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Elafónisos, baños de felicidad

Ulyfox | 22 de abril de 2020 a las 13:31

La playa de Simos, en Elafónisos, para soñar libertad.

La playa de Simos, en Elafónisos, para soñar libertad.

Hacen falta ganas para llegar hasta Elafónisos. Y a nosotros nunca nos faltan para descubrir lugares en Grecia. En realidad, mucha gente acumula estas ganas para visitar cada año esta minúscula islita, a un salto del Peloponeso más meridional, y que tiene una playa única, entre las más transparentes que hemos conocido.

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A bordo del transbordador desde Pounta hacia Elafónisos.

A bordo del transbordador desde Pounta hacia Elafónisos.

Nosotros viajamos por la costa este, veníamos de Leonidio con esa meta clara, casi cuatro horas de camino por esas carreteras del Peloponeso, y tuvimos que renunciar a hacer ni siquiera una parada gozosa en el peñón y pueblo amurallado de Monenvasia, que de todas formas ya conocíamos. Elafónisos (que significa ‘isla de los ciervos’ y no hay que confundir con otra maravilla playera cretense de nombre casi igual) no es una desconocida. Para embarcar hay que dirigirse al puertecito de Pounta, en el extremo sur la región de Laconia, de donde sale el transbordador. En temporada alta, hay barcos durante todo el día y cada media hora. Era temporada alta, principios de agosto nada menos, y una larga cola de coches se extendía por la carretera. Tuvimos que hacerla también. Muchísimo más tiempo de espera que los escasos diez minutos que emplea el barco.

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El puertecito de Elafónisos.

El puertecito de Elafónisos.

La maniobra de embarque del coche fue complicada: había que meterlo por una rampa no muy ancha marcha atrás, y luego pegarlo lo más posible a los otros vehículos. Penélope se empleó a fondo y con el apoyo entusiasta de uno de los tripulantes, ya experto, que cogió desde fuera el volante y gritaba animoso: “¡Ahí, más a la derecha, ahora a la izquierda, más, bien. Usted no es una conductora, es piloto de carreras!” Las risas pudieron a los nervios, porque esas instrucciones eran ¡en griego!

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Por las callejuelas de Elafónisos pueblo.

Por las callejuelas de Elafónisos pueblo.

Elafónisos resultó lo que nos esperábamos. Apenas un asentamiento de pescadores tranquilo que se revoluciona en verano. Y tan griego: su puertecito con su iglesia blanca en el espigón, sus barcos de colores pegados al cantil, y naturalmente, sus tabernas, bares y restaurantes para los turistas. Hace años debió ser un paraíso. A pesar de todo, ahora, y lleno de familias italianas en agosto, es un lugar amable, inigualable si el tiempo y el viento se portan bien, y te ofrece el plan perfecto de descanso: mucha playa durante todo el día, y un paseo con aperitivo y cena en el puerto tras la ducha en el apartamento, hotel o pensión.

Otra vista del puerto.

Otra vista del puerto.

A pesar de la saturación, habíamos logrado reservar por teléfono un par de días antes para una noche en Anett Studios. Allí nos recibió un hombre griego mayor del que no recuerdo el nombre. Sí me acuerdo, en cambio del de la perrita que nos recibió ladrando, Lily. En seguida apareció Anett, la esposa de aquel, sudafricana y gerente real del negocio. El marido no parece que haga nada más que acompañar a la habitación a los huéspedes. Pero eran los dos muy amables, a pesar del cerrado acento que nos impedía entender muy bien su inglés.

El sublime pastel de queso de la Taberna Ourania.

El sublime pastel de queso de la Taberna Ourania.

Ese día hicimos poco más que acercarnos al casi despoblado puerto, a través de unas sencillas callejulas, y almorzar en la espléndida taberna ouzeri (lugar donde sirven ouzo con mezedes, una especie de tapas) Ourania. Memorable su empanada de queso al estilo local. Luego nos dimos un baño en la cercana playa urbana. La tarde no era especialmente hermosa, pero al poco se quedó un atardecer entre nubes y rayos de sol que aprovechamos para pedir un café frappé sobre la arena. Queríamos leer, pero esa vez la belleza de la hora atrajo más nuestra mirada que el libro.

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El primer atardecer.

El primer atardecer.

Por la noche, el puerto era un hervidero. Familias enteras ocupando todas las terrazas y locales. Casi imposible encontrar un lugar para cenar, el típico ambiente veraniego que te puede llegar a agobiar pero en el fondo de tus recuerdos te reconcilia con tantos estíos de disfrute simple. Al final de la playa urbana, allí lejos, conseguimos cenar en el restaurante Aronis un buen pescado fresco y casi con los pies sobre el mar.

No teníamos donde quedarnos para el día siguiente, pero los buenos oficios de Annett nos consiguieron un alojamiento en el local de una amiga suya: Lisa’s Place. Se lo agradecimos y, con la cama resuelta, nos lanzamos muy temprano hacia la playa de Simos, la auténtica gema de este lugar. Esta vez sí madrugamos puesto que no queríamos encontrarla atestada. Y lo conseguimos: a las ocho de la mañana estábamos tomando posesión de un par de hamacas y una sombrilla en segunda fila de playa. La primera estaba toda reservada desde el día anterior o quién sabe si por varios días.

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El espectáculo de la playa de Simos, solitaria por la mañana.

El espectáculo de la playa de Simos, solitaria por la mañana.

No nos importó: el espectáculo de esa luminosa y maravillosa playa vacía a esa hora era inigualable. Una larga franja de arena dividida en dos por un tómbolo apareció ante nuestros ojos para nosotros solos. O casi solos: una pareja italiana con dos niños armaban bastante ruido. También lo dimos por bueno. Recorrimos la maravilla de una punta a otra, subimos a la cima del tómbolo, admiramos la transparencia de sus aguas calmadas. Empleamos el día en trabajos tan bien recompensados como bañarnos una y otra y otra y otra vez, hacer fotos y fotos y fotos, regodearnos en nuestra felicidad de bañistas privilegiados en el agua más acogedora, comentar y criticar a los vecinos de playa cada vez más numerosos, leer páginas y páginas y páginas del libro, y en felicitarnos a cada momento por estar allí…

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Cuántos baños en esas aguas de cristal...

Cuántos baños en esas aguas de cristal…

Ni siquiera almorzamos, sólo pedimos unas cervezas al cercano bar, para así volvernos no demasiado tarde al pueblo, a apenas cinco minutos de carretera. Nuestro alojamiento, Lisa’s Place, está situado en una pequeña elevación de la isla, no muy lejos del ‘centro’ y, ¡oh casualidad! la dueña se llama Lisa y, quién lo iba a decir, es otra anglosajona, en este caso canadiense, casada con un griego. Y envidiamos esa situación. “Cásate con un griego, vete a vivir a su isla y pon un hotel”, deben decirse muchas. Qué buen consejo…

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Como la distancia era razonablemente corta y como la tarde estaba como estaba de bonita, fuimos de paseo feliz entre los campos dorados, y luego entre las callejuelas blancas, hasta el puerto. Y acertamos otra vez con la hora: no había mucha gente, el ambiente era delicioso, y encontramos una mesa junto a las barcas de nuevo en Ourania, y de nuevo saludamos al peculiar dueño, un joven hirsuto y barbudo llamado Petros. Salmonetes fritos, taramosalata (una crema exquisita de huevas de pescado) y ensalada griega, mejor llamada horiátiki, fueron la opípara cena mientras se iba apagando la luz del sol. No hubo posibilidad de probar nuestra idolatrada ajinosalata (ensalada de erizos de mar), puesto que Petros nos informó en susurros que su pesca estaba prohibida.

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Y cena a la caída de la segunda tarde, de nuevo en Ourania.

Y cena a la caída de la segunda tarde, de nuevo en Ourania.

A la mañana siguiente, igualmente muy temprano, esperábamos en el puerto el primer barco para volver al continente, acumulando otra promesa más de volver a un lugar en Grecia.

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En el balcón de Lisa’s Place.

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La fachada de la iglesia en el puerto.

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¡Qué disfrute infantil!

 

Leonidio, el auténtico reino de la berenjena

Ulyfox | 3 de abril de 2020 a las 21:06

Leonidio, bajo la montaña.

Leonidio, bajo la montaña.

Amurallado en un flanco por un imponente farallón de piedra, la llanura de Leonidio, en la costa oeste del Peloponeso, es el reino de la berenjena. Dicho así puede parecer vulgar, verdulero, diríamos apropiada e inapropiadamente a la vez. Porque este pueblo antiguo, tiene una huerta espléndida escondida bajo un mar de plástico invernadero, sí, pero guarda a la vista y en sus calles tambén un pasado que se adivina bellísimo. Tiene además una playa familiar, modesta, local, pueblerina, partida en dos por la desembocadura de un arroyo y llena de restaurantes que llevan la fama de servir los mejores pescados frescos de la zona.

Vista general de Leonidio, con el cauce seco del río.

Vista general de Leonidio, con el cauce seco del río, al anochecer.

Podemos dar fe de casi todo eso. Partimos hacia Leonidio después de una experiencia dolorosamente frustrante en la noche de Nauplia (Nafplio en griego), una de las ciudades más bellas del país, que fue además la primera capital de Grecia tras la independencia de Turquía. Nauplia es maravillosa, pero estaba llena, rebosante de gente, por la temporada agosteña y porque ese día coincidía con el festival de teatro en Epidauro, el cercano, milenario y asombroso teatro griego de la acústica inmejorable. El caso es que esa noche allí fuimos a parar al único hotel que quedaba, una desgracia llamada Hotel Argolis, con una recepcionista mayor y desaliñada y una familia salidos todos directamente de una película de terror. De broma, llegamos a imaginar a alguno de ellos con una sierra mecánica… Y además carísimo. La dueña llegó a decirnos que si nos quedábamos un día más el precio bajaría considerablemente, porque ya habría acabado el festival de teatro… En fin.

Una de los puertecitos de la costa este del Peloponeso, camino de Leonidio.

Una de los puertecitos de la costa este del Peloponeso, camino de Leonidio.

El caso es que después de eso, el día nos compensó con un precioso recorrido en coche por la costa del Peloponeso disfrutando de olivares a la derecha y playas y calas a la izquierda. Una ruta antigua y bucólica.

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Un desayuno inolvidable servidos por dos mujeres camareras y gasolineras.

Un desayuno inolvidable servidos por dos mujeres (en la foto de arriba) camareras y gasolineras.

En el camino paramos a desayunar en un pueblo cuyo nombre no recordamos. La carretera lo atravesaba, y en un café grande y destartalado dos mujeres mayores nos sirvieron un desayuno magnífico con aceite y tomates de la zona, un pan tierno y sabroso y un huevo de campo para mojarlo como se merecía. Las mismas mujeres, orondas, servían gasolina a los conductores en el surtidor cercano, y se prestaban a la charla en un inglés impropio de su aspecto, a la vez que celebraban las pocas palabras que les lanzábamos en un griego osado. Fuimos felices en esa parada de media hora.

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Baños y almuerzo en la playa de Leonidio.

Baños y almuerzo en la playa de Leonidio.

Al llegar a Leonidio, nos vino a la mente y el alma el recuerdo de nuestra amiga Margarita, profesora y cocinera en Atenas, porque una de las últimas cosas que hizo en su demasiado corta vida fue participar en el Festival de la Berenjena de ese pueblo, una cita gastronómica y musical anual y, según contaba ella, divertidísima.

Nos dirigimos a la playa de guijarros finos. Aunque comparada con las hermosuras de Grecia no era particularmente bonita, nos gustó por su aire popular. Se veía que casi todos se conocían y saludaban, eran gente del pueblo, con sus niños y sus abuelos. Nos acomodamos en dos de las hamacas con sombrilla, que responden a un servicio muy común en el país: no cobran nada por ellas pero se supone que tienes que pedir alguna consumición al bar del que dependen.

Los baños, con la montaña al fondo, fueron agradables, y escuchar las animadas conversaciones mientras intentaba entender algo del griego rapidísimo que hablaban… El pescado fresco del restaurante no lo resultó tanto, pero dio paso a alguna anécdota. No estábamos por la labor de pedir una pieza grande, y en cambio nos apetecía algo ligero para acompañar el vino blanco. Pedimos unas berenjenas guisadas, claro, que estaban buenísimas, una ensalada griega (horiátiki)  y unos boquerones (gávros).

Al ver llegar a la mesa los boquerones con un aspecto oscuro nada apetecible los dos pusimos la misma cara de desagrado que el camarero interpretó equivocadamente: “¿No es esto lo que han pedido?”. “Sí, sí…” le dijimos sin terminar la frase, esperando a probarlos. En seguida notamos que no estaban frescos. Sí secos, así que se lo dijimos al dueño, que sabiendo que estábamos en lo cierto nos ofreció una alternativa: “Sin problema ¿les pongo unas atherina (algo parecido a los pejerreyes o chanquetes de por aquí)?” Estas sí que estaban buenísimas, y terminamos bien la comida, aunque no pudimos comprobar aquello del mejor pescado fresco…

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El magnífico Hotel Hatzi Panayotis.

El magnífico Hotel Hatzi Panayotis.

Tras el almuerzo y una pequeña estirada en la playa, nos dirigimos al pueblo, y al hotel que habíamos reservado, que resultó una sorpresa enorme, y más en comparación con el de la noche anterior. El Hotel Hatzipanayotis, instalado en una casa antigua con un precioso patio y habitaciones en dos niveles, es una preciosidad… y mucho más barato que el nefasto de Nauplia.

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Las calles de Leonidio tienen un precioso aire auténtico.

Las calles de Leonidio tienen un precioso aire auténtico.

Con la suave luz del atardecer recorrimos las calles de un pueblo tranquilo, sin turistas en plena temporada. Con sus mujeres y hombres de pueblo sentadas ante las puertas, con niños correteando, con casas que reflejaban algún pasado glorioso, pintadas de colores ocres, y otras que denotaban el paso inmisericorde del tiempo. Situado en la ladera y con el impresionante muro de roca detrás, descansa al lado de un río seco en verano y que debe correr estruendoso en invierno.

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El tranquilo paseo al atardecer

El tranquilo paseo al atardecer

De algún lado salían sonidos de una banda ensayando, y el sonido nos llevó a una vieja escuela de estilo neoclásico, muy parecida a otras que hemos visto en muchos pueblos griegos, y que deben responder a un plan nacional de enseñanza de principios del siglo XX. Es una preciosidad arquitectónica pintada en colores amarillo y azul, indudablemente griega. La escuela está muy cerca del lecho del río y eso nos permitió tener una panorámica general del pueblo.

La preciosa escuela municipal.

La preciosa escuela municipal.

 

Vida de pueblo...

Vida de pueblo…

La relajante y agradable jornada finalizó en la taberna I Metrópoli (la Catedral), situada en una amplia plaza junto al templo, y con una comida tradicional magnífica: ese cordero con berenjenas…

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Cena en I Metrópoli para rematar el día.

Cena en I Metrópoli para rematar el día.

Leonidio, con ese nombre tan bonito y ese ambiente tan rural, nos atrapó, como todo el Peloponeso, esa mal llamada ‘isla de Pélope’.

Getaria, el norte sonriente

Ulyfox | 6 de julio de 2018 a las 12:27

La kale Nagusia de Getaria.

La kale Nagusia de Getaria.

 

Habría parecido increíle, pero la gente se despojó de los chaquetones, algunos hasta de los jerseys. Era el norte de España a principios de enero, pero de pronto hacía un calor impropio y lucía un sol alegre. El mar seguía encabritado, rociando con una neblina de color de fumata blanca toda la línea de costa, y sin embargo las nubes se habían apartado propiciando que el azul fuera más azul y en la tierra el verde, más intenso. Estábamos llegando a Getaria en mañana de domingo,  así que no estábamos precisamente solos, porque al olor de sus parrillas y al reclamo de las calles pétreas y marineras de esta milenaria villa guipuzcoana, cientos de familias y grupos nos congregamos como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, como en una procesión civil que bajaba por la calle Mayor (kale Nagusia) desde el monumento a Elkano hasta el puerto de aromas sublimes.

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Exterior e interior del Museo Balenciaga.

Exterior e interior del Museo Balenciaga.

Pero nosotros habíamos preferido subir antes, tomar las empinadas escaleras, afortunadamente automáticas, hasta el magnífico Museo Balenciaga, en la parte alta de la población. Pensábamos antes de verlo, y lo confirmamos tras la visita, que era un lugar imprescindible de la visita a este puerto histórico y tan alejado de nuestro Sur natal. Casi no sabíamos nada de la vida y la obra de este genio de la costura aparte de su conocidísima importancia, pero el centro, tan moderno en concepción y presentación, nos hizo disfrutar del trabajo y la sabiduría que hay detrás de algo tan aparentemente sencillo como son trozos de tela pensados y dispuestos de determinada manera por el trabajo de la aguja y el hilo. Si el ilustre marinero Juan Sebastián de Elcano le dio la vuelta al mundo es indudable que su paisano de varios siglos después le dio más de una al mundo de la moda. Un museo para disfrutar.

Entrada al casco antiguo de Getaria.

Entrada al casco antiguo de Getaria.

Luego todo fue rodar cuesta abajo mirando balconadas, retorciendo calles y rozando la iglesia de San Sebastián, tan doblemente alta, para desembocar en el muelle con el apetito dispuesto y, afortunada y previsoramente, con mesa reservada en uno de los atestados asadores. Kokotxas, almejas y rodaballo, claro, como una maravillosa obligación gastronómica a la que nuestro educado paladar respondió devolviendo los platos casi limpios al fregadero. Txakolí de allí mismo para acompañar, y para alegrarnos el ánimo con el que nos dirigimos hacia el Ratón, el promontorio que debe su apodo a la forma que recuerda al roedor, y con el que jugamos a esquivar las bravas olas como los niños que nunca dejaremos de ser.

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Las parrillas de Getaria, el mejor lugar para un buen rodaballo a la brasa.

Las parrillas de Getaria, el mejor lugar para un buen rodaballo a la brasa.

 

Era casi imposible encontrar mejores ingredientes para un día de vacaciones en ese Norte tan amado y al que algo habremos dado también para que nos quiera tanto, así de pronto como un amor repentino después de haber pasado décadas sin saber de él. No nos faltó ni la pizca de emoción por la carretera nocturna con las olas rociando el coche. A punto estuvieron de no dejarnos pasar, pero la llegada al hotel se pudo hacer para encontrar la serenidad y el descanso después de un día de emociones suaves.

El Ratón de Getaria, el promontorio que domina el paisaje costero de Getaria.

El Ratón de Getaria, el promontorio que domina el paisaje costero de Getaria.

 

Crónicas desde el Paraíso (II). Un castillo, vino y muchas flores

Ulyfox | 22 de septiembre de 2015 a las 0:25

Vista parcial del castillo de Haut Koenigsbourg.

Vista parcial del castillo de Haut Koenigsbourg.

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Haut Koenigsbourg debería, por ese nombre, estar en Alemania. Y casi está. Desde su imponente altura, ese castillo está en Alsacia, es decir, en esa frontera francoalemana que tantas veces ha cambiado de nacionalidad a lo largo de la historia. Fue nuestra primera excursión, al día siguiente de llegar a ese paraíso de la civilización occidental. Y el castillo realmente impresiona, domina todo el paisaje hasta bien entrada Alemania, reinando sobre un montón de pueblecitos con nombres igualmente alemanes y rodeados por hectáreas y hectáreas de viñas.

El castillo en su paisaje.

El castillo en su paisaje.

Haut Koenigsbourg desde Saint Hyoplite

Haut Koenigsbourg desde Saint Hyoplite

 

Según parece, la bella fortaleza es una de las más visitadas de Francia. Efectivamente, estaba asediado cuando fuimos, pero no por huestes enemigas sino por centenares de coches y autocares aparcados en las cuestas que llevan hasta ella. Los franceses tuvieron suerte con este castillo. Aunque fue famoso e inexpugnable durante la Edad Media, en el siglo XIX era sólo una gloriosa ruina. Por allí acertó a pasar el káiser Guillermo III y los lugareños le convencieron de que pusiera dinero para restaurarlo. El castillo renació como gran monumento alemán, símbolo del poderío germánico. Pero, las cosas de la vida, poco después Alsacia pasó a ser francesa y ahora son los descendientes de los galos los que cobran la entrada.

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Pueblos y viñas desde el castillo.

Pueblos y viñas desde el castillo.

La visita merece la pena. La restauración está hecha con mucho gusto y el monumento se recorre con comodidad. Además, las vistas son impresionantes. Nos tocó además un día brillante, extrañamente caluroso en este centro, casi norte, de Europa. Familias y familias recorrían el castillo en ese domingo de final de agosto. En realidad, nosotros estábamos deseosos de bajar al pueblo justo debajo, Saint Hypolite, y probar su famoso rouge, es decir su vino tinto, un pinot noir muy afamado. No nos pareció para tanto, aunque estaba bueno. La comida, uno de los platos típicos de Alsacia, el backeoffe  o algo así, trozos de carne cocida con algunas verduras: bueeeno… No, no es la comida la baza fuerte de esta tierra de excelentes vinos blancos.

Arriba y abajo, vistas de Saint Hypolite.

Arriba y abajo, vistas de Saint Hypolite.

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Saint Hypolite, en cambio, empezó a descubrirnos las bellezas de esos pueblos pequeñísimos, casi aldeas, que se cruzan en un minuto en coche por una carretera bordeada de flores. Nos pareció bonito, pero después comprobamos que no era ni siquiera una pequeña muestra del catálogo de municipios adornados y bellos hasta la extenuación que nos esperaba.

Ventanas y calles floridas de Bergheim.

Ventanas y calles floridas de Bergheim.

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La primera parada de esas sorpresas, que iban creciendo en admiración, fue Bergheim. Una muralla con una puerta que ya sólo es testimonial pero que conserva su poder simbólico, calles adoquinadas, y empieza el desfile de casas con entramados de madera a la vista y fachadas pintadas de colores. Ya sabéis, esas que sólo hemos visto en películas e ilustraciones de los cuentos de los hermanos Grimm.

Ribeauvillé, la primera explosión...

Ribeauvillé, la primera explosión…

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La culminación del día fue Ribeauvillé, la primera explosión de fachadas: una larga calle principal llamada de manera poco original Grand Rue, y flanqueada de casas de antiguos y ricos comerciantes, decenas de tiendas de vinos, cada una de las cuales tiene su propia viña y su bodega, exhibiendo escaparates tentadores de botellas de riesling, muscat, gewurztraminer, pinot blanc, pinot gris, sylvaner… las exquisitas uvas de estas tierras.. Y no podernos llevar ninguna por culpa de las distancias, la duración del viaje, las limitaciones a los líquidos en los aviones…

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Recorrimos la calle admirados a cada paso por los detalles, las maderas, los adornos, los rótulos. Y todo tan limpio, y todo tan ordenado, y todo tan exquisito, y todo tan conjuntado. Tal vez la máxima expresión de la Europa rica que, teniendo tiempo y dinero, se dedica a ponerse guapa.

Qué se nos ha perdido en Huelva

Ulyfox | 20 de mayo de 2015 a las 13:50

Escena vespertina en la Plaza de las Flores de Isla Cristina.

Escena vespertina en la Plaza de las Flores de Isla Cristina.

 

La verdad es que pensábamos que nada se nos había perdido en Huelva. Es más, amigos y compañeros siempre nos han dicho que no nos perdemos nada, cuando hasta hace poco comentábamos que no habíamos estado nunca, que era de los pocos lugares que no conocíamos. Si acaso, de paso hacia Portugal, alguna parada en la Sierra, en una cafetería de autovía, hace tantísimos años en Ayamonte poco antes de tomar la barca para cruzar hacia Vilareal de Santo Antonio cuando era el único medio de hacerlo. Así que eso pensábamos también, que nada había que lamentar por no haber estado nunca en Huelva. Pero si os soy sincero, últimamente barruntaba que ciertos paisajes, ciertos horizontes de arenas y marismas me habrían de gustar, y, por supuesto, ciertos moluscos y crustáceos de fama mundial.

Frente a la playa de Isla Cristina, en la punta del Caimán.

Frente a la playa de Isla Cristina, en la punta del Caimán.

 

Así que a este reclamo por fin decidimos acudir hace un par de semanas, y reservamos dos noches de hotel en Isla Cristina, que da nombre a pesquerías, conservas y especies marinas de prestigio. El objetivo gastronómico estaba claro. El Barceló Isla Cristina no nos decepcionó, si entendemos por esto que era justamente lo que esperábamos: un lugar pensado y realizado para vacaciones en familia, todo incluido con piscinas rebosantes, actuaciones toda la tarde y animación del tipo que no decaiga y que los niños no se aburran mientras los padres pueden vigilar desde sus mesas, o ni vigilar siquiera, que eso queda en manos de los animosos monitores. No precisamente indicado para nuestros gustos, pero apto por limpieza, servicios y ubicación. Olvídense del encanto.

Barcos pesqueros en el muelle de Isla Cristina.

Barcos pesqueros en el muelle de Isla Cristina.

Isla Cristina se nos reveló como un lugar conocido, como otros pueblos marineros de nuestra zona, pero con la fortuna de contar aún con una importante actividad pesquera. De hecho es la primera flota de Andalucía en su género. Y eso se agradece en las cocinas, en los bares y en los restaurantes. El casco urbano presenta la esperable anarquía del centro y la en cierta forma artificial ordenación de las afueras. Limpio, sí, y lleno de luz como corresponde a la Costa en la que está enclavado. Sus muelles sorprende por la acumulación de barcos con olor a faena. Paseamos un rato, pasando antes por la lejana y arenosa playa, en un paisaje de ríos, caños, esteros y salinas muy familiar para dos nativos de San Fernando. Desembocamos en la plaza de las Flores, pequeña, pueblerina y con niños jugando. Tomamos una cerveza en la terraza del Casino, con un espacio interior de aire antiguo claramente desaprovechado. La noche fue la búsqueda del producto local, y tenemos que decir que acertamos plenamente con la recomendación de una de las recepcionistas del hotel. No muy lejos, un restaurante sin muchas pretensiones, el Aqua, nos deleitó con unas gambas muy frescas, unas coquinas sabrosas aunque algo arenosas, y unas pijotas de hacerles reverencias. El buen vino del Condado, en este caso Marieta, acompañó todo a la perfección. Excelente.

En el muelle de la Isla del Moral.

En el muelle de la Isla del Moral.

La mañana del segundo día tuvo un objetivo casi idéntico: a la búsqueda de mojama y atún de la conservera local Usisa y un salto a mediodía hacia la Isla del Moral, un poblado de pescadores al otro lado del río Carreras, un agradable paseo que se hace a bordo de un gracioso barco de nombre más bien pretencioso: ‘Ferry’ El Pelón. En diez minutos estábamos en el otro lado. Con calor y a pie nos acercamos al poblado, un conjunto de casas y restaurantes de pescados. Esta vez cayó un arroz caldoso a la marinera, con un preludio de las inevitables y amistosas coquinas (gordas y fresquísimas) y una pimentá con melva. Más vino del Condado y más gracias a la vida por la comida a un precio más que aceptable en El Chiringuito III.

Regreso y conversación en el 'ferry' el Pelón.

Regreso y conversación en el ‘ferry’ el Pelón.

La vuelta dio para una animada aunque resignadamente tópica conversación sobre esa situación que Rajoy no ve con uno de los pasajeros, camarero de uno de los chiringuitos, de regreso a su casa tras la faena, y que también le pega al flamenquito y al Carnaval.

Ahí, con ese aire marismeño, en el muelle Martínez Catena de Isla Cristina.

Ahí, con ese aire marismeño, en el muelle Martínez Catena de Isla Cristina.

El día acabó sin más historia con una cena en el bar Cristina, a base de ya imagináis qué. Y con la conclusión de que, desde luego, sí nos habíamos estado perdiendo algo por no conocer Huelva. Quién sabe, es probable que repitamos con algún otro pueblo no muy tarde. Por si hubiera algo más que pudiéramos encontrar sin haberlo perdido.

El río Carreras, frente a Isla Cristina.

El río Carreras, frente a Isla Cristina.

 

Mariscando las excelentes coquinas en la marisma.

Mariscando las excelentes coquinas en la marisma.

La causa de tanta riqueza.

La causa de tanta riqueza.

Un paseo nutritivo e instructivo

Ulyfox | 28 de marzo de 2015 a las 19:17

 

Ante el Puente Colgante de Portugalete.

Ante el Puente Colgante de Portugalete.

Llovió pero no mucho, no mucho para lo que se supone que es el País Vasco. Sí, por momentos el paseo se vio azotado por el viento y la lluvia, pero pasó pronto. No era desde Santurce a Bilbao, pero sí por toda la orilla anduvimos desde Portugalete hasta Algorta, comprobando que el primero tiene un casco antiguo pequeño y con sabor, que “no hay en el mundo puente colgante más elegante que el de Bilbao, porque lo han hecho los bilbainicos que son muy ricos y resalaos”, según aprendí de pequeño en una película muy triste que creo que se llamaba El otro árbol de Guernica. El puente de Portugalete, que permite salvar elegantemente la ría en su barca suspendida, es patrimonio de la humanidad, y me parece que merece serlo, con su estampa férrea, industrial y ciertamente airosa.

Arriba y abajo, dos panorámicas del Puente.

Panorámica del Puente.

En la barca cruzamos hasta Las Arenas, que como a muchos supongo me suena a equipo señero de fútbol. Y nos pusimos a pasear, como nos habían recomendado muchos de nuestros conocidos, siguiendo la orilla, pasando por Getxo, con su borde marítimo lleno de casonas veraniegas de la gran burguesía financiera y comercial de finales del siglo XIX y principios del XX, elevadas a su máximo esplendor llegando a Neguri, ese barrio con aire inglés por el que debieron andar en aquel tiempo mayordomos, ayudas de cámara, jardineros y chóferes a centenares. No importaba que lloviznara, cesó muy pronto.

Las mansiones de Getxo frente al mar.

Las mansiones de Getxo frente al mar.

A cada trecho, en el paseo, pequeños paneles describen las características e historias de las residencias más señaladas, muchas de ellas con aire de castillo o palacio. Resulta una caminata la mar de instructiva. Nosotros, además, íbamos con el destino fijo de almorzar en el puerto viejo de Algorta, donde nuestros amigos y anfitriones vascos nos habían recomendado recalar a la hora de comer. “Hay muy buenos sitios, pero si podéis id a Casa Carola, Karola Etxea”, nos encareció Verónica. Claro, no la íbamos a desobedecer, aunque antes nos propinamos un txakolí con pintxo en una taberna junto a las barcas.

El esplendor antiguo de las mansiones de Neguri.

El esplendor antiguo de las mansiones de Neguri.

Más ejemplos de una burguesía de verdad.

Más ejemplos de una burguesía de verdad.

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Subiendo un poco las cuestas del puerto viejo por el acantilado encontramos el restaurante. Precioso interior en azul y manteles blancos, y grandiosa carta de pescado y marisco. Nos regalamos un txangurro de categoría, cocinado con arte, unas almejas gordas y sabrosas, un calamar en su tinta dulce como la vida en vacaciones y unas cocochas de bacalao con su pilpil justo, no bañadas. Cedimos a la tentación y repetimos estas últimas, las mejores que hemos comido, exquisitas y suaves. No fue barato, no podía serlo, pero el placer no tiene precio.

Calles del puerto viejo de Algorta.

Calles del puerto viejo de Algorta.

Un extraordinario almuerzo en el Karola Etxea.

Un extraordinario almuerzo en el Karola Etxea.

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Vascos y sus cosas

Ulyfox | 26 de marzo de 2015 a las 14:13

El rito de la sidrería.

El rito de la sidrería.

No éramos una reunión común, no formábamos un grupo de excursionistas. Era más bien una de las convocatorias más singulares a las que he acudido en mi vida, una experiencia única. Nuestro amigo lo definió diciendo que haber estado allí era como un privilegio. No sé si nos encontramos un compendio del País Vasco, pero desde mi punto de vista era lo más parecido a eso que podíamos esperar.

Volvíamos a Bilbao antes de que pasara un año de nuestra primera y única visita. Quién nos lo iba a decir. Tantos años aplazándolo, tanto tiempo diciendo que casi lo único que nos quedaba por visitar de España era la tierra vasca (ahora ya sólo está pendiente Asturias) y en el corto espacio que va desde mayo pasado a este marzo ya hemos estado dos veces. Naturalmente, no fueron sólo el ambiente de la capital vasca, su arquitectura ni su gastronomía, que por supuesto que sí, lo que nos llamó de vuelta. Ya lo he dicho muchas veces: fue sobre todo esa cuadrilla que integramos en una noche de sábado entre potes, barras y risas. Y además, esta vez Verónica, Joseba, su familia y sus amigos nos tenían preparada una, o mejor varias sorpresas.

El lluvioso y peculiar sábado empezó a una hora y media de coche de Bilbao, en el cogollo de la comarca de El Goierri, lo que nuestros propios anfitriones llamaban la “Guipúzcoa profunda” y, más jocosamente, “el corazón de Giputxilandia”. Una comarca verde a la vista, pero en realidad verde, blanco y rojo, los colores de la ikurriña y del sentimiento nacionalista, en el corazón. Estábamos en Lazkao, que en castellano se conoce más por una denominación que sólo nos suena como apellido: Lazcano. Allí están el Archivo de Lazkao y su extraordinario creador, recopilador y cuidador, el benedictino Juan José Agirre. Nos había hablado Verónica con entusiasmo de este personaje, alto, todavía espigado y muy ágil a sus más de ochenta años, que con una pasión propia de vasco y una rigurosidad y paciencia de monje ha logrado reunir todo lo reunible sobre la historia de la Transición en el País Vasco. Y al decir todo queremos decir papeles, folletos, panfletos, carteles, comunicados, fotografías, libros… todo lo que circulaba por Euskadi en aquellos años ilusionantes, trágicos, alegres y tristes en los que el país tuvo un parto aún más doloroso de lo que se nos ha contado para dar a luz a la democracia.

Juanjo Agirre da explicaciones sobre uno de los incunables guardados en el Archivo de Lazkao.

Juanjo Agirre da explicaciones sobre uno de los incunables guardados en el Archivo de Lazkao.

En el Archivo nos reunimos de pronto y conforme íbamos llegando, cuatro gaditanos y 19 vascos. Y entre estos, la muestra demográfica improvisada: la viuda y la hija de un periodista asesinado por ETA; un ex etarra reinsertado; un ex gobernador civil de Vizcaya con el PSOE; la hermana de José Antonio Zabala, uno de los tristes protagonistas del ‘caso Lasa y Zabala'; un alto cargo de la Ertzaintza y una miembro importante del cuerpo; varios periodistas, entre los que estaban los antiguos directores del nacionalista Deia y de los ‘abertzales’ Egin, Gara y Egunkaria, considerados estrechamente vinculados a lo que los más exquisitos llamaban el “entorno de ETA”, cien veces perseguidos por la justicia; una encantadora y animosa pareja con caserío, encargada de buscar todos los años una sidrería para remojar el encuentro, y cuatro españoles venidos de Cádiz. Creo que sólo faltaba una pareja de guardias civiles para completar una película que, visto el reparto, podía desembocar tanto en una comedia satírica como en un drama de fondo político. Aunque Verónica nos había adelantado algo en conversaciones telefónicas, no dejaba yo de sentir cierta tensión y expectación interior, que se debatía entre las ganas de preguntar y una quizá malentendida discreción ¿Para qué nos habíamos reunido, para hablar o para no hablar de “eso”? ¿Qué era más adecuado, preguntar sobre el hermano torturado, sobre el padre asesinado, sobre sus sentimientos a un criminal condenado, o dejar que el circunloquio educado llevara al tema?

Ese era mi cacao mental mientras Juanjo, como le llamamos desde el principio, nos enseñaba las maravillas antiguas que atesora su archivo a la vez que nos iba rodeando todo con su discurso de recopilador de huellas del conflicto, del nacionalismo y de la Transición, mientras contaba entre mediasbromas cómo el juez Garzón lo quiso relacionar con la red de apoyo a ETA, y la visita que le hicieron 15 hombres “de paisano”, cuando él -decía- lo único que hacía era limitarse a recoger papeles de todo signo. Lo cierto es que Lazkao guarda, gracias a él y a su paciencia insistente, cientos de miles, seguramente millones de documentos, y que escritos en ellos debe estar la historia diversa de una época crucial y aún no terminada. Muchos de ellos, como los de Juan María Bandrés, están allí, pero prohibidos a la vista aún por su carácter delicado. Sí pudimos ver el primer comunicado de ETA y su libro blanco fundacional, e intuir muchos más, miles de carteles, revistas, periódicos, documentación de partidos, asociaciones, gestoras, grupos… todo lo que bullía en tres provincias pequeñas, antiguas y mecidas por el odio y la esperanza de todos y por el enfrentamiento y el compañerismo no sé si a partes iguales.

A esas alturas, lo que se había estado gestando desde hacía meses como un encuentro de sidra y chuletón, con correos y llamadas telefónicas que viajaban del norte al sur, tenía visos de ir a convertirse en algo más y muy diferente. La delicia estaba en escuchar a Juanjo hablar de su trabajo y sus incunables, en tocar alegremente y sin precauciones libros con cientos de años, vivas demostraciones de que el papel no ha muerto. Así transcurría la visita. Pero incluso el dominico locuaz de fuerte acento y hablar disperso se puso serio cuando nos llevó a una dependencia pequeña repleta de libros, con una mesita en el centro. En torno a ella nos apretamos los integrantes del heterogéneo grupo. Encima había un cofre de madera con la tapa labrada con un laubur, esa especie de svástica curva que se ve en muchos lugares del País Vasco, y dentro de ella otra cajita. El fraile explicó, con su dosis de misterio, la historia del paquete, y mostró su contenido: guardaba los casquillos de las balas que mataron a Juan Paredes Manot, alias Txiki, uno de los cinco últimos terroristas fusilados por el régimen de Franco en septiembre de 1975, apenas dos meses antes de la muerte del dictador. Venían con un escrito de la abogada del etarra, que certificaba la procedencia de esos casquillos, fotos y algunos documentos más. A mí me vino en seguida a la cabeza la canción Al alba de Luis Eduardo Aute, compuesta con ese motivo. No sé si fue lo más adecuado que fuera la hermana de Zabala la que leyera el certificado de la abogada en ese momento en voz alta para todos. Seguramente Juanjo no se dio cuenta cuando le dio el papel para que lo recitara. Un segundo de estremecimiento al menos recorrió la habitación débilmente iluminada. Diría que sólo se oyó en ese momento la fuerte lluvia que caía afuera. Y, ahora, pasados unos días, rememorando aquella escena con un cura, un convento y un cofre misterioso, me pregunto cuánto había en ella de veneración de aquellos mortíferos objetos como reliquia de mártir.

Las últimas balas del franquismo.

Las últimas balas del franquismo.

No sé si fue un exorcismo o algún tipo de ritual, pero a partir de ahí la visita volvió al modo cultural y el dominico octogenario de nariz aguileña se apresuró (y esto es literal, no imagináis como ese hombre corría por los pasillos) a mostrarnos varios incunables, libros censurados por la inquisición, tesoros cartográficos, un cantoral con las hojas hechas de piel de oveja (“hizo falta un rebaño para fabricarlo” contó expresivamente), y por último su joya personal, un libro hecho por él mismo, en los cinco idiomas de la Península, castellano, catalán, euskera, gallego y portugués, e iluminado a mano con miniaturas hechas al modo medieval: en esta obra maestra de paciencia y tiempo libre Juanjo ha escrito la regla de la orden dominica, las normas presididas por el gran lema de San Bernardo: ora et labora, reza y trabaja.

El orgullo de Juanjo, su obra.

El orgullo de Juanjo, su obra.

Vino después la sidrería, el motivo original de nuestro viaje, ya todos con hambre y ganas de beber. Todo eso había que remojarlo y quizá rumiarlo. El lagar, Sidrería Urbitarte, en Ataun, era una especie de gran chozo en medio del monte, al lado de una carretera que transcurría entre prados, caseríos y ovejas muy lanudas, aplicadas a su manera en las labores previas de fabricación del fabuloso queso Idiazábal. Llegamos y ya había gente haciendo cola ante los tanques de sidra, aguantando el sirimiri. Dentro, varios grupos sentados en mesas alargadas. Nos pusieron en mesas separadas, y empezó la fiesta. Había que levantarse a empezar a beber. El rito es el siguiente: alguien abre el grifo de la kupela (los barriles o botas) y al final del chorro se coloca el vaso. Hay que procurar que el chorro golpee contra las paredes del vaso, se llena poca cantidad y se bebe de un trago. Si queda algo, se tira al suelo y se sigue la ronda. Así, cuantas veces quieras. De vez en cuando, los encargados del local gritan ¡txotx! que es algo así como el aviso de que va a abrir alguna kupela exclusiva, y entonces todo el personal se levanta hasta ese tanque. Tiene su gracia.

Algo espectacular!

Algo espectacular!

Tres de los gaditanos que dieron cuenta de la txuleta vasca.

Tres de los gaditanos que dieron cuenta de la txuleta vasca.

El menú de sidrería es siempre el mismo, con un precio por persona y pudiendo repetir las veces que quieras: tortilla de bacalao, bacalao frito con pimientos y chuleta, que aquí llamaríamos chuletón y que en esta ocasión era la carne más sabrosa que he probado en mi vida, de por lo menos cinco centímetros de grosor, hecha en su punto perfecto de cocción, quemadita por fuera, una maravilla. De postre, queso Idiazábal  de allí al lado con membrillo y nueces. Al parecer, esta costumbre de las sidrerías no es muy antigua, y antes sólo la practicaban los comerciantes de sidra en la temporada de elaboración, cuando acudían a los lagares a probar la sidra de temporada, de enero a marzo, y se llevaban algo de comer para acompañar esta sin duda ingrata tarea. Ahora, hay excursiones masivas los fines de semana de todo el País Vasco a las sidrerías, sobre todo a las guipuzcoanas, las mejores por tradición. Comimos muy bien. A mi lado, aunque separados por el ex gobernador civil, no sé si como involuntario intermediario, se sentó el ex etarra. No hubo forma de entablar conversación con él. Respondía con frases cortas y parecía ido, contó que se dedicaba a los maratones. Me enteré por el intermediario de que tenía dos asesinatos a sus espaldas, 24 años de cárcel y un arrepentimiento al menos oficial que le ha permitido salir de la cárcel no hace mucho y tener un trabajo, que ha entrado en un programa de encuentros de reconciliación con víctimas y que incluso se ha hecho amigo de verdad de una de ellas. Es más, buena parte de toda aquella reunión en la que participábamos parecía ser parte de ese programa de reconciliación, como una especie de terapia de grupo no se sabe si oficial o personal, una ceremonia que nació hace años, y que ni siquiera sé si se puede contar.

Dos seglares y un cura compatiendo sidrería.

Dos seglares y un cura compatiendo sidrería.

En realidad, luego se pudo comprobar en el larguísimo epílogo de la comida, con las copas en la mano, todos parecían necesitar hablar de eso, eso sí, de buen ánimo. Me dio la impresión de que no han podido superar aún lo que ellos mismos llaman los años de plomo, tantos miles de días conviviendo con un terror que llegó a parecerles normal pero que les persigue, tanta defensa de un nacionalismo que sienten incomprendido desde fuera. Debe de ser todo muy complicado, doloroso y esquizofrénico, en un hábitat pequeño en el que absolutamente todo el mundo es o conoce, o comparte amistad o sangre, o simplemente vecindario y mercado, colegio de los niños, con un verdugo o una víctima, cómplice o colega, encubridor o delator, y en el que tenían y tienen que seguir viviendo. El policía no podía entender que en Andalucía no hubiera ni asomo de nacionalismo ni, por supuesto, ganas de defender ese ideal hecho de cromosomas, tradiciones, paisajes, solidaridades, afrentas e himnos. Es un conversador magistral y apasionado. Le dije que existía incluso la posibilidad de convencerme si empleaba como arma sólo las palabras. “Puedes cachearme, si quieres”, me respondió con una sorna desarmante. No llegamos a un acuerdo porque por mi parte no había siquiera desacuerdo, yo, que tengo mi patria repartida, como mi corazón, entre tantos sitios. Y uno de ellos es desde hace poco esa Euskadi, la de gente apasionada y acogedora, de paisaje verde y civilizado, la que nunca, creo, debió disparar ni justificar o por lo menos tuvo que parar mucho antes de hacerlo. Pude ver en esa reunión que ahora están intentando una reconciliación entre ellos, los más dañados, que aún están curando sus heridas.

Un poco antes, en la sidrería, ante tanta controversia, yo terminé prefiriendo entablar animada conversación con el dueño, un enorme Demetrio Terradillos que nos dio a probar su selección personal del afrutado líquido, con un reconocible aroma y sabor a manzana, y nos contó que todos los años viene a Sanlúcar.

¿Volvería? Sí, porque me gusta la gente, sus historias y sus secretos. Sobre todo, éstos, y me quedaron un montón por desvelar. Me provocan unas ganas enormes de conocerlos, pero aún no sé qué pintábamos allí los cuatro gaditanos. Tal vez éramos invitados de honor, honrados por la extraordinaria amabilidad de Verónica, tal vez sólo espectadores privilegiados, o bien, quién sabe, actores secundarios pero imprescindibles para una trama que está ahora en su nudo más difícil y que ojalá alumbre un desenlace feliz.

Y  veréis otra igual y diferente manera, con el corazón a borbotones y el lenguaje magistral, de ver aquel día si pincháis aquí:

http://www.lobeli.net/os-acordais-de-la-entrada-del-etarra-y-el-viaje-a-bilbao/

Un puente para que pasen cosas

Ulyfox | 8 de enero de 2015 a las 18:37

Pescadores junto al puente Gálata, la mezquita de Rustem Pasá, la de Suleimaniye...

Pescadores junto al puente Gálata, la mezquita de Rustem Pasá, la de Suleimaniye…

Si hay una ciudad en este mundo donde la vida no muere, esa  es Estambul. En los bazares, en los mercados, en el ajetreo de los siempre repletos muelles. Sólo la llegada de la noche aplaca las calles comerciales. Si hay un lugar en esa ciudad donde la vida fluye siempre, ese es el puente Gálata, la vía que cruza el Cuerno de Oro, ese brazo de mar que se desgaja del Bósforo hacia el norte y que divide la antigua Constantinopla de lo que fue Pera, el barrio genovés y luego asentamiento de diplomáticos y artistas europeos durante el Imperio Otomano.

El puente concentra en sus alrededores terminales de transbordadores, de autobuses, pescadores, gente que entra y sale, que embarca y desembarca, turistas y lugareños. Y casi todos hacen una parada ante los puestos flotantes, dorados y brillantes donde los empleados dispensan cada día miles de bocadillos de caballa asada (balik ekmek), un sabroso y barato tentempié. Recuerdo nuestra primera vez en Estambul. Entonces comprábamos los bocadillos sobre la barandilla del muelle, alargando el brazo para cogerlo directamente de la mano del asador. Ahora, pasado el tiempo, ya no tienes que arrancarte las espinas de la boca, ni estirar el brazo. Junto a los barcos, sobre el muelle, unas casetas con luces y adornos recargados dispensan civilizadamente el producto a una cola de clientes, que luego se sientan en banquetas y disponen de mesitas. Y la caballa llega en filetes y desespinada. El progreso.

Un narguile con un té bajo el puente Gálata.

Un narguile con un té bajo el puente Gálata.

Eso ha cambiado, pero no ha variado la aglomeración ni el ambiente, ni los alrededores vigilados por las cúpulas y minaretes de las mezquitas, por la imponente Torre Gálata que levantaron los genoveses al otro lado, ni la acumulación de restaurantes y cafés de todos los precios bajo la calzada del puente. Toda la ciudad pasa por él. Es posible disfrutar de casi medio día parando a mirar desde una orilla, empapándose del paisaje humano, cruzando por arriba, dando la vuelta por debajo, volviendo a subir, tomando un té y fumando un narguile aromatizado mientras esperas a que el día caiga.

Algunas escenas frente a los puestos flotantes de bocadillos de caballa.

Algunas escenas frente a los puestos flotantes de bocadillos de caballa.

La Torre Gálata al fondo, sobre la que se dibuja la proa de uno de los barcos de caballas.

La Torre Gálata al fondo, sobre la que se dibuja la proa de uno de los barcos de caballas.

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Arriba y abajo del puente Gálata.

Arriba y abajo del puente Gálata.

Puestos flotantes de bocadillos de caballa en el Cuerno de Oro.

Puestos flotantes de bocadillos de caballa en el Cuerno de Oro.

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Celebración capital

Ulyfox | 29 de octubre de 2014 a las 2:01

La Gran Vía, y debajo, la plaza de Callao y la calle Princesa.

La Gran Vía, y debajo, la plaza de Callao y la calle Princesa.

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Ha sido con un motivo lleno de 30 razones, una por año, al menos, un aniversario, 30 causas que celebrar, ya sabéis. Y nos fuimos a Madrid el fin de semana. Siempre nos ha gustado la capital, desde aquellos lejanos años de carrera, aquellos jardines de la Complutense que no he vuelto a visitar. Muchas veces es Madrid una parada de horas para nuestros viajes, muchas veces ha sido estancia corta, lo suficiente para ver a los amigos y repasear antiguos pasos, asombrarnos de los cambios, perdernos en las calles que yo creía conocer después de cinco años de estudios. Mucha gente prefiere Barcelona, y sin embargo yo me siento comodísimo en Madrid.

No sé si sabéis qué plaza es esta.

No sé si sabéis qué plaza es esta.

Y nos fuimos a Madrid, a homenajearnos y homenajearla con lo más genuino. Intentamos un restaurante moderno y premiado, Diverxo, imposible por las reservas. Y nos dijimos ¿qué nos apetece en realidad? y nos contestamos: un buen cocido madrileño. Ahí apareció la taberna La Bola como recomendación de experto tan reputado como Peluso y corroboración de quienes viven allí desde siempre.

El Hotel Victoria, entre las plazas del Ángel y de Santa Ana.

El Hotel Reina Victoria, entre las plazas del Ángel y de Santa Ana.

Una colorida Plaza del Ángel.

Una colorida Plaza del Ángel.

Es tan fácil llegar a Madrid ahora en tren… recordé aquellos viejos tiempos de expresos y rápidos de doce horas. Ahora te plantas en el centro en poco más de tres horas y media, y con una gran calidad de asientos. Apenas el rato de repasar el periódico, echar una cabezadita y tomar algo y apareces en la siempre sorprendente Glorieta de Atocha, antaño gris de scalextric y abandono, hoy espléndidamente abierta y casi acogedora. Observé con cierta extraña alegría que el Ministerio de Agricultura, el Hotel Mediodía e incluso el Hospital ahora Museo Reina Sofía tienen ahora colores y claros. Me alegré al comprobar la supervivencia de El Brillante, de sus bocadillos y sus sándwiches que tantas cenas proveyeron, aunque se han producido las evitables muertes del bar Iris y el Agustín (inolvidables morcillas de arroz para el hambre de estudiante). Casi, casi como si fuera ayer en la noche de ese viernes contemporáneo.

Aquí se imprimió por primera vez el Quijote. Un respeto.

Aquí se imprimió por primera vez el Quijote. Un respeto.

Llegamos de noche, a un Hotel Paseo del Arte ( http://www.hotelpaseodelartemadrid.com/ ) abarrotado. Bastante bien. Enfilamos, como tantas lejanas veces, calle Atocha arriba, para entre las demasiadas tiendas asiáticas nuevas, reconocer aún la ornamentada placa que conmemora que en aquella casa de la esquina estuvo la imprenta donde se hizo la primera edición del Quijote. Reverencia. Arriba, plaza del Ángel del Café Central, plaza de Santa Ana de cervecerías rebosantes y recuerdos toreros, excelente Natural Beer, asombro por la abundancia, el Teatro Español con caras célebres en sus carteles. Y luego paseo por plaza Mayor en busca del Mercado de San Miguel, centro gastronómico que nos pareció, aun su fama, bastante artificial, un poco rota la huella en mi memoria de su arquitectura de hierro decimonónica en mis deambulares estudiantiles por el barrio de los Austrias, entonces todavía un Madrid en el que se podía respirar el aire zarzuelero o galdosiano. Fue la primera noche.

Las limpias fachadas ahora de la calle Arenal.

Las limpias fachadas ahora de la calle Arenal.

El Palacio de Oriente...

El Palacio de Oriente…

Escena en la plaza de Oriente...

Escena en la plaza de Oriente…

La plaza de la Villa...

La plaza de la Villa…

El sábado era el día. Primer turno en La Bola, es decir a la una y media de la tarde. Con tiempo para repasar antes, a la luminosa luz de este otoño, lo que entrevimos de noche. Con un desvío al Callejón del Gato a mirarnos en los espejos deformantes donde el Valle Inclán que me acompañó en Madrid vio nacer el esperpento con los ojos de Max Estrella. Que ya no son los mismos espejos, pero nos valen también para la reverencia. Con una extensión a la zona de Ópera y Palacio de Oriente, peatonalizados y tomados por los viandantes ociosos y los artistas o vividores urbanos. Aire de gran ciudad con tono amable.

El homenaje esperpéntico a Valle Inclán en los espejos del Callejón del Gato.

El homenaje esperpéntico a Valle Inclán en los espejos del Callejón del Gato.

Azulejos en las tabernas del centro.

Azulejos en las tabernas del centro.

Es La Bola ( http://www.labola.es/  ) una taberna centenaria, bella de fachada roja e interior de maderas oscuras, con camareros en blanco y negro, bien alimentados y discretamente chistosos, expertos en servir y explicar la forma de comer el cocido, sabroso y recordable, en sus tres vueltas: la sopa, los garbanzos con repollo, y la carne, con sus salsas y su ritual lento. El establecimiento ofrece una interesante posibilidad, la de pedir cocidos individuales en olla, así que nos permitimos pedir aparte un arroz a la madrileña, que no es sino este cereal hecho en el caldo y con la carne del cocido. Y lo mejor que se puede decir es que no sabemos si estaba mejor el arroz o el plato primitivo. Dos horas de disfrute tradicional, con un vino tinto de la casa bastante agradable, sus cafés, su sorbete y su aguardiente final por cuenta de la casa, por un precio muy arreglado. Os lo recomiendo desde ya como fuente de inagotables recuerdos. Me hablaron también de otro sitio, Malacatín, pero ya os digo que es imposible coger un sábado de aquí a febrero.

Ante uno de los templos del cocido madrileño.

Ante uno de los templos del cocido madrileño.

Disfrutando dentro de La Bola.

Disfrutando dentro de La Bola.

La Bola, una hermosa taberna madrileña.

La Bola, una hermosa taberna madrileña.

Lo recomendable después de esto dicen que es una siesta, pero preferimos no caer en la tentación ni librarnos del mal, y para reposar el banquete nos metimos en un cine de Callao (estupenda ‘Relatos salvajes’), y luego paseamos por la calle Preciados, Puerta del Sol, aún tuvimos ganas de merendar churros en la agigantada Churrería San Ginés… sólo nos faltó acudir al espectáculo de Lina Morgan para cumplir con el decálogo del antiguo provinciano que visitaba la capital. Disfrutamos, qué queréis que os digamos. Como lo seguimos haciendo cuando esa noche nos reunimos con amigos eternos, viejos camaradas de la Facultad por cuyas risas no pasan los años como los calendarios no muerden nuestras ganas de vernos, contarnos, asombrarnos, relatarnos, abrazarnos ni planear futuros encuentros. Por los siglos de los siglos.

Al cine en Callao.

Al cine en Callao.

Churros en San Ginés.

Churros en San Ginés.

Y sí, fuimos al Prado para despedirnos de Madrid al día siguiente, para saludar también a El Bosco, a Velázquez, a Goya… para seguir echándolos de menos en nuestro duro invierno de esta tierra eternamente aprendiza y muchas veces ignorantemente arrogante.

Despedida con arte, en El Prado.

Despedida con arte, en El Prado.

 

Pintxos y otras cosas del comer

Ulyfox | 4 de junio de 2014 a las 13:00

Los pintxos de San Sebastián, un espectáculo.

Es que estuvimos en el País Vasco ¿sabeis? Es decir, en lo que la mayoría considera como la catedral de la gastronomía en España. Obviamente, el presupuesto no nos daba para visitar los grandes templos de Arzak, Aduriz, Berasategui o Subijana. El lujo mayor que nos permitimos fue ese almuerzo con buena comida y magnífica vista sobre la ría de Urdaibai, allá en Portuondo, junto a Mundaka. Pero nos atraía mucho el espectáculo visual y de sabores de las barras llenas de pintxos, institución que no debería morir nunca aunque tal vez terminen devorándola, en todos los sentidos, las modas turísticas.

La buena cara que se te pone.

La buena cara que se te pone.

Ya os hemos contado que tuvimos la suerte de practicar esta tradición de la mejor manera, de la mano de Verónica, su madre Carmen (desde aquí el abrazo más animoso) y toda su atenta y divertida cuadrilla, que ya es la nuestra. Pero, naturalmente, también quisimos explorarla por nuestra cuenta, antes y después. Fue una experiencia con sus luces y sus sombras. La primera noche en Bilbao llegamos algo tarde por culpa del retraso en el avión, y ya no había mucha oferta. Se veía que la marabunta de bebedores y comedores había pasado por la zona de Licenciado Pozas, y arrasado con casi todas las barras. De todas formas, pudimos probar una carne muy buena en un lugar (no lo apunté, mal periodista) de la calle García Rivero. La segunda noche, de vuelta de nuestra preciosa excursión por Mundaka, comprobamos con terror que casi todo estaba cerrado en el centro. Ya sé que era Primero de Mayo, festivo, pero extrañamos eso en una gran ciudad. El Café Iruña estaba abierto y relativamente animado, pero nos espantó un poco la ambientación de feria de Sevilla que colgaba de sus techos, y la oferta casetera escrita en sus pizarras. El caso es que sólo de vuelta al hotel, casi al lado, una tabernilla nos sirvió para una cerveza y picar algo casi de lástima. Las gildas estaban buenas.

Navaja, con su concha y todo en A Fuego Negro.

Navaja, con su concha y todo en A Fuego Negro.

El día siguiente visitábamos la meca de los pintxos: la Parte Vieja de San Sebastián. Llevábamos instrucciones claras de nuestro ya amigo Antxon Urrestarazu, preclaro eusgaditano, que nos dio una casi orden y advertencia: “No se os ocurra aceptar el plato que os ofrecerán a la entrada en los bares. Eso es de guiris. Vais comiendo los que os apetezcan y luego le decís al camarero lo que habéis consumido”. Obedientes, muy obedientes, entramos al primer bar, el brillo de cuyos pintxos llegaba casi a la calle. Una barra espectacular y un resultado más que satisfactorio. “No”, dije rotundo en cuanto que me ofrecieron un plato, y nos acomodamos en un rincón de la atestada barra. Tenía razón Antxon: los guiris molestaban continuamente metiendo sus manos por encima o junto a nuestras cabezas para ir acumulando pintxos en el plato. Nosotros hicimos como nos aconsejaron. Cuando terminamos las cervezas y el par de tapas, exquisitas de verdad las alcachofas envueltas en bacon, los fritos de bacalao y la ensaladilla de txangurro, dimos cuenta al hombre de la barra y el nos hizo la ídem. No obstante, lo confesamos, en posteriores tientos aceptamos un platito por comodidad. Buen comienzo en Donostia.

En la barra del Víctor Montes de Bilbao.

En la barra del Víctor Montes de Bilbao.

Habíamos empezado con temor de novatos, pidiendo cañas. Luego, al siguiente sitio, nos pasamos a los zuritos (cañas más pequeñas), y después ya nos lanzamos con el txakolí, que prácticamente no abandonamos. Mucha gente me dice que el txakolí es un vino más bien de batalla, pero a nosotros nos gustó. El Itsasmendi 7 que nos sirvieron en Portuondo era fantástico, y en general nos pareció excelente combinación con los pintxos, fresco, suave y de excelente pase. Tampoco me pareció peligroso porque se subiera a la cabeza. Y llena menos que la cerveza. Bueno, no soy ningún experto. En el siguiente lugar (este sí me lo sé), el Gandarias, fue otro espectáculo de barra y ambiente. De la misma forma milagrosa logramos arrimarnos pronto a la barra, para comprobar la paciencia, la organización y el buen humor de los camareros, nunca sobrepasados por la masiva presencia de hambrientos. Muy recomendable, nos pareció tradicional y representativo.

Bonito y bacalao, versión Víctor Montes.

Bonito y bacalao, versión Víctor Montes.

Ya un poco más tarde experimentamos una versión de pintxos más moderna, de unos cocineros apegados al Basque Culinary Center. Se llama A Fuego Negro, y recalamos allí por indicación también, obviamente, de nuestro Antxon. Ahí ya, quizá por la hora, no había aglomeración, y los pintxos se pedían al camarero, una forma diferente. Nos sorprendió lo divertido de las presentaciones sin perder los sabores de siempre. Lástima no haber tenido tiempo y ganas para su prometedor combinado de degustación. Unas navajas en su concha estaban buenísimas, delicadas. El pero de todos los establecimientos de este tipo: cantidad y precio siempre van por caminos opuestos. El txakolí, nuevamente, era estupendo.

Muy bien, muy contentos de esta primera inmersión en el mundo de los pintxos, una forma de comer y de relacionarse nos pareció, como una modalidad peripatética de la gastronomía tradicional. Pudimos ver en algunos casos a los cocineros en la trastienda preparando como locos esas rebanadas de pan que siempre estaban crujientes, y colocando encima las diferentes preparaciones.

La atractiva barra del Víctor Montes.

La atractiva barra del Víctor Montes.

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Felices ante el untuoso bacalao al pil pil del Río Oja.

Felices ante el untuoso bacalao al pil pil del Río Oja.

El sábado, en Bilbao, tuvimos ocasión de desquitarnos de aquellas tres noches anteriores frustrantes en parte. Como estamos hablando de comida, dejaré para otra ocasión la descripción del paseo por el casco antiguo, el Mercado de la Ribera y otras gratas experiencias. El mediodía alumbró el encuentro con la cocina vasca más tradicional en un lugar con nombre de resonancias montañesas, el Río Oja, un local antiguo, de gran barra llena de cazuelas de aluminio con los guisos del día, algunas mesas junto a ella y un salón interior. Como una casa de comidas de toda la vida, con sus paredes de azulejos. A esa hora tan temprana sólo nos acompañaban en dos mesas cercanas una pareja de japoneses con aire de entender y querer entender de cocina, y un grupo de alemanes encantados de lo que comían. En la barra, un par de parroquianos apuraban su vino. Luego se fue llenando poco a poco, y un camarero recién llegado abrió el comedor interior. En cuanto divisamos el panorama en la barra tuvimos claro lo que íbamos a pedir: dos cazuelitas, una de bacalao al pil-pil y otra de chipirones en su tinta. Dos delicias de salsas ligadas, una negra y otra blanca amarillenta. Una auténtica inmersión ‘lingüística’ en el mundo vasco, una perdición y un ruego, que no se independicen. Sería una lata tener que enseñar el pasaporte y quién sabe si obtener visado para probar estas maravillas.

La atractiva fachada bajo los soportales de la Plaza Nueva.

La atractiva fachada bajo los soportales de la Plaza Nueva.

Los siguientes pasos nos dirigieron a un lugar totémico, recomendado por todos, rebosante, colorido, en plena plaza Nueva. Un bar, restaurante y tienda de productos alimenticios que es un monumento en muchos sentidos: el Víctor Montes, con su fachada oscura, sus adornos dorados y su decoración modernista. Y sobre todo, sus decenas de clases de pintxos preparados casi al instante y con mucha imaginación. Podría pasarse uno muchas horas allí, deseando probarlo todo, poquito a poco, sin prisa, tal vez todo el día, con las convenientes pausas entre pintxo y pintxo.

Creo que el origen de estos bocaditos, casi siempre con pan de base, es muy humilde. En realidad eran un simple acompañamiento y sostén necesario para la cantidad de bebida que tomaban los vascos cuando hacían el recorrido que ellos llaman ‘ir de potes’ de bar en bar. Pero la cantidad y calidad, así como la calidad de sus preparaciones han hecho de los pintxos la auténtica estrella. Aunque un auténtico vasco, por lo que sabemos, dará prioridad siempre a su txikito o su pote sobre esa minicomida.