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Tiburón en Santiago

Ulyfox | 20 de marzo de 2012 a las 14:06

En la Casa de la Trova de Santiago de Cuba, hace 27 años (y medio)

¡Tiburón! gritó el hombre negro viejo, uno de los muchos hombres negros viejos que se encontraban a esa hora increíble del mediodía dentro de la Casa de la Trova en Santiago de Cuba. Tiburón había pasado junto al local, al otro lado de las altas puertas, diría yo que caminando con aires de Pedro Navaja con sombrero y todo. Y debía de ser una figura admirada, porque los soneros que estaban dentro insistieron en la llamada y le hicieron pasar. Al poco tiempo, el negro joven y alto estaba interpretando sones con los mayores que bebían ron añejo a pelo en unos vasos medianos como los que aquí se usaban antes para poner el café en los bares. Tiburón tuvo su momento de gloria y mostró sus talentos cantando entre los vivas de sus incondicionales (¿fue así?).

En el castillo de Santiago de Cuba (sed indulgentes, era nuestro viaje de novios)

Esa escena es el recuerdo más vívido que me queda de aquel primer viaje, hace ya más de 27 años, el que pasamos en Cuba. Fuimos a Santiago en una visita facultativa que se nos ofreció durante una estancia final de cinco días en Holguín, un balneario con una playa estupenda. Lo preferimos al curso de submarinismo que también se ofrecía, y que tampoco era mala opción. De Santiago, la Perla del Caribe, recuerdo entre la bruma de la memoria su gran ambiente musical, la calle Padre Pico con sus escaleras, su inmenso puerto allí abajo, el palacio del Capitán General, el museo Bacardi… no sé si algo más. Sí, el largo viaje en autobús atravesando la gloriosa Sierra Maestra. Y la Casa de la Trova y su ron, claro, y alguna conversación sobre Bola de Nieve y Antonio Machín con aquellos extraordinarios músicos viejos y negros, intérpretes de la música más genuinamente cubana, el son. Porque volvimos otra vez, era de noche, creo, y los jóvenes tocaban música en las calles. O tal vez eso fue antes de lo de Tiburón. Compramos ron.

¡Va por ustedes ese auténtico mojito! Éramos tan jóvenes (obsérvese pecho lobo con cadenita)

Tengo la impresión de que no aprovechamos bien ese viaje primero, que éramos demasiado inexpertos, tal vez temerosos, y pobres, por supuesto. Ni siquiera tenemos tantas fotos, o a lo mejor las he perdido. Ahora lo haríamos de otra manera y que no perderíamos tanto tiempo cambiando dólares en el mercado negro. No sé. Para todo hay que saber. Por eso ahora intentamos exprimir, no entrar en circuitos organizados y vivir las experiencias por nosotros mismos. Sin despreciar ninguno de los otros métodos, por supuesto. Y tal vez volvamos.

Plus Ultra

Ulyfox | 9 de junio de 2010 a las 1:05

 

Plaza de la Independencia de Montevideo

Plaza de la Independencia de Montevideo

Me dice mi eterno amigo Paco Piniella que me atreva a pasar las columnas de Hércules, que existe el Mundo más allá del Mediterráneo. No es cobardía ni falta de espíritu viajero. Debe de ser que me quedé en los confines del mundo conocido allá por los tiempos de griegos y romanos. Pero bueno, algo de más allá conozco. De hecho, Penélope y yo fuimos de viaje de novios hace ya… ¡tan poco tiempo! a Cuba, antes de que el mundo comunista se derrumbara. Aún existía la Unión Soviética. Y luego ¿vale Canarias, Paco? Y ese inolvidable viaje a Montevideo y sus carnavales. Y más de media Europa, París, Londres, Praga, Viena, Suiza, Austria, Países Bajos, nórdicos… Pasa también que las fotos antiguas no las tenemos digitalizadas y ¡ay, la tecnología! Aunque lo que pasa de verdad es que uno no elige de quien se enamora, y por eso hemos vuelto más de veinte veces a Grecia. Y nosotros somos viajeros antes que coleccionistas de lugares. Es verdad que nos hemos vuelto redundantes con el Mediterráneo, con Grecia, con Italia, con Croacia, con Turquía, con Egipto. Tantas cosas pasan y han pasado siempre alrededor del Mare Nostrum, tantas nos tienen que pasar… Ocurre que sus atardeceres nunca nos cansan, al revés, nos descansan. Ocurre que su gente nos gusta. Ocurre que en una pansiyon turca, descalzos, hemos desayunado aceitunas y requesón. Pasa que en un precioso pueblo de Lesbos, griego pero lleno de casas otomanas, sin conocernos de nada, alguien nos prestó dinero una noche para cenar, y pasó que, cuando yo le pregunté si se fiaba de nosotros, su respuesta llena de lógica antigua me hizo llorar: “¿Por qué no?”

Tengo en mis sueños Buenos Aires, México, Brasil, Jordania (mediterráneo de nuevo, Petra ¿me moriré sin verte?), Siria (Palmira, dios), Nueva York por qué no, China, India, África negra, la Polinesia francesa. Siempre terminamos diciendo por el mismo precio de un día, una semana en una isla griega. Que los dioses nos sean propicios y nos concedan vidas para tantos mundos.

Pero, Paco, como prueba ahí van algunas muestras antediluvianas, digitalizadas de aquella manera, de nuestro primer viaje a la perla de las Antillas: “Cuba, qué linda es Cuba; quien la defiende la quiere más” nos cantaban. Ese soy yo, lo juro, y la que tiene pinta de Ava Gardner en Mogambo, en una postura incómoda pero ya armada con su cigarro, es Penélope recién casada, hace ya ¡tan poco tiempo!

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