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Moarves de Ojeda, esa fachada

Ulyfox | 17 de febrero de 2020 a las 20:51

 

El espléndido friso de San Juan Bautista en Moarves de Ojeda.

El espléndido friso de San Juan Bautista en Moarves de Ojeda.

 

“Pues ya tienen que tenerle ustedes amor a esto para venir de tan lejos”, nos dijo el hombre que nos abrió la puerta de la iglesia románica de San Juan Bautista en Moarves de Ojeda. Apenas unos minutos antes, yo había entrevisto la maravillosa portada desde la carretera, visión de la que no había podido gozar Penélope, que estaba atenta a la conducción. Aparcamos detrás de la iglesia, y yo disfrutaba ya del momento en que rodeáramos el pequeño templo y pudiéramos compartir el asombro.

La sencilla fachada trasera de la iglesia.

La sencilla fachada trasera de la iglesia.

Es inútil escribir la onomatopeya de la estupefacción que nos produjo ese conjunto labrado en piedra que, de oxidada, parece hierro viejo. Un friso rojizo que muestra una representación clásica: en el centro el Cristo Pantocrátor rodeado del llamado Tetramorfos, es decir los cuatro animales que son el símbolo de los cuatro evangelistas. Y a un lado y otro, los doce apóstoles divididos en dos hileras de seis. Los expertos en arte dirán lo que tengan que decir de la calidad de las esculturas, nosotros nos limitamos a sufrir uno de los impactos artísticos más profundos que recordamos de los últimos tiempos.

Detalle del Pantocrátor y parte de los Apóstoles.

Detalle del Pantocrátor y parte de los Apóstoles.

Bajo el singular friso, la puerta está flanqueada por arquivoltas ajedrezadas, y los capiteles representan músicos, animales mitológicos y reales e incluso dos guerreros batallando. El color rojo y el casi perfecto estado de conservación ayudan al pasmo que produce esta obra singular con aspecto de retablo, en el centro de esta pedanía del municipio de Olmos de Ojeda, más que humilde y en la que en la actualidad viven sólo 14 personas. “Y todas mayores”, según nos dijo nuestro guía.

Ante la maravillosa fachada...

Ante la maravillosa fachada…

El hombre vive en una casa de piedra situada justo enfrente de la iglesia, y cuando lo fuimos a buscar al enterarnos de que era él quien guardaba la llave, nos advirtió:

-Pero dentro hace mucho frío, eh.

-No pasa nada -le tranquilizamos- venimos abrigados.

-Y además, saben que tienen que pagar un euro cada uno.

-Sí, hombre, no se preocupe- le repetimos. Hacía más de un mes que nadie había venido a visitar San Juan.

Los capiteles de la portada principal.

Los capiteles de la portada principal.

Al responderle a su pregunta que veníamos de Cádiz para ver el románico palentino, mientras abría la puerta, fue cuando dijo aquello: “Pues ya tienen que tenerle ustedes amor a esto para venir de tan lejos”. Y ciertamente es así. El románico es tal vez el estilo arquitectónico que despierta más enamoramiento. Al menos, el románico de esta gran cantidad de pequeñas iglesias y ermitas del campo y la montaña en las cercanías de Aguilar de Campoo, tan alejado de las imponentes catedrales del mismo estilo en  Santiago y Zamora o, no digamos, sus hermanas espléndidas en Francia, Alemania o Italia.

Más capiteles en el lado opuesto de la puerta.

Más capiteles en el lado opuesto de la puerta.

En el románico palentino, que visitamos en diciembre y del cual San Juan de Moarves es una de sus cumbres, te emociona la grandeza que supone que en estos enclaves humanos mínimos se erijan estas maravillas asombrosas. Nuestro humilde cicerone seguía con sus advertencias:

-Pero de todas formas lo importante está fuera -mientras nos contaba con expresión de experto los detalles escultóricos de la fachada.

Una peculiar imagen de San Juan Bautista, nada que ver con las representaciones tradicionales.

Una peculiar imagen de San Juan Bautista, nada que ver con las representaciones tradicionales.

Ya dentro relataba historias del casi desnudo interior: las pequeñas figuras de san Juan que sacaban en procesión antes para rogativas de las lluvias. No se veía muy creyente, puesto que de vez en cuando acotaba a sus intervenciones, con “eso dicen…” o “eso es lo que la Iglesia dice…”.

Detalle de la pila bautismal.

Detalle de la pila bautismal.

-Y miren la pila bautismal esta. Parece que es también Cristo con los apóstoles, como el friso de fuera, pero aquí hay trece apóstoles ¿cómo puede ser eso? A lo mejor el otro es San Pablo, eso dicen, pero para mí que igual es la Virgen ¿no?

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La visita es corta, claro, porque el hombre tiene razón y lo verdaderamente precioso está fuera, en esa fachada única que, una vez que se ha ido, y con la compañía silenciosa de otra pareja que se ha sumado a la cita de manera repentina, nos demoramos en seguir contemplando largo rato, prolongando la partida porque ¿quién sabe cuándo vamos a volver desde tan lejos?

En esos días fríos y lluviosos, nos sobrepusimos a los elementos para poder conocer esta y otras pequeñas maravillas en piedra. El tiempo y la soledad del invierno nos negaron la entrada en algunas. Lo iremos contando, pero San Juan de Moarves, su friso de piedra y su manera de reinar en el solitario frío de los campos palentinos, merecían el detalle de figurar solo aquí.

Tren sin final de trayecto hacia Kalavryta

Ulyfox | 7 de febrero de 2020 a las 12:17

El train hacia Kalavryta recorre lugares inverosímiles. La foto es de los ferrocarriles griegos.

El tren hacia Kalavryta recorre lugares inverosímiles. La foto es de los ferrocarriles griegos.

Ese viaje en tren tan excitante, tan emocionante, tan hermoso, tan adrenalínico por momentos, no tiene un final feliz. Al menos no un final feliz como se entiende normalmente. Pero es el final adecuado, como una película redonda. Como un peliculón, un melodrama de Douglas Sirk o del mejor Almodóvar. El mínimo convoy que parte desde el nivel del mar en Diakoftó, en la misma orilla del Golfo de Corinto y asciende en una hora larga hasta Kalavryta, a más de 700 metros de altitud en el interior del Peloponeso, enseña mil historias mientras serpentea y escala, pero guarda la más conmovedora para el fin de trayecto.

La antigua locomotora, en la vieja estación junto al mar.

La antigua locomotora, en la vieja estación junto al mar.

Sale alegre este tren griego compuesto por tres vagoncitos, ahora modernos y dotados de aire acondicionado y hasta hace poco lleno de aromas antiguos, recorriendo los primeros kilómetros en llano. Pero al poco tiempo comienza su senda montañera por una vía muy estrecha, y por tramos parece que se despeñará sin remedio sobre el río que baja bravo, o que simplemente no acertará con los numerosos y estrechos túneles horadados a duras penas en la piedra hace más de cien años en una gesta ingenieril admirable. Apenas unos centímetros de holgura. Aunque se pudiera, no sería conveniente sacar una mano por la ventanilla. Mucho menos la cabeza.

El tren cruza numerosos puentes sobre el río bravo.

El tren cruza numerosos puentes sobre el río bravo.

Sube y sube, siguiendo la garganta de Vouraikós, casi mimetizado con la naturaleza. Y la vista de los pasajeros va desde los altos árboles a las profundas pozas y las frescas cascadas. Más vale no mirar abajo. El caminar es lento y más de una vez suena el silbato, porque algunos senderistas eligen la propia vía para hacer el camino de vuelta desde Kalavryta, degustando el peligro, que sobre gustos no hay nada fiable escrito.

El tren en la estación de Kalavryta.

El tren en la estación de Kalavryta.

El tren de Kalavryta, ahora pasto del turismo familiar en verano y también conocido por el nombre de Odontotos, nació de un sueño de desarrollo en 1896. Unos 22 kilómetros de recorrido que funciona todos los días del año y en todas condiciones atmosféricas. Un logro extraordinario, con trechos dificultosos de cremallera, a una velocidad que no supera los 40 kilómetros por hora. Y que es mucho menor en los tramos de cremallera. Histórico, en todos los sentidos. Hermoso.

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El puelo es ahora centro de turismo.

El puelo es ahora centro de turismo.

El pueblo, cuyo nombre viene a significar seguramente algo así como “fuentes buenas”, es en sí mismo un centro de turismo de invierno y sus construcciones son modernas aunque su edad es considerable. Kalavryta era un pueblo feliz y próspero hasta que les cayó encima la Segunda Guerra Mundial y con ella la atroz invasión alemana. La dominación nazi provocó la resistencia guerrillera, y la ejecución por parte de los milicianos de 70 soldados prisioneros alemanes conllevó una represalia brutal: unos 500 varones mayores de 14 años fueron apresados en el pueblo, encerrados en la escuela municipal y poco después sacados a las afueras y fusilados sin piedad ni, por supuesto, juicio el 10 de diciembre de 1943. Solo 14 hombres se salvaron porque se refugiaron bajo los cuerpos de los muertos. Las mujeres fueron encerradas en el colegio, que fue incendiado, aunque lograron escapar.

La escuela municipal, ahora memorial de la matanza.

La escuela municipal, ahora memorial de la matanza.

La escuela es ahora un emocionante museo memorial en donde se muestra cómo era la vida social de Kalavryta y su comarca (varias aldeas también fueron arrasadas) antes de aquel horrible suceso que acabó con el pueblo, y donde se puede conocer las circunstancias de la matanza. Y llorar ante las fotografías de niños y hombres poco antes de que fueran ejecutados.

Una placa recuerda la puerta que se cerró en la escuela para que las mujeres perecieran en el incendio.

Una placa recuerda la puerta por la que entraron para separarse y no verse más mujeres y hombres.

En el lugar donde ocurrió la masacre, a 15 minutos andando desde el pueblo hay ahora una gran cruz y un monumento que recuerda a los mártires con un gran letrero: “Oji pió polemoi,  No más guerras”. El descenso vespertino por la misma vía se hace ya de otra manera, más entristecidos pero también más sabios. El viaje a Kalavryta no acaba nunca.

El monumento levantado en el lugar donde fueron fusilados los hombres en 1943.

El monumento levantado en el lugar donde fueron fusilados los hombres en 1943.

 

Neueschwastein, castillo asaltado

Ulyfox | 5 de febrero de 2020 a las 13:32

El castillo de Neueschwastein, desde el puente Marienbruck.

El castillo de Neueschwastein, desde el puente Marienbruck.

Uno de los ejemplos mayores de masificación turística de nuestra ya larga vida viajera lo vivimos el pasado verano, en un lugar que recordábamos mucho más tranquilo. Seguro que hace ya 30 años bastante gente visitaba el castillo de Neueschwastein (pronúnciese Noisbáshtain) , el sueño loco levantado por Luis II de Baviera en el corazón de un paraje maravillosamente de cuento. Recuerdo que no estábamos solos en aquel lejanísimo viaje con una empresa que se llamaba Eurojoven y organizaba circuitos en grupo por un precio que nos podíamos permitir. Aquel visitaba varios países de Centroeuropa en autobús. Entonces ya había muchos viajeros, pero no existía esa especie tan actual del ‘coleccionista de sitios’ y, sobre todo, no podías encontrarte turistas de según qué países como los de la entonces Europa comunista o de China.

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Otras dos vistas del castillo.

Otras dos vistas del castillo.

Este fenómeno masivo se ha instalado definitivamente, llenando los destinos más clásicos, los más desconocidos, e incluso los recónditos.

Paisaje de castillos y lagos en los alrededores de Neueschwastein.

Paisaje de castillos y lagos en los alrededores de Neueschwastein.

Lo que nos encontramos aquella mañana en Neueschwastein, a mediados de junio, fue sencillamente asombroso: miles de personas esperando a entrar en turnos de cada diez minutos para una visita en la que el siguiente grupo te iba pisando los talones, en un edificio maravilloso de cuyo interior no se podían sacar fotos.

El castillo de Hohenschwangau.

El castillo de Hohenschwangau.

Desde luego, es impensable acudir al castillo sin haber hecho muchos días antes la reserva de una hora concreta de entrada. Del mismo modo, la visita, con audioguía y acompañado de un vigilante, no puede durar más que media hora.  Naturalmente, las fotos sí se pueden hacer del exterior, y todo el mundo va aleccionado, todos quieren hacerla desde el mismo punto: el puente Marienbruck, al que se llega caminando por un paseo lleno de curvas y de cuestas.

Aglomeración turística en el puente Marienbruck.

Aglomeración turística en el puente Marienbruck.

Todo el camino hasta ese puente lo hicimos rodeado por un inmenso gentío. Al llegar al pequeño viaducto, que alguna vez fue romántico, hay que esperar otra cola porque está limitado el aforo, supongo que por el peso que puede soportar la estructura. Una vez conseguido el acceso, hay apenas unos segundos para disparar una o varias fotos apresuradas… demasiado estrés para un paisaje tan bucólico.

Marienbruck, entrevisto a lo lejos desde el castillo.

Marienbruck, entrevisto a lo lejos desde el castillo.

Digamos que tuvimos la suerte, o la precaución, de llegar temprano, así que nos dio tiempo a tomar después poco más que un tentempié en uno de los restaurantes del hermoso parque que rodea el castillo. Habíamos subido a la colina andando, pero ya conseguido nuestro objetivo, nos permitimos incluso hacer el descenso en un coche tirado por caballos percherones, que caminaban muy lentos. Nos reímos al menos, porque la gente nos adelantaba andando.

Descenso en coche de caballos.

Descenso en coche de caballos.

Neueschwastein (he conseguido escribirlo por tercera vez) no nos decepcionó. Es imposible: es hermoso por sí mismo y por la historia del desgraciado e incomprendido, perseguido rey que lo mandó construir. Pero la forma en la que ahora se puede visitar es una locura no tan hermosa como las que se le ocurrían a Luis II. Supongo que al cabo del año el número de las personas que acceden por sus puertas supera las seis cifras…

Pies frescos en el lago junto al castillo de Hohenschwangau.

Pies frescos en el lago junto al castillo de Hohenschwangau.

Luego, nos acercamos a uno de los lagos cercanos, junto al centro de recepción y bajo el castillo Hohenschwangau, que perteneció al padre de Luis II. Allí, también una multitud considerable, en una buena parte de origen oriental, paseaba por sus orillas o se bañaba en sus frías aguas.

Ante las cascadas de Fussen.

Ante las cascadas de Fussen.

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Vistas de una calle de Fussen.

Vistas de una calle de Fussen.

No digo que saliéramos huyendo. Estábamos contentos, hizo un día espléndido, y volvimos al atardecer al cercano y bonito pueblo de Fussen, donde estaba nuestro alojamiento durante dos días, el Hotel Hirsch, muy limpio y agradable. En esas dos jornadas, nos dio tiempo a dar paseos tranquilos, bordeando el castillo en el centro urbano, recorriendo las coloridas calles, acercándonos al monasterio franciscano, e incluso a unas pequeñas cascadas en las afueras. Las largas tardes de junio permitían todo esto, y el ambiente era, comparado con la multitud corretona y apresurada de la colina, un remanso. Y no es que estuviéramos solos. Bien acompañados, en cambio, sí.

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La calle principal  de Fussen, Reichenstrasse, con el castillo Hohes al fondo.

La calle principal de Fussen, Reichenstrasse, con el castillo Hohes al fondo.

Crónicas desde el Paraíso (IV) La capital de Europa

Ulyfox | 13 de octubre de 2015 a las 13:33

Espectaculares entramados de madera en las calles de la Petite France.

Espectaculares entramados de madera en las calles de la Petite France.

Como una pequeña Francia, pero también como la esencia de Europa, podríamos decir que es Estrasburgo, capital de la Alsacia y de tantas cosas. En este sitio se diría que se puede vivir bien y civilizadamente. Sede del Consejo de Europa, del Parlamento Europeo, del Tribunal de Derechos Humanos, se siente uno protegido por la civilización que tantas potencias enemigas decidieron crear para no tirarse más bombas unos a otros ni tener que entretenerse en hacerse tirabuzones sangrientos. El casco antiguo está limpio, ordenado, peatonalizado o motorizado con un extraordinario sentido cívico, la parte moderna tiene un aire imperial o contemporáneo según la zona, los tranvías, los autobuses circulan cada dos minutos y te dejan casi donde quieres…

 

La Rue des Bains Aux Plantes, antiguo barrio de los curtidores de Estrasburgo.

La Rue des Bains Aux Plantes, antiguo barrio de los curtidores de Estrasburgo.

Es difícil encontrar un pero a esta ciudad, que imagina uno habitada por limpios funcionarios y aplicados estudiantes, además de visitada por millones de turistas, políticos y hombres de negocios. El centro histórico está delimitado por el río Ill, que forma una gran isla llena de casas con entramados de madera, tejados empinados y balcones apropiados para que los curtidores, junto a los canales, airearan las pieles, los carniceros hicieran su trabajo o los diferentes comerciantes trataran sus precios. Seguramente en aquellos años en que sus habitantes desarrollaban estos trabajos, los edificios no lucirían tan limpios y pintados, pero ahora, sí, da gusto verlos y fotografiarlos para que luego los amigos vean que sí, que es verdad que existen ciudades limpias, cuidadas y hermosas.

Los canales atraviesan la Petite France.

Los canales atraviesan la Petite France.

El barrio más visitado de Estrasburgo es el que se conoce como la Petite France, el antiguo barrio de los curtidores, surcado por canales como otro remedo de Venecia, y salpicado de esclusas, molinos y puentes. Pocos lugares tan adecuados para las fotos de recuerdo. Es el paraíso de los paseos en barcazas, aunque nosotros siempre preferimos recorrerlos a pie, poder rodear, atravesar o franquear las vías de agua. Entre los puentes, los más conocidos son los llamados ‘puentes fortificados’ o ‘ponts couverts’ sobre los que varias imponentes torres recuerdan que en otros tiempos era obligado defenderse de ataques enemigos.

Y por todos lados, flores...

Y por todos lados, flores…

 

Los 'puentes protegidos' o 'ponts couverts'.

Los ‘puentes protegidos’ o ‘ponts couverts’.

Paseando por la Grand Rue, se puede uno ir acercando, mientras observa las grandes mansiones de madera, a otro de los grandes atractivos de Estrasburgo: la Catedral de Notre Dâme, que está a punto de cumplir mil años del inicio de su construcción, una obra maestra del gótico europeo, patrimonio de la humanidad, y para la que se agotan los récords. La flecha que remata su única torre se eleva hasta los 142 metros de altura y fue durante siglos el edificio más alto del mundo. La fachada es desconcertante, hasta que uno advierte su singularidad: Los adornos, molduras arquitectónicas y esculturas están separados al menos 23 centímetros de la pared, y eso le da un aspecto de encaje o labrado muy especial. Impresionante, en una plaza por la que siempre corre el viento, en invierno con un frío glacial, fenómeno que la leyenda local atribuye al diablo envidioso, que daría vueltas sin cesar alrededor del templo esperando un día poder penetrar en él para profanarlo. Nosotros sólo notamos un ligero airecillo, que se agradecía.

Hacia la fachada principal de la Catedral de Notre Dame de Estrasburgo.

Hacia la fachada principal de la Catedral de Notre Dame de Estrasburgo.

Estrasburgo es comodísima. Se puede acceder a ella por las mejores autopistas y los trenes más veloces de Francia. Optamos por el tren desde Colmar, y en una hora estábamos en la capital de Europa. Luego, una vez que nos acercamos desde el centro a la zona imperial, mucho menos interesante pero igualmente agradable, sólo tuvimos que coger un cómodo tranvía que nos volvió a dejar en la moderna estación ferroviaria. Desde el tranvía, pudimos observar a numerosa gente que andaba o circulaba en bicicleta por las principales vías de la ciudad, o paseaba con aire de ir a tomar un café mientras caía la tarde. O alguno de los maravillosos blancos alsacianos. Nosotros no dejamos de probar otra variedad, en este caso el sylvaner, también muy bueno…

La singular fachada de la Catedral.

La singular fachada de la Catedral.

 

En los alrededores dela Catedral.

En los alrededores dela Catedral.

 

El Ill es el río de Estrasburgo,  y delimita el casco antiguo.

El Ill es el río de Estrasburgo, y delimita el casco antiguo…

... y lo cruzan bellos puentes.

… y lo cruzan bellos puentes.

Esto debe de ser Europa…

 

 

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El Gobierno de verdad

Ulyfox | 21 de noviembre de 2011 a las 14:53

Penélope, ante el Atomium de Bruselas, mucho antes del euro.

No, no voy a hablar de Rajoy. ¿Para qué? Baste decir que algunos acontecimientos me dan más ganas de viajar aún. Me refiero al Gobierno de verdad, a los que deciden realmente lo que se va a hacer en nuestro país. Esos, ya lo hemos comprobado, no están por aquí ni los elegimos nosotros. Están en los grandes bancos norteamericanos, en las Bolsas de Londres, Nueva York o Francfort, en la cancillería de Berlín, en las instituciones comunitarias de Bruselas.

El Atomium es una gran explanada, ideal para tumbarse.

Bruselas es la capital comunitaria, donde se ventilan nuestras penas económicas y se decide qué hacer algún día. Bueno, pues que sepan que nosotros ya hemos estado allí, cuando eso no ocurría, cuando Europa era un sueño limpio y ordenado al que España se acababa de incorporar para hacerlo a su vez al mundo. Entonces todos queríamos ser europeos, o casi todos. Y nadie había oído hablar de primas de riesgo ni deuda soberana, esos términos en los que nos hemos hecho tan mentirosamente expertos, tan engañadamente peritos.

Terrazas y cerveza en la Grande Place.

Y éramos, también nosotros, felices y pobres. Viajábamos en grupos baratos, algo así como autobuses low cost. ¡Aquellos viajes con Mundojoven, nuestra querida agencia ludocutre! Bruselas estaba en aquel itinerario París-Países Bajos ida y vuelta en autocar desde Madrid. Tan bueno. ¿Qué recuerdo de aquello, en un ancestral 1991, ya metidos en nuestra fiebre viajera, que no nos ha abandonado? Bruselas no me pareció más que una capital administrativa grande y ordenada, en la que todo cerraba a las seis de la tarde. Sólo me marvilló la Grande Place y sus alrededores, el centro histórico. La maravilla gótica de su Ayuntamiento y los edificios barrocos de esa plaza llena de terrazas con excelente cerveza; las calles que la rodeaban llenas de restaurantes; los mejillones, algo que asociábamos siempre con Galicia y que eran una sorpresa suculenta en el centro de Europa, pequeñitos, cocinados sólo con vino.

El ambiente en la Grande Place, primeros de septiembre de 1991.

Éramos dos, pobres pero dignos administradores de nuestros escasos bienes, en medio de un grupo viajero seguramente igual de humilde. La última noche la pasamos mirando las pizarras exteriores de los restaurantes, buscando el menú que se adaptara a nuestros últimos florines, mucho antes del euro. Encontramos por fin el menú barato, y naturalmente cenamos mejillones y cervezas. Y nos reíamos de nuestro modesto bolsillo, ya esquilmado a esa hora, saboreando los moluscos bivalvos, yo disfrutando de la belleza de Penélope, aprendiendo sin saber a ser ricos en cualquier circunstancia. Era en Bruselas, mucho antes del Banco Central, y cuando hablar de mercados era hablar de pescados, carnes y verduras. Y cuando el Atomium era famoso.

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Un puente para quedarse

Ulyfox | 29 de marzo de 2011 a las 13:37

El puente de Carlos, y al fondo las cuestas de Mala Strana.

El puente de Carlos, y al fondo las cuestas de Mala Strana.

La primera pareja de viajeros que conocimos eran dos hombres. Hace tanto que entonces ni siquiera se les llamaba gays. Fue durante nuestra luna de miel en Cuba, y formaban parte de nuestro grupo. Cuando hablaban parecía que no había sitio en el mundo que no conocieran: toda Europa, China, Filipinas, Vietnam, América… A ellos les escuché decir por primera vez que la ciudad más bonita que habían conocido era Praga. Me sorprendí. A mis 27 años, para mí Praga era sinónimo de ciudad gris de más allá del telón de acero. Pero ellos decían que era la ciudad más bella del mundo, extraordinariamente conservada en su esplendor barroco. Tardamos más de doce años en comprobarlo: sí, es extraordinaria y, desde luego, todo lo contrario del gris.

Estatuas del puente y Mala Strana al fondo

Estatuas del puente y Mala Strana al fondo

Y además Praga pertenece a ese grupo de ciudades con puente famoso. París tiene muchos pero es sobre todo el Pont Neuf, Venecia se llama con el Ponte Rialto, Roma con los romanos que te llevan a la Isola Tiverina, Budapest es el Puente de las Cadenas como Londres se identifica con el Puente de la Torre y Florencia con el Ponte Vecchio. Praga tiene un viaducto de medio kilómetro de largo y 10 metros de ancho, con altos pretiles coronados de decenas de estatuas de santos, que te lleva sobre el Moldava de la Ciudad Vieja medieval a la Ciudad Pequeña o Mala Strana, estallido de barroco, como en tiempos debió ver los paseos de emperadores, nobles y músicos. Es el Puente de Carlos. Y es en sí mismo un camino de vida, una historia, una ciudad.

A un lado la ciudad barroca...

A un lado la ciudad barroca...


... y al otro lado la Ciudad Vieja.

... y al otro lado la Ciudad Vieja.

No es sólo para pasar el río, es para vivirlo. Lo que te espera al otro lado es bellísimo, pero si no quieres elegir entre las dos hermosas partes del casco antiguo, siempre puedes escoger quedarte en medio, ver la gente pasar, observar los espectáculos teatrales improvisados, pararte a escuchar a ese grupo de jazz, comprar una acuarela, sentarte en la baranda a comerte un bocadillo y mirar a un lado la Catedral, las cúpulas, los tejados, los pináculos; o hacia la otra orilla la elevación del Castillo, las cuestas, la iglesia del Niño Jesús de Praga. Estuvimos una tarde entera en el Puente de Carlos. ¡Yo nunca había estado de visita en un puente! Hizo una tarde espléndida, no teníamos prisa. Llegamos hasta la entrada de Mala Strana, miramos los escaparates del ámbar, buscamos el mural de John Lennon, nos sentamos en un café a la orilla del Moldava, casi bajo los arcos de piedra. Y volvimos a cruzar el río en sentido contrario, lentamente, saboreando el tiempo, el placer de manejar el tiempo ¡Ese puente!

Un café a la orilla del Moldava, tarareando las notas de Smetana.

Un café a la orilla del Moldava, tarareando las notas de Smetana.

Es imposible elegir entre un lado y otro de Praga, entre la plaza de la Ciudad Vieja y el Callejón de Oro, entre el centenario Reloj astronómico con sus figuras animadas y el Castillo, entre la Catedral y el Teatro donde Mozart estrenó Don Giovanni cuando sus compatriotas austríacos ya no lo querían. Por eso, quizá no sea mala opción escoger el Puente de Carlos, un lugar en el que, vayas donde vayas, siempre llegas a la belleza. A continuación, una muestra, por si aún no conocéis o no habéis decidido ir a Praga. Recordad a aquellos viajeros de Cuba: es la ciudad más bella del mundo.

Atardecer rosado en la plaza de la Ciudad Vieja.

Atardecer rosado en la plaza de la Ciudad Vieja.


La calle de Carlos lleva desde el puente hasta la plaza de la Ciudad Vieja

La calle de Carlos lleva desde el puente hasta la plaza de la Ciudad Vieja


Un rincón de la bella Mala Strana

Un rincón de la bella Mala Strana

Para un amante de la música, Praga es además la ciudad que siempre amó y fue amada por Mozart. Allí prácticamente se refugió en los años malos y allí estrenó su maravillosa Don Giovanni, en un teatro que aún se conserva, precioso, y en el que asistimos a una función de Las bodas de Fígaro. Quizá por eso se rodó en ella la película Amadeus de Milos Forman. Es una ciudad ideal para escuchar música, en teatros o en la calle, o en el mismo puente de Carlos, y volvemos a él como hay que volver siempre a la capital checa.

Estupenda noche de ópera con Fígaro en el teatro donde Mozart estrenó 'Don Giovanni'

Estupenda noche de ópera con Fígaro en el teatro donde Mozart estrenó 'Don Giovanni'


Músicos en el Castillo, durante el cambio de guardia en Praga.

Músicos en el Castillo, durante el cambio de guardia en Praga.

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