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¿Dónde nacen los dioses?

Ulyfox | 18 de junio de 2012 a las 19:32

La enorme hendidura de la Cueva Diktea

Uno puede creer o no creer en estas cosas, pero lo que es cierto es que uno siempre quiere creer. Que hay dios que arregla cosas, que hubo dioses que cuidaron de nosotros. Como el niño que no deseamos abandonar, suspiramos por que los personajes de la mitología, los héroes, los titanes, las diosas arteras y las sabias, las nereidas y las sirenas, los habitantes del Olimpo y del Hades hayan existido. Da igual si fue así, en Creta tienes que creer en el Minotauro, en Ariadna y Teseo, en el rapto de Europa por Zeus, en el trabajoso nacimiento y crianza de este mismo en una remota cueva de Creta.

Desde las entrañas de la tierra. Aquí jugó Zeus de niño

Si queremos ser creyentes, en esta isla que estamos recorriendo está el lugar donde la diosa Rea escondió a su  hijo Zeus para protegerlo de la terrible costumbre de su esposo, Cronos, de zamparse a sus descendientes para evitar que le arrebataran el trono. Rea, mujer al fin, engañó a su marido dándole a comer una piedra envuelta en pañales. Cronos, hombre al fin, se lo creyó. El lugar del engaño se llama Cueva Diktea, y está muy cerca de un pueblo agrícola de los que rodean la meseta de Lasithi, una llanura que se descubre después de subir más de 800 metros sobre el nivel del mar por una carretera rodeada de verdes árboles. Nosotros fuimos llenos de credulidad.

Rusos vestidos para la ocasión en la mitológica cueva.

Como de todo se hace negocio, hay dispuesto un gran parking muy cerca, con varios bares, tabernas y tiendas de recuerdos, para que el turista voraz sacie su sed de historia y mitología a su manera. A la cueva se llega por un abrupto camino de casi un kilómetro de subida, y es hermosa, profunda y llena de humedad. O debe de serlo si no te encuentras con una excursión de rusos que suben y bajan por las bien dispuestas escaleras. El lugar puede llegar a ser mágico cuando ellos se van y uno puede quedarse a rogarle al gran Zeus por nuestro trágico destino, y salir del santuario lleno de esperanza para admirar las hermosas vistas de la meseta. En la soledad, cuando cae la tarde, seguramente debe de ser fácil imaginar los cuidados de Rea a su hijo Zeus, que tanto habría de dar que hablar, que amar y odiar por los siglos de los siglos. No cabe imaginar Creta sin su hijo más predilecto, que a la vez fue padre de todos los dioses y de los humanos, diciendo guguuu tataaaa en las profundidades de la tierra, en la cueva más mítica del mundo.

El descenso desde la cueva a la hermosa meseta de Lasithi, al fondo.

Ese dios

Ulyfox | 6 de enero de 2011 a las 1:12

No hay fotos. Lo siento. No están permitidas. Estamos hablando de cuevas con pinturas rupestres. Paleolítico superior. Cantabria está sembrada de ellas. Paredes y techos llenos de ciervas, caballos, bisontes. Pintadas con enorme esfuerzo. Se supone que en posturas incomodídisimas, en el fondo de cuevas que no eran para vivir, sino para ser utilizadas como santuarios, sin luz, casi para que no las viera nadie. Allí el Cromagnon de genio artístico cogía el óxido de hierro de las paredes, lo hacía polvo y lo mezclaba con agua, y con sus dedos, o con un rudimentario pincel o muñequilla de piel hacía salir de esa pared el bisonte que llevaba dentro.

Visitamos la cueva de El Castillo, habitada desde hace 150.ooo años, la de El Pendo, 83.000 años que nos contemplan, la réplica de Altamira con esos bisontes plantados, encogidos, polícromos. Dijo Picasso que desde Altamira hasta ahora, en pintura, todo es decadencia. Aun réplica, emociona el genio de aquel pintor iletrado que aprovecha los volúmenes y sombras del techo para moldear un animal con la cabeza vuelta en rojo y negro. Bajamos a la cueva de El Pendo como únicos visitantes en muchos días, y en un friso natural aparecen como por magia, al encenderse los focos poco a poco, un grupo de ciervas huyendo para acá y para allá, en una perspectiva primitiva que me emociona.

Se siente uno solidario de aquellos hombres, ya como nosotros, luchando con los elementos y sintiendo el pálpito artístico a la vez que la necesidad de recolectar y cazar, a cobijo del vestíbulo de la cueva, al calor del fuego preservado con esfuerzo. No sé si valía la pena tanto esfuerzo para acabar como hemos acabado. Digamos que sí. Venid a Cantabria y visitad sus cuevas, nuestros hogares antiguos, nuestra historia gloriosa. El Hombre, ese dios. Si conservamos algo de aquel genio y de aquella fuerza, tal vez no todo está perdido.

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