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Resumen de más de un mes de gloria y un cierto dolorcito

Ulyfox | 3 de octubre de 2021 a las 20:29

azul patmos

Baño azul en la playa de Kampos, en la isla de Patmos.

 

Aprovechando que aún quedan algunos lectores de este modesto blog de vivencias viajeras, comunico que hemos vuelto de más de un mes de periplo griego, de 35 días saltando de isla en isla, conociendo, descubriendo y reencontrando, certificando nuestro amor y también, por qué no decirlo, lamentando cierto cambio de ambiente. O a lo mejor somos nosotros, que simplemente envejecemos.

El viaje empezó a finales de agosto en el puerto de Lavrio, lugar de embarque para la isla de Kea, o Tzia, la más cercana de las Cícladas al continente, lo que la hace favorita de los atenienses. En ella pasamos cuatro hermosos días en los que tocamos de cerca la sonrisa de piedra de un león milenario y caminamos hacia las ruinas de una ciudad antigua, además de comprobar en sus playas y restaurantes el porqué de ser tan visitada.

Seguimos por una cita con los mejores amigos en otro puerto, El Pireo, donde embarcamos a las Cícladas ya siendo seis para probar en familia las delicias serenas de Sérifos y donde nos descubrimos como una comunidad de espíritu feliz y disfrutona, alma que nos guió durante cuatro días y otros tres más en la calmada y pequeña Kímolos, haciéndonos sabios para esquivar, capear y torear el pertinaz viento del norte.

Separados de nuevo, y ya otra vez sólo dos, tocaba la habitual visita a Creta, lugar de amigos acogedores y montañas desafiantes, donde aprovisionarnos de abrazos, baños entre palmeras en Preveli y música de la mano del didáctico Giorgos.

El siguiente salto fue a la isla más salvaje, Ikaria, llamada así por ser dónde cayó al mar el osado Íkaro. Una mole de piedra en medio del mar, con habitantes rudos y longevos y playas de caminos inciertos. Fue esta una parada corta en el norte del Egeo y desde allí el ferry nos llevó a la pequeña, íntima y casi privada Lipsí, en ese Dodecaneso que componen doce islas como su nombre indica.

Cuatro días allí y en esa calma, el último castigados por el feroz viento meltemi, nos llevaron a desear conocer islitas cercanas y de nombres prometedores como Arki, Agathonisi y Marathos, pero nos encaminamos a la de Patmos, visitada hacía tanto tiempo y tan brevemente que la recordábamos sólo a cachitos. La isla, en una cueva de la cual vivió San Juan y escribió el Apocalipsis, nos enamoró con su fortificado Monasterio de San Juan, la encalada y bellísima Hora que la rodea en la colina, sus montes suaves y sus playas azulísimas. Cinco días dieron para conocerla bastante mejor.

La última etapa, con una pequeña escala de unas horas para dormir en Syros, fue como siempre para Mikonos y nuestros amigos de la isla. Aquí el viento fue inmisericorde y el invierno parecía haber llegado de pronto, pero eso no nos importó mucho: lo esperábamos y además, con ella el objetivo es siempre estar allí, alojarnos en el Hotel Damianos y comer en los sitios acostumbrados entre abrazos, saludos e intercambio de buenos deseos para el siguiente año, que ya ha empezado como siempre en la rutina de octubre.

Todo eso iremos contando con mucho más detalle, y también el incierto dolorcito que nos ha producido detectar que Grecia está cambiando, como quizá es inevitable, y que cada vez hay que rascar más hondo para encontrar los seres humanos, el aire y la cercanía que nos enamoraron. O, como dije antes, a lo mejor es que somos nosotros…