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Molyvos o Mithimna, donde la gente presta dinero por la calle

Ulyfox | 21 de agosto de 2020 a las 19:00

Penélope, a las afueras de Molyvos, al fondo.

Penélope, a las afueras de Molyvos, al fondo.

Dos meses y medio de viaje dan para mucho, y también para que te quede mucho por hacer. Da, por ejemplo, para volver a lugares en los que fuiste feliz. En el verano de nuestra venganza, pues, quisimos volver a Lesbos, también llamada Mitilene. Sí: la isla de los lesbianos y lesbianas, en el Egeo Norte, más famosa últimamente por la tragedia de la inmigración que por su magnífico y abundante aceite de oliva, sus sardinas inigualables, su ouzo universal e incluso que por su gran poetisa Safo de Mitilene, precisamente la que dio nombre con sus poemas y su escuela de mujeres, allá por el siglo VII antes de Cristo, a esa tendencia homosexual. Pero de eso hablaremos en otro momento.

Vista general de Molyvos, desde la parte baja.

Vista general de Molyvos, desde la parte baja.

Detalle de las casas de Molyvos.

Detalle de las casas de Molyvos.

Llegamos a Lesbos en vuelo procedente de Salónica, o Thesaloniki, a la capital, por nombre igualmente Mitilene. En una anterior entrada ya he hablado de esta población fronteriza. Ahora os quiero contar, en varios capítulos, sobre otras poblaciones asombrosas. Como Molyvos, por otro nombre Mithimna (ya veis que en esto de las denominaciones dobles los griego son los campeones mundiales, fruto de su intensa y turbulenta historia).

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Dos vistas del pueblo.

Dos vistas del pueblo.

Molyvos está situado casi en el cabo norte de esta isla, que es la tercera mayor de Grecia, tras Creta y Eubea. Es un antiguo enclave de la dominación otomana, perfectamente conservado en sus tortuosas callejuelas de piedra y sus casas con balcones voladizos de madera, y casi perfectamente rematado por un castillo bizantino-genovés desde el que se tiene una vista bellísima de las islas cercanas y de la costa turca, para que la convulsa historia se haga aún más presente.

Una casa en el casco antiguo.

Una casa en el casco antiguo.

Colgadas del muro.

Colgadas del muro.

Las empinadas calles de su casco antiguo están protegidas del calor por su estrechez y por las numerosas plantas enredaderas, y tomadas en algunas vías por numerosos establecimientos turísticos, así como por terrazas de algunos restaurantes en plazas recogidas, aunque eso no empaña la tranquilidad en las horas diurnas. De noche, ya es otro cantar de trasiego y tráfico, sobre todo en las cercanías del puerto, allá abajo, separado del núcleo principal por una corta carretera que se convierte en un agradable paseo.

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El puerto, lleno de barcas de pesca, es otro de sus atractivos, y en él se concentra buena parte de la actividad hostelera y restauradora. Es muy agradable cenar junto a los cantiles de los muelles, prácticamente oliendo las sardinas recién capturadas, y consumirlas después preferentemente a la parrilla o en una ligera salazón. Son un manjar.

El puerto de Molyvos.

El puerto de Molyvos.

Otra vista del puerto.

Otra vista del puerto.

Nosotros lo hicimos una de las noches. En otra ocasión, quisimos hacerlo a la grande, y para eso reservamos en un restaurante muy especial. Y quisimos empezar a la hora que más nos gusta últimamente cenar: cuando el sol está empezando a caer. la vista lo merecía. Desde la terraza del restaurante se dominaba toda la bahía, y el atardecer en ese entorno fue uno de los más bellos, no tanto por la comida sino por todo lo que la rodeó.

La cena al atardecer.

La cena al atardecer.

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Esa cena fue uno de nuestros mejores recuerdos.

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Panoramas desde los muelles.

Panoramas desde los muelles.

Se puede decir que Molyvos es uno de los pueblos más bonitos de las islas griegas. No responde al tópico de las casas blancas y las cúpulas azules, sino que perfectamente podría estar enclavado en alguna región turca o búlgara. Molyvos guarda además para nosotros una de los episodios más emocionantes de los muchos que nos han ocurrido en Grecia y que creo haber contado alguna vez.

Fue aquella vez primera, cuando nos vimos sin dinero. Pensábamos sacar de los cajeros del pueblo y nos encontramos con que los dos existentes a la entrada estaban averiados. Nos acercamos a un negocio de alquiler de motocicletas a preguntar si sabían de algún otro cajero, y nos dijo el encargado que esos eran los únicos que había. Al ver nuestra cara, adivinó lo que nos pasaba y nos preguntó si no teníamos dinero. Le contamos que no mucho, pero que bueno, nos conformaríamos con cenar un gyros (la versión griega del kebab). “¡No hombre, eso cómo va a ser!”, nos dijo y de inmediato sacó de su bolsillo veinte euros para prestarnos. “Y ya me lo devolverán otro día”, concedió. Cuando le preguntamos incrédulos si se fiaba de nosotros, nos miró muy extrañado: “¿Y por qué no?”, volvió a desarmarnos. Las lágrimas asomaban a nuestros ojos mientras nos alejábamos. Naturalmente, le devolvimos el dinero a los dos días, porque, evidentemente, de nosotros se podía fiar.

Penélope disfrutando del atardecer.

Penélope disfrutando del atardecer.

Nos alojamos en el hotel Aphrodite, a un par de kilómetros de la población y frente a una playa privada de orilla cubierta de grandes piedras y agua helada. Es un edificio muy amplio y pensado para el gran turismo internacional. Pero estaba muy bien atendido por sus dueños ya mayores y sus hijos, y tanto el restaurante para el desayuno como la taberna situada junto a la playa tenían unos productos excelentes. Nos sirvió de refugio para alguna noche en la que no nos apeteció acercarnos al bullicio de Molyvos. Y cuando refrescó en una de ellas, tuvieron bien cerca una sopa reconfortante.

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M´s disfrutes gastronómicos en Molyvos.

M´s disfrutes gastronómicos en Molyvos.