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Skala Eresos, ciudad lesbiana

Ulyfox | 4 de abril de 2021 a las 21:29

Bares y restaurantes sobre la arena, en la estupenda playa de Skaa Eresos.

Bares y restaurantes sobre la arena, en la estupenda playa de Skala Eresos.

Ser lesbiana, hasta hace no tanto, no significaba más que ser originaria de la isla griega de Lesbos, también llamada Mitilene. Sin embargo, ahora ese gentilicio ha pasado a ser simplemente un sustantivo más que un adjetivo para denominar a las mujeres homosexuales. El motivo es bien sabido: responde a las agrupaciones culturales y religiosas femeninas que hace miles de años convocaba la gran poetisa Safo, natural de la isla y autora de poemas de amor entre mujeres, aunque eso no está tan claro.

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Uno de los restaurantes sobre la playa.

Uno de los restaurantes sobre la playa.

Safo de Lesbos, o de Mitilene, era considerada ya en la Antigüedad como una de las grandes autoras. Sócrates llegó a llamarla ‘la décima musa’ y sus poemas, siempre centrados en el amor, están situados entre los mejores de ese periodo, a pesar de que sólo nos han llegado fragmentos o referencias de otros autores. Esta gran mujer nació en Eresos, población de Lesbos que tiene su correspondencia junto al mar en Skala (o puerto de) Eresos,

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Por eso, aquí tiene lugar cada septiembre el Festival de Mujeres, y lesbianas y gays de todo el mundo han hecho de éste una cita anual imprescindible. Pues bien, Safo nació en Eresos, y por eso las lesbianas han hecho de este un lugar de culto. Eso no siempre es del agrado de los naturales de Lesbos, que han pedido en más de una ocasión que deje de llamarse lesbianas a las que tienen por tendencia el amor homosexual.

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Un nescafé frappé (auténtica bebida nacional griega) de vuelta al hotel.

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Para el resto, Skala Eresos es un lugar muy agradable, con una gran playa, numerosos restaurantes y bares levantados sobre palafitos en la arena, y ambiente acogedor. Nada más. Y nada menos. Si no eres lesbiana, tienes casi los mismos alicientes para pasar unos días allí. Nosotros estuvimos disfrutando de unos atardeceres impresionantes, y unas cenas más que suculentas con todo lo que te ofrece una isla griega en septiembre: placidez y comunión con la naturaleza.

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Vista desde nuestra habitación en el hotel Kyma.

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Unas tapas (mezedes) junto a la playa.

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Notamos una afluencia bastante mayor de mujeres, pero ya está. Logramos encontrar los momentos de felicidad que te da todo eso, si te alojas en un hotel agradable, unos buenos desayunos y una habitación con vistas al mar. En realidad, la vida es poco más que eso.

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Santuario en la antigua Messon.

Santuario en la antigua Messon.

Nuestra estancia en Lesbos terminaría al día siguiente con una última noche en la capital, Mitilene, pero antes y de camino quisimos hacer una parada para ver los restos del templo de la Antigua Messon, dedicado a los dioses Zeus, Dionisos y Hera. Comparado con otros yacimientos en Grecia, el lugar no es de los más destacados, pero es muy interesante y además suele estar muy poco concurrido. Entre las ruinas de lo que fue un gran centro de culto se aprecian también los vestigios de una basílica paleocristiana que se construyó aprovechando sus piedras.

La intención era además acercarnos a ver lo que queda de un impresionante acueducto romano, pero la carretera se complicó y el tiempo se nos echaba encima, así que quedó, quién sabe, para otra ocasión.

 

Dos excursiones desde Molyvos: Petra y Skala Sikaminia

Ulyfox | 17 de marzo de 2021 a las 19:57

La iglesia Panagia Glykofillousa, sobre su roca en Petra.

La iglesia Panagia Glykofillousa, sobre su roca en Petra.

Molyvos (también llamada Mithimna), en la costa norte de Lesbos, encierra en sí misma numerosas bellezas, pero si se hace, como nosotros, una estancia de cuatro días permite algunas excursiones a interesantes sitios cercanos. El más cercano es Petra (nada que ver con su misteriosa homónima en Jordania), a sólo unos cinco kilómetros hacia el sur. El lugar es un pueblo agradable, con una buena playa, y muy visitado por grupos turísticos, dada la cercanía al gran polo atractivo de Mólyvos.

Una calle en el centro de Petra.

Una calle en el centro de Petra.

Abundan los excursionistas de un día, que acuden a comprar la artesanía que elabora la Agrupación de Mujeres locales, a bañarse y, sobre todo, a visitar la iglesia de la Panagia Glikofillousa (Nuestra Señora del Dulce Beso), sobre su espectacular emplazamiento: una enorme roca (petra, en griego) que se alza en el centro del pueblo y que da precisamente su nombre a la localidad.

Vista desde las alturas de la Panagia Glykofillousa.

Vista desde las alturas de la Panagia Glykofillousa.

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El patio ante la iglesia.

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Vista desde la iglesia hacia el interior de la isla.

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Penélope, en el balcón sobre la roca.

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El interior la iglesia, con el iconostasio.

La iglesia es imponente vista desde abajo, encaramada al peñasco y para visitarla hay que subir 112 escalones labrados en la roca. Su silueta, una muestra más del gusto de los griegos por colocar santuarios en lugares difíciles y elevados, destaca a lo lejos por encima de todas las casas. Desde arriba, y en un balcón de hierro forjado ante la entrada, se tiene una hermosa vista del pueblo y de toda la costa. En el interior, es de una claridad deslumbrante, y cuenta con una hermosa colección de iconos. Recibe numerosos peregrinos.

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Vistas del interior y exterior de la Mansión Vareltzidaina.

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Alrededor del santuario se agrupan las casas del pueblo, con sus tejados rojos, y algunas casas señoriales de antiguos magnates, como la llamada Mansión Vareltzidaina, bonito ejemplo de construcción tradicional, de finales del siglo XVIII, y que combina elementos arquitectónicos clásicos y otomanos. Dentro, tiene una preciosa decoración de frescos en paredes y techos. Actualmente está convertida en museo, y muestra la historia de la familia que la habitó y la vida en aquellos tiempos.

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La preciosa iglesita de Ayiou Nikolaou, perparada para la ceremonia infantil.

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Algunos de los frescos de Ayiou Nikolaou.

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Antes de visitar la Panagia Glykofillousa pasamos por delante de una pequeña y sencilla capilla de piedra, la dedicada a San Nicolás (Ayiou Nikolaou). La iglesita estaba engalanada para una ceremonia religiosa infantil, no sé si un bautizo o algo equivalente a una primera comunión, con figuras y banderolas. En el interior, destacaban en la oscuridad las paredes llenas de frescos bizantinos, algo siempre emocionante en estos pequeños templos.

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Dos vistas del minúsculo puerto Skala Sikaminia.

Dos vistas del minúsculo puerto Skala Sikaminia.

La capilla del puerto.

La capilla del puerto.

Un café griego para empezar la mañana.

Un café griego para empezar la mañana.

Otra posible excursión, un poco más lejos, aunque no se tarda más de media hora en coche es al precioso y minúsculo Skala Sikaminia, que no es más que el puerto (skala) de Sikaminia, la población principla, situada dos kilómetros más al interior y más alta. Skala no es más que una treintena de casas y casi el mismo número de pequeñas embarcaciones en su muelle coronado por una blanca capilla.

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Camino de la playa de Skala, Kayia.

Camino de la playa de Skala, Kayia.

Tiene hacia el este una playa de guijarros grandes bañada por unas aguas bastante frías, y el mejor plan es caminar hacia ella, refrescarse de verdad y volver al pueblecito a comer las excelentes sardinas de la isla, en una taberna junto a las barcas de pesca, rodeados de gatos pedigüeños e insistentes.

El coro de gatos esperando que les caiga algo.

El coro de gatos esperando que les caiga algo.

Las suculentas sardinas de Lesbos.

Las suculentas sardinas de Lesbos.

A la vuelta, tomamos la carretera de la costa, desde la que se divisaba todo el tiempo el continente turco, ahí tan cerca. En un mirador, nos paramos a admirar la vista. Allí llevaba horas apostada una joven con unos grandes prismáticos. Pensamos que pertenecía a alguna asociación de observadores de aves, pero ni mucho menos. Resultó ser española, y pertenecía a una ONG que vigilaba el incesante tráfico de embarcaciones con migrantes. “Son decenas todos los días” nos contó, y que su misión era contar su número y avisar a los buques de auxilio para que acudieran a rescatarlos. No era una turista precisamente, y su trabajo debía de ser arduo. Pocos días después pudimos constatar directamente el drama, cuando pasamos ante el atestado y desgraciadamente conocido campamento de refugiados en Moria.

Sikaminia, en lo alto de la costa.

Sikaminia, en lo alto de la costa.

Skala, vista desde Sikaminia.

Skala, vista desde Sikaminia.

Una embarcación, patrullando la costa griega de Skala.

Una embarcación, patrullando la costa griega de Skala.

En ambas excursiones, fue agradable después volver al Aphrodite Hotel para disfrutar de sus tumbonas e incluso de su playa privada, y terminar las jornadas cenando en su bastante buena taberna junto al mar.

¡Ayvalik, Ayvalik!

Ulyfox | 7 de marzo de 2021 a las 20:38

Penélope, ante una casa griega en Ayvalik.

Penélope, ante una casa griega en Ayvalik.

¡Ayvalik, ay Ayvalik! fue durante décadas el lamento de muchos griegos forzados a abandonar su hogar en esta ciudad de la costa turca. Y desde entonces todavía miles cantan el dolor por el éxodo forzado de este lugar famoso por su aceite de oliva. De aquella localidad predominantemente griega incrustada en el imperio otomano quedan aún cientos de casas de inequívoco sabor y aspecto helénico, algunas iglesias reconvertidas en mezquitas y la nostalgia que nunca se fue, en forma de abundante ruina y abandono. Siempre que pienso en Ayvalik me viene a la mente una canción, del gran cantante cretense Nikos Xilouris: ‘Jilia miria kymata makriá t’Aivali’ (Mil millones de olas lejos de Ayvalik), que cuenta, como tantas, ese desarraigo, lo que en esa hermosa lengua llaman xenitiá, es decir el exilio de todo un pueblo expulsado.

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Escenas callejeras en Ayvalik.

Escenas callejeras en Ayvalik.

Es curioso, y un resultado hermoso de toda esta tragedia, que el intercambio de poblaciones diera a luz a uno de los géneros más profundos de la música griega, el zeimbekiko, un tipo de canción que da lugar a los bailes más sentidos y personales de toda esa tradición del Este mediterráneo. Y multitud de letras y músicas….

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Puesto de frutas en Ayvalik.

El caso es que estábamos en Ayvalik, otra vez y 20 años después. Volvíamos de Cunda en taxi y la ciudad nos recibió con un bullicio enorme, desacostumbrado e inesperado. Preguntamos al taxista. “¡Es día de mercado!” nos dijo abriendo los brazos. Miles de personas llenaban las aceras y todos los rincones, el tráfico era infernal. El coche nos dejó cerca del hotel, y aun así, sufrimos para llegar hasta él andando. Los vehículos inundaban las calzadas, las aceras y hasta los callejones sin tráfico, en una especie de aparcamiento amontonado. Se oía turco, pero también el idioma griego, de gente que sin duda había venido de la isla vecina de Lesbos para hacer compras. Sea como fuere, llegamos al Orchis Hotel.

En el antiguo puerto de Ayvalik.

En el antiguo puerto de Ayvalik.

El alojamiento no estaba mal, pero de Ayvalik siempre tendremos la nostalgia de la pensión Taksiyarhis de aquella lejana y primera estancia nuestra, de descalzarnos los pies al entrar, de sus sucu-lentos desayunos, de sus múltiples terrazas donde leer al amanecer o al atardecer, de sus despertares con el canto del muecín. La pensión sigue existiendo, y pasamos por delante. En la puerta estaba la misma dueña, pero no sé por qué no nos dio por saludarla y recordarle que estuvimos allí hacía tantos años…

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Varias vistas de la iglesia Taksiyarhis.

Varias vistas de la iglesia Taksiyarhis.

A su lado está precisamente la preciosa iglesia Taksiyarhis, que en aquellos lejanos tiempos era una auténtica ruina, y ahora está reluciente. El templo está sobre una plataforma y domina el barrio, mayoritariamente de arquitectura griega y con unas cuestas terribles, con su presencia bizantina. A su alrededor, casas coloreadas y balconadas con colores pastel, las que no están en ruinas. Nos gusta deambular por estas calles que muestran la historia y vida de algunas ciudades.

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La ciudad bullía, pero a nuestro paso parecía que iban cerrando los comercios abiertos por el mercado semanal. Nos sentamos a comer carne a la parrilla en diferentes formas de kebab, y a nuestro lado se sentaron unos españoles. Oimos a algunos más a lo largo del día, lo cual en sí mismo ya fue una diferencia enorme con nuestra primera visita.

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Comida de parrilla.

Comida de parrilla.

Terminamos tan tarde que no tuvimos tiempo más que de echar una siestecita en el hotel y luego salir a dar un corto paseo hacia una agencia de viajes en la que comprar el billete para la vuelta, muy temprano al día siguiente, a Grecia y la isla de Lesbos, sin sospechar siquiera la desagradable sorpresa que nos esperaba para entonces…

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Sí. Nos dijimos: levantémonos temprano para no tener problemas. No pensábamos que los fuéramos a tener, puesto que en el viaje que nos trajo desde Grecia veníamos casi solos en el barco. Pero lo que encontramos al llegar al puerto fue una cola larguísima delante de la terminal, lo que nos empezó a inquietar. Nos pusimos a la cola, pero la inquietud no desaparecía sino que aumentaba al ver como mucha gente se salía de ella y se ponía en otra en la acera de enfrente, ante una agencia de viajes. Me dio por pensar que, evidentemente, había que validar los billetes y obtener las tarjetas de embarque en ésta, y efectivamente era así. Dejé a Penélope en una fila y me fui a la otra, mientras se acercaba irremediablemente la hora de partida del barco. Los nervios ante la posibilidad de perder el transporte aumentaban, pero me tranquilizaron, relativamente, en la agencia al decirme que el barco esperaría.

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El incómodo viaje de vuelta...

El incómodo viaje de vuelta…

Así fue, la cola avanzó lentamente y, más de media hora más tarde de la hora fijada, el ferry, por fin, se puso en marcha. Ahí comprobamos de verdad lo que significa la expresión ‘a reventar’. No había sitio ni para estar de pie. Conseguimos ‘acomodarnos” (¡ja!) en un rincón de la cubierta exterior, junto a una barandilla, con espacio incluso para tender una toalla. Allí que se dispuso Penélope, como una inmigrante cualquiera, y yo diría que incluso llegó a echar alguna cabezada durante el lento y ventoso trayecto de vuelta a Grecia.

...y el comodísimo viaje de ida.

…y el comodísimo viaje de ida.

Fue incómodo pero no duradero. Casi más tiempo tardamos luego, a la llegada al puerto de Mitilene, capital de Lesbos. Allí tuvimos que soportar otra cola, y otra aglomeración durante la espera en el control de pasaportes. Una frontera complicada la existente entre Turquía y Grecia, y más si como ese día, te coincide con una vuelta de fin de semana… Después de otra hora, por fin pudimos salir de la estación marítima y encontrarnos con el empleado de la agencia de alquiler de coches en la que habíamos reservado un vehículo para recorrer la isla griega. Nuestro destino inmediato era Molyvos, del que ya hemos hablado… para continuar nuestro extraordinario viaje por Grecia

 

 

El salto a Turquía: la isla de Cunda

Ulyfox | 2 de marzo de 2021 a las 21:22

Una calle de la única población de la isla de Cunda.

Una calle de la única población de la isla de Cunda.

 

Turquía está tan cerca de muchas islas griegas que, estando en Lesbos en 2019, decidimos dar el salto desde Mitilene, su capital. Teníamos tiempo, era el viaje de mi jubilación y Penélope se había tomado seis meses sin sueldo. Ese megaviaje era para dedicarlo entero a Grecia, y desde el principio teníamos pensado que si los pasos nos llevaban al Dodecaneso o a las islas del Egeo norte, nos acercaríamos a la costa turca. Y allí estábamos, a sólo una hora en barco… y ¿quién se resiste?

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Vistas del hotel Yunda Antik.

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Así que esa mañana de agosto dejamos el equipaje pesado en el hotel de Mitilene y con una mochila y una bolsa estábamos temprano en el puerto, dispuestos a embarcar en el ferry para Ayvalik, la tan cantada en canciones nostálgicas griegas. De allí como de tantas ciudades de la costa jónica y de Estambul fueron expulsadas hace 100 años miles de familias helenas, después de la sangrienta guerra greco-turca, que duró de 1919 a 1922. El conflicto, cuya resolución con la derrota se conoce en Grecia como la Gran Catástrofe, vivió matanzas por las dos partes y dejó huellas de rencor que todavía perduran, y arrasó con la presencia de los griegos en la costa este de Turquía, una presencia que se remontaba a 2.500 años y que aún es visible hoy en incontables yacimientos, de los que Efeso y Pérgamo son los más destacados, y en la arquitectura neoclásica de muchas ciudades de la zona.

Edificio de Cunda.

Edificio de Cunda.

Ayvalik es una de ellas. Su nombre proviene del turco ayva, que significa membrillo, y parece que la abundancia de esta fruta le dio la denominación. Habíamos estado allí una vez anterior, 19 años antes, y también habíamos arribado desde Mitilene. Pensábamos ahora hacer lo mismo que entonces, tomar un barco para ir a la isla de Cunda (pronúnciese Yunda), también llamada Alibey. Pero todo cambia en casi 20 años, y lo primero fue el puerto: ahora era flamante y estaba muy lejos del centro de la ciudad. Otra cosa: de allí no salían barcos para Cunda. Bueno, afortunadamente entre los cambios también figura el nuevo puente que une la isla, en realidad a sólo unos cientos de metros, con la costa de Asia Menor. Negociamos con un taxi el precio, y hacia ella nos dirigimos.

Otros ángulos del hotel Yunda Antik.

Otros ángulos del hotel Yunda Antik.

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Habíamos reservado dos noches en un hotel de nombre muy largo: YundAntik Cunda Konaklari, pero ni aun así el taxista lograba encontrarlo. Tuvimos que parar en una urbanización a preguntar a los vecinos, que salían con cara de no saber nada… y extrañados de ver por allí a una pareja de españoles preguntando… Bueno, al final dimos con él después de que el taxista llamara por teléfono al número que teníamos apuntado.

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Un alto refrescante.

Y resultó un hotel precioso, todo en piedra como la arquitectura tradicional de la isla, con un patio luminoso para los desayunos y unas habitaciones modernas con todos los adelantos. A la turca, nos recibieron con refrescos y pastelillos y poco después tomamos posesión de nuestro cuarto, para echarnos a la calle en seguida, unas calles empedradas con grandes cantos y flanqueadas por edificios de arquitectura inequívocamente griega.

Hoteles en las antiguas casas griegas.

Hoteles en las antiguas casas griegas.

Calle empedrada de Cunda.

Calle empedrada de Cunda.

El hotel estaba en el centro antiguo. En la parte más cercana al puerto el ambiente era cosmopolita y turístico. Toda esa zona está llena de restaurantes, confiterías (la gran pasión turca) y heladerías. Algunas familias turcas paseaban junto al mar o disfrutaban de las terrazas, y la presencia del alcohol en las mesas era ciertamente insignificante.

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De todas formas, la mayoría de las terrazas estaban vacías, y muchos restaurantes cerrados, intuimos que a la espera de la caída de la tarde y del calor. El pueblo, una cuadrícula de casas antiguas y palaciegas, asciende desde el mar hasta una colina que rematan un molino de viento y una iglesia ortodoxa, Ayios Yiannis, o sea San Juan.

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Detalles griegos en una isla turca.

Detalles griegos en una isla turca.

Las fachadas alternan los estilos griego y turco, y presentan un estado de conservación irregular, pero todos hablan de un tiempo pasado más esplendoroso, con puertas con arcos y preciosos balcones en voladizo, todo en colores pastel. La vez anterior que estuvimos, hace tanto tiempo, el estado del pueblo era más ruinoso, y su aspecto era muchísimo más abandonado y solitario. Sólo el puerto estaba animado, aunque ni mucho menos como ahora. Ahora muchas casas se han convertido en alojamientos tradicionales, y muchos bajos en diferentes tipos de tiendas.

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La Tarihe Kilesi, restaurada.

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Interior de la iglesia, restaurada y convertida en museo.

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Cunda era hasta 1923 una isla poblada mayoritariamente por griegos, que la llamaban Moshonisi o Ekatonisa, pero el resultado de la guerra fue la expulsión de todos, que se fueron a Lesbos, y su repoblación por turcos expulsados a su vez de esa cercana isla. Las iglesias fueron convertidas en mezquitas. La más grande, la llamada Tarihi Kilise, ha sido recientemente restaurada y bajo sus bonitas bóvedas se ha instalado un museo histórico y de costumbres.

PLasando ante una confitería en Cunda.

PLasando ante una confitería en Cunda.

Tomamos una cerveza con una ensalada y queso en una sombreada terracita y nos fuimos a repararnos del madrugón con una pequeña siesta en el hotel, después de la cual tomamos de nuevo las calles empedradas, ahora dando muchos rodeos y subiendo hasta la iglesia en la colina, admirando a cada paso las mansiones mejor o peor conservadas. Había mucha más gente, que se convirtió en multitud en los alrededores de los muelles. Las luces y la música daban un aire alegre y acogedor a Cunda. Las terrazas bullían y los olores flotaban entre nosotros.

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Ambiente nocturno en Cunda.

Ambiente nocturno en Cunda.

Nosotros escogimos el restaurante Ayna de aire moderno y de gran calidad. Comimos bien, y dimos por concluido nuestro primer día en Cunda.

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El siguiente queríamos ir a una playa, pero Cunda no tiene ninguna que se pueda llamar así si atendemos a los cánones habituales. Encontramos algo parecido al norte de la isla, a donde nos llevó un taxi. Un lugar muy particular, con una arena que no lo parecía y un agua en la que nunca te hundías y en la que era imposible refrescarse. Pero tenía un servicio muy particular: una especie de chozas en la orilla te permitían sentirse como un sultán bajo la sombra de unas palmas, o bien tomar una cerveza en unas sillas sumergidas a medias en el agua.

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En la 'playa'.

En la ‘playa’.

Allí pasamos el día, reclinados y pidiendo periódicamente bebida y aperitivos a unos dispuestos camareros, todo por un precio más que asequible. Es difícil que un turco imagine la vida sin un sofá, así que seguimos la regla y nos entretuvimos la jornada del agua a la choza y de la choza al agua. Ensaladas y gozleme (una especie de crepes finos y rellenos) nos sirvieron de compañía. El mismo taxista vino a buscarnos a la hora concertada.

Nuestra comida, gozleme y ensalada sobre el mar.

Nuestra comida, gozleme y ensalada sobre el mar.

La noche vivió otra explosión de gente que había venido de la cercana Ayvalik a cenar a la isla. Esta vez, nos sentamos en uno de los grandes establecimientos de los muelles, grandes superficies con cubierta y mesas grandes donde degustar fundamentalmente pescado y los numderosos metzes (aparitivos) que componen la rica gastronomía turca. Tras eso, nosotros nos despedimos con la idea de pasar el día siguiente en esa Ayvalik, de la que guardábamos estupendos recuerdos…

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Esa risa en el puerto de Mikonos

Ulyfox | 4 de febrero de 2021 a las 18:09

Penélope en las alturas de Mikonos.

Penélope en las alturas de Mikonos.

Seguramente no exagero si digo que hemos paseado cientos de veces por el viejo puerto de Mikonos, apenas un par de espigones en el que ya sólo atracan los barquitos que hacen la excursión a la sagrada isla de Delos, los pesqueros y los botes que trasladan a los pasajeros de los grandes cruceros. Estos, y los ferris de todo tipo amarran desde hace pocos años en la terminal nueva, mucho más lejos del centro. El puerto viejo, al que no le falta una playita, es uno de los lugares de concentración de los turistas que visitan a millares la preciosa isla, sobre todo por la tarde y noche, pasado ya el horario habitual de playas, aunque aquí el horario playero se extiende las 24 horas del día, de manera casi siempre demasiado estruendosa.

Barcas en el puerto.

Barcas en el puerto.

El paseo en el puerto de Mikonos, inusualmente solitario.

El paseo en el puerto de Mikonos, inusualmente solitario.

Pues esa era una noche de finales de septiembre, y volvíamos de cenar por el paseo frente a la playa, extrañamente solitario por culpa del covid. De pronto, Penélope oyó algo y se paró en seco. Me miró y me dijo: “¡Ayy… esa risa, esa risa… ¿a qué te suena esa risa, a quién te recuerda?”. Era un “¡aahh,jajajaja!” jovial y continuado, y sólo podía ser de… ¡Síííí! Nos volvimos y allí estaba, charlando con un cliente y riendo, que en él es lo mismo, nuestro Vasilis. Vasilis, el guapo camarero y gerente durante años del restaurante Nautilus, en pleno corazón de Hora, como también se conoce a la capital de Mikonos.

El gran Vasilis, ahora sin melena, ante su restaurante en el puerto de Mikonos.

El gran Vasilis, ahora sin melena, ante su restaurante en el puerto de Mikonos.

Hace cinco años, el Nautilus cambió de ubicación y en ese trasiego Vasilis, con su incomparable risa, su melena, sus copiosas invitaciones a mastiha y sus músculos bajo la camiseta ajustada, desapareció de nuestras noches mikonianas. Y cada año lo echábamos de menos. Preguntamos la primera vez a su antigua socia en el nuevo local, pero no nos dio indicaciones muy precisas. De modo que lo perdimos, y creíamos que para siempre.

Vasili, con su melena y ante el Nautilus, hace siete años.

Vasili, con su melena y ante el Nautilus, hace siete años.

Pero no, Mikonos, con todo su glamour, no deja de ser un pueblo pequeño y, por el sonido de su risa inconfundible esta vez, lo reencontramos. Así que nos volvimos y allí estaba. Era el mismo, sólo que su melena había desaparecido en este tránsito. Nos acercamos y nos reconoció en seguida, y la explosión de alegría y risas fue al nivel esperado de su bien ganada fama… y amistad, diría. Entre abrazos ligeros y más risas, nos puso al día brevemente de sus últimos años, nos mostró su franca alegría por el reencuentro, y como es natural, quedamos para venir otra noche a cenar en su nuevo restaurante, instalado frente a la playa y en una zona de mucho paso: el Pelican.

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Calles solitarias en un Mikonos extraño.

Calles solitarias en un Mikonos extraño.

Y volvimos a los dos días, y volvió la excelente cocina, el trato gentil, la risa estentórea “aaahjajajaja”. Y volvió el postre de regalo y el chupito, que esta vez no era de mastija pero prometió que la próxima vez lo sería, por supuesto. En algunas noches de otros años  habíamos llegado a beber de esta manera bastantes más chupitos de los recomendables. Esta vez la cosa fue moderada en una terraza repleta.

Cerca de la Pequeña Venecia, y de noche, había un poco más de animación.

Cerca de la Pequeña Venecia, y de noche, había un poco más de animación, pero nada comparable al gentío habitual.

Recuperamos así una de nuestras citas gastronómicas anuales en la preciosa isla, que en los últimos años se habían reducido a la tradicional noche en la ‘psarotaverna’ (taberna especializada en pescado) Kounelas, otro de nuestros santuarios y refugios. Esa noche del feliz reencuentro veníamos precisamente de cenar allí. Kounelas es una taberna excelente, y con uno de los comedores más divertidos de las islas. Se trata de un patio de dimensiones reducidísimas en el que se amontonan muchas más mesas de las verosímiles, lo que hace necesario dejar constantemente paso a los que se sientan o se van de los lugares a tu lado y propicia unas conversaciones jugosas, puesto que todo el mundo allí parece ser muy comunicativo.

Con Manolito, hace dos años.

Con Manolito, hace dos años.

Entre 'Manolito' y Yiannis en 2013.

Entre ‘Manolito’ y Yiannis en 2013, junto al patio del Kounelas.

 

El público, de procedencias lejanísimas entre sí, siempre tiene muchas historias que contar y la cercanía y el ambiente festivo propician el intercambio de ellas. Hemos pasado grandes noches allí, al calor de la conversación, el pescado a la parrilla, la ensalada de erizos, la taramosalata y el vino blanco de la casa. En esta ocasión, las medidas anticovid obligaban a una mayor distancia, aparte de que la afluencia era menor. Pero volvió a producirse la cálida acogida de Yiannis, que siempre nos saluda y recibe con una graciosa mezcla de italiano y español. En todos estos años, el personal ha cambiado casi en su totalidad, pero Yiannis se mantiene al frente de Kounelas. Con alguno de los camareros entablamos un cierto conocimiento, pero sigue la amistad con uno de ellos, un albanés que ahora trabaja allí sólo por las mañanas, limpiando pescado, que nos permite llamarle ‘Manolito’ y que procuramos ver todos los años donde sea.

 

El atardecer desde nuestra habitación 27 en el Damianos Hotel.

El atardecer desde nuestra habitación 27 en el Damianos Hotel.

La misma vista, por la mañana, con la terraza donde se da el desayuno.

La misma vista, por la mañana, con la terraza donde se da el desayuno.

Pero, sin duda, nuestra ‘familia’ en Mikonos es la que regenta como propietarios el entrañable Damianos Hotel, en la zona alta del pueblo llamada Drosopésoula. Damianos es el nombre del marido de Eleni, que es la verdadera alma del establecimiento, labor en la que poco a poco la está relevando su hijo, el dispuesto Thanasis al que hemos visto crecer desde menudo casi adolescente hasta el robusto hombre de ahora. Uno u otro son los encargados de ir a recogernos siempre a nuestra llegada a la isla, bien en el puerto bien en el aeropuerto. Al principio con un coche más o menos precario, luego con una furgoneta roja que se iba destartalando y últimamente con una especie de minibus moderno, pero siempre con la misma afabilidad y cariño a unos clientes fieles de más de quince años.

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Diferentes vistas de nuestra 'casa' en Mikonos, el Damianos Hotel.

Diferentes vistas de nuestra ‘casa’ en Mikonos, el Damianos Hotel.

Con la misma fidelidad por su parte se vienen los abrazos y los besos, y es imposible que nos dejen pagar las consumiciones que hacemos en el hotel. A la hora de la marcha, se empeñan en que paguemos lo mismo que el año anterior, y así llevamos un montón. Tanto que cada cierto tiempo, nos subimos nosotros mismos el precio cuando respondemos a esa pregunta.

El Damianos, de noche.

El Damianos, de noche.

La piscina que nunca usamos, pero que merece la pena.

La piscina que nunca usamos, pero que merece la pena.

Recordamos a Eleni aquella primera vez, en el puerto de Mikonos, a la caza de posibles clientes desplegando una carpeta que era un álbum con fotografías de su hotel, cuando eso era una práctica habitual en el sector turístico de Mikonos y todas las islas. La gran afluencia de turistas y las reservas por internet han hecho desaparecer ese sistema por innecesario, pero lo que sí permanece es que los vehículos de los establecimientos siguen acudiendo a recoger a sus huéspedes de manera gratuita. En el hotel, las empleadas nos reciben también con abrazos y parabienes… una delicia.

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Distintas formas de descansar en la playa de Paranga.

Distintas formas de descansar en la playa de Paranga.

Con Petros, el encargado de las hamacas, en Paranga.

Con Petros, el encargado de las hamacas, en Paranga.

En nuestra playa favorita, la de Paranga, el encargado de alquilar las hamacas se llama Petros y este principio de otoño nos recibió con su sonrisa discreta de siempre, pero con una matización: “Ya me estaba preguntando si vendrían este año”.

En las aguas de Paranga.

En las aguas de Paranga.

Con las delicias de la taberna Tasos.

Con las delicias de la taberna Tasos.

Pues aquí estábamos otra vez, disfrutando de las atenciones de Petros, de las aguas más frescas y limpias, y comimos como siempre en la taberna Tasos, sobre la arena, sus irrepetibles mejillones al vino, y su sabrosa taramosalata. Y repetimos al día siguiente, con unas sardinas de esas mediterráneas y pequeñitas, para aprovechar el estupendo tiempo con el que Mikonos nos acogió este año para despedir, como siempre, nuestras vacaciones griegas. ¿Cómo no volver, una y otra vez?

Paseando por un belllísimo y vacío Mikonos.

Paseando por un belllísimo y vacío Mikonos.

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La desgracia del covid nos permitió, sin embargo, ver (y nunca mejor dicho) Mikonos como aquellas lejanas y primeras veces, sin multitudes. Calles solitarias y vendedores ociosos eran el panorama, triste por momentos pero tremendamente propicio para contemplar las bellezas innegables de uno de los pueblos más bonitos del mundo.

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La iglesia Panagia Paraportiani, extrañamente sola.

La iglesia Panagia Paraportiani, extrañamente sola.

Qué fácil fue hacerse una foto ante la Paraportiani.

Qué fácil fue hacerse una foto ante la Paraportiani.

Este año desaparecieron los pasos apretujados por las calles traseras de la singular iglesia Paraportiani, y ante ella no había que pelear un hueco para hacerse la foto; en la maravillosa y normalmente atestada Pequeña Venecia (Mikrí Venetía) era sencillo encontrar mesa para contemplar el atardecer.

Construcciones en la Pequeña Venecia.

Construcciones en la Pequeña Venecia.

Pocos placeres como un dry martini al atardecer en la Pequeña Venecia.

Pocos placeres como un dry martini al atardecer en la Pequeña Venecia.

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Alrededor del molino de Boni, que domina el pueblo, no había un enjambre de turistas, sino la extraña estampa de una familia griega sentada en su exterior. Uno de sus miembros, un hombre mayor, no pudo aguantarse y lanzó un grito indignado a una pareja de turistas que se había subido al tejado de una capilla cercana para hacer la típica foto ‘original': “Bastardos, ¿qué tenéis en la cabeza? (tí ejis sti kefali?) ¿cómo se os ocurre subiros encima de una iglesia (pano stin eklissía)?”, según lo que pude entender con mi precario griego.

Sólo una famiia griega en el molino de Boni.

Sólo una familia griega en el molino de Boni.

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Mil detalles en el Mikonos nocturno.

Mil detalles en el Mikonos nocturno.

Este año, por primera vez, decidimos volver al continente pasando por el puerto de Rafina, a unos 20 kilómetros del aeropuerto de Atenas. Nos apetecía cambiar la ruta.  Pasamos una agradable última velada de vacaciones con cena en una desierta taberna de un desértico puerto que seguramente estará atestado en un año normal.

El puerto de Rafina, la última noche de nuestras vacaciones.

El puerto de Rafina, la última noche de nuestras vacaciones.

Por una ruta o por otra, nunca dejaremos de volver a Mikonos.

Heel, la tienda favorita de Penélope en Mikonos.

Heel, la tienda favorita de Penélope en Mikonos.

Vista general de Mikonos.

Vista general de Mikonos.

Otra vista de la capital, Hora.

Otra vista de la capital, Hora.

Líneas y sombras de una construcción en Mikonos.

Líneas y sombras de una construcción en Mikonos.

Un alto en el camino a pie hacia la playa de Paranga.

Un alto en el camino a pie hacia la playa de Paranga.

Deliciosa sombra floral.

Deliciosa sombra floral.

En el puerto de Mikonos o Hora.

En el puerto de Mikonos o Hora.

Mejillones en Paranga, exquisitos.

Mejillones en Paranga, exquisitos.

¿Siros es de verdad una Cíclada?

Ulyfox | 19 de enero de 2021 a las 18:59

 

La catedral ortodoxa de San Nicolás y el barrio de Vaporia en Ermoúpoli, desde las plataformas de baño.

La catedral ortodoxa de San Nicolás y el barrio de Vaporia en Ermoúpoli, desde las plataformas de baño.

 

Nadie lo diría. A nosotros por lo menos nos habría pasado que, si nos sueltan de pronto en Ermoúpoli, la señorial capital de Siros, con los ojos vendados y sin saber cómo se llega, nunca habríamos dicho que es una isla que está en el centro de las Cícladas. Sus sonidos y sus olores habrían delatado inmediatamente su carácter griego, pero por la apariencia tal vez la habríamos situado en otras latitudes, más hacia el Jónico e incluso en el continente. En esa hermosa, bien pavimentada y bien organizada ciudad no se ven fachadas cúbicas y encaladas, ni abundan las cúpulas azules, ni sus suelos tienen las uniones entre las irregulares baldosas pintadas de blanco, ni sus puertas y ventanas lucen colores netos azules y rojos.

Vista general de Ermoúpoli desde el mar.

Vista general de Ermoúpoli desde el mar.

A la llegada en ferry a Ermoúpoli (que vendría a significar ‘ciudad de Hermes’) se ven dos altas y empinadas colinas, repletas de casas y culminadas en iglesias, pero llama la atención la presencia de unos importantes astilleros junto a los muelles donde atracan los barcos de línea, así como la apariencia neoclásica de los edificios junto a los muelles. Por momentos, me recordó al frente marítimo de Mitilene, la capital de Lesbos, a un tiro de piedra de la costa turca.

Barcos en el paseo marítimo de Ermoúpoli.

Barcos en el paseo marítimo de Ermoúpoli.

La impresión oriental persiste al desembarcar y pasar con las maletas bajo las numerosas marquesinas de bares y tiendas. Poco después, es el asombro. Junto al puerto, unas calles rectas, con calzadas firmes y aceras bien dibujadas: en la mayoría de las ciudades griegas, el estado de las aceras delante de las casas parece depender de cada vecino, y solamente en los últimos tiempos ha pasado a ser una responsabilidad y un planteamiento municipal.

La plaza (plateía) Miaouli, centro de la vida social, con su imponente Ayuntamiento.

La plaza (plateía) Miaouli, centro de la vida social, con su imponente Ayuntamiento.

En la parte baja y llana de la ciudad, ganada al mar a finales del siglo XIX, una calle que sale del puerto desemboca en la impresionante plaza Miaouli, y uno parece haber cambiado de mundo hasta aterrizar en Europa continental. Pavimentada en mármol, la preside el llamativo y monumental ayuntamiento de estilo neoclásico, al que se accede por una solemne escalinata de piedra, y está rodeada por arcadas y edificios del mismo porte. Es el centro de la vida social de la urbe y en las noches de verano bulle de gente de todas las edades, con las familias que pasean, los niños que corretean y los jóvenes que se sientan en los escalones municipales.

Una placita con restaurantes, vacía a mediodía.

Una placita con restaurantes, vacía a mediodía.

Ermoúpolis no es normal en este archipiélago cicládico: tiene varios centros culturales importantes, un gran teatro con programación continua, un festival internacional de cine de animación, varios cines, y una llamativa vida social. Sus tiendas evidencian una clientela de alto poder adquisitivo.

Centro de la capital, con el Teatro al fondo.

Centro de la capital, con el Teatro al fondo.

Todo esto tiene una causa histórica. Como otra particularidad, hasta hace poco su población era de mayoría católica, una rareza en el predominio ortodoxo en todo el país y que venía de anteriores dominaciones italianas y francesas. De hecho a los católicos griegos se les conoce con el apelativo de ‘francos’. Pero a finales del XIX se produjo la venida de un gran número de griegos provenientes de Turquía, de donde fueron expulsados o de donde huyeron en uno de los cíclicos conflictos entre los dos países, después de siglos y siglos viviendo allí.

La plaza Miaouli, a mediodia.

La plaza Miaouli, a mediodia.

Los inmigrados eran personas de alto poder adquisitivo y muchos de ellos comerciantes o industriales. Y llegaron a Siros, además de con su religión ortodoxa, con todo su capital y sus ganas. De modo que en poco tiempo hicieron de la isla uno de los centros económicos de Grecia, el más importante desde el punto de vista comercial, marítimo y de construcción naval. Como nos explicó el dueño de nuestro alojamiento en la ciudad, Dimitri, “llegaron con mucho dinero y dijeron queremos un teatro, y lo hicieron, hagamos una aduana, y la hicieron, construyamos un astillero y lo hicieron, una gran catedral, y la hicieron, un casino para nuestra élite…”

La catedral de San Nicolás (Agios Nikolaos).

La catedral de San Nicolás (Agios Nikolaos).

Y en verdad todo es impresionante y desusado en la zona: las grandes y altas mansiones neoclásicas, el resistente pavimento de las calles, la decoración de las fachadas, la esbelta y colorida catedral de San Nicolás (Agios Nikolaos) que rivaliza y supera en apariencia a la Metrópolis de Atenas, el barrio de Vaporia sobre el mar, la elegancia de los escaparates, la variedad de tiendas. Siros sigue siendo la capital administrativa de las Cícladas y a ella acuden para todo tipo de gestiones gentes del archipiélago entero.

Junto a la catedral, de camino al barrio de Vaporia.

Junto a la catedral, de camino al barrio de Vaporia.

Dejamos nuestras maletas en el 5 Hermoupolis Concept Sites (el largo nombre de nuestro hotel). Antes, Tonia, la dispuesta y risueña mujer de Dimitri que subió ella sola el equipaje las tres plantas de escaleras hasta nuestra habitación, desmintiendo su apariencia delgada, nos dio una serie de informaciones sobre la isla y su capital. Y, como era mediodía y hacía calor nos dirigimos a la zona de Vaporia, donde hay una pequeña zona de baño.

Vista del frente marítimo neoclásico de Ermoúpoli.

Vista del frente marítimo neoclásico de Ermoúpoli.

Bajando a la playa de Vaporia.

Bajando a la playa de Vaporia.

Al final, no nos animamos a bañarnos, la zona parecía estar tomada por una peculiar fauna de bañistas, solitarios y estrambóticos, pero disfrutamos de la vista más famosa de Siros, la colorida de las casas neoclásicas sobre el mar culminadas por la vistosa imagen de la catedral de San Nicolás, escenario de un conocido vídeo de la cantante Eleftheria Arvanitaki.

Desde el mar de Vaporia, con el barrio al fondo.

Desde el mar de Vaporia, con el barrio al fondo.

Plataformas para el baño en Vaporia

Plataformas para el baño en Vaporia

Deambulamos un rato por la ciudad despoblada por el calor del mediodía, los comercios y el mismo mercado parecían ir cerrando a nuestro paso; el momento pedía una cerveza fresca. La ribera del muelle está llena de bares y restaurantes como ocurre siempre en Grecia. El rubio elemento nos animó a pensar en comer, puesto que ya era hora.

Terraza de 'Stoa ton Athanaton', atendidos por la 'joven' camarera.

Terraza de ‘Stoa ton Athanaton’, atendidos por la ‘joven’ camarera.

Al paso habíamos visto un sitio peculiar en una esquina cercana al puerto. Unas pocas mesas en una terraza y un pequeñísimo local pintado en azul y blanco, atendido por dos mujeres bastante mayores. Respondía al extraño nombre de ‘Stoa ton Athanaton’, que yo quise traducir como ‘Galería de los Inmortales’, quizá porque la parte superior de su mínima fachada estaba decorada con fotografías de cantantes griegos ciertamente inmortales como Stelios Kazantzidis, Dimitris Mitropanos y otros.

Una de las mujeres nos atendió y nos recitó la lista de platos disponibles, inusualmente larga para las expectativas que despertaba el local. Nos recomendó especialmente la kakaviá (una sopa de pescado suculenta), y nos apetecía mucho, pero no nos parecía la hora apropiada, aunque nos hicimos el propósito de volver una de las cuatro noches que teníamos planeadas en la isla. Al final, no volvimos. Pero no porque nos decepcionara el lugar, ni mucho menos. Pedimos un plato de atherina, unos pescaditos fritos tipo chanquetes, y una buena ración de habichuelas con verdura, riquísima y caserísima.

Vista de Ermoúpoli desde las alturas de Ano Siros.

Vista de Ermoúpoli desde las alturas de Ano Siros.

Exterior y torre de la catedral católica.

Exterior y torre de la catedral católica.

Interior de la catedral católic.

Interior de la catedral católica.

Y ese primer día también quisimos visitar el barrio todavía católico de Ano Siros (algo así como ‘Siros de arriba’), el primer núcleo de la capital, encaramado en una empinada colina y en realidad una población distinta a unos dos kilómetros. Ese sí, ese enclave parecía una isla griega, con callejuelas estrechas, intrincadas y laberínticas, cuestas casi imposibles y fachadas floreadas. Visitamos en primer lugar la catedral católica, que corona la colina y ofrece una vista espléndida de la ciudad y de las islas cercanas: Mikonos, Tinos, Naxos, Paros….

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Por las callejuelas de Ano Siros.

Por las callejuelas de Ano Siros.

Luego echamos a andar, casi a rodar, cuesta abajo, hasta tropezarnos ya anocheciendo con la calle principal, extrañamente llana y que, en tiempos normales debe estar más animada. Al pararnos y vernos dudar, una mujer sentada en una silla ante su casa nos indicó: “Ekí tragoudisa o Vamvakaris” o algo así, que yo inmediatamente me traduje como “Ahí cantaba Vamvakaris”. Se refería a Markos Vamvakaris, hijo ilustre de esta ciudad y otro más de los inmortales músicos griegos, que tiene también un museo en esa calle, y un recodo urbano pomposamente llamado ‘plaza’ dedicado a él.

Terraza de un restaurante en Ano Siros.

Terraza de un restaurante en Ano Siros.

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Las mujeres que nos dieron indicaciones.

Las mujeres que nos dieron indicaciones.

Tras un par de vueltas de inspección, volvimos a preguntarle a la misma mujer por donde se volvía a Ermoúpolis, y nos indicó una calle escalonada que empezaba allí mismo y que no acabó hasta más de media hora de descenso después. La calle típicamente griega, tras cruzar un puente y acercarnos al núcleo bajo, volvió a cambiar de aspecto y a mostrarnos altas y señoriales fachadas con puertas de piedra, amplias ventanas y balcones de rejas forjadas.

Llegando a lo más bajo...

Llegando a lo más bajo…

El sonido de un coro extraordinariamente afinado atrajo nuestra atención y nuestros pasos hacia el lugar de donde provenía: la catedral ortodoxa. La música salía de una puerta entornada, lo cual nos incitó aún más a entrar en un saloncito desierto que, unos pasos después, nos hizo aparecer en la galería superior del templo. Abajo se desarrollaba una función religiosa con la pompa y la solemnidad de los ritos ortodoxos, en el que unos sacerdotes lujosa y brillantemente ataviados de dorados entonaban sus cánticos ante los fieles. Fue un momento mágico, acentuado por la sensación de ser unos intrusos tolerados en una ceremonia ajena.

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En el exterior y el interior de la iglesia ortodoxa.

En el exterior y el interior de la iglesia ortodoxa.

Ya en la parte baja de Ermoúpoli volvimos a asombrarnos de la vida comercial de esta población que, con unos 15.000 habitantes, es la más grande de las Cícladas. Ahora sí, ahora los restaurantes, bien puestos y decorados, tenían sus terrazas llenas, iluminadas y animadas, cubiertas de flores y con aspecto invitador. Pero, frugales como nos hemos vuelto con la edad y como habíamos almorzado bien, nos contentamos con una cerveza y los abundantes aperitivos con que te obsequian por estas latitudes paradisíacas. Y hasta el siguiente día, que iríamos a recorrer la isla…

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Escaparates nocturnos en  Ermoúpoli.

Escaparates nocturnos en Ermoúpoli.

Una última curiosidad de Ermoupoli: está hermanada con El Puerto de Santa María, quién lo iba a sospechar. Siempre según Wikipedia.

Escala necesaria en una Paros íntima

Ulyfox | 15 de enero de 2021 a las 21:24

La calle principal de Parikia, solitaria como nunca. Y hermosa

La calle principal de Parikia, solitaria como nunca. Y hermosa

No sé si lo sabéis, pero Paros es una de nuestras islas favoritas, dentro del inmenso amor que profesamos a las islas griegas. Eso, y lo largo del trayecto entre Santorini y nuestro siguiente destino programado en Siros, nos aconsejó hacer una escala en este lugar, del que ya he hablado muchas veces, he visitado otras muchas más y he aconsejado a numerosos amigos. Así que uno de los buques de la magnífica compañía Blue Star Ferries nos llevó hasta los muelles de la blanca Parikia, por nuestro simple gusto de pasar una noche en la capital.

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Y nos encontramos una Parikia desconocida por lo solitaria que estaba en ese atardecer de mediados de septiembre. Nos recordó a nuestra primera vez, hace ¡26 años! Entonces, Paros era una isla casi desconocida para el turismo mundial, excepción hecha de los franceses, que siempre han tenido una predilección inusual por este lugar rico en mármol, y al llegar a mediodía encontramos un pueblo blanquísimo y desértico que por eso nos defraudó. Sólo horas más tarde comprendimos que todos estaban en la playa, al ver cómo la tarde llenaba las calles.

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La intimidad que ofrecía Parikia no la habíamos conocido antes…

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En esta ocasión, ni siquiera la caída del sol animó el ambiente. Callejones solitarios y rincones vacíos, tiendas sin clientes y restaurantes con sitio de sobra. No nos produjo ningún desaliento porque hacía tiempo que no veíamos tan detallada y tranquilamente la belleza de Parikia, que es como una Mikonos en pequeñito, mucho más auténtica y a la vez más elegante. En los últimos años, el turismo masivo había empezado a tocar Paros, lo que equivale a estropearlo, y esta vuelta forzada a lo natural por las restricciones de la pandemia nos complació por volver a recordar viejos y lejanos tiempos. La minúscula ciudad aparecía íntima y casi exclusiva para nosotros.

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La soledad hacía posibles fotos antes difíciles de realizar.

La soledad hacía posibles fotos antes difíciles de realizar.

No nos dio tiempo más que para un paseo todo lo tranquilo que os podéis imaginar y una cena en una trattoria que nos llamó la atención nada más pasar por delante, frente al mar: Bacco Paros. Donatella y Guido, triestina ella y friuliano él, una simpática y habladora pareja de italianos que conocía muy bien Cádiz y Andalucía, estaba al cargo del negocio y pasamos una estupenda velada entre conversaciones y pasta, rematada por el mejor final: una copita de grappa Nonino, la mejor del mundo probablemente.

Una cosa: con Paros nunca habrá para nosotros un final, porque volveremos siempre y mientras podamos.

Solos esperando el barco para Siros.

Solos esperando el barco para Siros, en una terminal normalmente atestada.

A los pies del acantilado volcánico

Ulyfox | 9 de enero de 2021 a las 20:16

El puertecito de Ammoudi, en su pequeña bahía. Sobre él, las casas de Oia.

El puertecito de Ammoudi, en su pequeña bahía. Sobre él, las casas de Oia.

La lubina era hermosa, llamativa, gruesa de lomos y por tanto imposible que su procedencia fuera de piscifactoría. Su apariencia era tan atractiva que, pese a mis ganas de variar de pescado, tuve que pedirla. Estábamos en la taberna Sunset (extraño nombre en inglés, qué le vamos a hacer, con lo bien que suena en griego ‘Iliovasílema’), pegaditos al mar en un día ventoso pero luminoso, en el puertecito de Ammoudi, con el pueblo de Oía (recordemos que se pronuncia Ía) situado justo encima, a 120 metros y colgado del acantilado volcánico del extremo norte de Santorini.

Una orilla plagada de tabernas.

Una orilla plagada de tabernas.

Era el segundo y último día de los programados para la estancia en la bellísima isla del Egeo, la más meridional de las Cícladas. En realidad, el almuerzo en Sunset era la principal actividad que habíamos previsto para ese día. Recordábamos otra jornada pasada allí mismo, en nuestra última visita, con otro pescado memorable, esta vez frito y que nos recomendó el encargado del restaurante.

El desayuno en el Thera Suites.

El desayuno en el Thera Suites.

Desayunamos opípara y tranquilamente en el hotel, con el desayuno servido en la terraza del apartamento, abierta a una mañana brillante y cegadora. El plan no incluía, aparte del almuerzo, mucho más que volver a repasar Oia con parsimonia.

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Gente en las terrazas, disparando sus cámaras.

Otro paseo tranquilo por Oia.

Otro paseo tranquilo por Oía.

Esa mañana el pueblo registraba un poco más de actividad. Por encima de terrazas, en callejones, en todas las esquinas había grupo de jóvenes fotografiándose ante el escenario más hermoso posible, ellos adoptando poses heroicas y ellas con actitudes seductoras. Material inigualable para instagrammers.

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Había gente, pero nada comparable con los tiempos anteriores a la pandemia de coronavirus. Se dejaba notar sobre todo la ausencia de unos visitantes habituales como los chinos, y sobre todo de chinas, que suelen traerse vestidos coloridos, y muchas de ellas su traje de novia, para hacerse la foto irrepetible sobre las terrazas blancas y con el fondo azul del mar y de las cúpulas.

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Nos dio tiempo a tomar un café en un barecito asomado al acantilado, y a presenciar un amago de pelea grave entre un cliente azuzado por su compañera y un camarero. Un cliente seguramente nacido para mediador puso paz, frágil pero efectiva, entre los dos.

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Esta capilla tiene un atractivo irresistible.

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Una vivienda neoclásica en Oía.

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La segunda parada fue en un local minúsculo con balconcito sobre la calle, ideal para ver pasar a la gente. Allí fue una cerveza la que acompañó el descanso, mientras oíamos la conversación de unos italianos que contaban al dependiente, de la misma nacionalidad, cosas de su tierra natal y comparaban precios y calidades, y unas islas con otras. Como nos gusta criticar, dedujimos que eran un grupo de pijos repelentes.

Vista de Ammoudi, desde Oía.

Vista de Ammoudi, desde Oía.

Después, por fin bajamos a Ammoudi, desde las cercanías de las ruinas del antiguo castillo veneciano, descendiendo unos 300 escalones por un camino empedrado de cantos rodados que serpentea en algunos casos con pronunciada pendiente, y en el que hay que sortear (aunque en esta ocasión no tanto) una buena ración de excrementos de mulos. Hay que mirar mucho al suelo, pues, pero si no se va con prisa, la bajada da para numerosas paradas y, por supuesto, abundantes fotos.

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Visiones bajando hacia Ammoudi.

Visiones bajando hacia Ammoudi.

Abajo, en la pequeña bahía, tampoco falta el color, sobre todo en las tabernas y en algunas casetas usadas por los pescadores. Arriba, las casas de Oia parecen a punto de caerse sobre nosotros y enfrente aparece tentadora la costa del también habitado islote de Therasia, al que se puede arribar en barco en poco más de diez minutos y que alguna vez visitaremos para quedarnos al menos una noche. Pero tampoco fue esta vez.

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Otro almuerzo inolvidable sobre el mar.

Otro almuerzo inolvidable sobre el mar.

Acomodados en primera línea, en una mesa situada prácticamente sobre el agua, disfrutamos todo el tiempo que pudimos de la comida, que acompañamos con uno de los deliciosos vinos de Santorini, en esta ocasión de la variedad Assyrtiko.

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Después, como unos señores, pedimos un taxi que nos devolviera a las alturas, y aprovechamos para disfrutar de nuevo de las vistas y del sol declinante. No eran chinos, pero vimos también a los inevitables novios que usaban el decorado natural para perpetuar tan feliz momento.

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La novia sobre un fondo irrepetible.

En momentos como esos, se tiene necesidad de pocas cosas más, así que decidimos culminar el día simplemente en la terraza del hotel, con unas cervezas y unos aperitivos que habíamos comprado en un supermercado por el camino, mientras decíamos con el iliovasílema (puesta de sol) un ‘hasta luego’ a una de las islas más bonitas del mundo.

Extraña Santorini

Ulyfox | 27 de diciembre de 2020 a las 19:35

Santorini en toda su belleza.

Santorini en toda su belleza. El islote del fondo es el volcán activo.

Santorini es la belleza.

Santorini es la belleza.

Los restos del ciclón ‘Jano’, que la tarde anterior había descargado sobre Heraklion, soplaban sobre el barc0, agitando las olas cuando salíamos del puerto de la antigua Candia rumbo a Santorini. El Egeo estaba movidito pero el Superferry, un catamarán enorme, aguantaba bien los embates camino de la isla también llamada Thira, que fue destruida hace más de 3.000 años por la catastrófica erupción de su volcán, explosión que según parece también pudo ser la causante de la desaparición de la civilización minoica en la lejana isla de Creta. A su encuentro íbamos, impulsado también por la certidumbre de que sería una de las últimas ocasiones de ver tan hermoso lugar sin las aglomeraciones insoportables de los últimos años, y con la extraña sensación de viajar en un barco casi vacío.

A bordo del Superferry, extrañamente vacío en esas fechas.

A bordo del Superferry, extrañamente vacío en esas fechas.

Poco antes de la llegada, el viento amainó bastante y, de cualquier forma, dada la forma semicircular de la isla y las altas paredes de lo que fue el cráter y ahora es un abrupto acantilado, en el interior de esta bahía las aguas siempre se calman. En medio de la bahía, el volcán todavía activo. Su última erupción ocurrió en 1956, y destruyó parte del pueblo de Imerovigli.

Llegada a Fira, que se ve en lo alto del acantilado de la Caldera de Santorini.

Llegada a Fira, que se ve en lo alto del acantilado de la Caldera de Santorini.

A punto de desembarcar en el puerto de Athinio.

A punto de desembarcar en el puerto de Athinio.

Arribamos al puerto de Athinio, el único preparado para grandes barcos, a media mañana y allí nos recogió nuestro transporte hacia el hotel Thirea Suites, en el extremo septentrional de Santorini, en Oia (pronúnciese Ía), la población más bonita de la isla. Ascendimos las curvas desde el muelle y, al cabo de media hora y de recorrer casi toda la isla, la furgoneta paró a la entrada del pueblo. El sistema funciona así: el transporte deja a los viajeros ahí, y en ese lugar los empleados de los hoteles esperan y conducen a sus clientes hasta las puertas del establecimiento, llevando además sus maletas.

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Las capillas blancas nos recibieron en las alturas de Oía.

Las capillas blancas nos recibieron en las alturas de Oía.

Se agradece porque la mayoría de los hoteles en Oia están colgados del acantilado, y eso supone que la entrada y salida de ellos se hacen por unas empinadas y muchas veces estrechas escaleras. Los diferentes establecimientos están prácticamente unos encima de otros, lo que garantiza unas vistas espléndidas sobre la caldera, como se llama a la parte de la isla que mira hacia el volcán. El trabajo de los maleteros es duro, así que lo apropiado es darles una buena propina.

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Empleados de los hoteles, esperando a sus clientes en la parte alta.

Empleados de los hoteles, esperando a sus clientes en la parte alta.

A nosotros nos tocó Aslan, un albanés fornido que manejaba las valijas de 20 kilos como si fueran portafolios. Le comentamos: hace bastante viento. “Aquí arriba sí, pero abajo no se nota”, dijo convencido. Y era verdad, el fresco que se sentía en el borde superior de la caldera se convertía en calor un poco más abajo, protegido como estaba del aire del norte por la pared volcánica.

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Hoteles colgados sobre la Caldera.

Hoteles colgados sobre la Caldera.

Habíamos elegido el Thirea Suites porque esta vez, aprovechando también la bajada de precios, queríamos conocer la forma más popular de alojarse en Santorini: el lujo. En nuestras numerosas visitas anteriores, nos habíamos quedado siempre en el mismo lugar: los apartamentos Vallas, mucho más modestos pero espléndidamente situados en un barrio algo alejado de Fira, en la apacible Firostefani, casi colgados sobre la Caldera. Atendidos por los hermanos Andonis y Vasilis, siempre había sido nuestra parada, y en su pequeño bar se toman unos desayunos con vistas incomparables. A Oia siempre habíamos ido de visita, pero ahora queríamos vivir dos días allí, y no nos movimos del pueblo.

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Dos imágenes de Oía.

Dos imágenes de Oía.

Oia es la postal de Santorini. Cuando uno piensa en esta parte de Grecia, imagina siempre sus cúpulas azules, sus campanarios blancos y sus fachadas multicolores que se derraman sobre el mar, sus cuevas habitadas y sus atardeceres admirados en todo el mundo. Todo esto es verdad, pero la estancia en el Thirea Suites nos demostró algo que ya sabíamos: que la mejor vista no está en esta incomparable y pequeña población que ha crecido enormemente al amparo del turismo, sino en Fira, la capital situada a unos kilómetros, y que por su posición central domina todo el singular panorama.

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El hotel, sin ser ni mucho menos el más lujoso de Santorini, es un derroche. En sus instalaciones sobra espacio, sobra confort, y rebosa la vista frontal sobre el mar, justo a la entrada de cada apartamento. Una bañera jacuzzi en la terraza exterior completa la sensación de placeres innecesarios. En realidad, basta con estar echado en las tumbonas mirando el horizonte.

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Lo primero que hicimos, una vez que dejamos nuestro equipaje y a la espera de que las habitaciones estuviesen listas, fue planear un paseo por el pueblo y buscar un lugar donde desayunar. El paseo se hizo lento por la imperiosidad de parar a cada momento a disfrutar del espectáculo y sacar fotos. El día no estaba muy brillante, pero, desde lo alto, la imagen de cúpulas y terrazas sobre un fondo marino azul plateado que reflejaba los rayos de sol entre las nubes componían una visión de gran belleza.

Teníamos que hacer por fuerza muchas paradas para disparar las cámaras.

Teníamos que hacer por fuerza muchas paradas para disparar las cámaras.

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Desde luego, no estaba lleno, pero la cantidad de turistas por la estrecha calle principal era mucho mayor que la que habíamos visto este año en las otras islas. Santorini sigue siendo escenario para instagrammers, influencers y todos esos nombres ingleses que se han inventado para denominar al exhibicionista fotográfico. Aunque estaba prescrito aquí, nadie llevaba mascarilla excepto nosotros y, por supuesto, los camareros y dependientes de los comercios y hoteles.

Desayuno-almuerzo en el 128.

Desayuno-almuerzo en el 128.

Así que se nos pasó la hora del desayuno y terminamos haciéndolo a esa hora intermedia para la que los sajones, expertos en flexibilidad lingüística, han llamado brunch, híbrido entre breakafast y lunch. Y fuimos a caer en un lugar, el café 218, en el que dimos cuenta, sobre el mar y frente al infinito, de un potente desayuno, inglés por supuesto.

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Como todo era tan perfecto, prolongamos el mini almuerzo y luego el paseo hasta el extremo de Oia, donde confluyen todos los ávidos de atardeceres programados del mundo. La belleza permanece intacta y aún más evidente por la ausencia de multitudes, aunque eso no quiere decir que hubiera poca gente. Era sólo que se podía andar por las calles y hacer fotos con algo más de tranquilidad.

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El hotel Thireas Suites, casi no hace falta salir...

El hotel Thireas Suites, casi no hace falta salir…

Volvimos al hotel para aprovechar las horas de la tarde en nuestro hotel de lujo: miradas al atardecer, pequeño baño por compromiso y capricho en el jacuzzi, lectura frente al mar, aseo y afeites en un cuarto de baño inmenso y salida para ver el atardecer, fotografiar su luz y sus reflejos y cenar temprano.

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Salida para la cena al atardecer.

Salida para la cena al atardecer.

Lo que parecía una tarde tranquila y sin masas se convirtió de pronto en un río de gente en sentido contrario a nuestra marcha: la gente acababa de contemplar el atardecer en el extremo de Oia, sobre las ruinas casi irreconocibles del antiguo castillo veneciano, y volvía probablemente a sus coches y autocares de excursión. Por un momento, Santorini se pareció al de los años previos al coronavirus.

 

Las calles se llenaron de gente para ver atardecer...

Las calles se llenaron de gente para ver atardecer…

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Y luego, la mini multitud llenó la calle mientras nosotros buscábamos un lugar adecuado para cenar. A lo justo encontramos un sitio y recalamos en Thalami, un restaurante  de aire moderno, con especialidades sabrosas y un servicio amable y dispuesto. Disfrutamos con la fava (especialidad de la isla, una especie de humus pero con judías), los rollitos de pasta filo rellenos de marisco y los filetes de sardina a la parrilla.

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Ya de noche, regresamos al hotel.

Ya de noche, regresamos al hotel.

El primer día fue perfecto, en una extraña Santorini sin masificar.

Creta con y sin coronavirus

Ulyfox | 14 de diciembre de 2020 a las 20:52

La calle Kondilaki de La Canea, a mediados de septiembre.

La calle Kondilaki de La Canea, a mediados de septiembre.

He hablado tantas veces de Creta que no sabía si volver a escribir una entrada sobre esta isla que es la esencia de Grecia en tantas cosas. Pero una circunstancia tan especial como la vivida en estos meses por culpa del coronavirus hace que merezca la pena describir una estancia parecida a otras, pero a la vez tan distinta.

En Creta comenzamos esta vez con nuestra habitual y gozosa cena anual con los amigos de Sitía, que ya os contamos. Allí casi no había medidas de seguridad. Como en buena parte de la Grecia que visitamos este año, no era obligatoria la mascarilla si no era para entrar en los comercios. En lo único que se notó fue en que tuvimos que levantarnos de la amistosa mesa a las doce de la noche, después de “sólo” tres horas y media de raki… La noche de viernes bullía en toda su multitud en el paseo junto al mar de Sitía, y nada hacía pensar que estábamos viviendo una crisis sanitaria mundial. En esa provincia del oeste de Creta el virus prácticamente no estaba teniendo ninguna incidencia.

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Baño en las transparentes aguas de Xerócampos.

Baño en las transparentes aguas de Xerócampos.

Al día siguiente emprendimos la sinuosa carretera que lleva a la costa oriental y a uno de nuestros rincones favoritos: las playas de Xerócampos, de maravillosas arenas casi blancas y transparentes aguas distribuidas en varias calitas en forma de media luna. La paz total encontramos en las que otras veces hemos hallado llenas, aunque no es un sitio que se masifique precisamente. El almuerzo en una casi solitaria taberna Akrogiali (La Orilla) ayudó a la sensación. El camarero se alegró tanto de tener clientes como de que habláramos español, que había empezado a estudiar en el pasado curso, y durante toda la comida intentaba palabras en nuestro idioma.

Un relajado día en las playas de Xerócampos, la mejor terapia.

Un relajado día en las playas de Xerócampos, la mejor terapia.

Habíamos elegido para pasar la noche una atractiva opción, los apartamentos Lithos Houses. Al volver de la playa comprobamos que la elección había sido más que acertada. Se trata en realidad de unas preciosas villas en dos plantas, con materiales naturales, amplias terrazas, y dotadas de todos los servicios, que nos parecieron ideales para pasar unos días. La dueña, Eleni, se reveló como una emotiva mujer que nos agradecía al borde de las lágrimas que hubiéramos elegido su establecimiento, al tiempo que nos explicaba lo que ella quería conseguir con él. “Quiero que la gente sepa como es la vida tradicional en esta parte de Creta -nos decía-, y veo que gente como ustedes son la que da sentido a esta idea mía”. Todo un homenaje. Lamentaba mucho el poco ingreso que había tenido este verano y no creía poder superar una repetición de la tragedia, pero aun así, entre sus pérdidas no figuraba la de la generosidad.

La cena que nos regaló Eleni en Lithos House.

La cena que nos regaló Eleni en Lithos House.

El rústico paisaje desde nuestra terraza.

El rústico paisaje desde nuestra terraza.

Eleni llamó a la puerta poco antes del anochecer para regalarnos una botellita de vino clarete de su propia cosecha. Debió parecerle poco porque al rato volvió a llamar con un plato de yemistá (verduras rellenas) y dolmades (exquisitas hojas de parra también rellenas). Se disculpó por anticipado: “No me han salido tan bien como siempre, pero es que hoy regresaba mi marido de toda la semana en Sitía y se me ocurrió de repente hacerlas para la cena”. Estaban buenísimas y soñamos con cómo serían cuando las cocina con más tiempo. Otro plato de frutas completó una cena insospechada y riquísima en la que no faltó el raki que, naturalmente, estaba a libre disposición en la nevera.

Agreste Kato Zakros.

Agreste Kato Zakros.

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Kato Zakros está entre los lugares imprescindibles de Creta.

Kato Zakros está entre los lugares imprescindibles de Creta.

Cuando viajamos a Creta, ya lo hacemos como el que va a su lugar de siempre, y con la sola intención de volver a los rincones conocidos y a abrazar a los amigos, aunque sigue habiendo, por fortuna, margen para sorpresas como las de Eleni y su Lithos Houses. Así que por eso la jornada siguiente nos encaminamos a Kato Zakros, muy cerca, espléndida en su pequeña bahía, con su peculiar playa que según el humor del tiempo un año tiene arena y otro sólo grandes piedras, su hilera de tabernas junto al mar y los restos de su milenario palacio de la época minoico, en cuyas piletas se bañan las tortugas.

Calma total en Kato Zakros.

Calma total en Kato Zakros.

El saludable y sabroso almuerzo en la taberna Nostos de Kristóforo.

El saludable y sabroso almuerzo en la taberna Nostos de Kristóforo.

En la calma de Kato Zakros.

En la calma de Kato Zakros.

Allí nuestra cita anual es con Kristóforos, el cantarín dueño de la magnífica taberna Nostos, y su hijo Kostas, que esta vez regalaron nuestro paladar con un guiso de cordero, una ensalada cretense y unos calabacines fritos que nos dejaron entregados de nuevo y por siempre. Kato Zakros estaba sufriendo en los últimos años un asedio turístico desbordante para su pequeño tamaño, pero en esta ocasión fue, mucho más de lo normal, el remanso que aun viviéndolo con intensidad crees imposible que exista.

Stella Traditional Apartments, un seguro de paz en Creta.

Stella Traditional Apartments, un seguro de paz en Creta.

Nuestro alojamiento en ese rincón privilegiado de Creta y  del mundo son siempre los apartamentos de Stella. Amueblados de manera rústica y con elementos fabricados en su mayoría por Ilías, el marido pensador, explorador, culturista y polifuncional, son un refugio de paz en medio de un gran jardín con apabullantes vistas al fértil valle, a la salida de la Garganta de los Muertos y la bahía de Kato Zakros. Ellos dos, que también regentan el alojamiento Terra Minoika, son con su hijo Stratis los únicos habitantes durante todo el año del enclave. Charlar con Stella mientras te pone un café, corta verduras y atiende a los clientes, siempre es un placer.

El puerto veneciano de Heraklion, con la fortaleza Koules al fondo.

El puerto veneciano de Heraklion, con la fortaleza Koules al fondo.

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La fortaleza, en primer plano.

Pasar al menos un día en Heraklion, la capital de la isla, es otro de los agradables deberes de nuestras visitas. Normalmente hay que hacerlo para entrar o salir, ya sea en barco o en avión, pero, aunque no gasta fama de bella, sería una insensatez no disfrutar de la amplia oferta cultural de la ciudad, de sus maravillosos restaurantes o simplemente de la animada vida que exhibe.

Una vendedora de piruletas y mazorcas, en las calles de Heraklion.

Una vendedora de piruletas y mazorcas, en las calles de Heraklion.

Naturalmente, acudimos a nuestra cita gastronómica con el mezedepolio (bar de entremeses) Ladókolla, y con la ouzeri (lugar para tapear con ouzo) Hipókampos, uno de los primeros locales que conocimos en Creta. Aunque, aquí sí, era obligatorio el uso de mascarilla, la despreocupación parecía la tónica dominante.

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Especialidades riquísimas en Ladókolla, de Heraklion.

Especialidades riquísimas en Ladókolla, de Heraklion.

Además, Heraklion tiene dos lugares que hay que revisitar continuamente: uno es el Museo Arqueológico, recientemente renovado y que es uno de los mejores de un país en el que en cuestión de arqueología es difícil ser el mejor. Su colección de muestras de la cultura minoica, esculturas, sarcófagos, joyas, armas, juegos de mesa y ¡los frescos! es única en el mundo. Piezas como el fresco de la Tauromaquia, el vaso de los segadores, el sarcófago de Agia Triada, el enigmático disco de Festos y la finura especial del pendiente que muestra dos abejas con una gota de miel, entre otros cientos, nos enseñan la altura de aquella civilización antigua, probablemente la primera de ese nivel del mundo occidental.

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Joyas minoicas en el Museo.

El pendiente de las abejas.

El pendiente de las abejas y la gota de miel.

Ante el disco de Festos.

Ante el disco de Festos.

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Fragmentos de los frescos de Cnosos, expuestos en el Museo de Heraklion.

Fragmentos de los frescos de Cnosos, expuestos en el Museo de Heraklion.

El otro lugar único está a apenas cuatro kilómetros: el palacio de Cnosos, el reputado como hogar del rey Minos. Aunque reconstruido en buena parte con demasiada imaginación por el arqueólogo Richard Evans, lo que le da un aire demasiado falso, es un sitio perfecto para hacerse una idea de lo que fueron esas grandiosas construcciones con las que los minoicos asombraron al mundo. Su tamaño y la cantidad de estancias intrincadas le han valido que muchos sitúen también allí el Laberinto en el que Minos encerró a un monstruo terrible mitad hombre y mitad toro: el Minotauro.

 

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El palacio de Cnosos.

El palacio de Cnosos.

Nikos Kazantzakis, el gran escritor cretense, escribió sobre este enclave en su autobiográfica Carta a El Greco': “El misterio de Creta es profundo. El que pone el pie en esta isla siente una fuerza misteriosa, cálida, llena de bondad, que se expande en sus venas y hace crecer su alma. Pero este misterio se ha hecho aún más rico y más profundo a partir del día en que se descubrió, hasta entonces oculta en la tierra, esta civilización tan abigarrada, tan distinta, tan llena de nobleza y de alegría juvenil”. Y un amigo francés, que le acompañaba, respondió cuando le preguntó en qué pensaba: “En Creta y en mi alma… Si volviera a nacer, querría ver la luz aquí, en esta tierra. Hay aqui un encanto invencible.”

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Visitamos, entonces, con tiempo y sin demasiadas aglomeraciones esos dos centros de la cultura mundial, aunque lamentablemente Cnosos tenía algunas de sus estancias más hermosas cerradas por culpa de las restricciones del covid 19. Se veían grupos de turistas, pero logramos con facilidad hacer una cosa imposible durante años: sacar fotografías de rincones sin gente.

La Mezquita Nerantzés o de los Jenízaros, desde la ventana del Hotel Helena.

La Mezquita Nerantzés o de los Jenízaros, desde la ventana del Hotel Helena.

Vista del puerto, con algunos turistas

Vista del puerto, con algunos turistas

La Canea, casi sin turistas.

La Canea, casi sin turistas.

Tiempo para la conversación ante la catedral (Mitropoleos) de La Canea.

Tiempo para la conversación ante la catedral (Mitropoleos) de La Canea.

Insólita vista de la calle Theotokopoulos de La Canea.

Insólita vista de la calle Theotokopoulos de La Canea.

Casi solos.

Casi solos.

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En el puerto veneciano de La Canea.

En el puerto veneciano de La Canea.

Y, por supuesto, por supuesto, por supuesto, pasamos varios días en La Canea, nos alojamos como casi siempre en el sencillo Hotel Helena, con la panorámica habitación de siempre y sus vistas al puerto veneciano, y la hospitalidad singular de Andonis el dueño, y de su hijo Yorgos, que tuvieron el impagable detalle de invitarnos a cenar en Kantouni, una de sus tabernas de confianza, fuera del recinto amurallado.

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Dos vistas del rincón donde se sitúa el café Meltemi, de Yiannis.

Dos vistas del rincón donde se sitúa el café Meltemi, de Yiannis.

En esa misma ciudad, la más bella de Creta, fuimos también otra vez a cenar al restaurante Glositses, que tiene las mejores tzouzoukakia que hemos comido, pero esta vez no pudimos saludar a Christos, el encargado que no apareció por allí. Y por supuesto, desayunamos cada mañana conversando con Yiannis, el de la voz susurrante, en su familiar café Meltemi, al final del puerto, en la bien llamada esquina de los Ángeles, porque así se denomina la calle, Angelou.

La playa de Molos, cerca de Kisamos.

La playa de Molos, cerca de Kisamos.

Fuimos a la fabulosa playa de Falasarna, pero ese día tocó viento y nubes, y desandamos el camino para descubrir y  quedarnos en el pequeño arenal de Molos, en las cercanías de Kisamos y no muy lejos de su viejo puerto. Curiosamente, allí el día era perfecto. Y todo esto lo hicimos sin las aglomeraciones propias de otras temporadas, viviendo el único lado bueno que ha tenido esta pandemia de coronavirus, tema central de todas las conversaciones que allí tuvimos.

Así que pensamos en cómo sería esa meca del turismo masivo en que se ha convertido la impar Santorini, en este año sin aglomeraciones. Y resolvimos hacerle una visita, pero eso lo contaremos en la siguiente entrada.