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Tilos, un nuevo paraíso

Ulyfox | 22 de diciembre de 2018 a las 20:29

 

Una cabra domina las ruinas de Micró Horió.

Una cabra domina las ruinas de Micró Horió.

Vista de la Bahía de Livadia, con Faros Rooms en primer término.

Vista de la Bahía de Livadia, con Faros Rooms en primer término.

A la isla de Tilos llegamos muy temprano. Más imposible. Sólo está a unos 40 minutos en ferry desde Nisyros, nuestra anterior estancia. Aún no había amanecido. Pasamos la noche en dos hoteles, dos veces nos acostamos y dos nos levantamos. Ese tipo de viaje forma parte de esas cosas que nos gustan sin saber muy bien por qué: madrugar, caminar hasta el puerto por calles vacías y oscuras con la sola compañía del ruido de las ruedas de las maletas sobre el pavimento, llegar al pequeño muelle donde ya esperan viajeros y vehículos adormilados bajo la luz amarillenta de las farolas. Y pasar el trayecto, en este caso muy corto, en la cubierta.

Livadia, desde las alturas de Micró Horió.

Livadia, desde las alturas de Micró Horió.

En el solitario puerto de Livadia, el principal de la isla, nos esperaba un hombre mayor, que después supimos que era el padre de la familia que llevaba el hotel Faros Rooms, con un cochecito, para llevarnos después de muchas curvas hasta el alojamiento. Nos echamos a dormir inmediatamente. Eran más de las seis de la madrugada y casi estaba a punto de amanecer.

Atardecer en el paseo de Livadia.

Atardecer en el paseo de Livadia.

Poco después empezarían cuatro estupendos días, de esos que el tópico califica de inolvidables. Esta es una de esas veces en las que el alojamiento marca de manera definitiva la estancia. Faros Rooms es un sitio único, inmejorable. Por su ubicación en el otro extremo de la amplia bahía de Livadia, sobre el mar y con una pequeña playa para uso íntimo de los clientes; por la habitación sencilla, limpia, amplia y con terraza a la bahía; por la atención del personal con su encargado, el charlatán Dimos, al frente; por una taberna bajo el emparrado, insuperable. Y está lo suficientemente alejado para que, a la tranquilidad general imperante en la isla, le sumara una dosis extra de sosiego y privacidad, a la vez que nos obligaba a hacer ejercicio cada vez que nos acercábamos al centro (por llamarle algo).

La privilegiada playa de Faros Rooms.

La privilegiada playa de Faros Rooms.

Livadia es una pequeña aglomeración de casas blancas de una planta frente al puerto, con algunos establecimientos, tiendas y tabernas, para atender al moderado turismo que llega a la isla, y un paseo marítimo a lo largo de la playa, que empieza en el muelle y acaba precisamente en los apartamentos Faros.

Megalo Horió, dominado por el Castillo de los Caballeros.

Megalo Horió, dominado por el Castillo de los Caballeros.

Tilos es muy pequeña, de un tamaño parejo al de sus vecinas Nisyros, Symi y Halki, todas a la sombra de sus hermanas mayores en el archipiélago del Dodecaneso: Rodas y Kos. Aparte de Livadia, sólo tiene otra población que merezca tal nombre, aunque al nombre no le falte pretenciosidad, Megalo Horió, es decir, Pueblo Grande. Lo exagerado de esa denominación aparece claramente cuando se conoce que no llega a 200 habitantes. Pero es bonito, dominando un campo de olivos y dominado a su vez en las alturas por un imponente castillo (Kastro) de aquellos lejanos y gloriosos tiempos de los Caballeros Hospitalarios de la Orden de San Juan.

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El cuidado aspecto de Megalo Horió.

El cuidado aspecto de Megalo Horió.

Las calles de Megalo Horió están en la ladera que se dirige al castillo, y respiran la misma calma que toda la isla. Algunas puertas con marco de piedra sobre la mancha blanca de la pared, y la iglesia circundada por un suelo de mosaico de guijarros atestiguan su antigüedad. Es aconsejable hacer una parada en el restaurante To Kastro y tomar algo (excelente cabrito) mientras se disfruta del estupendo panorama hacia el mar y la bahía de Eristós, casi gemela a la de Livadia pero orientada en dirección contraria.

Las cabras reinan en Micro Horió.

Las cabras reinan en Micro Horió.

Un lugar ciertamente curioso es Micró Horió (lo habéis adivinado, significa Pueblo Chico), un misterioso, sorprendente y a ratos inquietante conjunto de casas en ruinas de lo que debió ser un pueblo importante. Al parecer, la escasez de agua y las penalidades hicieron que la gente lo abandonara y se mudara al mucho más acogedor puerto de Livadia. A la hora del atardecer, cuando lo visitamos, no había más que un gran número de cabras triscando felices en su hábitat natural, apareciendo por todos los rincones y provocando más de un susto. Dos puntos llamaban poderosamente la atención por lo cuidado de su aspecto en medio de este desolador abandono: la iglesia, impolutamente blanca y cuidada; y un bar que sólo abre las noches de verano para unas fiestas musicales juveniles de focos y ritmos ruidosos (??).

Sólo la iglesia se salva del abandono en Micro Horió.

Sólo la iglesia se salva del abandono en Micro Horió.

Los días se nos fueron en estas visitas, en baños intensos y repetidos en aguas transparentes, en algún intento agotador de llegar a las remotas playas vírgenes y en largas horas en el paraíso del Faros Rooms.

Tilos nos dejó la impresión de ser uno de esos paraísos que, en la época en que la visitamos, alcanza la perfección. Uno más de los que conocemos en Grecia. Un enorme descubrimiento. No contéis nada, por favor.

 

Isla de Giglio, la mar de Toscana

Ulyfox | 21 de mayo de 2018 a las 10:16

Vista de Giglio Porto, desde el ferry.

Vista de Giglio Porto, desde el ferry.

Volver a Italia se nos está haciendo tan habitual casi como volver a Grecia. Es imposible la comparación, nunca podrán igualarse en nuestros corazones, pero Italia tiene buena parte de ese encanto, faltándole lo que para nosotros es la inocencia con la que nos identificamos, la confianza que nos hace creer que estamos en nuestra casa. Pero Italia… Italia es sencillamente maravillosa. No hay un país que atesore tanto arte, tanto monumento, tanto ejemplo de transformación humana de elementos materiales en sensaciones espirituales. Por eso volvimos a Toscana, aunque queríamos una sensación diferente al huracán renacentista y barroco. Por eso nos dijimos: vayamos al mar. Y en el mar, vayamos a una isla, montemos en un barco, arribemos a un puerto, cenemos sobre la playa… Y nos fuimos a visitar la isla de Giglio. Y para llegar a ella teníamos que partir desde Porto Santo Stefano, a donde llegamos en coche desde el aeropuerto de Pisa.

Porto Santo Stefano, punto de partida hacia la isla de Giglio.

Porto Santo Stefano, punto de partida hacia la isla de Giglio.

Porto Santo Stefano es un lugar con el encanto de los puertos marineros que son además salida para ferries turísticos. Colores toscanos en las fachadas, mucha gente, mucho tránsito, mucho movimiento, entendiendo siempre el ‘mucho’ a una escala menor que en los lugares de turismo masivo. Llegamos por la tarde, la mejor hora en ese verano incipiente, con tiempo para un corto paseo, tomar un aperitivo al atardecer y dilatar la entrada en el hotel. Y con la predisposición perfecta para después del registro en recepción, salir a cenar algo de pescado frito, ensalada y spaghetti con almejas. ¿Se puede concebir mejor menú de recepción en Italia? En Lo Sfizio, una trattoría muy recomendable, por si acontece que pasáis por allí.

Colores en Giglio Porto.

Colores en Giglio Porto.

A la mañana siguiente, muy tempranito, tomamos el tranquilo ferry hasta Giglio. A muchos os sonará el nombre. Fue contra las rocas cercanas a la principal población de la isla, Giglio Porto, donde el capitán Schettino estrelló su crucero, el ‘Costa Concordia’, por tirarse un farol con su novia de ese momento causando decenas de muertos. El buque permaneció allí volcado durante meses y se convirtió en una atracción de primer orden. Cuando estuvimos nosotros, aún quedaban gigantescas grúas junto al puerto.

Atardecer en Giglio Porto.

Atardecer en Giglio Porto.

Aparte de eso, evidentemente, Giglio Porto tiene muchos más atractivos, el menor de los cuales no es la tranquilidad, propiciada por que tiene la capacidad hotelera que tiene. Durante el día abundan los excursionistas de unas horas llegados en ferry, pero con la noche, el ambiente se vuelve familiar y elegante a la vez, con mucho lino, mucho estilo italiano y un paseo frente al mar (lungomare) corto y gozoso. Se disfruta de la playa con la luz y se vuelve al puerto con el frescor de la ducha, el perfume y la camisa vacacional.

Camino de la Spiaggia delle Cannelle.

Camino de la Spiaggia delle Cannelle.

La estupenda playa de Giglio Campese.

La estupenda playa de Giglio Campese.

Para el baño, en dos días de estancia, se tiene la opción de dar un paseo a pie revitalizante hasta la cercana Spiaggia delle Cannelle, en una cala turquesa, con la cómoda vuelta en microbús para esa hora mágica. Y al otro día, se puede tomar ese mismo transporte público para acceder a la más amplia y turística Giglio Campese, haciendo una parada de un par de horas en el bello pueblecito amurallado que corona la isla, Giglio Castello. No se toman mucho trabajo para poner nombres a los lugares en este minúsculo trozo de tierra. Dirán ellos que para qué; no hay mucha confusión posible entre los tres enclaves.

Vista general de Giglio Castello.

Vista general de Giglio Castello.

En el interior de Castello.

En el interior de Castello.

La parada en Castello da para un recorrido entre casas de piedra enfoscadas con un gris cemento bastante mejorable, pero que encierra una belleza cierta en sus restos de pintura. Desde sus alturas se domina todo el contorno de la isla… cuando las nubes que casi siempre lo rodean lo permiten. El turismo se nota en la existencia de algunas tiendas y unas pocas trattorías interesantes a primera vista, con sus terracitas inestables y sus manteles de cuadros. El hecho de que poca gente lo visite durante el día hace muy interesante el paseo casi para ti solo. Una iglesia y un castillo completan el cuadro perfecto. Mucha gente sube a cenar en sus callejuelas al atardecer.

El 'lungomare' de Giglio Porto.

El ‘lungomare’ de Giglio Porto.

Nosotros cenamos las dos noches en Porto, procurando que fuera poco antes del ocaso, a esa hora europea que frente al mar hace que todo, incluso lo hermoso, aparezca más bello.

El embarque para Elba

Ulyfox | 28 de julio de 2013 a las 13:45

Un rincón de la costa en la isla de Elba

Era fin de semana, y todos los italianos del norte parecían querer ir a la isla de Elba, esa en la que reinó durante unos meses el destronado Napoleón, hasta que se fugó para ir directo a su derrota final. Nosotros nos levantamos temprano en Venecia, y en seguida estuvimos en la estación de Santa Luzia, esa que parece una estación normal de trenes cuando llegas a ella, si no fuera porque antes tienes que atravesar buena parte de la laguna por el puente de la Libertá, y sobre todo, porque cuando dejas los andenes con tus maletas y sales al aire libre te encuentras de golpe con un gran canal nervioso de vaporettos, góndolas y embarcaciones de todo tipo, y una multitud de gente que sube y baja de ellos, y empiezas a dibujar con la mirada puentes, cúpulas, columnas y palacios: una llegada espléndida.

Dos hermanas en las alturas de Capoliveri

 

Pues dos días después de esa emocionante llegada estábamos entrando de nuevo en la estación, ahora para dirigirnos a la isla de Elba, nuestra siguiente escala en ese precioso viaje de finales de junio. Tuvimos que cruzar la bota desde el Véneto a la Toscana pasando por la Emilia Romagna. Nuestro destino era Piombino, para embarcar a Elba, con dos trasbordos, un trayecto en autobús y finalmente un ferry. Varias horas de camino que no se nos hicieron largas. Y era fin de semana, y había mucha gente que quería llegar a Portoferraio, la capital de la isla, un pueblo ambientado, amurallado y aun así conquistado por el turismo. Un lugar bonito, muy agradable y con buenos locales para comer.

Verde y azul

 

Si todos los pueblos tienen un color, diríamos que Portoferraio es amarillo, ese amarillo italiano que tiene mil variantes, y ese tono se asoma a un puerto antiguo luminoso con forma de U, las casas formando una muralla y escalando suavemente hacia el castillo. Alrededor, el azul mediterráneo y enfrente, el verde de la arboleda enorme que es esta isla, un trozo de la Toscana en medio del mar. La tarde en que llegamos para nuestra estancia de cuatro días se puso dorada, el agua se calmó y la temperatura refrescó.

Porto Azzurro, en la lejanía y al fondo de su bahía

 

Pero el tiempo no nos quiso acompañar del todo. El bochorno que sufrimos en Verona y Venecia se fue diluyendo conforme nos acercábamos a la costa de la Toscana, y las nubes y el viento fresco hicieron imposible que casi ni pisáramos las hermosas playas de la isla. Ni un baño ni un bañador. Nos importó, pero no mucho. Todos los días echábamos en el maletero del coche los avíos de la playa, por si acaso, pero también la chaquetilla. Usamos más esta última que los primeros. Aprovechamos entonces para recorrer pueblos y puertos coloridos, entre el verde de los montes y el azul del mar: Marina di Campo, Porto Azzurro, Capoliveri, Marciana Marina’, y por supuesto, la mansión en la que vivió el pequeño gigante corso durante unos meses y que, espero, no tardaremos en contar uno por uno si el tiempo, esta vez el cronológico, nos lo permite.

Portoferraio, la capital de Elba, desde el ferry.