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El recuperado prestigio de Al Andalus

Ulyfox | 22 de abril de 2012 a las 2:11

¿Quién diría que Granada estuvo abandonada durante siglos después de ser la deseada última joya que se arrebató a los musulmanes? ¿Quién se atrevería a creerlo después de que los Reyes Católicos pidieran y consiguieran ser enterrados en ella, y de que su nieto Carlos V lo pidiera y no lo consiguiera? Nos parece increíble que durante un largo periodo el bello conjunto de castillos, palacios y huertas que fue la Alhambra estuviera habitado por gente de toda condición, hasta que la llegada de los viajeros románticos en el XIX, con el norteamericano Washington Irving a la cabeza, consiguiera que los ojos de todo el mundo se volvieran hacia ella y se iniciara un proceso que devolvió al Castillo Rojo y con él a Granada su merecida consideración.

El barrio del Albaycín, visto desde la Alhambra.

Aprendemos o refrescamos todo esto cuando iniciamos el tercer día a bordo del Tren Al Andalus. Impresionados por el sorprendente aspecto blanco de Sierra Nevada, cubierta de nieve a destiempo, y aún rondando por nuestra cabeza el relato hilado sin dudar por Andrea en Baeza y Úbeda, nos encontramos a la puerta de la Alhambra con auriculares en la cabeza y escuchando a nuestra nueva guía, una suave granadina de melena corta, guapa de cara y cuerpo pequeño que calza unos feísimos zapatos anatómicos que deben de ser comodísimos para hacer su trabajo. Nos lleva por una desconocida Ruta del Agua en busca y explicación de tanta riqueza líquida, canales, fuentes y estanques como tiene el conjunto.  Y nos cuenta el secreto: el agua, siempre a ras de tierra o por debajo de ella. A mí se me hace un poco larga la visita, la verdad, pero no a todo el mundo. Espero ver los palacios nazaríes, y accedemos a ellos de manera exclusiva por la llamada Escalera del Tiempo, puesto que va desde el palacio renacentista que Carlos V se hizo construir y nunca habitó hasta el interior de los aposentos de los reyes árabes de Granada. Y en cambio el recorrido por estas estancias es demasiado rápido y poco explicativo.

El patio de los Leones, en obras.

No es la primera vez que visito la Alhambra, me falta que me cuenten historias maravillosas o detalles artísticos, y no me gusta estar rodeado de coreanos gritones o españoles graciosos. Y estoy bastante rodeado. Para colmo, la joya del recinto, el maravilloso Patio de los Leones, está levantado y habitado por operarios y andamios.

Un turista descansa a las puertas del Palacio de Carlos V en la Alhambra.

El ya largo recorrido tiene un descanso en la comida del Parador de la Alhambra, previsible baño en la gastronomía granadina. Pero, de nuevo, no hay reposo posible. No hablemos ya de siesta. Toca otra entusiasta guía, histriónica y efectista que nos lleva por la Capilla Real con historias de moros y cristianos, llamativa pero instruida, y confieso que logra interesarme por la capilla central de la Catedral granadina, impactante y maravillosa obra de Diego de Siloé, dorada y colorida genialidad en un entorno enorme, anodino y blanco. No me gusta nada, en cambio, el paseo por el mercado de la Alcaicería, un pastiche de zoco, lleno de vendedores marroquíes.

El salón de los Abencerrajes, una admirable dependencia de la Alhambra.

El día no iba mal. Casi logramos ver como el atardecer dora el perfil de la Alhambra desde el Mirador de San Nicolás, y la comida en el restaurante del mismo nombre permite descubrir afinidades y paralelismos personales imprevistos con Jose, y discordancias futbolísticas insalvables con Román, dos catalanes muy diferentes. Román se empeña en chanzas sobre el resultado del Madrid en Munich, y yo me limito a pedirle prudencia para el partido del día siguiente del Barça. Me salió de profeta.

La capilla central de la Catedral de Granada, monumental obra de Diego de Siloé.

El día no iba mal, ya lo he dicho, pero salimos como siempre corriendo de la cena para nada. Para nada del flamenco que habían prometido. El tablado Albaycín, donde nos llevaron para asistir a un espectáculo como el que yo me había temido. Mucho turismo igual a poco arte es el axioma. No sé si lo hicieron bien, a excepción de la escéptica cantaora de la izquierda, que en un cortito verso demostró que tiene una voz tocada por los dioses. Los bailaores eran esforzados y sufridos, pero lo que no tiene perdón es esa guapa morena, bien proporcionada para ser imperfecta, que salió a ejecutar la danza del vientre y luego un dúo con el bailaor ¿Flamenco?

El Tren Al Andalus, en la estación de Granada, con Sierra Nevada al fondo.

Menos mal, en el tren nos esperaba el agradable bar y los serviciales camareros del Tren Al Andalus, de nuevo las confidencias y susurros y el cóctel de moda, el gin tonic. Ese momento suele ser el mejor del día.