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Olimpia y la belleza eterna

Ulyfox | 14 de junio de 2020 a las 19:13

Rindiendo pleitesía al Hermes de Praxíteles.

Rindiendo pleitesía al Hermes de Praxíteles en el museo de Olimpia.

Las columnas del Philpeion, en el recinto arqueológico.

Las columnas del Philipeion, en el recinto arqueológico.

En aquel grupo de españoles, uno de los muchos que cerca del mediodía empezaban a abarrotar el yacimiento, se oyó la decepción: “Pues yo creía que esto estaría mejor conservado, la verdad, lo podían tener mejor…” La hablante pasaba por alto que los restos que estaba viendo tenían unos 2.500 años de antigüedad, por lo que se podía deducir que se conservaban bastante bien, teniendo en cuenta su edad. Obviaba también que Olimpia (esos eran los restos entre los que paseábamos) es tan importante por su significado histórico como por el estado de sus ruinas.

Ante el templo de Hera.

Ante el templo de Hera.

Ya es un contradiós llamar ruinas a lo que son realmente huellas del paso del hombre, de su cultura, de sus sueños, de sus ambiciones, por la Tierra. Esas piedras, la mitad derrumbadas por el suelo, son más bien apuntes de Historia, notas que repasar sobre nuestra propia asignatura vital.

El templo de Zeus, con sus columnas derribadas.

El templo de Zeus, con sus columnas derribadas.

Cuando empezaban a entrar en tropel los grupos de turistas, nosotros ya salíamos. Pero no pudimos evitarlos luego en el excepcional Museo. Habíamos llegado muy temprano al yacimiento, apenas pasadas las ocho de la mañana, cuando el sol era clemente aún y casi fuimos los primeros en entrar a lo que queda de la espléndida antigua Olimpia, que casi desde el principio de los tiempos fue centro de peregrinación y culto.

Pinos y columnata.

Pinos y columnata.

La Palestra, a la luz mañanera.

La Palestra, a la luz mañanera.

Fue magnífica la entrada en tan grandioso recinto, que aparecía casi en exclusiva para nosotros y sombreado por numerosos pinos, olivos y otros árboles. Y solos vimos el templo de Hera, el más antiguo, con su hilera de columnas gruesas, el Phileppion de estructura circular, recientemente restaurado, el solitario templo de Zeus con sus grandes columnas derrumbadas, que albergaba la estatua que esculpió Fidias (su taller también fue hallado en las inmediaciones) y que fue una de las Siete Maravillas del mundo antiguo, la palestra y el gimnasio con sus ecos de atletas participantes en los antiguos y auténticos Juegos Olímpicos…
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A partir de esa hora empezó a entrar la gente y el silencio se alteró no sólo por los gritos y conversaciones, sino por los silbatos de los guardas que cada dos por tres sonaban para llamar la atención de los bárbaros irrespetuosos que se subían sobre estas milenarias piedras para hacerse la foto, pese a los carteles que lo prohibían. Actitudes que han hecho que ya no se pueda acceder al Templo de Zeus, por ejemplo, ni acercarse a su impresionante columnata derribada por los terremotos.

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El primer, único y verdadero Estadio Olímpico del mundo.

El primer, único y verdadero Estadio Olímpico del mundo.

El gentío se hizo patente en el mítico Estadio, con competiciones y carreras de turistas sobre la sagrada arena, con posados de falsas salidas sobre la línea de piedra, animados por los entusiastas y chistosos guías. Algunos se lo tomaban realmente en serio, y temí más de una congestión por el esfuerzo atlético bajo el calor que ya se empezaba a mostrar de manera muy dura. “La gente está fatal”, comentaba a nuestro lado un visitante.

La Victoria Alada, en el Museo.

La Victoria Alada, en el Museo.

Ninguno de esos espectáculos pudo quitar grandiosidad al sentimiento que despiertan unas ruinas bellísimas, que se hace aún más grande en el Museo, que exhibe los impresionantes hallazgos en las excavaciones. Obras maestras como la Victoria alada de Peonio, los grupos escultóricos pertenecientes a los frisos del Templo de Zeus y, sobre todo, el hermosísimo Hermes de Praxíteles, obra maestra universal que tenía en mi memoria indeleblemente desde aquella primera visita a Olimpia ¡en 1992! Seguía imperturbable pero cada día más bello con sus proporciones perfectas y el increíble brillo pulido de su mármol.

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El Hermes de Praxíteles, brillante y perfecto.

El Hermes de Praxíteles, brillante y perfecto.

La acumulación de gente se hizo algo agobiante, y también indignante al ver las posturitas de algunas turistas delante de esas mavarillas del arte. En fin… tampoco pudieron evitarnos el disfrute pese a sus inconscientes y evidentes intentos.

La multitud en el Museo, ante uno de los frisos del templo de Zeus.

La multitud en el Museo, ante uno de los frisos del templo de Zeus.

Olimpia, seguirás ahí cuando hayamos pasado todos a otro estado, haciendo disfrutar a las generaciones sensibles.

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Varios detalles de los frisos del Templo de Zeus, en el Museo.

Varios detalles de los frisos del Templo de Zeus, en el Museo.