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Crónicas desde el Paraíso (IV) La capital de Europa

Ulyfox | 13 de octubre de 2015 a las 13:33

Espectaculares entramados de madera en las calles de la Petite France.

Espectaculares entramados de madera en las calles de la Petite France.

Como una pequeña Francia, pero también como la esencia de Europa, podríamos decir que es Estrasburgo, capital de la Alsacia y de tantas cosas. En este sitio se diría que se puede vivir bien y civilizadamente. Sede del Consejo de Europa, del Parlamento Europeo, del Tribunal de Derechos Humanos, se siente uno protegido por la civilización que tantas potencias enemigas decidieron crear para no tirarse más bombas unos a otros ni tener que entretenerse en hacerse tirabuzones sangrientos. El casco antiguo está limpio, ordenado, peatonalizado o motorizado con un extraordinario sentido cívico, la parte moderna tiene un aire imperial o contemporáneo según la zona, los tranvías, los autobuses circulan cada dos minutos y te dejan casi donde quieres…

 

La Rue des Bains Aux Plantes, antiguo barrio de los curtidores de Estrasburgo.

La Rue des Bains Aux Plantes, antiguo barrio de los curtidores de Estrasburgo.

Es difícil encontrar un pero a esta ciudad, que imagina uno habitada por limpios funcionarios y aplicados estudiantes, además de visitada por millones de turistas, políticos y hombres de negocios. El centro histórico está delimitado por el río Ill, que forma una gran isla llena de casas con entramados de madera, tejados empinados y balcones apropiados para que los curtidores, junto a los canales, airearan las pieles, los carniceros hicieran su trabajo o los diferentes comerciantes trataran sus precios. Seguramente en aquellos años en que sus habitantes desarrollaban estos trabajos, los edificios no lucirían tan limpios y pintados, pero ahora, sí, da gusto verlos y fotografiarlos para que luego los amigos vean que sí, que es verdad que existen ciudades limpias, cuidadas y hermosas.

Los canales atraviesan la Petite France.

Los canales atraviesan la Petite France.

El barrio más visitado de Estrasburgo es el que se conoce como la Petite France, el antiguo barrio de los curtidores, surcado por canales como otro remedo de Venecia, y salpicado de esclusas, molinos y puentes. Pocos lugares tan adecuados para las fotos de recuerdo. Es el paraíso de los paseos en barcazas, aunque nosotros siempre preferimos recorrerlos a pie, poder rodear, atravesar o franquear las vías de agua. Entre los puentes, los más conocidos son los llamados ‘puentes fortificados’ o ‘ponts couverts’ sobre los que varias imponentes torres recuerdan que en otros tiempos era obligado defenderse de ataques enemigos.

Y por todos lados, flores...

Y por todos lados, flores…

 

Los 'puentes protegidos' o 'ponts couverts'.

Los ‘puentes protegidos’ o ‘ponts couverts’.

Paseando por la Grand Rue, se puede uno ir acercando, mientras observa las grandes mansiones de madera, a otro de los grandes atractivos de Estrasburgo: la Catedral de Notre Dâme, que está a punto de cumplir mil años del inicio de su construcción, una obra maestra del gótico europeo, patrimonio de la humanidad, y para la que se agotan los récords. La flecha que remata su única torre se eleva hasta los 142 metros de altura y fue durante siglos el edificio más alto del mundo. La fachada es desconcertante, hasta que uno advierte su singularidad: Los adornos, molduras arquitectónicas y esculturas están separados al menos 23 centímetros de la pared, y eso le da un aspecto de encaje o labrado muy especial. Impresionante, en una plaza por la que siempre corre el viento, en invierno con un frío glacial, fenómeno que la leyenda local atribuye al diablo envidioso, que daría vueltas sin cesar alrededor del templo esperando un día poder penetrar en él para profanarlo. Nosotros sólo notamos un ligero airecillo, que se agradecía.

Hacia la fachada principal de la Catedral de Notre Dame de Estrasburgo.

Hacia la fachada principal de la Catedral de Notre Dame de Estrasburgo.

Estrasburgo es comodísima. Se puede acceder a ella por las mejores autopistas y los trenes más veloces de Francia. Optamos por el tren desde Colmar, y en una hora estábamos en la capital de Europa. Luego, una vez que nos acercamos desde el centro a la zona imperial, mucho menos interesante pero igualmente agradable, sólo tuvimos que coger un cómodo tranvía que nos volvió a dejar en la moderna estación ferroviaria. Desde el tranvía, pudimos observar a numerosa gente que andaba o circulaba en bicicleta por las principales vías de la ciudad, o paseaba con aire de ir a tomar un café mientras caía la tarde. O alguno de los maravillosos blancos alsacianos. Nosotros no dejamos de probar otra variedad, en este caso el sylvaner, también muy bueno…

La singular fachada de la Catedral.

La singular fachada de la Catedral.

 

En los alrededores dela Catedral.

En los alrededores dela Catedral.

 

El Ill es el río de Estrasburgo,  y delimita el casco antiguo.

El Ill es el río de Estrasburgo, y delimita el casco antiguo…

... y lo cruzan bellos puentes.

… y lo cruzan bellos puentes.

Esto debe de ser Europa…

 

 

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El Gobierno de verdad

Ulyfox | 21 de noviembre de 2011 a las 14:53

Penélope, ante el Atomium de Bruselas, mucho antes del euro.

No, no voy a hablar de Rajoy. ¿Para qué? Baste decir que algunos acontecimientos me dan más ganas de viajar aún. Me refiero al Gobierno de verdad, a los que deciden realmente lo que se va a hacer en nuestro país. Esos, ya lo hemos comprobado, no están por aquí ni los elegimos nosotros. Están en los grandes bancos norteamericanos, en las Bolsas de Londres, Nueva York o Francfort, en la cancillería de Berlín, en las instituciones comunitarias de Bruselas.

El Atomium es una gran explanada, ideal para tumbarse.

Bruselas es la capital comunitaria, donde se ventilan nuestras penas económicas y se decide qué hacer algún día. Bueno, pues que sepan que nosotros ya hemos estado allí, cuando eso no ocurría, cuando Europa era un sueño limpio y ordenado al que España se acababa de incorporar para hacerlo a su vez al mundo. Entonces todos queríamos ser europeos, o casi todos. Y nadie había oído hablar de primas de riesgo ni deuda soberana, esos términos en los que nos hemos hecho tan mentirosamente expertos, tan engañadamente peritos.

Terrazas y cerveza en la Grande Place.

Y éramos, también nosotros, felices y pobres. Viajábamos en grupos baratos, algo así como autobuses low cost. ¡Aquellos viajes con Mundojoven, nuestra querida agencia ludocutre! Bruselas estaba en aquel itinerario París-Países Bajos ida y vuelta en autocar desde Madrid. Tan bueno. ¿Qué recuerdo de aquello, en un ancestral 1991, ya metidos en nuestra fiebre viajera, que no nos ha abandonado? Bruselas no me pareció más que una capital administrativa grande y ordenada, en la que todo cerraba a las seis de la tarde. Sólo me marvilló la Grande Place y sus alrededores, el centro histórico. La maravilla gótica de su Ayuntamiento y los edificios barrocos de esa plaza llena de terrazas con excelente cerveza; las calles que la rodeaban llenas de restaurantes; los mejillones, algo que asociábamos siempre con Galicia y que eran una sorpresa suculenta en el centro de Europa, pequeñitos, cocinados sólo con vino.

El ambiente en la Grande Place, primeros de septiembre de 1991.

Éramos dos, pobres pero dignos administradores de nuestros escasos bienes, en medio de un grupo viajero seguramente igual de humilde. La última noche la pasamos mirando las pizarras exteriores de los restaurantes, buscando el menú que se adaptara a nuestros últimos florines, mucho antes del euro. Encontramos por fin el menú barato, y naturalmente cenamos mejillones y cervezas. Y nos reíamos de nuestro modesto bolsillo, ya esquilmado a esa hora, saboreando los moluscos bivalvos, yo disfrutando de la belleza de Penélope, aprendiendo sin saber a ser ricos en cualquier circunstancia. Era en Bruselas, mucho antes del Banco Central, y cuando hablar de mercados era hablar de pescados, carnes y verduras. Y cuando el Atomium era famoso.

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Un puente para quedarse

Ulyfox | 29 de marzo de 2011 a las 13:37

El puente de Carlos, y al fondo las cuestas de Mala Strana.

El puente de Carlos, y al fondo las cuestas de Mala Strana.

La primera pareja de viajeros que conocimos eran dos hombres. Hace tanto que entonces ni siquiera se les llamaba gays. Fue durante nuestra luna de miel en Cuba, y formaban parte de nuestro grupo. Cuando hablaban parecía que no había sitio en el mundo que no conocieran: toda Europa, China, Filipinas, Vietnam, América… A ellos les escuché decir por primera vez que la ciudad más bonita que habían conocido era Praga. Me sorprendí. A mis 27 años, para mí Praga era sinónimo de ciudad gris de más allá del telón de acero. Pero ellos decían que era la ciudad más bella del mundo, extraordinariamente conservada en su esplendor barroco. Tardamos más de doce años en comprobarlo: sí, es extraordinaria y, desde luego, todo lo contrario del gris.

Estatuas del puente y Mala Strana al fondo

Estatuas del puente y Mala Strana al fondo

Y además Praga pertenece a ese grupo de ciudades con puente famoso. París tiene muchos pero es sobre todo el Pont Neuf, Venecia se llama con el Ponte Rialto, Roma con los romanos que te llevan a la Isola Tiverina, Budapest es el Puente de las Cadenas como Londres se identifica con el Puente de la Torre y Florencia con el Ponte Vecchio. Praga tiene un viaducto de medio kilómetro de largo y 10 metros de ancho, con altos pretiles coronados de decenas de estatuas de santos, que te lleva sobre el Moldava de la Ciudad Vieja medieval a la Ciudad Pequeña o Mala Strana, estallido de barroco, como en tiempos debió ver los paseos de emperadores, nobles y músicos. Es el Puente de Carlos. Y es en sí mismo un camino de vida, una historia, una ciudad.

A un lado la ciudad barroca...

A un lado la ciudad barroca...


... y al otro lado la Ciudad Vieja.

... y al otro lado la Ciudad Vieja.

No es sólo para pasar el río, es para vivirlo. Lo que te espera al otro lado es bellísimo, pero si no quieres elegir entre las dos hermosas partes del casco antiguo, siempre puedes escoger quedarte en medio, ver la gente pasar, observar los espectáculos teatrales improvisados, pararte a escuchar a ese grupo de jazz, comprar una acuarela, sentarte en la baranda a comerte un bocadillo y mirar a un lado la Catedral, las cúpulas, los tejados, los pináculos; o hacia la otra orilla la elevación del Castillo, las cuestas, la iglesia del Niño Jesús de Praga. Estuvimos una tarde entera en el Puente de Carlos. ¡Yo nunca había estado de visita en un puente! Hizo una tarde espléndida, no teníamos prisa. Llegamos hasta la entrada de Mala Strana, miramos los escaparates del ámbar, buscamos el mural de John Lennon, nos sentamos en un café a la orilla del Moldava, casi bajo los arcos de piedra. Y volvimos a cruzar el río en sentido contrario, lentamente, saboreando el tiempo, el placer de manejar el tiempo ¡Ese puente!

Un café a la orilla del Moldava, tarareando las notas de Smetana.

Un café a la orilla del Moldava, tarareando las notas de Smetana.

Es imposible elegir entre un lado y otro de Praga, entre la plaza de la Ciudad Vieja y el Callejón de Oro, entre el centenario Reloj astronómico con sus figuras animadas y el Castillo, entre la Catedral y el Teatro donde Mozart estrenó Don Giovanni cuando sus compatriotas austríacos ya no lo querían. Por eso, quizá no sea mala opción escoger el Puente de Carlos, un lugar en el que, vayas donde vayas, siempre llegas a la belleza. A continuación, una muestra, por si aún no conocéis o no habéis decidido ir a Praga. Recordad a aquellos viajeros de Cuba: es la ciudad más bella del mundo.

Atardecer rosado en la plaza de la Ciudad Vieja.

Atardecer rosado en la plaza de la Ciudad Vieja.


La calle de Carlos lleva desde el puente hasta la plaza de la Ciudad Vieja

La calle de Carlos lleva desde el puente hasta la plaza de la Ciudad Vieja


Un rincón de la bella Mala Strana

Un rincón de la bella Mala Strana

Para un amante de la música, Praga es además la ciudad que siempre amó y fue amada por Mozart. Allí prácticamente se refugió en los años malos y allí estrenó su maravillosa Don Giovanni, en un teatro que aún se conserva, precioso, y en el que asistimos a una función de Las bodas de Fígaro. Quizá por eso se rodó en ella la película Amadeus de Milos Forman. Es una ciudad ideal para escuchar música, en teatros o en la calle, o en el mismo puente de Carlos, y volvemos a él como hay que volver siempre a la capital checa.

Estupenda noche de ópera con Fígaro en el teatro donde Mozart estrenó 'Don Giovanni'

Estupenda noche de ópera con Fígaro en el teatro donde Mozart estrenó 'Don Giovanni'


Músicos en el Castillo, durante el cambio de guardia en Praga.

Músicos en el Castillo, durante el cambio de guardia en Praga.

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