Archivos para el tag ‘Grecia’

Nafpaktos es Lepanto

Ulyfox | 19 de mayo de 2019 a las 18:15

Una de las torres defensivas del puerto de Nafpaktos, al atardecer.

Una de las torres defensivas del puerto de Nafpaktos, al atardecer.

Hemos vuelto de nuevo del lugar a donde siempre vamos. De Grecia. Ya no preguntáis por qué, así que nos ahorraremos explicar el motivo, que es tan claro como sencillo. nunca habíamos estado allí en la celebración de la Pascua ortodoxa, y esta vez hemos cumplido ese deseo. Y ya está. Diez días de respiración helénica, para seguir buceando en este mar cotidiano hasta la próxima ocasión de, como las ballenas, subir a tomar aire.

 

El puerto de Nafpaktos desde el nuestro balcón en el hotel Spon.

El puerto de Nafpaktos desde el nuestro balcón en el hotel Spon.

20190419_182831

Dos aviones, Jerez-Madrid y Madrid-Atenas y ya estábamos en camino en nuestro coche alquilado, a esa hora del día que los griegos denominan apóyevma, los ingleses afternoon, los italianos pomeriggio, y para la que los españoles no hemos encontrado un nombre, quizá porque es el momento de saltársela con una siesta, y encuadramos en el larguísimo plazo de la “tarde”.

Una cerveza en el puerto.

Una cerveza en el puerto.

Seguía siendo para nosotros la tarde bien entrada (para los griegos el nombre habría cambiado a spera, los ingleses le llamarían evening y los italianos sera…) cuando llegamos a Nafpaktos después de una cara autopista de peaje y de salvar el Golfo de Corinto por el aún más caro aunque impresionante puente de Rio-Antirio. Daba ya igual entonces el nombre de la hora, porque el paisaje estaba precioso con la luz dorada que se reflejaba al otro lado del estrecho en las montañas aún nevadas del Peloponeso y que daba una especial calma al puerto.

Casas junto al puerto, y arriba el castillo.

Casas junto al puerto, y arriba el castillo.

Nafpaktos es, como algunos sabréis y otros no, el nombre actual de la antigua Lepanto. Así que ya imaginais las evocaciones históricas, militares y literarias que provoca el nombre del lugar, escenario de la batalla que fue descrita como “la más alta ocasión que vieron estos siglos y verán los venideros” o una frase al menos tan solemne por Miguel de Cervantes, también conocido como ‘el manco de Lepanto’ tras haber perdido el brazo izquierdo en ese combate de la flota aliada cristiana contra la del amenazante Imperio Otomano. Han dicho y escrito los que saben que esa derrota fue clave para evitar la expansión de los turcos hasta quién sabe dónde en Europa.

Llegando al castillo de Nafpaktos.

Llegando al castillo de Nafpaktos.

Vale. Como es natural, todo Nafpaktos está lleno de referencias a esa batalla, pero su actual encanto reside en el minúsculo puerto veneciano fortificado, en las antiguas casas que lo rodean, en las murallas de las que se conserva buena parte y en el altísimo castillo que lo preside todo. Una mezquita de la época otomana también se mantiene en pie, pero estaba cerrada. No es poco atractivo añadido el de una buena playa situada en la parte oeste de la ciudad, frente al Golfo.

Vista de Lepanto y su golfo desde el castillo.

Vista de Lepanto y su golfo desde el castillo.

Así que a conocer todo eso dedicamos el día siguiente. El encantador puerto que alberga en un lateral una estatua dedicada a Cervantes merece mil fotos, casi una por cada piedra. Después de pasear por él, emprendimos una tonificante subida al castillo, lo que permite unas espectaculares vistas, además de la casi escalada por las calles más añejas. La fortaleza está muy bien conservada, y se agradece que no hayan intentado representar muebles ni personajes con vestidos de la época. Aunque no sería mala idea hacer allí algún tipo de centro de interpretación de la famosa batalla.

A punto de entrar al castillo.

A punto de entrar al castillo.

Tras el descenso, poco quedaba que hacer aparte de una sabrosa comida en la Taberna Papoulis y un paseo por la desierta parte de la playa. El día, además, se puso gris y la leve lluvia invitaba al recogimiento de la lectura en el precioso hotel Spon.

20190420_144152

Las delicias de la taberna Papoulis.

Las delicias de la taberna Papoulis.

No fue con la lluvia con lo que Nafpaktos mostró su cara mala, sino con los locales de copas ubicados en el puerto, incomprensiblemente dotados de una gran potencia de sonido para un lugar que invita tanto a la calma. Hasta las tantas, pero eso sí que parece una batalla perdida.

Playas de Creta, una inquietud inevitable

Ulyfox | 13 de marzo de 2019 a las 9:56

 

Era inevitable, lógico y justo. E incluso bueno para ellos, pero me produce un temblor inquietante. Ha ocurrido, claro: dos playas de la isla de Creta aparecen entre las 25 mejores playas del mundo de la lista de este año de la todopoderosa web TripAdvisor. Que me digan a mí si es justo. Claro que sí, no hay duda. Los amplios, brillantes, bellísimos arenales y lagunas de de Balos y Elafonisi, ambos en la provincia de La Canea allá en el oeste extremo de nuestra amada isla, son únicos, impensables en el continente europeo para el que no las conozca. Perfectamente comprensible que hayan terminado apareciendo en estas abundantes listas por las que el mundo se mueve hoy en día.

Pero a nosotros nos provoca esa inquietud. Las últimas veces que hemos ido a esas playas el temblor ha llegado a ser de estremecimiento. En Balos, la cola de coches aparcados en el inhóspito carril que da acceso al aparcamiento de tierra que da acceso a la playa tras un paseo a pie de media hora tenía una extensión de varios kilómetros. Y eso a finales de septiembre. Qué lejos aquella imagen que pudimos disfrutar en nuestra anterior visita a lo que era un paraíso único, el día del descubrimiento y de la boca abierta ante tal maravilla. Había gente, sí, pero no en las cantidades industriales en las que arriban ahora. Da miedo (al menos a mí) imaginar lo que pueda ser esta temporada… Lo indudable es que el paraje merece toda visita…

En Elafonisi, la de la arena rosada y las aguas transparentes, el efecto es el mismo o incluso más acentuado porque se puede llegar hasta ella por carretera bien pavimentada aunque llena de curvas. Allí acceden miles de autobuses y coches particulares, aparte de los barcos de excursión desde la cercana Paleochora. La invasión de hamacas y sombrillas ni siquiera da abasto para tanto turista. Qué se puede decir: la playa es hermosísima, sorprendente con su aspecto de mares del sur.

Esta inclusión en la lista, incluso este post modestamente puede contribuir aún más a la masificación, que de todas formas es insoslayable… pero al menos, que estéis avisados. No os puedo recomendar que no las conozcáis, pero evitad en lo posible los días y las horas punta. En fin…

Playas que aparecen por milagro en Creta

Ulyfox | 26 de enero de 2019 a las 19:55

Allí abajo está Seitan Limani.

Allí abajo está Seitan Limani.

 

¿Creéis posible que en algunas islas aparezcan playas de la noche a la mañana, que donde no había nada de pronto florezca un lugar que atrae a miles de turistas todos los días? No parece posible pero está ocurriendo. Lo hemos comprobado en las islas griegas, a donde viajamos tan asiduamente, pero supongo que también estará pasando en otros lugares del mundo.

No se trata de ningún milagro, o por lo menos de lo que tradicionalmente se ha entendido como tal. O es que se nos ha revelado otro taumaturgo que se presentara con muchos nombres, tales como TripAdvisor, instagram, facebook o whatsap. Os pongo un ejemplo, con nombre raro: Seitan Limani, cuya traducción vendría a ser algo así como ‘Puerto de Satán’, un nombre entre turco y griego.

¿Y qué es Seitan Limani? En todos los carteles que ofrecen paseos en barco por los alrededores de La Canea, en Creta, se anuncia como ‘playa’, aunque en realidad es un entrante del mar en un enclave pedregoso, con un arenal de unas pocas decenas de metros de longitud que es el principio de una corta garganta. Os puedo asegurar que hace un par de años no lo conocía mucha gente que no fuera un habitante de algunos de los pequeños enclaves en la redonda península de Akrotiri.

Una aproximación a Seitan Limani.

Una aproximación a Seitan Limani.

Sí, claro, es una preciosidad en los días buenos, con sus aguas turquesas y calmadas flanqueadas por los altos acantilados, a modo de piscina natural. O debía serlo antes. Ahora, el final de la precaria carretera que llega a ella está atestado de coches, y en la playa la gente se amontona, pese a que desde el aparcamiento hasta el agua hay un camino empinado y muy peligroso. Nada de ello es obstáculo para que durante todo el verano el lugar, incómodo y sin ningún tipo de servicio, se abarrote. El verano pasado, un joven perdió la vida al hacerse un ‘selfie’ mientras descendía por el sendero. Algo incomprensible siendo Creta una isla a la que sobran playas espléndidas de todo tipo.

¿Cómo empezó esta locura? No lo sé pero me es fácil imaginarlo: alguien se hizo una foto, o varias, y empezó a pasarlas en su red social, otros muchos lo repitieron y todo eso, unido al fenómeno reciente del turismo masivo, hizo el resto.

En nuestro último (una forma de hablar) viaje a Creta, nosotros nos acercamos a comprobar el fenómeno, pero nos bastó con observarlo desde las alturas de una iglesia cercana para comprobar que no es lo nuestro. Que sí, que nos hubiera encantado ser de los primeros en descubrirlo, pero que ahora no queremos ser los que se levanten de madrugada para ser los primeros en llegar a Seitan Limani.

Un baño en Staousa.

Un baño en Staousa.

En verdad, Staousa es de gran belleza.

En verdad, Staousa es de gran belleza.

Y hay más ejemplos: en la lejanísima costa sureste de Creta, donde tenemos nuestro rincón más querido, el litoral se recorta en decenas de calitas y pequeñas playas. Rincones solitarios en una tierra casi despoblada, playas que parecen creadas por desprendimientos provocados por el embate de las olas en los temporales de invierno, refugios para bañistas solitarios. Nadie iba por esa parte de Creta cuando la conocimos. Ahora, miles se han hecho fotos en pequeñas maravillas como Staousa, Kaló Neró, Kalami o Moni Kapsa, todas en las cercanías del monasterio que lleva este último nombre, una afición en inicio que amenaza la tranquilidad de estos lugares.

En esta parte, donde está nuestro proyecto de casa, aún no es extremadamente peligroso, pero no dudamos que se producirá esta misma invasión en breve. De momento, aún se pueden ver las cabras por la carretera costera como síntomas andantes de autenticidad. Pero, por si acaso, no contéis estos nombres a nadie…

Una cabra ante el Monasterio (o Moni) Kapsa, en el sureste de Creta.

Una cabra ante el Monasterio (o Moni) Kapsa, en el sureste de Creta.

Tilos, un nuevo paraíso

Ulyfox | 22 de diciembre de 2018 a las 20:29

 

Una cabra domina las ruinas de Micró Horió.

Una cabra domina las ruinas de Micró Horió.

Vista de la Bahía de Livadia, con Faros Rooms en primer término.

Vista de la Bahía de Livadia, con Faros Rooms en primer término.

A la isla de Tilos llegamos muy temprano. Más imposible. Sólo está a unos 40 minutos en ferry desde Nisyros, nuestra anterior estancia. Aún no había amanecido. Pasamos la noche en dos hoteles, dos veces nos acostamos y dos nos levantamos. Ese tipo de viaje forma parte de esas cosas que nos gustan sin saber muy bien por qué: madrugar, caminar hasta el puerto por calles vacías y oscuras con la sola compañía del ruido de las ruedas de las maletas sobre el pavimento, llegar al pequeño muelle donde ya esperan viajeros y vehículos adormilados bajo la luz amarillenta de las farolas. Y pasar el trayecto, en este caso muy corto, en la cubierta.

Livadia, desde las alturas de Micró Horió.

Livadia, desde las alturas de Micró Horió.

En el solitario puerto de Livadia, el principal de la isla, nos esperaba un hombre mayor, que después supimos que era el padre de la familia que llevaba el hotel Faros Rooms, con un cochecito, para llevarnos después de muchas curvas hasta el alojamiento. Nos echamos a dormir inmediatamente. Eran más de las seis de la madrugada y casi estaba a punto de amanecer.

Atardecer en el paseo de Livadia.

Atardecer en el paseo de Livadia.

Poco después empezarían cuatro estupendos días, de esos que el tópico califica de inolvidables. Esta es una de esas veces en las que el alojamiento marca de manera definitiva la estancia. Faros Rooms es un sitio único, inmejorable. Por su ubicación en el otro extremo de la amplia bahía de Livadia, sobre el mar y con una pequeña playa para uso íntimo de los clientes; por la habitación sencilla, limpia, amplia y con terraza a la bahía; por la atención del personal con su encargado, el charlatán Dimos, al frente; por una taberna bajo el emparrado, insuperable. Y está lo suficientemente alejado para que, a la tranquilidad general imperante en la isla, le sumara una dosis extra de sosiego y privacidad, a la vez que nos obligaba a hacer ejercicio cada vez que nos acercábamos al centro (por llamarle algo).

La privilegiada playa de Faros Rooms.

La privilegiada playa de Faros Rooms.

Livadia es una pequeña aglomeración de casas blancas de una planta frente al puerto, con algunos establecimientos, tiendas y tabernas, para atender al moderado turismo que llega a la isla, y un paseo marítimo a lo largo de la playa, que empieza en el muelle y acaba precisamente en los apartamentos Faros.

Megalo Horió, dominado por el Castillo de los Caballeros.

Megalo Horió, dominado por el Castillo de los Caballeros.

Tilos es muy pequeña, de un tamaño parejo al de sus vecinas Nisyros, Symi y Halki, todas a la sombra de sus hermanas mayores en el archipiélago del Dodecaneso: Rodas y Kos. Aparte de Livadia, sólo tiene otra población que merezca tal nombre, aunque al nombre no le falte pretenciosidad, Megalo Horió, es decir, Pueblo Grande. Lo exagerado de esa denominación aparece claramente cuando se conoce que no llega a 200 habitantes. Pero es bonito, dominando un campo de olivos y dominado a su vez en las alturas por un imponente castillo (Kastro) de aquellos lejanos y gloriosos tiempos de los Caballeros Hospitalarios de la Orden de San Juan.

20180911_141938

El cuidado aspecto de Megalo Horió.

El cuidado aspecto de Megalo Horió.

Las calles de Megalo Horió están en la ladera que se dirige al castillo, y respiran la misma calma que toda la isla. Algunas puertas con marco de piedra sobre la mancha blanca de la pared, y la iglesia circundada por un suelo de mosaico de guijarros atestiguan su antigüedad. Es aconsejable hacer una parada en el restaurante To Kastro y tomar algo (excelente cabrito) mientras se disfruta del estupendo panorama hacia el mar y la bahía de Eristós, casi gemela a la de Livadia pero orientada en dirección contraria.

Las cabras reinan en Micro Horió.

Las cabras reinan en Micro Horió.

Un lugar ciertamente curioso es Micró Horió (lo habéis adivinado, significa Pueblo Chico), un misterioso, sorprendente y a ratos inquietante conjunto de casas en ruinas de lo que debió ser un pueblo importante. Al parecer, la escasez de agua y las penalidades hicieron que la gente lo abandonara y se mudara al mucho más acogedor puerto de Livadia. A la hora del atardecer, cuando lo visitamos, no había más que un gran número de cabras triscando felices en su hábitat natural, apareciendo por todos los rincones y provocando más de un susto. Dos puntos llamaban poderosamente la atención por lo cuidado de su aspecto en medio de este desolador abandono: la iglesia, impolutamente blanca y cuidada; y un bar que sólo abre las noches de verano para unas fiestas musicales juveniles de focos y ritmos ruidosos (??).

Sólo la iglesia se salva del abandono en Micro Horió.

Sólo la iglesia se salva del abandono en Micro Horió.

Los días se nos fueron en estas visitas, en baños intensos y repetidos en aguas transparentes, en algún intento agotador de llegar a las remotas playas vírgenes y en largas horas en el paraíso del Faros Rooms.

Tilos nos dejó la impresión de ser uno de esos paraísos que, en la época en que la visitamos, alcanza la perfección. Uno más de los que conocemos en Grecia. Un enorme descubrimiento. No contéis nada, por favor.

 

Nisyros: un volcán en medio de una isla

Ulyfox | 26 de noviembre de 2018 a las 13:26

 

Penélope, diminuta en el interior del cráter, desafiando al gigante Polibates.

Penélope, diminuta en el interior del cráter de Stéfanos, desafiando al gigante Polibates.

Es muy inquietante. No puede dejar de serlo. Es un volcán, y está activo, ahí mismo a pocos kilómetros de la capital y principal puerto, Mandraki, en el centro de la isla de Nisyros. No se puede ignorar su presencia, las rocas son volcánicas, las playas lo son también, en el aire flota un olor ahumado. El volcán, al que los isleños dan nombre de dios, Ifestion, es además la principal atracción turística de un lugar que no anda sobrado de ellos.

Queríamos conocer Nisyros por eso, y porque era una de las pocas islas del Dodecaneso que teníamos pendientes. Y la comparación, viniendo de la singular Symi, no era necesaria. No la hay.

Vista panorámica de Mandraki desde las alturas del Monasterio Panagia Spiliani.

Vista panorámica de Mandraki desde las alturas del Monasterio Panagia Spiliani.

Tiene Mandraki un aire dormido, tal vez anestesiado por los vapores de Ifestion. Un caserío blanco de construcciones cúbicas, bello como tantos pueblos isleños griegos, de poca altura y agrupado a los pies de un monasterio encaramado en el acantilado sobre el mar, que parece siempre embravecido. El convento lleva el nombre de Panagia Spiliani, algo así como Nuestra Señora de la Cueva, porque el lugar de culto original era efectivamente una cueva, y sobre ella fue creciendo. La población tiene la típica disposición laberíntica, con calles estrechas y un par de plazas, una dando al mar y otra en el centro, sombreada por los omnipresentes plátanos de Grecia.

Pavimento de la plaza principal de Mandraki.

Pavimento de la plaza principal de Mandraki.

En esta última se concentran un par de restaurantes y un café mínimo, que sobre su superficie adornada con preciosos mosaicos de guijarros (joklakia) extienden las sillas y mesas de sus terrazas. En verano se llenan por las noches, y son un agradable remanso durante el día. La atención es amable y cercana y sus platos, sencillos y caseros.

La misma plaza, a mediodía.

La misma plaza, a mediodía.

No tuvimos una entrada agradable en Nisyros. El hotel Romantzo está muy bien situado frente al puerto, y tiene una estupenda apariencia. Pero las habitaciones no están muy renovadas. No fue eso lo peor. Los inquilinos de al lado eran una pareja rusa joven que hacía honor a todos los tópicos sobre aquel país, es decir, que la borrachera que soportaban era de aúpa. El hombre durmió toda la noche fuera de la habitación, sobre una silla metálica que acabó rompiendo. Se fueron temprano al día siguiente, y esa fue la mejor noticia.

DSC_0055

Otro rincón de Mandraki, e decoración improvisada en la puerta de una casa.

Otro rincón de Mandraki, e decoración improvisada en la puerta de una casa.

Además, en el primer restaurante al que fuimos parecíamos molestar desde la entrada, y nos ponían pegas a cada pedido que hicimos… algo impropio de Grecia, muy impropio.

Fumarolas en el cráter de Stéfanos, el volcán de Nisyros.

Fumarolas en el cráter de Stéfanos, el volcán de Nisyros.

Bueno, tampoco da tanto miedo el volcán...

Bueno, tampoco da tanto miedo el volcán…

... Aunque la imagen del centro del cráter es inquietante.

… Aunque la imagen del centro del cráter es inquietante.

La experiencia se enmendó algo al día siguiente, con la visita al volcán. Se puede ir andando si se tienen ganas y fuerzas, o en autobús, pero nosotros preferimos acercarnos en coche de alquiler. Fuimos temprano, no había nadie. Pudimos bajar al imponente cráter de Stefanos, pasear sobre él, teniendo cuidado para no pisar las fumarolas ni las zonas marcadas. El olor a azufre era penetrante y el humo salía por numerosas aberturas. La visita no agradó a Penélope, pero yo disfrutaba de lo extraordinario del escenario: había algo de Indiana Jones en todo eso, y no estaba ausente del todo un pequeñísimo pensamiento sobre la posibilidad de que la tierra comenzara a temblar en cualquier momento. Cuando salíamos, empezaban a llegar los autobuses de turistas rusos, pero aún tuvimos tiempo de una visita solitaria al otro cráter, más pequeño pero en apariencia más vivo, el de Alexandros, bordeado de instrumentos sismológicos.

Vista del volcán desde el mirador de Nikia.

Vista del volcán desde el mirador de Nikia.

Como todo en Grecia, esta isla alberga una historia mitológica sobre su origen, la que dice que, en plena guerra contra los titanes, Zeus arrancó una enorme piedra de la cercana isla de Kos y la lanzó sobre el gigante Polibotes. La piedra sería la isla de Nisyros, y bajo ella quedó sepultado el gigante. Las erupciones (la última de las cuales ocurrió hace poco más de cien años, en 1887) y los gases expulsados son los bufidos de un Polibotes bastante enfadado, como ya habréis imaginado, según la leyenda.

Cerca de la plaza de Nikia.

Cerca de la plaza de Nikia.

20180908_115132

Detalles en las calles de Nikia.

Detalles en las calles de Nikia.

Rodeando el volcán y sobre el fértil valle que han formado las tierras volcánicas, hay dos pequeños pueblos encaramados: Nikia y Emporios. Blancos como ellos solos, sobre todo el primero es una belleza blanca en las alturas. Huele constantemente a barbacoa, y es el mejor punto panorámico tanto sobre el volcán como sobre el mar al otro lado. La plaza principal condensa en un espacio muy reducido y brillante varias imágenes típicas de las islas griegas del Dodecaneso: el suelo de mosaico, la torre de la iglesia, casi de tarta, los kafenion… La excursión de rusos nos iba pisando los talones, y al poco llenó la placita.

DSC_0042

Dos rincones de Emporios.

Dos rincones de Emporios.

Vista del pueblecito y puerto de Pali.

Vista del pueblecito y puerto de Pali.

Después bajamos a almorzar muy bien en el puertecito de Pali y probamos una de las playas volcánicas, para terminar la jornada cenando en la placita de Mandraki de los plátanos.

El mar bate Mandraki, a los pies del monasterio Panagia Spiliani.

El mar bate Mandraki, a los pies del monasterio Panagia Spiliani.

Camino de la antigua acrópolis.

Camino de la antigua acrópolis.

El último día en Nisyros fue para andar: paseamos por Mandraki, subimos los escalones haste el monasterio sobre la cueva, fotografiamos las esquinas y nos atrevimos a ascender hasta la antigua acrópolis, otra de las atracciones. Los lugareños la llaman Paliokastro, es decir, algo así como ‘el castillo viejo o antiguo’, y son los restos de una impresionante fortaleza datada entre los siglos IV y III antes de Cristo, con unas gruesas murallas formada por enormes bloques de piedra volcánica. Restaurada recientemente, se podría decir que lleva también la imaginación a tiempos de titanes. Casi se siente uno guerrero vencedor cuando sube la gran escalinata hacia lo alto de la muralla y vislumbra a sus pies el caserío de Mandraki…

20180909_125410

Delante, y encima, de los muros del Paliokastro de Mandraki.

Delante, y encima, de los muros del Paliokastro de Mandraki.

Y además, constituye un excelente ejercicio físico.

La noche del tercer día fue corta. Debíamos zarpar hacia nuestro siguiente destino muy temprano, a las cuatro de la mañana. Hacia Tilos…

A las claritas del día, en el puerto de Mandraki, esperando el ferry para Tilos.

A las claritas del día, en el puerto de Mandraki, esperando el ferry para Tilos.

Symi, la perla del Dodecaneso

Ulyfox | 4 de noviembre de 2018 a las 19:54

Symi, derramándose hacia el puerto.

Symi, derramándose hacia el puerto.

 

Ulyses, el gran Odiseo, pródigo en ardides, ya lo sabía y lo comprobó bien: no te puedes fiar del aparentemente calmado Mediterráneo. El Mare Nostrum puede albergar dentro de sí la mayor de las furias, presta a desatarse a cualquier hora aunque por la mañana, o la noche anterior, su superficie ofrezca una cara amable. Nosotros también lo sabemos, y más de una vez lo hemos comprobado. Esta vez nos tocó en un movido viaje, a bordo de un catamarán de pretencioso nombre, el ‘Dodekanisos Pride’, ‘Orgullo del Dodecaneso’.

El puerto, desde las alturas de Horió.

El puerto, desde las alturas de Horió.

Partíamos desde Kastellorizo, y la cosa no pintaba tan mal: día soleado y viento ligero. Y el inicio de la navegación lo corroboró, mientras el barco surcaba aguas muy cercanas a la costa turca. Se movía pero nada excesivo. Sin embargo, en cuanto enfiló hacia Rodas, primera escala, y cuando Turquía se alejó en la vista, el orgulloso catamarán pareció tornarse en paquebote (permitidme el juego de palabras) y daba saltos sobre las olas o se balanceaba de proa a popa y de estribor a babor de una manera que nos hizo recordar que tenemos estómago. Sí, preferimos tumbar el asiento y no mover la vista, sin que estas maniobras corporales parecieran hacer mucho efecto sobre nuestro aparato digestivo. La bolsa de papel estaba a mano por si acaso. Podéis imaginar lo que es una hora y media así, muchas veces al borde del vómito, que aguantamos como dos auténticos aprendices de marinos.

Uno de los empleados del barco pasó varias veces preguntando a los pasajeros si se encontraban bien (íste endatsi?, “¿están bien?) La mayoría prefirió no abrir la boca y sólo hacer muecas como de “qué quieres que te diga”. Una mujer en un asiento trasero ni siquiera podía gesticular, y no paró de toser y vomitar. Pobre.

Panorámica del puerto.

Panorámica del puerto.

La cosa se calmó al acercarnos a Rodas, donde la entrada fue pacífica, atracando el barco frente a las magníficas murallas medievales de la Ciudad de los Caballeros. La escala fue de apenas media hora, para recoger a más pasajeros y dirigirnos a nuestro destino de ese día, la impar isla de Symi, y su precioso puerto lleno de casas neoclásicas de colores, tal vez uno de los más bonitos del mundo. El viento se calmó bastante, el barco se hizo más amable, y la rada natural nos recibió con un mediodía soleado que presagiaba, como resultaron, dos cortos, inolvidables, asombrados días.

2882944

Una muestra de los colores que bañan las casas de Symi.

Una muestra de los colores que bañan las casas de Symi.

A salvo en tierra, ya sólo era posible disfrutar de esta pequeña y recortada isla griega asediada por dos estrechas penínsulas turcas que forman a su alrededor como una pinza otomana. Hay pocas bellezas comparables a su puerto natural, donde está el asentamiento llamado Gialós (la Costa), rodeado por una especie de teatro policromado de edificaciones que trepan por la montaña, hasta el pico con cúpula del núcleo de Horió (el Pueblo).

La Kali Srata, el Camino Bueno que sube y baja a y desde Horió.

La Kali Srata, el Camino Bueno que sube y baja a y desde Horió.

Symi es desde hace décadas un lugar de parada para un turismo de cierto aire selecto: gente con yates que ya usaban bermudas cuando para el resto de los mortales eso se llamaba pantalones cortos. Los estrechos muelles de Gialós están llenos de mástiles, de veleros al uso o de las preciosas goletas turcas que hacen excursiones y cruceros desde las cercanas Mármaris, Datça y Fethiye. Y ahora se le han añadido cruceristas, numerosos grupos de viajeros de unas horas o de un día desde Rodas. Y muchos, muchos más que se quedan varias jornadas, lo que ha traído el aumento de alojamientos y, por supuesto, de conexiones marítimas. Este año se está acabando un nuevo puerto, con capacidad para grandes ferries, consecuencia inevitable. Pero el lugar no ha perdido hermosura, sino al contrario, aunque ha ganado en aglomeraciones.

2920384

La playa de San Nicolás es la más cercana al pueblo, accesible por un sendero.

La playa de San Nicolás es la más cercana al pueblo, accesible por un sendero.

Y, lo más curioso, ha crecido el número de playas. Entendedme, las playas no han aparecido de la nada. Estaban ahí, en recodos entre acantilados y al final de las torrenteras. Pero no había, ni hay, carreteras para llegar a ellas. En los últimos años se han puesto en marcha numerosos taxis acuáticos y barcos medianos que acercan a los turistas hasta esos escondidos arenales. Y la más cercana al pueblo, la de San Nicolás (Agios Nikolaos) es más fácil de alcanzar ahora andando, por un sendero muy bien arreglado, que aquella vez que lo intentamos hace ya muchos años. Hasta ella nos acercamos, pasando antes por la preciosa bahía de Pedi, un pequeño grupo de casas con un embarcadero a la que se llega rápidamente en microbús ‘urbano’.

Colores de viejas mansiones en Kalí Strata.

Colores de viejas mansiones en Kalí Strata.

Hemos estado en Symi tres veces. Nos fascina su mezcla de colores y su puerto único. No estamos solos en nuestra admiración. Es difícil decidir si es más bello pasear por el puerto y sus calles aledañas o trepar hasta Horió y desde allí ir descendiendo por la llamada Kalí Strata (Camino Bueno) entre viejas mansiones de armadores, muchas de ellas en ruinas pero muchas también restauradas de manera preciosa. Se va descendiendo y cada rincón, cada callejuela ofrece una visión nueva, diferente y hermosa del puerto. Es un paseo gozoso. Y único.

Ambiente en las alturas de Horió.

Ambiente en las alturas de Horió.

Nos alojamos en los apartamentos Odyssia, en un extremo del puerto, algo alejado del ajetreo y con una vista fantástica, además de contar con una taberna muy buena en los bajos. Cosas de los griegos isleños: las dos primeras cervezas eran siempre de invitación, y algún extra gratis siempre cayó. Y los dueños, una familia de allí, eran grandes conversadores, lo que te daba ocasión de practicar el griego con su indulgencia. Y eso que tanto el padre como la hija eran grandes políglotas. Ideales anfitriones en la isla ideal.

La mañana en los apartamentos Odyssia.

La mañana en los apartamentos Odyssia.

 

Y el anochecer en Gialós.

Y el anochecer en Gialós.

Kastellorizo, el refugio del Mediterráneo

Ulyfox | 17 de octubre de 2018 a las 0:39

Kastellorizo a veces  no parece real.

Kastellorizo a veces no parece real.

 

No hace tanto que hemos vuelto, pero no de las vacaciones, sino de nuestra vida allí, en Grecia. Aún conservamos una leve huella del sol del Egeo en nuestra piel, muy leve a la vista pero muy profunda en nuestra dermis (ay, esa lengua griega). Como las capas de cal que acumulan desde hace siglos las casas de las Cícladas deben ser las capas que nuestro cuerpo ha ido añadiendo durante las dos décadas y media que hace que visitamos la eterna Hélade, sin cansarnos. Cada año acudimos a que nos den esa lámina protectora que necesitamos para andar el resto del año. El color se va, pero os juro que la imprimación permanece.

Así que aquí estamos, por supuesto haciendo planes ya para el año que viene, de nuevo lamentando que esta vez tampoco hayamos podido extender nuestra estancia hasta alcanzar, a finales de octubre, las fiestas de destilación del raki en Creta, con nuestros amigos. Brindaremos por ellos en pocos días, porque algo de ese elixir sí que nos hemos traído. Para compartir, por supuesto, porque, si no, no tiene sentido.

Recién aterrizados en el aeropuerto de Kastellorizo.

Recién aterrizados en el aeropuerto de Kastellorizo.

Este año el periplo ha sido largo e intenso, un mes lleno de descubrimientos y de reencuentros como pedía Kavafis, de norte a sur y de este a oeste del privilegiado país griego que tanto amamos. Aterrizamos una noche en Rodas el 1 de septiembre y, después de una espléndida cena tardía en la Taberna Nireas y de unas pocas horas de sueño, nos embarcamos en un avioncillo de camino a la isla de Kastellorizo, un diminuto trozo griego a un tiro de piedra de la costa turca, a poco más de media hora en barco desde la bella Kas. El amanecer nos pilló tomando tierra en el aeropuerto de Kastellorizo, una pequeña pista entre riscos. Y a partir de ese momento, tres hermosos días en los que estirar el tiempo, que ya por sí solo tendía a estirarse allí.

La vista desde la habitación del Hotel Kastellorizo.

La vista desde la habitación del Hotel Kastellorizo.

Casi lo primero que hicimos nada más llegar y tomar posesión de la habitación en el hotel que lleva el mismo nombre de la isla (habíamos estado allí también hace lo menos 15 años), fue darnos un baño en el puerto, a pie del hotel, mientras los amables propietarios nos preparaban un café con un dulce casero. La mañana era luminosa, el viento estaba en calma, la temperatura ideal… creo que en estas tres frases he definido la perfección.

IMG-20180902-WA0007

Café y baño para empezar el periplo griego en el puerto de Kastellorizo.

Café y baño para empezar el periplo griego en el puerto de Kastellorizo.

Kastellorizo (derivado del nombre que le pusieron los italiano Castello Rosso, y también llamada Megisti o Meisti por griegos y turcos, es poco más que un puerto precioso, con algunas (cada vez más) casas rehabilitadas, y en cierta forma salvada de la desaparición por el turismo, escaso pero entusiasta. Llegó a tener 15.000 habitantes y a ser una de las escalas más importantes entre Turquía y Chipre. Ahora son tres centenares escasos las personas que residen permanentemente en la isla, después de la despoblación que sufrió en el pasado siglo, sobre todo con la emigración a Australia. En la actualidad, muchos de los hijos de aquellos que se fueron están volviendo y rehabilitando sus viviendas. En realidad es un paraíso de tranquilidad y aguas azules con casas neoclásicas de todos los colores alrededor de los muelles. Ser australiano y heredar una casa en Kastellorizo debe de ser el guión soñado para una de esas películas, tan placenteras, de reivindicación de la vida sencilla. Por la ladera de la montaña que asciende hasta el aeropuertos se esparcen muchas casas en ruinas a la espera de esa mano salvadora. Es curioso que en el tratado con Turquía que acordó el traspaso a Grecia de la isla se especifica que Kastellorizo volverá a ser turca si la población baja de 150 habitantes. Si existió alguna vez ese peligro, parece que ahora se ha conjurado.

20180902_152754

El día y la noche en un rincón del puerto.

El día y la noche en un rincón del puerto.

Aparte del puerto natural, en forma de U, en el que se concentran la mayoría de los edificios, la isla tiene un par de monasterios (uno de ellos en las alturas tras un agotador camino hacia el aeropuerto) y nada más. Ni siquiera tiene playas, aunque los lugareños le han dado ese apelativo a un recodo en un islote con una capilla, una cantina y unas plataformas con hamacas: la playa de Agios Georgios, es decir San Jorge. El agua es transparente, eso sí. Sus principales monumentos son el castillo turco en ruinas, una mezquita en un saliente precioso del puerto y una tumba licia excavada en la roca, de las que tanto abundan en la costa turca opuesta. Entonces, ¿por qué ir a Kastellorizo? Nosotros lo hicimos la primera vez tras ver la película Mediterráneo de Giuseppe Salvatores, y lo mismo hicieron miles de italianos. Si no habéis tenido la ocasión, buscadla. Es como una obra sencilla y, al menos para nosotros, emocionante. La acción transcurre allí, con un destacamento italiano durante la Segunda Guerra Mundial de protagonista, aparte de los habitantes del pueblo. ¿Por qué volver? Porque fuiste una primera vez y no se te olvida.

20180902_165823

Ante una de las casas protagonistas de la película ‘Mediterráneo’.

Paseos y baños por el puerto, la mejor actividad.

Paseos y baños por el puerto, la mejor actividad.

Así que realmente no hay mucho que hacer: pasear por el precioso puerto, contemplar cómo la luz de las diferentes horas incide en las casas, cenar junto a los muelles, caminar hasta la cercana bahía de Mandraki y darse un chapuzón, ver ahí mismo como las tortugas se alimentan de peces, almorzar en la taberna unas gambas de Symi, pequeñas y deliciosas, subir o intentarlo al menos hasta el monasterio en la montaña y tomar fotografías, acercarse a la ‘playa’ de Agios Georgios, visitar la tumba licia… y sentir el extraño e insólito placer de sentirte dueño de tu tiempo. Impagable.

20180902_110500

La tumba licia de Kastellorizo, la única en Grecia.

Unas gambas de Kastellorizo, un vaso de tsipouro enla bahía de Mandraki...

Unas gambas de Kastellorizo, un vaso de tsipouro enla bahía de Mandraki…

Dar una pequeña caminata hasta la tumba licia, ver tortugas en Mandraki...

Dar una pequeña caminata hasta la tumba licia, ver tortugas en Mandraki…

Visitamos hace más de una quincena de años Kastelorizo por primera vez. Éramos cuatro turistas, y más de la mitad italianos. Ahora hay nuevos hoteles, más restaurantes y bares en los muelles y, sobre todo, varias excursiones diarias desde Turquía que llenan durante las horas centrales del día la capital y única población de la isla. Pero el espíritu permanece. “Para los que andan huyendo” decía la dedicatoria de la película de Salvatores… Pues eso.

Kastellorizo, desde la montaña

Kastellorizo, desde la montaña

El encantador rincón de Agios Georgios. Una capilla, una taberna, una playita...

El encantador rincón de Agios Georgios. Una capilla, una taberna, una playita…

La mezquita del pasado otomano aún domina un extremo del puerto.

La mezquita del pasado otomano aún domina un extremo del puerto.

De nuevo en el camino

Ulyfox | 31 de agosto de 2018 a las 14:46

DSC_0201

 

Estamos a unas horas de emprender un nuevo viaje, cuando la inmensa mayoría ya tiene su maleta a bordo para emprender el camino de regreso. Hay mucho de sentirse especial en estas fechas cuando oye uno por todas partes eso del comienzo del curso, el final de las vacaciones, la vuelta al cole, la operación retorno… y por el contrario uno va de salida, de ilusión, de comienzo.

Así es, nos vamos. En un día estaremos en Grecia. Esta vez, el mes entero, de paso por Rodas, Kastellorizo, Symi, Nysiros, Tilos, Creta, Paros y Mykonos, si no se me olvida nada. Treinta días de reencuentros y hallazgos, otra vez. Y no nos cansamos. Este verano creo que hemos hecho varios adeptos más a la causa filohelénica. Varios amigos a los que hemos asesorado en sus viajes y que, si hay que creerlos, han estado encantados. ¡Qué nos van a contar a nosotros!

En principio no pensábamos hacer todo el mes en Grecia. Queríamos haber visitado antes, unos diez días por ejemplo, Austria y tal vez Suiza. Hallstat era el pueblo objetivo de Penélope. Precioso, con sus casitas, sus tejados, su iglesia de campanario agudo… todo al lado de un lago bucólico y romántico. Tan perfecto, pero tan dificultoso de llegar que al final cejamos en nuestro empeño. Recordamos también en esos días de preparación nuestra visita a Alsacia de hace un par de años, y lo mismo: todo tan perfecto, las flores y los jardines tan ordenados, las casas tan bien pintadas, que nos parecía que debajo debía esconder alguna película de terror, exagerando, claro.

Pero además, las noticias de estos últimos meses sobre la deriva xenófoba de esas regiones europeas, el miedo y el odio al extranjero que se está propagando por allí… que nos decidimos a ‘castigarlos’ a nuestra pequeña e insignificante manera: nos vamos con los que nos gustan, con los que son nuestra familia prácticamente, el Sur. Y ahí pensamos estar un mes, disfrutando del mar, los paisajes, la comida, la bebida, el aceite, las noches mediterráneas.

Así somos, qué le vamos a hacer.

Hasta la vuelta y que empecéis bien el curso

Etiquetas: , ,

El vuelo más corto del mundo

Ulyfox | 15 de abril de 2018 a las 18:38

El avión de Sky Express, en su escala en Kasos.

El avión de Sky Express, en su escala en Kasos.

Todo está dispuesto a bordo del avión de la línea Sky Express en el aeropuerto de Kárpathos. El avión bimotor de turbohélice con destino a Sitia, en Creta, empieza a rodar por la pista. Despega y a los dos minutos la azafata dice: “Iniciamos el descenso al aeropuerto de Kasos”.

Esta es la cortísima historia del vuelo más corto del mundo. Kasos es casi como una escala inevitable, como un pequeñísimo salto de pulga, pero seguramente le ha dado sentido y rentabilidad a un vuelo entre las islas de Kárpathos y Creta que tal vez no existiría sin esta casi broma. Los pasajeros, apenas una decena, descendimos y esperamos en la pequeña sala del aeródromo, casi sin tiempo ni para ir al servicio si alguien lo hubiera necesitado. El avión vuela a muy baja altura, claro, no tiene tiempo de subir más y uno viaja casi tocando las olas. Es cómodo, tranquilo y todo el pasaje sonríe ante lo singular de esta experiencia, duda de si merece la pena bajarse, pero ahí la tripulación es clara: todo el mundo tiene que hacerlo.

Luego sí, ya el segundo salto hasta Creta es sólo una mijita más largo, y al menos merece el nombre de vuelo. Sin embargo, no merece que se cuente nada sobre él.

El verano en Karpathos

Ulyfox | 3 de abril de 2018 a las 9:39

La playa de Kirá Panagia, desde la iglesia del mismo nombre, en la isla de Kárpathos.

La playa de Kirá Panagia, desde la iglesia del mismo nombre, en la isla de Kárpathos.

 

Parece difícil, pero el verano llegará como lo hace siempre, y nos da igual que llegue antes o después, que venga más o menos caluroso, después de este invierno que empezó amistoso, tanto que ahora no quiere dejarnos. Y mientras, quizá nos consuele pensar en otros estíos, es decir en vacaciones, viajes, luces y aires distintos. El más cercano de los nuestros, lo sabéis, se dedicó íntegramente a Grecia, como hemos hecho otras veces. Ahí quisimos visitar una isla que había estado otras ocasiones en nuestras intenciones, pero no creáis, no todas son tan fáciles de alcanzar ni de acomodar a nuestros planes. Kárpathos está entre el archipiélago del Dodecaneso y nuestra amada Creta, pero nosotros queríamos ir a ella desde Samos y para hacerlo fue obligatorio dar dos saltos en avión, desde el aeropuerto samiota hasta el de Atenas y desde este al de nuestro destino. Llegamos al fin, y por eso os podemos contar.

Las aguas de la playa de Kirá Panagia.

Las aguas de la playa de Kirá Panagia.

20170911_134957

Kárpathos era hasta hace muy poco, por esa complicación de transporte, un lugar muy poco visitado y con algunas poblaciones y playas con fama de inaccesibles, envueltas en el misterio de las nubes como el pueblo de Olimpos, allí en la cima y durante años unido al resto de la humanidad por una carretera pavorosa, rodeada de precipicios y sin asfaltar en muchos tramos. Si era así, todo eso, o casi todo, ha cambiado. La carretera sigue teniendo un montón de curvas y en muchos momentos se rueda entre la niebla, pero su anchura ha crecido considerablemente y el asfalto es impecable. Eso ha hecho del Olimpos que antes era un vestigio étnico en las cumbres, en el que sus habitantes vestían sus coloridos atuendos tradicionales y eran visitados poco más que por sus cabras, un enclave precioso, peculiar en sus construcciones decoradas, pero inevitablemente muy turístico y comercial.

El puerto de Kárpathos, la capital de la isla.

El puerto de Kárpathos, la capital de la isla.

El aeropuerto de Kárpathos, uno de los más grandes del país por su uso tradicionalmente militar, se ha abierto a los vuelos chárter internacionales, y ahora te encuentras por todas partes grupos de turistas nórdicos e israelíes, supongo que por el origen de sus vuelos. Los turistas inevitablemente modifican el entorno y, aunque parezca difícil en una isla griega, casi no se oye música nacional, la bella música griega y los locales tienen un aire inequívocamente internacional. Las playas, maravillosas, siguen siendo difíciles de alcanzar, porque en un paisaje tan montañoso las carreteras se ven forzadas a discurrir por las alturas, y para llegar al mar hay que descender por calzadas estrechas y con decenas de giros cerrados. Pero… ¡oh sorpresa! están llenas, atiborradas, y las motos y los vehículos se amontonan en aparcamientos casi inverosímiles. Toda dificultad y aglomeración se olvida cuando uno se sumerge en sus aguas transparentes, pero la admiración ante el tesón del ser humano de todas las edades por bañarse en el azul permanece. Cosas evidentes: la playa de Kirá Panagía, la de Achata, la de Ampella, Kato Lefkó… son increíbles. Merece la pena el esfuerzo, pero uno agradecería que menos gente se esforzara.

Olimpos, en las alturas y entre nubes.

Olimpos, en las alturas y entre nubes.

El ya mentado Olimpos es una singularidad en muchos sentidos. A cientos de metros de altura es un mirador inigualable sobre el mar. Sus habitantes, sobre todo las mujeres, siguen conservando el uso de trajes tradicionales, y posee un dialecto propio que los expertos identifican con unos lejanos orígenes dorios. Las casas geométricas están pintadas con vivos colores y adornadas con motivos florales y de pájaros. Es ciertamente impresionante, pero debió de serlo mucho más cuando sus estrechas calles no eran un reguero de turistas casi en fila india y sus moradores se calentaban con raki auténtico. Nosotros lo vimos en un día más gris que soleado, lo cual debe ser bastante normal en esas alturas plagadas de nubes y viento. Un lugar que, a mi juicio exigente, debió permanecer envuelto en esa nubosidad y accesible sólo para los verdaderamente interesados. Digo yo.

La plaza de Olimpos, colorida y singular.

La plaza de Olimpos, colorida y singular.

La capital, que lleva el mismo nombre de la isla, no tiene un especial atractivo más allá de un puerto no de los más bonitos de Grecia y de ese ambiente inequívocamente vacacional que se cierne sobre ella cuando cae la tarde y los turistas la toman de paseo y en busca de restaurante. Y en ese sentido, desde luego la oferta no falta. Pero…

Balcón al mar en Olimpos.

Balcón al mar en Olimpos.

Será que deseamos intensamente que todo lo de Grecia nos apasione. Y esta isla tiene, o tenía, materia para provocar esa emoción, pero siento que la avalancha turística sobrevenida en poco tiempo hace que los karpathiotas nos vean a los visitantes, en su inmensa mayoría, como meros consumidores a los que hay que dar lo que quieren, y que esto no suele incluir respirar siquiera sea una vez por hora un poco de alma griega. No sé… a lo mejor hay que hacer lo que nos contaba nuestro taxista entre elogios a Podemos: el caso de dos españoles que habían llegado hacía un par de semanas con la única intención de recorrer sus salvajes montañas y poblados, aún no tomados al asalto, “san katzikia” (como cabras). A lo mejor.

Un sacerdote, dormitando en la iglesia de Olimpos.

Un sacerdote, dormitando en la iglesia de Olimpos.

Una mujer, ante sus labores a la venta en la calle principal de Olimpos.

Una mujer, ante sus labores a la venta en la calle principal de Olimpos.