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Romanos y árabes en Málaga

Ulyfox | 11 de julio de 2021 a las 19:29

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Visión nocturna del Teatro Romano y, arriba, la Alcazba de Málaga.

La guía era menuda y desenvuelta, morena y escueta, y apareció puntualmente y armada como nos dijo el día anterior: con un paraguas color naranja y a la entrada de la Alcazaba de Málaga. Teníamos concertada una visita guiada a este monumento de la dominación musulmana, combinada con un recorrido por el teatro romano, situado justo debajo del gran castillo árabe. Otra pareja debía unirse a nosotros tres para la visita, pero sencillamente no aparecieron, sin siquiera dignarse a avisar. “Es lo menos grave que te puede pasar”, nos contó resignada Candi, de Top Tour Málaga, que se convirtió por mor de la descortesía de unos clientes y para alegría nuestra, en ‘cicerone’ particular y relajada.

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El graderío y la ‘orchestra’ del Teatro Romano.

El teatro romano fue la primera etapa. El monumento, abierto y visible en pleno centro de la ciudad, da un especial y único ambiente a la calle Alcazabilla, dominando todo el paisaje urbano con su fila de gradas muy bien conservada. Construido en tiempos del Imperio y dejado de utilizar como teatro aproximadamente en el siglo III d.C., estuvo oculto para los malagueños durante centurias hasta que, en los años cincuenta del pasado siglo, se descubrió su existencia al hacer unos trabajos para la realización de un jardín público. Aún tuvo que esperar décadas, hasta 1991, para que se derribara el último edificio existente sobre él y pudiera ser contemplado en todo su esplendor. Ese edificio era precisamente la Casa de la Cultura, y la resistencia de sus administradores al derribo hizo que se la conociera en Málaga como la ‘Casa de la Incultura’.

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El ‘auditus máximus’, entrada de las gentes principales.

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Impresiona, aparte de su graderío y la zona de la orchestra, un arco lateral abovedado con sillares, que se pensó en principio que podría ser una de las puertas de la antigua muralla romana pero luego se comprobó que correspondía al auditus máximus, es decir la entrada para los ciudadanos de más alto rango, según la estricta división por clases que regía la distribución del espacio en el teatro. Las detalladas explicaciones de Candi contribuían al encanto instructivo de la visita a este lugar, que fue sucesivamente factoría de salazones e incluso lugar de enterramiento hasta que desapareció durante cientos de años bajo las mil capas de la Historia.

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A los pies de la Alcazaba, esperando a nuestra guía, Candi.

Después emprendimos el camino de subida hacia la Alcazaba, el castillo palacio que los gobernantes árabes hicieron construir para defender la valiosa plaza de Málaga, allá por el siglo XI. Durante el recorrido lo que primero se aprecia es la perfecta fortificación del lugar, con tres murallas concéntricas y varias entradas en curva, que hacían muy difícil el asalto. Preciosas puertas con arcos de herradura que utilizan algunos elementos constructivos de anteriores edificios romanos se pueden ver al paso.

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Fortificaciones dobles y triples en las murallas de la Alcazaba.

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Columnas romanas, reutilizadas en la llamada Puerta de las Columnas.

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Cuando se abandonó la utilidad militar y de residencia de los gobernadores musulmanes, la Alcazaba fue ocupada durante décadas por gente que se construyó sus casas adosadas a los muros. Candi nos enseñó algunas fotos antiguas que demuestran esa utilización como pueblo dentro de la ciudad, con sus calles. Eso sí, la vida allí no debia ser muy cómoda. Cuando a principios del siglo pasado se empezó a restaurar la fortaleza, esa gente fue desalojada.

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Vistas del palacio del gobernador, en la Alcazaba.

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El recorrido culmina en el antiguo palacio del gobernador, algunas de cuyas estancias recuerdan a una Alhambra en pequeñito, sin alcanzar el esplendor de los palacios granadinos, pero mostrando que no era una residencia cualquiera. Los siglos posteriores no la trataron con tanto cariño como a las estancias nazaríes ni su tamaño se puede comparar, pero sin duda tienen y debieron tener una gran belleza.

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Además, desde su ubicación se tiene una espléndida vista de la ciudad y su puerto. Más arriba y allá lejos se ve el castillo de Gibralfaro, que estaba unido a la Alcazaba por la llamada Coracha, dos muros paralelos que aún existen hoy y que, según los planes, algún día se restaurarán.

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Salimos de la visita tan empapados de historia que aún tuvimos ganas y tiempo de visitar brevemente la sección arqueológica del Museo de Málaga, situado en un magnífico edificio, el antiguo Palacio de la Aduana. Nos gustaron mucho las descripciones sobre el importante arte rupestre y los monumentos megalíticos en la provincia, y especialmente interesante es la llamada Tumba del Guerrero, un enterramiento donde se halló un ajuar que incluía un casco griego, por lo que se supone que mercenarios de esa procedencia servían de escolta o fuerza al servicio de los señores fenicios de la época.

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Mosaico romano en el Museo Arqueológico.

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Cerámica árabe.

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Un desagüe de piedra ibero.

Tanta historia nos llevó a abrirnos el apetito, eventualidad que combatimos de manera muy eficaz y sabrosa en el chiringuito El Cachalote, en la playa de la Malagueta, con un menú veraniego lleno de espetos, boquerones, coquinas y pimientos asados…

Un pequeño lugar fundamental

Ulyfox | 27 de mayo de 2015 a las 12:56

El luminoso y sencillo claustro del Monasterio de La Rábida.

El luminoso y sencillo claustro del Monasterio de La Rábida.

La blanca silueta del monasterio, en un cuidado entorno.

La blanca silueta del monasterio, en un cuidado entorno.

Otra vista exterior del monasterio, con la entrada de la iglesia.

Otra vista exterior del monasterio, con la entrada de la iglesia.

Sí, la Historia, así con mayúsculas, muchas veces requiere de circunstancias, lugares o acontecimientos minúsculos. Me vienen a la mente sitios como el rincón lleno de maleza donde apareció la Venus en Milo; la habitación pequeña en la que nació Isabel la Católica, el teatrito isleño donde empezaron las Cortes, una colina ateniense que alumbró la democracia, la imprenta donde se editó el Quijote en Madrid, la casita donde nació Kafka en Praga, una roca en Quíos donde supuestamente enseñaba Homero, la plaza de La Bastilla en París, el aula donde enseñaba Machado en Baeza, o esa cueva en Patmos donde San Juan alucinó tanto que escribió el Apocalipsis…

El interior de la pequeña iglesia mudéjar de La Rábida.

El interior de la pequeña iglesia mudéjar de La Rábida.

Nosotros hemos conocido, hace sólo unos días (bueno, Penélope ya lo conocía) uno de esos lugares pequeños donde ocurren cosas fundamentales: La Rábida. Ya lo sabéis todos, ese convento franciscano donde Cristóbal Colón encontró refugio para su cansancio y sus ideas en los brazos y las mentes entregadas de sus moradores, que al final fueron sus principales valedores, con Antonio de Marchena a la cabeza, para que pudiera convencer a los Reyes Católicos con sus no tan locas ideas acerca de las Indias, la redondez de la tierra y esos viajes fantásticos a mundos sólo imaginados.

Frescos de Vázquez Díaz, a la entrada del monasterio.

Frescos de Vázquez Díaz, a la entrada del monasterio.

El claustro mudéjar del Monasterio.

El claustro mudéjar del Monasterio.

El lugar está cuidado, muy cuidado, y rebosante de sensaciones. Tal vez demasiado limpio para que el visitante pueda sentir el paso y el peso de la historia. Alguna telaraña evocadora, alguna losa desgastada que evocara cansados o pertinaces paseos, alguna huella de humedad venida de la imponente marisma o traída en alguna de las carabelas de allende los mares, algún desconchón en las blancas o rosas paredes, por no hablar de algún aroma de cocina de puchero conventual, le vendrían bien al propósito de situar al visitante en aquel momento crucial de la historia de España y del mundo. Sí queda en cambio claro que aquella gesta increíble, grandiosa, comparable a pocas en el devenir de las relaciones planetarias, tuvo su origen en un humilde rincón andaluz, de cal, ladrillo y canto, como uniendo todas las culturas que en la península habitaron. No hay allí, ni lo había, lujos ni grandes salones regios. Tampoco los había en todo el Reino, aún heredero de una pobre alcurnia castellana y antes de que los oros de América inundaran este lado del Atlántico. El monasterio se puede visitar casi como el que visita un cortijo, con dos sencillos y hermosos claustros, que aquí es solo el pomposo nombre que los monjes dan a sus patios. La audioguía que te dan con la entrada te ambienta con su música antigua y te ayuda a comprender el momento histórico, y todo transcurre plácido, como un cuento que sabemos que no tuvo un final feliz.

 

Ventanas sobre el claustro mudéjar.

Ventanas sobre el claustro mudéjar.

Me gustaron especialmente los claustros (siempre me enamoran estos espacios abiertos pero cerrados, debe de ser el alma de monje no consumado que me acompaña) y el emplazamiento en la colina, sobre las marismas, como un símbolo inevitable de encuentro y partida de horizontes abiertos. No me emocionarion los frescos del pintor Daniel Vázquez Díaz. Al exterior quizá le sobra el aire conmemorativo que se le ha querido dar, incluyendo esa columna tan alta. Tal vez habría sido más acertado acentuar lo pequeño, o más bien la paradoja que supone que algo tan grande viniera a ser concebido en este rincón. Le pegaba más, creo yo, el espíritu poético de que el visitante tuviera que buscar el convento en un paraje humilde y escondido. Cosas mías.

La restaurada Columna del IV Centenario, cerca del monasterio.

La restaurada Columna del IV Centenario, cerca del monasterio.

Luego, sí, cumplimos con el rito de visitar las tres carabelas, que no pueden quitarse de encima ese aspecto de réplica pero cumplen también su función didáctica y, por qué no, turística. El paisaje marismeño se ve a lo lejos perturbado por las evidencias industriales y portuarias, pero eso ya…

La réplica de las tres carabelas de Colón, en el muelle de las Carabelas.

La réplica de las tres carabelas de Colón, en el muelle de las Carabelas.

La Historia vive

Ulyfox | 23 de agosto de 2012 a las 13:16

La pequeña iglesia bizantina de la Panagia, en Fodele

Es inagotable la fuente. No sabes lo que puedes sacar de un asunto hasta que te pones a indagar en él. Damos cien, mil vueltas a Creta en coche, conversaciones libros o páginas web, y cuando creías conocer medio bien la isla te aparecen nuevos nombres misteriosos y atractivos como imanes: Tampakaria, por ejemplo, en La Canea, un barrio marino de curtidores, en realidad ya reliquia industrial, que hay que ir a conocer y degustar; Koum Kapi, con toda su resonancia turca, la Puerta de Arena significa; Koutsoumados, escenario de una de las mil matanzas sucedidas en la isla desde que es isla; Anogia, para conocer la patria del gran músico Nikos Xylouris, una leyenda muerta joven como corresponde a su carácter de leyenda; y tenemos que conocer Frangokastello, una de las pocas fortalezas que los venecianos lograron levantar en la rebelde tierra de Sfakia; Eneahoria, los Nueve Pueblos que dicen maravillosos; Valos y su visión de peñón rodeado de aguas turquesas, con el ruego de que no haga viento; Bamos, y su pequeña escuela de cocina cretense; el valle de Amari y el monte Ida, con otra cueva morada de Zeus; Samaria y su larga garganta de paredes pegadas hasta llegar al baño en Agia Roumeli.

Las leyes de Gortina, grabadas en la piedra del Odeón romano

Tantos sitios a donde ir en nuestra segunda visita de este año. Penélope también es inagotable cuando se pone, y está escudriñando el mapa de Creta como aquellos generales de la Segunda Guerra Mundial que buscaban el mejor paso entre montañas para llegar al puerto escondido en donde podrían embarcar y huir al fin de la persecución nazi. Pero es imposible rastrear las huellas de la Historia con dedicación de amateur. Sólo es posible admirarse de la larga trayectoria humana de esta isla, pasmarse ante sus restos, echarse las manos a la cabeza. Aquí exponemos con orgullo una vasija pintada en una vitrina; allí es enloquecedora la abundancia, desde un minúsculo sello en el que está representada la antigua ciudad de Kydonia, hasta los hermosos frescos con juegos taurinos del palacio de Knosos. Y vasijas, por decenas de miles. Y unos pendientes milenarios que son dos avispas, y un disco de arcilla con un lenguaje escrito aún por descifrar.

El mosaico de una basílica paleocristiana, cerca de Elounda

 

 

Escalinatas y muros en la ciudad dórica de Lató.

En un alto de acceso entre piedras está lo que queda de la ciudad dórica de Lató, con una vista espléndida del golfo de Mirabello. En un casi pantanal afloran los restos del palacio minoico de Kato Zakros. En una llanura calurosa está lo que queda de la gran ciudad romana de Gortina, la que grabó su Código legal en piedra que aún se conserva, escrito al modo que los bueyes aran el campo: de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Junto a la playa solitaria se desparrama la antigua Ítanos, desconsoladas columnas y antiguas basílicas. Al borde de las carreteras, cementerios minoicos, mosaicos paleocristianos, ciudades enteras con calles, escalinatas y esquinas dibujadas en el suelo, como Gournia. En aislados recovecos, monasterios renacentistas del esplendor veneciano en Arkadi, Agia Triada, Toplou, Gouvernetou…, iglesias bizantinas de cuando Roma emigró a Oriente. Ahí, en medio de los barrios de colores de La Canea y Rethymnon, minaretes turcos y fuentes de las dos confesiones.

La iglesia renacentista del monasterio Arkadi.

¿Cómo pondremos todo esto, dios mío, en un pequeño libro?