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Segesta, un templo en un valle

Ulyfox | 18 de agosto de 2014 a las 14:08

El templo de Segesta, allá arriba, pero en un valle.

El templo de Segesta, allá arriba, pero en un valle.

Fue una parada, pero necesaria, un desvío inevitable. Íbamos de Marsala a Trapani, pero antes de entrar en la capital de la Sicilia occidental, teníamos que ver Segesta, en realidad sólo el templo de Segesta, prácticamente lo único que queda de aquella ciudad antaño grandiosa, enemiga de Selinunte (ver entrada anterior) y cuyos habitantes, los élimos, afirmaban descender de los antiguos troyanos. Esa rivalidad acabó con ella, y ahora sólo (aunque ya quisiéramos) se puede ver ese hermoso templo dórico probablemente nunca acabado, y un poco más arriba, los restos del teatro.

Esplendor del dórico, de nuevo.

Esplendor del dórico, de nuevo.

Hacía un día no totalmente soleado y bastante ventoso y eso tal vez animó a demasiada gente a abandona la idea de una jornada playera y acercarse a ver una de las maravillas del rico pasado siciliano. Y estaba el yacimiento igual que una feria. Pero aun así, encontramos el hueco necesario para hacer fotos en las que pareciera que estábamos solos. No fue fácil, no creáis.  Había que subir por un camino casi sin sombra, y el calor apretaba pese a todo. Parece inevitable pasar sofoco cuando uno visita unas ruinas ¿verdad? Se imagina uno una hilera de columnas y casi empieza a sudar. Normalmente, el calor merece la pena, pero podrían colocarlas en lugares menos desolados. Está Segesta en un valle fértil, no obstante, y se imagina uno que sus habitantes deberían vivir bien, rodeados de feraces campos como los que se ven desde sus bien proporcionadas piedras.

Ante el solitario templo

Ante el solitario templo

Segesta es uno más de los numerosos ejemplos que hay en Sicilia, y repartidos por el sur de Italia, de la grandeza de la que fue llamada Magna Grecia, el producto de la expansión de un pueblo navegante y comerciante que llegó a fundar colonias en Andalucía y que puso también sus pies en la antigua Cádiz. No dejaron por aquí, desafortunadamente, ejemplos como este de Segesta, o los de Selinunte y Agrigento en la propia Sicilia, o en Paestum, allá cerca de Nápoles.

Sabían donde elegir sus ciudades.

Sabían donde elegir sus ciudades.

Tiene la arquitectura griega clásica tres órdenes, como bien sabeis, el dórico, del que este templo de Segesta es un perfecto ejemplo y cuya cumbre está en el Partenón; el jónico, por lo que sea el menos extendido, y el corintio, que fue el que más gustó a los romanos, razón por la cual lo copiaron por todo su imperio durante siglos. Para mí, el dórico es el que más se me asemeja al espíritu griego: sencillo y a la vez perfecto en sus proporciones, nada grandilocuente, directamente bello. Y da para admirarse por el genio de aquellos griegos, que inventaron una forma de construir que pervive hasta nuestros días, que fue copiada durante siglos y que todavía en el XVIII dio origen al neoclásico. Aún hoy, cualquier arquitecto podría colocar un frontón  sobre una puerta o una ventana y a nadie extrañaría. Si no, que se lo digan al catalán Ricardo Bofill, por ejemplo. Ese es el significado de clásico, claro: lo que es eterno y digno de imitación.

Líneas perfectas y milenarias.

Líneas perfectas y milenarias.

Y más líneas perfectas...

Y más líneas perfectas…

 

Barroco por fuera, dórico por dentro

Ulyfox | 18 de julio de 2011 a las 1:37

La fachada barroca del Duomo

El bellísimo Duomo de Siracusa muestra una cara alegre y radiante por fuera, en la fachada que da a la plaza, llena de columnas clásicas y adornos barrocos, a juego con los palacios que la rodean, con las huellas de la dominación española por todos lados. Es una cara guapa, maquillada, juguetona, coqueta, seductora, sonriente, espléndida, en una plaza elegante y brillante, el verdadero centro ciudadano de la isla de Ortigia, la parte antigua de Siracusa. No nos cansábamos de mirar esa cara alta y esbelta. El barroco siciliano no empalaga, yo diría que tiene demasiadas resonancias clásicas del pasado griego y romano, benditas huellas. Y así los fustes lisos juegan con los capiteles corintios, y los frontones se parten en dos o se arquean, y se adornan con estatuas, pero todo ello sin perder la esencia casi renacentista, digo yo, que no entiendo pero siento. 

Pero hay pocas cosas en Sicilia que no guarden una sorpresa. Y la que esconde este Duomo es de marca mayor. Dentro está el templo dórico de Atenea, del siglo V antes de Cristo. El mundo está lleno de antiguos templos que luego fueron iglesias y luego mezquitas y luego otra vez iglesia. Este es uno de esos casos, pero es que el templo griego se ve. En el interior, las columnas acanaladas, el ábaco, el equino, sustentan la techumbre. Es el templo de Atenea aún visible, dos mil quinientos años después, las mismas columnas plantadas directamente sobre el suelo de piedra y sujetando el arquitrabe disfrazado pero ahí.

 
 

Por dentro es un templo dórico de cuando la dominación griega

Los sicilianos le pusieron una cara bonita a su arcaico templo, y la historia siguió su curso, abrazando lo nuevo y conservando lo viejo, en este caso el indestructible dórico. El Duomo fue la mejor forma de entrar en Siracusa. En los dos días que estuvimos allí volvimos a pasar varias veces frente a él, y tantas nos paramos a ver cómo la diferente luz cambiaba el rostro de esta obra de la historia. Y le sonreíamos.

En la luz dorada del interior del pórtico barroco

Y a la noche, la plaza era el lugar por donde se pasaba hacia todas partes.

La Piazza del Duomo, de noche

Sicilia griega, Magna Grecia

Ulyfox | 1 de julio de 2011 a las 19:00

El Templo de la Concordia, en el Valle de los Templos de Agrigento

Escribo las crónicas desde el recuerdo cercano. Hemos vuelto hace dos días de Sicilia, aún paladeando los deliciosos antipastos, susurrando la dulce lengua italiana y con los ojos tornados en color azul de tanto mirar ese cielo sin mancha.

La columnata que queda del Templo de Hera, o Juno para los romanos.

Después de una esperanzadora tardenoche en la apasionante Palermo, iniciamos una apresurada salida en tren hacia Agrigento, en la costa sur, en busca del dórico que dejaron los griegos durante los muchos siglos en que esta tierra fue la Magna Grecia, colonizada por los expertos marinos que fueron los helenos. Aquí muchos templos son anteriores o contemporáneos del Partenón, y los hubo más esplendorosos, aunque ahora sólo queden evocadores restos en hermosos lugares como Selinunte, Segesta y la misma Agrigento. En dos horas de puntual tren llegamos a esta ciudad dorada, con un encantador centro medieval, empinado y estrecho y un Valle de los Templos cantado por los escritores románticos, empezando por Goethe.

Ante los restos del Templo de Hércules

El Valle dei Templi está pegado al pueblo, a unos dos kilómetros, y en realidad es una cornisa sobre la que se asientan los restos de hasta siete edificios dedicados a diferentes dioses. Desde la cornisa se tiene una gran vista del mar cercano y una horrorosa panorámica de Agrigento, rodeado de feísimos y altos bloques de pisos que demuestran que desde los griegos hasta aquí más bien hemos retrocedido en cuestión de estética. Se puede ir dando un paseo o en bus, pero nosotros elegimos el taxi por rapidez. Son diez euros hasta la entrada del recinto.

Los templos están en un lugar lleno de árboles y plantas.

Empezamos a impresionarnos con la columnata dorada y perfecta del Templo de Hera, el situado en el lugar más alto, y desde el que se divisa una panorámica del extenso conjunto arqueológico. Le dimos una vuelta por aquí, otra por allá, al sol y a la sombra. El estilo dórico siempre da una sensación de perfección estética, sencilla y grandiosa a la vez. Proporcionados e imponentes, su culmen quizá sea el Partenón, pero estas columnas alineadas en Sicilia producen una emoción más cercana, menos grandilocuente. Si se tiene más sensibilidad que un mosquito o un directivo del FMI, su visión produce un suave y gustoso estremecimiento a la vez que se hincha el pecho.

La torre del Duomo de Agrigento, gótico catalán

Desde Hera, el descenso te lleva en primer lugar al símbolo de este lugar: el mejor conservado, el más fotogénico: el Templo de la Concordia, que se mantuvo en pie gracias a que fue reutilizado como iglesia durante siglos. Y sin embargo, misterios del alma humana, a mí me gustó menos. Se le notan demasiado los arreglos y eso le hace parecer más falso. No será eso, será que nos gusta que a un edificio con dos mil quinientos años se les noten los calendarios. Pero es bellísimo. El resto del recinto digamos que es más prescindible. Ni siquiera nos acercamos a ver (el calor no lo aconsejaba) el barrio helenístico. Teníamos ya bastante emoción en las almas.

Un rincón de Agrigento.

Volvimos en autobús, alejándonos con el retrovisor puesto en las ruinas y lamentando que desde el agradable pueblo ya no se pueda divisar el conjunto, como antaño debía ocurrir, por culpa de esos bloques de pisos. Nos tomamos helado, trepamos hasta el Duomo, bajamos cientos de escalones, nos reparamos con una cerveza, cenamos prontito (trattoria Concordia, recomendabilísima) y nos fuimos a dormir al hotel contratado por dos noches, un bed&breakfast céntrico, limpio y de personal amabílísimo: el Antica Via ( http://www.lanticavia.it/ ). Fue un estupendo comienzo de la gira por la isla.

Esperando a que nos dieran las llaves en el hotel Antica Via de Agrigento