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La desanimadora de Montevideo

Ulyfox | 31 de mayo de 2010 a las 1:35

La desanimadora de Montevideo, en plena euforia

La desanimadora de Montevideo, en plena euforia

 

Jorge Drexler es uruguayo. Hace sólo unos días dio un hermoso, emocionante, multitudinario e íntimo a la vez, grande y pequeño concierto en el Teatro Falla de Cádiz. En varios momentos de su actuación sonó la clave del candombe, compás de los negros traídos como esclavos a Uruguay y una de las raíces del Carnaval montevideano, junto con la murga gaditana. Para mí fue doblemente significativo porque me recordó un estupendo viaje de hace casi un año y medio a la capital de la República Oriental, uno de los pocos en los que no ha estado Penélope, el descubrimiento de que sí hay cosas que unen las dos orillas del Atlántico, de que compartimos tantas cosas. En ese viaje al Carnaval uruguayo, gentilmente invitados por la Intendencia, vivimos los periodistas una semana grande, reveladora, trasatlántica, inmersión en un mundo que a mí me pareció más humano y responsable, más solidario y concienciado que el que dejamos a este lado del charco. Me pareció.

En esa excursión grande me impresionaron grandemente dos cosas:  el retumbar de los tambores en el Desfile de Llamadas por el barrio negro, vibración hasta el corazón de los cueros y la madera, casi trance, y una noche en un autobús (que allí llaman camión o bañadera), compartiendo carretera y escenarios con una de las murgas punteras: los Curtidores de Hongos. Curtidores, grandes e irónicas letras, traía el año pasado un espectáculo llamado Los Desilusionistas.Visitamos varios barrios a bordo del camión. La murga bajaba, interpretaba su repertorio, y salía corriendo camino a otro tablado. Cuatro o cinco cada noche, durante los 40 días que dura el Carnaval de Montevideo. Esa velada, la bañadera hizo estación en el barrio de Lagomar, y sobre el tablado la animadora, bastante animada, se empeñó en hacernos subir a los periodistas que veníamos de México “¡y de Espaañaa, de Cáááadiz, la cuna de nuestro Carnaval!”, con la mala puntería de irrumpir en mitad de la retirada del grupo, momento culmen para las agrupaciones montevideanas. Nosotros (sobre todo yo) hacíamos el idiota sobre el tablado y a los amabilísimos, divertidisimos Curtidores, se les iba poniendo cara rara. Yo no lo aprecié hasta que volvimos al camión y oí las maldiciones contra la “hijap”. Uno gritaba: “Estuve a punto de decirle si te parece nos callamos y seguís hablando vos”. “Es más bien una desanimadora”, decía otro. “Ha sido como si estás enganchando con la novia y llaman a la puerta y es el padre de ella”, sentenciaban junto al conductor. Me avergoncé de haber colaborado en parte al estropicio, y balbuceé: “Entonces, he hecho el idiota”. Ernesto Muñoz, uno de los integrantes, demostró su amabilidad: “No, lo de vos estuvo bárbaro, es ella la culpable”. Me avergoncé igual, y lo malo es que Julio González tomó documento gráfico de la inusual escena, como muestra la foto de arriba. Pero eso no pudo empañar la singularidad mágica y festiva de esa noche montevideana “a marcha camión” con las voces del coro y el ritmo frenético de la batería de la murga uruguaya, bajando de los tablados entre tambores, enfilando de nuevo, una y otra vez el autobús, abandonando escenarios ese día y otros, Lagomar, Malvín, Teatro de Verano, Velódromo, Monte de la Reina…

Doble agradecimiento a Jorge Drexler, por su música y por el recuerdo.