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Caminata y playa en Meganisi

Ulyfox | 13 de noviembre de 2020 a las 13:44

Una caminata preciosa.

Una caminata preciosa. Al fondo, Lefkada y antes, Skorpios.

Kostas es el diminutivo de Konstantinos y es un nombre bastante común en Grecia. No tanto como Giorgos, Yiannis o Manolis, pero muy corriente. Pero vimos que a nuestro taxista en Meganisi la gente lo saludaba al grito de “Yásou Kostí“, o sea que hay otra forma de llamarlo, además del vocativo formal de Konstantine! Cosas de este idioma que, miles de años después, aún sigue utilizando las declinaciones, que perdimos todos los pueblos que heredamos nuestra lengua del latín.

Es curioso esto de los diminutivos o nombres familiares en Grecia. Por ejemplo, es muy normal que alguien te diga que se llama Roula y que su nombre verdadero sea Haris. Se entiende en seguida cuando se sabe que el diminutivo femenino suele acabar en ‘oula’. O sea que de Haris deriva en Haroula, y de ahí en Roula. Uno de las veces en que más me sorprendí fue cuando preguntamos a la anciana dueña de un hotel en La Canea cómo se llamaba y nos contestó que ‘Persa’, lo que de por sí ya es bastante sonoro y evocador, teniendo en cuenta la historia griega. Ante nuestro asombro por un nombre raro, nos dijo como queriendo aclarar que no era tan extraño: “Sí, Persa: de Perséfone”. ¡Vaya nombre! Nada menos que el de la diosa hija de Zeus que se casó con Hades, el dios del mundo de los muertos.

Cogiendo fuerzas en el desayuno del hotel Mistral.

Cogiendo fuerzas en el desayuno del hotel Mistral.

Una capilla al inicio del camino.

Una capilla al inicio del camino.

Bueno, pues a Kostas, Konstantinos o Kostí, le dijimos el primer día que al siguiente probablemente necesitaríamos de su servicio para volver de Spartohori, a donde pensábamos ir andando, por la carretera que bordea la costa. Así hicimos, levantándonos lo bastante temprano para no soportar mucho calor en la hora larga que calculamos tardaríamos en recorrer el trayecto desde Vathý. Cogimos una buena ración de energía en el desayuno del hotel Mistral, y nos echamos a la carretera.

 

Calas turquesas a lo largo del camino.

Calas turquesas a lo largo del camino.

Una hora de caminata no es nada, y mucho menos si vas rodeando una costa verde que entra y sale de calas y pequeños amarraderos, y a lo lejos divisas alternativamente la silueta de Lefkada, la de la islita de Skorpios y la del continente griego, azuladas por la luz del día y la bruma ligera que genera el mar.

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Llegando a Spartohori, allá arriba.

Llegando a Spartohori, allá arriba.

Al poco tiempo estábamos en la playa de Agrios, bajo el encaramado pueblo de Spartohori, ante la esperada agua clara y las agradecidas tumbonas, que por estas latitudes tienen un precio más que ajustado, puesto que sus encargados dan por supuesto que consumirás algo en el bar o taberna de las que dependen. A estas alturas de la vida hemos aprendido a regular nuestro aparato digestivo haciéndolo elegir entre un almuerzo copioso y una cena normal. Y como ya sabéis, las cenas en los puertos griegos nos encantan, así que nos conformamos con un ligero sándwich que, contra lo que suele ser normal, no era de muy buena calidad.

Dos imágenes de la playa de Agrios.

Dos imágenes de la playa de Agrios.

Claridad en la playa de Agrios.

Claridad en la playa de Agrios.

Tras el liviano almuerzo, emprendimos la empinada subida a Spartohori, la población más grande de la isla, lo que no significa nada. Era la hora de la siesta, evidentemente, y las blancas y limpias calles estaban desiertas, a excepción de los habituales gatos y algún hombre mayor a la sombra de su porche. Siendo agradable de pasear, no es el pueblo griego más bonito que se puede encontrar, así que lo que hicimos fue tomarnos un café  disfrutando de la vista, espléndida, eso sí. Unas cuantas parejas, que habían hecho la sufrida ascensión, fueron apareciendo por el mismo bar, con las caras coloradas por el esfuerzo.

Vistas desde Spartohori.

Vistas desde Spartohori.

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Calles tranquilas a la hora de la siesta en Spartohori.

Calles tranquilas a la hora de la siesta en Spartohori.

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Ahí fue cuando llamamos de nuevo a Kostí, que apareció tras los habituales diez minutos para devolvernos al hotel. Lo siguiente fue el disfrute acostumbrado del café instantáneo en la terraza contemplando el puerto, la ducha y el breve afeite, el paseo de luz dorada y la toma de posesión de una mesa junto al mar, esta vez en la taberna Errikos. Ahí repetimos ese rito que tanto nos gusta de acercarnos a la cocina y elegir el pescado fresco de los cajones del frigorífico, y contemplar cómo el encargado te pesa la pieza y te comunica el precio. Una botella de vino blanco y a disfrutar de la Grecia más sabrosa y revitalizante en un ambiente único para despedirnos de Meganisi, esa pequeña gran isla.

Vuelta a cenar junto al mar...

Vuelta a cenar junto al mar…

Adiós o hasta la próxima a las Jónicas.

Adiós o hasta la próxima a las Jónicas.

Meganisi, pequeña gran isla

Ulyfox | 9 de noviembre de 2020 a las 19:46

El borde del mar en Vathy, Meganisi.

El borde del mar en Vathy, Meganisi.

Henchidos de Ítaca, embarcamos en el ‘Ionion Pelagos’ con destino (fuerte palabra) a Meganisi. Las restricciones por el coronavirus habían limitado los trayectos y el nuestro incluía una escala en Fiskardo, hermoso puerto de Cefalonia del que no guardamos más que buenos, preciosos y precisos recuerdos, y otra en Nydrí. El camino fue largo pero placentero, el barco no estaba desbordado como hubiera sido lo normal en otros momentos, y siempre divisábamos costas en el horizonte, la de Cefalonia y luego Lefkada a babor, y la del continente griego a estribor.

A bordo del Ionion Pelagos.

A bordo del Ionion Pelagos.

La bella Fiskardo, desde el 'Ionion Pelagos'.

La bella Fiskardo, desde el ‘Ionion Pelagos’.

Ya camino de Meganisi, en el ferry del mismo nombre.

Ya camino de Meganisi, en el ferry del mismo nombre.

Fiskardo sólo lo divisamos desde la borda, mientras que en Nydrí bajamos con tiempo de tomar una cerveza y un plato de gyros (la variedad griega del kebab). A las cinco de la tarde ya estábamos de nuevo embarcados, ahora en el ‘Meganisi II’ para, en una media hora, llegar a esa pequeña isla, cuyo nombre significa curiosamente Isla Grande. Pasamos junto a la famosa Skorpios, que perteneció en su día al magnate Onassis y ahora es propiedad de un colega ruso que cobra a quien la visita para rememorar los amores de couché del naviero con María Callas y Jackie Kennedy. El pequeño ferry hizo su parada en el puerto de Spartohori, y desde allí un microbús nos llevó al de Vathy. Habíamos reservado tres noches en el hotel Mistral, un agradable establecimiento de dos plantas situado junto al muelle y a la entrada de la población, que ni se acerca al centenar de casas distribuidas por las orillas.

Vathy, desde el balcón del Hotel Mistral.

Vathy, desde el balcón del Hotel Mistral.

El lugar tiene el poder de enamorarte a primera vista: un espigón para amarrar barcos recreativos y otro para los pesqueros. A lo largo del paseo marítimo, por llamarle así, se amontonan algunas tabernas y restaurantes, algunas tiendas, un par de supermercados  y una iglesia con un alto campanario. En los locales hosteleros, las flores ocupan un importante espacio junto a las mesas. Una plaza triangular cierra el puerto y tras ella apenas tres callejuelas y colinas verdes y pedregosas, en las que se esconden sólo otros dos pueblecitos, Katohori y el ya nombrado Spartohori.

El paseo de Meganisi.

Una de las tabernas floridas.

La islita tiene además media docena de calas de agua cristalina y una atracción singular: la cueva de Papanikolis, llamada así porque dicen que durante la Segunda Guerra Mundial era el refugio del submarino griego del mismo nombre. El ‘Papanikolis’ tuvo una exitosa carrera hundiendo buques y transportando fuerzas del servicio secreto inglés a Creta. Lo que no es tan seguro es que la historia de esta cueva no sea una leyenda destinada más a atraer turistas que a otra cosa. Parece difícil que allí cupiera un submarino, pero eso no importa mucho a los numerosos turistas que se suben a los barcos de excursión para acercarse masivamente, como podéis ver en este horripilante vídeo. Aclaro que nosotros no fuimos.

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En el hotel sólo se alojaba una familia más, con la que sólo coincidíamos durante los copiosos y sabrosos desayunos que nos servía el callado encargado. La habitación tenía un precioso balcón a la bahía. El escenario resultante te invitaba a un solo propósito: tomártelo todo con mucha tranquilidad. La primera tarde y noche fue pues de reconocimiento, bebiendo la calma del sitio.

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Playa de Fanari.

Playa de Fanari.

El cuerpo pedía playa al día siguiente, luminoso. Pensamos en alquilar una moto, pero sólo tenían de las grandes, así que recurrimos a nuestra solución favorita en estos casos: llamamos al teléfono del único taxista de la isla. A los diez minutos apareció el joven Kostas Soldatos, apellido que vimos repetido en un supermercado y en una gasolinera. Una familia que desde luego vive bien del turismo. Tras las presentaciones, nos transportó a la playa de Fanari.

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Los juegos acuáticos no estropeaban la calma en Fanari.

Los juegos acuáticos no estropeaban la calma en Fanari.

Todo el mundo parecía estar allí, sobre todo en un chiringuito que incluía entre sus servicios el de juegos acuáticos, así que niños y mayores de pelo rubio, piel blanca y hablares nórdicos ocupaban la transparente agua con canoas, tablas y otros artilugios de flotar divirtiéndose. Tampoco molestaban mucho.

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Rincones para explorar en las cercanías de playa Fanari.

Rincones para explorar en las cercanías de playa Fanari.

Tomamos dos tumbonas y una sombrilla y pedimos un café griego con azúcar para empezar la mañana. Probamos el agua varias veces, nos dimos una excursión a pie por algunas calmadas calas vecinas, volvimos, tapeamos, nos volvimos a bañar… completando el día de playa con la llegada de Kostas para devolvernos al hotel, lo suficientemente temprano para que la noche fuera más larga. Kostas nos contó sin quejarse la bajada del turismo este año, lo que para él parecía ser más bien una buena noticia. “Otros veranos ha sido insufrible. He ganado mucho dinero, pero es muy difícil vivir seis meses sin soltar en todo el día el volante, sin vacaciones, sin días libres, sin poder salir con los amigos… Así es mejor”

La cena al atardecer en el restaurante Tilevoes.

La cena al atardecer en el restaurante Tilevoes.

Sólo faltaba culminar la jornada. Desde hace varios años ya, hemos cogido el gusto a la temprana hora europea de cenar en verano. Sobre todo porque hay pocas cosas que igualen al gusto de empezar una comida junto al mar con el sol aún poniéndose. Así lo hicimos en el restaurante greco-italiano Tilevoes, nombre de los antiguos habitantes de la isla, ya nombrados por Homero y con fama de excelentes remeros. El establecimiento goza de una excelente ubicación al otro lado del puerto, sitio ideal para disfrutar de su comida, mientras el día se diluía lentamente como la luz sobre las aguas del Jónico.

Como Telémaco recibiendo a Ulises

Ulyfox | 6 de noviembre de 2020 a las 20:38

 

Dexá, abierta a la evocación.

La playa de Dexá, que recibió a Ulises en su vuelta a Ítaca

 

Lo pensamos, de verdad que lo pensamos: planeamos hacer otras caminatas por Ítaca y conocer lugares con nombres tan evocadores como la Cueva de las Ninfas, la Fuente de Aretusa y la Cueva de Eumeo. La isla rebosa de lugares con reminiscencias homéricas. En la Cueva de las Ninfas se dice que escondió Ulises su tesoro al regresar; la fuente y la cueva últimas son los lugares donde Eumeo llevaba a pastar y beber a los cerdos que criaba para Ulises y donde se encontraban las caballerizas del rey héroe: pues no fuimos.

Baños en aguas míticas de Dexá.

Baños en aguas míticas de Dexá.

Porque el cuarto día amaneció espléndido de sol como todos, pero esta vez sin viento, y el mar lucía plano y acogedor desde por la mañana. Así que decidimos cambiar las sendas montañosas  por un paseo más plano, corto y plácido hasta la playa de Dexá, a solo media hora andando desde la capital, Vathy. Y además esa playa está llena también de significado odiseico, y de qué manera. Dice la leyenda que a sus orillas de guijarros fue a donde llegó Ulises tras 20 años fuera de su hogar (10 en la guerra de Troya y otros 10 navegando por el Mediterráneo).

Delicias bajo los olivos en Dexá.

Delicias bajo los olivos en Dexá.

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En esa playa comienza la narración de la Odisea, ahí empieza a contar Ulises su historia, allí se le apareció Atenea y le ayudó a disfrazarse de mendigo viejo, allí se encontró con su hijo Telémaco. A nosotros Dexá nos esperaba verde y calmada, tranquila y casi sin gente, en una pequeña ensenada de guijarros y con una especie de murete frente al agua, pero con unas tentadoras tumbonas colocadas bajo los olivos. En el centro del olivar, una pareja mayor (incluso más que nosotros) entraba y salía constantentemente con platillos y botellas desde una casa hasta las tumbonas. La vivienda era en realidad dos apartamentos y ofrecía una promesa de relax casi inigualable. Tan felices que se veían en lo que parecía su paraíso, que seguramente se volvía privado en cuanto caía la tarde.

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Las playas en Ítaca no suelen estar dotadas de servicios, pero Dexá tenía al menos un encargado de alquilar las hamacas, y una pequeña cantina en la que el hombre que la atendía ofrecía algunas cosas básicas como tzatziki casero y boquerones fritos, que fue lo que nos encargamos a la hora del almuerzo. Por supuesto, bajo un olivo.

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Vathy, a la vuelta del día de playa.

Vathy, a la vuelta del día de playa.

El dia se nos fue (bueno, lo dejamos ir) entre la conversación, el tapeo, las fotos, los espléndidos baños y la lectura. La vuelta a Vathy nos brindó además una hermosa vista de la capital a esa hora de la tarde en que la luz, más que alumbrar, acaricia los paisajes y las fachadas.

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A la izquierda de la imagen, el hotel Omirikon, nuestro alojamiento en Ítaca.

De nuevo al día siguiente, último en Ítaca, pensamos en ir a las cuevas o a la fuente… pero caímos en que en realidad aún no habíamos recorrido el pueblo, ni visto sus museos, ni tocado unos cañones venecianos que nos habían dicho que había cerca de allí. Así que hicimos todo eso con parsimonia. Un museo arqueológico modesto pero, como todos en Grecia, interesante. Y un precioso Museo Naval y Folklórico, una joyita.

La catedral de Vathy.

La catedral de Vathy.

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Vathy, en su tranquilidad.

Vathy, en su tranquilidad.

Es precioso, emocionante y ejemplar la cantidad de museos folklóricos que hay en Grecia. Casi cada pueblo mediano tiene uno. Normalmente, son una colección de herramientas, vestidos, muebles, utensilios varios que dan una idea certera de la vida cotidiana en el lugar correspondiente. Demuestran el amor de los griegos por su tierra, y hacen pensar cuántas cosas mandamos a la basura por aquí sin pensar en que tiramos a la vez buena parte de nuestra historia, que es como decir de nosotros mismos.

Un rincón de Vathy.

Un rincón de Vathy.

Penélope, ante la entrada del Museo Naval y Folklórico de Vathy.

Penélope, ante la entrada del Museo Naval y Folklórico.

El de Vathy hace especial hincapié en la tradición marinera, con numerosas muestras de uniformes, barcos, fotografías y carteles de navieras. Imaginaos lo que podría hacerse en Cádiz con su historia comercial con las Indias, y desde los fenicios…

El paseo por la bahía de Vathy hasta la playa de Loutsa.

El paseo por la bahía de Vathy hasta la playa de Loutsa.

Nos apetecía un poco de playa, e hicimos una pequeña caminata a la de Loutsa, a muy poca distancia del centro de Vathy. La playa no era gran cosa, y además hacía un día especialmente ventoso, así que estuvimos poco tiempo más que para darnos un baño casi solos. Pero el camino hasta allí fue delicioso, bordeando la bahía, sombreado a trozos, tropezando a cada paso con pequeños embarcaderos y disfrutando de la hermosa vista del otro lado de la capital, allí enfrente.

Un descanso en el paseo.

Un descanso en el paseo.

Casi llegando a la playa está señalizada una pequeña batería de cuando la dominación veneciana, encargada de vigilar la entrada al puerto natural. Sobre un alto, aún sobreviven dos cañones de la época, apuntando al mar, todavía amenazantes pese a estar desarmados, entre los restos de la pequeña fortificación.

Los cañones venecianos guardando la entrada en la bahía.

Los cañones venecianos guardando la entrada en la bahía.

Al regreso a Vathy, nos paramos a almorzar en el restaurante Tsiribis, casi encima de lo que llaman, algo pomposamente, Marina de Ítaca. El lugar es, como tantos en las islas griegas, agradable al máximo, y la comida bastante buena. Hace nada, en un programa reemitido sobre Javier Reverte con motivo del fallecimiento de este gran periodista viajero, hemos visto esta taberna, cuyo dueño, Dimitris, pasó muchas horas con el escritor y se convirtió en uno de los personajes de su gran libro ‘El corazón de Ulises’, o ‘Η καρδια της Οδισσεας’ (I cardiá tis Odiseas’) como leí en las manos de un pasajero griego hace muchos años.

Almuerzo en la taberna Tsiribis, la del amigo de Javier Reverte.

Almuerzo en la taberna Tsiribis, la del amigo de Javier Reverte.

La comida en ese lugar se prolongó y nos dio tiempo a contemplar una discusión bastante encendida entre dos familias de catalanes que habían amarrado su barco frente al local, se habian sentado a comer tan amigablemente hasta que la conversación derivó en una estúpida y violenta situación a causa de una de las adolescentes que los acompañaban. Prácticamente atardecía cuando regresábamos al hotel.

Las maravillosas calas cerca de Frikés.

Las maravillosas calas cerca de Frikés.

La mañana siguiente fue la de la despedida de Ítaca. Salíamos de la isla con destino a otra minúscula situada frente a la de Lefkada, y llamada Meganisi. El barco que debía llevarnos hasta allí partía a mediodía del puertecito de Frikés, que nos había acogido hacía casi 20 años. Gerásimos nos transportó por última vez (de momento), con bastante antelación puesto que queríamos desayunar tranquilamente en Frikés y aprovechar, tal vez para un último baño.

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Baños solitarios de Penélope.

Baños solitarios de Penélope.

En el mismo café en el que desayunamos (estaba casi todo cerrado) dejamos las maletas durante un rato y nos acercamos a unas calas idílicas que están muy cerca y que recordábamos de aquella vez. Un mar verde y una orilla de guijarros nos abrazaron durante un rato a Penélope y a mí mientras hacíamos tiempo para el viaje.20200906_111147

De vuelta, casi llegando a Frikes, vimos venir el ‘Ionion Pelagos’, que arribó casi a la vez que nosotros al puerto. Recogimos nuestras maletas y allí íbamos de nuevo, en otro barco a otra isla…

El difícil adiós a Ítaca.

El difícil adiós a Ítaca.

Visitando a Ulises en su casa

Ulyfox | 28 de octubre de 2020 a las 18:59

Los restos del palacio de Ulises, sobre el mar de Ítaca.

Los restos del palacio de Ulises, sobre el mar de Ítaca.

 

Gerásimos llegó a la misma hora que el día anterior, con su aspecto de hombre al que no hace falta preguntarle si le gusta comer. Esta vez habíamos concertado con nuestro taxista en Ítaca un recorrido más largo por la isla, haciendo varias paradas, con un punto muy destacado, por encima de todos: el palacio de Ulises, o sea, sus supuestas ruinas, que me había marcado en mi agenda casi desde que era chico.

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En el monasterio Katharon.

En el monasterio Katharon.

Yo llevaba dos mañanas ya haciendo una de las cosas que más me gustan en las islas griegas: levantarme bastante temprano y acercarme a la panadería (artopoiío en griego), siempre hay una panadería con pan caliente en las islas. Mejor si el mandado exige un paseo previo bordeando el mar como era el caso en Vathy. En veinte minutos da tiempo de llegar al horno, hacerse con una barra de pan fresco de corteza cubierta de sésamo y volver al apartamento donde ya Penélope, mientras, ha cocido los huevos y preparado el café, por ejemplo.

Vistas del monasterio Katharon hacia la isla vecina de Cefalonia.

Vistas del monasterio Katharon hacia la isla vecina de Cefalonia.

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Vistas del monasterio hacia la bahía de Vathy y la península griega.

Vistas del monasterio hacia la bahía de Vathy y la península griega.

Con esas bondades en el cuerpo nos montamos en el taxi para conocer Ítaca más a fondo. Subiendo y subiendo, la primera parada fue en el monasterio Katharon, el punto más alto de la isla. No es el convento más bonito ni mejor conservado de Grecia precisamente, pero tiene unas vistas estupendas, a más de 800 metros  de altura y cuenta inevitablemente con la emoción ingenua que siempre se halla en las iglesias ortodoxas, llenas de imágenes. Sólo otra pareja paseaba por el jardín y contemplaba los frescos y la aparatosa lámpara en el pequeño templo.

La maqueta del palacio de Ulises que se encuentra en Stavros.

La maqueta del palacio de Ulises que se encuentra en Stavros.

Tras la breve visita al monasterio y el paso por Anogi, enfilamos hacia el bonito pueblo de Stavros, el más animado de la isla, en el interior montañoso, con una plaza llena de bares y un anticipo de lo que veríamos poco después: en el centro hay una vitrina con la maqueta figurada del palacio de Ulises, que se encuentra en las cercanías. Ya se ve que el ingenioso Odiseo no era un rey rico, pero el trabajo de los arqueólogos en esta reconstrucción virtual es estupendo.

Exogí. Bajo el emparrado nos esperaba Gerásimos.

Una vista de Exogí. Bajo el emparrado nos esperaba el gigante Gerásimos.

Propusimos a Gerásimos tomar un café en la plaza, pero nos hizo una oferta más atractiva: “¿Por qué no tomamos ese café en Exogí, el pueblo que para mí tiene la mejor vista de toda Ítaca?”. Claro, claro. En el camino a Exogí, paramos no más de un cuarto de hora en el pequeño museo de Stavros. Una sola sala para mostrar algunos de los hallazgos de las excavaciones del palacio de Ulises. Poca cosa: algunas jarras, herramientas, joyas y algo especialmente significativo: un pequeño trozo de cerámica en el que aparece el nombre de Odiseo, el héroe de Troya.

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Apabullantes vistas subiendo a Exogí.

Apabullantes vistas subiendo a Exogí.

Por carreteras aún más estrechas y pasando una cantidad asombrosa de casas tradicionales en venta, nos aproximamos a Exogí, una villa con casi más iglesias que casas y desde mucho antes de llegar empezamos a darle la razón a Gerásimos. Allí abajo, muy abajo resplandecía uno de los mares más azules que hemos visto, y bajo los acantilados blancos pequeñas franjas de playas accesibles sólo en barco, ribeteadas de turquesa. En el café Extraterrestrial, que realmente parece estar situado en el espacio, nos tomamos un café griego con azúcar (elinikó glikó) mirando el paisaje en la terraza, y haciendo decenas de fotos. Mientras, nuestro taxista se sentó en otra mesa bajo el emparrado con el propietario del kafeneion y se pidió un frappé. Éramos los únicos clientes. Gerásimos, dando muestras de que es griego de verdad, pagó nuestra consumición.

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Un banco bien situado, junto a la entrada de Panagía Elousa.

Un banco bien situado, junto a la entrada de Panagía Elousa.

Exogí visto desde más arriba aún.

Exogí visto desde más arriba aún.

Y entonces, decidió llevarnos aún más alto, y enfiló las curvas de un carril asfaltado sólo un poco más ancho que el propio Gerásimos. “No hay problema (kanena próblima)”, dijo. Y nos plantamos ante la verja cerrada del monasterio de Panagía Eleousa, a menos de un kilómetro. Ahí paró, y ahí había un banco para contemplar un panorama aún más hermoso. Y ahí nos sentamos a disfrutarlo sin parar de dar las gracias a nuestro chófer. Desde ahí también nos señaló: “Y ese edificio derruido que se ve allí abajo es el palacio de Ulises”. ¡Sí, ese era! la casa que como dice la Odisea “mira a los tres mares”. Le repetimos varias veces nuestras gracias a Maki, diminutivo del nombre del chófer (de Gerásimos, Gerasimaki, y de ahí solo Maki, así es la lógica onomástica).

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Yacimiento no muy bien protegido del palacio de Ulises.

Yacimiento no muy bien protegido del palacio de Ulises.

Llegó el momento, pues, de visitar el palacio, que está junto a la carretera descendente, pero rotulado como ‘Escuela de Homero’ porque hasta hace poco se pensaba que eso eran las ruinas. Pero las teorías más recientes sostienen que esas escasas piedras milenarias son efectivamente los restos del que fuera palacio del héroe de mil ardides, el mismo Ulises que se inventó la estratagema de un enorme caballo de madera, preñado de soldados aqueos para vencer la firme resistencia de los troyanos.

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El lugar está destrozado. Se conoce que hace un tiempo estuvo más cuidado, con maderas, cercas y superficies acristaladas para contemplar los restos. Ahora todo está roto. Se aprecian escaleras de piedra que conducen a la historia y, ya que nos ponemos a temblar, hacia el Olimpo, agujeros en el suelo que bien podrían ser silos o almacenes. Pero la precaución impide acercarse mucho, rodeados como están de tablas caídas con los clavos oxidados.

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Subiendo entre árboles hacia una pequeña roca elevada aparece una construcción derruida hecha de grandes bloques de piedra, y ahí sí que uno siente la trepidación homérica ante esa esquina, ese dintel que da a una habitación desde la que se contempla el mar cuyo dios Poseidón se apiadó del héroe y le permitió regresar a su casa tras diez años de calamidades y placeres. Varios cipreses han crecido a su lado para acompañar estos muros, de los que éramos ese día únicos visitantes. Uno no puede comprender cómo este enclave crucial de la historia de la Humanidad puede estar así de abandonado por parte de las autoridades, pero a lo mejor es, otra vez, el destino de Ulises…

El palacio de Ulises, desde la altura más alta.

El palacio de Ulises, desde la altura más alta.

Vagó por el Mediterráneo sufriendo y venciendo a sirenas, cíclopes y brujas, disfrutó de placeres con ninfas, peleó con la furia de Poseidón por atreverse a desafiarlo y dio nombre a las aventuras que le sobrevienen al ser humano por reivindicar su condición libre. Y ahora, sigue sin hacérsele justicia a su recuerdo en estos trozos de muros descuidados, por mucho que la isla esté llena de estatuas y rótulos que recuerdan su gesta única y su memoria, aprovechada comercialmente muy bien, eso sí, en souvenirs.

 

La playa de Polis, apuntada para otra visita.

La playa de Polis, apuntada para otra visita.

El día fue bello, memorable. Eso íbamos pensando mientras volvíamos por la carretera de la costa occidental contemplando la cercana silueta de Cefalonia, apenas separada por un ancho brazo de mar, parando para fotografiar y apuntar para la próxima vez la playa de Polis. Volvimos a Vathy a la hora ideal para sentarnos en la taberna Batis, un clásico, y dar buena cuenta de una escorpina a la parrilla, acompañada por una abundante ensalada y mejillones al vino, pegados al mar. Todo con vino blanco Róbola, de la vecina isla. No habíamos vivido una odisea, sino un viaje en el tiempo hacia una época mítica, terrible y fascinante.

Almuerzo en la taberna Batis, el mejor final para una excursión espléndida.

Almuerzo en la taberna Batis, el mejor final para una excursión espléndida.

Kioni a pie, la primera excursión por Itaca

Ulyfox | 23 de octubre de 2020 a las 18:52

Kioni, desde las alturas del camino.

Kioni, desde las alturas del camino.

Gerásimos, el taxista gigante de Itaca (Ithaki para los griegos), nos vino a recoger no demasiado temprano, a las diez de la mañana. Nos esperaba ante nuestro hotel en Vathy, con su enorme espalda sobresaliendo un palmo a cada lado del asiento y la cabeza rozando el techo del auto. Habíamos acordado que nos llevaría hasta el pueblo de Anogi, en el otro lado de la isla, de donde parte un sendero muy transitable que baja hasta el puertecito pesquero de Kioni, donde debería ir a recogernos el conductor bastante después de la hora de comer. Teníamos ganas de andar, y sabíamos que Ítaca es un lugar ideal para eso. También conocíamos, de aquella anterior y lejana visita a la isla, el encanto de Kioni, encajonado entre colinas verdes en una estrecha bahía.

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El inicio del sendero.

El inicio del sendero.

Así que ahí estábamos, como dos señores conducidos por un taxista de casi dos metros de altura  y uno de ancho, subiendo la alta cresta que une los dos trozos de Ítaca, admirando a nuestro paso bahías azules y verdes y, desde los casi mil metros de altura una imponente visión del golfo de Vathy. Poco después, dede Anogi Gerásimos  nos dejó junto a un helipuerto, del que arranca un sendero muy bien pavimentado en casi toda su extensión. Nos aguardaban más de dos horas y media de caminata, eso sí cuesta abajo.

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El espeso bosque que acompaña y ensombra casi todo el camino.

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La mayor parte del precioso camino se hace a la sombra de unos finos y altos cedros, y al principio la espesura sólo deja ver algunas torres defensivas de vigilancia y, de vez en cuando, el azulísimo mar allá abajo, por entre la vegetación. A mitad de trayecto, una pequeñísima iglesia ofrece la posibilidad de hacer una parada ante una vista llena de árboles y mar, ideal para hacer la foto.

 

Nos acercábamos a Kioni...

Nos acercábamos a Kioni…

Torres defensivas en la costa de Ítaca.

Torres defensivas en la costa de Ítaca.

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Más adelante, ya aparece la imagen blanca de Kioni en la lejanía, y el alma del caminante, aunque contenta por la belleza del camino, se alegra con la perspectiva de la llegada, aunque, en seguida se demostrará, todavía queda un largo trecho para su culminación. La peculiar situación de este año, con el covid restringiendo los viajes, hace del sendero una vía de tranquilidad. Sólo nos cruzamos, al inicio, con una pareja que hacía el camino al revés, es decir cuesta arriba, lo que tiene mucho más mérito. Hay algo especialmente gratificante en esto de andar, de desplazarte por ti mismo, en medio de paisajes desconocidos y, como en el caso de Ítaca, evocadores por el verde oscuro del bosque, por el castaño de las piedras de las torres, y el blanco de las velas sobre el azul del mar allá abajo.

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La espesa vegetación de Itaca.

La espesa vegetación de Itaca.

 

Pero todo acaba y en esta ocasión el final de la caminata es, aparte de un descanso, una felicidad para los sentidos. Kioni es sólo una hilera de casas alrededor del puertecito y otro grupo en un llano, además de algunas salpicadas por las laderas. No hace falta más para tener un encanto especial, acrecentado por las terrazas y restaurantes junto a la orilla y los barcos amarrados al muelle. Un lugar soñado para arribar.

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El premio de una cerveza fue más que merecido, como lo fue poco después el de unos boquerones perfectamente fritos acompañados de unas berenjenas guisadas con tomate y cebolla (imam), en el mismo lugar en que almorzamos hace casi 20 años, en la taberna Kalypso, que lleva, como tantas en Ítaca, la referencia a la Odisea en su nombre. El camarero que nos atendió tendría unos cuatro años cuando estuvimos la primera vez, calculó él mismo cuando se lo contamos. La vista era la misma, pero esta vez embellecida por un hermoso sol, como eran los mismos los gatos seguramente.

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El joven marinero.

El joven marinero.

Cuando llegamos no había casi nadie en el pueblo, sólo los camareros que se afanaban en preparar las terrazas y en atraer a los pocos clientes. Pero pronto empezó a llenarse el lugar. Y lo atribuimos a excursiones de un día que vienen desde la cercana isla de Lefkada, muy turística. La entrada y salida de algunos barcos llenos nos corroboró esta impresión. Que la economía de las islas griegas sigue siendo familiar también nos lo confirmó las maniobras veloces de un joven marinerito aprendiz para ayudar a desamarrar el barco turístico de algún familiar cercano suyo. El grumete aracía disfrutar mucho trabajando a la vez que jugaba a ser mayor.

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Recordamos que en aquella lejana primera ocasión llegamos a Kioni andando por la carretera de la costa, sólo una hora y no demasiadas cuestas. Pero cuando quisimos volver llamando a un número de taxi desde una cabina, nadie cogía el teléfono. La encargada de una tienda, a la que preguntamos, nos dijo: “¿Un taxi?… dudo mucho de que venga alguno”. Y nos tuvimos que volver de nuevo andando, no sin antes subir con sumo esfuerzo el empinado camino desde el pueblo hasta la carretera. Recuerdo que durante la subida me traje algunas aceitunas con la esperanza de sembrarlas y tener en mi patio un auténtico olivo de Ítaca. No recuerdo qué pasó con ellas, pero desde luego no llegaron a convertirse en árbol.

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La comida en la taberna Kalypso.

La comida en la taberna Kalypso.

Gerásimos acudió puntual a la cita y poco después volvíamos por las hermosas carreteras hasta la misma puerta del hotel. Y hay pocas cosas que igualen el bienestar interior que te da volver a tu habitación con las piernas cansadas por la caminata libre y con los ojos llenos de imágenes.

¡Llegamos a Itaca!

Ulyfox | 17 de octubre de 2020 a las 17:47

La estatua de Ulises-Odiseo, en el puerto de Vathy.

La estatua de Ulises-Odiseo, en el puerto de Vathy.

Todo el mundo ha leído esa mínima parte de la obra de Kavafis, así que ya casi todos sabemos que tan importante como llegar a Itaca es el camino que hay que recorrer, y sus vicisitudes. Bien, nosotros cumplimos con ese peaje y por fin, una mañana de primeros de septiembre a la hora que, como mandaría Homero, coincide con la “aurora de rosáceos dedos” atravesábamos la isla de Cefalonia en taxi, desde Argostoli hasta el puerto de Sami, para embarcarnos rumbo a la isla de la que fue rey el mítico Ulises, el Odiseo que dio nombre a los viajes o las experiencias complicadas y llenas de contratiempos.

Navegando hacia Ítaca, allá al fondo.

Navegando hacia Ítaca, allá al fondo.

Y, acompañando a la salida del sol, navegábamos hacia nuestro destino. Media hora después el ferry atracó en Piso Aetos, que significa algo así como Aetos de Atrás, por contraposición al Prostá Aetos o Aetos de Delante, la bahía que está al otro lado del estrecho istmo que une las dos partes en que se divide la isla. ¡Estábamos en Itaca! Sentimos algo muy especial al llegar. Por lo que fuera, en anteriores intentos no lo habíamos logrado, desde aquella primera vez hacía casi 20 años. Esta vez parecía cierta la posibilidad de visitar el palacio de Ulises, la cueva de las Ninfas, la fuente de Aretusa…

La otra orilla de Vathy.

La otra orilla de Vathy.

Vista parcial de Vathy.

Vista parcial de Vathy.

Como Grecia sigue siendo Grecia, el taxi que habíamos apalabrado no estaba allí, en aquel solitario lugar que sólo tiene un pequeño muelle y una caseta que suponemos albergará lo que sea el equivalente a una autoridad portuaria. Pero Atenea no desampara a sus fieles como cualquier compañía aérea de bajo coste, y allí estaba: había otro vehículo simplemente esperando posibles clientes y esos éramos nosotros. Subiendo y bajando laderas, en poco menos de 10 minutos apareció ante nuestros ojos en la mañana radiante la capital de la isla, Vathy, al fondo del profundo golfo que le da nombre (precisamente Vathy en griego significa “profundo”).

Vathy, y allí arriba, Perahori.

Vathy, y allí arriba, Perahori.

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Mucho más bello de lo que esperábamos. Vaticinábamos una población anodina, el único conjunto de casas que casi merece llamarse pueblo, pero encontramos una agrupación de viviendas individuales con fachadas de colores, repartidas en dos o tres hileras alrededor de la casi perfecta ‘u” que forma la bahía, y trepando por unas colinas circundantes llenas de pinos, cipreses y olivos. Allí arriba, la pequeña mancha blanca de Perahori (literalmente, “pueblo de más allá”). Esta sola visión ya inspiraba calma.

La llegada al hotel Omirikon.

La llegada al hotel Omirikon.

Un desayuno junto a los peces.

Un desayuno junto a los peces.

Era temprano, pero ya estaba esperándonos en la recepción del Hotel Omirikon la encargada, que nos dio indicaciones sobre todo lo necesario en la isla. Desde ese momento se apoderó de nosotros la sensación de que éramos señores de nuestro tiempo, sentimiento confirmado por la vista desde nuestro balcón. Y por eso desandamos el camino desde el hotel hasta la plaza principal de Vathy y al borde del mar tomamos un tranquilo y largo desayuno con el pan de verdad que se usa en Grecia, mirando como los peces esperaban que algo se nos cayera de la mesa.

Por ahí está la casa de nuestras utopías...

Por ahí está la casa de nuestras utopías…

... que podía quedar como estas.

… que podía quedar como estas.

Después, dimos un paseo en busca de otra de nuestras quimeras: Penélope acostumbra a navegar por internet a la caza utópica de casas para comprar en esa tierra, y había encontrado una ideal en Vathy, a dos pasos del agua; el precio, normal, se escapaba de nuestras posibilidades, pero aun así nos acercamos a verla, a soñar un poco y a hacer planes con ella en forma de pajaritos revoloteando en nuestras cabezas.

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La magnífica playa de Gidakis.

La magnífica playa de Filiatró.

El calor apretaba a mediodía, así que la mejor opción era la playa. Las distancias en Itaca son manejables para hacerlas a pie, pero con la que estaba cayendo buscamos un taxi que nos llevara a la de Filiatró, con fama de ser de las mejores. La fortuna guió nuestros pasos otra vez y dimos con Gerásimos, el taxista que terminaría siendo por varios días nuestro conductor por las endiabladas carreteras. Filiatró, que estaba llena y nos hizo pensar en la pesadilla turística que debió de ser Itaca en otros años sin covid, nos sirvió de refresco con su agua transparente, y de alimentación en la única taberna.

 

En el balcón de nuestro apartamento en el Hotel Omirikon.

En el balcón de nuestro apartamento en el Hotel Omirikon.

El mismo Gerásimos nos vino a buscar a media tarde y la jornada dio aún para mucho más: un tiempo de relax con lectura en el hotel, un paseo vespertino con rendición de culto a la estatua de Ulises en el puerto y una cena sencilla y muy buena en la taberna Kantouni, que elegimos por la simple razón de que en su terraza sonaba la impar voz de Dimitris Mitropanos: los amores son así, y Mitropanos provoca el amor a primer oído. La camarera, muy guapa, una búlgara que sabía algo de español, nos contó que era amiga de Ana Capsir, excelente autora del blog ‘Navegando por Grecia’, así como del precioso libro ‘Mil viajes a Itaca’ que perdimos en uno de nuestros viajes por allí. Capsir vive en la cercana isla de Lefkada y organiza cruceros en velero por las islas.

La taberna Kantouni.

La taberna Kantouni.

El día terminó dulcemente. Y a la mañana siguiente nos esperaba Gerásimos para nuestra primera excursión…

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Un viaje distinto a la Grecia de siempre

Ulyfox | 13 de octubre de 2020 a las 13:40

Primer día en Grecia, ante la Bahía de Argostoli, capital de Cefalonia.

Primer día en Grecia, ante la Bahía de Argostoli, capital de Cefalonia.

Teníamos que volver a Grecia pese a todo, es nuestro impulso, pese al virus, pese al miedo, pese a la mala conciencia de ser potenciales propagadores. Parecía más difícil que nunca, lo fue en cierta forma, pero luego resultó gratificante como pocas veces. Porque encontramos una Grecia sin multitudes, tranquila, más griega que casi nunca, como la recordábamos de aquellas primeras veces e incluso más aún.

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Vistas del desierto aeropuerto de Barcelona, el 30 de agosto.

Vistas del desierto aeropuerto de Barcelona, el 30 de agosto.

Y eso que, ya lo he dicho, no fue fácil sino más bien al límite. Grecia exigía una prueba PCR negativa para entrar en el país. Nos la hicimos con el temor de un posible positivo. Las maletas estaban hechas pero sin cerrar hasta el último instante. Y el último instante parecía no llegar nunca. Nuestro vuelo salía el domingo 30 de agosto a las seis y media de la mañana, y el sábado a las once de la noche aún no teníamos el resultado de la prueba. Llamamos a la clínica inquietos, y más nos inquietamos cuando nos dijeron que los resultados no estaban porque la máquina ¡se había estropeado! Que estaban intentando arreglarla, que nos avisarían… Empezamos a hacer planes para aplazar la salida, para cambiar los vuelos y los planes…

La isla de Cefalonia desde el aire. Se puede apreciar los puntos azules de sus magníficas playas.

La isla de Zakinthos desde el aire. Se puede apreciar los puntos azules de sus magníficas playas.

Pero afortunadamente, la siguiente llamada a la clínica nos confirmó que todo estaba perfecto y que podíamos emprender el viaje. Itaca nunca ha puesto las cosas fáciles pero al día siguiente ya volábamos desde Sevilla, y luego cogiendo la última puerta abierta a los vuelos desde Barcelona, desde un aeropuerto fantasmagórico y en el vuelo más vacío que hemos tomado nunca, a Grecia. Aterrizamos en Atenas, donde me tocó en suerte otra prueba. Al poco tiempo salíamos para Cefalonia, en cuya capital, Argostoli, debería esperar serenamente el resultado, de la mejor manera posible: en la playa y bebiendo una cerveza. No hubo noticia de la prueba, lo que interpretamos como que todo estaba bien, y nos dispusimos para madrugar al otro día y coger un barco para salvar el corto trayecto hacia la isla de Ulises…

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La playa de Makri Gyalos, junto a Argostoli, nuetra sala de espera del resultado del test.

La playa de Makri Gyalos, junto a Argostoli, nuetra sala de espera del resultado del test.

Iremos contando todo este mes maravilloso, pero con una cierta vergüenza debo decir que esta enfermedad que tanto dolor está causando ha propiciado que Grecia sea mucho más visitable, más amable y más bella a la vista y a todos los sentidos. El fenómeno masivo del turismo que en los últimos años hacía complicado el disfrute de sus bellezas ha desaparecido prácticamente en estos meses. Además, en muchas islas el virus prácticamente no existe, y eso nos dio una extraña sensación de libertad, como de andar metidos en una burbuja libre de infecciones, en muchos lugares sin mascarillas y sin restricciones, o muy leves y que sólo afectaban a camareros o empleados de comercios y hoteles.

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Primera velada en Argostoli.

Primera velada en Argostoli.

No es que no hubiera gente, pero todo tenía una dimensión más humana. Los barcos y los aviones no iban repletos. La ausencia de cruceros, con sus riadas de gente en horas punta, tuvo mucho que ver en esta impresión positiva.

Una placita de Argostoli, el primero de septiembre.

Una placita de Argostoli, el primero de septiembre.

Ya iréis viendo…

Itaca, el difícil camino

Ulyfox | 27 de agosto de 2020 a las 13:20

La llegada a Ítaca, en 2001.

La llegada a Ítaca, en 2001.

Esta vez, si lo conseguimos, saltaremos de alegría o desfalleceremos de nostalgia, o las dos cosas a la vez, que fue lo que debió sentir Ulises, el Odiseo pródigo en ardides que define la inmortal y fundacional obra de Homero. Llegar a Ítaca, ese es de nuevo nuestro objetivo este año. La primera vez, hace 19 años, no fue fácil. Lo he contado en esta entrada lejana. Fue complicado y retorcido, pero llegamos en dos días con noche por medio en lugar de lo que debería haber sido una travesía placentera de un par de horas. Y fuimos felices al arribar por fin a las homéricas costas, y de disfrutar de una corta estancia de dos noches en Frikés, y del paseo andando hasta Kioni.

Una vista de Kioni, uno de los pueblos más bonitos de Itaca.

Una vista de Kioni, uno de los pueblos más bonitos de Itaca.

Otras dos veces lo hemos intentado y nos ha resultado imposible. La primera, hace unos cinco años, cuando estuvimos en la verde y aromática Cefalonia y consideramos que era fácil saltar a la cercanísima Itaca. No hubo forma, no alcanzamos a coordinarnos con los inestables y cambiantes horarios de los barcos que cubrían el trayecto desde Vasilikí o desde Nydrí. La segunda, el año pasado, con una segura línea desde la industriosa, universitaria y marítima Patras. Había barcos, pero ni una sola plaza hotelera en el agosto multitudinario y en una Grecia pre pandemia, en la que todas las islas, los destinos tradicionales y las supuestas ‘joyas desconocidas’, estaban de moda. No pudimos acomodar una fecha.

Una calle de Kioni.

Una calle de Kioni.

Itaca mantiene, al parecer para nosotros, la misma maldición que sufrió el ingenioso Ulises. Pero nosotros tenemos también la misma constancia que el héroe que se inventó el caballo de Troya. Y este año lo teníamos preparado todo: avión, barco y hotel reservado. El covid-19 ha frustrado los planes, pero no todavía el destino. Mantenemos el billete de avión, pero hemos anulado hoteles, y estamos a la espera de hacernos una prueba pcr que Grecia exige a todo el que entre en el país. Volvemos a estar en manos de Zeus y de su hija Atenea. Y de su voluntad.

A tres días de emprender el supuesto viaje a Itaca, estamos en el aire.

Os iremos informando de la buena o mala noticia. Y si todos los dioses olímpicos lo quieren, os contaremos la estancia.

Esos rincones también en Skópelos

Ulyfox | 22 de julio de 2020 a las 12:09

Una de las calitas 'particulares' del cabo Amarantos.

Una de las calitas ‘particulares’ del cabo Amarantos.

 

En una anterior entrada ya confesé sin ambages nuestro amor por Skópelos, la isla más verde de las verdes Espóradas, ese archipiélago ubicado en el mar Egeo, al este de la península griega y pegado a ella. Pero quería dedicarle un espacio particular a algunos rincones especialmente hermosos, como si les hubiéramos cogido más cariño que a otros. Rincones que, dentro de la gran belleza que es Skópelos, son singulares. Por su situación o por su pequeño tamaño, están relativamente apartados del gran caos que genera el turismo masivo, sin ser por ello unos lugares desconocidos.

Taberna al pie de la playa de Agnondas.

Taberna al pie de la playa de Agnondas.

Agnondas es uno de esos parajes, sin más tesoro que un agua plácida y transparente, algunas tabernas que han devenido en restaurantes de más postín sobre el mar un pequeño embarcadero y un muelle más grandeque, cuando los temporales arrecian (lo que no es extraño en este Mediterráneo que gasta fama de calmado), se usa como puerto alternativo al de Skópelos capital. Recuerdo, en nuestra primera visita hace muchos años, habernos quedado dormidos en la playita y al despertar casi asustarnos al ver ante nosotros la inmensa mole atracada de un moderno ferry que ocupaba casi todo el espacio.

Vista general de la playa de Agnondas.

Vista general de la playa de Agnondas.

Penélope, en el embarcadero de Agnondas.

Penélope, en el embarcadero de Agnondas.

Agnondas, con su playa, no es precisamente una desconocida, está a pie de carretera y el autobús de línea para allí regularmente, pero algo parece mantenerla a resguardo del interés masivo, que se centra mucho más en las excelentes playas de Panormos, Kastani y Stáfilos, todas espléndidas como muchas otras en la isla. Por eso es una delicia acudir temprano y poder desayunar frente al verde de sus aguas. Nosotros lo hicimos para tomar un café antes de emprender una excursión a pie hacia otro rincón único: los Tres Pinos, en el cabo Amarantos.

Los tres pinos del Cabo Amarandos.

Los tres pinos del Cabo Amarantos.

El paseo tiene una cierta dificultad (en realidad, una pequeña subida) al principio y luego transcurre entre pinos y al borde del mar. Da tiempo a lamentarse ante las huellas calcinadas de los frecuentes incendios que castigan la isla, pero también a felicitarse por los rebrotes continuos y los carteles que advierten sobre dónde pisa uno para no destruir los pinitos recién nacidos.

Paisaje del Cabo Amarantos.

Paisaje del Cabo Amarantos.

El nombre de los Tres Pinos aparece evidente al final del sendero. En efecto, tres hermosos y altos ejemplares se alzan sobre una roca pelada y estrecha que se adentra en el mar, formando una imagen preciosa y emblemática de la isla, por cierto también usada en la película Mamma mía! A su alrededor, una agua turquesa que siempre aprovecha alguna pareja más atrevida para zambullirse.

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El entorno es espectacular: varias calas se adentran profundamente en los acantilados a los que se agarran los pinos. Bajar a sus tentadoras aguas es difícil, pero siempre hay quien lo ha hecho temprano y se ha apoderado de una especie de piscina natural y de una playita que es apenas algo más que unos pocos metros. Mil fotos es lo mínimo que apetece disparar.

Una cerveza frente al mar.

Una cerveza frente al mar.

Luego, lo suyo es volver a Agnondas y disfrutar de una cerveza y algo más en el par de tabernas que hay sobre la playa. arrojando de vez en cuando un trozo de pan al agua para ver como los peces se arremolinan, peleando por llevarse un bocadito.

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El respiro de Skópelos

Ulyfox | 14 de julio de 2020 a las 12:12

Iglesia en Skópelos.

Iglesia en Skópelos.

La iglesia de la Virgen María, sobre la roca.

La iglesia de la Virgen María, sobre la roca.

Seguramente la clave está en que no tiene aeropuerto pero, comparado con Skiathos, Skópelos es un alivio. No le falta gente en temporada alta, pero no tiene comparación con el caos multitudinario de la isla vecina. Su belleza, además, es extraordinaria. Es probablemente una de las islas más verdes del Mediterráneo, y eso a pesar de que es castigada regularmente con incendios forestales. Es, además, junto con la vecina penínsua del Pilion, el lugar en el que se rodaron la mayor parte de las escenas al aire libre de la película Mamma Mía!  con todo lo que eso significa como atractivo turístico.

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Detalles en el interior de Skópelos.

Detalles en el interior de Skópelos.

Era la tercera vez que visitábamos Skópelos, lo que da idea de lo que nos gusta. Arribamos a su puerto a bordo del Skiathos Express. Nos recogió el amable Dimitris, responsable del hotel Villa Blé, es decir Villa Azul, para trasladarnos a su agradable establecimiento, situado lo bastante alejado del bullicio y lo suficientemente cerca de todo, en medio de un jardín.

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El hotel tenía solo un inconveniente (y grande) pero no achacable a sus dueños: estaba ocupado entero por italianos. No tengo nada en su contra, me caen bien y tengo antepasados del Piamonte. Pero estos, que parecían formar parte de un mismo grupo, se comportaban de una manera extrañamente superior. Bajaban al desayuno todos media hora antes de lo estipulado, y acababan con el bufet, llevándose pancillos y embutido para el resto del día, llenaban los espacios de la terraza y se comunicaban a gritos. Sus ‘buongiorno, Rafaele, Fabrizio, Flavia…’ por la mañana al saludarse y los ‘buonanotte’ al irse a la cama sonaban por todo el espacio. En la noche, llegaban de regreso al hotel y entre portazos de los coches y sus despedidas hacían notar que habían vuelto. Los portazos se repetían al entrar en sus habitaciones. No parecían conocer la discreción y el silencio. En las playas, la invasión era pareja, y entre las sombrillas o en las mesas de los restaurantes y bares, se oía mucho más italiano que griego o cualquier otro idioma. Parecían estar como señores por su casa.

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La fabulosa playa de Panormos.

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Decoración de una iglesia en Skópelos.

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La calma volvía a reinar cuando se iban, y desde el hotel lo controlamos todo en los cuatro días de estancia en la capital de la isla, que lleva el mismo nombre, un pueblo blanco precioso, de tejas rojas y salpicado por decenas de iglesias y capillas con cúpulas cubiertas de láminas de piedra. Una de ellas, la dedicada a la Virgen María (Panagitsa) y que se alza sobre un promontorio en un extremo del puerto, es especialmente bella. Pero el interior del pueblo es igualmente maravilloso, con sus cuestas, sus flores y sus casas, muchas de ellas señoriales.

Atardecer en Skópelos capital.

Atardecer en Skópelos capital.

Escenas en Kastani.

Escenas en Kastani.

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La playa de Kastani.

La playa de Kastani.

Visitamos con gusto varias playas asombrosas, como las de Panormos y Kastani, que se pueden ver en la famosa película; atravesamos algún apuro grande para aparcar en la estrecha y empinada carretera de acceso a la segunda, que nos resolvió un habilidoso muchacho isleño; subimos hasta el pueblo de Glossa para comprobar que algunas cosas sí han cambiado; disfrutamos de la comida y mucho más de algunos atardeceres violetas como sólo se pueden dar en esta parte del mundo.

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La capilla de Ayios Yiannis, más conocida como la capilla de Mamma Mía, su explanada y su descenso.

La capilla de Ayios Yiannis, más conocida como la capilla de Mamma Mía, su explanada y su descenso.

Uno de los días quisimos dedicarlo a acercarnos a la capilla más famosa, la de Ayios Yiannis. Sí, aquella en que transcurren las escenas finales de la peli, la de la boda. Los griegos son conocidos por muchas cosas, y una de ellas es su afición a colocar capillas y monasterios en lugares inverosímiles. Esta sí que lo está: encima de una gran roca, un peñasco que se eleva sobre el mar. Desde que apareció en las pantallas, peregrina allí casi tanta gente como a La Meca. Nosotros la habíamos visitado hacía años, pero recordábamos de aquello un día especialmente gris y, sobre todo, una carretera infernal. Así que decidimos apuntarnos a una excursión con un grupo pequeñito, algo que no acostumbramos a hacer pero que se nos antojó una solución apañada para no tener que conducir.

Y allí salimos a media tarde para hacer una parada en una playa, y luego visitar la capilla tras recorrer con habilidad grande del conductor una vía estrecha y llena de curvas inverosímiles. El chófer también pasó algún apuro. Pero, sea como fuere, allí estábamos ante aquella extraña preciosidad en las horas previas al atardecer. Subir fue duro, nada que ver con las alegres carreras ascendentes de Meryl Streeep y Pierce Brosnan en la película, por una empinada escalera agarrada a la pared vertical en sus últimos tramos.

Tirópita, la empanadilla espiral de queso típica de Skópelos.

Tirópita, la empanadilla espiral de queso típica de Skópelos.

La pequeñísima explanada ante la iglesia estaba naturalmente llena de gente, y nos dio miedo pensar lo que sería subir ahí en fila en horas punta. El panorama era grandioso desde allí arriba, eso sí, pero comprobamos que es imposible una boda y que felizmente el cine es una gran mentira.

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Una casa en Glossa.

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Rincones de Sópelos capital.

Rincones de Skópelos capital.

La vuelta sirvió para parar ante uno de los atardeceres irrepetibles a través de los pinos, y para confirmar que Skópelos, aún y gracias a los dioses, sigue pudiendo ser un lugar para respirar.

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Penélope, respirando y disfrutando en Skópelos.

Penélope, respirando y disfrutando en Skópelos.