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Como Telémaco recibiendo a Ulises

Ulyfox | 6 de noviembre de 2020 a las 20:38

 

Dexá, abierta a la evocación.

La playa de Dexá, que recibió a Ulises en su vuelta a Ítaca

 

Lo pensamos, de verdad que lo pensamos: planeamos hacer otras caminatas por Ítaca y conocer lugares con nombres tan evocadores como la Cueva de las Ninfas, la Fuente de Aretusa y la Cueva de Eumeo. La isla rebosa de lugares con reminiscencias homéricas. En la Cueva de las Ninfas se dice que escondió Ulises su tesoro al regresar; la fuente y la cueva últimas son los lugares donde Eumeo llevaba a pastar y beber a los cerdos que criaba para Ulises y donde se encontraban las caballerizas del rey héroe: pues no fuimos.

Baños en aguas míticas de Dexá.

Baños en aguas míticas de Dexá.

Porque el cuarto día amaneció espléndido de sol como todos, pero esta vez sin viento, y el mar lucía plano y acogedor desde por la mañana. Así que decidimos cambiar las sendas montañosas  por un paseo más plano, corto y plácido hasta la playa de Dexá, a solo media hora andando desde la capital, Vathy. Y además esa playa está llena también de significado odiseico, y de qué manera. Dice la leyenda que a sus orillas de guijarros fue a donde llegó Ulises tras 20 años fuera de su hogar (10 en la guerra de Troya y otros 10 navegando por el Mediterráneo).

Delicias bajo los olivos en Dexá.

Delicias bajo los olivos en Dexá.

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En esa playa comienza la narración de la Odisea, ahí empieza a contar Ulises su historia, allí se le apareció Atenea y le ayudó a disfrazarse de mendigo viejo, allí se encontró con su hijo Telémaco. A nosotros Dexá nos esperaba verde y calmada, tranquila y casi sin gente, en una pequeña ensenada de guijarros y con una especie de murete frente al agua, pero con unas tentadoras tumbonas colocadas bajo los olivos. En el centro del olivar, una pareja mayor (incluso más que nosotros) entraba y salía constantentemente con platillos y botellas desde una casa hasta las tumbonas. La vivienda era en realidad dos apartamentos y ofrecía una promesa de relax casi inigualable. Tan felices que se veían en lo que parecía su paraíso, que seguramente se volvía privado en cuanto caía la tarde.

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Las playas en Ítaca no suelen estar dotadas de servicios, pero Dexá tenía al menos un encargado de alquilar las hamacas, y una pequeña cantina en la que el hombre que la atendía ofrecía algunas cosas básicas como tzatziki casero y boquerones fritos, que fue lo que nos encargamos a la hora del almuerzo. Por supuesto, bajo un olivo.

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Vathy, a la vuelta del día de playa.

Vathy, a la vuelta del día de playa.

El dia se nos fue (bueno, lo dejamos ir) entre la conversación, el tapeo, las fotos, los espléndidos baños y la lectura. La vuelta a Vathy nos brindó además una hermosa vista de la capital a esa hora de la tarde en que la luz, más que alumbrar, acaricia los paisajes y las fachadas.

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A la izquierda de la imagen, el hotel Omirikon, nuestro alojamiento en Ítaca.

De nuevo al día siguiente, último en Ítaca, pensamos en ir a las cuevas o a la fuente… pero caímos en que en realidad aún no habíamos recorrido el pueblo, ni visto sus museos, ni tocado unos cañones venecianos que nos habían dicho que había cerca de allí. Así que hicimos todo eso con parsimonia. Un museo arqueológico modesto pero, como todos en Grecia, interesante. Y un precioso Museo Naval y Folklórico, una joyita.

La catedral de Vathy.

La catedral de Vathy.

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Vathy, en su tranquilidad.

Vathy, en su tranquilidad.

Es precioso, emocionante y ejemplar la cantidad de museos folklóricos que hay en Grecia. Casi cada pueblo mediano tiene uno. Normalmente, son una colección de herramientas, vestidos, muebles, utensilios varios que dan una idea certera de la vida cotidiana en el lugar correspondiente. Demuestran el amor de los griegos por su tierra, y hacen pensar cuántas cosas mandamos a la basura por aquí sin pensar en que tiramos a la vez buena parte de nuestra historia, que es como decir de nosotros mismos.

Un rincón de Vathy.

Un rincón de Vathy.

Penélope, ante la entrada del Museo Naval y Folklórico de Vathy.

Penélope, ante la entrada del Museo Naval y Folklórico.

El de Vathy hace especial hincapié en la tradición marinera, con numerosas muestras de uniformes, barcos, fotografías y carteles de navieras. Imaginaos lo que podría hacerse en Cádiz con su historia comercial con las Indias, y desde los fenicios…

El paseo por la bahía de Vathy hasta la playa de Loutsa.

El paseo por la bahía de Vathy hasta la playa de Loutsa.

Nos apetecía un poco de playa, e hicimos una pequeña caminata a la de Loutsa, a muy poca distancia del centro de Vathy. La playa no era gran cosa, y además hacía un día especialmente ventoso, así que estuvimos poco tiempo más que para darnos un baño casi solos. Pero el camino hasta allí fue delicioso, bordeando la bahía, sombreado a trozos, tropezando a cada paso con pequeños embarcaderos y disfrutando de la hermosa vista del otro lado de la capital, allí enfrente.

Un descanso en el paseo.

Un descanso en el paseo.

Casi llegando a la playa está señalizada una pequeña batería de cuando la dominación veneciana, encargada de vigilar la entrada al puerto natural. Sobre un alto, aún sobreviven dos cañones de la época, apuntando al mar, todavía amenazantes pese a estar desarmados, entre los restos de la pequeña fortificación.

Los cañones venecianos guardando la entrada en la bahía.

Los cañones venecianos guardando la entrada en la bahía.

Al regreso a Vathy, nos paramos a almorzar en el restaurante Tsiribis, casi encima de lo que llaman, algo pomposamente, Marina de Ítaca. El lugar es, como tantos en las islas griegas, agradable al máximo, y la comida bastante buena. Hace nada, en un programa reemitido sobre Javier Reverte con motivo del fallecimiento de este gran periodista viajero, hemos visto esta taberna, cuyo dueño, Dimitris, pasó muchas horas con el escritor y se convirtió en uno de los personajes de su gran libro ‘El corazón de Ulises’, o ‘Η καρδια της Οδισσεας’ (I cardiá tis Odiseas’) como leí en las manos de un pasajero griego hace muchos años.

Almuerzo en la taberna Tsiribis, la del amigo de Javier Reverte.

Almuerzo en la taberna Tsiribis, la del amigo de Javier Reverte.

La comida en ese lugar se prolongó y nos dio tiempo a contemplar una discusión bastante encendida entre dos familias de catalanes que habían amarrado su barco frente al local, se habian sentado a comer tan amigablemente hasta que la conversación derivó en una estúpida y violenta situación a causa de una de las adolescentes que los acompañaban. Prácticamente atardecía cuando regresábamos al hotel.

Las maravillosas calas cerca de Frikés.

Las maravillosas calas cerca de Frikés.

La mañana siguiente fue la de la despedida de Ítaca. Salíamos de la isla con destino a otra minúscula situada frente a la de Lefkada, y llamada Meganisi. El barco que debía llevarnos hasta allí partía a mediodía del puertecito de Frikés, que nos había acogido hacía casi 20 años. Gerásimos nos transportó por última vez (de momento), con bastante antelación puesto que queríamos desayunar tranquilamente en Frikés y aprovechar, tal vez para un último baño.

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Baños solitarios de Penélope.

Baños solitarios de Penélope.

En el mismo café en el que desayunamos (estaba casi todo cerrado) dejamos las maletas durante un rato y nos acercamos a unas calas idílicas que están muy cerca y que recordábamos de aquella vez. Un mar verde y una orilla de guijarros nos abrazaron durante un rato a Penélope y a mí mientras hacíamos tiempo para el viaje.20200906_111147

De vuelta, casi llegando a Frikes, vimos venir el ‘Ionion Pelagos’, que arribó casi a la vez que nosotros al puerto. Recogimos nuestras maletas y allí íbamos de nuevo, en otro barco a otra isla…

El difícil adiós a Ítaca.

El difícil adiós a Ítaca.

Visitando a Ulises en su casa

Ulyfox | 28 de octubre de 2020 a las 18:59

Los restos del palacio de Ulises, sobre el mar de Ítaca.

Los restos del palacio de Ulises, sobre el mar de Ítaca.

 

Gerásimos llegó a la misma hora que el día anterior, con su aspecto de hombre al que no hace falta preguntarle si le gusta comer. Esta vez habíamos concertado con nuestro taxista en Ítaca un recorrido más largo por la isla, haciendo varias paradas, con un punto muy destacado, por encima de todos: el palacio de Ulises, o sea, sus supuestas ruinas, que me había marcado en mi agenda casi desde que era chico.

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En el monasterio Katharon.

En el monasterio Katharon.

Yo llevaba dos mañanas ya haciendo una de las cosas que más me gustan en las islas griegas: levantarme bastante temprano y acercarme a la panadería (artopoiío en griego), siempre hay una panadería con pan caliente en las islas. Mejor si el mandado exige un paseo previo bordeando el mar como era el caso en Vathy. En veinte minutos da tiempo de llegar al horno, hacerse con una barra de pan fresco de corteza cubierta de sésamo y volver al apartamento donde ya Penélope, mientras, ha cocido los huevos y preparado el café, por ejemplo.

Vistas del monasterio Katharon hacia la isla vecina de Cefalonia.

Vistas del monasterio Katharon hacia la isla vecina de Cefalonia.

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Vistas del monasterio hacia la bahía de Vathy y la península griega.

Vistas del monasterio hacia la bahía de Vathy y la península griega.

Con esas bondades en el cuerpo nos montamos en el taxi para conocer Ítaca más a fondo. Subiendo y subiendo, la primera parada fue en el monasterio Katharon, el punto más alto de la isla. No es el convento más bonito ni mejor conservado de Grecia precisamente, pero tiene unas vistas estupendas, a más de 800 metros  de altura y cuenta inevitablemente con la emoción ingenua que siempre se halla en las iglesias ortodoxas, llenas de imágenes. Sólo otra pareja paseaba por el jardín y contemplaba los frescos y la aparatosa lámpara en el pequeño templo.

La maqueta del palacio de Ulises que se encuentra en Stavros.

La maqueta del palacio de Ulises que se encuentra en Stavros.

Tras la breve visita al monasterio y el paso por Anogi, enfilamos hacia el bonito pueblo de Stavros, el más animado de la isla, en el interior montañoso, con una plaza llena de bares y un anticipo de lo que veríamos poco después: en el centro hay una vitrina con la maqueta figurada del palacio de Ulises, que se encuentra en las cercanías. Ya se ve que el ingenioso Odiseo no era un rey rico, pero el trabajo de los arqueólogos en esta reconstrucción virtual es estupendo.

Exogí. Bajo el emparrado nos esperaba Gerásimos.

Una vista de Exogí. Bajo el emparrado nos esperaba el gigante Gerásimos.

Propusimos a Gerásimos tomar un café en la plaza, pero nos hizo una oferta más atractiva: “¿Por qué no tomamos ese café en Exogí, el pueblo que para mí tiene la mejor vista de toda Ítaca?”. Claro, claro. En el camino a Exogí, paramos no más de un cuarto de hora en el pequeño museo de Stavros. Una sola sala para mostrar algunos de los hallazgos de las excavaciones del palacio de Ulises. Poca cosa: algunas jarras, herramientas, joyas y algo especialmente significativo: un pequeño trozo de cerámica en el que aparece el nombre de Odiseo, el héroe de Troya.

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Apabullantes vistas subiendo a Exogí.

Apabullantes vistas subiendo a Exogí.

Por carreteras aún más estrechas y pasando una cantidad asombrosa de casas tradicionales en venta, nos aproximamos a Exogí, una villa con casi más iglesias que casas y desde mucho antes de llegar empezamos a darle la razón a Gerásimos. Allí abajo, muy abajo resplandecía uno de los mares más azules que hemos visto, y bajo los acantilados blancos pequeñas franjas de playas accesibles sólo en barco, ribeteadas de turquesa. En el café Extraterrestrial, que realmente parece estar situado en el espacio, nos tomamos un café griego con azúcar (elinikó glikó) mirando el paisaje en la terraza, y haciendo decenas de fotos. Mientras, nuestro taxista se sentó en otra mesa bajo el emparrado con el propietario del kafeneion y se pidió un frappé. Éramos los únicos clientes. Gerásimos, dando muestras de que es griego de verdad, pagó nuestra consumición.

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Un banco bien situado, junto a la entrada de Panagía Elousa.

Un banco bien situado, junto a la entrada de Panagía Elousa.

Exogí visto desde más arriba aún.

Exogí visto desde más arriba aún.

Y entonces, decidió llevarnos aún más alto, y enfiló las curvas de un carril asfaltado sólo un poco más ancho que el propio Gerásimos. “No hay problema (kanena próblima)”, dijo. Y nos plantamos ante la verja cerrada del monasterio de Panagía Eleousa, a menos de un kilómetro. Ahí paró, y ahí había un banco para contemplar un panorama aún más hermoso. Y ahí nos sentamos a disfrutarlo sin parar de dar las gracias a nuestro chófer. Desde ahí también nos señaló: “Y ese edificio derruido que se ve allí abajo es el palacio de Ulises”. ¡Sí, ese era! la casa que como dice la Odisea “mira a los tres mares”. Le repetimos varias veces nuestras gracias a Maki, diminutivo del nombre del chófer (de Gerásimos, Gerasimaki, y de ahí solo Maki, así es la lógica onomástica).

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Yacimiento no muy bien protegido del palacio de Ulises.

Yacimiento no muy bien protegido del palacio de Ulises.

Llegó el momento, pues, de visitar el palacio, que está junto a la carretera descendente, pero rotulado como ‘Escuela de Homero’ porque hasta hace poco se pensaba que eso eran las ruinas. Pero las teorías más recientes sostienen que esas escasas piedras milenarias son efectivamente los restos del que fuera palacio del héroe de mil ardides, el mismo Ulises que se inventó la estratagema de un enorme caballo de madera, preñado de soldados aqueos para vencer la firme resistencia de los troyanos.

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El lugar está destrozado. Se conoce que hace un tiempo estuvo más cuidado, con maderas, cercas y superficies acristaladas para contemplar los restos. Ahora todo está roto. Se aprecian escaleras de piedra que conducen a la historia y, ya que nos ponemos a temblar, hacia el Olimpo, agujeros en el suelo que bien podrían ser silos o almacenes. Pero la precaución impide acercarse mucho, rodeados como están de tablas caídas con los clavos oxidados.

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Subiendo entre árboles hacia una pequeña roca elevada aparece una construcción derruida hecha de grandes bloques de piedra, y ahí sí que uno siente la trepidación homérica ante esa esquina, ese dintel que da a una habitación desde la que se contempla el mar cuyo dios Poseidón se apiadó del héroe y le permitió regresar a su casa tras diez años de calamidades y placeres. Varios cipreses han crecido a su lado para acompañar estos muros, de los que éramos ese día únicos visitantes. Uno no puede comprender cómo este enclave crucial de la historia de la Humanidad puede estar así de abandonado por parte de las autoridades, pero a lo mejor es, otra vez, el destino de Ulises…

El palacio de Ulises, desde la altura más alta.

El palacio de Ulises, desde la altura más alta.

Vagó por el Mediterráneo sufriendo y venciendo a sirenas, cíclopes y brujas, disfrutó de placeres con ninfas, peleó con la furia de Poseidón por atreverse a desafiarlo y dio nombre a las aventuras que le sobrevienen al ser humano por reivindicar su condición libre. Y ahora, sigue sin hacérsele justicia a su recuerdo en estos trozos de muros descuidados, por mucho que la isla esté llena de estatuas y rótulos que recuerdan su gesta única y su memoria, aprovechada comercialmente muy bien, eso sí, en souvenirs.

 

La playa de Polis, apuntada para otra visita.

La playa de Polis, apuntada para otra visita.

El día fue bello, memorable. Eso íbamos pensando mientras volvíamos por la carretera de la costa occidental contemplando la cercana silueta de Cefalonia, apenas separada por un ancho brazo de mar, parando para fotografiar y apuntar para la próxima vez la playa de Polis. Volvimos a Vathy a la hora ideal para sentarnos en la taberna Batis, un clásico, y dar buena cuenta de una escorpina a la parrilla, acompañada por una abundante ensalada y mejillones al vino, pegados al mar. Todo con vino blanco Róbola, de la vecina isla. No habíamos vivido una odisea, sino un viaje en el tiempo hacia una época mítica, terrible y fascinante.

Almuerzo en la taberna Batis, el mejor final para una excursión espléndida.

Almuerzo en la taberna Batis, el mejor final para una excursión espléndida.

Kioni a pie, la primera excursión por Itaca

Ulyfox | 23 de octubre de 2020 a las 18:52

Kioni, desde las alturas del camino.

Kioni, desde las alturas del camino.

Gerásimos, el taxista gigante de Itaca (Ithaki para los griegos), nos vino a recoger no demasiado temprano, a las diez de la mañana. Nos esperaba ante nuestro hotel en Vathy, con su enorme espalda sobresaliendo un palmo a cada lado del asiento y la cabeza rozando el techo del auto. Habíamos acordado que nos llevaría hasta el pueblo de Anogi, en el otro lado de la isla, de donde parte un sendero muy transitable que baja hasta el puertecito pesquero de Kioni, donde debería ir a recogernos el conductor bastante después de la hora de comer. Teníamos ganas de andar, y sabíamos que Ítaca es un lugar ideal para eso. También conocíamos, de aquella anterior y lejana visita a la isla, el encanto de Kioni, encajonado entre colinas verdes en una estrecha bahía.

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El inicio del sendero.

El inicio del sendero.

Así que ahí estábamos, como dos señores conducidos por un taxista de casi dos metros de altura  y uno de ancho, subiendo la alta cresta que une los dos trozos de Ítaca, admirando a nuestro paso bahías azules y verdes y, desde los casi mil metros de altura una imponente visión del golfo de Vathy. Poco después, dede Anogi Gerásimos  nos dejó junto a un helipuerto, del que arranca un sendero muy bien pavimentado en casi toda su extensión. Nos aguardaban más de dos horas y media de caminata, eso sí cuesta abajo.

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El espeso bosque que acompaña y ensombra casi todo el camino.

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La mayor parte del precioso camino se hace a la sombra de unos finos y altos cedros, y al principio la espesura sólo deja ver algunas torres defensivas de vigilancia y, de vez en cuando, el azulísimo mar allá abajo, por entre la vegetación. A mitad de trayecto, una pequeñísima iglesia ofrece la posibilidad de hacer una parada ante una vista llena de árboles y mar, ideal para hacer la foto.

 

Nos acercábamos a Kioni...

Nos acercábamos a Kioni…

Torres defensivas en la costa de Ítaca.

Torres defensivas en la costa de Ítaca.

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Más adelante, ya aparece la imagen blanca de Kioni en la lejanía, y el alma del caminante, aunque contenta por la belleza del camino, se alegra con la perspectiva de la llegada, aunque, en seguida se demostrará, todavía queda un largo trecho para su culminación. La peculiar situación de este año, con el covid restringiendo los viajes, hace del sendero una vía de tranquilidad. Sólo nos cruzamos, al inicio, con una pareja que hacía el camino al revés, es decir cuesta arriba, lo que tiene mucho más mérito. Hay algo especialmente gratificante en esto de andar, de desplazarte por ti mismo, en medio de paisajes desconocidos y, como en el caso de Ítaca, evocadores por el verde oscuro del bosque, por el castaño de las piedras de las torres, y el blanco de las velas sobre el azul del mar allá abajo.

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La espesa vegetación de Itaca.

La espesa vegetación de Itaca.

 

Pero todo acaba y en esta ocasión el final de la caminata es, aparte de un descanso, una felicidad para los sentidos. Kioni es sólo una hilera de casas alrededor del puertecito y otro grupo en un llano, además de algunas salpicadas por las laderas. No hace falta más para tener un encanto especial, acrecentado por las terrazas y restaurantes junto a la orilla y los barcos amarrados al muelle. Un lugar soñado para arribar.

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El premio de una cerveza fue más que merecido, como lo fue poco después el de unos boquerones perfectamente fritos acompañados de unas berenjenas guisadas con tomate y cebolla (imam), en el mismo lugar en que almorzamos hace casi 20 años, en la taberna Kalypso, que lleva, como tantas en Ítaca, la referencia a la Odisea en su nombre. El camarero que nos atendió tendría unos cuatro años cuando estuvimos la primera vez, calculó él mismo cuando se lo contamos. La vista era la misma, pero esta vez embellecida por un hermoso sol, como eran los mismos los gatos seguramente.

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El joven marinero.

El joven marinero.

Cuando llegamos no había casi nadie en el pueblo, sólo los camareros que se afanaban en preparar las terrazas y en atraer a los pocos clientes. Pero pronto empezó a llenarse el lugar. Y lo atribuimos a excursiones de un día que vienen desde la cercana isla de Lefkada, muy turística. La entrada y salida de algunos barcos llenos nos corroboró esta impresión. Que la economía de las islas griegas sigue siendo familiar también nos lo confirmó las maniobras veloces de un joven marinerito aprendiz para ayudar a desamarrar el barco turístico de algún familiar cercano suyo. El grumete aracía disfrutar mucho trabajando a la vez que jugaba a ser mayor.

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Recordamos que en aquella lejana primera ocasión llegamos a Kioni andando por la carretera de la costa, sólo una hora y no demasiadas cuestas. Pero cuando quisimos volver llamando a un número de taxi desde una cabina, nadie cogía el teléfono. La encargada de una tienda, a la que preguntamos, nos dijo: “¿Un taxi?… dudo mucho de que venga alguno”. Y nos tuvimos que volver de nuevo andando, no sin antes subir con sumo esfuerzo el empinado camino desde el pueblo hasta la carretera. Recuerdo que durante la subida me traje algunas aceitunas con la esperanza de sembrarlas y tener en mi patio un auténtico olivo de Ítaca. No recuerdo qué pasó con ellas, pero desde luego no llegaron a convertirse en árbol.

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La comida en la taberna Kalypso.

La comida en la taberna Kalypso.

Gerásimos acudió puntual a la cita y poco después volvíamos por las hermosas carreteras hasta la misma puerta del hotel. Y hay pocas cosas que igualen el bienestar interior que te da volver a tu habitación con las piernas cansadas por la caminata libre y con los ojos llenos de imágenes.

¡Llegamos a Itaca!

Ulyfox | 17 de octubre de 2020 a las 17:47

La estatua de Ulises-Odiseo, en el puerto de Vathy.

La estatua de Ulises-Odiseo, en el puerto de Vathy.

Todo el mundo ha leído esa mínima parte de la obra de Kavafis, así que ya casi todos sabemos que tan importante como llegar a Itaca es el camino que hay que recorrer, y sus vicisitudes. Bien, nosotros cumplimos con ese peaje y por fin, una mañana de primeros de septiembre a la hora que, como mandaría Homero, coincide con la “aurora de rosáceos dedos” atravesábamos la isla de Cefalonia en taxi, desde Argostoli hasta el puerto de Sami, para embarcarnos rumbo a la isla de la que fue rey el mítico Ulises, el Odiseo que dio nombre a los viajes o las experiencias complicadas y llenas de contratiempos.

Navegando hacia Ítaca, allá al fondo.

Navegando hacia Ítaca, allá al fondo.

Y, acompañando a la salida del sol, navegábamos hacia nuestro destino. Media hora después el ferry atracó en Piso Aetos, que significa algo así como Aetos de Atrás, por contraposición al Prostá Aetos o Aetos de Delante, la bahía que está al otro lado del estrecho istmo que une las dos partes en que se divide la isla. ¡Estábamos en Itaca! Sentimos algo muy especial al llegar. Por lo que fuera, en anteriores intentos no lo habíamos logrado, desde aquella primera vez hacía casi 20 años. Esta vez parecía cierta la posibilidad de visitar el palacio de Ulises, la cueva de las Ninfas, la fuente de Aretusa…

La otra orilla de Vathy.

La otra orilla de Vathy.

Vista parcial de Vathy.

Vista parcial de Vathy.

Como Grecia sigue siendo Grecia, el taxi que habíamos apalabrado no estaba allí, en aquel solitario lugar que sólo tiene un pequeño muelle y una caseta que suponemos albergará lo que sea el equivalente a una autoridad portuaria. Pero Atenea no desampara a sus fieles como cualquier compañía aérea de bajo coste, y allí estaba: había otro vehículo simplemente esperando posibles clientes y esos éramos nosotros. Subiendo y bajando laderas, en poco menos de 10 minutos apareció ante nuestros ojos en la mañana radiante la capital de la isla, Vathy, al fondo del profundo golfo que le da nombre (precisamente Vathy en griego significa “profundo”).

Vathy, y allí arriba, Perahori.

Vathy, y allí arriba, Perahori.

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Mucho más bello de lo que esperábamos. Vaticinábamos una población anodina, el único conjunto de casas que casi merece llamarse pueblo, pero encontramos una agrupación de viviendas individuales con fachadas de colores, repartidas en dos o tres hileras alrededor de la casi perfecta ‘u” que forma la bahía, y trepando por unas colinas circundantes llenas de pinos, cipreses y olivos. Allí arriba, la pequeña mancha blanca de Perahori (literalmente, “pueblo de más allá”). Esta sola visión ya inspiraba calma.

La llegada al hotel Omirikon.

La llegada al hotel Omirikon.

Un desayuno junto a los peces.

Un desayuno junto a los peces.

Era temprano, pero ya estaba esperándonos en la recepción del Hotel Omirikon la encargada, que nos dio indicaciones sobre todo lo necesario en la isla. Desde ese momento se apoderó de nosotros la sensación de que éramos señores de nuestro tiempo, sentimiento confirmado por la vista desde nuestro balcón. Y por eso desandamos el camino desde el hotel hasta la plaza principal de Vathy y al borde del mar tomamos un tranquilo y largo desayuno con el pan de verdad que se usa en Grecia, mirando como los peces esperaban que algo se nos cayera de la mesa.

Por ahí está la casa de nuestras utopías...

Por ahí está la casa de nuestras utopías…

... que podía quedar como estas.

… que podía quedar como estas.

Después, dimos un paseo en busca de otra de nuestras quimeras: Penélope acostumbra a navegar por internet a la caza utópica de casas para comprar en esa tierra, y había encontrado una ideal en Vathy, a dos pasos del agua; el precio, normal, se escapaba de nuestras posibilidades, pero aun así nos acercamos a verla, a soñar un poco y a hacer planes con ella en forma de pajaritos revoloteando en nuestras cabezas.

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La magnífica playa de Gidakis.

La magnífica playa de Filiatró.

El calor apretaba a mediodía, así que la mejor opción era la playa. Las distancias en Itaca son manejables para hacerlas a pie, pero con la que estaba cayendo buscamos un taxi que nos llevara a la de Filiatró, con fama de ser de las mejores. La fortuna guió nuestros pasos otra vez y dimos con Gerásimos, el taxista que terminaría siendo por varios días nuestro conductor por las endiabladas carreteras. Filiatró, que estaba llena y nos hizo pensar en la pesadilla turística que debió de ser Itaca en otros años sin covid, nos sirvió de refresco con su agua transparente, y de alimentación en la única taberna.

 

En el balcón de nuestro apartamento en el Hotel Omirikon.

En el balcón de nuestro apartamento en el Hotel Omirikon.

El mismo Gerásimos nos vino a buscar a media tarde y la jornada dio aún para mucho más: un tiempo de relax con lectura en el hotel, un paseo vespertino con rendición de culto a la estatua de Ulises en el puerto y una cena sencilla y muy buena en la taberna Kantouni, que elegimos por la simple razón de que en su terraza sonaba la impar voz de Dimitris Mitropanos: los amores son así, y Mitropanos provoca el amor a primer oído. La camarera, muy guapa, una búlgara que sabía algo de español, nos contó que era amiga de Ana Capsir, excelente autora del blog ‘Navegando por Grecia’, así como del precioso libro ‘Mil viajes a Itaca’ que perdimos en uno de nuestros viajes por allí. Capsir vive en la cercana isla de Lefkada y organiza cruceros en velero por las islas.

La taberna Kantouni.

La taberna Kantouni.

El día terminó dulcemente. Y a la mañana siguiente nos esperaba Gerásimos para nuestra primera excursión…

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Itaca, el difícil camino

Ulyfox | 27 de agosto de 2020 a las 13:20

La llegada a Ítaca, en 2001.

La llegada a Ítaca, en 2001.

Esta vez, si lo conseguimos, saltaremos de alegría o desfalleceremos de nostalgia, o las dos cosas a la vez, que fue lo que debió sentir Ulises, el Odiseo pródigo en ardides que define la inmortal y fundacional obra de Homero. Llegar a Ítaca, ese es de nuevo nuestro objetivo este año. La primera vez, hace 19 años, no fue fácil. Lo he contado en esta entrada lejana. Fue complicado y retorcido, pero llegamos en dos días con noche por medio en lugar de lo que debería haber sido una travesía placentera de un par de horas. Y fuimos felices al arribar por fin a las homéricas costas, y de disfrutar de una corta estancia de dos noches en Frikés, y del paseo andando hasta Kioni.

Una vista de Kioni, uno de los pueblos más bonitos de Itaca.

Una vista de Kioni, uno de los pueblos más bonitos de Itaca.

Otras dos veces lo hemos intentado y nos ha resultado imposible. La primera, hace unos cinco años, cuando estuvimos en la verde y aromática Cefalonia y consideramos que era fácil saltar a la cercanísima Itaca. No hubo forma, no alcanzamos a coordinarnos con los inestables y cambiantes horarios de los barcos que cubrían el trayecto desde Vasilikí o desde Nydrí. La segunda, el año pasado, con una segura línea desde la industriosa, universitaria y marítima Patras. Había barcos, pero ni una sola plaza hotelera en el agosto multitudinario y en una Grecia pre pandemia, en la que todas las islas, los destinos tradicionales y las supuestas ‘joyas desconocidas’, estaban de moda. No pudimos acomodar una fecha.

Una calle de Kioni.

Una calle de Kioni.

Itaca mantiene, al parecer para nosotros, la misma maldición que sufrió el ingenioso Ulises. Pero nosotros tenemos también la misma constancia que el héroe que se inventó el caballo de Troya. Y este año lo teníamos preparado todo: avión, barco y hotel reservado. El covid-19 ha frustrado los planes, pero no todavía el destino. Mantenemos el billete de avión, pero hemos anulado hoteles, y estamos a la espera de hacernos una prueba pcr que Grecia exige a todo el que entre en el país. Volvemos a estar en manos de Zeus y de su hija Atenea. Y de su voluntad.

A tres días de emprender el supuesto viaje a Itaca, estamos en el aire.

Os iremos informando de la buena o mala noticia. Y si todos los dioses olímpicos lo quieren, os contaremos la estancia.

El tortuoso y provechoso camino

Ulyfox | 27 de mayo de 2012 a las 1:20

El puertecito de Frikes, al atardecer. Penelope, siempre presente

Dice el poema de Kavafis que todo el mundo conoce que “cuando emprendas el camino a Itaca, debes rezar para que el camino sea largo, lleno de aventuras y de descubrimientos, que sean muchas las mañanas en que llegues a un puerto que no conocías…” En fin, aquello de que es más, o por lo menos tan, importante el camino como el destino. Ulyses no conocía el poema de Kavafis, naturalmente, pero desde luego él lo aplicó bien con las calamidades que pasó para volver a su reino y con los mil ardides que tuvo que inventar para lograrlo.

A bordo del 'Capitán Aristide', saliendo de Nydrí hacia Ítaca

Itaca es mucho más que un destino, es un nombre, una palabra para designar el mismo concepto de viaje, y no puede desprenderse de la idea de retorno que le dio para siempre Homero en la ‘Odisea’, siempre esperando a Ulyses. Es una isla muy pequeña y no precisamente de las más hermosas, rodeada de hermosuras como está en el archipiélago griego de las Jónicas, las que caen al Oeste de Grecia casi pegando con el tacón de la bota italiana por un lado, y a un tiro de piedra de la península balcánica por el otro. Casi esconde su modestia compartiendo compañía con bellezas como Corfú, Paxos, Zakintos, Lefkada o Cefalonia. Digamos que Homero y Odiseo la engrandecieron, pero de eso hace tantos cientos de años que la fama no le da más que para recibir unos pocos turistas. Para ir a Ítaca tienes que estar enamorado de la Odisea.

La costa de Lefkada, desde el 'Capitán Aristide'

Nosotros, naturalmente, estábamos enamorados de la Odisea, de Ulyses, de la misma idea de Ítaca cuando decidimos aquel lejano septiembre llegar hasta sus costas. Fue un largo y provechoso camino, como mandaba el poema. Veníamos de la Costa Amalfitana, de Capri, cruzando Italia desde Nápoles hasta Brindisi en tren, alcanzando a lo justo un ferry hasta Corfú y luego, casi sin descanso, en hidrodeslizador sobre un mar encrespado hasta la maravillosa y pequeñísima isla de Paxos, desde la que, tras unos días de aislamiento inolvidable, se suponía que era fácil acceder a lo que fue el reino de Ulyses y Penélope, los auténticos.

La playa de Lakka, en la pequeñísima Paxos.

Pero el Mediterráneo tiene sus propias leyes, y la mañana prevista para zarpar se despertó de mal humor. El barco, tipo catamarán, no salió. Plantados con nuestras maletas en el muelle, decidimos volver al pueblo y recapacitar ante una taza de café. Ya vendría la solución. Y si no viene, Penélope, la mía, discurre ella sola como toda una agencia de viajes de las grandes.

Nos enteramos, no recuerdo cómo, de que un barco mercante, suficientemente grande para resistir el temporal, salía hacia el continente, al puerto de Igoumenitsa, y que admitía pasajeros. Se podría intentar, aunque ello supusiera dar un gran rodeo, llegar hasta ese puerto y luego viajar en autobús hasta la isla de Lefkada, que en realidad está unida al continente por un puente, y de allí saltar al día siguiente hasta Ítaca. ¿Quién dijo miedo?

En Ítaca, tal vez la playa en la que desembarcó Ulyses

Volvimos al muelle de la capital de Paxos, Gaios, con las maletas. Y nos embarcamos en el mercante, inquietos y excitados por lo incierto del camino que emprendíamos. En una hora arribamos a Igoumenitsa, una ciudad con el aspecto destartalado que tienen muchas poblaciones griegas. No era nuestro día. Perdimos el autobús a Lefkada por unos pocos minutos. Y allí estábamos, parados en medio de un puerto grande, gris, descuidado y polvoriento, bastante lejos de nuestro destino itaquiano. La cabeza de Pe dibujó entonces el plan C: había que alquilar un coche y conducir hacia el sur hasta Lefkada capital y luego tomar el último autobús hasta el puerto de Nydrí, en la misma isla, hacer noche allí y partir con el amanecer, por fin, a Ítaca ¿quién dijo miedo?

Kioni, un agradable puertecito de Ítaca, en un día gris.

Poco después, tras almorzar ligeramente y esperar a que abriera la tienda de alquiler de coches, costeábamos con nuestro utilitari0 sobrepasando ciudades medianas, playas extensas y solitarias, ruinas de murallas griegas, tomando un transbordador para sortear las marismas de Preveza para llegar con la caída del largo día a la capital de la llamada isla blanca. Ya habréis imaginado lo que pasó después de que entregáramos el coche: el último autobús a Nydrí se acababa de marchar.

Una vista mucho más bonita del 'Capitán Aristide'

No hay problema sin solución, mientras haya un plan D y taxis que te puedan llevar veintitantos kilómetros más allá. Acordamos el precio con uno, y mientras las verdes costas se iban haciendo cada vez más oscuras en la carretera, el angloparlante torpe que vive en mí se torturaba con una pregunta: “¿El taxista me ha dicho fifteen thousands dracmas o fifty thousands ?” La diferencia era sustancial y esa inquietud monetaria, unida a la incertidumbre de si encontraríamos donde dormir en Nydrí, desconocida para nosotros, nos llenó de zozobra el trayecto silencioso. Pero Palas Atenea nunca abandona a sus hijos. ¡Eran fifteen! El hombre nos dejó cerca del muelle, junto a una taberna, una muchedumbre impedía el paso más allá. Fue abrir la puerta del coche y empezar a sonar una banda de música entre aplausos y vítores ¡vaya recibimiento! ¿qué pasa, qué pasa? Athina, la nieta de Aristóteles Onassis, estaba descubriendo una estatua en honor a su abuelo que le dedicaba el pueblo de Nydrí por su labor en la ciudad. A un tiro de piedra, allí en la Bahía, está la isla de Skorpios, propiedad del gran magnate naviero griego, y en la que pasaba sus vacaciones junto a sus poderosos amigos. Por el mismo suelo que pisábamos había paseado numerosas veces con María Callas, con Jacqueline…

El perfecto amanecer dorado que nos condujo a Ítaca.

Y claro que encontramos cama, y un pueblo turístico muy animado, y nos zampamos una suculenta parrillada de pescado… y a la mañana siguiente, una de las más bellas que recuerdo, con la aurora de rosáceos dedos abriéndose entre la bruma y sobre un mar como de vino, viajábamos a bordo del ‘Capitán Aristide’, rumbo por fin al puerto de Frikes, Ítaca. Pero lo importante había sido el camino, difícil como manda el poema, provechoso…