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Mistra, no Esparta

Ulyfox | 13 de junio de 2013 a las 14:10

Una iglesia abandonada en la abandonada Mistra

Esparta fue la gran rival de Atenas en la Grecia antigua. Su forma de vida y su disciplina militar dieron nombre a un adjetivo. No sólo el valor de sus guerreros, cuyo ejemplo más ilustre es el comportamiento de los 300 comandados por el rey Leónidas en la batalla de las Termópilas, sino la inexpugnabilidad de los montes que circundaban la ciudad, los Taigetos, le permitieron no tener murallas. Hoy Esparta es una ciudad mediana del interior del Peloponeso griego, y no guarda ningún vestigio notable de aquellos tiempos gloriosos, sólo la débil huella de la acrópolis y unas cuantas piedras del antiguo teatro. Cuando estuvimos allí, hace tanto tiempo, la gente vivía en las calles como en cualquier pueblo de Andalucía, unas calles cuadriculadas sin mucho que destacar. Guardamos un recuerdo imborrable de un cerdo con berenjenas sorprendente y sublime que cenamos en un restaurante de apariencia no muy acogedora, con dos camareros mayores y unos manteles de manchas indelebles. Les pedimos que nos cambiaran el mantel… y nos pusieron otro muy planchado y con las mismas manchas. No importó, el cerdo era un prodigio de delicadeza popular insospechada, y el sencillo rosado de la casa fue un acompañamiento para una noche barata que se ha quedado para siempre en nuestra memoria de viajeros incansables por Grecia. Entonces estábamos empezando esta pasión.

Edificios vacíos, para mirar dentro y fuera

Pero esas son cosas que, con ser maravillosas, pueden ocurrir en cualquier lugar de la Hélade, según nos dimos cuenta después. Junto a Esparta, sin embargo, a apenas siete kilómetros, hay un lugar mágico, en una ladera de los Taigetos, la antigua ciudad bizantina de Mistra, abandonada, ruina de ladrillos entre matojos, cipreses y murallas difícilmente en pie. Iglesias de varias cúpulas, naves, bóvedas y ábsides con parches de frescos antiguos. Cuando visitamos este lugar lleno de fantasmas alegres, sólo dos monjas vivían en un monasterio que quedaba en pie. El resto eran huecos y, allá arriba, un castillo.

 

El Pantocrátor difuminado en el ábside de una iglesia.

No sé qué tiene Grecia pero es el lugar del mundo donde más lucen unas ruinas. Tal vez porque es un pueblo, aunque alegre, permanentemente orgulloso de su pasado esplendoroso. Mistra forma parte de ese gran mundo evocador de las ruinas griegas, en este caso no de la época clásica sino de su segunda etapa dorada, la de Bizancio, la continuación del Imperio Romano de Oriente, que duró hasta la caída de Constantinopla y su renombramiento por los turcos como Estambul, diez siglos de esplendor bizantino.

Arquitectura bizantina entre pinos y cipreses.

Así que Esparta no es el objetivo en esta zona, sino Mistra, tan visitada por los turistas y tan propicia al recogimiento a la vez. Supongo que desde hace más de 20 años aquello habrá cambiado, y que se verá a grandes grupos de turistas rusos entre sus sagradas ruinas. No importa, en ese caso, sólo habrá que esperar al atardecer para poder oír las voces de los fantamas bizantinos.

Luces y sombras interiores.