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Los chicos del Pireo (Ta pediá tou Pirea)

Ulyfox | 6 de noviembre de 2021 a las 21:49

Los chicos del Pireo, a la espera de la cena en el mítico puerto.

Los chicos del Pireo, Sagaz, Paciencia, Ulyfox, Penélope, Entusiasta y Adolescente, a la espera de la cena en el mítico puerto.

Es una canción famosísima de Manos Hatzidakis, Ta pediá tou Pirea (Los chicos del Pireo), que obtuvo el Oscar a la mejor canción original como banda sonora de la película Nunca en domingo de Jules Dassin con una Melina Mercouri espléndida, pero también fondo musical de tantos reportajes antiguos sobre Grecia. En este caso, el título no hace referencia a ese film sino al encuentro esperado y planeado durante meses de un grupo de amigos gaditanos en el puerto de Atenas, que en realidad es un municipio enorme, muy cercano pero independiente de la capital griega.

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Llegada al puerto de Lavrio desde la cercana Kea.

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Nosotros veníamos desde Kea, en barco hasta Lavrio y luego en un taxi hasta El Pireo. Nuestros amigos, una pareja y sus dos hijas, habían hecho antes un precioso recorrido de una semana por el Peloponeso y la cita estaba programada en ese puerto de resonancias históricas, donde habíamos reservado una noche en el mismo hotel, con la gozosa intención de compartir luego siete días por islas Cícladas. Un plan por todo lo alto, que debía comenzar con una cena frente al mar, en el restaurante Ammos, en el centro de Mikrolimano, el Pequeño Puerto que hasta hace poco se llamó Tourkolimano, es decir el Puerto Turco, un pequeña muelle casi circular que ahora alberga exclusivamente barcos deportivos.

El Pireo, que ya era la salida al mar de Atenas en los tiempos antiguos y clásicos, fue hasta hace no demasiadas décadas un puerto mediterráneo clásico, en el sentido de ‘ambiente portuario': lleno de tabernas y de prostíbulos, pero eso ha cambiado mucho en los últimos años. Ahora es una zona muy bien ordenada y con numerosos restaurantes de pescado a los que acuden sus habitantes y los de Atenas regularmente. En uno de ellos, el antedicho Ammos, nos citamos los amigos, y en el fue también donde empezó una historia feliz de siete días, repleta de descubrimientos, exclamaciones de admiración, baños, comidas y risas. Dice la gran cantante Elefthería Arvanitaki : “Ta megala taxidia panda kánoume moni”, o sea “Los grandes viajes los hacemos siempre solos”. Pero este que hicimos compartiendo nuestro paraíso griego con esta familia es uno de los mayores que hemos hecho, en muchos sentidos.

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Sagaz, con su plato favorito (en realidad, uno de tantos).

No paramos de charlar, comentar y criticar con Entusiasta y Paciencia. No dejamos de bromear, enseñar y aprender con la más pequeña, Sagaz, que se quejaba de que hubiéramos quedado a cenar tan temprano, sin que le convenciera nuestro argumento de la belleza de una mesa frente a un puerto mediterráneo a la hora de la puesta de sol. Mientras, Adolescente. estaba a sus cosas de adolescente, con la indiferente distancia que se puede tener a esa edad, más pendiente del móvil y de los mensajes del novio que de las conversaciones de nosotros los mayores. Esa fue la tónica de los días posteriores, que transcurrieron tan dulcemente como esa primera noche en El Pireo.

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Dos delicias griegas, ensalada de erizos (ajinosalata) y kidonia al natural.

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El encargado del restaurante se mostró al principio inusualmente seco con ese grupo de españoles, tal vez sorprendido. Poco a poco, el intercambio de algunas palabras en griego y quizá la alegría que transmitíamos le hizo abrirse hasta convertirse en alguien verdaderamente amistoso, y después generoso a la hora de invitar a los vasos de tsípouro finales.

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El pescado a la parrilla, en el momento de ser servido por Penélope.

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El mero, antes de ser pasado por la parrilla.

Ensalada de erizos, la debilidad de Penélope, kidonia (una especie de berberechos) al natural, es decir crudas (que nos encantaron a todos); mejillones; por supuesto un buen plato de patatas fritas (patates tiganités) para que Sagaz siga acumulando su devoción y sus conocimientos sobre el idioma griego; y un mero de buen tamaño que por supuesto Penélope se negó a que le limpiaran los camareros, entre otras delicias, formaron una cena suculenta y divertida que dio para hacer planes además sobre todo lo bueno que nos esperaba y que, ya adelanto, nos llegó con creces.

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Las buenas artes de Penélope para limpiar y servir el pescado.

Por la noche, El Pireo rebosaba de vida mientras volvíamos andando al hotel. Al día siguiente, muy temprano y a bordo del ferry, comenzaría la aventura. “Aunque busco por todo el mundo, no encuentro otro puerto con la magia de El Pireo”, cantaba Melina Mercouri en . Y después de una noche con esos amigos, estoy por pensar que es así.

Navegando en una estrella azul

Ulyfox | 21 de junio de 2010 a las 23:53

A punto de embarcar en el Blue Star Naxos. Detrás, el Blue Star Paros.

A punto de embarcar en el Blue Star Naxos. Detrás, el Blue Star Paros.

Viajamos a bordo del Blue Star Naxos, uno de los numerosos ferries de las numerosas compañías navieras griegas. La Blue Star Ferries es una de las más modernas, con unos buques grandes, veloces. No hace muchos años, uno de los clásicos, el Samina Express, que hacía la ruta entre las islas del Dodecaneso y las Cícladas sufrió un terrible accidente, una fatal noche de septiembre, al chocar contra unas rocas frente a la isla de Paros. En el naufragio murieron más de ochenta personas. Una semana antes Penélope y yo habíamos viajado en ese barco, desde la verde Samos a la blanca Naxos. El accidente marcó el futuro de la una enorme flota: todos los anticuados ferries fueron siendo desguazados y reemplazados por otros más confortables y seguros pero poco, muy poco románticos. Te llevan en mucho menos tiempo a tu destino, pero son como aviones: muchas filas de asientos y no se puede salir a cubierta. Aún perviven algunos, no obstante, que conservan el incomparable ambiente de los viajes entre islas. No cruceros turísticos: viajes. Los Blue Star son nuevos, pero al menos tienen sus cafeterías al aire libre, sus cubiertas visitables y sus barandillas llenas de salitre desde las que contemplar los puertos al llegar o al salir, las islas a lo lejos, los barcos que se cruzan y, con suerte, los delfines. Sólo una vez los he visto, y hace mucho.

En la atestada cafetería al aire libre del Blue Star Naxos

En la atestada cafetería al aire libre del Blue Star Naxos

Hoy, como casi siempre en verano, el Blue Star viaja repleto desde El Pireo hasta Santorini, pasando por Paros y Naxos. Esta última es nuestro destino. Grupos enormes de jóvenes, mochileros, parejas mayores, griegos que comienzan sus vacaciones, familias desmintiendo que no se puede viajar con niños. Hemos salido del antiquísimo puerto de Atenas, que ya fue protagonista en la batalla de Salamina, muy temprano. Al irrumpir desde la estación siempre nos sorprende la enorme cantidad de buques atracados en los muelles o varados en la ensenada, cientos y de todos los tamaños. Tantísima actividad, que no ha cesado desde hace miles de años. Esta mañana, antes de las seis y ya de día en El Pireo, los muelles hervían, las chimeneas humeaban en unos casos y en otros los barcos esperaban su hora de partida. Domingo por la mañana pero miles de personas se dirigían a su destino en las islas. Una cantidad de gente asombrosa busca o espera algo. Mientras mi amigo Mi y yo buscamos la oficina donde nos confirmarán la reserva de los pasajes, Penélope y Mon esperan a la entrada del gran puerto, con la pequeña Mu. Para entretener su espera, la niña saca su libreta, abre su estuche de lápices de color y se pone a pintar. Se produce un hecho curioso. Pasa un grupo de hombres en un estado más que alegre, observan  la tierna estampa, hablan entre ellos y al final uno decide sacar unas monedas y depositarlas en el estuche abierto de Mu, no sabemos si queriendo premiar su arte pictórico o su supuesta indigencia. El entuerto es resuelto entre vergüenzas y risas por la madre, mientras los hombres recogen sus monedas y se retiran.

Saliendo de El Pireo

Saliendo de El Pireo

Nosotros embarcamos por fin. Gracias a la previsión de Penélope, hemos reservado asientos por un poco más de dinero y nos libramos de andar, como muchos, durmiendo en el suelo, por los pasillos o apalancados en la cafetería. Estamos en rumbo.