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Préveza, mucho más que una escala

Ulyfox | 19 de noviembre de 2020 a las 21:24

La Torre del Reloj en el centro de Préveza.

La Torre del Reloj en el centro de Préveza.

Aquella era sólo una parada técnica, una manera de conectarnos, de desplazarnos desde las islas Jónicas que nos habían llenado de paz, hasta nuestra amada Creta. Los viajeros empedernidos hemos llegado a tan alto grado de identificación con nuestro vicio que nos gustan los preliminares tanto como los actos, los inconvenientes como las soluciones, los obstáculos como los trayectos que van como la seda. Y nos regodeamos en la preparación de etapas y destinos. Así que para después de nuestra estancia en Meganisi teníamos planeado continuar nuestro periplo griego hacia la Gran Isla.

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Escenas en las calles de Préveza, vacías a mediodía.

Escenas en las calles de Préveza, vacías a mediodía.

Penélope descubrió una manera ideal: volver en el ferry a Nydrí, en Lefkada, desde ahí continuar en taxi hasta Préveza, importante ciudad costera de la región de Epiro que además dispone de aeropuerto, y allí tomar un vuelo directo hasta Sitía, en el Este de Grecia y donde contamos un buen grupo de amigos con los que nos reunimos cada año a cenar.

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Terrazas a la espera de gente.

Dijimos adiós a Meganisi por la mañana de la mano de Kostí, que nos vino a buscar en su taxi para acercarnos al puerto de Spartohori con tiempo de tomar un café helinikó de despedida. El mismo Kostí nos puso en contacto con un amigo y colega suyo que nos esperaría a la llegada del Ionion Pelagos. Y así fue, al pie de la rampa del ferry estaba Giorgos para gran contento de Penélope: si Kostí era un joven agradable de ver, el taxista de Nydrí le superaba aún en apostura. Y con tan grande alegría nos pusimos en camino. En nuestro trayecto por la costa comprobamos que a pesar de la pandemia de coronavirus, el turismo no estaba ausente en esta isla tan visitada.

En poco menos de una hora, y tras cruzar el pequeño puente que une la isla de Lefkada al continente, atravesar la llanura de Aktion, escenario de una famosa batalla en la Antigüedad, y el túnel submarino que evita dar una gran vuelta por el golfo de Arta, estábamos en Préveza. Antes de la construcción del moderno túnel, unas barcazas transportaban a pasajeros y vehículos de un lado a otro del pequeño estrecho. Así lo conocimos nosotros aquella lejana primera vez por estas tierras.

Un escaparate tradicional.

Un escaparate tradicional.

Color y calor a mediodía.

Color y calor a mediodía.

Giorgos nos dejó en la puerta del Hotel Dioni Boutique, en pleno centro histórico de Préveza, una agradable sorpresa que se convirtió en mucho más que una escala técnica. La hora invitaba a una cerveza y a un paseo por las tranquilas calles de la ciudad. En ellas y en el que se veía novísimo paseo marítimo abundan los bares y terrazas pero estaban casi desiertos. Comprobamos que había también numerosos comercios de toda clase, signo de una gran vitalidad. En el paseo y en un pantalán lejano se amontonaban los barcos de recreo. Caía una luz ardiente y la cerveza Fix bajo el toldo nos alivió mientras mirábamos el golfo de Arta y escuchábamos a una familia de andaluces en uno de los barcos, atracados bajo el calor. Como en muchas partes de Grecia los aperitivos que te ponen con una cerveza son casi un almuerzo, y nos tomamos dos cada uno, sobra decir que no nos sentamos a comer por derecho, optando por retirarnos a esperar el fresco de la tarde con una siesta en el hotel y fiar el disfrute gastronómico a la cena.

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Al atardecer, el panorama había cambiado casi radicalmente: las calles bullían de gente practicando una de las costumbres más mediterráneas, la passegiata o volta, con estos términos italianos designan los griegos el paseo vespertino, y las terrazas se llenaban aceleradamente, sobre todo en el paseo frente al golfo. Hemos visto pocos países, tal vez ninguno, con esa afición a las terrazas y que las cuiden y adornen tanto.

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Ante el iconostasio de San Jaralambos.

Junto a una fuente veneciana.

Junto a una fuente veneciana.

La familia de andaluces seguía en su barco, y nos imaginamos que allí dentro pasaban los días. Numerosas embarcaciones, incluyendo un enorme yate iluminado llamativa y estrambóticamente, llenaban toda la ribera, inundada de grupos de mayores, jóvenes y niños disfrutando del verano declinante. Nosotros nos paramos ante la terraza de un restaurante, el Alati (que significa Sal), diseñada en blanco y con luces tenues y que llevaba el insinuante apellido de ‘Seafood and More’ o sea, ‘Marisco y más cosas’. Decidimos que ese era nuestro lugar para cenar, sobre el mismo muelle y a un metro del agua. No nos equivocamos, la ensalada, las croquetas de gambas, los boquerones marinados… el buen vino blanco y la ausencia de viento hicieron la noche perfecta.

No tardarían en animarse las terrazas.

No tardarían en animarse las terrazas.

Cenando en 'Alati'.

Cenando en ‘Alati’.

Tiene Préveza otro atractivo en su pasado. En sus cercanas aguas se desarrolló en el año 31 antes de Cristo la batalla de Aktion, también conocida como de Accio, en la que los barcos leales a Octavio derrotaron a los de la alianza de Marco Antonio y Cleopatra, que daría paso a una nueva época, muchos dicen que dorada, del Imperio Romano. Octavio, ya convertido en César Augusto, mandó fundar una ciudad en la zona para conmemorar su triunfo y la llamó Nikópolis (Ciudad de la Victoria).

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Ruinas de Nikópolis, muy cerca de Préveza.

Ruinas de Nikópolis, muy cerca de Préveza.

La ciudad gozó de libertad y de un gran desarrollo comercial y sagrado durante siglos, y sus aún impresionantes restos se esparcen por una amplia extensión de terreno a unos seis kilómetros al norte de Préveza. Tuvimos tiempo en la mañana siguiente de recorrerlos bajo el sol. Alguna apabullante villa de un aristócrata con preciosos mosaicos, los restos de fuentes, más allá de la todavía en pie muralla bizantina el Odeón romano, y mucho más lejos el estadio y el Teatro antiguo, cerrado por trabajos de restauración. Por todas partes, quedan restos salpicados pertenecientes al periodo clásico, basílicas paleocristianas y ruinas bizantinas. Un conjunto muy evocador del que queda mucho por excavar.

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Mosaicos de una villa romana.

Mosaicos de una villa romana.

Después de esto, no nos quedaba mucho tiempo antes de dirigirnos al aeropuerto a esperar la salida de nuestro vuelo a Creta. Pero no nos esperábamos lo que nos ocurrió… aunque algo hemos contado ya.

El Teatro Romano, en restauración.

El Teatro Romano, en restauración.

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Ante la muralla Bizantina

Ante la muralla Bizantina

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Parga, en la costa de Epiro

Ulyfox | 29 de enero de 2020 a las 19:53

Vista panorámica de Parga.

Vista panorámica de Parga desde el castillo veneciano.

Paxos nos había dejado varias evidencias gozosas, como cualquier experiencia viajera debe ser. Una era que la masificación turística provoca daños irreparables al lugar en cuestión, como pudimos comprobar al comparar la placidez de esta última isla con la aglomeración muchas veces insufrible de su hermosa hermana mayor, Corfú. Otra evidencia fue que es posible sustraerse a esos efectos, y que el disfrute es incomparable si uno no tiene que estar sorteando codos. Que las islas Jónicas son bellísimas por su mezcla italo-greca queda como la constatación mejor.

El paseo marítimo de Parga, con el castillo al fondo.

El paseo marítimo de Parga, con el castillo al fondo.

Después de cuatro días en Paxos era nuestra intención volver a Ítaca, visitada en tiempos remotos, mucho antes de esta explosión viajera de los últimos años. Pero no nos fue posible por dos circunstancias, una insospechada y otra sobrevenida. La primera es que no había disponibilidad hotelera. Muérete. La temporada alta de finales de julio, aunada con la fiebre turística, hicieron que no hubiera sitio para nosotros en aquellas fechas. Eso nos hizo añorar nuestra primera visita, cuando buscamos alojamiento al desembarcar, y lo encontrábamos. Una mínima posibilidad se abría uno de los días, pero coincidía con una previsión de viento fuerte que no prometía una buena travesía en los pequeños barcos.

Atardecer en el paseo marítimo de Parga.

Atardecer en el paseo marítimo de Parga.

Tras unas lamentaciones no demasiado profundas, convenimos en cambiar el plan (aláxoume to prógramma, como le dijimos a nuestra amable hotelera). Teníamos tiempo, mucho tiempo de vacaciones por delante, podíamos hacer la variación. Así que la cosa quedó en lo siguiente: un ferry nos llevaría hasta Igoumenitsa, en el continente; allí nos recogería un transfer que nos llevaría hasta Parga, donde pasaríamos unos días, y luego desde ahí nos dirigiríamos hasta Patras, en el Peloponeso, desde donde también salen grandes barcos para Ítaca. Confiábamos en que pasados unos días, el panorama hubiera cambiado y podríamos arribar a la patria del gran Ulises, el Odiseo pródigo en ardides que retrató Homero. Luego comprobaríamos que la isla del héroe de Troya no era fácil de alcanzar ni aun así…

La empinada cuesta que lleva al castllo y a los apartamentos Paraskevi.

La empinada cuesta que lleva al castllo y a los apartamentos Paraskevi.

Llegamos a Parga a media mañana. El hotel Paraskevi’s Luxury Studios resultó delicioso, simple en su aspecto exterior, pero excepcional en las vistas desde el balcón del apartamento y, sobre todo, en la insuperable amabilidad del dueño, Kyriakos (que es como llamarse Domingo en español, aunque también existe aquí el Ciriaco), siempre atento a nuestras preguntas y dudas. Los desayunos en la terraza privada aseguraban buenos ratos de disfrute, con el café caliente servido al momento y la playa y las montañas como fondo.

La vista desde los estudios Paraskevi.

La vista desde los estudios Paraskevi.

Parga tiene una visión única, tanto desde la playa del pueblo, con el caserío que asciende hacia el imponente castillo veneciano, como desde las alturas de este con la vista de la media luna de arena y el islote con la iglesia de Panagía en frente. La costa recortada y verde es hermosísima.

Anochecer desde el castillo.

Anochecer desde el castillo.

Para llegar hasta el paseo marítimo hay que bajar una calle larga y empinadísima que sería bonita si no estuviera llena de tiendas y expositores con artículos turísticos. Y al llegar a la parte llana, es imposible andar: el gentío, que a finales de julio era mayoritariamente ruso y de los Balcanes, invade el espacio. Las estrechas calles resultan intransitables a esa hora temprana en que cena la gente no española. El ambiente es intensamente vacacional y familiar. Llega a ser agobiante por momentos si vas buscando tranquilidad, que probablemente no encontrarás.

Una cena al atardecer en la taberna Stefano.

Una cena al atardecer en la taberna Stefano.

Tiene Parga tres playas, la amplísima de Valtos, de arena fina y capaz de acoger a miles de personas, y dos más pequeñas, una junto al casco urbano, Krioneri y otra separada por un promontorio, Piso Krioneri. Las tres están llenas de tumbonas y sombrillas y son la razón principal por la que tanta gente viene a esta ciudad costera de la región de Epiro. En la primera de ellas pasamos un buen día de baño, lectura y comida, pero en la segunda, el público resultó agobiante y sin miramientos en busca de un sitio en la arena.

Un baño en la playa de Valtos.

Un baño en la playa de Valtos.

Estos inconvenientes hicieron que Parga no fuera uno de los lugares griegos que más nos han gustado, aunque alguna cena al atardecer desde las alturas, las vistas desde el apartamento y la excelente atención de Kyriakos y el personal del hotel compensaron en buena parte esas partes negativas.

Vista mañanera de Parga.

Vista mañanera de Parga.