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Mundos paralelos

Ulyfox | 15 de junio de 2012 a las 23:00

La plaza principal de Antiguo Hersónisos, llena de tabernas y tranquilidad.

Creta es tan grande, tan diversa que si te mueves un poco al este, o a oeste, o al interior, o subes entre curvas vertiginosas a las carreteras de montaña, te parece haber entrado en otra isla sin haberte bajado del coche. Eso ya lo sabíamos cuando, estando a lo mejor en el destartalado, pueblerino y acogedor Makry Gialos, sumergido en el aire africano del mar de Libia, te acordabas de pronto de que hacía sólo dos días paseabas por las hermosas y estucadas calles venecianas o turcas de La Canea.

A la espera de clientes en Antiguo Hersónisos.

Pero lo que es más extraordinario es que a una distancia de menos de un kilómetro y a una diferencia de altitud de sólo unas decenas de metros, transcurran dos mundos casi opuestos, paralelos hasta en el sentido de que nunca llegarán a encontrarse. Es lo que ocurre entre Limeni Hersónisos, el núcleo más masificado del turismo cretense, en la costa norte, y el Antiguo Hersónisos. Tres minutos en coche cuesta arriba nunca significaron tanta distancia. Abajo, en la playa, los edificios alcanzan alturas impropias de una isla griega, y se amontonan en calles estrechas y desordenadas, llenos de apartamentos con toallas colgadas de los balcones y de carteles en inglés, alemán y últimamente, ruso; los turistas pasean en bikini o con el torso al descubierto y los quads se adueñan de las estrechas carreteras, montados por parejas rubias.

Una calle de Koutouloufari

Arriba, como colgados de una carretera que es una cornisa, casi pegados uno a otro, tanto que se pueden conocer en un agradable paseo andando, hay tres pueblecitos: el Antiguo Hersónisos, Piskopianó y Koutuloufari. Ahí hay placitas donde los niños juegan y corretean, las terrazas tienen el atractivo ambiente hostelero de la Grecia de siempre, y las tiendas están puestas con gusto, los cartelitos escritos en maderas pintadas, y los hoteles son viejas casas restauradas, pintadas o con la piedra vista. Al atardecer es posible contemplar el agradable espectáculo griego de la gente sentada a la puerta de su casa o de su negocio. “Kalispera, kalispera sas, yásas” vas saludando con ansias de que el día se prolongue y no te atrape la obligación de la ducha, la cena y la cama. La misma pasión incontrolada que empuja a las golondrinas a revolotear bajo y haciendo figuras al ponerse el sol parece atrapar al paseante, de la misma forma que abajo, junto al puerto, el ajetreo bárbaro te impulsa a salir huyendo. Hasta tal punto somos reos del entorno.

El campanario de la iglesia de Koutouloufari.

Ya os imaginaréis cuál fue nuestra elección para pasar la tarde y noche de aquel día.