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Galaxidi, una parada camino de las Musas

Ulyfox | 2 de mayo de 2020 a las 21:58

 

Galaxidi, en su emplazamiento en el Golfo de Corinto.

Galaxidi, en su emplazamiento en el Golfo de Corinto.

El puerto de Galaxidi, con el golfo de Corinto al fondo, y más allá la cumbre nevada del Monte Parnaso.

El puerto de Galaxidi, con el golfo de Corinto al fondo, y más allá la cumbre nevada del Monte Parnaso.

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Se diría que Galaxidi, en pleno Golfo de Corinto, es poca cosa. No tiene un gran hueco en las guías de viajes. Una agrupación de viejas casas en círculos concéntricos que se derraman alrededor de una iglesia, en un promontorio entre dos pequeñas radas como puertecitos naturales. Una de las dos es realmente el puerto de Galaxidi. Casas de dos plantas, con paredes blancas o de color pastel y tejados rojizos, ventanas de maderas pintadas de azul, algunos jardines, y grandes historias de navegaciones marítimas encerradas entre sus muros. De hecho, muchos de los edificios de este pueblo de la Fócida son mansiones de antiguos capitanes y armadores, lo que da pie siempre a soñar con grandes aventuras. Algunas tienen un mascarón en la esquina.

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Casas en el centro de Galaxidi.

Casas en el centro de Galaxidi.

Llegamos a media mañana de un mes de abril, en la semana anterior a la Pascua, la fiesta mayor del calendario ortodoxo. Un mediodía a ratos nublado pero no frío, que quitaba brillo al agua y a las casas. Alguna gente, poca, por las calles, aunque no faltaban los raros turistas. No es extraño puesto que Galaxidi se halla en el camino hacia el santuario de Delfos, una de las grandes atracciones turísticas de Grecia, y la misma población debe de llenarse en temporada alta.

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Blanco y pastel en las fachadas.

Blanco y pastel en las fachadas.

Nosotros nos encontramos un lugar apacible y, según nos pareció, muy auténtico, con calles empedradas y cuestas no demasiado empinadas que bajaban hacia el muelle en forma de ‘u’ estrecha, con no demasiados barcos. Tras acomodarnos en el Hotel Galaxa Mansion, un sitio encantador con un jardín fantástico para tomar un desayuno no menos espléndido, callejeamos hacia el mar subiendo y bajando el promontorio que corona la iglesia.

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Nos encontramos un muelle casi solitario, casas a un lado, al otro un parque de pinos, y allá a su frente la imponente cumbre nevada del Monte Parnaso, la antigua morada de las Musas, cuya cima domina toda la región. Admiramos la tranquilidad, el espejo de las aguas y la luz tamizada que daba mayor presencia a la montaña sagrada. Allí el Golfo de Corinto es tan cerrado que más parece un lago suizo. Paseamos por la ribera más alejada bajo los pinos, hasta acercarnos al Monumento Internacional a las Mujeres de los Marinos.

Penélope, ante la morada de las Musas.

Penélope, ante la morada de las Musas.

El monumento a las Mujeres de los Marinos, frente al golfo.

El monumento a las Mujeres de los Marinos, frente al golfo.

A la vuelta buscamos un restaurante para almorzar, y la suerte nos llevó al Skeletovrachos, un local fantástico, con un encargado charlatán y una carta exquisita, con sorpresas deliciosas como la taramosalata con aguacate, la musaka de bacalao y la ensalada de kritamon (una hierba marina). Tanto nos gustó que más tarde repetimos para la cena y desde entonces permanecen en nuestra memoria sus linguine con trucha ahumada.

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Dos vistas del Museo Náutico de Galaxidi.

Dos vistas del Museo Náutico de Galaxidi.

Galaxidi cuenta con un precioso Museo  Náutico, en un edificio histórico, pero no pudimos verlo por no habernos enterado antes del horario de apertura. Lástima, pero tratándose de Grecia nunca podemos asegurar que no vayamos a volver. Buena parte de la tarde transcurrió en el balcón de nuestra habitación contemplando las horas tardías, entre los sabores del tsipouro y las delicias de la lectura, hasta que el apetito nos llamó a volver al Skeletovrachos…

La ensalada de Kritamon del restaurante Skeletovrachos.

La ensalada de Kritamon del restaurante Skeletovrachos.

El día siguiente sería para visitar Delfos, la morada de Apolo.

Galaxidi, desde el jardín del hotel Galaxa Mansion.

Galaxidi, desde el jardín del hotel Galaxa Mansion.

 

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Vistas desde el Galaxa Mansion.

Vistas desde el Galaxa Mansion.

Trizonia, allá en el golfo de Corinto

Ulyfox | 16 de julio de 2019 a las 21:30

 

El puertecito de Trizonia, y ahí cerca, al fondo, la tierra firme del continente.

El puertecito de Trizonia, y ahí cerca, al fondo, la tierra firme del continente.

Este episodio ha ocurrido hace poco, en una vida anterior a esta de jubileta que he empezado a disfrutar, y fue como un prólogo a un proyecto vital que estoy ya escribiendo. Os lo comencé a contar ya, si recordáis, cuando os hablé de Nafpaktos.

Era relativamente temprano y acabábamos de dejar la antigua Lepanto, la de glorioso nombre, y ya circulábamos por una carretera tranquila y sinuosa que bordeaba la ribera norte del Golfo de Corinto. Al otro lado brillaba la nieve todavía abundante sobre las montañas del Peloponeso, sobreponiéndose a una calima húmeda que refrescaba aquella mañana griega de finales de abril.

Penélope, en el puerto de Trizonia.

Penélope, en el puerto de Trizonia.

Penélope había descubierto una islita en los mapas que escudriña, apenas un suspiro, una mota de polvo pegada a la costa, por nombre Trizonia, y a ella nos dirigíamos. Llegamos en un suspiro y aparcamos en el solitario aparcamiento habilitado sobre la grava, junto al embarcadero. No había nadie todavía, y tras preguntarle al hombre que trajinaba en la barca que parecía nuestro transporte a la isla, nos confirmó que deberíamos esperar aún alrededor de una hora ‘o así’. Aunque el barquito tiene su horario, se apercibía que era el  administrador de una conveniente y mediterránea flexibilidad.

Sin perderlo de vista por si acaso, nos acercamos a una taberna que estaba abriendo sus puertas en ese momento para entretener la espera con un café griego bien dulce. Hasta que poco a poco se fue formando una fila que, aunque escasa de personas, parecía que podría rebasar la capacidad de la embarcación.

Ese ritmo presagiaba lo que encontraríamos en la isla. Tras un trayecto de apenas cinco minutos, desembarcamos rayando el mediodía en el pequeño muelle frente al hotel Iasmos, que nos habría de albergar esa noche. No había nadie. Llamamos a un teléfono apuntado en la puerta, y una muchacha muy amable nos dijo que venía ya para allá, que estaba a punto de embarcar ¡en el viaje de vuelta de nuestro barquero! “Debajo del felpudo está la llave por si quieren entrar” nos dijo. Lo hicimos, pero inmediatamente cerramos al ver que varios gato esperaban también que les franquearan el paso. Optamos por esperar en el porche sombreado.

La espera no se prolongó, y la encargada resultó ser una dicharachera joven que nos contó su vida en diez minutos, intercambiando opiniones sobre la vida en esta sociedad moderna y muchas cosas más imposibles de recordar. El hotel resultó ser tan agradable como la anfitriona, y una vez instalados nos dispusimos a hacer en pocas horas casi todo lo que se puede hacer en ese pequeño trozo de tierra.

Un alto en el sendero junto al mar.

Un alto en el sendero junto al mar.

Así que nos armamos de agua gentilmente provista por el alojamiento y echamos a andar por el sombreado sendero de la parte norte de Trizonia, hasta el cabo oeste. Poco más de media hora de camino de ida y lo mismo de vuelta por una vía que no parecía muy transitada. El pequeño esfuerzo nos lo premiamos con un gran almuerzo de exquisitas albóndigas en tomate y pescadito frito en uno de los apenas cuatro restaurantes del puertecito, un encanto de los que sólo se pueden encontrar en Grecia. A esa hora, desembarcaron varias familias de griegos de los que supusimos que iban a comer como el que se acerca a Chiclana o Conil. La familiaridad con la que se dirigían al personal de la taberna los identificaba como clientes asiduos. Y todo transcurría con la misma calma que parecía invadir la isla entera.

Una taberna junto al mar, como en todos los pueblos costeros de Grecia.

Una taberna junto al mar, como en todos los pueblos costeros de Grecia.

Tiene Trizonia un pequeño núcleo de casas tranquilas subiendo un leve promontorio, y a la vuelta de una de las esquinas, un desmesurado puerto deportivo construido tal vez en épocas más optimistas o quizá directamente especulatorias. A lo mejor es que no era temporada, pero no se veían más que unos pocos veleros con pinta de no haber visto la mano humana en muchos meses o tal vez años.

Tiene también dos playitas accesibles tras un paseo por el interior, que deben de ser muy agradables, pero el tiempo, ligeramente fresco, no acompañaba para animarse al baño.

Viendo atardecer desde el hotel Iasmos.

Viendo atardecer desde el hotel Iasmos.

Y poco más. Un breve descanso en el hotel mientras veíamos caer la tarde precedió a un encuentro casual con una pareja de italianos con el que nos animamos en una frugal cena de charla y entremeses, con intercambio de opiniones políticas. La mujer era de origen ecuatoriano y tenía un extraño discurso más bien anti inmigrantes. O eso me pareció entender…

A la mañana siguiente, deshicimos el camino de cinco minutos en barco, teniendo la sensación cierta de que Trizonia y su engañosa insignificancia se nos había quedado para siempre en el recuerdo. En realidad, no sé si he hecho bien en contarlo…

Nafpaktos es Lepanto

Ulyfox | 19 de mayo de 2019 a las 18:15

Una de las torres defensivas del puerto de Nafpaktos, al atardecer.

Una de las torres defensivas del puerto de Nafpaktos, al atardecer.

Hemos vuelto de nuevo del lugar a donde siempre vamos. De Grecia. Ya no preguntáis por qué, así que nos ahorraremos explicar el motivo, que es tan claro como sencillo. nunca habíamos estado allí en la celebración de la Pascua ortodoxa, y esta vez hemos cumplido ese deseo. Y ya está. Diez días de respiración helénica, para seguir buceando en este mar cotidiano hasta la próxima ocasión de, como las ballenas, subir a tomar aire.

 

El puerto de Nafpaktos desde el nuestro balcón en el hotel Spon.

El puerto de Nafpaktos desde el nuestro balcón en el hotel Spon.

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Dos aviones, Jerez-Madrid y Madrid-Atenas y ya estábamos en camino en nuestro coche alquilado, a esa hora del día que los griegos denominan apóyevma, los ingleses afternoon, los italianos pomeriggio, y para la que los españoles no hemos encontrado un nombre, quizá porque es el momento de saltársela con una siesta, y encuadramos en el larguísimo plazo de la “tarde”.

Una cerveza en el puerto.

Una cerveza en el puerto.

Seguía siendo para nosotros la tarde bien entrada (para los griegos el nombre habría cambiado a spera, los ingleses le llamarían evening y los italianos sera…) cuando llegamos a Nafpaktos después de una cara autopista de peaje y de salvar el Golfo de Corinto por el aún más caro aunque impresionante puente de Rio-Antirio. Daba ya igual entonces el nombre de la hora, porque el paisaje estaba precioso con la luz dorada que se reflejaba al otro lado del estrecho en las montañas aún nevadas del Peloponeso y que daba una especial calma al puerto.

Casas junto al puerto, y arriba el castillo.

Casas junto al puerto, y arriba el castillo.

Nafpaktos es, como algunos sabréis y otros no, el nombre actual de la antigua Lepanto. Así que ya imaginais las evocaciones históricas, militares y literarias que provoca el nombre del lugar, escenario de la batalla que fue descrita como “la más alta ocasión que vieron estos siglos y verán los venideros” o una frase al menos tan solemne por Miguel de Cervantes, también conocido como ‘el manco de Lepanto’ tras haber perdido el brazo izquierdo en ese combate de la flota aliada cristiana contra la del amenazante Imperio Otomano. Han dicho y escrito los que saben que esa derrota fue clave para evitar la expansión de los turcos hasta quién sabe dónde en Europa.

Llegando al castillo de Nafpaktos.

Llegando al castillo de Nafpaktos.

Vale. Como es natural, todo Nafpaktos está lleno de referencias a esa batalla, pero su actual encanto reside en el minúsculo puerto veneciano fortificado, en las antiguas casas que lo rodean, en las murallas de las que se conserva buena parte y en el altísimo castillo que lo preside todo. Una mezquita de la época otomana también se mantiene en pie, pero estaba cerrada. No es poco atractivo añadido el de una buena playa situada en la parte oeste de la ciudad, frente al Golfo.

Vista de Lepanto y su golfo desde el castillo.

Vista de Lepanto y su golfo desde el castillo.

Así que a conocer todo eso dedicamos el día siguiente. El encantador puerto que alberga en un lateral una estatua dedicada a Cervantes merece mil fotos, casi una por cada piedra. Después de pasear por él, emprendimos una tonificante subida al castillo, lo que permite unas espectaculares vistas, además de la casi escalada por las calles más añejas. La fortaleza está muy bien conservada, y se agradece que no hayan intentado representar muebles ni personajes con vestidos de la época. Aunque no sería mala idea hacer allí algún tipo de centro de interpretación de la famosa batalla.

A punto de entrar al castillo.

A punto de entrar al castillo.

Tras el descenso, poco quedaba que hacer aparte de una sabrosa comida en la Taberna Papoulis y un paseo por la desierta parte de la playa. El día, además, se puso gris y la leve lluvia invitaba al recogimiento de la lectura en el precioso hotel Spon.

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Las delicias de la taberna Papoulis.

Las delicias de la taberna Papoulis.

No fue con la lluvia con lo que Nafpaktos mostró su cara mala, sino con los locales de copas ubicados en el puerto, incomprensiblemente dotados de una gran potencia de sonido para un lugar que invita tanto a la calma. Hasta las tantas, pero eso sí que parece una batalla perdida.