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Un pequeño lugar fundamental

Ulyfox | 27 de mayo de 2015 a las 12:56

El luminoso y sencillo claustro del Monasterio de La Rábida.

El luminoso y sencillo claustro del Monasterio de La Rábida.

La blanca silueta del monasterio, en un cuidado entorno.

La blanca silueta del monasterio, en un cuidado entorno.

Otra vista exterior del monasterio, con la entrada de la iglesia.

Otra vista exterior del monasterio, con la entrada de la iglesia.

Sí, la Historia, así con mayúsculas, muchas veces requiere de circunstancias, lugares o acontecimientos minúsculos. Me vienen a la mente sitios como el rincón lleno de maleza donde apareció la Venus en Milo; la habitación pequeña en la que nació Isabel la Católica, el teatrito isleño donde empezaron las Cortes, una colina ateniense que alumbró la democracia, la imprenta donde se editó el Quijote en Madrid, la casita donde nació Kafka en Praga, una roca en Quíos donde supuestamente enseñaba Homero, la plaza de La Bastilla en París, el aula donde enseñaba Machado en Baeza, o esa cueva en Patmos donde San Juan alucinó tanto que escribió el Apocalipsis…

El interior de la pequeña iglesia mudéjar de La Rábida.

El interior de la pequeña iglesia mudéjar de La Rábida.

Nosotros hemos conocido, hace sólo unos días (bueno, Penélope ya lo conocía) uno de esos lugares pequeños donde ocurren cosas fundamentales: La Rábida. Ya lo sabéis todos, ese convento franciscano donde Cristóbal Colón encontró refugio para su cansancio y sus ideas en los brazos y las mentes entregadas de sus moradores, que al final fueron sus principales valedores, con Antonio de Marchena a la cabeza, para que pudiera convencer a los Reyes Católicos con sus no tan locas ideas acerca de las Indias, la redondez de la tierra y esos viajes fantásticos a mundos sólo imaginados.

Frescos de Vázquez Díaz, a la entrada del monasterio.

Frescos de Vázquez Díaz, a la entrada del monasterio.

El claustro mudéjar del Monasterio.

El claustro mudéjar del Monasterio.

El lugar está cuidado, muy cuidado, y rebosante de sensaciones. Tal vez demasiado limpio para que el visitante pueda sentir el paso y el peso de la historia. Alguna telaraña evocadora, alguna losa desgastada que evocara cansados o pertinaces paseos, alguna huella de humedad venida de la imponente marisma o traída en alguna de las carabelas de allende los mares, algún desconchón en las blancas o rosas paredes, por no hablar de algún aroma de cocina de puchero conventual, le vendrían bien al propósito de situar al visitante en aquel momento crucial de la historia de España y del mundo. Sí queda en cambio claro que aquella gesta increíble, grandiosa, comparable a pocas en el devenir de las relaciones planetarias, tuvo su origen en un humilde rincón andaluz, de cal, ladrillo y canto, como uniendo todas las culturas que en la península habitaron. No hay allí, ni lo había, lujos ni grandes salones regios. Tampoco los había en todo el Reino, aún heredero de una pobre alcurnia castellana y antes de que los oros de América inundaran este lado del Atlántico. El monasterio se puede visitar casi como el que visita un cortijo, con dos sencillos y hermosos claustros, que aquí es solo el pomposo nombre que los monjes dan a sus patios. La audioguía que te dan con la entrada te ambienta con su música antigua y te ayuda a comprender el momento histórico, y todo transcurre plácido, como un cuento que sabemos que no tuvo un final feliz.

 

Ventanas sobre el claustro mudéjar.

Ventanas sobre el claustro mudéjar.

Me gustaron especialmente los claustros (siempre me enamoran estos espacios abiertos pero cerrados, debe de ser el alma de monje no consumado que me acompaña) y el emplazamiento en la colina, sobre las marismas, como un símbolo inevitable de encuentro y partida de horizontes abiertos. No me emocionarion los frescos del pintor Daniel Vázquez Díaz. Al exterior quizá le sobra el aire conmemorativo que se le ha querido dar, incluyendo esa columna tan alta. Tal vez habría sido más acertado acentuar lo pequeño, o más bien la paradoja que supone que algo tan grande viniera a ser concebido en este rincón. Le pegaba más, creo yo, el espíritu poético de que el visitante tuviera que buscar el convento en un paraje humilde y escondido. Cosas mías.

La restaurada Columna del IV Centenario, cerca del monasterio.

La restaurada Columna del IV Centenario, cerca del monasterio.

Luego, sí, cumplimos con el rito de visitar las tres carabelas, que no pueden quitarse de encima ese aspecto de réplica pero cumplen también su función didáctica y, por qué no, turística. El paisaje marismeño se ve a lo lejos perturbado por las evidencias industriales y portuarias, pero eso ya…

La réplica de las tres carabelas de Colón, en el muelle de las Carabelas.

La réplica de las tres carabelas de Colón, en el muelle de las Carabelas.

Qué se nos ha perdido en Huelva

Ulyfox | 20 de mayo de 2015 a las 13:50

Escena vespertina en la Plaza de las Flores de Isla Cristina.

Escena vespertina en la Plaza de las Flores de Isla Cristina.

 

La verdad es que pensábamos que nada se nos había perdido en Huelva. Es más, amigos y compañeros siempre nos han dicho que no nos perdemos nada, cuando hasta hace poco comentábamos que no habíamos estado nunca, que era de los pocos lugares que no conocíamos. Si acaso, de paso hacia Portugal, alguna parada en la Sierra, en una cafetería de autovía, hace tantísimos años en Ayamonte poco antes de tomar la barca para cruzar hacia Vilareal de Santo Antonio cuando era el único medio de hacerlo. Así que eso pensábamos también, que nada había que lamentar por no haber estado nunca en Huelva. Pero si os soy sincero, últimamente barruntaba que ciertos paisajes, ciertos horizontes de arenas y marismas me habrían de gustar, y, por supuesto, ciertos moluscos y crustáceos de fama mundial.

Frente a la playa de Isla Cristina, en la punta del Caimán.

Frente a la playa de Isla Cristina, en la punta del Caimán.

 

Así que a este reclamo por fin decidimos acudir hace un par de semanas, y reservamos dos noches de hotel en Isla Cristina, que da nombre a pesquerías, conservas y especies marinas de prestigio. El objetivo gastronómico estaba claro. El Barceló Isla Cristina no nos decepcionó, si entendemos por esto que era justamente lo que esperábamos: un lugar pensado y realizado para vacaciones en familia, todo incluido con piscinas rebosantes, actuaciones toda la tarde y animación del tipo que no decaiga y que los niños no se aburran mientras los padres pueden vigilar desde sus mesas, o ni vigilar siquiera, que eso queda en manos de los animosos monitores. No precisamente indicado para nuestros gustos, pero apto por limpieza, servicios y ubicación. Olvídense del encanto.

Barcos pesqueros en el muelle de Isla Cristina.

Barcos pesqueros en el muelle de Isla Cristina.

Isla Cristina se nos reveló como un lugar conocido, como otros pueblos marineros de nuestra zona, pero con la fortuna de contar aún con una importante actividad pesquera. De hecho es la primera flota de Andalucía en su género. Y eso se agradece en las cocinas, en los bares y en los restaurantes. El casco urbano presenta la esperable anarquía del centro y la en cierta forma artificial ordenación de las afueras. Limpio, sí, y lleno de luz como corresponde a la Costa en la que está enclavado. Sus muelles sorprende por la acumulación de barcos con olor a faena. Paseamos un rato, pasando antes por la lejana y arenosa playa, en un paisaje de ríos, caños, esteros y salinas muy familiar para dos nativos de San Fernando. Desembocamos en la plaza de las Flores, pequeña, pueblerina y con niños jugando. Tomamos una cerveza en la terraza del Casino, con un espacio interior de aire antiguo claramente desaprovechado. La noche fue la búsqueda del producto local, y tenemos que decir que acertamos plenamente con la recomendación de una de las recepcionistas del hotel. No muy lejos, un restaurante sin muchas pretensiones, el Aqua, nos deleitó con unas gambas muy frescas, unas coquinas sabrosas aunque algo arenosas, y unas pijotas de hacerles reverencias. El buen vino del Condado, en este caso Marieta, acompañó todo a la perfección. Excelente.

En el muelle de la Isla del Moral.

En el muelle de la Isla del Moral.

La mañana del segundo día tuvo un objetivo casi idéntico: a la búsqueda de mojama y atún de la conservera local Usisa y un salto a mediodía hacia la Isla del Moral, un poblado de pescadores al otro lado del río Carreras, un agradable paseo que se hace a bordo de un gracioso barco de nombre más bien pretencioso: ‘Ferry’ El Pelón. En diez minutos estábamos en el otro lado. Con calor y a pie nos acercamos al poblado, un conjunto de casas y restaurantes de pescados. Esta vez cayó un arroz caldoso a la marinera, con un preludio de las inevitables y amistosas coquinas (gordas y fresquísimas) y una pimentá con melva. Más vino del Condado y más gracias a la vida por la comida a un precio más que aceptable en El Chiringuito III.

Regreso y conversación en el 'ferry' el Pelón.

Regreso y conversación en el ‘ferry’ el Pelón.

La vuelta dio para una animada aunque resignadamente tópica conversación sobre esa situación que Rajoy no ve con uno de los pasajeros, camarero de uno de los chiringuitos, de regreso a su casa tras la faena, y que también le pega al flamenquito y al Carnaval.

Ahí, con ese aire marismeño, en el muelle Martínez Catena de Isla Cristina.

Ahí, con ese aire marismeño, en el muelle Martínez Catena de Isla Cristina.

El día acabó sin más historia con una cena en el bar Cristina, a base de ya imagináis qué. Y con la conclusión de que, desde luego, sí nos habíamos estado perdiendo algo por no conocer Huelva. Quién sabe, es probable que repitamos con algún otro pueblo no muy tarde. Por si hubiera algo más que pudiéramos encontrar sin haberlo perdido.

El río Carreras, frente a Isla Cristina.

El río Carreras, frente a Isla Cristina.

 

Mariscando las excelentes coquinas en la marisma.

Mariscando las excelentes coquinas en la marisma.

La causa de tanta riqueza.

La causa de tanta riqueza.