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Paxos, igual, distinta, acogedora

Ulyfox | 8 de enero de 2020 a las 18:16

Vista general de Gaios, puerto principal de Paxos.

Vista general de Gaios, puerto principal de Paxos.

Lo que nos impulsó a volver a Paxos fue el recuerdo, claro; fueron aquellos momentos que vivimos veinte años atrás. Sí, Paxos es una isla propicia para alojar recuerdos y volver a buscarlos al cabo del tiempo. Nosotros tardamos mucho, pero no los dejamos abandonados a su suerte, tornamos a darles la mano.

Un recodo del puerto de Gaios.

Un recodo del puerto de Gaios.

Y esta isla jónica repleta de olivos, invadida por este árbol sagrado de una punta a otra, nos tomó la mano y tiró de ella para darnos un abrazo. Aunque tiene mucho más turismo que cuando la descubrimos, en realidad no ha crecido tanto, y mantiene un aire aún tranquilo, sobre todo cuando al atardecer quedan sólo los que han tomado la sabia decisión de alojarse una o varias noches en ella. Ventajas enormes, benditas, de no tener aeropuerto. Aunque está muy cerca de Corfú y en cierta forma depende del sobrante turístico de esta, no padece aún las enfermedades de su hermana mayor, que ha perdido el rumbo al entregarse en manos de la masificación inexigente.

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Dos rincones de Gaios.

Dos rincones de Gaios.

Pues eso, nos plantamos en Paxos tras viajar a bordo de un minúsculo ‘Flying Dolphin’, esos aerodeslizadores que comunican algunas islas cercanas y que con el mar bravío son garantía de mareo. En esta ocasión Eolo y Poseidón fueron misericordiosos con nosotros y la travesía fue un placer.

Desembarcamos temprano en el puerto, recogido en un brazo de mar. Habíamos concertado allí mismo una cita con una agencia local para el alquiler de un coche pequeño. Teóricamente, el responsable, Babis, debía estar esperándonos. En vez de eso, junto a la verja exterior del muelle, aparecía aparcado un vehículo rojo con nuestros datos enganchados en el limpiaparabrisas, el papel del contrato por rellenar, con las puertas sin bloquear y la llave en el contacto.

Como al cabo de unos minutos no aparecía nadie, dedujimos que lo que procedía era llevarse el coche y buscar la agencia. Pero no nos atrevíamos, así que llamamos y expusimos nuestra situación. La mujer que contestó, después de comprobar por nuestras palabras que su padre no estaba ahí, lo resolvió rápido. “No pasa nada, cojan el coche y cuando quieran se pasan por la agencia a completar los trámites y el pago, esta tarde, mañana…” Casi inmediatamente apareció Babis, que se limitó a corroborar estos términos informales y a darnos la mano.

El primer-segundo paseo por Gaios.

El primer-segundo paseo por Gaios.

Muy diferente fue este comienzo de aquel de nuestra primera vez. Entonces llegamos a Paxos el 11 de septiembre de 2001, fecha por la que seguro que os han preguntado en dónde estábais y qué hacíais. Sí, mientras las Torres Gemelas de Nueva York caían en pedazos por un ataque terrorista nosotros buscábamos alojamiento en la isla con la ayuda de un taxista. Este fue quien nos informó sobre los atentados. Y tengo que reconocer que en esa isla todo se veía con mucha más tranquilidad y sin la sensación apocalíptica que recorrió buena parte del resto del mundo.

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El paseo vespertino.

El paseo vespertino.

Gaios es el puerto y población principal de Paxos, pero en realidad son tres calles entrelazadas de casitas bajas y blancas a lo largo de un modesto muelle que a la vez es paseo marítimo. Su estampa es un anticipo de la tranquilidad de la isla, que, eso sí, se llena durante el día de excursionistas llegados de Corfú y que llenan las playas y calas. El atardecer y la noche traen la calma. De aquella lejana primera vez permanece inalterable el canto estridente, que puede ser ensordecedor o relajante, de las chicharras, aunque en las calles han crecido notablemente el número de expositores de productos para turistas y los restaurantes.

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Inequívocamente griego,pero con aire italiano.

Inequívocamente griego,pero con aire italiano.

Nos alojamos cuatro estupendos días en los apartamentos Baronessa, un prodigio de esos griegos de relax y buena atención. En el apartamento contiguo vivía un dicharachero matrimonio mayor italiano que tenían una resuelta perra que se colaba también en el nuestro. Ellos nos invitaban por la mañana a un magnífico café italiano preparado en la cafetera que se traían cada año. Y llevaban más de 20 viniendo a estos mismos apartamentos. Habían visto crecer a Emily, la resuelta y atenta joven dueña. Los italianos nos contaron la historia de cómo desde la Edad Media, Venecia dominó la isla y cómo favoreció el cultivo de olivos para utilizar su aceite en los miles de lámparas que iluminaban las calles de la capital de la Sereníssima República.

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Fiesta enel puerto de Gaios.

Fiesta enel puerto de Gaios.

Paxos, Paxos… De nuevo nos acogió solícita y tierna con días luminosos y tardes apacibles… y un recuerdo imborrable del restaurante Dal Pescatore, de su carpaccio de pescado, de sus increíbles spaguetis con boquerones…

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El restaurante Dal Pescatore, una delicia.

El restaurante Dal Pescatore, una delicia.

 

 

 

Los refugios

Ulyfox | 29 de mayo de 2013 a las 13:20

Un rincón de una playa junto a Longos.

Según y cómo, dependiendo de situaciones agobiantes, de ambientes opresivos, puede parecernos que no, que no existen. Y en momentos particularmente injustos como éstos, podemos concluir que son incluso ilegítimos. Pero los refugios existen. Geográficos, y sobre todo mentales. Dejadme que os cuente nuestro particular 11-S.

El puerto de la aldea de Longos.

Aquel día de septiembre de 2001, que todos los humanos recuerdan, nosotros estábamos llegando a Paxos, una minúscula (una más) isla griega del archipiélago de las Jónicas, justo debajo de la elegante y majestuosa Corfú. Apenas un trozo de tierra de 10 kilómetros de largo por cuatro de ancho en sus distancias más lejanas. Para que nos hagamos una idea, como si midiéramos desde la Caleta a Torregorda y del Carranza hasta el Río San Pedro. Ahí, en ese cuenquito de cipreses y olivos, de suaves colinas y carreteras sombreadas que llevaban a puertecitos recogidos y calas azules, justo ahí, está uno de esos refugios. Aquel día en el que las Torres Gemelas de Nueva York cayeron con estrépito planetario, en que Occidente tembló como el terremoto más grande que vieron los siglos, apenas una vibración sutil en forma de corrillos llegó hasta la isla de Paxos.

El puerto principal de la isla, Gaios, entre el mar y los olivos, al anochecer.

Arribamos en el ‘delfín volador’, el hidrodeslizador que nos trajo de Corfú, en una travesía agitada como pocas, con una mar inhóspita y encabritada. Gaios, la capital de la isla, sin embargo, estaba protegida de la furia de Eolo por su rada estrecha y cerrada por un islote. Era la hora de la siesta y no había casi nadie en el puerto alejado del centro. Sólo algún taxi y otros vehículos que recogían a los pasajeros que tenían sus hoteles concertados. No era nuestro caso, pero eso no suele ser problema en una isla griega, y menos en septiembre. El taxista nos preguntó y se ofreció a buscarnos alojamiento. Nos metió en el coche junto con otra pareja y nos dejó en la placita sombreada mientras acercaba a sus clientes a su destino. El pueblo era la paz soleada, el verde pino y el estrecho brazo de mar. A los pocos minutos reapareció el taxista, y comenzamos un pequeño periplo a posibles habitaciones donde quedarnos. En el camino, el hombre me contó una cosa muy extraña: “¿Ha oído usted que ha habido un accidente grave en Nueva York? Dos aviones se han estrellado contra las Torres Gemelas, no se sabe si puede ser terrorismo…” Yo lo oía como algo lejano, mientras mi mente se preocupaba de las habitaciones que íbamos viendo, no sabía muy bien a qué se refería.

Una minúscula cala, un bote con toldilla…

Después sí, después se lo conté a Penélope, y nos acercamos a ver a las televisiones de los bares, llenos de gente que miraba las pantallas como espectadores de una película de acción terrorífica, y al día siguiente hojeamos algún periódico, aún ni pensábamos en seguir la información por internet en miniportátiles. Pero todo, allí en nuestro refugio, aparecía extraordinariamente lejano. El mundo se derrumbaba, pero nuestro mundo era ese mar sereno y azul de la bahía de Lakka o del puertecito de Longos, era ese paseo por la cortísima zona de tiendas de Gaios, la extraordinaria longitud del tiempo en las mesas de los bares y restaurantes de la plaza, los viejísimos olivos retorcidos que había que cruzar para ir del apartamento a la playa.

Un mundo muy lejano de las Torres Gemelas.

Aun comprendiendo la magnitud de los atentados, allí en Paxos era imposible sentir el miedo, allí estábamos a salvo de la contaminación mediática que hablaba de Tercera Guerra Mundial (como si no fuéramos ya por la quinta o sexta), que empezaba a considerar sospechoso a todo el que tuviera cara de llevar turbante; era impensable sentir que la civilización occidental y cristiana estuviera siendo atacada por el maligno. Tampoco pudimos sentir, es cierto, la solidaridad con las víctimas y el dolor que conlleva. Paxos, en aquel septiembre verde y dorado, nos protegió. Cumplió con lo que se pide a un verdadero refugio.

Una escultura en una fábrica abandonada en Longos.