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Symi, la perla del Dodecaneso

Ulyfox | 4 de noviembre de 2018 a las 19:54

Symi, derramándose hacia el puerto.

Symi, derramándose hacia el puerto.

 

Ulyses, el gran Odiseo, pródigo en ardides, ya lo sabía y lo comprobó bien: no te puedes fiar del aparentemente calmado Mediterráneo. El Mare Nostrum puede albergar dentro de sí la mayor de las furias, presta a desatarse a cualquier hora aunque por la mañana, o la noche anterior, su superficie ofrezca una cara amable. Nosotros también lo sabemos, y más de una vez lo hemos comprobado. Esta vez nos tocó en un movido viaje, a bordo de un catamarán de pretencioso nombre, el ‘Dodekanisos Pride’, ‘Orgullo del Dodecaneso’.

El puerto, desde las alturas de Horió.

El puerto, desde las alturas de Horió.

Partíamos desde Kastellorizo, y la cosa no pintaba tan mal: día soleado y viento ligero. Y el inicio de la navegación lo corroboró, mientras el barco surcaba aguas muy cercanas a la costa turca. Se movía pero nada excesivo. Sin embargo, en cuanto enfiló hacia Rodas, primera escala, y cuando Turquía se alejó en la vista, el orgulloso catamarán pareció tornarse en paquebote (permitidme el juego de palabras) y daba saltos sobre las olas o se balanceaba de proa a popa y de estribor a babor de una manera que nos hizo recordar que tenemos estómago. Sí, preferimos tumbar el asiento y no mover la vista, sin que estas maniobras corporales parecieran hacer mucho efecto sobre nuestro aparato digestivo. La bolsa de papel estaba a mano por si acaso. Podéis imaginar lo que es una hora y media así, muchas veces al borde del vómito, que aguantamos como dos auténticos aprendices de marinos.

Uno de los empleados del barco pasó varias veces preguntando a los pasajeros si se encontraban bien (íste endatsi?, “¿están bien?) La mayoría prefirió no abrir la boca y sólo hacer muecas como de “qué quieres que te diga”. Una mujer en un asiento trasero ni siquiera podía gesticular, y no paró de toser y vomitar. Pobre.

Panorámica del puerto.

Panorámica del puerto.

La cosa se calmó al acercarnos a Rodas, donde la entrada fue pacífica, atracando el barco frente a las magníficas murallas medievales de la Ciudad de los Caballeros. La escala fue de apenas media hora, para recoger a más pasajeros y dirigirnos a nuestro destino de ese día, la impar isla de Symi, y su precioso puerto lleno de casas neoclásicas de colores, tal vez uno de los más bonitos del mundo. El viento se calmó bastante, el barco se hizo más amable, y la rada natural nos recibió con un mediodía soleado que presagiaba, como resultaron, dos cortos, inolvidables, asombrados días.

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Una muestra de los colores que bañan las casas de Symi.

Una muestra de los colores que bañan las casas de Symi.

A salvo en tierra, ya sólo era posible disfrutar de esta pequeña y recortada isla griega asediada por dos estrechas penínsulas turcas que forman a su alrededor como una pinza otomana. Hay pocas bellezas comparables a su puerto natural, donde está el asentamiento llamado Gialós (la Costa), rodeado por una especie de teatro policromado de edificaciones que trepan por la montaña, hasta el pico con cúpula del núcleo de Horió (el Pueblo).

La Kali Srata, el Camino Bueno que sube y baja a y desde Horió.

La Kali Srata, el Camino Bueno que sube y baja a y desde Horió.

Symi es desde hace décadas un lugar de parada para un turismo de cierto aire selecto: gente con yates que ya usaban bermudas cuando para el resto de los mortales eso se llamaba pantalones cortos. Los estrechos muelles de Gialós están llenos de mástiles, de veleros al uso o de las preciosas goletas turcas que hacen excursiones y cruceros desde las cercanas Mármaris, Datça y Fethiye. Y ahora se le han añadido cruceristas, numerosos grupos de viajeros de unas horas o de un día desde Rodas. Y muchos, muchos más que se quedan varias jornadas, lo que ha traído el aumento de alojamientos y, por supuesto, de conexiones marítimas. Este año se está acabando un nuevo puerto, con capacidad para grandes ferries, consecuencia inevitable. Pero el lugar no ha perdido hermosura, sino al contrario, aunque ha ganado en aglomeraciones.

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La playa de San Nicolás es la más cercana al pueblo, accesible por un sendero.

La playa de San Nicolás es la más cercana al pueblo, accesible por un sendero.

Y, lo más curioso, ha crecido el número de playas. Entendedme, las playas no han aparecido de la nada. Estaban ahí, en recodos entre acantilados y al final de las torrenteras. Pero no había, ni hay, carreteras para llegar a ellas. En los últimos años se han puesto en marcha numerosos taxis acuáticos y barcos medianos que acercan a los turistas hasta esos escondidos arenales. Y la más cercana al pueblo, la de San Nicolás (Agios Nikolaos) es más fácil de alcanzar ahora andando, por un sendero muy bien arreglado, que aquella vez que lo intentamos hace ya muchos años. Hasta ella nos acercamos, pasando antes por la preciosa bahía de Pedi, un pequeño grupo de casas con un embarcadero a la que se llega rápidamente en microbús ‘urbano’.

Colores de viejas mansiones en Kalí Strata.

Colores de viejas mansiones en Kalí Strata.

Hemos estado en Symi tres veces. Nos fascina su mezcla de colores y su puerto único. No estamos solos en nuestra admiración. Es difícil decidir si es más bello pasear por el puerto y sus calles aledañas o trepar hasta Horió y desde allí ir descendiendo por la llamada Kalí Strata (Camino Bueno) entre viejas mansiones de armadores, muchas de ellas en ruinas pero muchas también restauradas de manera preciosa. Se va descendiendo y cada rincón, cada callejuela ofrece una visión nueva, diferente y hermosa del puerto. Es un paseo gozoso. Y único.

Ambiente en las alturas de Horió.

Ambiente en las alturas de Horió.

Nos alojamos en los apartamentos Odyssia, en un extremo del puerto, algo alejado del ajetreo y con una vista fantástica, además de contar con una taberna muy buena en los bajos. Cosas de los griegos isleños: las dos primeras cervezas eran siempre de invitación, y algún extra gratis siempre cayó. Y los dueños, una familia de allí, eran grandes conversadores, lo que te daba ocasión de practicar el griego con su indulgencia. Y eso que tanto el padre como la hija eran grandes políglotas. Ideales anfitriones en la isla ideal.

La mañana en los apartamentos Odyssia.

La mañana en los apartamentos Odyssia.

 

Y el anochecer en Gialós.

Y el anochecer en Gialós.

Kastellorizo, el refugio del Mediterráneo

Ulyfox | 17 de octubre de 2018 a las 0:39

Kastellorizo a veces  no parece real.

Kastellorizo a veces no parece real.

 

No hace tanto que hemos vuelto, pero no de las vacaciones, sino de nuestra vida allí, en Grecia. Aún conservamos una leve huella del sol del Egeo en nuestra piel, muy leve a la vista pero muy profunda en nuestra dermis (ay, esa lengua griega). Como las capas de cal que acumulan desde hace siglos las casas de las Cícladas deben ser las capas que nuestro cuerpo ha ido añadiendo durante las dos décadas y media que hace que visitamos la eterna Hélade, sin cansarnos. Cada año acudimos a que nos den esa lámina protectora que necesitamos para andar el resto del año. El color se va, pero os juro que la imprimación permanece.

Así que aquí estamos, por supuesto haciendo planes ya para el año que viene, de nuevo lamentando que esta vez tampoco hayamos podido extender nuestra estancia hasta alcanzar, a finales de octubre, las fiestas de destilación del raki en Creta, con nuestros amigos. Brindaremos por ellos en pocos días, porque algo de ese elixir sí que nos hemos traído. Para compartir, por supuesto, porque, si no, no tiene sentido.

Recién aterrizados en el aeropuerto de Kastellorizo.

Recién aterrizados en el aeropuerto de Kastellorizo.

Este año el periplo ha sido largo e intenso, un mes lleno de descubrimientos y de reencuentros como pedía Kavafis, de norte a sur y de este a oeste del privilegiado país griego que tanto amamos. Aterrizamos una noche en Rodas el 1 de septiembre y, después de una espléndida cena tardía en la Taberna Nireas y de unas pocas horas de sueño, nos embarcamos en un avioncillo de camino a la isla de Kastellorizo, un diminuto trozo griego a un tiro de piedra de la costa turca, a poco más de media hora en barco desde la bella Kas. El amanecer nos pilló tomando tierra en el aeropuerto de Kastellorizo, una pequeña pista entre riscos. Y a partir de ese momento, tres hermosos días en los que estirar el tiempo, que ya por sí solo tendía a estirarse allí.

La vista desde la habitación del Hotel Kastellorizo.

La vista desde la habitación del Hotel Kastellorizo.

Casi lo primero que hicimos nada más llegar y tomar posesión de la habitación en el hotel que lleva el mismo nombre de la isla (habíamos estado allí también hace lo menos 15 años), fue darnos un baño en el puerto, a pie del hotel, mientras los amables propietarios nos preparaban un café con un dulce casero. La mañana era luminosa, el viento estaba en calma, la temperatura ideal… creo que en estas tres frases he definido la perfección.

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Café y baño para empezar el periplo griego en el puerto de Kastellorizo.

Café y baño para empezar el periplo griego en el puerto de Kastellorizo.

Kastellorizo (derivado del nombre que le pusieron los italiano Castello Rosso, y también llamada Megisti o Meisti por griegos y turcos, es poco más que un puerto precioso, con algunas (cada vez más) casas rehabilitadas, y en cierta forma salvada de la desaparición por el turismo, escaso pero entusiasta. Llegó a tener 15.000 habitantes y a ser una de las escalas más importantes entre Turquía y Chipre. Ahora son tres centenares escasos las personas que residen permanentemente en la isla, después de la despoblación que sufrió en el pasado siglo, sobre todo con la emigración a Australia. En la actualidad, muchos de los hijos de aquellos que se fueron están volviendo y rehabilitando sus viviendas. En realidad es un paraíso de tranquilidad y aguas azules con casas neoclásicas de todos los colores alrededor de los muelles. Ser australiano y heredar una casa en Kastellorizo debe de ser el guión soñado para una de esas películas, tan placenteras, de reivindicación de la vida sencilla. Por la ladera de la montaña que asciende hasta el aeropuertos se esparcen muchas casas en ruinas a la espera de esa mano salvadora. Es curioso que en el tratado con Turquía que acordó el traspaso a Grecia de la isla se especifica que Kastellorizo volverá a ser turca si la población baja de 150 habitantes. Si existió alguna vez ese peligro, parece que ahora se ha conjurado.

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El día y la noche en un rincón del puerto.

El día y la noche en un rincón del puerto.

Aparte del puerto natural, en forma de U, en el que se concentran la mayoría de los edificios, la isla tiene un par de monasterios (uno de ellos en las alturas tras un agotador camino hacia el aeropuerto) y nada más. Ni siquiera tiene playas, aunque los lugareños le han dado ese apelativo a un recodo en un islote con una capilla, una cantina y unas plataformas con hamacas: la playa de Agios Georgios, es decir San Jorge. El agua es transparente, eso sí. Sus principales monumentos son el castillo turco en ruinas, una mezquita en un saliente precioso del puerto y una tumba licia excavada en la roca, de las que tanto abundan en la costa turca opuesta. Entonces, ¿por qué ir a Kastellorizo? Nosotros lo hicimos la primera vez tras ver la película Mediterráneo de Giuseppe Salvatores, y lo mismo hicieron miles de italianos. Si no habéis tenido la ocasión, buscadla. Es como una obra sencilla y, al menos para nosotros, emocionante. La acción transcurre allí, con un destacamento italiano durante la Segunda Guerra Mundial de protagonista, aparte de los habitantes del pueblo. ¿Por qué volver? Porque fuiste una primera vez y no se te olvida.

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Ante una de las casas protagonistas de la película ‘Mediterráneo’.

Paseos y baños por el puerto, la mejor actividad.

Paseos y baños por el puerto, la mejor actividad.

Así que realmente no hay mucho que hacer: pasear por el precioso puerto, contemplar cómo la luz de las diferentes horas incide en las casas, cenar junto a los muelles, caminar hasta la cercana bahía de Mandraki y darse un chapuzón, ver ahí mismo como las tortugas se alimentan de peces, almorzar en la taberna unas gambas de Symi, pequeñas y deliciosas, subir o intentarlo al menos hasta el monasterio en la montaña y tomar fotografías, acercarse a la ‘playa’ de Agios Georgios, visitar la tumba licia… y sentir el extraño e insólito placer de sentirte dueño de tu tiempo. Impagable.

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La tumba licia de Kastellorizo, la única en Grecia.

Unas gambas de Kastellorizo, un vaso de tsipouro enla bahía de Mandraki...

Unas gambas de Kastellorizo, un vaso de tsipouro enla bahía de Mandraki…

Dar una pequeña caminata hasta la tumba licia, ver tortugas en Mandraki...

Dar una pequeña caminata hasta la tumba licia, ver tortugas en Mandraki…

Visitamos hace más de una quincena de años Kastelorizo por primera vez. Éramos cuatro turistas, y más de la mitad italianos. Ahora hay nuevos hoteles, más restaurantes y bares en los muelles y, sobre todo, varias excursiones diarias desde Turquía que llenan durante las horas centrales del día la capital y única población de la isla. Pero el espíritu permanece. “Para los que andan huyendo” decía la dedicatoria de la película de Salvatores… Pues eso.

Kastellorizo, desde la montaña

Kastellorizo, desde la montaña

El encantador rincón de Agios Georgios. Una capilla, una taberna, una playita...

El encantador rincón de Agios Georgios. Una capilla, una taberna, una playita…

La mezquita del pasado otomano aún domina un extremo del puerto.

La mezquita del pasado otomano aún domina un extremo del puerto.

Viejos y felices

Ulyfox | 23 de octubre de 2011 a las 20:59

Una vista parcial de Halki y su puerto

Hemos tardado, pero creo que os valdrá la pena

Otra vista de Halki, la colorida capital de la isla.

Algo nos dijo desde el principio que la estancia en aquella isla iba a ser memorable. Desde que subimos al ‘Preveli’, un ferry como los de antes, en el puerto de Rodas, nos acomodamos en sus salones y disfrutamos de un tranquilo viaje de dos horas, a ratos leyendo, a ratos dormitando, sobre un mar apacible hasta el puerto de Chalki, o Halki según la transcripción.

En la amplia terraza del hotel Hiona Art, con el pueblo y la bahía al fondo.

Allí nos recibió un muelle mínimo, un pueblecito de casas neoclásicas, fachadas de colores y tejas, dos esbeltas torres escalonadas, una de ellas con un hermoso reloj, y un aire tan calmado como caluroso. Eran apenas las nueve de la mañana y el sol pintaba un cielo tan azul…

Así luce por la mañana esta isla del Dodecaneso.

Nos encontramos maravillosamente desorientados, veíamos nuestro hotel, el Hionas Art, allá en un extremo, no muy lejos pero a una distancia lo suficientemente temible con nuestro pesado equipaje para un mes. Tendríamos que haber avisado de la hora de nuestra llegada, pero no lo hicimos. Nadie nos esperaba, y por contra, los escasos turistas que desembarcaron con nosotros iban siendo recogidos por pequeñas furgonetas con destino a sus alojamientos. Tomamos la decisión adecuada: nos sentamos en el café justo enfrente a desayunar y a esperar que la solución apareciera.

Existen miles de formas de disfrutar de una misma cosa, si es bella.

Entre suspiros de bienestar por el paisaje, en esos desayunos con vistas de las islas griegas, la solución no aparecía, el único taxi de la isla llevaba un rato parado en el muelle sin nadie al volante, así que optamos por lo más lógico. Preguntamos al encargado si tenía el teléfono del hotel; queríamos avisar que vinieran a recogernos, o por lo menos el equipaje. Pero, como esperábamos, la solución apareció en ese momento: “Ahí está el dueño del hotel, precisamente”, nos dijo el amable hostelero. Efectivamente, en la esquina, vestido elegantemente como un griego, camisa blanca suelta y pantalón sport, junto a un gran Mercedes brillante, estaba O Kyrios Michalis, es decir, el Señor Miguel. Serio, pero amable, tras un educado “kalimera, tí kánete?” (buenos días ¿cómo están?) nos abrió el amplio maletero, y nos llevó en pocos minutos al establecimiento. Menos mal, porque la carretera daba un amplio rodeo, y descubrimos que hubiera sido una tortura acarrear las maletas. Enseguida descubrimos que el Señor Miguel se movía también con un jeep y con una moto que cogía alternativamente él sabría por qué, y además por las tardes daba una larga vuelta en su lancha largando y recogiendo un aparejo de pesca en la bahía. Nunca le vimos coger un pez, pero…

Un rincón colorido de Halki, al atardecer.

Por el camino descubrimos que Penélope, como siempre, había acertado en su decisión de visitar Halki. La isla, una roca de 10 kilómetros de largo por tres y medio de ancho en el Mar Egeo, era piedra y azul. Al volver una curva, apareció la vista general del pueblo derramándose sobre el puerto, como si tuviera sobre él una cúpula invisible de serenidad; pero hay veces que estas cosas son visibles para el ojo humano. Nosotros lo vimos. Llegamos al hotel, un establecimiento nuevo (  http://www.hionaart.gr/en/index.php ), reluciente, brillante y hermoso, con una vista impactante de todo el pueblo sobre el mar, con embarcadero y acceso al baño propios. No es posible pedir más. 

Comodidades del hotel Hiona Art

Tuvimos que aguardar a que arreglaran la habitación un buen rato, pero O Kyrios Michalis dispuso que nos sirvieran zumo de naranjas y algo de fruta para entretener la espera, que nos trajo el atento Eri. Esa atención, la compañía de Vargas Llosa en el libro electrónico, y las miradas extasiadas al entorno hicieron que el largo prólogo mereciera la pena. Ya acomodados en la habitación de amplio horizonte marino, decidimos que el almuerzo y el primer baño serían en el hotel, y la larga siesta. Claro. Teníamos cuatro días por delante en lo que aparentaba ser un paraíso del dolce far niente. Halki, con el transcurso de las horas, se reveló acorde con nuestras expectativas. Bueno, en realidad las desbordó.

Sale la luna sobre Halki, de detrás de Rodas.

El programa en los siguientes días incluyó un vergonzoso recorrido de dos minutos en autobús a la playa de Pótamos (naturalmente, la vuelta la hicimos andando en poco más), largas estancias en la hamaca sobre la arena de esa serena bahía, baños en cristal líquido turquesa, almuerzos en la taberna (prueben la ensalada de berenjenas, melitsanosalata, casera); visita a la playa de Ftenagia, a cinco minutos del hotel, con inolvidable inmersión transparente; una excursión a Horió, la deshabitada y ruinosa antigua capital de la isla; cenas en el pueblo frente al muelle…

La recogida playa de Pótamos, tras el pueblo.

Un largo transcurrir por un tiempo inmóvil, en el que destacaremos además un momento culinario, aquél en el que el georgiano dueño de la taberna ‘Mar Negro’ (Mavrí Thalassa) nos ofreció un pescado para comer a la parrilla, una especie de besugo, que rechazamos por excesivamente grande. Él mismo halló la alternativa: “¿Y si les hago una sopa de pescado (psarósoupa)?” Claro, claro, sonreímos. Al rato, y mientras saboreábamos los aperitivos, dos platos de humeante caldo con algunas verduras aparecieron sobre nuestras mesas, y al lado, otro con trozos del besugo hervido. Momento gastronómico marinero. El resto del pescado y sopa supongo que se lo comió la familia.

Escalinata de entrada a una iglesia blanqueada, casi los únicos edificios en pie en Horió.

 

La serenidad. Calculamos que la edad media de los turistas que pernoctaban en Halki rondaba los 70 años. Nos sentíamos casi unos adolescentes en ese mundo de andares vacilantes, arrugas bajo los bermudas y bastones. Sin embargo, qué felicidad y alegría de vivir transmitían. Debían de ser asiduos al paraíso, parecía que todos se conocieran y conocieran a los dueños de bares y restaurantes, al chófer del microbús, de belleza varonil tan elogiada por Pe, a los policías portuarios. Pasaban el día en la playa, con una larga interrupción al mediodía temprano para zamparse unas enormes cervezas en la taberna sobre la arena y quizá un almuerzo.

Turistas en una taberna del puerto

 Al segundo día, ya saludábamos a algunos, claro. Por la noche, se reunían por el puerto, cenando juntos o deteniéndose entre todas las mesas, siempre entre risas y bromas en inglés ¡no paraban de reír! Pensamos cuánta diferencia con muchos mayores de por aquí, a los que ves parados en las esquinas y a los que cazas frases siempre relacionadas con sus males y enfermedades. Eran viejos, felices, comilones y bebedores: los turistas ideales.

También hay niños en Halki, aunque pocos.

La exclusiva, insólita calma de Halki, se veía alterada considerablemente todos los días durante unas horas por la llegada de uno o dos barcos de excursión procedentes de Rodas. Entonces, la playa de Pótamos se llenaba de personal que, ansioso, se despojaba de las ropas, extendía la toalla y se metía en el agua con prisas. Eso sucedía al mediodía y mientras, los escasos habitantes nos refugiábamos en la taberna. Al final del almuerzo, la playa ya estaba de nuevo tranquila, y era la hora de la siesta y de esperar el atardecer…

Barcas en el puerto.

Fueron días de cientos de fotos, miles de miradas, decenas de miles de latidos al compás sereno de Halki.

Otro rincón de la isla.

Nos dio mucha pena abandonar la isla en la tarde del quinto día. O Kyrios Michalis nos llevó al puerto y en un hermoso griego nos agradeció la estancia, y respondió a nuestros halagos a su hotel con una promesa de llevarnos el año que viene en su lancha a playas escondidas, azules y calmadas, tras aquellas rocas… ¿quién se resiste a aceptar la invitación y repetir?

El baño más transparente en la playa de Ftenagia, a un paso del hotel.

Después de todo esto, es hasta posible que a algunos os entren ganas de visitar Halki. Si es así, sabed que el camino desde España es largo pero interesante: hay que volar desde Madrid a Atenas, y desde allí a Rodas. Una vez en la isla de los Caballeros, donde ya sabéis que es obligatorio pasar unos días, las posibilidades de viajar en barco a Halki son de una o dos al día, según la temporada. En el Preveli son dos horas, y en catamarán, la mitad. Elegid, no hay prisa, esto es lo que os espera:

La mañana de Halki.