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El salto a Turquía: la isla de Cunda

Ulyfox | 2 de marzo de 2021 a las 21:22

Una calle de la única población de la isla de Cunda.

Una calle de la única población de la isla de Cunda.

 

Turquía está tan cerca de muchas islas griegas que, estando en Lesbos en 2019, decidimos dar el salto desde Mitilene, su capital. Teníamos tiempo, era el viaje de mi jubilación y Penélope se había tomado seis meses sin sueldo. Ese megaviaje era para dedicarlo entero a Grecia, y desde el principio teníamos pensado que si los pasos nos llevaban al Dodecaneso o a las islas del Egeo norte, nos acercaríamos a la costa turca. Y allí estábamos, a sólo una hora en barco… y ¿quién se resiste?

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Vistas del hotel Yunda Antik.

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Así que esa mañana de agosto dejamos el equipaje pesado en el hotel de Mitilene y con una mochila y una bolsa estábamos temprano en el puerto, dispuestos a embarcar en el ferry para Ayvalik, la tan cantada en canciones nostálgicas griegas. De allí como de tantas ciudades de la costa jónica y de Estambul fueron expulsadas hace 100 años miles de familias helenas, después de la sangrienta guerra greco-turca, que duró de 1919 a 1922. El conflicto, cuya resolución con la derrota se conoce en Grecia como la Gran Catástrofe, vivió matanzas por las dos partes y dejó huellas de rencor que todavía perduran, y arrasó con la presencia de los griegos en la costa este de Turquía, una presencia que se remontaba a 2.500 años y que aún es visible hoy en incontables yacimientos, de los que Efeso y Pérgamo son los más destacados, y en la arquitectura neoclásica de muchas ciudades de la zona.

Edificio de Cunda.

Edificio de Cunda.

Ayvalik es una de ellas. Su nombre proviene del turco ayva, que significa membrillo, y parece que la abundancia de esta fruta le dio la denominación. Habíamos estado allí una vez anterior, 19 años antes, y también habíamos arribado desde Mitilene. Pensábamos ahora hacer lo mismo que entonces, tomar un barco para ir a la isla de Cunda (pronúnciese Yunda), también llamada Alibey. Pero todo cambia en casi 20 años, y lo primero fue el puerto: ahora era flamante y estaba muy lejos del centro de la ciudad. Otra cosa: de allí no salían barcos para Cunda. Bueno, afortunadamente entre los cambios también figura el nuevo puente que une la isla, en realidad a sólo unos cientos de metros, con la costa de Asia Menor. Negociamos con un taxi el precio, y hacia ella nos dirigimos.

Otros ángulos del hotel Yunda Antik.

Otros ángulos del hotel Yunda Antik.

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Habíamos reservado dos noches en un hotel de nombre muy largo: YundAntik Cunda Konaklari, pero ni aun así el taxista lograba encontrarlo. Tuvimos que parar en una urbanización a preguntar a los vecinos, que salían con cara de no saber nada… y extrañados de ver por allí a una pareja de españoles preguntando… Bueno, al final dimos con él después de que el taxista llamara por teléfono al número que teníamos apuntado.

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Un alto refrescante.

Y resultó un hotel precioso, todo en piedra como la arquitectura tradicional de la isla, con un patio luminoso para los desayunos y unas habitaciones modernas con todos los adelantos. A la turca, nos recibieron con refrescos y pastelillos y poco después tomamos posesión de nuestro cuarto, para echarnos a la calle en seguida, unas calles empedradas con grandes cantos y flanqueadas por edificios de arquitectura inequívocamente griega.

Hoteles en las antiguas casas griegas.

Hoteles en las antiguas casas griegas.

Calle empedrada de Cunda.

Calle empedrada de Cunda.

El hotel estaba en el centro antiguo. En la parte más cercana al puerto el ambiente era cosmopolita y turístico. Toda esa zona está llena de restaurantes, confiterías (la gran pasión turca) y heladerías. Algunas familias turcas paseaban junto al mar o disfrutaban de las terrazas, y la presencia del alcohol en las mesas era ciertamente insignificante.

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De todas formas, la mayoría de las terrazas estaban vacías, y muchos restaurantes cerrados, intuimos que a la espera de la caída de la tarde y del calor. El pueblo, una cuadrícula de casas antiguas y palaciegas, asciende desde el mar hasta una colina que rematan un molino de viento y una iglesia ortodoxa, Ayios Yiannis, o sea San Juan.

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Detalles griegos en una isla turca.

Detalles griegos en una isla turca.

Las fachadas alternan los estilos griego y turco, y presentan un estado de conservación irregular, pero todos hablan de un tiempo pasado más esplendoroso, con puertas con arcos y preciosos balcones en voladizo, todo en colores pastel. La vez anterior que estuvimos, hace tanto tiempo, el estado del pueblo era más ruinoso, y su aspecto era muchísimo más abandonado y solitario. Sólo el puerto estaba animado, aunque ni mucho menos como ahora. Ahora muchas casas se han convertido en alojamientos tradicionales, y muchos bajos en diferentes tipos de tiendas.

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La Tarihe Kilesi, restaurada.

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Interior de la iglesia, restaurada y convertida en museo.

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Cunda era hasta 1923 una isla poblada mayoritariamente por griegos, que la llamaban Moshonisi o Ekatonisa, pero el resultado de la guerra fue la expulsión de todos, que se fueron a Lesbos, y su repoblación por turcos expulsados a su vez de esa cercana isla. Las iglesias fueron convertidas en mezquitas. La más grande, la llamada Tarihi Kilise, ha sido recientemente restaurada y bajo sus bonitas bóvedas se ha instalado un museo histórico y de costumbres.

PLasando ante una confitería en Cunda.

PLasando ante una confitería en Cunda.

Tomamos una cerveza con una ensalada y queso en una sombreada terracita y nos fuimos a repararnos del madrugón con una pequeña siesta en el hotel, después de la cual tomamos de nuevo las calles empedradas, ahora dando muchos rodeos y subiendo hasta la iglesia en la colina, admirando a cada paso las mansiones mejor o peor conservadas. Había mucha más gente, que se convirtió en multitud en los alrededores de los muelles. Las luces y la música daban un aire alegre y acogedor a Cunda. Las terrazas bullían y los olores flotaban entre nosotros.

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Ambiente nocturno en Cunda.

Ambiente nocturno en Cunda.

Nosotros escogimos el restaurante Ayna de aire moderno y de gran calidad. Comimos bien, y dimos por concluido nuestro primer día en Cunda.

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El siguiente queríamos ir a una playa, pero Cunda no tiene ninguna que se pueda llamar así si atendemos a los cánones habituales. Encontramos algo parecido al norte de la isla, a donde nos llevó un taxi. Un lugar muy particular, con una arena que no lo parecía y un agua en la que nunca te hundías y en la que era imposible refrescarse. Pero tenía un servicio muy particular: una especie de chozas en la orilla te permitían sentirse como un sultán bajo la sombra de unas palmas, o bien tomar una cerveza en unas sillas sumergidas a medias en el agua.

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En la 'playa'.

En la ‘playa’.

Allí pasamos el día, reclinados y pidiendo periódicamente bebida y aperitivos a unos dispuestos camareros, todo por un precio más que asequible. Es difícil que un turco imagine la vida sin un sofá, así que seguimos la regla y nos entretuvimos la jornada del agua a la choza y de la choza al agua. Ensaladas y gozleme (una especie de crepes finos y rellenos) nos sirvieron de compañía. El mismo taxista vino a buscarnos a la hora concertada.

Nuestra comida, gozleme y ensalada sobre el mar.

Nuestra comida, gozleme y ensalada sobre el mar.

La noche vivió otra explosión de gente que había venido de la cercana Ayvalik a cenar a la isla. Esta vez, nos sentamos en uno de los grandes establecimientos de los muelles, grandes superficies con cubierta y mesas grandes donde degustar fundamentalmente pescado y los numderosos metzes (aparitivos) que componen la rica gastronomía turca. Tras eso, nosotros nos despedimos con la idea de pasar el día siguiente en esa Ayvalik, de la que guardábamos estupendos recuerdos…

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Escala necesaria en una Paros íntima

Ulyfox | 15 de enero de 2021 a las 21:24

La calle principal de Parikia, solitaria como nunca. Y hermosa

La calle principal de Parikia, solitaria como nunca. Y hermosa

No sé si lo sabéis, pero Paros es una de nuestras islas favoritas, dentro del inmenso amor que profesamos a las islas griegas. Eso, y lo largo del trayecto entre Santorini y nuestro siguiente destino programado en Siros, nos aconsejó hacer una escala en este lugar, del que ya he hablado muchas veces, he visitado otras muchas más y he aconsejado a numerosos amigos. Así que uno de los buques de la magnífica compañía Blue Star Ferries nos llevó hasta los muelles de la blanca Parikia, por nuestro simple gusto de pasar una noche en la capital.

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Y nos encontramos una Parikia desconocida por lo solitaria que estaba en ese atardecer de mediados de septiembre. Nos recordó a nuestra primera vez, hace ¡26 años! Entonces, Paros era una isla casi desconocida para el turismo mundial, excepción hecha de los franceses, que siempre han tenido una predilección inusual por este lugar rico en mármol, y al llegar a mediodía encontramos un pueblo blanquísimo y desértico que por eso nos defraudó. Sólo horas más tarde comprendimos que todos estaban en la playa, al ver cómo la tarde llenaba las calles.

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La intimidad que ofrecía Parikia no la habíamos conocido antes…

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En esta ocasión, ni siquiera la caída del sol animó el ambiente. Callejones solitarios y rincones vacíos, tiendas sin clientes y restaurantes con sitio de sobra. No nos produjo ningún desaliento porque hacía tiempo que no veíamos tan detallada y tranquilamente la belleza de Parikia, que es como una Mikonos en pequeñito, mucho más auténtica y a la vez más elegante. En los últimos años, el turismo masivo había empezado a tocar Paros, lo que equivale a estropearlo, y esta vuelta forzada a lo natural por las restricciones de la pandemia nos complació por volver a recordar viejos y lejanos tiempos. La minúscula ciudad aparecía íntima y casi exclusiva para nosotros.

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La soledad hacía posibles fotos antes difíciles de realizar.

La soledad hacía posibles fotos antes difíciles de realizar.

No nos dio tiempo más que para un paseo todo lo tranquilo que os podéis imaginar y una cena en una trattoria que nos llamó la atención nada más pasar por delante, frente al mar: Bacco Paros. Donatella y Guido, triestina ella y friuliano él, una simpática y habladora pareja de italianos que conocía muy bien Cádiz y Andalucía, estaba al cargo del negocio y pasamos una estupenda velada entre conversaciones y pasta, rematada por el mejor final: una copita de grappa Nonino, la mejor del mundo probablemente.

Una cosa: con Paros nunca habrá para nosotros un final, porque volveremos siempre y mientras podamos.

Solos esperando el barco para Siros.

Solos esperando el barco para Siros, en una terminal normalmente atestada.

Tilos, un nuevo paraíso

Ulyfox | 22 de diciembre de 2018 a las 20:29

 

Una cabra domina las ruinas de Micró Horió.

Una cabra domina las ruinas de Micró Horió.

Vista de la Bahía de Livadia, con Faros Rooms en primer término.

Vista de la Bahía de Livadia, con Faros Rooms en primer término.

A la isla de Tilos llegamos muy temprano. Más imposible. Sólo está a unos 40 minutos en ferry desde Nisyros, nuestra anterior estancia. Aún no había amanecido. Pasamos la noche en dos hoteles, dos veces nos acostamos y dos nos levantamos. Ese tipo de viaje forma parte de esas cosas que nos gustan sin saber muy bien por qué: madrugar, caminar hasta el puerto por calles vacías y oscuras con la sola compañía del ruido de las ruedas de las maletas sobre el pavimento, llegar al pequeño muelle donde ya esperan viajeros y vehículos adormilados bajo la luz amarillenta de las farolas. Y pasar el trayecto, en este caso muy corto, en la cubierta.

Livadia, desde las alturas de Micró Horió.

Livadia, desde las alturas de Micró Horió.

En el solitario puerto de Livadia, el principal de la isla, nos esperaba un hombre mayor, que después supimos que era el padre de la familia que llevaba el hotel Faros Rooms, con un cochecito, para llevarnos después de muchas curvas hasta el alojamiento. Nos echamos a dormir inmediatamente. Eran más de las seis de la madrugada y casi estaba a punto de amanecer.

Atardecer en el paseo de Livadia.

Atardecer en el paseo de Livadia.

Poco después empezarían cuatro estupendos días, de esos que el tópico califica de inolvidables. Esta es una de esas veces en las que el alojamiento marca de manera definitiva la estancia. Faros Rooms es un sitio único, inmejorable. Por su ubicación en el otro extremo de la amplia bahía de Livadia, sobre el mar y con una pequeña playa para uso íntimo de los clientes; por la habitación sencilla, limpia, amplia y con terraza a la bahía; por la atención del personal con su encargado, el charlatán Dimos, al frente; por una taberna bajo el emparrado, insuperable. Y está lo suficientemente alejado para que, a la tranquilidad general imperante en la isla, le sumara una dosis extra de sosiego y privacidad, a la vez que nos obligaba a hacer ejercicio cada vez que nos acercábamos al centro (por llamarle algo).

La privilegiada playa de Faros Rooms.

La privilegiada playa de Faros Rooms.

Livadia es una pequeña aglomeración de casas blancas de una planta frente al puerto, con algunos establecimientos, tiendas y tabernas, para atender al moderado turismo que llega a la isla, y un paseo marítimo a lo largo de la playa, que empieza en el muelle y acaba precisamente en los apartamentos Faros.

Megalo Horió, dominado por el Castillo de los Caballeros.

Megalo Horió, dominado por el Castillo de los Caballeros.

Tilos es muy pequeña, de un tamaño parejo al de sus vecinas Nisyros, Symi y Halki, todas a la sombra de sus hermanas mayores en el archipiélago del Dodecaneso: Rodas y Kos. Aparte de Livadia, sólo tiene otra población que merezca tal nombre, aunque al nombre no le falte pretenciosidad, Megalo Horió, es decir, Pueblo Grande. Lo exagerado de esa denominación aparece claramente cuando se conoce que no llega a 200 habitantes. Pero es bonito, dominando un campo de olivos y dominado a su vez en las alturas por un imponente castillo (Kastro) de aquellos lejanos y gloriosos tiempos de los Caballeros Hospitalarios de la Orden de San Juan.

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El cuidado aspecto de Megalo Horió.

El cuidado aspecto de Megalo Horió.

Las calles de Megalo Horió están en la ladera que se dirige al castillo, y respiran la misma calma que toda la isla. Algunas puertas con marco de piedra sobre la mancha blanca de la pared, y la iglesia circundada por un suelo de mosaico de guijarros atestiguan su antigüedad. Es aconsejable hacer una parada en el restaurante To Kastro y tomar algo (excelente cabrito) mientras se disfruta del estupendo panorama hacia el mar y la bahía de Eristós, casi gemela a la de Livadia pero orientada en dirección contraria.

Las cabras reinan en Micro Horió.

Las cabras reinan en Micro Horió.

Un lugar ciertamente curioso es Micró Horió (lo habéis adivinado, significa Pueblo Chico), un misterioso, sorprendente y a ratos inquietante conjunto de casas en ruinas de lo que debió ser un pueblo importante. Al parecer, la escasez de agua y las penalidades hicieron que la gente lo abandonara y se mudara al mucho más acogedor puerto de Livadia. A la hora del atardecer, cuando lo visitamos, no había más que un gran número de cabras triscando felices en su hábitat natural, apareciendo por todos los rincones y provocando más de un susto. Dos puntos llamaban poderosamente la atención por lo cuidado de su aspecto en medio de este desolador abandono: la iglesia, impolutamente blanca y cuidada; y un bar que sólo abre las noches de verano para unas fiestas musicales juveniles de focos y ritmos ruidosos (??).

Sólo la iglesia se salva del abandono en Micro Horió.

Sólo la iglesia se salva del abandono en Micro Horió.

Los días se nos fueron en estas visitas, en baños intensos y repetidos en aguas transparentes, en algún intento agotador de llegar a las remotas playas vírgenes y en largas horas en el paraíso del Faros Rooms.

Tilos nos dejó la impresión de ser uno de esos paraísos que, en la época en que la visitamos, alcanza la perfección. Uno más de los que conocemos en Grecia. Un enorme descubrimiento. No contéis nada, por favor.

 

Isla de Giglio, la mar de Toscana

Ulyfox | 21 de mayo de 2018 a las 10:16

Vista de Giglio Porto, desde el ferry.

Vista de Giglio Porto, desde el ferry.

Volver a Italia se nos está haciendo tan habitual casi como volver a Grecia. Es imposible la comparación, nunca podrán igualarse en nuestros corazones, pero Italia tiene buena parte de ese encanto, faltándole lo que para nosotros es la inocencia con la que nos identificamos, la confianza que nos hace creer que estamos en nuestra casa. Pero Italia… Italia es sencillamente maravillosa. No hay un país que atesore tanto arte, tanto monumento, tanto ejemplo de transformación humana de elementos materiales en sensaciones espirituales. Por eso volvimos a Toscana, aunque queríamos una sensación diferente al huracán renacentista y barroco. Por eso nos dijimos: vayamos al mar. Y en el mar, vayamos a una isla, montemos en un barco, arribemos a un puerto, cenemos sobre la playa… Y nos fuimos a visitar la isla de Giglio. Y para llegar a ella teníamos que partir desde Porto Santo Stefano, a donde llegamos en coche desde el aeropuerto de Pisa.

Porto Santo Stefano, punto de partida hacia la isla de Giglio.

Porto Santo Stefano, punto de partida hacia la isla de Giglio.

Porto Santo Stefano es un lugar con el encanto de los puertos marineros que son además salida para ferries turísticos. Colores toscanos en las fachadas, mucha gente, mucho tránsito, mucho movimiento, entendiendo siempre el ‘mucho’ a una escala menor que en los lugares de turismo masivo. Llegamos por la tarde, la mejor hora en ese verano incipiente, con tiempo para un corto paseo, tomar un aperitivo al atardecer y dilatar la entrada en el hotel. Y con la predisposición perfecta para después del registro en recepción, salir a cenar algo de pescado frito, ensalada y spaghetti con almejas. ¿Se puede concebir mejor menú de recepción en Italia? En Lo Sfizio, una trattoría muy recomendable, por si acontece que pasáis por allí.

Colores en Giglio Porto.

Colores en Giglio Porto.

A la mañana siguiente, muy tempranito, tomamos el tranquilo ferry hasta Giglio. A muchos os sonará el nombre. Fue contra las rocas cercanas a la principal población de la isla, Giglio Porto, donde el capitán Schettino estrelló su crucero, el ‘Costa Concordia’, por tirarse un farol con su novia de ese momento causando decenas de muertos. El buque permaneció allí volcado durante meses y se convirtió en una atracción de primer orden. Cuando estuvimos nosotros, aún quedaban gigantescas grúas junto al puerto.

Atardecer en Giglio Porto.

Atardecer en Giglio Porto.

Aparte de eso, evidentemente, Giglio Porto tiene muchos más atractivos, el menor de los cuales no es la tranquilidad, propiciada por que tiene la capacidad hotelera que tiene. Durante el día abundan los excursionistas de unas horas llegados en ferry, pero con la noche, el ambiente se vuelve familiar y elegante a la vez, con mucho lino, mucho estilo italiano y un paseo frente al mar (lungomare) corto y gozoso. Se disfruta de la playa con la luz y se vuelve al puerto con el frescor de la ducha, el perfume y la camisa vacacional.

Camino de la Spiaggia delle Cannelle.

Camino de la Spiaggia delle Cannelle.

La estupenda playa de Giglio Campese.

La estupenda playa de Giglio Campese.

Para el baño, en dos días de estancia, se tiene la opción de dar un paseo a pie revitalizante hasta la cercana Spiaggia delle Cannelle, en una cala turquesa, con la cómoda vuelta en microbús para esa hora mágica. Y al otro día, se puede tomar ese mismo transporte público para acceder a la más amplia y turística Giglio Campese, haciendo una parada de un par de horas en el bello pueblecito amurallado que corona la isla, Giglio Castello. No se toman mucho trabajo para poner nombres a los lugares en este minúsculo trozo de tierra. Dirán ellos que para qué; no hay mucha confusión posible entre los tres enclaves.

Vista general de Giglio Castello.

Vista general de Giglio Castello.

En el interior de Castello.

En el interior de Castello.

La parada en Castello da para un recorrido entre casas de piedra enfoscadas con un gris cemento bastante mejorable, pero que encierra una belleza cierta en sus restos de pintura. Desde sus alturas se domina todo el contorno de la isla… cuando las nubes que casi siempre lo rodean lo permiten. El turismo se nota en la existencia de algunas tiendas y unas pocas trattorías interesantes a primera vista, con sus terracitas inestables y sus manteles de cuadros. El hecho de que poca gente lo visite durante el día hace muy interesante el paseo casi para ti solo. Una iglesia y un castillo completan el cuadro perfecto. Mucha gente sube a cenar en sus callejuelas al atardecer.

El 'lungomare' de Giglio Porto.

El ‘lungomare’ de Giglio Porto.

Nosotros cenamos las dos noches en Porto, procurando que fuera poco antes del ocaso, a esa hora europea que frente al mar hace que todo, incluso lo hermoso, aparezca más bello.

El embarque para Elba

Ulyfox | 28 de julio de 2013 a las 13:45

Un rincón de la costa en la isla de Elba

Era fin de semana, y todos los italianos del norte parecían querer ir a la isla de Elba, esa en la que reinó durante unos meses el destronado Napoleón, hasta que se fugó para ir directo a su derrota final. Nosotros nos levantamos temprano en Venecia, y en seguida estuvimos en la estación de Santa Luzia, esa que parece una estación normal de trenes cuando llegas a ella, si no fuera porque antes tienes que atravesar buena parte de la laguna por el puente de la Libertá, y sobre todo, porque cuando dejas los andenes con tus maletas y sales al aire libre te encuentras de golpe con un gran canal nervioso de vaporettos, góndolas y embarcaciones de todo tipo, y una multitud de gente que sube y baja de ellos, y empiezas a dibujar con la mirada puentes, cúpulas, columnas y palacios: una llegada espléndida.

Dos hermanas en las alturas de Capoliveri

 

Pues dos días después de esa emocionante llegada estábamos entrando de nuevo en la estación, ahora para dirigirnos a la isla de Elba, nuestra siguiente escala en ese precioso viaje de finales de junio. Tuvimos que cruzar la bota desde el Véneto a la Toscana pasando por la Emilia Romagna. Nuestro destino era Piombino, para embarcar a Elba, con dos trasbordos, un trayecto en autobús y finalmente un ferry. Varias horas de camino que no se nos hicieron largas. Y era fin de semana, y había mucha gente que quería llegar a Portoferraio, la capital de la isla, un pueblo ambientado, amurallado y aun así conquistado por el turismo. Un lugar bonito, muy agradable y con buenos locales para comer.

Verde y azul

 

Si todos los pueblos tienen un color, diríamos que Portoferraio es amarillo, ese amarillo italiano que tiene mil variantes, y ese tono se asoma a un puerto antiguo luminoso con forma de U, las casas formando una muralla y escalando suavemente hacia el castillo. Alrededor, el azul mediterráneo y enfrente, el verde de la arboleda enorme que es esta isla, un trozo de la Toscana en medio del mar. La tarde en que llegamos para nuestra estancia de cuatro días se puso dorada, el agua se calmó y la temperatura refrescó.

Porto Azzurro, en la lejanía y al fondo de su bahía

 

Pero el tiempo no nos quiso acompañar del todo. El bochorno que sufrimos en Verona y Venecia se fue diluyendo conforme nos acercábamos a la costa de la Toscana, y las nubes y el viento fresco hicieron imposible que casi ni pisáramos las hermosas playas de la isla. Ni un baño ni un bañador. Nos importó, pero no mucho. Todos los días echábamos en el maletero del coche los avíos de la playa, por si acaso, pero también la chaquetilla. Usamos más esta última que los primeros. Aprovechamos entonces para recorrer pueblos y puertos coloridos, entre el verde de los montes y el azul del mar: Marina di Campo, Porto Azzurro, Capoliveri, Marciana Marina’, y por supuesto, la mansión en la que vivió el pequeño gigante corso durante unos meses y que, espero, no tardaremos en contar uno por uno si el tiempo, esta vez el cronológico, nos lo permite.

Portoferraio, la capital de Elba, desde el ferry.