no, que aunque lo parezca no hemos estado parados. En realidad no hemos parado quietos, si le preguntáis a mi madre. Que el blog lo tengo blogqueado, es verdad. Que no sé si es falta de tiempo o tiempo de faltas, pero así andamos. Pero que sí, que os cuento, que hemos seguido viajando.

Que empezamos el año en el otro extremo de España, allí donde lo más al norte, en tierra de osos y montañas, y de principios de muchas cosas. En Asturias recibimos el año, prácticamente. Algo más de una semana para conocer una de las pocas comunidades españolas que nos quedaban, la más antigua si se tiene en cuenta que por allí se empezó a reconquistar España a los moros, según nos enseñaron. Sí, lo contaremos, confiad en mí, que me quedan varios cientos de entradas hasta alcanzar los mil sitios tan bonitos como Cádiz. Ya os puedo adelantar que hemos conocido algunos más.

Y que al poco tiempo, aprovechando el Día de Andalucía, juntamos una semana para revisitar nuestra Creta, maravillosa en invierno, sin apenas turistas, con los cretenses ocupados en sus cosas, que son muchas y buenas. Que nos pegamos una paliza de viaje para respirar un poco de nuestro aire, que nuevamente fuimos como aquellos emigrantes que trabajan fuera y regresan en cuanto que puedan a su tierra, aunque eso os lo hemos contado.

Y poco después, cruzamos la Península hacia el lejano Este, tierras murcianas fértiles en alimentos y abrazos de viejos amigos. Y conocimos otras salinas, otros salazones y otras historias tan parecidas a las que por aquí nos mantenían y aún nos entretienen. En Murcia, en Cartagena…

Y no contentos con estas cabalgadas a lomos de un coche ruidoso, aún hemos tenido fuerzas en este Puente y, recién, acabamos de llegar de Sintra, ese paraíso verde y empinado junto al mar de Lisboa y Cascais. Desmontando la maletas estamos.

Y que todo esto, arañando tiempo, os lo contaremos, si es que aún seguís ahí.

Creta para nosotros

Ulyfox | 9 de marzo de 2016 a las 13:34

La calle Kondilaki, de La Canea, solitaria en febrero.

La calle Kondilaki, de La Canea, solitaria en febrero.

 

Desayuno en el puerto de La Canea. Imposible empezar mejor.

Desayuno en el puerto de La Canea. Imposible empezar mejor.

Como no tenemos remedio, hemos vuelto a Creta en cuanto hemos tenido una pequeña oportunidad. Una semanita en la isla del Minotauro, como nuestra particular forma de celebrar el Día de Andalucía, que para ser libres nosotros hemos extendido, como manda el himno, a la Humanidad. No es para daros envidia, aunque deberíais tenerla. Y, como en dos anteriores ocasiones, hemos amado más esa tierra, en invierno, ahora que no está invadida de turistas y el espíritu cretense no siente la necesidad de hacer pactos económicos con nadie.

Un establecimiento, a la espera de que comience la temporada, en La Canea.

Un establecimiento, a la espera de que comience la temporada, en La Canea.

Casi no habría mucho que contar de esta visita, que a nosotros ni siquiera nos pareció una salida al extranjero. Más bien, ha sido como esa vuelta que hacen en determinadas fiestas a su pueblo las personas que están trabajando fuera. Esa ha sido la sensación. Ocasión para reencontrarse con viejos conocidos, sentarse en los cafés acostumbrados y recolocarnos en nuestras tabernas de siempre. Comprobar que la vida no se para, que en Creta afortunadamente la crisis no está golpeando como en otros lugares de la maltratada Grecia. Ellos reciben en temporada el maná del turismo y en invierno limpian y adecentan, y los más se dedican a sus labores en el campo, que pasa a ser en muchos casos casi un hobby felizmente productivo: recolectar aceitunas, hacer aceite, destilar raki… Y en medio de todo eso, los fines de semana siempre hay tiempo para el esparcimiento familiar.

El singular y bellísimo monasterio de Gouvernetos.

El singular y bellísimo monasterio de Gouvernetos.

Era de admirar la noche del sábado, con una temperatura fantástica, el puerto de La Canea lleno de gente que abarrotaba las tabernas en medio de la música tradicional, bailando cuando se sienten ellos, convidando a raki al foráneo que pasaba por allí. Y la estampa repetida al dominguero día siguiente, esta vez con un sol radiante y desfile de familias por los muelles que dejaron los venecianos.

En los pueblos, la gente arreglaba sus negocios para abrir dentro de un mes o en un par de semanas, en La Canea los cada vez más exquisitos establecimientos perfilaban los detalles para tenerlo todo a punto, en el palacio de Cnosos se terminan trabajos de renovación para abrir nuevas zonas al público que dentro de nada circulará por entre estas maravillosas piedras minoicas milenarias… todo está por llegar. El tiempo se portó hospitalaria y amigablemente con nosotros. Parece que este invierno ha sido en Creta tan benigno como por aquí. No tan lejos, las Montañas Blancas (Lefká Ori) mostraban manchas de nieve y no esa gran capa de otros febreros. Sólo durante un momento, en una fugaz visita a la playa de Marathi, muy cerca de La Canea, el temporal de viento azotaba la orilla y el clima compuso una estampa realmente invernal para nosotros. Pero a la vuelta de la esquina, la calma volvió.

Por un momento pareció invierno en la playa de Marathi. Nieve al fondo.

Por un momento pareció invierno en la playa de Marathi. Nieve al fondo.

Y en este calmo ambiente, pudimos entrar por fin en el misterioso monasterio de Gouvernetos, en la península de Akrotiri, revisitar Agia Triada, repasear Rethymnon, disfrutar Heraklion, casi todo en familia, así en la intimidad, Creta para nosotros.

Y encima, coincidió la visita con la comunicación por parte de Anaya Touring de que la primera edición de nuestra guía de Creta, incluida su reimpresión, se ha agotado. Está decidida la segunda edición, y nos encargarán su actualización, así que… vale, aceptamos que os damos envidia.

¿Véis lo que os digo?

Ulyfox | 26 de abril de 2015 a las 20:06

Vista panorámica de Pefki, el pueblo cretense donde tenemos nuestro trocito.

Vista panorámica de Pefki, el pueblo cretense donde tenemos nuestro trocito.

Ya sé, ya lo sé, que hablo mucho de Creta, que digo que es la mejor tierra del mundo, que proclamo que su gente es maravillosa, que publico que la tierra cretense es recia y hermosa, y natural y auténtica. Pues bien, me he sentido, nos hemos sentido tremendamente respaldados en nuestra pasión por este documental que pdéis ver si pincháis en este enlace y tenéis la paciencia de dedicar casi una hora a verlo y disfrutarlo. Nosotros, además, lo entenderéis, nos hemos emocionado:

http://www.rtve.es/alacarta/videos/grandes-documentales/grandes-documentales-islas-griegas-creta/3105182/

 

Anteriormente habíamos visto otro capítulo de esta misma serie, el dedicado a las islas Cícladas, ya sabéis: Santorini, Mikonos, Paros… y la emoción fue parecida. Me gusta esta serie porque ignora las postales turísticas y va a retratar a las personas en su ambiente, en su trabajo, en sus alegrías, en sus durezas, en sus sentimientos. Con alguno de los que salen aquí hemos hablado nosotros, lo hicimos cuando estuvimos recorriendo Creta para la guía: fue con Stefanakis, el constructor de liras y laúdes, en el maravilloso pueblo montañero de Zaros, el auténtico mantantial de Creta a los pies del monte Psiloritis. Y hemos sentido no haber hablado con todos y cada uno de los protagonistas. Pero os juro que mucha gente es así en esa isla, como dice el documental, la auténtica cuna de Europa. Allí, donde tenemos quizá nuestro futuro

 

La vida sana

Ulyfox | 19 de abril de 2015 a las 13:58

Ancianos a la puerta de los cafés en Arhanes, Creta.

Ancianos a la puerta de los cafés en Arhanes, Creta.

Esto ya lo sabíamos, sin saberlo:

http://www.elmundo.es/espana/2015/04/07/552271eeca4741811f8b457c.HTML

 

Se trata de que la vida sana, la vida humilde y los alimentos naturales son fuente de salud. Quizá también, quién sabe, que la falta de ambiciones desmesuradas, la ausencia de objetivos inhumanos de poseer quién sabe cuántas cosas, de ignorantemente saber de casi todo, de supuestas conversaciones a través de pantallas, de prisas y exigencias sin sentido, puede hacer al ser humano casi inmortal o despreocupadamente mortal.

O tal vez el secreto sea ser consciente de los años que se tienen encima, y no querer ser el joven de 80 años que pintan los anuncios de agencias de viajes o de seguros. Esa mentira de que la vida no cambia aunque se sea mayor. Claro que cambia, y no tiene que ser a peor. Estamos hartos de ver cómo en las islas griegas (no hemos estado en Icaria) los viejos hacen vida de viejos, que no quiere decir estar muertos: se ocupan lentamente de una taberna con pocos clientes, cuidan pausadamente de un huerto pequeño, cobran en la caja de los supermercados, se sientan a las puertas de los cafés charlando lo justo con sus numerosos compañeros de tertulia silenciosa. No suspiran por ir a un crucero o porque sus hijos los saquen de paseo al centro comercial, y se prestan sonrientes a la foto del turista.

Tal vez por eso, porque a partir de ciertos años pasan la vida lentamente, la muerte también les llegue a paso de anciana.

La vida sana en el puertecito de Naussa, en la isla de Paros.

La vida sana en el puertecito de Naussa, en la isla de Paros.