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Palencia ya no es desconocida

Ulyfox | 10 de febrero de 2020 a las 13:38

vista del ábside de la catedral de Palencia.

vista del ábside de la catedral de Palencia.

No haber visitado Palencia hasta una cierta y elevada edad podría no tener perdón, ni siquiera con la  válida excusa de vivir en la más baja Andalucía. No, porque hemos pasado bastantes veces por su cercanía en nuestros viajes al Norte. Sí, podría no tener perdón, una vez visto lo que nos habíamos estado perdiendo. Me refiero a la capital, aunque la provincia tiene una gran cantidad de tesoros románicos que otro día os contaremos.

La Plaza Mayor de Palencia.

La Plaza Mayor de Palencia.

Aun estando tan lejos, no sé qué hace que viajemos al Norte siempre en invierno. En esta ocasión fue a finales del otoño, tiempo gris, en ocasiones lluvioso, que sin embargo no nos ha impedido nunca el disfrute de esas regiones españolas. Añoramos más sol y menos agua cuando estamos por allí, pero los recuerdos siempre han sido duraderos.

El Mercado Central y la sede de la Diputación Provincial.

El Mercado Central y la sede de la Diputación Provincial.

En las horas que pasamos allí comprobamos que Palencia es para pasearla, con un casco antiguo pequeño, con monumentos esparcidos por toda su extensión pero no especialmente bello. Parece haber sido modernizado en una buena parte y eso le resta asombro al callejeo, aunque no encanto ni comodidad. Tiene, eso sí, algunas iglesias góticas muy interesantes como las de San Miguel y San Pablo, el monasterio de Santa Clara, y sobre todo, por encima de todo, su asombrosa catedral, la dedicada a San Antolín, que se había designado siempre como ‘la bella desconocida’ y que a partir de su restauración en marcha se está llamando ‘la bella reconocida’. Con cuánta justicia.

Detalle del retablo de una de los altares principales de la Catedral.

Detalle del retablo de una de los altares principales de la Catedral.

 

La catedral por sí sola, se puede decir alta y claramente, merece una visita a Palencia. Es un asombro de belleza que injustamente no figura entre las de obligado cumplimiento para los amantes del arte. Cuando la visitamos estaba en obras, y tenía desafortunadamente cerradas la nave central y el altar mayor. También por desgracia había concluido unos días antes la posibilidad de visitar los trabajos usando un ascensor desde el que se podía contemplar toda su grandeza. En temporada, se podrá volver a disponer de este circuito.

Portada de la iglesia del Monasterio de Santa Clara.

Portada de la iglesia del Monasterio de Santa Clara.

 

Pero lo que se podía ver, aun así, es maravilloso, una riqueza artística en arquitectura, en escultura, pinturas y relieves insospechada en la que es (otra vez un dato descubierto) la tercera catedral más grande de España. Las piezas únicas se despliegan en las naves, en el coro, en el trascoro, en las numerosas capillas laterales y de la girola, y en la misteriosa cripta de San Antolín. La restauración en marcha debe dejar un conjunto ciertamente admirable. Ya lo es en lo que se puede ver.

Vista de la fachada principal de la Catedral.

Vista de la fachada principal de la Catedral.

 

Una estupenda audioguía sirve de perfecto acompañamiento a la visita, que forzosamente debe ser lenta y reposada, demorándose uno en cada rincón para admirar la factura de las obras de arte y las historias que estas te cuentan.

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Imágenes del interior de la bellísima catedral gótica.

Imágenes del interior de la bellísima catedral gótica.

El recorrido debe incluir también el magnífico museo, que incluye esculturas románicas, tapices y obras de El Greco, Zurbarán, Silóe y otros muchos, aparte de curiosidades como el retrato deformado a lo ancho de Carlos V que sólo se puede apreciar a través de un minúsculo agujero lateral.

La antiquísima cripta de San Antolín.

La antiquísima cripta de San Antolín.

 

Y después de esto, siempre se tiene la posibilidad cierta de acabar el disfrute con las delicias de la comida castellana en alguno de los restaurantes o bares de tapas palentinos. Sería imperdonable perderse este final. Nosotros nos lo dimos en el restaurante Los Candiles, con un estupendo lechazo.

Estupendo lechazo en Los Candiles.

Estupendo lechazo en Los Candiles.

Trenes para viajarlos

Ulyfox | 28 de diciembre de 2019 a las 13:29

TRENES
Yo diría que el turismo moderno empezó con el tren. Los miles, millones de viajeros anteriores al invento de la máquina de vapor seguramente eran o bien guerreros o gente que huía de ellos o en busca de mejor vida, o comerciantes, o pertenecían a esa admirable especie humana de los exploradores. Muchos eran todo eso a la vez.
La llegada del tren tuvo que suponer en el siglo XIX algo parecido al fenómeno de los vuelos de bajo coste de hoy en día: abrió el mundo a las personas simplemente interesadas en conocerlo, individuos ansiosos de contemplar con sus ojos lo que habían visto en los libros, las maravillas de Roma y Grecia, el exotismo de Oriente.
El ferrocarril llegó y se quedó, hoy convertido en un medio de transporte y comunicación limpio y civilizado, que se salta atascos y llega al centro de las ciudades. El tren ha añadido comodidades sin perder el encanto y la emoción de ver pasar por las ventanillas países enteros.
Algunos convoyes se han mantenido, o incluso creado, para rememorar los viajes románticos y de lujo. Así que tengo que contaros mi orgullo e incluso satisfacción al anunciaros la salida a la venta del libro ‘Trenes por el mundo‘ que acaba de editar Anaya Touring y que incluye entre los 20 recorridos por los cinco continentes, uno dedicado al Tren Al Andalus, que he escrito yo. Este y todos los demás capítulos cuentan la historia de cada trazado, un mapa esquema del recorrido, detalles de cada tren, los atractivos turísticos en las diferentes paradas, descripciones paisajísticas…
Trenes típicos y únicos, nostálgicos y supermodernos, con trazados tortuosos o repletos de público local. De eso va, ilustrado con una magníficas fotos de su autor, el periodista Sergi Reboredo, que ha escrito todos los demás textos. Esta obra que su autor define como “una lista de deseos” describe los viajes en tren más míticos del mundo como el Transiberiano, el Transcantábrico, Al-Andalus, el Belmond Machu-Picchu, el Maharajás Express de la India… pero también incluye rutas convencionales como el tren de la selva de Madagascar, el tren bala de Japón o el tren del círculo polar en Noruega.
Qué os voy a decir, se trata de un magnífico regalo para estas fiestas, y lo digo obviamente como parte interesada pero también con la sinceridad que eso me permite…

Pueblos sin fronteras,Tui y Valença

Ulyfox | 15 de febrero de 2019 a las 12:31

Fachada principal de la catedral de Tui, al atardecer.

Fachada principal de la catedral de Tui, al atardecer.

Bendeciremos siempre a la Unión Europea por la supresión de fronteras, perdonaremos sus múltiples pecados por mor de la virtud que supone el libre tránsito de personas. Los viajeros seremos siempre, ya pueden venir mil razones para cualquier tipo de ‘brexit’, misericordiosos con el Tratado de Schengen. Derribadas las barreras, que nadie tenga la tentación de volver a ponerlas sobre un río o en los puertos de montaña. Que los mares sean como ahora una vía de comunicación y que los puentes lleven siempre con orgullo el significado de su nombre.

Casas en la Praza da República de Valença.

Casas en la Praza da República de Valença.

Algo parecido a esta especie de oración habría que entonar mirando desde las alturas de la fortaleza de Valença do Minho, en Portugal, hacia Tuy (o Tui), España, sobrevolando la vista sobre el  Miño, vadeando sin dificultad la corriente. Sin fronteras, por más que un pasado de recelos levantara en ambos lados imponentes castillos.

En los días finales de 2019, hace poco más de un mes, acudimos en una mañana a las dos poblaciones, a los dos países unidos por un hermoso puente de hierro que sirve de plataforma a la vez para el paso de tren, coches y peatones. Primero, Valença, su hermosa e imponente fortaleza sobre la colina, que es a la vez castillo y población de larga historia de victorias y derrotas. Para llegar al pueblo hay que atravesar primero un bastión de avanzada y, tras un segundo puente, una puerta en la muralla da acceso al centro.

Fortificaciones de Valença do Miño.

Fortificaciones de Valença do Miño.

Aunque parezca contradictorio con la oración anterior, a veces hay que agradecer, por qué no, las fronteras, las que en el pasado decidieron casi de manera inconsciente que, sólo con cruzarlas, pudiéramos apreciar estilos de construcción, lenguas y formas de vida diferentes. Por eso, la Praza de República de Valença es inequívocamente portuguesa y no gallega: los azulejos decoran las fachadas de una manera elegante sólo posible en Portugal; por eso la iglesia tiene la fachada blanqueada y las pilastras, esquinas y cornisas de piedra vista; por eso el dulce acento luso.

La suerte y la pena de Valença es que ahora vive tanto del turismo que es casi imposible apreciar sus viejas puertas, tapadas por la abundancia de tiendas y, como consecuencia, del género mayoritariamente textil colgado en su exterior y ocultando la visión de piedras centenarias. Digamos, dejándonos llevar por la buena disposición que propician los buenos momentos, que está bien así.

El maravilloso pórtico de la catedral.

El maravilloso pórtico de la catedral.

Detalle del pórtico.

Detalle del pórtico.

Después cruzamos el río sobre el puente para disfrutar el casco antiguo de Tuy, parada señera del Camino Portugués hacia Santiago de Compostela, y sobre todo de su bellísima catedral. Dice Julio Llamazares en su libro ‘Las rosas de piedra’, que el pórtico de este templo es uno de los más hermosos de entre todas las catedrales góticas españolas. Y contemplándolo, se comprende que no podría haber escrito otra cosa. Como adelantado sobre la sobria y a la vez impactante fachada con apariencia de castillo, las columnas decoradas con notables esculturas de profetas y reyes, y sus arquivoltas apuntadas esculpidas impresionan incluso al que haya visto muchas portadas góticas. Para terminar de maravillar, el grupo que corona el dintel conserva aún buena parte de la policromía original. Asombroso.

El puente sobre el Miño, y al fondo Tui, desde la fortaleza de Valença.

El puente sobre el Miño, y al fondo Tui, desde la fortaleza de Valença.

El interior no desmerece esta gloriosa entrada. Una audioguía complementa perfectamente el recorrido, que debe hacerse pausadamente hasta llegar al sobrio claustro, dorado a la hora del atardecer y que tiene una culminación extraordinaria con una salida al jardín monacal, precioso mirador sobre el Miño, sobre esa linde que ahora une, mucho más que separa, devolviendo a Valença la mirada que por la mañana lanzamos desde el otro lado.

No hay fronteras.

Getaria, el norte sonriente

Ulyfox | 6 de julio de 2018 a las 12:27

La kale Nagusia de Getaria.

La kale Nagusia de Getaria.

 

Habría parecido increíle, pero la gente se despojó de los chaquetones, algunos hasta de los jerseys. Era el norte de España a principios de enero, pero de pronto hacía un calor impropio y lucía un sol alegre. El mar seguía encabritado, rociando con una neblina de color de fumata blanca toda la línea de costa, y sin embargo las nubes se habían apartado propiciando que el azul fuera más azul y en la tierra el verde, más intenso. Estábamos llegando a Getaria en mañana de domingo,  así que no estábamos precisamente solos, porque al olor de sus parrillas y al reclamo de las calles pétreas y marineras de esta milenaria villa guipuzcoana, cientos de familias y grupos nos congregamos como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, como en una procesión civil que bajaba por la calle Mayor (kale Nagusia) desde el monumento a Elkano hasta el puerto de aromas sublimes.

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Exterior e interior del Museo Balenciaga.

Exterior e interior del Museo Balenciaga.

Pero nosotros habíamos preferido subir antes, tomar las empinadas escaleras, afortunadamente automáticas, hasta el magnífico Museo Balenciaga, en la parte alta de la población. Pensábamos antes de verlo, y lo confirmamos tras la visita, que era un lugar imprescindible de la visita a este puerto histórico y tan alejado de nuestro Sur natal. Casi no sabíamos nada de la vida y la obra de este genio de la costura aparte de su conocidísima importancia, pero el centro, tan moderno en concepción y presentación, nos hizo disfrutar del trabajo y la sabiduría que hay detrás de algo tan aparentemente sencillo como son trozos de tela pensados y dispuestos de determinada manera por el trabajo de la aguja y el hilo. Si el ilustre marinero Juan Sebastián de Elcano le dio la vuelta al mundo es indudable que su paisano de varios siglos después le dio más de una al mundo de la moda. Un museo para disfrutar.

Entrada al casco antiguo de Getaria.

Entrada al casco antiguo de Getaria.

Luego todo fue rodar cuesta abajo mirando balconadas, retorciendo calles y rozando la iglesia de San Sebastián, tan doblemente alta, para desembocar en el muelle con el apetito dispuesto y, afortunada y previsoramente, con mesa reservada en uno de los atestados asadores. Kokotxas, almejas y rodaballo, claro, como una maravillosa obligación gastronómica a la que nuestro educado paladar respondió devolviendo los platos casi limpios al fregadero. Txakolí de allí mismo para acompañar, y para alegrarnos el ánimo con el que nos dirigimos hacia el Ratón, el promontorio que debe su apodo a la forma que recuerda al roedor, y con el que jugamos a esquivar las bravas olas como los niños que nunca dejaremos de ser.

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Las parrillas de Getaria, el mejor lugar para un buen rodaballo a la brasa.

Las parrillas de Getaria, el mejor lugar para un buen rodaballo a la brasa.

 

Era casi imposible encontrar mejores ingredientes para un día de vacaciones en ese Norte tan amado y al que algo habremos dado también para que nos quiera tanto, así de pronto como un amor repentino después de haber pasado décadas sin saber de él. No nos faltó ni la pizca de emoción por la carretera nocturna con las olas rociando el coche. A punto estuvieron de no dejarnos pasar, pero la llegada al hotel se pudo hacer para encontrar la serenidad y el descanso después de un día de emociones suaves.

El Ratón de Getaria, el promontorio que domina el paisaje costero de Getaria.

El Ratón de Getaria, el promontorio que domina el paisaje costero de Getaria.

 

Por fin, Santa María del Naranco

Ulyfox | 7 de mayo de 2016 a las 19:57

Ante Santa María del Naranco, cerca de Oviedo.

Ante Santa María del Naranco, cerca de Oviedo.

Tengo por seguro que una buena parte de lo que fueron con el paso de los años mis intereses, aficiones y deseos proviene de aquel libro de texto, básico, elemental, de Historia del Arte en sexto de Bachillerato, aquel sistema antiguo de enseñanza, que de todas formas también dio sus frutos. ¿Quién sabe a qué obedecen los gustos, por qué determinadas materias nos llegan como si no fueran estudios sino primeros encuentros con nuestro yo? Nunca soporté las matemáticas y en general las ciencias. Me sigue pasando aún cuando veo dos números seguidos, una curva gráfica o una fórmula química. Sufría con esas asignaturas y en cambio disfrutaba casi en secreto de las dificultades de traducir un texto en latín o griego, de casar los nominativos con los genitivos hasta dar forma comprensible a un párrafo que normalmente debe sonar caótico. Y en la cumbre de la distracción estaba la Historia del Arte, aquellas fotos de remotos azulejos persas que representaban un desfile de arqueros o un león colorido, la Puerta de los Leones de Micenas, los bajorrelieves de carros y caballos mesopotámicos, el Partenón y el Hermes de Praxíteles, el auriga de Delfos, el Coliseo, el galo moribundo, los almocávares de la Alhambra… y como un gran descubrimiento, el prerrománico asturiano, una arquitectura asombrosa con arcos de herradura en puertas y ventanas antes de que los adoptaran los árabes. Santa María del Naranco era una de esas fotos que permanecieron como lugares que más tarde o más temprano había de tener ante mis ojos y tocar con mis manos.

Vista lateral de Santa María, con Oviedo al fondo.

Vista lateral de Santa María, con Oviedo al fondo.

He tardado, la verdad, pero por fin hace unos meses nos pudimos plantar ante esta cumbre del arte universal, espléndida en su sencillez de líneas pétreas, emocionante por la vibración que transmiten sus quietos sillares. Ya sabéis, aunque ahora es un monumento y durante mucho tiempo fue iglesia, en realidad fue concebida como pequeño palacio de descanso en sus cacerías por el rey asturiano Ramiro. Junto a estas estancias reales del siglo IX, de hecho, se encuentra la verdadera iglesia, San Miguel de Lillo, de la misma época. Su imagen era para mí uno de los principales reclamos del viaje a Asturias tan aplazado. Y en esta ocasión, no defraudó mis expectativas sentimentales. Entré en su alta nave superior y me reencontré con aquel sentimiento que esperaba expresarse desde Bachillerato. Me gustaron sus columnas con decoración helicoidal, sus medallones decorativos, el techo alto, su silueta esbelta, su aire ligero pese a lo pesado de sus piedras. Me pareció, como ya sospechaban mis gustos juveniles, una cumbre de la obra humana. Y no me pidáis opiniones de experto, no tengo más experiencia que la que han ido adquiriendo mis sentidos.

Vista trasera de la iglesia prerrománica.

Vista trasera de la iglesia prerrománica.

Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo, además, están enmarcados en un paisaje espléndido, verdemente asturiano, casi sobrevolando Oviedo en la ladera sur del Monte Naranco. Junto a San Miguel, el terreno aparecía muy removido por los jabalíes en su busca de raíces, según nos explicó el atento guía que se pasaba el día subiendo y bajando entre los dos monumentos. El tiempo era muy húmedo como correspondía a los primeros días de enero, pero no llovía aunque constantemente amenazaba. En apenas una hora se visitan estos dos espacios que atestiguan un tiempo en el que casi toda la península estaba dominada por los musulmanes y sólo el norte sostenía la religión católica. Mucha historia entre pocos muros.

Vista del paisaje desde el pórtico frontal de Santa María.

Vista del paisaje desde el pórtico frontal de Santa María.

 

San Miguel de Lillo, la otra joya ovetense.

San Miguel de Lillo, la otra joya ovetense.

 

Oviedo, de paseo con amigos

Ulyfox | 4 de mayo de 2016 a las 13:12

De paseo con mi amigo Woody, en el centro de Oviedo.

De paseo con mi amigo Woody, en el centro de Oviedo.

 

Por encima de todo, Oviedo nos pareció una ciudad amiga. Entienda cada uno lo que entienda por amistad, lo que quiero decir es que es un lugar que se deja entrar. Tal vez sea entonces más apropiado decir que es una ciudad que se presta a ligar con ella. Limpia, paseable, con numerosos refugios donde reposar la caminata con cerveza, con vino o con sidra. Sin un papel en el suelo, lo que es lo mismo que decir civilizada y respetuosa. Con rincones donde saludar a amigos de toda la vida, como Woody Allen o Mafalda, genios universales y compañeros en tantos sentimientos, pasiones e indignaciones. Con una librería inmensamente acogedora, patria de todas las almas, como es la librería Cervantes, cuatro plantas de libros, documentos y eficacia en la gestión donde recuperar el amor por los libros que nunca se debe romper.

La Regenta pasea ante la Catedral de Oviedo.

La Regenta pasea ante la Catedral de Oviedo.

Fuimos a Asturias a primeros de año porque es uno de los pocos lugares a los que no habíamos viajado en España. Ya se sabe, la lejanía, el mal tiempo. Y claro que sí, todo eso nos encontramos, un larguísimo viaje en coche, aunque aprovechamos para hacer una gratísima parada en León en la que compartir un estupendo rato de cena y charla con dos amigos de viaje, Isabel y Santiago, a los que conocimos en Creta y lectores de nuestra guía. No hay que perder ninguna ocasión. Y claro que nos llovió, pero eso estaba en el programa,  y más si uno se planta en esas tierras en enero.

Acompañadas de la genial Mafalda, en el Campo de San Francisco.

Acompañadas de la genial Mafalda, en el Campo de San Francisco.

Lo bueno era el contacto con la gente, con los entornos, con su actividad, con sus costumbres tan compartidas, con su extraordinaria gastronomía. Va uno seguro de que todo le va a ir bien por ciudades así. Va uno envidioso de que las numerosas estatuas que se va encontrando a su paso estén perfectamente. Tiembla uno pensando qué le hubiera pasado a la colorida Mafalda, que todos los días duerme sola en su banco, en un lugar como este nuestro, tan desafortunadamente acostumbrado a que lo común se descuide. El personaje de Quino forma cola de visitantes para hacerse la foto con ella, como le pasa también a la representación de Woody Allen, que es a su vez representante de tantos de nosotros.

Patio interior de la plaza del Fontán.

Patio interior de la plaza del Fontán.

Parece Oviedo una ciudad rica, y seguramente lo es en una región rica, con sus librerías, sus premios Príncipe de Asturias, su Teatro Campoamor. Y da la impresión de ser culta. Con esa nos quedamos y de esa disfrutamos, simplemente paseando.

Premio a un recuerdo

Ulyfox | 10 de junio de 2015 a las 13:04

El magnífico Teatro Romano de Mérida, que forma parte del literario recuerdo.

El magnífico Teatro Romano de Mérida, que forma parte del literario recuerdo.

Le acaban de dar el premio Princesa de Asturias a un recuerdo mío. Dicen Leonardo Padura y viajo de pronto a un lugar que no tiene nada que ver con Cuba, ni con México ni con Rusia. Tiene más que ver con el Imperio romano. Fue una noche de otoño hace más de tres años cuando conocí a Padura, una noche en la que andaba vagando por Mérida en busca de una lectura que compensara mis olvidos. Entonces dimos con la librería Punto Aparte, abierta milagrosamente cerca de las nueve. Su amabilísima y dispuesta propietaria me recomendó El hombre que amaba a los perros, del ahora premiado, y nunca se lo agradeceré bastante. Porque ayudó en las noches de aquel viaje y porque me descubrió al autor. Un libro delicadísimo y a medias entre la ficción y la historia, con el asesinato de Trotsky de fondo, que en realidad es la vida de su asesino Ramón Mercader. Gracias a aquella librera por el libro, y al jurado del Princesa de Asturias por el recuerdo.

 

Un pequeño lugar fundamental

Ulyfox | 27 de mayo de 2015 a las 12:56

El luminoso y sencillo claustro del Monasterio de La Rábida.

El luminoso y sencillo claustro del Monasterio de La Rábida.

La blanca silueta del monasterio, en un cuidado entorno.

La blanca silueta del monasterio, en un cuidado entorno.

Otra vista exterior del monasterio, con la entrada de la iglesia.

Otra vista exterior del monasterio, con la entrada de la iglesia.

Sí, la Historia, así con mayúsculas, muchas veces requiere de circunstancias, lugares o acontecimientos minúsculos. Me vienen a la mente sitios como el rincón lleno de maleza donde apareció la Venus en Milo; la habitación pequeña en la que nació Isabel la Católica, el teatrito isleño donde empezaron las Cortes, una colina ateniense que alumbró la democracia, la imprenta donde se editó el Quijote en Madrid, la casita donde nació Kafka en Praga, una roca en Quíos donde supuestamente enseñaba Homero, la plaza de La Bastilla en París, el aula donde enseñaba Machado en Baeza, o esa cueva en Patmos donde San Juan alucinó tanto que escribió el Apocalipsis…

El interior de la pequeña iglesia mudéjar de La Rábida.

El interior de la pequeña iglesia mudéjar de La Rábida.

Nosotros hemos conocido, hace sólo unos días (bueno, Penélope ya lo conocía) uno de esos lugares pequeños donde ocurren cosas fundamentales: La Rábida. Ya lo sabéis todos, ese convento franciscano donde Cristóbal Colón encontró refugio para su cansancio y sus ideas en los brazos y las mentes entregadas de sus moradores, que al final fueron sus principales valedores, con Antonio de Marchena a la cabeza, para que pudiera convencer a los Reyes Católicos con sus no tan locas ideas acerca de las Indias, la redondez de la tierra y esos viajes fantásticos a mundos sólo imaginados.

Frescos de Vázquez Díaz, a la entrada del monasterio.

Frescos de Vázquez Díaz, a la entrada del monasterio.

El claustro mudéjar del Monasterio.

El claustro mudéjar del Monasterio.

El lugar está cuidado, muy cuidado, y rebosante de sensaciones. Tal vez demasiado limpio para que el visitante pueda sentir el paso y el peso de la historia. Alguna telaraña evocadora, alguna losa desgastada que evocara cansados o pertinaces paseos, alguna huella de humedad venida de la imponente marisma o traída en alguna de las carabelas de allende los mares, algún desconchón en las blancas o rosas paredes, por no hablar de algún aroma de cocina de puchero conventual, le vendrían bien al propósito de situar al visitante en aquel momento crucial de la historia de España y del mundo. Sí queda en cambio claro que aquella gesta increíble, grandiosa, comparable a pocas en el devenir de las relaciones planetarias, tuvo su origen en un humilde rincón andaluz, de cal, ladrillo y canto, como uniendo todas las culturas que en la península habitaron. No hay allí, ni lo había, lujos ni grandes salones regios. Tampoco los había en todo el Reino, aún heredero de una pobre alcurnia castellana y antes de que los oros de América inundaran este lado del Atlántico. El monasterio se puede visitar casi como el que visita un cortijo, con dos sencillos y hermosos claustros, que aquí es solo el pomposo nombre que los monjes dan a sus patios. La audioguía que te dan con la entrada te ambienta con su música antigua y te ayuda a comprender el momento histórico, y todo transcurre plácido, como un cuento que sabemos que no tuvo un final feliz.

 

Ventanas sobre el claustro mudéjar.

Ventanas sobre el claustro mudéjar.

Me gustaron especialmente los claustros (siempre me enamoran estos espacios abiertos pero cerrados, debe de ser el alma de monje no consumado que me acompaña) y el emplazamiento en la colina, sobre las marismas, como un símbolo inevitable de encuentro y partida de horizontes abiertos. No me emocionarion los frescos del pintor Daniel Vázquez Díaz. Al exterior quizá le sobra el aire conmemorativo que se le ha querido dar, incluyendo esa columna tan alta. Tal vez habría sido más acertado acentuar lo pequeño, o más bien la paradoja que supone que algo tan grande viniera a ser concebido en este rincón. Le pegaba más, creo yo, el espíritu poético de que el visitante tuviera que buscar el convento en un paraje humilde y escondido. Cosas mías.

La restaurada Columna del IV Centenario, cerca del monasterio.

La restaurada Columna del IV Centenario, cerca del monasterio.

Luego, sí, cumplimos con el rito de visitar las tres carabelas, que no pueden quitarse de encima ese aspecto de réplica pero cumplen también su función didáctica y, por qué no, turística. El paisaje marismeño se ve a lo lejos perturbado por las evidencias industriales y portuarias, pero eso ya…

La réplica de las tres carabelas de Colón, en el muelle de las Carabelas.

La réplica de las tres carabelas de Colón, en el muelle de las Carabelas.

Qué se nos ha perdido en Huelva

Ulyfox | 20 de mayo de 2015 a las 13:50

Escena vespertina en la Plaza de las Flores de Isla Cristina.

Escena vespertina en la Plaza de las Flores de Isla Cristina.

 

La verdad es que pensábamos que nada se nos había perdido en Huelva. Es más, amigos y compañeros siempre nos han dicho que no nos perdemos nada, cuando hasta hace poco comentábamos que no habíamos estado nunca, que era de los pocos lugares que no conocíamos. Si acaso, de paso hacia Portugal, alguna parada en la Sierra, en una cafetería de autovía, hace tantísimos años en Ayamonte poco antes de tomar la barca para cruzar hacia Vilareal de Santo Antonio cuando era el único medio de hacerlo. Así que eso pensábamos también, que nada había que lamentar por no haber estado nunca en Huelva. Pero si os soy sincero, últimamente barruntaba que ciertos paisajes, ciertos horizontes de arenas y marismas me habrían de gustar, y, por supuesto, ciertos moluscos y crustáceos de fama mundial.

Frente a la playa de Isla Cristina, en la punta del Caimán.

Frente a la playa de Isla Cristina, en la punta del Caimán.

 

Así que a este reclamo por fin decidimos acudir hace un par de semanas, y reservamos dos noches de hotel en Isla Cristina, que da nombre a pesquerías, conservas y especies marinas de prestigio. El objetivo gastronómico estaba claro. El Barceló Isla Cristina no nos decepcionó, si entendemos por esto que era justamente lo que esperábamos: un lugar pensado y realizado para vacaciones en familia, todo incluido con piscinas rebosantes, actuaciones toda la tarde y animación del tipo que no decaiga y que los niños no se aburran mientras los padres pueden vigilar desde sus mesas, o ni vigilar siquiera, que eso queda en manos de los animosos monitores. No precisamente indicado para nuestros gustos, pero apto por limpieza, servicios y ubicación. Olvídense del encanto.

Barcos pesqueros en el muelle de Isla Cristina.

Barcos pesqueros en el muelle de Isla Cristina.

Isla Cristina se nos reveló como un lugar conocido, como otros pueblos marineros de nuestra zona, pero con la fortuna de contar aún con una importante actividad pesquera. De hecho es la primera flota de Andalucía en su género. Y eso se agradece en las cocinas, en los bares y en los restaurantes. El casco urbano presenta la esperable anarquía del centro y la en cierta forma artificial ordenación de las afueras. Limpio, sí, y lleno de luz como corresponde a la Costa en la que está enclavado. Sus muelles sorprende por la acumulación de barcos con olor a faena. Paseamos un rato, pasando antes por la lejana y arenosa playa, en un paisaje de ríos, caños, esteros y salinas muy familiar para dos nativos de San Fernando. Desembocamos en la plaza de las Flores, pequeña, pueblerina y con niños jugando. Tomamos una cerveza en la terraza del Casino, con un espacio interior de aire antiguo claramente desaprovechado. La noche fue la búsqueda del producto local, y tenemos que decir que acertamos plenamente con la recomendación de una de las recepcionistas del hotel. No muy lejos, un restaurante sin muchas pretensiones, el Aqua, nos deleitó con unas gambas muy frescas, unas coquinas sabrosas aunque algo arenosas, y unas pijotas de hacerles reverencias. El buen vino del Condado, en este caso Marieta, acompañó todo a la perfección. Excelente.

En el muelle de la Isla del Moral.

En el muelle de la Isla del Moral.

La mañana del segundo día tuvo un objetivo casi idéntico: a la búsqueda de mojama y atún de la conservera local Usisa y un salto a mediodía hacia la Isla del Moral, un poblado de pescadores al otro lado del río Carreras, un agradable paseo que se hace a bordo de un gracioso barco de nombre más bien pretencioso: ‘Ferry’ El Pelón. En diez minutos estábamos en el otro lado. Con calor y a pie nos acercamos al poblado, un conjunto de casas y restaurantes de pescados. Esta vez cayó un arroz caldoso a la marinera, con un preludio de las inevitables y amistosas coquinas (gordas y fresquísimas) y una pimentá con melva. Más vino del Condado y más gracias a la vida por la comida a un precio más que aceptable en El Chiringuito III.

Regreso y conversación en el 'ferry' el Pelón.

Regreso y conversación en el ‘ferry’ el Pelón.

La vuelta dio para una animada aunque resignadamente tópica conversación sobre esa situación que Rajoy no ve con uno de los pasajeros, camarero de uno de los chiringuitos, de regreso a su casa tras la faena, y que también le pega al flamenquito y al Carnaval.

Ahí, con ese aire marismeño, en el muelle Martínez Catena de Isla Cristina.

Ahí, con ese aire marismeño, en el muelle Martínez Catena de Isla Cristina.

El día acabó sin más historia con una cena en el bar Cristina, a base de ya imagináis qué. Y con la conclusión de que, desde luego, sí nos habíamos estado perdiendo algo por no conocer Huelva. Quién sabe, es probable que repitamos con algún otro pueblo no muy tarde. Por si hubiera algo más que pudiéramos encontrar sin haberlo perdido.

El río Carreras, frente a Isla Cristina.

El río Carreras, frente a Isla Cristina.

 

Mariscando las excelentes coquinas en la marisma.

Mariscando las excelentes coquinas en la marisma.

La causa de tanta riqueza.

La causa de tanta riqueza.

Un paseo nutritivo e instructivo

Ulyfox | 28 de marzo de 2015 a las 19:17

 

Ante el Puente Colgante de Portugalete.

Ante el Puente Colgante de Portugalete.

Llovió pero no mucho, no mucho para lo que se supone que es el País Vasco. Sí, por momentos el paseo se vio azotado por el viento y la lluvia, pero pasó pronto. No era desde Santurce a Bilbao, pero sí por toda la orilla anduvimos desde Portugalete hasta Algorta, comprobando que el primero tiene un casco antiguo pequeño y con sabor, que “no hay en el mundo puente colgante más elegante que el de Bilbao, porque lo han hecho los bilbainicos que son muy ricos y resalaos”, según aprendí de pequeño en una película muy triste que creo que se llamaba El otro árbol de Guernica. El puente de Portugalete, que permite salvar elegantemente la ría en su barca suspendida, es patrimonio de la humanidad, y me parece que merece serlo, con su estampa férrea, industrial y ciertamente airosa.

Arriba y abajo, dos panorámicas del Puente.

Panorámica del Puente.

En la barca cruzamos hasta Las Arenas, que como a muchos supongo me suena a equipo señero de fútbol. Y nos pusimos a pasear, como nos habían recomendado muchos de nuestros conocidos, siguiendo la orilla, pasando por Getxo, con su borde marítimo lleno de casonas veraniegas de la gran burguesía financiera y comercial de finales del siglo XIX y principios del XX, elevadas a su máximo esplendor llegando a Neguri, ese barrio con aire inglés por el que debieron andar en aquel tiempo mayordomos, ayudas de cámara, jardineros y chóferes a centenares. No importaba que lloviznara, cesó muy pronto.

Las mansiones de Getxo frente al mar.

Las mansiones de Getxo frente al mar.

A cada trecho, en el paseo, pequeños paneles describen las características e historias de las residencias más señaladas, muchas de ellas con aire de castillo o palacio. Resulta una caminata la mar de instructiva. Nosotros, además, íbamos con el destino fijo de almorzar en el puerto viejo de Algorta, donde nuestros amigos y anfitriones vascos nos habían recomendado recalar a la hora de comer. “Hay muy buenos sitios, pero si podéis id a Casa Carola, Karola Etxea”, nos encareció Verónica. Claro, no la íbamos a desobedecer, aunque antes nos propinamos un txakolí con pintxo en una taberna junto a las barcas.

El esplendor antiguo de las mansiones de Neguri.

El esplendor antiguo de las mansiones de Neguri.

Más ejemplos de una burguesía de verdad.

Más ejemplos de una burguesía de verdad.

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Subiendo un poco las cuestas del puerto viejo por el acantilado encontramos el restaurante. Precioso interior en azul y manteles blancos, y grandiosa carta de pescado y marisco. Nos regalamos un txangurro de categoría, cocinado con arte, unas almejas gordas y sabrosas, un calamar en su tinta dulce como la vida en vacaciones y unas cocochas de bacalao con su pilpil justo, no bañadas. Cedimos a la tentación y repetimos estas últimas, las mejores que hemos comido, exquisitas y suaves. No fue barato, no podía serlo, pero el placer no tiene precio.

Calles del puerto viejo de Algorta.

Calles del puerto viejo de Algorta.

Un extraordinario almuerzo en el Karola Etxea.

Un extraordinario almuerzo en el Karola Etxea.

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