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Creta con y sin coronavirus

Ulyfox | 14 de diciembre de 2020 a las 20:52

La calle Kondilaki de La Canea, a mediados de septiembre.

La calle Kondilaki de La Canea, a mediados de septiembre.

He hablado tantas veces de Creta que no sabía si volver a escribir una entrada sobre esta isla que es la esencia de Grecia en tantas cosas. Pero una circunstancia tan especial como la vivida en estos meses por culpa del coronavirus hace que merezca la pena describir una estancia parecida a otras, pero a la vez tan distinta.

En Creta comenzamos esta vez con nuestra habitual y gozosa cena anual con los amigos de Sitía, que ya os contamos. Allí casi no había medidas de seguridad. Como en buena parte de la Grecia que visitamos este año, no era obligatoria la mascarilla si no era para entrar en los comercios. En lo único que se notó fue en que tuvimos que levantarnos de la amistosa mesa a las doce de la noche, después de “sólo” tres horas y media de raki… La noche de viernes bullía en toda su multitud en el paseo junto al mar de Sitía, y nada hacía pensar que estábamos viviendo una crisis sanitaria mundial. En esa provincia del oeste de Creta el virus prácticamente no estaba teniendo ninguna incidencia.

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Baño en las transparentes aguas de Xerócampos.

Baño en las transparentes aguas de Xerócampos.

Al día siguiente emprendimos la sinuosa carretera que lleva a la costa oriental y a uno de nuestros rincones favoritos: las playas de Xerócampos, de maravillosas arenas casi blancas y transparentes aguas distribuidas en varias calitas en forma de media luna. La paz total encontramos en las que otras veces hemos hallado llenas, aunque no es un sitio que se masifique precisamente. El almuerzo en una casi solitaria taberna Akrogiali (La Orilla) ayudó a la sensación. El camarero se alegró tanto de tener clientes como de que habláramos español, que había empezado a estudiar en el pasado curso, y durante toda la comida intentaba palabras en nuestro idioma.

Un relajado día en las playas de Xerócampos, la mejor terapia.

Un relajado día en las playas de Xerócampos, la mejor terapia.

Habíamos elegido para pasar la noche una atractiva opción, los apartamentos Lithos Houses. Al volver de la playa comprobamos que la elección había sido más que acertada. Se trata en realidad de unas preciosas villas en dos plantas, con materiales naturales, amplias terrazas, y dotadas de todos los servicios, que nos parecieron ideales para pasar unos días. La dueña, Eleni, se reveló como una emotiva mujer que nos agradecía al borde de las lágrimas que hubiéramos elegido su establecimiento, al tiempo que nos explicaba lo que ella quería conseguir con él. “Quiero que la gente sepa como es la vida tradicional en esta parte de Creta -nos decía-, y veo que gente como ustedes son la que da sentido a esta idea mía”. Todo un homenaje. Lamentaba mucho el poco ingreso que había tenido este verano y no creía poder superar una repetición de la tragedia, pero aun así, entre sus pérdidas no figuraba la de la generosidad.

La cena que nos regaló Eleni en Lithos House.

La cena que nos regaló Eleni en Lithos House.

El rústico paisaje desde nuestra terraza.

El rústico paisaje desde nuestra terraza.

Eleni llamó a la puerta poco antes del anochecer para regalarnos una botellita de vino clarete de su propia cosecha. Debió parecerle poco porque al rato volvió a llamar con un plato de yemistá (verduras rellenas) y dolmades (exquisitas hojas de parra también rellenas). Se disculpó por anticipado: “No me han salido tan bien como siempre, pero es que hoy regresaba mi marido de toda la semana en Sitía y se me ocurrió de repente hacerlas para la cena”. Estaban buenísimas y soñamos con cómo serían cuando las cocina con más tiempo. Otro plato de frutas completó una cena insospechada y riquísima en la que no faltó el raki que, naturalmente, estaba a libre disposición en la nevera.

Agreste Kato Zakros.

Agreste Kato Zakros.

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Kato Zakros está entre los lugares imprescindibles de Creta.

Kato Zakros está entre los lugares imprescindibles de Creta.

Cuando viajamos a Creta, ya lo hacemos como el que va a su lugar de siempre, y con la sola intención de volver a los rincones conocidos y a abrazar a los amigos, aunque sigue habiendo, por fortuna, margen para sorpresas como las de Eleni y su Lithos Houses. Así que por eso la jornada siguiente nos encaminamos a Kato Zakros, muy cerca, espléndida en su pequeña bahía, con su peculiar playa que según el humor del tiempo un año tiene arena y otro sólo grandes piedras, su hilera de tabernas junto al mar y los restos de su milenario palacio de la época minoico, en cuyas piletas se bañan las tortugas.

Calma total en Kato Zakros.

Calma total en Kato Zakros.

El saludable y sabroso almuerzo en la taberna Nostos de Kristóforo.

El saludable y sabroso almuerzo en la taberna Nostos de Kristóforo.

En la calma de Kato Zakros.

En la calma de Kato Zakros.

Allí nuestra cita anual es con Kristóforos, el cantarín dueño de la magnífica taberna Nostos, y su hijo Kostas, que esta vez regalaron nuestro paladar con un guiso de cordero, una ensalada cretense y unos calabacines fritos que nos dejaron entregados de nuevo y por siempre. Kato Zakros estaba sufriendo en los últimos años un asedio turístico desbordante para su pequeño tamaño, pero en esta ocasión fue, mucho más de lo normal, el remanso que aun viviéndolo con intensidad crees imposible que exista.

Stella Traditional Apartments, un seguro de paz en Creta.

Stella Traditional Apartments, un seguro de paz en Creta.

Nuestro alojamiento en ese rincón privilegiado de Creta y  del mundo son siempre los apartamentos de Stella. Amueblados de manera rústica y con elementos fabricados en su mayoría por Ilías, el marido pensador, explorador, culturista y polifuncional, son un refugio de paz en medio de un gran jardín con apabullantes vistas al fértil valle, a la salida de la Garganta de los Muertos y la bahía de Kato Zakros. Ellos dos, que también regentan el alojamiento Terra Minoika, son con su hijo Stratis los únicos habitantes durante todo el año del enclave. Charlar con Stella mientras te pone un café, corta verduras y atiende a los clientes, siempre es un placer.

El puerto veneciano de Heraklion, con la fortaleza Koules al fondo.

El puerto veneciano de Heraklion, con la fortaleza Koules al fondo.

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La fortaleza, en primer plano.

Pasar al menos un día en Heraklion, la capital de la isla, es otro de los agradables deberes de nuestras visitas. Normalmente hay que hacerlo para entrar o salir, ya sea en barco o en avión, pero, aunque no gasta fama de bella, sería una insensatez no disfrutar de la amplia oferta cultural de la ciudad, de sus maravillosos restaurantes o simplemente de la animada vida que exhibe.

Una vendedora de piruletas y mazorcas, en las calles de Heraklion.

Una vendedora de piruletas y mazorcas, en las calles de Heraklion.

Naturalmente, acudimos a nuestra cita gastronómica con el mezedepolio (bar de entremeses) Ladókolla, y con la ouzeri (lugar para tapear con ouzo) Hipókampos, uno de los primeros locales que conocimos en Creta. Aunque, aquí sí, era obligatorio el uso de mascarilla, la despreocupación parecía la tónica dominante.

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Especialidades riquísimas en Ladókolla, de Heraklion.

Especialidades riquísimas en Ladókolla, de Heraklion.

Además, Heraklion tiene dos lugares que hay que revisitar continuamente: uno es el Museo Arqueológico, recientemente renovado y que es uno de los mejores de un país en el que en cuestión de arqueología es difícil ser el mejor. Su colección de muestras de la cultura minoica, esculturas, sarcófagos, joyas, armas, juegos de mesa y ¡los frescos! es única en el mundo. Piezas como el fresco de la Tauromaquia, el vaso de los segadores, el sarcófago de Agia Triada, el enigmático disco de Festos y la finura especial del pendiente que muestra dos abejas con una gota de miel, entre otros cientos, nos enseñan la altura de aquella civilización antigua, probablemente la primera de ese nivel del mundo occidental.

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Joyas minoicas en el Museo.

El pendiente de las abejas.

El pendiente de las abejas y la gota de miel.

Ante el disco de Festos.

Ante el disco de Festos.

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Fragmentos de los frescos de Cnosos, expuestos en el Museo de Heraklion.

Fragmentos de los frescos de Cnosos, expuestos en el Museo de Heraklion.

El otro lugar único está a apenas cuatro kilómetros: el palacio de Cnosos, el reputado como hogar del rey Minos. Aunque reconstruido en buena parte con demasiada imaginación por el arqueólogo Richard Evans, lo que le da un aire demasiado falso, es un sitio perfecto para hacerse una idea de lo que fueron esas grandiosas construcciones con las que los minoicos asombraron al mundo. Su tamaño y la cantidad de estancias intrincadas le han valido que muchos sitúen también allí el Laberinto en el que Minos encerró a un monstruo terrible mitad hombre y mitad toro: el Minotauro.

 

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El palacio de Cnosos.

El palacio de Cnosos.

Nikos Kazantzakis, el gran escritor cretense, escribió sobre este enclave en su autobiográfica Carta a El Greco': “El misterio de Creta es profundo. El que pone el pie en esta isla siente una fuerza misteriosa, cálida, llena de bondad, que se expande en sus venas y hace crecer su alma. Pero este misterio se ha hecho aún más rico y más profundo a partir del día en que se descubrió, hasta entonces oculta en la tierra, esta civilización tan abigarrada, tan distinta, tan llena de nobleza y de alegría juvenil”. Y un amigo francés, que le acompañaba, respondió cuando le preguntó en qué pensaba: “En Creta y en mi alma… Si volviera a nacer, querría ver la luz aquí, en esta tierra. Hay aqui un encanto invencible.”

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Visitamos, entonces, con tiempo y sin demasiadas aglomeraciones esos dos centros de la cultura mundial, aunque lamentablemente Cnosos tenía algunas de sus estancias más hermosas cerradas por culpa de las restricciones del covid 19. Se veían grupos de turistas, pero logramos con facilidad hacer una cosa imposible durante años: sacar fotografías de rincones sin gente.

La Mezquita Nerantzés o de los Jenízaros, desde la ventana del Hotel Helena.

La Mezquita Nerantzés o de los Jenízaros, desde la ventana del Hotel Helena.

Vista del puerto, con algunos turistas

Vista del puerto, con algunos turistas

La Canea, casi sin turistas.

La Canea, casi sin turistas.

Tiempo para la conversación ante la catedral (Mitropoleos) de La Canea.

Tiempo para la conversación ante la catedral (Mitropoleos) de La Canea.

Insólita vista de la calle Theotokopoulos de La Canea.

Insólita vista de la calle Theotokopoulos de La Canea.

Casi solos.

Casi solos.

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En el puerto veneciano de La Canea.

En el puerto veneciano de La Canea.

Y, por supuesto, por supuesto, por supuesto, pasamos varios días en La Canea, nos alojamos como casi siempre en el sencillo Hotel Helena, con la panorámica habitación de siempre y sus vistas al puerto veneciano, y la hospitalidad singular de Andonis el dueño, y de su hijo Yorgos, que tuvieron el impagable detalle de invitarnos a cenar en Kantouni, una de sus tabernas de confianza, fuera del recinto amurallado.

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Dos vistas del rincón donde se sitúa el café Meltemi, de Yiannis.

Dos vistas del rincón donde se sitúa el café Meltemi, de Yiannis.

En esa misma ciudad, la más bella de Creta, fuimos también otra vez a cenar al restaurante Glositses, que tiene las mejores tzouzoukakia que hemos comido, pero esta vez no pudimos saludar a Christos, el encargado que no apareció por allí. Y por supuesto, desayunamos cada mañana conversando con Yiannis, el de la voz susurrante, en su familiar café Meltemi, al final del puerto, en la bien llamada esquina de los Ángeles, porque así se denomina la calle, Angelou.

La playa de Molos, cerca de Kisamos.

La playa de Molos, cerca de Kisamos.

Fuimos a la fabulosa playa de Falasarna, pero ese día tocó viento y nubes, y desandamos el camino para descubrir y  quedarnos en el pequeño arenal de Molos, en las cercanías de Kisamos y no muy lejos de su viejo puerto. Curiosamente, allí el día era perfecto. Y todo esto lo hicimos sin las aglomeraciones propias de otras temporadas, viviendo el único lado bueno que ha tenido esta pandemia de coronavirus, tema central de todas las conversaciones que allí tuvimos.

Así que pensamos en cómo sería esa meca del turismo masivo en que se ha convertido la impar Santorini, en este año sin aglomeraciones. Y resolvimos hacerle una visita, pero eso lo contaremos en la siguiente entrada.

Cómo sortear la crisis

Ulyfox | 10 de enero de 2013 a las 0:21

La calle Handakos de Heraklion alrededor de las ocho de la tarde de un día de enero.

Me he traído a Creta la última novela de Petros Márkaris, Liquidación final, segunda de la trilogía que protagoniza el peculiar comisario Kostas Jaritos con el telón de fondo de la crisis económica griega. Márkaris pinta una Atenas triste en la que la gente pierde el trabajo y ve reducido su sueldo, y donde crecen los suicidios casi tanto como los asesinatos que su inspector investiga. En este ambiente, un asesino en serie elige como víctimas a los evasores de impuestos, con lo que se convierte rápidamente en un héroe popular, algo así como un Robin Hood a lo bestia. La novela es espléndida y muy descorazonadora a la vez.

Pides una cerveza y te ponen esto

Hace tiempo que no hemos estado en Atenas, más de un año y medio, y naturalmente en las zonas que visitamos, las más turísticas, no parecía notarse esa crisis. Lo mismo nos pasa en Creta. Heraklion, la capital, es un hervidero de jóvenes y mayores llenando las hermosas terrazas que saben poner los griegos. Los restaurantes también, en pleno enero, realizan un buen negocio. Y tenéis que ver comer a los cretenses: platos y platos, piden siempre para que sobre, les gusta tener raciones variadas, probar un poco de todo, y no es extraño ver comida de más.

Una terraza exterior ¡con chimenea!, en el paseo marítimo de Rethymnon

Así que no sé. Nos han dicho que en la isla la crisis no se nota tanto porque el turismo da para vivir bien todo el año. Además, tiene varias facultades universitarias y la agricultura tiene una buena producción que se envía a todo el país. No parece, a simple vista, que haya los gravísimos problemas que todos asociamos mentalmente al nombre de Grecia.

Es asombroso el gran número de jóvenes que se ve consumiendo en las terrazas, y ¡qué terrazas! No hay problema porque sea invierno: no hay cerramiento posible ni sistema de calefacción callejera que no hayan inventado contra el frío y la lluvia. En muchos lugares se ve que la inversión en la adaptación de esos bares debe de haber sido cuantiosa. No me puedo imaginar estos montajes en ningún lugar de España ni casi del mundo. Pero todo vale antes que dejar la costumbre de consumir en la calle, sentados, con mucho café y helados y poco alcohol, y si es posible con el backgammon sobre la mesa. Así pasan horas y horas en una tertulia incansable. Las consumiciones no son baratas, pero sí duraderas. Otro gran detalle: no hay bebida, sea café, refresco, chocolate, vino o cerveza que no venga acompañada de algo para comer, y en algunas ocasiones de manera tan abundante que casi es una merienda contundente. Eso unido a que las condiciones del local son en muchas ocasiones de auténtico lujo hacen que el precio de un café a tres euros resulte bastante bien compensado, y el de una cerveza de abadía grande a 4,50 casi barato. Sea como sea, mucha gente puede pagarlo, así que… no sé que pensar de la crisis en Creta.

Bendito sea el mar

Ulyfox | 8 de enero de 2013 a las 0:43

El mejor recupera la cruz del agua (la foto es de internet)

Mantengo con la religión una relación atípica, o quizá no tanto. No diré como el Perich que la religión ayuda a resolver problemas que no existirían si no existiera la religión. Detesto las soflamas de algunos representantes de la jerarquía, y su empeño en dictar sentencias dogmáticas, negando la humanidad de las dudas y el derecho a tenerlas, así como la necesidad de rebelarse. Y lo que me parece artificial y despótico es su milenaria repulsión por el sexo, para mí incomprensible, como si fuera un obstáculo para la rectitud moral. Y es imperdonable su capacidad para ver la paja en el ojo ajeno y ser ciego para la viga en el suyo. Por no hablar de su tradicional cercanía, como institución, a los poderosos, a los que ha bendecido en tantas ocasiones.

Los habitantes de Heraklion toman agua bendita el día de la Epifanía.

Dicho esto, considero revolucionarias frases como “el que esté limpio de culpa que tire la primera piedra”, “bienaventurados los pobres de espíritu”, “has pecado mucho porque has amado mucho”, “si quieres seguirme, vende todo lo que tienes y repártelo a los pobres” y por supuesto “haced como los lirios del valle”, entre otras muchas. Máximas que si los adalides de la ortodoxia cristiana hubieran respetado y aplicado en una mínima parte, nos hubieran ayudado mucho a hacer de este mundo algo mejor.

Bendición del mar en el puerto de Heraklion.

¿Todo esto a qué viene? diréis. Pues porque acabamos de ver una demostración más del apego de los griegos por las tradiciones religiosas. En Grecia, la religión está imbricada con el Estado. Los curas son funcionarios públicos, y el patriarca ortodoxo bendice la sesión inaugural del Parlamento y a todos los parlamentarios, incluidos los comunistas más ateos. Es así. Las iglesias son los edificios mejor cuidados en todos los pueblos, pintados siempre aunque las casas a su lado se estén cayendo o sean un desastre de cuidado. La gente se santigua al paso por los templos o al salir de su casa, las celebraciones religiosas son seguidas masivamente.

La multitud observa la ceremonia desde la fortaleza Koules o Rocca al Mare, que cierra el puerto veneciano.

En la mañana de Reyes, el puerto veneciano de Heraklion vivía una extraña agitación, las familias se agolpaban en las cafeterías de los alrededores ante tazones de chocolate, la televisión y los fotógrafos se apelotonaban ante una plataforma adornada con hojas de palma. El viento había empezado a soplar con esa suavidad fría que anuncia lluvia.

Los sacerdotes ortodoxos, de vuelta hacia la iglesia.

Un poco antes del medíodía, una procesión compuesta por autoridades civiles, escolta militar, banda de música y curas bajó por la calle 25 de Agosto procedente de la basílica de Agios Titos. Allí habían celebrado la Eucaristía y bendecido el agua, que los fieles habían bebido poco después, tomándola de unos grifitos instalados en una pila de plata. Los popes aparecían con sus vestiduras de gala. Tras rodear la histórica dársena, los curas subieron a la plataforma. Junto a ella, una treintena de hombres en bañador desafiaban la fría temperatura y el viento que se acababa de levantar bajo las nubes grises. En el agua esperaban también más de una docena de ellos. Tras unas palabras solemnes por la megafonía, el que por sus vestiduras y su tocado parecía el de más rango entre los sacerdotes arrojó una cruz al agua helada. Y entonces se formó el barullo en el mar. Los bañistas se lanzaron todos a por la cruz de metal. El más hábil en el buceo se hizo con ella y la enarboló orgulloso. Se aseguró así un año de buena suerte para él y para su familia.  Enseguida, los barcos hicieron sonar sus sirenas y lanzaron bengalas para celebrarlo. Así fue la Bendición del Mar, una ceremonia que se repite la mañana de Reyes, en todos los puertos griegos. Es la Teofanía, equivalente de nuestra Epifanía, y con esta celebración demuestra la extraordinaria y milenaria relación del pueblo de Grecia con el pélagos, en su hermosa lengua milenaria.

La cruz, rescatada del mar, en buenas manos.

La tumba de un hombre

Ulyfox | 5 de enero de 2013 a las 23:31

La tumba de Kazantzakis en Heraklion

“No espero nada, no temo nada, soy libre” es el epitafio escrito sobre la sencilla tumba (tafos) de Nikos Kazantzakis en el bastión Martinengo, en la imponente muralla veneciana de Heraklion. Una lápida de piedra y una cruz de madera por todo adorno para un gran escritor y humanista, defensor de los derechos humanos y casi Premio Nobel de Literatura. El autor de Zorba el griego y La última tentación de Cristo, entre otras decenas de libros, gran escritor de viajes, ministro de izquierdas, reverenciado en su patria cretense y en toda Grecia, yace aquí, y en esta mañana lluviosa de enero, su tumba estaba más solitaria que nunca. Sólo el graznido de los grajos lo acompañaba. Mientras, desde lo alto de la fortaleza se divisaba toda la caótica, desastrosa y viva ciudad, y el mar gris. Cuando los cretenses enterraron a su paisano en 1957, miles de personas subieron al bastión a despedirlo. El aeropuerto de Heraklion lleva su nombre, en el cercano pueblo de Mirtia hay un estupendo museo dedicado a él. Kazantzakis y Elefterios Venizelos son los dos rostros de Creta.

Parte de la imponente muralla que rodea Heraklion.

Al final, todo es por amor

Ulyfox | 4 de enero de 2013 a las 0:40

Un organillero, en la plaz Venizelos de Heraklion.

Los dos besos que Yiorgos, el dueño de la taberna Hipokampos de Heraklion, nos ha plantado esta noche en cuanto nos ha visto entrar a su local nos dieron la respuesta inmediata a la pregunta de por qué estamos aquí: estamos aquí para que nos reconozcan como de los suyos. Mientras intercambiábamos los abundantes saludos que se hacen los griegos, cómo estás, qué tal todo, estás bien, y le añadíamos los propios de las fechas, felicidades, feliz año (jronia polá, kalí jroniá) entendimos que hemos venido para esto.

Berenjenas ahumadas con nueces en el restaurante Kouzineri.

A mediodía hemos almorzado en el restaurante Kouzineri, donde el pasado septiembre nos comimos uno de los mejores cerdos al horno de nuestra vida. Tras contárselo a Dimitris, el encargado, me miró y me dijo en inglés: “Your name is Manolis?” ¡Efectivamente, se acordaba de nosotros y de la mesa en la que habíamos comido esa pata dorada y crujiente por fuera y jugosa por dentro!

En la nueva sala de esculturas del Museo de Heraklion

Excuso decir que en los dos casos la comida ha sido excelente y las conversaciones confiadas e ilustrativas. Dimitris y Yiorgos, dos amigos en Heraklion, ese desastre urbanístico tan atractivo. Además, hemos descubierto que el maravilloso Museo Arqueológico parece avanzar por primera vez en su laboriosa renovación que dura ya más de seis años: dos espléndidas salas han abierto luminosas y alojan una preciosa colección de esculturas y los incomparables frescos hallados en el palacio de Cnosos. Albricias, la vida sigue.

La tienda de música cretense Aerakis.

Y más buenas noticias: encontramos la tienda de música Aerakis, la mejor en música cretense, que se había mudado a solo unos metros de su lugar habitual, lo que nos dio a pensar en nuestra anterior visita que había cerrado. No. El negocio no va muy bien, pero ellos siguen vendiendo discos, y produciéndolos, incansables en su trabajo de fomentar este singular y bellísimo arte hecho con laúdes, lyras, guitarras y percusión, con ecos orientales y bizantinos. Salimos cargados de discos y con la pena de que seguramente no podremos asistir al recital de Vasilis Skoulás, uno de los grandes maestros, este mismo sábado en un pueblo no muy lejano de aquí. La música forma parte fundamental del alma cretense, muy ligada a las fiestas, la comida e incluso a la resistencia, ya fuera contra los turcos, los alemanes o la dictadura de los coroneles.

La basílica de Agios Titos en Heraklion, que antes fue mezquita.

No está mal para el primer día. De amor.

Cazón en Heraklion ¿Qué hacemos aquí?

Ulyfox | 3 de enero de 2013 a las 0:32

Ante la fuente Morosini, en el centro de Heraklion (la foto es de hace tres años)

Hemos llegado tarde a Heraklion. Con el tiempo justo de dejar la maleta y buscar un lugar para cenar. Cerca del Hotel Atrion, varios sitios para comer. Abiertos y llenos. Dicen que la crisis, pero en la capital de Creta los locales están llenos de gente joven con buen apetito. Hemos viajado con Aegean Airlines, que se merece un premio por sus precios y su amabilidad. Las comparaciones están dejando de ser odiosas para ser solamente necesarias: desde Jerez a Madrid ya no vuela Iberia sino Iberia Express ¡atención! las maletas las cobran aparte ¡a 24 euros cada una! Y han suprimido dos vuelos cada día. Dicen que es una compañía de bajo coste, pero nos ha costado más caro volar de Jerez a Madrid que de Madrid a Atenas. Sigamos comparando: en esa Iberia Express despótica con el cliente no te dan ni los buenos días. En Aegean, en tres horas de vuelo a Atenas nos recibieron con una bandeja de caramelos, luego bebida a petición, luego una una comida con vino blanco y luego otra bebida de cortesía. Después, en los apenas 40 minutos de viaje a Heraklion, nueva bebida y un pastelito. Y miles de sonrisas. Y son griegos, pobres y despilfarradores, según nuestra institutriz, la señorita Rotenmerkel,

Luego, hace nada, hemos cenado en Ladokolla, un restaurante de Heraklion, aquí al lado, los únicos españoles en toda Creta, creo. Y nos han puesto cazón (gáleos) a la parrilla con una salsita ladolémono, es decir aceite y limón: delicioso. Unos calabacines cortados muy finos fritos, un carpaccio de pescado y una taramosalata sublime. Y el final regalado del raki y el postre. Estamos en Creta: felicitadnos.

¿Por qué estamos aquí de nuevo? Si ya hemos venido tanto, si el trabajo de campo está hecho, si…. Nos gusta esta negación de la crisis, esta reivindicación de un espíritu nacido miles de años antes que la prima de riesgo, esta forma de convivir con el déficit público pero también con el superávit de generosidad. Europa prohíbe fumar, pero en este lugar nos han dejado hacerlo (a mí no, ya sabéis que yo no) con la sonrisa cómplice del amigo que dice ‘hombre, por favor’.

Y el cazón estaba buenísimo.

Directamente de la tierra del vino

Ulyfox | 9 de julio de 2012 a las 1:57

Vino de Creta, recién llegado.

Acaba de llegar el envío. Doce botellas de vino blanco y otras tantas de tinto compradas en el pueblo de Peza, en el centro de la comarca vinícola cercana a Heraklion, la más importante zona productora de Creta, cuna de buenos vinos, retsinas y rakis. Un servicio rápido y eficaz para hacerse con una buena muestra de uvas autóctonas de Creta, sabores especiales y ricos. Algunos de vosotros ya sabéis que las probaréis. A nosotros nos gustaron.

Una vista de la Tierra del Vino de Heraklion

La llegada de las cajas nos ha traído el cercano recuerdo de la Tierra del Vino, una comarca sorprendente, pocos kilómetros al sur de la capital, dibujada con colinas suaves, plantaciones de viñas y olivos y festoneada de cipreses, como una pequeña Toscana dentro de la isla más griega de todas. Aparecía esplendorosa desde nuestro coche, verde y coloreada al final de la primavera, descubriendo en cada curva un rincón admirable, y rodeada de altas montañas de color rojizo que por la tarde se volvían violetas, con restos de nieve aún en las cumbres.

El paisaje, subiendo a Houdetsi

La carretera está salpicada de indicaciones de bodegas, la mayoría de ellas visitables y degustables, atendidas por personal muy amable y experto. Las grandes firmas griegas, como Boutari, están instaladas aquí. La firma Milarakis, la primera que embotelló vino en el área, fue la elegida para recompensarnos a nosotros y a nuestros amigos porque sí con este pedido. Podría haber sido cualquier otra, porque estos vinos están alcanzando grandes niveles de calidad y obteniendo premios nacionales e internacionales. Veremos cómo han llegado. Milarakis tiene además la ventaja de estar casi pegada a una gran taberna: Onísimos, en la que continuamos nuestro autoagasajo con algo de cordero al limón, queso feta a la parrilla y empanadillas de queso, con vino de la zona por supuesto y el regalo acostumbrado de la fruta confitada casera y la garrafita de raki.

La Tierra del Vino ha sido una de las sorpresas más agradables de este viaje, el desmentido definitivo de la imagen uniforme de Creta. Entramos y parecíamos haber aterrizado de pronto en otro país, menos salvaje y más domado por la mano del hombre, que extrae de ella todo lo bueno. Doblábamos curvas y ascendíamos colinas con la alegría de quien se felicita por la idea de haber llegado hasta allí, abriendo los ojos a aquel paisaje inesperadamente italiano, feraz y generoso.

Una sala del museo de instrumentos 'Labyrinthos' en Houdetsi.

En uno de los pequeños pueblos que manchan de blanco este verdor, Houdetsi, paramos a conocer un curioso museo de instrumentos musicales de todo el mundo: Labyrinthos ( http://www.labyrinthmusic.gr/ ), que además de albergar cientos de preciosas piezas, es a la vez un taller de fama universal dedicado a la música cretense y oriental, y que atrae cada año a cientos de músicos a sus clases y conciertos. El catalán Jordi Savall es uno de los visitantes de este pueblo que parece perdido pero que en verdad es un lugar de encuentro, y de encuentros. El músico irlandés Ross Daly, asentado aquí desde hace décadas, es el padre de todo esto, el autor de este idilio con la lira cretense que tiene lugar en un ya de por sí idílico paisaje. Unos viejos, los que componen la habitual imagen ante la puerta de los kafeneion cretenses, nos indicaron el fácil camino. Felices guías hacia una casa antigua de piedra llena de cajas, mástiles, cuerdas, clavijas, arcos y trastes componiendo una hermosa canción de amor a la música que hermana.

Hora punta en Arhanes.

La capital de esta tierra ebria es Arhanes, un espléndido conjunto de casas neoclásicas bien cuidadas, iglesias renacentistas blanqueadas, con una plaza principal llena de vida y buenos restaurantes para reparar los estragos de la jornada, que forzosamente debe incluir un paseo por este pueblo inclinado hacia las viñas y en el que el día acaba antes por la gran sombra que proyecta el imponente monte Yiouhtas. Nosotros, en cambio, por las dificultades de acercar nuestro gran equipaje a cualquier hotel, decidimos pasar esa noche en Heraklion, ahí cerca, llegando a la capital después de bordear un impresionante acueducto y dejar a la derecha el palacio de Knosos. Difícilmente se podría redondear mejor una jornada que comenzamos en la costa del otro lado.

Una calle de Arhanes, el pueblo más bonito de la Tierra del Vino.

Redondos y dulces

Ulyfox | 30 de octubre de 2011 a las 13:57

La fotaleza veneciana del puerto de Heraklion

 

(Da un poco de lástima ¿no? esta crónica tan larga, interrumpida y deslabazada de nuestro último viaje. Pero qué se le va a hacer… las circunstancias, el discurrir incontrolable de la vida te lleva por caminos y esperas no deseadas. Disculpen los lectores que permanezcan fieles estas páginas virtuales. Ya hace un mes que volvimos y aún queda casi medio viaje que contar. Espero que ustedes no tengan prisas. Continuemos el relato)

La fuente Morosini o de Los Leones, centro ciudadano, rodeada de terrazas

Veníamos de Rodas, y llegamos en avión a Heraklion. De sonoro, mitológico nombre, es la capital de Creta. También lo veréis escrito como Iraklio. En cualquier caso, su apelativo nos lleva al recuerdo de un héroe fanfarrón y torpe, de fuerza descomunal y que tiene tanto que ver con Cádiz: Heracles, Hércules para nosotros. No se puede decir de ella que sea una ciudad preciosa, sino más bien desordenada, con un casco antiguo destrozado en cierta forma. Pero todo esto no da como resultado un lugar desagradable. Antes al contrario, es un sitio con mucho encanto por su ambiente cultural, la gran cantidad de tiendas de todas clases, con una convivencia perfecta entre las grandes marcas, las franquicias y los comercios de toda la vida. Además, tiene un mercado vivo y abierto todo el día, y está llena de buenos restaurantes, bares y tabernas. Los que la conocen, la quieren.

Una tienda de cafés en el mercado de Heraklion

Heraklion es habitualmente nuestra puerta de entrada a Creta porque está estupendamente comunicada por mar y aire. Y porque es una excelente parada antes de coger carrerilla para recorrer la inmensa, atrayente, inmensa isla. Tiene un recogido puerto veneciano con una sólida fortaleza, frente a ella una rotonda de tráfico incesante y la calle peatonal 25 de Agosto, que sube hasta la preciosa fuente Morosini y el mercado, y que se desparrama en un dédalo de callejuelas con terrazas y gente, mucha gente paseando, comprando, bebiendo café o jugando al backgammon.

Fabricando 'loukoumades'

Y entre tiendas, los locales donde venden los loukoumades, un dulce sencillo, de los denominados frutas de sartén. Yo diría que son los equivalentes a nuestras churrerías. De hecho, es muy parecido pero sin máquina: un hombre va cogiendo de un perol muy grande manojitos de una crema blanca y los va echando en otro con aceite muy caliente y luego los va moviendo. El resultado son unas bolas fritas, que otro ayudante rocía con una miel diluida, y espolvorea con azúcar y canela: buñuelos que se consumen al momento, riquísimos y nutritivos.

El maestro, en su trabajo

Los despachan a la calle o se consumen con café en el local. Redondos y dulces para el disfrute de Penélope. Seguro que todo esto les suena.

Calentitos, suaves y nada empalagosos, para comer enseguida.

A nosotros nos encanta Heraklion por los loukoumades, por las terrazas y por la taberna Hipokampo, de la que ya hemos hablado. Aunque repito que tiene decenas de sitios buenos para comer… a precio cretense. Y también, por qué no, por el Hotel Kronos, un establecimiento sencillo pero agradable y limpio, y amablemente llevado por una familia. Y está situado inmejorablemente si se quiere coger un barco. Que es lo que siempre queremos coger nosotros.

El salón del trono del palacio de Cnosos

Y por supuesto, Heraklion tiene el palacio de Cnosos, el más maravilloso de la maravillosa civilización minoica, desaparecida de manera misteriosa hace miles de años. El palacio, pese a su innegable atractivo, nunca ha logrado emocionarme. Será porque se nota que está reconstruido en demasía, pero me pasa con otros palacios minoicos como el de Festos: queda demasiado poco en pie. Para colmo, ya no se puede entrar en el salón del trono ni en la hermosa sala pintada con delfines, y se tiene uno que conformar con verlos desde una puerta. El que quizá fuera morada del rey Minos está solo a cuatro kilómetros de Heraklion y es fácilmente accesible en autobús. Merece la pena, desde luego, y es evocador el emplazamiento entre olivos y en un alto. Quizá haya que hacer un esfuerzo enorme de imaginación, pero a veces la Historia es esto. Tal vez resulte incluso más emocionante el maltratado Museo de Heraklion.

Restos reconstruidos del palacio de Cnosos

En esta entrañable capital comenzamos esta vez nuestra enésima visita a la isla del Laberinto y del Minotauro, la impar Creta, la indómita y amable a la vez, la que nunca abandonamos.

Frente a la taberna Hipokampos

Correo urgente desde Heraklion

Ulyfox | 20 de septiembre de 2011 a las 23:10

En el puerto de Chania, ayer por la mañana.

Le hemos cogido cariño a este seguidor del blog. Nos carcome la curiosidad: ¿alguien en Cádiz con gustos tan parecidos a los nuestros, tan amante de Grecia y el Mediterráneo? ¿quién será? No creíamos que fuera posible en tan pocos kilómetros cuadrados encontrar a alguien gemelo en los intereses. Leo sus comentarios y parece que podría ser el autor de muchas de nuestras notas en Creta, Santorini o Mikonos.

El faro de Chania da paso a un viejo buque, ahora de excursiones para turistas.

Así que, por deferencia hacia su interés, y con el permiso de todos los demás, va por él esta cuña griega intercalada en el periplo jordano. Que sí, Avenger, que Chania está más bonita cada año que pasa, que La Canea tiene una belleza atesorada poco a poco, siglo a siglo, Venecia y Turquía casadas y peleadas, divorciadas y vuelta s a arreglarse con los buenos oficios griegos. Que Creta es una isla imponente y amable a la vez. Será el raki, que suaviza las cosas. Que uno no se cansa nunca de ver el faro de Chania, atado a la ciudad pero protagonista solitario, allí en la bocana del puerto. Que la Pension Theresa es una joyita junto al puerto, que no cierra en todo el año. “Aquí viene gente en invierno, porque Chania adquiere un ambiente… especial. Vienen gente como artistas o escritores, por tres, cuatro, cinco meses” nos ha dicho María, la jovial aunque siempre con sueño encargada de la Pension, hija de los dueños. (Animáos para esos días que os quedan de vacaciones)

El fuerte veneciano, en el puerto de Heraklion, desde la habitación del Hotel Kronos

Que estamos diciendo hasta luego a Creta, desde la acogedora, personalísima y ambientada capital, Heraklion, frente a su fortaleza veneciana, testigo de tantos asedios, con el sonido de la lira cretense, esa especie de violín pequeño y redondeado, en los coches que pasan.

Al final, cenamos en Hipokampos, pero esta va dedicada a Avenger.

Y que hemos vuelto a cenar al Hipokampo de Heraklion, pero hemos dudado también entre Vrakas y Ligo Krasí… ligo Thalassa. El dueño nos ha contado su indignación con Papandreu, su fastidio alimentado tras cuarenta años de trabajo con las medidas asfixiantes de un gobierno que se dice “socialista”. Él lo ha definido en un perfecto español. ¿Y Papandreu? le he preguntado. “¿Papandreu? ¡Cabrón!” ha dicho. Nos ha invitado, como a todos, a raki, y nos ha despedido llevándose la mano al corazón. “Hasta el año que viene”, le hemos dicho. Y un deseo: “kaló jimona” (buen invierno) para él, para su negocio y su familia. Y para Grecia.

Tertulia en un kafeneion de Heraklion, al caer la tarde.

 

P.S. También para Isadora: que nada te disuada de visitar Grecia.

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