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Amal, trabajadora y musulmana en El Cairo

Ulyfox | 7 de marzo de 2010 a las 13:43

amalamal zoser

 

Se llama Amal y tiene al menos un amigo en Cádiz. Trabaja de guía para españoles en El Cairo, y fue la nuestra hace dos años por pirámides, mastabas, mercados e iglesias de la tumultuosa, aparentemente ingobernable, capital de Egipto. En la Ciudadela cairota, empezada a construir por el gran Saladino, se encuentra la Mezquita de Mehmet Ali, también conocida como la Mezquita de Alabastro. Allí, Penélope tiró de su bendita indiscreción para preguntarle a Amal sobre su condición de mujer en un país musulmán, insoportable a nuestros ojos occidentales. La guía tapaba su corpulenta anatomía de arriba a abajo, dejando sólo a la vista su rostro y sus manos. Dijo que a ella no le molestaba ir tan vestida en medio del sofocante septiembre egipcio; que las mujeres no deben exponer claramente sus atractivos físicos; que son las bellezas del alma las que importan y las que deben tener en cuenta los hombres, fácilmente excitables por otros medios. Me pareció sincera en sus ideas, compatibles en muchos puntos con los discursos más progresistas sobre la condición femenina, si las oyes bien.

Nuestra visita coincidió con el Ramadán. Amal no tomaba ni agua desde que salía el sol hasta que se ponía, pese a que el calor le hacía constantemente secarse el sudor de la frente y a que su trabajo consistía en hablar, y hablar. Rechazaba nuestros ofrecimientos en la explanada de Gizeh, y también frente a la pirámide escalonada, obra del gran Imhotep. Se limitaba a buscar la escasa sombra mientras nosotros desafiábamos el calor para acercarnos al primer monumento en piedra de la historia (un escalofrío de 4.660 años nos contemplaba), levantado para acoger los restos del faraón Zoser. En el restaurante con privilegiada terraza frente a la Esfinge, se apartó bajo una sombrilla a rezar sus oraciones mientras hacíamos lo posible por acabar el copioso almuerzo, y en un popular local cerca del Museo Egipcio se sentó en una mesa cercana a esperar que acabáramos. ¿Cómo aguantas? le preguntamos. “Por fe, hacemos esto por fe, nadie nos obliga, y además es bueno para el cuerpo, porque se depura” contestaba en su magnífico español.

Y sonreía mucho.