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Los planes y los recuerdos

Ulyfox | 28 de diciembre de 2013 a las 1:14

Frías y empinadas calles de Puebla de Sanabria, en invierno de 2009.

Frías y empinadas calles de Puebla de Sanabria, en invierno de 2009.

Las estribaciones del Psiloritis.

Las estribaciones del Psiloritis.

La risa por el borracho, la decoración...

La risa por el borracho, la decoración…

Esa taberna de Creta en el cruce de caminos...

Esa taberna de Creta en el cruce de caminos…

Primera visión del valle de Amari cretense.

Primera visión del valle de Amari cretense.

En La Alberca, el mismo año.

En La Alberca, el mismo año.

Desde hace muchos años, el viaje de invierno es para nosotros tan obligado, tan deseado como el de verano. Aparecen los fríos, las lluvias, la Navidad y ya nos imaginamos a bordo del coche enfilando carreteras hacia el norte, temiendo a la vez el mal tiempo y soñando que nieva mientras visitamos los pueblos o, sobre todo, cuando al despertarnos en el hotel miremos los tejados vecinos cubiertos de blanco.

En otras ocasiones ha sido Cantabria o Castilla, en tiempos más pudientes fue Italia, y en alguno más feliz, fue en enero pasado la Creta invernal del sol en Rethymnon y la nieve en el Psiloritis, con el bloc de anotaciones para la guía bajo el brazo y el mejor de los proyectos. Aprendimos a amar Creta en invierno. Me viene ahora al recuerdo esa excursión al valle de Amari, después de una noche de lluvia que lo fue de nieve en el interior de la isla. Y esa desconocida sensación al andar en coche rodeados de campos y montañas blancas, al sortear montones de hielo, en esa isla griega tan luminosa y calurosa en verano.

Ese día, va a hacer ahora un año, los pueblos del hermoso valle estaban semidesiertos, buscábamos pequeñas iglesias bizantinas y torres venecianas antiguas. En un cruce de caminos muy cerca del pueblo que da nombre al valle, junto a un monasterio abandonado encontramos una taberna abierta. Allí llovía levemente y unos metros más arriba nevaba. Entramos y sólo había tres lugareños, cada uno en una mesa, y parecían pensar en sus cosas. Nos miraron con algo de curiosidad. Sentimos el calor de la estufa instalada en medio de la estancia. Saludamos, kalispera!, y nos sentamos en una mesa. La encargada, una mujer de mediana edad, se acercó y le indicamos (na fayitó?) que queríamos comer algo. Nos invitó a acercarnos al fogón y nos enseñó el contenido de los peroles: chícharos, cerdo guisado, habas… le pedimos una mezcla de todo, acompañada con huevos fritos y medio litro de vino blanco.

 

Casi nadie hablaba. Sólo un parroquiano, que continuamente iba a la nevera a sacar cerveza y acusaba claramente el efecto de esta costumbre bebedora, charloteaba y soltaba un discurso que parecía referirse a la mala gobernanza del país. Los otros dos y la dueña del negocio se reían de vez en cuando de sus palabras y semejaban decirle “anda cállate ya”, como se dice a los locos o a los borrachos. Pero no paraba, y hasta se dirigió a nosotros. Me pareció entender que nos preguntaba si nos molestaba con su perorata ebria. Algo debieron haberle dicho los otros. Yo le dije como mi rudimentario griego me permitió que no, que hablara lo que quisiera. Milate olo pou zélete le concedí, y él se volvió a los presentes con expresión triunfadora. “¿Lo véis? Al kirios (señor) no le molesta” me pareció que les dijo, y nos preguntó de dónde éramos. A eso siguió un medio imaginado diálogo en el que el hombre nos contó, o así creí entender, que había estado varias veces en España, en Barcelona, y que ahora, en Amari vivía muy bien y en una casa muy grande y con una buena paga. Lo felicitamos por eso. Poco más pudimos hablar dados su estado y mi ignorancia del idioma. Nos despedimos con un apretón de manos y una promesa jocosa de volvernos a ver, tal vez, en España.

Ahora, dentro de unos días, nos vamos, nos iremos dentro a tierras castellanas de nuevo, a ver pueblos isabelinos, a comer cordero y legumbres y a acostarnos prontito… y a contároslo aunque repitamos lugares. Con el frío persiguiéndonos y los vinos calentándonos. Adoro esos trayectos largos con Pe al volante pidiéndome que le encienda un cigarro de vez en cuando y con la vista en el mapa de carreteras, dueños del tiempo y del espacio, con las únicas e inevitables concesiones a las inclemencias, prestos a desviar la ruta o incluso a volver pasos atrás si es necesario. Lo que sea…

Frío, el de fuera

Ulyfox | 9 de febrero de 2013 a las 1:26

El frío en Zamora es de verdad.

 

O ante la hermosa Colegiata de Toro.

Hace frío, dicen. Frío el de otros lugares. Siento discrepar, pero nunca he entendido el dicho tan extendido (valga la aliteración) de que el frío de Cádiz es peor que el de Madrid, por ejemplo. Que en Madrid (o en París, o en Berlín) te pones un abrigo y se te quita el frío porque es seco, pero que aquí no hay manera, que se te mete en los huesos por su humedad por mucho que te abrigues… ¡venga, hombre! Yo no recuerdo haber pasado más frío en mi vida que la primera vez que estuvimos en París un fin de año, hace ya… Es verdad que coincidió toda la semana con una niebla espesa. No sabíamos cómo abrigarnos, reliados en bufandas, capuchas, pijamas bajo los pantalones y guantes que no impedían que las puntas de los dedos se tornaran cubitos de hielo. Seguramente no íbamos preparados, y si nos hubiéramos cubierto convenientemente habríamos salido mejor parados, seguro. Pero entonces, es lo que yo digo: que hace mucho más frío si necesitas mejores y más gordas prendas. Otro cantar es si las casas y los locales públicos están preparados aquí, que seguro que no, pero vamos que nos pongamos como nos pongamos, hace más frío en Palencia que en Cádiz.

En Lerma, el mejor cordero

Sea como sea, y como muestra de lo extraordinario del ser humano, ha terminado gustándome el frío en los vacaciones. Desde hace mucho tiempo, adoro los viajes en invierno (también el de Schubert). La experiencia de este año en Creta ha sido fantástica. Pero esta afición empezó hace años. Fue en París aquel Año Nuevo cuando descubrimos el intenso y desconocido placer de entrar en bares, restaurantes y cafeterías calentitos, pero la cosa creció en reconfortantes excursiones por Castilla, Extremadura o Cantabria cuando el frío apretaba, con las lejanas cumbres nevadas tras las ventanillas del coche, las apresuradas salidas frotándose las manos a la hora de parar a repostar en las gasolineras, el temor a que la nieve se acercara a la carretera, siempre sin cadenas. El gusto alcanzaba cotas sublimes cuando tocaba entrar a algún asador, ante un lechazo asado acompañado de una simple ensalada y un vino tinto recio, o tras el entrante de una restauradora sopa castellana. Y hasta te ríes cuando toca un largo rato de revestirse ante

¿Conocéis Covarrubias, la de bello nombre?

s de volver al frío de fuera, bendiciendo por dentro las bajas temperaturas.

¿Y Aranda de Duero?

Y aunque siempre apetece pasear sin tanta ropa, guardo para siempre el frío y los montones de nieve en las calles de San Gimignano, aquel viento en una esquina de Salamanca ante la estatua de Salinas con la oda que le escribió Fray Luis de León escrita en su pedestal (“el aire se serena y viste de hermosura y luz no usada…”), las rachas heladoras ante el mercadillo navideño junto al lago Como, donde compré un increíble pecorino con trufas, el paseo novato por Ordesa y el Monte Perdido con los peligrosos resbalones sobre el hielo, el mejor cordero del mundo en Lerma, los vinos descubiertos en La Alberca, la luz de la catedral de Burgos, un paseo bajo una lluvia fina hasta la cueva de Altamira, el descubrimiento del casco antiguo de Cáceres o la playa de Comillas los tres llenos de bufandas.

El Monte Psilorits surge de las nubes en un atardecer de enero en Creta.

Y por supuesto, lo último, el blanco Monte Psiloritis apareciéndosenos al final de un día de nubes y frío de este pasado enero por el valle de Amari, poderoso, endiosado, saludándonos desde sus 2.456 metros, por fin enmarcada su cumbre de nieve contra un cielo tan azul como solo es posible en Creta. Lo habíamos estado buscando todo el tiempo y al final, cayendo la tarde, cuando ya volvíamos a Rethymno, quiso decirnos hola, y vaya cómo lo hizo. Parecía despedir el día desde su altura, como si hubiera aparecido de entre las nubes sólo para ordenar al sol que se pusiera. Si quería impresionarnos, lo consiguió, por Zeus.

El invierno en Rethymnon

Ulyfox | 12 de enero de 2013 a las 0:28

En el puerto de Rethymnon, con el faro y el monte Psiloritis nevado, al fondo.

A ver: Rethymnon es una joya, una mezcla perfecta, antigua y con el punto justo de decadencia entre Venecia y Turquía. La gran fortaleza allá en lo alto vigila un casco antiguo con minaretes, palacios en ruinas, viejas mezquitas y loggias italianas. Unas calles estrechas pintadas en amarillo o colores siena, bordeadas de plantas, forman el entramado de casas y palacios antiguos de dos o tres alturas como máximo, y muchos de ellos en estado ruinoso. Las puertas tienen dinteles de piedra grabadas en relieve, de pronto te aparece una fuente con cabezas de león, y si miras hacia arriba ves balcones otomanos de madera. El minúsculo puerto veneciano tiene un faro de piedra que culminaron los egipcios, cuando durante un corto periodo de tiempo el sultán de El Cairo mandaba aquí.

Las calles del casco antiguo, en verano repletas, ahora están vacías.

En junio pasado estuvimos aquí, por el trabajo de nuestra guía. Entonces estaba lleno de turistas, porque no os he dicho que, además, Rethymnon tiene una playa de arena fantástica y kilométrica. Ahora, la ciudad vieja tiene un aire fantasmal: la gran mayoría de los comercios y restaurantes están cerrados. En el paseo marítimo la sensación es aún más palpable.

La Fuente Rimondi, sola, en una foto imposible de hacer en verano.

Cuando cae la lluvia y arrecia el frío, el turista anacrónico se siente como un ser perdido en busca de refugio, pero a la vez experimenta la sensación de ser el dueño de la ciudad como es sin otros visitantes. No hay apenas terrazas en las calles, esas sillas y mesas que tan bien quedan entre los colores cretenses no están. En la calle Vernadou, buscas el obrador del maestro de la pasta filo, Giorgos Hasparakos, al que visitaste en junio. La puerta está entornada pero hay luz de fluorescente en el interior. Giorgos y su mujer se asoman y los saludas. Y te cuentan que ahora no hay trabajo, porque no hay grupos de turistas, pero él está con un rollo de pasta en la mano, y sigue estirando la filo y el kataifi como ha hecho desde hace más de 60 años. Dice que hace unos años estuvieron en Andalucía de vacaciones y un poco después en Barcelona. Y les gustó.

Yiorgos Hasparaskos, el maestro de la pasta filo, y su mujer, a la puerta de su negocio.

El mar embravecido por el invierno, y la silueta gris de Rethymnon.

 

La enorme fortaleza veneciana (Fortetza) domina el casco antiguo.

Nada es igual que en verano, el puerto está vacío, y el faro recorta su silueta fría contra la estampa aún más fría y nevada del Monte Psiloritis, el más alto de la isla con sus 2.456 metros de altitud bien contados. No hay tiendas ni bares abiertos ni expositores de objetos turísticos llenando las parees, y por eso observas con más gusto los detalles arquitectónicos de esta mezcla de siglos en colores pastel. Y añoras el buen tiempo, pero no desdeñas el invierno, tan cretense como el verano.

La puerta de un palacio ruinoso en Rethymnon.

Lo pequeño

Ulyfox | 29 de noviembre de 2011 a las 13:40

Vista general de Primosten.

Parece que por fin no vamos a ir a Bilbao. Estaba casi todo decidido, pero la previsión meteorológica es de mucha lluvia toda la primera parte del puente, y no sé… No es normal que a pocos días de emprender un viaje no sepamos aún a dónde. Ahora las opciones se decantan por algunos pequeños pueblos de nuestra amada Castilla la Vieja. La Alberca, en Salamanca, por ejemplo. Andamos rondando la atractiva idea de unos días. Nos entusiasman esos pueblos amurallados o no, con frío en el aliento y refugios calentitos, minúsculas plazas mayores con picos nevados al fondo, en los que quejarse de la desacostumbrada y reconfortante helada temperatura para desquitarse con un buen café o un buen vino, según la hora. Carne, legumbre, sopas o cocidos para amigarse con las raíces. Todo muy escueto, necesariamente sobrio y sabio, la vida reducida, acotada a los límites de la vida.

Un helado a la caída del día, en la playa de Primosten.

A veces, muchas veces, los pueblos pequeños nos han hecho disfrutar del encogimiento y del recogimiento. Es la sensación de no querer nada más porque no hay mucho más que tener: dos, tres calles, alguna iglesia, un castillo en ruinas; uno, dos restaurantes; uno, dos hoteles… dan como resultado muchas horas de regalo. Si no hay mucho que hacer, muchos monumentos que visitar o museos que recorrer, tienes que concentrarte en ti mismo, tus lecturas, tu compañía y hasta puedes terminar gustándote. Vale la pena.

Pesca en el Adriático, en la misma playa.

Aún estaréis preguntándoos qué pintan las fotos que acompañan esta entrada. Son de Primosten, un pequeño pueblo costero de Croacia. No sé, pero pueden servir para ilustrar la tesis. Primosten está en la costa dálmata, y no disfruta la fama de sus hermanos mayores. Obviamente, no es Dubrovnik, ni Trogir, ni Split, ni siquiera Sibenik o Zadar. No tiene monumentos. Sólo una pequeña muralla imperceptible, una torre veneciana a escala mínima que lo convierte en una réplica de Rovinj, un cementerio marino encantador, callejuelas medievales, una placita con restaurantes, un paseo que rodea el pueblo y, eso sí, todo el Adriático a su alrededor y magníficas playas llenas de pinos. Es un pequeño tómbolo en una costa tan recortada como la dálmata, apenas un respiro en esta tierra saturada de belleza.

El cementerio marino de Primosten, un mirador sobre el Adriático.

A esas cosas me refiero cuando hablo de lo pequeño. Si queréis conocer Primosten, debéis saber que no es fácil, como cualquier viaje a Croacia desde España. Podéis volar a Split, que no está muy lejos pero harán falta una o dos escala. Dubrovnik está más lejos, pero Easyjet tiene vuelo directo a la perla del Adriático desde Madrid, en verano y por precios bastante buenos si se compran con antelación. Después de pasar al menos una noche en Dubrovnik, para poder disfrutarla sin cruceristas, habría que ir por carretera, deliciosa carretera hacia el norte. ¡Adelante!