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Recorriendo la isla de Kea

Ulyfox | 19 de octubre de 2021 a las 14:09

Baños transparentes en la estupenda playa de Otzias.

Baños transparentes en la estupenda playa de Otzias, organizada y cómoda.

Kea es pequeña, al menos para nuestros esquemas mentales. Pero no por eso deja de encerrar bellezas. Al verla en el mapa no se esperaría que fuera tan montañosa, y el interior es especialmente salvaje. pese a que las zonas costeras, sobre todo las de las playas del oeste, estén bastante masificadas. Entiéndase, no se habla de grandes resorts ni hoteles de cientos de habitaciones, pero sí hay una saturación de viviendas y chalés, y sobre todo de piscinas, muchas piscinas, en una isla en la que el agua dulce debe de ser escasa y en la que sobra mar para bañarse. Pero esos son los patrones de la felicidad moderna, qué le vamos a hacer.

La playa de Otzias, desde las alturas.

La playa de Otzias, desde las alturas.

Alquilamos un coche para recorrer en lo posible la isla durante tres días, pero sin un ánimo excesivamente veloz ni explorador: ¡estábamos de vacaciones! Así que lo primero que hicimos fue irnos a una playa fantástica a apenas un cuarto de hora de carretera: la de Otzia, con la intención de pasar unas cuantas horas tumbados y bañándonos.

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Otra imagen de la playa de Otzias.

La playa, totalmente organizada, se reveló como ideal para esos fines. Como Kea es un lugar que vive para el descanso, aunque no llegamos demasiado temprano, había un buen número de hamacas disponibles, con un servicio esmerado. Luego, la zona se llenó, pero ya nosotros estábamos perfectamente acomodados. La mañana y buena parte de la tarde se nos fue entre la tumbona, la lectura y los baños en un agua transparente como acostumbra a ser la del Egeo. Como el ambiente lo pedía, bebimos y tapeamos en las mismas hamacas.

El monasterio de Panagia Kastriani, sobre el acantilado.

El monasterio de Panagia Kastriani, sobre el acantilado.

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Cuando el sol empezó a declinar, decidimos que era una buena hora para visitar el monasterio de Panagia Kastriani, un poco más al norte y situado sobre un acantilado. La carretera era tan difícil como se esperaba, pero mereció la pena acercarse a divisar su silueta blanca frente al mar, y adentrarse en su patio igualmente blanco con el toque azul de su cúpula y campanario. No parecía haber nadie en el monasterio, aunque se escuchaba un rumor de voces en el interior, y la limpieza del recinto y del interior de la iglesia hacía sospechar que más de una mano se ocupaba de su cuidado.

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Nos gustó la visita en solitario que nos permitió mirar al mar y hacer decenas de fotografías, tanto del monasterio como de la playa que se divisaba tentadora abajo y que lleva el mismo nombre del convento.

La playa de Kastriani, bajo el monasterio del mismo nombre.

La playa de Kastriani, bajo el monasterio del mismo nombre.

Abandonamos el lugar con la misma discreción, y nos encaminamos de vuelta al hotel, para culminar ese día con nuestra segunda subida a Ioulida y cena al atardecer. En la capital interior de la isla la luz era mágica, y presenciamos cómo los vehículos de los invitados a una boda, coincidentes con la llegada del único autobús por una estrecha y empinada calle, pueden colapsar un pueblo entero. Pero a base de paciencia y maniobras todo se resolvió en pocos minutos. Es extraordinaria la capacidad y habilidad que los griegos tienen para la conducción en los lugares más complicados.

Atardecer desde las alturas de Ioulida, con otras islas al fondo.

Atardecer desde las alturas de Ioulida, con otras islas al fondo.

El día siguiente nos dirigimos al sur, a ver otras playas famosas. Primero nos paramos en Pisses, donde estuvimos un buen rato, pero tampoco nos entusiasmó. El lugar dio para un par de cervezas y un rato tumbados, pero no nos inspiraba mucho para el baño el ligero viento que soplaba y el oleaje de la orilla, nada espantoso pero suficiente para quitarle el encanto.

Las calas de Koundouros y Kampi, las más turísticas de la isla.

Nos habían hablado de lugares turísticos como Koundouros y Kampi, no demasiado lejos de Pisses, así que decidimos ir a conocerlos. Sólo puedo decir que salimos huyendo: el tráfico intenso, los coches aparcados en las estrechas carreteras y el sonido fuerte de la música y los motores de las lanchas y motos náuticas nos hicieron comprender que no era nuestro sitio. Probablemente sí lo era para quien quisiera lucir glamour y ropa cara allí, pero ese no es nuestro caso. Demasiadas urbanizaciones sobre un mar azul, y en unas calas sin duda muy bellas, pero con un ambiente Riviera de estelas blancas de embarcaciones que hacían figuras sobre el agua. Nos fuimos.

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Atardecer junto a la capilla de Agios Georgios, en Corissia.

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La vuelta hacia el puerto de Corissia, sin embargo, fue agradable, recorriendo colinas abruptas de color terroso con el Egeo de fondo. Esa noche, además, nos vestimos de verano y paseamos hacia la ensenada, subimos hasta el promontorio presidido por la capilla blanca de Agios Georgios, y cenamos en un lugar más que recomendable, Magazés, un restaurante frente a los muelles donde dimos cuenta de un fresquísimo sargo a la parrilla, con entrantes de boquerones en vinagre y calabacines fritos, mientras veíamos llegar y salir los ferries, que se tragaban largas colas de personas y vehículos abandonando la isla en el último fin de semana de agosto, y anunciándonos que una estación más tranquila llegaba a las Cícladas.

Nos quedaba un apasionante último día, pero eso lo relataremos en otra entrada…

Kea, la sonrisa de un león lo puede curar todo

Ulyfox | 14 de octubre de 2021 a las 13:08

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El León de Kea, más de 2.700 años sonriendo frente al valle.

 

Aún no he casi empezado a contar nuestro viaje de mayo por el centro y norte de la Grecia continental y ya me urge relatar el que acabamos de terminar por las islas. Así que vamos a ello, y ya retomaremos el periplo interior, seguro, alguna vez. Este viaje empezó difícil, no por las maletas, no por los traslados ni por las incomodidades del desplazamiento, sino por algo mucho más prosaico que todo eso: dos cajeros del aeropuerto se negaron a darnos dinero, y uno de ellos incluso nos emitió un recibo por una cantidad que no nos entregó, dejándonos bastante planchados. Bueno, tras muchas llamadas con resultados y respuestas imbéciles y maquinales de algunos que tienen como supuesta misión la atención al cliente, varios días después una empleada como tiene que ser nos resolvió el asunto con una gestión que no requería más que de la buena voluntad, pero que solo por eso tendrá mi agradecimiento siempre.

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Camino de Kea, a bordo del ‘Ionis’.

 

No pudo nada de eso empañar nuestra alegría cuando a finales de agosto aterrizábamos en el aeropuerto de Atenas. Allí nos esperaba con un cartelito Mijalis, con quien habíamos concertado el transporte hasta el puerto de Lavrio, a donde llegamos después de media hora para alojarnos en el hotel Nikolakakis, modesto, agradable e ideal para pasar una noche de tránsito a la isla de Kea, que era nuestro primer destino. El recepcionista, además, puso todo su empeño en hablarnos en un español tan precario como el griego en el que yo le respondía, en un intercambio divertido de pequeñas lecciones de idioma.

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La llegada a Kea, en una luminosa y calurosa mañana.

Sólo tuvimos tiempo para buscar un lugar en el que cenar en este pueblo pequeño y sin nada destacable, que seguramente debe toda su vida al tráfico portuario con las islas cercanas, sobre todo con las Cícladas, aunque vimos algún crucero turístico atracado también, dado que no está muy lejos de Atenas. Aunque el recepcionista nos recomendó comer en Petrino, yo me dejé llevar por la intuición infalible de Penélope, que le echó el ojo a un local llamado Limani, es decir, ‘Puerto’. Y acertamos: aún recordamos el plato de patatas fritas excelsas. No es una tontería, en Grecia aún se puede comer uno unas papas fritas como está mandado, y es muy difícil que te las pongan congeladas, si no se trata de un lugar de ‘gyros’ o una hamburguesería. Estas estaban estupendas.

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Corissia, el puerto principal de la isla.

El prólogo tuvo  de todo, así que sólo quedaba embarcarse a la mañana siguiente hacia Kea, una isla que teníamos ganas de conocer, la más cercana de las Cícladas a Atenas, y por eso mismo, muy visitada sobre todo por griegos. Temprano nos subimos al ferry ‘Ionis’, y sólo una hora y cuarto después estábamos desayunando en Corissia, puerto principal de la isla, que nos recibió con un fuerte calor a pesar de que era temprano.

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Vistas del magnfíco hotel Keos Katoikíes, en Corissia.

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La playa de Gialiskari, muy cerca del hotel.

Al poco, nos trasladamos al hotel Keos Katoikies, una maravilla frente al mar. Mientras esperábamos que la habitación estuviera lista, dimos un paseo hasta la cercana playa de Gialiskari, pequeña y abarrotada. Conseguimos un lugar a la sombra, bajo los tarajes, pero fue divertido ver como los lugareños nos iban arrinconando. Aun así, logramos una cierta tranquilidad de unas horas para leer y darnos unos baños.

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El emplazamiento del León de Kea.

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Tras tomar posesión de la habitación, decidimos ir a visitar uno de los sitios más singulares de la isla, el llamado León de Kea, una gran escultura milenaria realizada casi a la entrada del pueblo más pintoresco, Ioulida, en las alturas sobre Corissia. La escultura de piedra tiene más de 2.600 años y fue realizada durante el periodo de esplendor de la isla, anterior a la época clásica. Normalmente, los leones situados a la entrada de las ciudades deberían infundir miedo, pero este luce una extraña y amplísima sonrisa.

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En el sendero que lleva a la estatua del León. Al fondo, Ioulida.

Pedimos a un taxista que nos llevara lo más cerca del León, para que nos diera así tiempo a recorrer luego el pueblo aún con luz. El conductor, bastante serio, nos dejó en un cruce de la carretera, y al pedirle indicaciones sobre cómo llegar a la escultura nos dijo un nospikinglis bastante desalentador. Así que tiré de nuevo de mi rudimentario griego, y el hombre cambió su actitud de manera inmediata, y con una gran sonrisa y movimiento de brazos vino a decirme algo así como “¡hombre, pero si usted habla griego, por qué no lo ha dicho antes! Baje por aquí y a unos 400 metros se encontrará el León a la derecha”. Este cambio de maneras lo hemos observado muchas veces en Grecia cuando dirigimos a nuestro interlocutor algunas palabras en su idioma: las actitudes formales se convierten rápidamente en amistosas.

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Ioulida, a través de un muro roto.

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La sonrisa de piedra del León.

Así que con risas y entrechocar de puños nos despedimos de él y descendimos por un sendero hasta dar con una pequeña verja de hierro azul con un rótulo “LEON”. Al final de unos escalones de piedra estaba la estatua, dándonos la espalda y mirando al valle. Sería la sonrisa pétrea o sería el precioso paisaje que lo rodeaba y la luz del cercano atardecer, pero estar junto al león, rodearlo, acercarse y tocarlo, casi charlar con él cuando conseguimos estar solos, nos produjo una extraña y gozosa sensación de felicidad, como si su presencia fuera capaz de curar muchas cosas.

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Ioulida en su promontorio.

 

Después de eso, continuamos el verde sendero que lleva hasta Ioulida. El pueblo combina callejuelas empinadas de estilo blanco cicládico con alguna placita y rincones de casas neoclásicas de colores. El entramado urbano se derrama por una ladera que mira al mar, y se ha convertido en la principal atracción de la isla.

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Ioulida, colores y cuestas.

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Por las noches, Ioulida se llena de visitantes esforzados que ocupan los arcenes de la carretera para aparcar, recorren sus cuestas sudorosos y se asientan sobre la plaza principal para tomar algo o cenar. El conjunto nocturno, aun así, no llega a ser agobiante y resulta ciertamente bonito, siempre que se opte por subir en autobús o taxi.

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En uno de esos restaurantes, To Steki, probamos uno de los mejores platos de cabra (katziki) al limón que hemos comido nunca (por supuesto con patatas fritas), que junto a unos extraordinarios rollitos de berenjena se convirtieron en el mejor colofón para nuestro primer día en Kea. El ambiente de Ioulida nos gustó tanto que al día siguiente volvimos para vivir otro atardecer dorado y para una nueva cena, esta vez en el restaurante Kylix, en la terraza con vistas al valle y con el fondo del caserío derramándose por la ladera.

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El restaurante To Steki, ante la iglesia de San Spiridon.

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Rollitos de berenjenas y tzatziki en To Steki.

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Cabra al limón, delicia de To Steki.

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Ioulida, terraza del restaurante Kylix.

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Resumen de más de un mes de gloria y un cierto dolorcito

Ulyfox | 3 de octubre de 2021 a las 20:29

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Baño azul en la playa de Kampos, en la isla de Patmos.

 

Aprovechando que aún quedan algunos lectores de este modesto blog de vivencias viajeras, comunico que hemos vuelto de más de un mes de periplo griego, de 35 días saltando de isla en isla, conociendo, descubriendo y reencontrando, certificando nuestro amor y también, por qué no decirlo, lamentando cierto cambio de ambiente. O a lo mejor somos nosotros, que simplemente envejecemos.

El viaje empezó a finales de agosto en el puerto de Lavrio, lugar de embarque para la isla de Kea, o Tzia, la más cercana de las Cícladas al continente, lo que la hace favorita de los atenienses. En ella pasamos cuatro hermosos días en los que tocamos de cerca la sonrisa de piedra de un león milenario y caminamos hacia las ruinas de una ciudad antigua, además de comprobar en sus playas y restaurantes el porqué de ser tan visitada.

Seguimos por una cita con los mejores amigos en otro puerto, El Pireo, donde embarcamos a las Cícladas ya siendo seis para probar en familia las delicias serenas de Sérifos y donde nos descubrimos como una comunidad de espíritu feliz y disfrutona, alma que nos guió durante cuatro días y otros tres más en la calmada y pequeña Kímolos, haciéndonos sabios para esquivar, capear y torear el pertinaz viento del norte.

Separados de nuevo, y ya otra vez sólo dos, tocaba la habitual visita a Creta, lugar de amigos acogedores y montañas desafiantes, donde aprovisionarnos de abrazos, baños entre palmeras en Preveli y música de la mano del didáctico Giorgos.

El siguiente salto fue a la isla más salvaje, Ikaria, llamada así por ser dónde cayó al mar el osado Íkaro. Una mole de piedra en medio del mar, con habitantes rudos y longevos y playas de caminos inciertos. Fue esta una parada corta en el norte del Egeo y desde allí el ferry nos llevó a la pequeña, íntima y casi privada Lipsí, en ese Dodecaneso que componen doce islas como su nombre indica.

Cuatro días allí y en esa calma, el último castigados por el feroz viento meltemi, nos llevaron a desear conocer islitas cercanas y de nombres prometedores como Arki, Agathonisi y Marathos, pero nos encaminamos a la de Patmos, visitada hacía tanto tiempo y tan brevemente que la recordábamos sólo a cachitos. La isla, en una cueva de la cual vivió San Juan y escribió el Apocalipsis, nos enamoró con su fortificado Monasterio de San Juan, la encalada y bellísima Hora que la rodea en la colina, sus montes suaves y sus playas azulísimas. Cinco días dieron para conocerla bastante mejor.

La última etapa, con una pequeña escala de unas horas para dormir en Syros, fue como siempre para Mikonos y nuestros amigos de la isla. Aquí el viento fue inmisericorde y el invierno parecía haber llegado de pronto, pero eso no nos importó mucho: lo esperábamos y además, con ella el objetivo es siempre estar allí, alojarnos en el Hotel Damianos y comer en los sitios acostumbrados entre abrazos, saludos e intercambio de buenos deseos para el siguiente año, que ya ha empezado como siempre en la rutina de octubre.

Todo eso iremos contando con mucho más detalle, y también el incierto dolorcito que nos ha producido detectar que Grecia está cambiando, como quizá es inevitable, y que cada vez hay que rascar más hondo para encontrar los seres humanos, el aire y la cercanía que nos enamoraron. O, como dije antes, a lo mejor es que somos nosotros…

 

Monodendri, primer contacto con Zagoria

Ulyfox | 18 de agosto de 2021 a las 22:00

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Vista de la garganta de Vikos, desde el mirador de Oxiá.

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Ante el pueblo de Vitsa, cerca de Monodendri.

Después de la impactante experiencia de Meteora, con sus picos y sus monasterios bizantinos en pleno valle de Tesalia, el siguiente día nos dirigimos a la zona denominada Zagorohoria, o Pueblos de Zagoria, una región lejos de las rutas turísticas más transitadas y situada en las estribaciones del monte Pindo, lo que es lo mismo que decir casi en el límite noroeste de Grecia, cerca de la frontera con Albania. O sea, en la histórica región de Epiro.

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Una iglesia en Vitsa, poco antes de llegar a Monodendri.

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Nuestro destino era Monodendri, un pueblecito considerado el centro de la región, y base de numerosos senderistas que acuden a recorrer la impresionante garganta de Vikos. En la fecha de nuestra visita, aquello estaba semidesierto. Después de rodear en coche la interesante Ioannina y su lago, que dejamos para más adelante, y de hacer una breve parada en Vitsa para fotografiar una bonita iglesia, llegamos al pueblo, todo de piedra gris como las montañas que lo enmarcan, y sin necesidad de reserva nos alojamos en el espléndido hotel Zagora Philoxenia, que sólo acogía a otra pareja de huéspedes con un perro.

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La entrada al corto sendero que llega al mirador de Oxiá.

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Ante la garganta de Vikos, en Oxiá.

Tras las formalidades, que en este caso fueron muy poco formales por parte del amable recepcionista, nos acercamos en coche a echar el primer vistazo a la garganta de Vikos desde el cercano mirador de Oxia, apenas un balcón de piedra sobre el abismo, cientos de metros abajo. El tajo en la piedra que forma el desfiladero es impresionante, como tendríamos ocasión de comprobar al día siguiente desde otro oteadero justo enfrente. El mirador está solo a unos doscientos metros bien pavimentados desde el lugar donde hay que dejar el coche. Estábamos solos, pero supongo que en temporada alta habrá cola para asomarse.

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El ‘bosque de piedra’ de Monodendri.

Después de la primera impresión de la garganta, volvimos al pueblo a almorzar, pero antes nos paramos junto a un cartel que indicaba un ‘Stone Forest’, es decir un bosque de piedra. En realidad, la indicación era demasiado pretenciosa aunque pudimos hacer algunas fotos bonitas de un rincón que recuerda El Torcal de Antequera.

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El almuerzo en la plaza principal de Monodendri.

Ya en Monodendri empezamos a comprobar la dificultad de comer algo fuera de temporada y con el país recién abierto al turismo. Hallamos una mesa en la plaza principal, en el local I pita tis Kikitsas, es decir, El pastel (o más bien la Empanada) de Kikitsa. Es la especialidad regional, y la que pedimos de vegetales estaba muy buena. Pero prácticamente no había nada más de lo señalado en la carta. Un filete de cerdo fue la solución. Bueno, nos dio casi igual, el trato fue muy agradable, el producto más que aceptable y el el camarero nos regaló el vino porque sí, aunque puede que fuera porque nosotros tampoco estuvimos muy desagradables e intentábamos chapurrear algo en griego.

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Vista exterior del pequeño monasterio de Agia Paraskevi, a la salida de la garganta.

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Frescos en el interior de la pequeña iglesia del monasterio.

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Después de la comida nos dirigimos al monasterio de Agia Paraskevi, una construcción dedicada a esta santa que sana a los ciegos, sobre el final del desfiladero. Fue un paseo agradable, y en el pequeño convento nos recibió una pareja joven que al parecer estaba encargada de su cuidado y habían instalado allí un pequeño taller de iconos que repetía una y otra vez la imagen de la santa venerada. Atendimos a las explicaciones de lo que ellos llamaron su “proyecto” y terminamos comprando, cómo no, un icono de Santa Paraskevi como recuerdo. El monasterio tiene también una hermosa vista sobre el barranco, y a esa hora de la tarde la luz mostraba un paisaje verde y abrupto.

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Vista desde la habitación del hotel Zagoria Filoxenia.

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Calles de piedra gris en Monodendri.

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Volvimos al hotel después de eso y con ganas de más. Para hacerlo, atravesamos de nuevo Monodendri, por calles empinadas y pavimentadas con grandes piedras entre las que crecía el verdín y la hierba. Las viviendas parecían tener todas una gran extensión y cercas de altos muros. No nos cruzamos con nadie. El recepcionista nos dio toda la información, y nos animó al decirnos que nos daba tiempo todavía esa tarde a ver algunos de los famosos puentes de piedra de Zagoria, que salpican toda la zona. Hacia ellos nos fuimos… pero eso lo contaremos otro día.

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Monodendri, al pie de la garganta de Vikos.

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Meteora, segunda peregrinación

Ulyfox | 29 de julio de 2021 a las 20:27

Ante el Monasterio Varlaam, uno de los seis que aún quedan en pie en Meteora.

Ante el Monasterio Varlaam, uno de los seis que aún quedan en pie en Meteora.

Si los musulmanes tienen la obligación de peregrinar una vez en su vida a La Meca, nosotros hemos sentido la necesidad de hacerlo al menos dos a los monasterios de Meteora, en Tesalia,  Grecia Central. No nos guiaba un interés religioso. Bueno, quién sabe, al menos no en el sentido de religión que nos enseñaron…

El pueblecito de Kastraki, junto a Kalambaka y a los pies de los impresionantes Meteora.

El pueblecito de Kastraki, junto a Kalambaka y a los pies de los impresionantes Meteora.

Acababan de abrir Grecia al turismo después de la enésima ola del Covid 19, y ese primer día ya estábamos aterrizando en el aeropuerto de Atenas para pasar (para respirar) una semana en el país de nuestros amores. Esta vez el periplo elegido era por el centro y norte del país, la parte más interior de Grecia, y la primera etapa eran los monasterios. Así que, nada más aterrizar tomamos posesión del coche alquilado y emprendimos la larga ruta hacia Kalambaka, más de cinco horas desde el ‘aerodromio’ Elefterios Venizelos hasta el pueblo más cercano a los monasterios, una aldea llamada Kastraki, al pie mismo de esas hermosas construcciones bizantinas erigidas sobre altas rocas.

Panaorámica general de las rocas de Meteora.

Panaorámica general de las rocas y el valle de Meteora.

La autopista discurría junto a un nombre tan sonoro y evocador que sentimos enormemente no tener tiempo de parar: Termópilas, el paso donde los valientes espartanos frenaron la marcha de las tropas persas de Jerjes. Habríamos agradecido esa resistencia, pero ahora nada lo impide, y como no queríamos llegar de noche a nuestro hotel, nos limitamos a saludar al paso el monumento al héroe espartano que comandó aquellas tropas, Leonidas.

Primera visión desde nuestro balcón en el hotel Doupiani House.

Primera visión desde nuestro balcón en el hotel Doupiani House.

Así que aún llegamos a tiempo de contemplar el atardecer que doraba las inmensas rocas de Meteora desde la habitación de nuestro alojamiento en Kastraki, el excelente Hotel Doupiani House. La visión era reconfortante, y a un costado del panorama ya podíamos observar la silueta del monasterio Rousanou sobre el espolón rocoso. Nos dio tiempo a poco más que dar un corto paseo hasta la aldea y tomar el primer contacto con nuestra adorada cocina griega en la taberna Bakaliarakia, como únicos clientes de la noche.

Desayuno en el Doupiani House, listos para la caminata.

Desayuno en el Doupiani House, listos para la caminata.

A la mañana siguiente  nos levantamos temprano con el ánimo de hacer el camino a pie hasta el más alto de los monasterios, el Megalo Meteoro, o Gran Meteoro, y luego hacer el descenso recorriendo algunos de los seis que aún sobreviven. Fundado el Gran Meteoro en el siglo XIV, el gran esplendor del lugar con la erección de sucesivos monasterios vino tras la expansión del imperio otomano, cuando los ermitaños cristianos buscaron refugio en lo alto de esos peñascos inaccesibles construyendo conventos a los que sólo se podía acceder por escaleras de cuerdas que se retiraban en caso de peligro. Los griegos habían dado a estas enormes rocas el nombre de Meteora, o sea, Suspendidas en el Aire, de las que suponían además que habían sido enviados desde el Cielo para permitirles retirarse a rezar lejos de todo.

El Monasterio de Agios Stefanos Anapafsa, uno de los más pequeños.

El Monasterio de Agios Nikolaos Anapausas, uno de los más pequeños.

Llegó a haber en los buenos tiempos hasta 24 monasterios, pero el tiempo y sobre todo la destrucción que se llevó a cabo durante la ocupación nazi por la colaboración y refugio que dieron los monjes a los rebeldes griegos, redujeron considerablemente su número. Aun así, lo que queda sigue siendo impresionante, y es desde los años 80 del pasado siglo Patrimonio de la Humanidad.

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Vista del monasterio Roussanou, en el camino de subida.

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Agios Nikolaos Anapausa, en su escenario.

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Monasterio Varlaam, allá arriba…

Ascendimos por la carretera un buen trecho, y habíamos dejado atrás las piedras del pequeño monasterio de San Nikolaos Anapausas, pero cuando el calor empezó a apretar nos dimos cuenta de que el ascenso podría convertirse en demasiado duro y, sobre todo, largo. En un descanso a la sombra estábamos cuando pasó un taxi y le hicimos señales para que parara. Iba a hacer un servicio, pero nos prometió que en cinco minutos estaría de vuelta por si nos interesaba que nos acercara hasta lo más alto. Cumplió su promesa y a nosotros nos dio la alegría de hacer el recorrido de la manera menos cansada, tal como habíamos hecho casi 30 años atrás, en nuestra primera visita a Grecia.

El Gran Meteoro, primero y más grande de los monasterios.

El Gran Meteoro, primero y más grande de los monasterios.

En primer término, Varlaam, y al fondo, el Gran Meteoro.

En primer término, Varlaam, y al fondo, el Gran Meteoro.

Así que nos plantamos cómodamente y en apenas cinco minutos frente a las puertas del Gran Meteoro. Desgraciadamente, este monasterio estaba cerrado. Habíamos llegado demasiado pronto, concretamente un día antes. No sé si habrá más oportunidades… nos conformamos con pasmarnos ante la fachada del monasterio sobre el acantilado, allá en lo alto, y con la decepción de no poder contemplar sus frescos.

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Ante el monasterio Varlaam.

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Dos visiones de Varlaam.

Dos visiones de Varlaam. En la de arriba se aprecia el teleférico cruzando el abismo.

Pero a partir de ahí, y una vez que nos compramos unas gorras adecuadas para el sol aunque turísticas, empezamos el gozoso descenso por la sinuosa carretera. La primera parada, muy cercana, fue en el monasterio Varlaam, llamado así por ser el nombre del monje que lo fundó a mediados del siglo XIV, aunque fue dos siglos después cuando se edificaron los principales edificios que hoy lo componen. Aún conserva la red por la que los internos y visitantes eran izados con una especie de grúa para poder acceder a él cuando no se atrevían a hacerlo por las escalas, aunque también se ha construido una especie de moderno teleférico eléctrico. Hoy en día se ha hecho una escalera y un puente de piedra, además de un túnel excavado en la roca. Incluso se accede al interior por una puerta automática de cristal. Se ve que el turismo deja mucho dinero en los conventos.

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Iglesia (katholikon) dentro del monasterio Varlaam.

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Algunos de los frescos en proceso de restauración en Varlaam.

Frescos más recientes en una capilla anexa en Varlaam.

Frescos más recientes en una capilla anexa en Varlaam.

Varlaam es un conjunto precioso en el que destacan el patio, un pequeño museo y el katholikon, es decir la iglesia bizantina. Sus frescos del siglo XV y XVI estaban siendo restaurados cuando lo visitamos, y era una maravilla verlos emerger con el brillo y el colorido de centurias atrás, en contraste con los aún por restaurar, oscuros como la mayoría de los que se pueden encontrar en las iglesias griegas. No estaba permitido fotografiarlos, nos dijo el vigilante muchacho, pero en un descuido pude sacar una apresurada foto. Creo que los cielos me perdonarán.

Vista general desde el mirador. Se puede ver a la izquierda Roussanou y a su espalda, Agios Nikolaos. En las alturas de la derecha, Varlaam y Megalo Meteoro.

Vista general desde el mirador. Se puede ver a la izquierda Roussanou y a su espalda, Agios Nikolaos. En las alturas de la derecha, Varlaam y Megalo Meteoro.

Luego de la detenida visita nos dirigimos a nuestra siguiente parada, un mirador desde el que se contempla todo el valle y una hermosa visión del conjunto de los monasterios. El mirador estaba lleno de jovencitas y jovencitos de un país balcánico vecino, Bulgaria o Macedonia del Norte, que se disparaban frenéticamente fotos unos a otros bajo la resignada mirada de sus monitores. Desde luego, el panorama es espléndido.

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Sendero a través del bosque hacia Roussanou.

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Roussanou, solitario sobre su espolón de piedra.

Roussanou, solitario sobre su espolón de piedra.

Desde ahí decidimos acortar campo a través por un sombreado, fresco y descendente sendero hasta el siguiente monasterio: Roussanou, uno de los más espectaculares por ocupar toda la parte superior de una gran masa rocosa que destaca en el centro de Meteora, a pico decenas de metros sobre la carretera. Es el único que está llevado por monjas. Es bastante más pequeño que el anterior, y su iglesia, más recoleta. Los frescos prácticamente repiten los motivos de Varlaam, pero en el tono más oscuro de los que no están restaurados.

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Grandes formaciones rocosas a lo largo del camino.

A la salida de Roussanou nos encontramos de nuevo al taxista que nos subió, que sin duda esperaba a otro cliente. Lo saludamos y le contamos nuestros siguientes planes: al día siguiente partiríamos a la zona de Zagoria. Entre una cosa y otra, se acercaba la hora de comer, y debíamos decidir si acercarnos a ver otros dos monasterios, el de la Santísima Trinidad y el de San Estéfano, o dar por acabada la excursión y dirigirnos de vuelta a Kastraki. Optamos por esto último pasando junto a imponentes formaciones rocosas, zigzagueando con la carretera, hasta que encontramos una desviación que pensamos llevaría al pueblo. Un lugareño, desde lejos y al ver nuestras dudas nos lo confirmó: “Né, geia to kentro, geia plateia!”, o sea que aquel camino empedrado que parecía el cauce seco de un arroyo conducía hasta la plaza central.

Maravillosa cocina tradicional griega en la taberna Gardenia de Kastraki.

Maravillosa cocina tradicional griega en la taberna Gardenia de Kastraki.

Y así fue, al poco tiempo aparecíamos por detrás de la iglesia y frente al mejor sitio posible: la excelente taberna Gardenia, donde reparamos nuestras cansadas piernas y aromatizamos nuestros llenos corazones con el sabor de la exquisita melitzanosalata (ensalada de berenjenas a la parrilla) unas jugosas albóndigas con patatas fritas y unas de las mejores dolmades (hojas de parra rellenas de arroz y carne picada) con avgolémono (salsa de huevo y limón) que hemos comido nunca. 

Atardecer en Meteora desde el hotel.

Atardecer en Meteora desde el hotel.

Todo eso pedía un reposo en el hotel… y luego ya veríamos. Pensamos por un momento acercarnos con el coche a ver los dos monasterios que nos restaban y contemplar el atardecer desde lo alto, pero la tarde fue transcurriendo desde el balcón de la habitación y la simple visión declinante de la luz cambiando de color sobre las paredes de los monstruos rocosos bastó para satisfacer nuestra necesidad de belleza por ese dia… hasta que se hizo de noche.

La mejor playa de Kythira, la más fácil

Ulyfox | 11 de junio de 2021 a las 14:25

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En el agua transparente de la playa de Diakoftí.

Nos habían dicho que era muy buena playa, pero no tiene ni mucho menos la ‘fama’ que en la redes atesoran todas las demás que Kythira ofrece. Pero Diakoftí es maravillosa, un espectáculo azul de aguas calmadas por la cercanía de un islote que le hace de rompeolas, y sobre el que se asienta el puerto principal de la isla, donde atracan los ferries que la comunican con el Peloponeso y con Creta.

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Al fondo, el ferry que va a Creta.

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Es muy fácil llegar a Diakoftí, puesto que se hace por la mejor carretera de la isla, la misma que conecta también con el aeropuerto, así que por eso se hace más incomprensible que no esté tan visitada como las otras playas, con mucho peores accesos. Debe de ser que estas dificultades de los lugares llamados ‘salvajes’ les otorgan más interés, pero sin duda las aguas más transparentes y tranquilas están aquí.

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Vista general de Diakoftí, con el islote que la cierra y donde se sitúa el puerto.

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Diakoftí es, aparte de su grandioso espectáculo marino, un brevísimo grupo de casas de vacaciones desperdigadas, un café y un arenal con hamacas que cuenta con un kiosco de bebidas y aperitivos como único servicio hostelero. En un extremo, un puente la une con el islote donde se asienta el puerto. La llegada de los escasos ferries, con su trasiego de coches, camiones y furgonetas de suministros, es el único momento ‘animado’ del día. Los vehículos pasan rápidos en busca de los escasos núcleos turísticos de la isla, y ninguno parece tener interés en quedarse. Mejor para los que tengan el acierto de quedarse a pasar un día de baños.

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Barcos atrapados en Diakoftí.

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Es difícil dejar de asombrarse a cada momento por las tonalidades del agua. La vista vuelve una y otra vez a los azules y turquesas, y de vez en cuando se desvía hacia la silueta parcial de un par de cascos oxidados de barcos embarrancados, o tal vez abandonados, y semihundidos a unos pocos metros de la orilla. No tiene más tema Diakoftí que esa gradación de añiles y esmeraldas, pero en querer salir y entrar de ellos constantemente se pasa el día.

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También aquí coincidimos en el primer café con el grupo de mujeres que iban recorriendo la isla, y que seguramente estaban alojadas en Agia Pelagia, el único centro turístico que merece ese nombre, porque tiene apartamentos y hoteles, alguno de ellos incluso con piscina. No podemos decir nada más, porque ni nos acercamos.

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En la calle principal de Potamós.

 

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Sí nos desviamos un momento para visitar esa tarde el pueblo más grande del interior de la isla, Potamós, con una gran iglesia y unas muestras interesantes de arquitectura popular. Tomamos un café en una plaza casi desierta. Era precisamente el último día en Kythira, una de las grandes sorpresas del año de nuestro gran periplo griego, y la llegada al atardecer a nuestra base de Kapsali fue de nuevo gloriosa con la luz declinante y el islote de Hitra en el horizonte.

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Doble visión, al atardecer y por la mañana, de la iglesia de San Juan en el Acantilado, pegada a la roca.

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Al día siguiente teníamos que tomar el avión a Atenas para dirigirnos a nuestros acostumbrados destinos finales en Creta y Mikonos, pero todavía tuvimos una larga mañana para disfrutar de un desayuno largo y de un último paseo hasta el promontorio donde reposan la iglesia y el faro, y disfrutar de la preciosa y luminosa visión de la Bahía de Kapsali mientras disparábamos nuestras cámaras.

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El castro de Jora, desde la bahia de Kapsali.

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En el faro.

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La capilla, el faro, en la bahía de Kapsali…

Un taxista nos esperaba a mediodía para llevarnos al aeropuerto, en un corto viaje de media hora por las serpenteantes y estrechas carreteras de la isla, amenizado por una conversación en griego dubitativo con el conductor. Nos contó que estaba acabando la temporada y entonces la isla se duerme durante largos meses. “En Kapsali cierra todo”, nos dijo, y la gente se va a vivir a los pueblos de Livadi y Potamos. “Y entonces, un taxista no tiene trabajo”, le dijimos, pero nos contradijo: “Sí, sí, claro que sí, en invierno trabajo para el ayuntamiento y llevo a los niños al colegio”.

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Última visión de Kapsali, desde la capilla en el promontorio.

Atravesábamos aldeas y dejábamos al lado numerosas iglesias bien conservadas. “Aquí tenemos 365 iglesias -contó a bote pronto-, una para cada día del año. Así que cuando morimos, vamos seguro al Paraíso”, concluyó el conductor con una sonrisa, la misma que dejó para siempre en nuestro interior esta isla maravillosa…

Cascadas, puentes y playas en Kythira

Ulyfox | 31 de mayo de 2021 a las 21:00

La cascada de Milopótamos, en el centro de la isla de Kythira.

La cascada de Milopótamos, en el centro de la isla de Kythira.

Kythira no sólo tiene unas espléndidas aguas rodeando su costa, sino que ofrece otras ‘presentaciones’ del líquido elemento mucho más inesperadas: las cascadas de Milopótamos, una sorpresa de verdor y agua en el centro de la isla. Ese fue el primer objetivo de nuestro segundo día completo allí.

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Iglesias en el camino.

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Tras serpentear por las estrechas y dificiles carreteras, admirando a nuestro paso iglesias y pueblecitos, dejamos el coche en la plaza de Milopótamos (que podría traducirse como Molino de Río) y emprendimos una corta y placentera excursión hacia las cataratas, como las llaman pomposamente allí. El camino tiene un trecho de carretera, y luego se desvía por un carril hacia el rio. Es más cómodo, saludable y ecológico hacerlo a pie, pero demasiada gente accede en su propio coche hasta la profundidad cercana a la cascada, y además sin ningún pudor de dejar su huella por allí en forma de restos, envases y bolsas. Una pena.

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El lugar tiene el encanto de pasar en pocos metros de un paisaje ‘normal’ a un pequeño hábitat selvático, por el rumor del agua y la abundante vegetación que lo sombrea. La cascada cae sobre una pequeña laguna, que, pese a la poca afluencia de la hora, estaba ocupada por una familia que se bañaba desafiando el frío del agua para hacerse algunos selfies. Nosotros no. Nos limitamos a hacer fotos.

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Paseo por el río de Milopótamos.

Después de eso, emprendimos un paseo a lo largo del río en busca del Molino de Filipos, una construcción de piedra con regueros de agua, que aún funciona, según parece, pero en el que sólo había un hombre mayor trabajando y no muy hablador.

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Torre campanario en Milopótamos.

 

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Un café frappé, auténtica bebida nacional griega, en la plaza de MIlopótamos.

A la vuelta, paramos en la plaza del pequeño pueblo a tomar un café frappé, auténtico vicio griego . La taberna y su amplia terraza, que en principio estaban muy tranquilos, se llenó de pronto con la llegada del autobús de la misma excursión de señoras mayores con la que coincidimos en todos sitios. El alboroto al ocupar las mesas, dejarlas señaladas con alguna prenda y largarse con su charla a las cercanas cataratas fue monumental.

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Playa de Jolkós.

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Nosotros decidimos que ya era hora de un baño y fuimos a la playa de Jolkós, accesible en coche por un carril de tierra. Se trata de un lugar de aguas frescas y transparentes y con una orilla formada por grandes guijarros, y con la ventaja práctica de tener un servicio de hamacas  y sombrillas, además de una cantina con algunas contadas vituallas para comer y beber.

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Jolkós es una playa rocosa y hermosa.

Rodeada de rocas, es ideal para bañarse y tomar buenas fotos si trepamos a alguno de los peñascos desde los que los más valientes se lanzan al agua. Cuando fuimos nosotros, estaba muy tranquilo.

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El puente Koutani, una obra extraordinaria en una islita griega.

Antes de llegar a la playa, paramos junto al pueblo de Livadi para admirar el bello puente Katouni, construido en el siglo XIX por los ingleses. Con más de 100 metros de largo y sus trece arcos es una de las construcciones más llamativas e impresionantes de la isla.

Acabamos el segundo día en la sorprendente Kythira cruzando la isla para acabar la jornada con nuestra habitual cena en Kapsali, lugar de reposo de todas las inquietudes. En esta ocasión, la comida fue en Apagio, un lugar interesante con modernas presentaciones de la comida tradicional griega.

Skala Eresos, ciudad lesbiana

Ulyfox | 4 de abril de 2021 a las 21:29

Bares y restaurantes sobre la arena, en la estupenda playa de Skaa Eresos.

Bares y restaurantes sobre la arena, en la estupenda playa de Skala Eresos.

Ser lesbiana, hasta hace no tanto, no significaba más que ser originaria de la isla griega de Lesbos, también llamada Mitilene. Sin embargo, ahora ese gentilicio ha pasado a ser simplemente un sustantivo más que un adjetivo para denominar a las mujeres homosexuales. El motivo es bien sabido: responde a las agrupaciones culturales y religiosas femeninas que hace miles de años convocaba la gran poetisa Safo, natural de la isla y autora de poemas de amor entre mujeres, aunque eso no está tan claro.

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Uno de los restaurantes sobre la playa.

Uno de los restaurantes sobre la playa.

Safo de Lesbos, o de Mitilene, era considerada ya en la Antigüedad como una de las grandes autoras. Sócrates llegó a llamarla ‘la décima musa’ y sus poemas, siempre centrados en el amor, están situados entre los mejores de ese periodo, a pesar de que sólo nos han llegado fragmentos o referencias de otros autores. Esta gran mujer nació en Eresos, población de Lesbos que tiene su correspondencia junto al mar en Skala (o puerto de) Eresos,

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Por eso, aquí tiene lugar cada septiembre el Festival de Mujeres, y lesbianas y gays de todo el mundo han hecho de éste una cita anual imprescindible. Pues bien, Safo nació en Eresos, y por eso las lesbianas han hecho de este un lugar de culto. Eso no siempre es del agrado de los naturales de Lesbos, que han pedido en más de una ocasión que deje de llamarse lesbianas a las que tienen por tendencia el amor homosexual.

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Un nescafé frappé (auténtica bebida nacional griega) de vuelta al hotel.

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Para el resto, Skala Eresos es un lugar muy agradable, con una gran playa, numerosos restaurantes y bares levantados sobre palafitos en la arena, y ambiente acogedor. Nada más. Y nada menos. Si no eres lesbiana, tienes casi los mismos alicientes para pasar unos días allí. Nosotros estuvimos disfrutando de unos atardeceres impresionantes, y unas cenas más que suculentas con todo lo que te ofrece una isla griega en septiembre: placidez y comunión con la naturaleza.

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Vista desde nuestra habitación en el hotel Kyma.

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Unas tapas (mezedes) junto a la playa.

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Notamos una afluencia bastante mayor de mujeres, pero ya está. Logramos encontrar los momentos de felicidad que te da todo eso, si te alojas en un hotel agradable, unos buenos desayunos y una habitación con vistas al mar. En realidad, la vida es poco más que eso.

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Santuario en la antigua Messon.

Santuario en la antigua Messon.

Nuestra estancia en Lesbos terminaría al día siguiente con una última noche en la capital, Mitilene, pero antes y de camino quisimos hacer una parada para ver los restos del templo de la Antigua Messon, dedicado a los dioses Zeus, Dionisos y Hera. Comparado con otros yacimientos en Grecia, el lugar no es de los más destacados, pero es muy interesante y además suele estar muy poco concurrido. Entre las ruinas de lo que fue un gran centro de culto se aprecian también los vestigios de una basílica paleocristiana que se construyó aprovechando sus piedras.

La intención era además acercarnos a ver lo que queda de un impresionante acueducto romano, pero la carretera se complicó y el tiempo se nos echaba encima, así que quedó, quién sabe, para otra ocasión.

 

Dos excursiones desde Molyvos: Petra y Skala Sikaminia

Ulyfox | 17 de marzo de 2021 a las 19:57

La iglesia Panagia Glykofillousa, sobre su roca en Petra.

La iglesia Panagia Glykofillousa, sobre su roca en Petra.

Molyvos (también llamada Mithimna), en la costa norte de Lesbos, encierra en sí misma numerosas bellezas, pero si se hace, como nosotros, una estancia de cuatro días permite algunas excursiones a interesantes sitios cercanos. El más cercano es Petra (nada que ver con su misteriosa homónima en Jordania), a sólo unos cinco kilómetros hacia el sur. El lugar es un pueblo agradable, con una buena playa, y muy visitado por grupos turísticos, dada la cercanía al gran polo atractivo de Mólyvos.

Una calle en el centro de Petra.

Una calle en el centro de Petra.

Abundan los excursionistas de un día, que acuden a comprar la artesanía que elabora la Agrupación de Mujeres locales, a bañarse y, sobre todo, a visitar la iglesia de la Panagia Glikofillousa (Nuestra Señora del Dulce Beso), sobre su espectacular emplazamiento: una enorme roca (petra, en griego) que se alza en el centro del pueblo y que da precisamente su nombre a la localidad.

Vista desde las alturas de la Panagia Glykofillousa.

Vista desde las alturas de la Panagia Glykofillousa.

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El patio ante la iglesia.

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Vista desde la iglesia hacia el interior de la isla.

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Penélope, en el balcón sobre la roca.

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El interior la iglesia, con el iconostasio.

La iglesia es imponente vista desde abajo, encaramada al peñasco y para visitarla hay que subir 112 escalones labrados en la roca. Su silueta, una muestra más del gusto de los griegos por colocar santuarios en lugares difíciles y elevados, destaca a lo lejos por encima de todas las casas. Desde arriba, y en un balcón de hierro forjado ante la entrada, se tiene una hermosa vista del pueblo y de toda la costa. En el interior, es de una claridad deslumbrante, y cuenta con una hermosa colección de iconos. Recibe numerosos peregrinos.

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Vistas del interior y exterior de la Mansión Vareltzidaina.

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Alrededor del santuario se agrupan las casas del pueblo, con sus tejados rojos, y algunas casas señoriales de antiguos magnates, como la llamada Mansión Vareltzidaina, bonito ejemplo de construcción tradicional, de finales del siglo XVIII, y que combina elementos arquitectónicos clásicos y otomanos. Dentro, tiene una preciosa decoración de frescos en paredes y techos. Actualmente está convertida en museo, y muestra la historia de la familia que la habitó y la vida en aquellos tiempos.

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La preciosa iglesita de Ayiou Nikolaou, perparada para la ceremonia infantil.

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Algunos de los frescos de Ayiou Nikolaou.

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Antes de visitar la Panagia Glykofillousa pasamos por delante de una pequeña y sencilla capilla de piedra, la dedicada a San Nicolás (Ayiou Nikolaou). La iglesita estaba engalanada para una ceremonia religiosa infantil, no sé si un bautizo o algo equivalente a una primera comunión, con figuras y banderolas. En el interior, destacaban en la oscuridad las paredes llenas de frescos bizantinos, algo siempre emocionante en estos pequeños templos.

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Dos vistas del minúsculo puerto Skala Sikaminia.

Dos vistas del minúsculo puerto Skala Sikaminia.

La capilla del puerto.

La capilla del puerto.

Un café griego para empezar la mañana.

Un café griego para empezar la mañana.

Otra posible excursión, un poco más lejos, aunque no se tarda más de media hora en coche es al precioso y minúsculo Skala Sikaminia, que no es más que el puerto (skala) de Sikaminia, la población principla, situada dos kilómetros más al interior y más alta. Skala no es más que una treintena de casas y casi el mismo número de pequeñas embarcaciones en su muelle coronado por una blanca capilla.

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Camino de la playa de Skala, Kayia.

Camino de la playa de Skala, Kayia.

Tiene hacia el este una playa de guijarros grandes bañada por unas aguas bastante frías, y el mejor plan es caminar hacia ella, refrescarse de verdad y volver al pueblecito a comer las excelentes sardinas de la isla, en una taberna junto a las barcas de pesca, rodeados de gatos pedigüeños e insistentes.

El coro de gatos esperando que les caiga algo.

El coro de gatos esperando que les caiga algo.

Las suculentas sardinas de Lesbos.

Las suculentas sardinas de Lesbos.

A la vuelta, tomamos la carretera de la costa, desde la que se divisaba todo el tiempo el continente turco, ahí tan cerca. En un mirador, nos paramos a admirar la vista. Allí llevaba horas apostada una joven con unos grandes prismáticos. Pensamos que pertenecía a alguna asociación de observadores de aves, pero ni mucho menos. Resultó ser española, y pertenecía a una ONG que vigilaba el incesante tráfico de embarcaciones con migrantes. “Son decenas todos los días” nos contó, y que su misión era contar su número y avisar a los buques de auxilio para que acudieran a rescatarlos. No era una turista precisamente, y su trabajo debía de ser arduo. Pocos días después pudimos constatar directamente el drama, cuando pasamos ante el atestado y desgraciadamente conocido campamento de refugiados en Moria.

Sikaminia, en lo alto de la costa.

Sikaminia, en lo alto de la costa.

Skala, vista desde Sikaminia.

Skala, vista desde Sikaminia.

Una embarcación, patrullando la costa griega de Skala.

Una embarcación, patrullando la costa griega de Skala.

En ambas excursiones, fue agradable después volver al Aphrodite Hotel para disfrutar de sus tumbonas e incluso de su playa privada, y terminar las jornadas cenando en su bastante buena taberna junto al mar.

¡Ayvalik, Ayvalik!

Ulyfox | 7 de marzo de 2021 a las 20:38

Penélope, ante una casa griega en Ayvalik.

Penélope, ante una casa griega en Ayvalik.

¡Ayvalik, ay Ayvalik! fue durante décadas el lamento de muchos griegos forzados a abandonar su hogar en esta ciudad de la costa turca. Y desde entonces todavía miles cantan el dolor por el éxodo forzado de este lugar famoso por su aceite de oliva. De aquella localidad predominantemente griega incrustada en el imperio otomano quedan aún cientos de casas de inequívoco sabor y aspecto helénico, algunas iglesias reconvertidas en mezquitas y la nostalgia que nunca se fue, en forma de abundante ruina y abandono. Siempre que pienso en Ayvalik me viene a la mente una canción, del gran cantante cretense Nikos Xilouris: ‘Jilia miria kymata makriá t’Aivali’ (Mil millones de olas lejos de Ayvalik), que cuenta, como tantas, ese desarraigo, lo que en esa hermosa lengua llaman xenitiá, es decir el exilio de todo un pueblo expulsado.

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Escenas callejeras en Ayvalik.

Escenas callejeras en Ayvalik.

Es curioso, y un resultado hermoso de toda esta tragedia, que el intercambio de poblaciones diera a luz a uno de los géneros más profundos de la música griega, el zeimbekiko, un tipo de canción que da lugar a los bailes más sentidos y personales de toda esa tradición del Este mediterráneo. Y multitud de letras y músicas….

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Puesto de frutas en Ayvalik.

El caso es que estábamos en Ayvalik, otra vez y 20 años después. Volvíamos de Cunda en taxi y la ciudad nos recibió con un bullicio enorme, desacostumbrado e inesperado. Preguntamos al taxista. “¡Es día de mercado!” nos dijo abriendo los brazos. Miles de personas llenaban las aceras y todos los rincones, el tráfico era infernal. El coche nos dejó cerca del hotel, y aun así, sufrimos para llegar hasta él andando. Los vehículos inundaban las calzadas, las aceras y hasta los callejones sin tráfico, en una especie de aparcamiento amontonado. Se oía turco, pero también el idioma griego, de gente que sin duda había venido de la isla vecina de Lesbos para hacer compras. Sea como fuere, llegamos al Orchis Hotel.

En el antiguo puerto de Ayvalik.

En el antiguo puerto de Ayvalik.

El alojamiento no estaba mal, pero de Ayvalik siempre tendremos la nostalgia de la pensión Taksiyarhis de aquella lejana y primera estancia nuestra, de descalzarnos los pies al entrar, de sus sucu-lentos desayunos, de sus múltiples terrazas donde leer al amanecer o al atardecer, de sus despertares con el canto del muecín. La pensión sigue existiendo, y pasamos por delante. En la puerta estaba la misma dueña, pero no sé por qué no nos dio por saludarla y recordarle que estuvimos allí hacía tantos años…

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Varias vistas de la iglesia Taksiyarhis.

Varias vistas de la iglesia Taksiyarhis.

A su lado está precisamente la preciosa iglesia Taksiyarhis, que en aquellos lejanos tiempos era una auténtica ruina, y ahora está reluciente. El templo está sobre una plataforma y domina el barrio, mayoritariamente de arquitectura griega y con unas cuestas terribles, con su presencia bizantina. A su alrededor, casas coloreadas y balconadas con colores pastel, las que no están en ruinas. Nos gusta deambular por estas calles que muestran la historia y vida de algunas ciudades.

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La ciudad bullía, pero a nuestro paso parecía que iban cerrando los comercios abiertos por el mercado semanal. Nos sentamos a comer carne a la parrilla en diferentes formas de kebab, y a nuestro lado se sentaron unos españoles. Oimos a algunos más a lo largo del día, lo cual en sí mismo ya fue una diferencia enorme con nuestra primera visita.

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Comida de parrilla.

Comida de parrilla.

Terminamos tan tarde que no tuvimos tiempo más que de echar una siestecita en el hotel y luego salir a dar un corto paseo hacia una agencia de viajes en la que comprar el billete para la vuelta, muy temprano al día siguiente, a Grecia y la isla de Lesbos, sin sospechar siquiera la desagradable sorpresa que nos esperaba para entonces…

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Sí. Nos dijimos: levantémonos temprano para no tener problemas. No pensábamos que los fuéramos a tener, puesto que en el viaje que nos trajo desde Grecia veníamos casi solos en el barco. Pero lo que encontramos al llegar al puerto fue una cola larguísima delante de la terminal, lo que nos empezó a inquietar. Nos pusimos a la cola, pero la inquietud no desaparecía sino que aumentaba al ver como mucha gente se salía de ella y se ponía en otra en la acera de enfrente, ante una agencia de viajes. Me dio por pensar que, evidentemente, había que validar los billetes y obtener las tarjetas de embarque en ésta, y efectivamente era así. Dejé a Penélope en una fila y me fui a la otra, mientras se acercaba irremediablemente la hora de partida del barco. Los nervios ante la posibilidad de perder el transporte aumentaban, pero me tranquilizaron, relativamente, en la agencia al decirme que el barco esperaría.

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El incómodo viaje de vuelta...

El incómodo viaje de vuelta…

Así fue, la cola avanzó lentamente y, más de media hora más tarde de la hora fijada, el ferry, por fin, se puso en marcha. Ahí comprobamos de verdad lo que significa la expresión ‘a reventar’. No había sitio ni para estar de pie. Conseguimos ‘acomodarnos” (¡ja!) en un rincón de la cubierta exterior, junto a una barandilla, con espacio incluso para tender una toalla. Allí que se dispuso Penélope, como una inmigrante cualquiera, y yo diría que incluso llegó a echar alguna cabezada durante el lento y ventoso trayecto de vuelta a Grecia.

...y el comodísimo viaje de ida.

…y el comodísimo viaje de ida.

Fue incómodo pero no duradero. Casi más tiempo tardamos luego, a la llegada al puerto de Mitilene, capital de Lesbos. Allí tuvimos que soportar otra cola, y otra aglomeración durante la espera en el control de pasaportes. Una frontera complicada la existente entre Turquía y Grecia, y más si como ese día, te coincide con una vuelta de fin de semana… Después de otra hora, por fin pudimos salir de la estación marítima y encontrarnos con el empleado de la agencia de alquiler de coches en la que habíamos reservado un vehículo para recorrer la isla griega. Nuestro destino inmediato era Molyvos, del que ya hemos hablado… para continuar nuestro extraordinario viaje por Grecia