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Mosaicos, sueño en colores en Rávena

Ulyfox | 17 de abril de 2020 a las 13:10

 

En el Baptisterio Neoniano, nuestro primer impacto emocional en Rávena.

En el Baptisterio Neoniano, nuestro primer impacto emocional en Rávena.

Nada puede superar a ese “¡ooohhh!” que salió suspirado por la boca pero que venía seguramente de un órgano no físico o de lo más profundo del cerebro. A lo mejor fue más bien un ‘¡uaaaahh!’ con los labios muy abiertos, pero seguramente fue seguido por un “¡fuuuuuuu!” que era lo mismo que admitir la incapacidad de encontrar una palabra para expresarlo, o quizá lo innecesario de hablar. Sólo esas onomatopeyas, y mirar y mirarnos, y sentir que no había agua salada de lágrimas pero sí su equivalente emocional en nuestros ojos.

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Apenas habíamos traspasado la estrecha puerta del Baptisterio Neoniano, o de los Ortodoxos, en Rávena, y ya estábamos rendidos a su belleza. Un despliegue de mosaicos en esa pequeña estancia octogonal, construida a mediados del siglo V, es decir en los últimos tiempos del Imperio Romano y perfectamente conservada, increíblemente sencilla de ladrillos por fuera y explosiva por dentro de colores en forma de figuras humanas, animales, vegetales y geométricas. Miles, probablemente millones de teselas brillantes, doradas, azules, verdes, rojas, combinadas de manera excepcional como sólo pudieron pensarla y realizarla esos precursores de Bizancio herederos de griegos y romanos cuando Rávena era capital arzobispal y sede posterior de reyes godos como Teodorico, que está enterrado en ella.

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Sabíamos que esa pequeña ciudad italiana del Véneto albergaba la mayor y mejor conservada muestra de mosaicos bizantinos, perdidos por desgracia o conservados en fragmentos muy deteriorados en tantos lugares de Grecia, Turquía y los Balcanes, machacados y maltratados en guerras y represalias o simplemente descuidados al albur del paso del tiempo, el implacable. Lo sabíamos, pero lo visto y sentido en esta ciudad superó con mucho lo imaginado.

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Rávena tiene un aire inequívoco a Norte de Italia.

Rávena tiene un aire inequívoco a Norte de Italia.

La experiencia del Baptisterio Neoniano, con sus paredes cubiertas de filigranas y su cúpula representando en piedrecitas y fragmentos de vidrio el bautismo de Cristo, fue la más impactante pero solo la primera de una sucesión de asombros y disfrutes inolvidables en esa ciudad. Fue el empeño de Pepa en ver estos mosaicos lo que finalmente nos arrojó a los pies de esta maravilla. Hacía años que venía contando sus ganas de conocer Rávena. Y a eso nos fuimos esta vez los tres, en un noviembre italiano tranquilo de multitudes y un par de días afortunadamente soleados.

El Baptisterio, tan sencillo por fuera, junto a la Catedral.

El Baptisterio, tan sencillo por fuera, junto a la Catedral.

Al lado justo del Baptisterio está la inmensa catedral, que después de la impresión de este nos pareció simplemente eso: grande. Pegado también está el Palacio Arzobispal, que alberga un interesante museo en el que destaca la cátedra de Maximiniano, es decir su trono hecho y labrado en marfil. Pero sobre todo, tiene otra joyita: la pequeña capilla de Sant’ Andrea, con la mejor bóveda celeste de mosaicos que se pudiera pensar, con unos cielos azules punteados por estrellitas blancas que superan en delicadeza a las que se pueden ver cada noche en la Tierra.

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La pequeña pero inmensa belleza de la capilla de Sant'Andrea.

La pequeña pero inmensa belleza de la capilla de Sant’Andrea.

Con estas dos impresiones del primer día ya quedaría compensada la visita a Rávena, pero la siguiente jornada nos daría muchas más alegrías. Dos nombres ya marcados en la agenda previamente, imprescindibles, nos atraían. Desde el agradable hotel Pallazzo Gabbioti Allesi se llega fácilmente andando a todos los principales monumentos de la ciudad. Nuestros pasos fueron muy temprano hacia la Basílica de San Vitale y el Mausoleo de Gala Placidia. Tan temprano que tuvimos que esperar a que abrieran.

El austero exterior de San Vitale contrasta con su apabullante interior.

El austero exterior de San Vitale contrasta con su apabullante interior.

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San Vitale es inabarcable en su esplendor.

San Vitale es inabarcable en su esplendor.

San Vitale, construida en el siglo VI, figura en todos los libros de Historia del Arte. San Vitale, San Vitale… sinónimo de mosaico bizantino, con sus representaciones del Pantocrátor con un Cristo joven y sin barba, sus hieráticos retratos de los emperadores Maximiniano y Teodora enfrentados, y sus bucólicas y naturalistas escenas del Antiguo Testamento.

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Imposible reproducir todos los detalles de San Vitales, muchos de ellos verdaderos hitos de la Historia del Arte.

Imposible reproducir todos los detalles de los mosaicos de San Vitale, muchos de ellos verdaderos hitos de la Historia del Arte.

Sólo uno de los lados de esta extraordinaria construcción octogonal está cubierto de mosaicos, pero su belleza es tal que basta para situarla como lugar de peregrinación de cualquier amante del arte.

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El Mausoleo de Gala Placidia, una tumba alegre.

El Mausoleo de Gala Placidia, una tumba alegre.

En un jardín lateral está el Mausoleo de Gala Placidia, una iglesita con planta de cruz griega que debía servir como tumba de la hija del emperador Teodosio y hermana de Honorio. No está enterrada aquí, pero es difícil imaginar mejor lugar para descansar eternamente, decorada con representaciones de los Apóstoles, los Evangelistas y otros santos. Uno de sus dibujos, el de dos palomas bebiendo en una pequeña fuente es casi un emblema de Rávena.

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El despliegue figurativo de Sant Apollinare Nuovo.

El despliegue figurativo de Sant Apollinare Nuovo.

Dejamos para después del almuerzo la visita a otro de los hitos del mosaico: Sant Apollinare Nuovo, este justo al lado del hotel. Pareceria que uno ya debería estar harto, empachado, pero es que la variedad lo impide. En esta basílica mandada construir por Teodorico a principios del siglo VI, lo llamativo son los dos grandísimos paneles laterales desplegados a lo largo de la nave central. Dos grandes procesiones de mártires y vírgenes, y con una de las primeras representaciones de los Tres Reyes Magos (los tres blancos, curiosamente), sustentan otros paneles superiores con escenas de la vida de Cristo, santos y profetas.

Exterior de Sant Apollinare Nuovo, con el característico campanario cilíndrico, llamado 'ravenense'.

Exterior de Sant Apollinare Nuovo, con el característico campanario cilíndrico, llamado ‘ravenense’.

¿Queréis más? Pues aún nos quedó la mañana siguiente para una rápida visita a otra muestra, esta más modesta pero igualmente maravillosa, como un postre ligero: el baptisterio de los Arrianos, llamado así porque servía para los seguidores de esta interpretación, considerada hereje por muchos, y que consideraba dudoso que la divinidad de Cristo fuera equiparable a Dios padre. Cosas de aquellos tiempos iniciales.

Considerar además que estos templos llevan en pie unos 1.500 años contribuye a dejarse llevar por el dulce mareo que produce el vértigo de la Historia. Y tan hermosos…

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El Baptisterio de los Arrianos, como postre ligero.

La cúpula del Baptisterio de los Arrianos, como postre ligero.

Rávena guarda otras muchas sorpresas, pero una de las más extraordinarias fue la que a finales del siglo pasado se llevaron los arqueólogos cuando, debajo de la pequeña iglesia de Santa Eufemia, descubrieron los suelos de mosaicos de una gran villa romana, que ahora se llama Domus dei Tapetti di Pietra, que es lo mismo que decir Casa de las Alfombras de Piedra, como demostración innecesaria de que la tradición viene de muy antiguo, obviamente.

En la Domus dei TApetti di Pietra.

En la Domus dei Tapetti di Pietra.

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Visitar Rávena fue cumplir uno de los anhelos más antiguos, y como recordar cómo alegra que a ciertas edades aún haya cosas que nos hagan soñar despiertos. Por eso esta entrada tenía que ser tan visual.

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Padua sin coronavirus

Ulyfox | 24 de marzo de 2020 a las 13:03

El monumento a Gattamelata, ante la Basílica del Santo, en Padua.

El monumento a Gattamelata, ante la Basílica del Santo, en Padua.

Ante situaciones malas o graves, decía mucho un amigo mío, el gran Valdés, copiando un dicho de su madre que contradecía el aserto general, que “ya vendrán tiempos peores”. Como homenaje y recurso brillante, otro amigo, el no menos grande Pepe Landi, trasladó la oración al título de un magnífico libro generacional. Profetas de una frase que combina intermitentes optimismo y pesimismo para devenir en lo que realmente es: realismo. Creo que es una magnífica proposición para mantener el espíritu, mientras salimos de esta. O sea, que siempre se puede estar peor, así que no nos quejemos tanto. O algo así. Anímate, hombre, podría ser la conclusión.

Una calle del centro de Padua.

Una calle del centro de Padua.

Desde luego, ahora estamos mucho peor que hace cuatro meses, cuando visitamos el Véneto, e indudablemente en esa región del Norte italiano están infinitamente peor. Pero cuando estuvimos allí nada de esto era previsible, ni siquiera imaginable. Las hermosas ciudades que visitamos estaban tranquilas, fuera de las aglomeraciones turísticas estivales y primaverales, pero nada que ver con el confinamiento de ahora.

La Basílica del Santo, desde el hotel Casa del Pellegrino.

La Basílica del Santo, desde el hotel Casa del Pellegrino.

De todas, la más concurrida era Padua, por la evidente atracción que ejercen el nombre de su Patrón, San Antonio, y la basílica donde se guarda su cuerpo y que atrae a millones de turistas y peregrinos todo el año. No ahora, claro, pero entonces la gran iglesia, aun a finales de noviembre y con una lluvia fina pero incesante, estaba llena. Pudimos ver con mucha tranquilidad maravillas  como Rávena y sus mosaicos bizantinos y Vicenza con los palacios renacentistas de Palladio, pero en Padua tuvimos que hacer cola para acercarnos a la tumba del santo.

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Algunas vistas del interior de la Basílica.

Algunas vistas del magnífico interior de la Basílica.

La Basílica, sin duda, merece un viaje se sea creyente o no. Tal es la riqueza artística que guarda, tan impresionante es la capilla de mármol que alberga los restos del franciscano también patrón de Lisboa puesto que nació allí, gran predicador y taumaturgo como pocos. Los milagros que realizó están contados en relieves enormes de gran influencia clásica.

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La tumba del Santo, y la capilla que lo alberga.

La tumba del Santo, y la capilla que lo alberga.

Ya desde fuera el templo impresiona, con su gran número de cúpulas orientalizantes y sus campanarios semejando minaretes turcos. Además, ante una de las esquinas de la fachada se alza una de las más imponentes estatuas ecuestres de bronce del Renacimiento, que fue modelo para muchas otras, la del Gattamelata de Donatello. También de Donatello son las esculturas y el crucifijo del altar mayor. Además de eso, las obras maestras de escultura y pintura de numerosos artistas llenan la iglesia.

Recorrimos lenta  y detenidamente las naves, la girola, las capillas, la majestuosa tumba del Santo, incluso hicimos la cola para tocarla, nunca se sabe. Mejor, porque ahora no se puede tocar nada…

La Piazza della Frutta, con el espléndido Palazzo de la Ragione.

La Piazza della Frutta, con el espléndido Palazzo de la Ragione.

El hotel en el que nos quedamos, sólo una noche, está pegado a la basílica y se llama muy apropiadamente Casa del Pellegrino. Y efectivamente parece una de esas residencias para ejercicios espirituales, con pasillos anchos y largos y crucifijos en las habitaciones, y un precio estupendo…

Vista nocturna del Prato della Valle.

Vista nocturna del Prato della Valle.

La ciudad estaba bañada por la lluvia pero afortunadamente muchas de sus calles cuentan con soportales para pasear bien guarecidos. El conjunto es monumental y destaca especialmente el magnífico Palazzo de la Ragione, así como las plazas que bordean sus dos flancos, la Piazza della Frutta y la Piazza delle Erbe, o sea de la Fruta y de la Verdura, por cuyos nombres es fácil adivinar que siempre han servido de mercados.

Ante la Torre del Reloj en la Piazza della Frutta.

Ante la Torre del Reloj en la Piazza della Frutta.

Una pena nos quedó, aparte de la persistente lluvia que impidió el paseo normal. Y es la de no haber podido visitar la Capilla de los Scrovegni, cubierta desde el suelo hasta la bóveda por las maravillosas pinturas de Giotto, el maestro del pre Renacimiento italiano. Sólo se permiten grupos reducidos de 10 personas y cada 15 minutos. Las visitas estaban reservadas desde muchos días antes… Otra vez será

Tal vez cuando levanten la cuarentena, que precisamente empezó en el Norte de Italia…

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Vicenza, un arquitecto, un teatro

Ulyfox | 21 de enero de 2020 a las 21:18

El magnifico Teatro Olímpico de Vicenza.

El magnifico Teatro Olímpico de Vicenza.

La gente visita Vicenza por un arquitecto. Bueno, también por más cosas, pero sobre todo por Andrea Palladio, uno de los genios del Renacimiento italiano, del esplendor del Cinquecento. O sea, que se no te interesa la arquitectura no vayas a Vicenza. Pero qué digo: es imposible que no te interese la arquitectura de Palladio. El artista nacido al lado, en Padua, inventó un concepto de palacio y, sobre todo, de villa campestre señorial que fue copiado en todo el mundo rico hasta cientos de años después.

La espléndida Piazza dei Signori.

La espléndida Piazza dei Signori.

Y Vicenza, en la región del Véneto, es un derroche de Palladio. Tiene una calle que lleva su nombre, claro, el Corso Palladio, que atraviesa la ciudad antigua y está llena de palacios diseñados por él, como una exposición permanente de su obra, como un catálogo a tamaño natural de asombros, un compendio de columnas, pilastras y ventanas enormes pensados y realizados con un gusto único.

Un lateral de la Piazza dei Signori.

Un lateral de la Piazza dei Signori.

Esa calle, que uno tiene que recorrer mirando forzosamente a uno y otro lado, levantando y bajando la mirada, entrando y saliendo de los patios, va a parar en lo que para mí es una maravilla única, un lugar que por sí solo merece la visita a esta ciudad asombrosa llena de maravillas: el Teatro Olímpico. También está, por supuesto, la Basílica Palladiana, un invento asombroso y bellísimo para envolver con clasicismo renacentista un palacio comunal medieval. Tal vez, dicen los entendidos, lo mejor de este arquitecto, junto con la Villa La Rotonda, en las afueras, que no nos dio tiempo a visitar.

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La Basílica Palladiana, obra cumbre de este arquitecto en Vicenza.

La Basílica Palladiana, obra cumbre de este arquitecto en Vicenza.

Pero el Teatro Olímpico, que una de las últimas realizaciones de Palladio, que no llegó a terminarla, es algo singular, una locura diría yo si no fuera porque es completamente racional y equilibrada: la reproducción de un teatro romano clásico, hecho a base de maderas y estucos imitando mármol, con gradas, columnas y esculturas, y con un decorado hecho enteramente para la ocasión de la representación de Edipo Rey de Sófocles, que figura la antigua ciudad griega de Tebas. Hasta un cielo falso pintado quiere dar la impresión de que es un espacio al aire libre.

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El fabuloso Teatro...

El fabuloso Teatro…

El pequeño auditorio sobrecoge y alegra a la vez, con esa alegría que da la hermosura, un poco a lo mejor la alegría que da compartir especie con esos grandes hombres. Digo yo.

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El palazzo Chiericati, también de Palladio.

El palazzo Chiericati, también de Palladio.

Ese día, fuera de temporada a mediados de noviembre, llovía en Vicenza. No mucho, pero los palacios brillaban menos por la luz gris. Algún rayo de sol salió para iluminar la Basílica, entendida según la dominación que se le daba en tiempos griegos y romanos a los edificios de los regidores y administradores de la ciudad, en una gran plaza casi rectangular. El edificio, que ha conservado la altísima torre medieval, reina imponente en ese espacio.

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Dos rincones de Vicenza.

Tres rincones de Vicenza.

Tres rincones de Vicenza.

Tres rincones de Vicenza.

Sí, sí, pero el Teatro Olímpico…

Hacia Italia

Ulyfox | 20 de noviembre de 2019 a las 13:25

Mosaicos en Rávena.

Mosaicos en Rávena.

No hay que desperdiciar un momento. Nos vamos a Italia. Al norte esta vez. Qué sonoros y evocadores son los nombres de las regiones italianas. Visitaremos parte del Véneto y de la Emilia Romagna. Nos esperan Treviso, que dicen que es una gran desconocida, ya sabéis, esas ciudades con aeropuerto para vuelos baratos que la gente no visita habitualmente. Hermana menor de Venecia, nos espera como una promesa.

Algunos pueblos pequeños de la zona, y paseos por ciudades que son como libros de arte: Vicenza, Padua, Rávena (¡esos mosaicos bizantinos tan largamente vistos desde mi juventud en los libros!) y una escala final en Bolonia para la vuelta.

Nos espera también, suponemos, la sabrosa cocina italiana, sus vinos, la gran belleza de calles, palacios y ambiente.

En fin, os contaremos a la vuelta. Ciao!

Monteriggioni, una etapa en la Toscana

Ulyfox | 2 de marzo de 2019 a las 15:09

Vista a través de una de las dos puertas de la muralla de Monteriggioni.

Vista a través de una de las dos puertas de la muralla de Monteriggioni.

Puerta principal de entrada y panorámica de la plaza de Monteriggioni.

Puerta principal de entrada y panorámica de la plaza de Monteriggioni.

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Era una etapa atractiva, por un desvío corto desde la carretera principal. Una población mínima, apenas un castillo con casas dentro: Monteriggioni, por nombre. El recuerdo vivo de una forma de vida medieval sobre una colina de las miles que acumula la Toscana, así que decidimos parar en nuestro camino hacia Volterra. Era ya tarde y pensábamos que habría poca gente, por la hora y porque tampoco es uno de los grandes destinos en Italia, ni siquiera de los medianos o pequeños.

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Dos detalles de tiendas en Monteriggioni.

Dos detalles de tiendas en Monteriggioni.

Pero nos equivocamos. El turismo masivo, ese compuesto por gente que parece dispuesta a verlo todo siempre que se les lleve cómodamente, ha llegado también incomprensiblemente hasta aquí, por muy raro que parezca. No había muchos coches en el amplio aparcamiento a las afueras de las murallas, pero sí un par de autocares turísticos. No molestaban mucho, pero da miedo pensar en este pequeño pueblecito en días y horas punta.

La iglesia en la plaza principal.

La iglesia en la plaza principal.

Porque tampoco es que tenga mucho que ver: dos calles y dos placitas, una iglesia y unas pocas casas, algunas con huerto en la trasera, todo dentro de una muralla circular estupendamente conservada, con su buena quincena de torres defensivas. Pero hay restaurantes y algunas tiendas con productos y artesanía locales, y semeja un lugar ideal para rodara películas de la época. Un lugar bastante dormido, se diría, pero imponente visto desde fuera.

Es eso, un sitio fantástico para hacer una parada tranquila, con un paseo y un café a modo de preludio para Volterra, esta sí atiborrada de gente… que antes habría pasado por Monteriggioni.

Pienza, pecorino y Renacimiento

Ulyfox | 1 de marzo de 2019 a las 19:33

La mesa de la Osteria Sette di Vino.

La mesa de la Osteria Sette di Vino.

Algunas veces, o muchas si se está de suerte, se encuentra uno en una mesa el resumen de todo un país, o de la idea que uno tiene de él. Italia está llena de belleza, se la encuentra por todas partes, concentrada en las grandes urbes medievales y renacentistas, o esparcidas por el campo en forma de pequeños pueblos, allí mismo en las suaves colinas de Toscana y Umbría. En nuestra última visita a la península, combinamos los dos tipos de tragos agradables, pero el concentrado del país que he dicho antes lo encontramos en una pequeña trattoria de Pienza, una villa amurallada en el valle de Orcia que está considerada además como “la piedra de toque de la arquitectura renacentista”.

Lardo (tocino) de la Osteria

Lardo (tocino) de la Osteria

La Osteria Sette di Vino es el lugar, en una placita con fachadas estucadas y pozo central, aledaña a la calle principal. Ahí reina Lucianino, su patrón, ese mismo que, al vernos seguramente pinta de turistas, nos advirtió antes de entrar en el reducido local: “No pizza, no pasta, no café”. De acuerdo, de acuerdo. Ni falta que hacía. En la Osteria Sette di Vino el gran protagonista es el pecorino, ese grandioso queso de oveja (pécora en italiano) cuyo mejor exponente se da precisamente en Pienza. El pecorino en forma de surtidos, o a la parrilla, o combinado con panceta, por ejemplo, o en canapés… No sólo eso, también está bien provista de encurtidos, antipasti de todo tipo y legumbres como garbanzos o habichuelas. Nada de lo que entendemos por aquí que es un restaurante italiano al uso, pero en realidad lo más italiano que hay. Sin tener pizza ni pasta, comimos estupendamente, y no hay que hacer de menos el servicio peculiar de Lucianino, que no se privó de dejar a nuestra disposición al final una botella de grappa.

Con Lucianino, dueño de la Osteria.

Con Lucianino, dueño de la Osteria.

La plaza donde se encuentra la Osteria, al fondo.

La plaza donde se encuentra la Osteria, al fondo.

A veces cosas como esa marcan tu recuerdo de un pueblo. Y eso que a Pienza no le faltan cosas para dejar huella. Sobre una colina, extramuros es prácticamente una urbanización de casas unifamiliares. Pero en su estupendamente conservado casco histórico es una delicia. Tras atravesar la puerta fortificada, una larga calle mayor se presenta a la vista. Hay muchas tiendas turísticas, muchas puestas con delicadeza y de algunas sale un intenso olor a queso.

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Dos perspectivas de la plaza de Pio II.

Dos perspectivas de la plaza de Pio II.

El plato fuerte es la plaza Pio II, el papa nativo de Pienza que encargó al arquitecto Rosellino la reconstrucción de su pueblo según los cánones renacentistas a mitad del siglo XV. Y es verdad que todo en esta plaza, muy recogida, respira Renacimiento. En primer lugar, la Catedral con una fachada de mármol travertino espléndida en su sencillez de pilastras y arcos. A su lado, el palacio Piccolomini, que fuera residencia del mismo Papa, impresionante en su clasicismo.

El Palazzo Comunale.

El Palazzo Comunale.

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Callejeando por Pienza.

Callejeando por Pienza.

Y en la esquina de enfrente, el palazzo Comunale, o sea el Ayuntamiento, con una vistosa torre del reloj de ladrillo rojo. Toda una lección de arquitectura que se recibe con la única condición de girarse sobre sí mismo; todas, auténticas joyas del Quattrocento italiano. Su planificación urbanística sirvió de modelo a otras ciudades italianas.

Vista del Valle de Orcia desde la altura de Pienza.

Vista del Valle de Orcia desde la altura de Pienza.

La ubicación de Pienza permite además unos hermosos paseos con vistas lejanísimas hacia todo el Valle de Orcia. Tanto la ciudad como este Valle están declarados por la Unesco patrimonio de la humanidad. Nosotros, desde luego, la sentimos como nuestro patrimonio después de la comida, el paseo y el helado posterior para rematar la media jornada.

Un gelato italiano, el mejor remate.

Un gelato italiano, el mejor remate.

 

 

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La fachada de Orvieto

Ulyfox | 8 de octubre de 2018 a las 14:40

La fachada principal de la catedral de Orvieto, encendida con el sol poniente.

La fachada principal de la catedral de Orvieto, encendida con el sol poniente.

 

Orvieto tiene un nombre precioso. Con su origen, claro, en el periodo etrusco, esos misteriosos y apasionantes antecesores de los romanos, como muchas otras ciudades de la Italia histórica, en Toscana y Umbría sobre todo. Fue tan importante y tan antigua que los romanos ya la llamaron Urbis Vetus, es decir, Ciudad Antigua, y de ahí su denominación actual. Además de la historia de su nombre, hay veces en que una ciudad, un pueblo, se resumen en unos pocos metros cuadrados de monumento, en una fachada imponente; en el caso de Orvieto, la de su catedral.

La vista de Orvieto desde la lejanía.

La vista de Orvieto desde la lejanía.

Desde muchos kilómetros antes, viniendo del interior, la silueta de Orvieto se puede divisar en lo alto de una gran roca y ya desde esa distancia destaca la figura de su Catedral, un edificio que empezó como románico, se continuó como gótico y culminó como maravilla. Hay obras que merecen por sí solas el desplazamiento. ¿Habrá iglesias en Italia? ¿Habrá oratorios, catedrales, basílicas únicas y magistrales? La de Orvieto es única. Las hay parecidas, es verdad, y además no muy lejos, en Siena el Duomo recuerda mucho a esta. No sabemos lo que la hace única, pero es muy posible que sea una causa que se repite todos los días desde hace siglos: el sol se pone y le da de lleno a esa hora, mágica como pocas. Debe de ser Orvieto uno de los pocos lugares en los que esa moda, la de ver atardecer, se ejercita de espaldas al sol. La gente se aposta a esa hora ante la Iglesia, y no mira el ocaso, y eso que Orvieto ofrece un mirador privilegiado a la Toscana circundante. La gente se pone a mirar la fachada, porque entonces se incendia y los colores de sus mosaicos, las sombras de sus relieves, los reflejos de sus dorados son más cálidos, mágicos dirían otros. El resto del día hay más luz, pero es más dura, menos matizada, más cruel incluso.

Visión nocturna.

Visión nocturna.

Nosotros, por poco no alcanzamos a verlo por culpa de la intrincada y retorcida red de carreteras de la Italia campestre interior. En realidad, el fenómeno estaba acabando cuando llegamos ante la obra maestra. No importa, entonces el aire era más rosado y la admiración fue absoluta.

En las calles de Orvieto, Penélope y Pepa.

En las calles de Orvieto, Penélope y Pepa.

Rodeada de tantas hermanas hermosas, no es Orvieto tan visitada como sus vecinas de Toscana, pero tiene como muchas de estas extraordinarias poblaciones de Umbría numerosos atractivos, calles de piedra, murallas, un ingente pasado etrusco, iglesias, arcos y callejas escondidas, palacios de antiguos nobles y burgueses riquísimos, y muchas galerías, pozos y túneles que siempre ha facilitado la piedra porosa sobre la que se asienta. Es un sitio extraordinario, y además, todo hay que decirlo, de los lugares donde mejor comimos. No recuerdo el nombre del restaurante, pero sí un lardo (tocino) sobre tostadas, una pasta con tomate y una coda alla vaccinara (rabo de ternera guisado) exquisita.

El paisaje de Umbría, desde lo alto de Orvieto.

El paisaje de Umbría, desde lo alto de Orvieto.

A pleno sol.

A pleno sol.

Recordadlo, Toscana es hermosa, llena de lugares imposibles de conocer todos en unas vacaciones normales, pero si podéis no os olvidéis de Umbría, de Orvieto.

 

El centro de Orvieto. La Piazza de la República.

El centro de Orvieto. La Piazza de la República.

 

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El Palazzo del Popolo, en la plaza del mismo nombre.

El Corso Cavour, con la Torre del Moro al fondo, otro de los emblemas de Orvieto.

El Corso Cavour, con la Torre del Moro al fondo, otro de los emblemas de Orvieto.

Toscana escondida

Ulyfox | 3 de agosto de 2018 a las 18:30

Vista general de Pitigliano, sobre la roca.

Vista general de Pitigliano, sobre la roca.

Bueno, no está tan escondida. Ya casi no hay lugares escondidos en este planeta, sobre todo si hablamos de países tan turísticos como Italia, o cualquier otro europeo. Es verdad que nosotros buscamos esos rincones, tan atractivos como los más famosos y seguramente mucho más auténticos, aunque eso siempre es relativo: solo los autóctonos saben lo que es auténtico. Nosotros, los forasteros, sólo podemos hablar de lo que nos parece. En cualquier caso, nosotros siempre vamos buscando lo (que nos parece) bello. Y esos pueblecitos del interior de la Toscana nos lo parecían.

Calles del interior de Pitigilano.

Calles del interior de Pitigliano.

Pitigliano y Sorano, esos son sus nombres. Pueblos fuertes, amurallados, uno por su misma situación sobre una roca y el otro por un modesto muro casi invisible, pero con hermosa puerta y todo: lo que para nosotros significa escondido. Los había encontrado, en su afán explorador sobre los mapas, Penélope, que más parece muchas veces merecer el nombre de Ulises. Se encontraban en nuestro camino previsto desde que debíamos desembarcar en Porto Santo Stefano y la brillante ciudad de Orvieto, la de reluciente catedral. Apenas dos paradas, dos altos agradables para llegar a buena hora.

Pacita de Pitigliano.

Pacita de Pitigliano.

Un poco antes de mediodía llegamos a Pitigliano, y la silueta hermosa de su caserío antiguo nos recibió desde una curva de la carretera. Preciosa imagen, antigua estampa de piedra rubia, tejados rojos y la imprescindible torre del Duomo dominándolo todo. Hacía calor, en las calles no había mucha gente a esa hora canicular, apenas unas cuantas personas que como nosotros buscaban pasear por la escasa sombra que permitía un sol casi en todo lo alto. Cuestas, alguna iglesia pequeña escondida en una plazuela que casi no merecía ese nombre, una judería oscura a la que llaman Pequeña Jerusalén, un Duomo modesto con una torre fortificada, y a la entrada, para dulcificar el camino, una fuente de mármol travertino en una plaza amplia con vistas al valle. A su lado un impresionante palacio, el de los Orsini, la familia que era dueña de los contornos, supongo. Comimos en Pitigliano, porque en Italia las horas de almuerzo son increíblemente tempranas para nosotros, y no lo hicimos de manera especialmente memorable. La renombrada trufa parecía haber perdido su aroma. Ni mal ni bien.

La catedral de Pitigilano.

La catedral de Pitigliano.

 

La Fontana delle Sette Canelle.

La Fontana delle Sette Canelle.

 

Fachada del palacio Orsini.

Fachada del palacio Orsini.

La siguiente parada, entre carreteras estrechas y sinuosas, estaba en Sorano. Aquí, tras la sobremesa, el calor apretaba, y el paseo se acompañó con uno de esos helados en los que los italianos son unos maestros. El pueblo dormía la siesta o acababa de despertar en el caso de algunos pocos que abrían sus tiendas. Si en el caso de Pitigliano las fachadas eran de un gris como enfoscado sin lucir, en Sorano abundaba el color toscano, esos tonos pasteles tan identificativos. Parecía tener como… más clase, para entendernos. Una roca enorme en el centro del pueblo alberga una torre señorial. Desde su altura se domina todo el contorno, y parece tener una conexión visual evidente con el castillo al otro lado. Alrededor, todo es un bosque frondoso. El paseo por sus calles deja la sensación de una agradable tarea de sube y baja que se realiza sin esfuerzo, y como si al acabarla hubieras aprendido algo, sin poder indicar muy bien lo que es.

Vista del castillo y parte del caserío de Sorano.

Vista del castillo y parte del caserío de Sorano.

De esta manera, a lo tonto, ya estábamos en el pomeriggio, esa hora de la primera tarde de nombre tan maravilloso en italiano. No estábamos demasiado lejos de Orvieto, pero no contábamos con la intrincada red de carreteras de esa zona llena de pueblecitos. Atravesamos algunos preciosos, nos perdimos en otros cuyo nombre no recuerdo, extraviamos algunos cruces, de manera que llegamos casi a punto de perdernos la brillante luz de la fachada de la catedral de Orvieto al atardecer. Por poco…

Pero esa es ya otra historia.

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Dos imágenes del interior de Sorano.

Dos imágenes del interior de Sorano.

 

Isla de Giglio, la mar de Toscana

Ulyfox | 21 de mayo de 2018 a las 10:16

Vista de Giglio Porto, desde el ferry.

Vista de Giglio Porto, desde el ferry.

Volver a Italia se nos está haciendo tan habitual casi como volver a Grecia. Es imposible la comparación, nunca podrán igualarse en nuestros corazones, pero Italia tiene buena parte de ese encanto, faltándole lo que para nosotros es la inocencia con la que nos identificamos, la confianza que nos hace creer que estamos en nuestra casa. Pero Italia… Italia es sencillamente maravillosa. No hay un país que atesore tanto arte, tanto monumento, tanto ejemplo de transformación humana de elementos materiales en sensaciones espirituales. Por eso volvimos a Toscana, aunque queríamos una sensación diferente al huracán renacentista y barroco. Por eso nos dijimos: vayamos al mar. Y en el mar, vayamos a una isla, montemos en un barco, arribemos a un puerto, cenemos sobre la playa… Y nos fuimos a visitar la isla de Giglio. Y para llegar a ella teníamos que partir desde Porto Santo Stefano, a donde llegamos en coche desde el aeropuerto de Pisa.

Porto Santo Stefano, punto de partida hacia la isla de Giglio.

Porto Santo Stefano, punto de partida hacia la isla de Giglio.

Porto Santo Stefano es un lugar con el encanto de los puertos marineros que son además salida para ferries turísticos. Colores toscanos en las fachadas, mucha gente, mucho tránsito, mucho movimiento, entendiendo siempre el ‘mucho’ a una escala menor que en los lugares de turismo masivo. Llegamos por la tarde, la mejor hora en ese verano incipiente, con tiempo para un corto paseo, tomar un aperitivo al atardecer y dilatar la entrada en el hotel. Y con la predisposición perfecta para después del registro en recepción, salir a cenar algo de pescado frito, ensalada y spaghetti con almejas. ¿Se puede concebir mejor menú de recepción en Italia? En Lo Sfizio, una trattoría muy recomendable, por si acontece que pasáis por allí.

Colores en Giglio Porto.

Colores en Giglio Porto.

A la mañana siguiente, muy tempranito, tomamos el tranquilo ferry hasta Giglio. A muchos os sonará el nombre. Fue contra las rocas cercanas a la principal población de la isla, Giglio Porto, donde el capitán Schettino estrelló su crucero, el ‘Costa Concordia’, por tirarse un farol con su novia de ese momento causando decenas de muertos. El buque permaneció allí volcado durante meses y se convirtió en una atracción de primer orden. Cuando estuvimos nosotros, aún quedaban gigantescas grúas junto al puerto.

Atardecer en Giglio Porto.

Atardecer en Giglio Porto.

Aparte de eso, evidentemente, Giglio Porto tiene muchos más atractivos, el menor de los cuales no es la tranquilidad, propiciada por que tiene la capacidad hotelera que tiene. Durante el día abundan los excursionistas de unas horas llegados en ferry, pero con la noche, el ambiente se vuelve familiar y elegante a la vez, con mucho lino, mucho estilo italiano y un paseo frente al mar (lungomare) corto y gozoso. Se disfruta de la playa con la luz y se vuelve al puerto con el frescor de la ducha, el perfume y la camisa vacacional.

Camino de la Spiaggia delle Cannelle.

Camino de la Spiaggia delle Cannelle.

La estupenda playa de Giglio Campese.

La estupenda playa de Giglio Campese.

Para el baño, en dos días de estancia, se tiene la opción de dar un paseo a pie revitalizante hasta la cercana Spiaggia delle Cannelle, en una cala turquesa, con la cómoda vuelta en microbús para esa hora mágica. Y al otro día, se puede tomar ese mismo transporte público para acceder a la más amplia y turística Giglio Campese, haciendo una parada de un par de horas en el bello pueblecito amurallado que corona la isla, Giglio Castello. No se toman mucho trabajo para poner nombres a los lugares en este minúsculo trozo de tierra. Dirán ellos que para qué; no hay mucha confusión posible entre los tres enclaves.

Vista general de Giglio Castello.

Vista general de Giglio Castello.

En el interior de Castello.

En el interior de Castello.

La parada en Castello da para un recorrido entre casas de piedra enfoscadas con un gris cemento bastante mejorable, pero que encierra una belleza cierta en sus restos de pintura. Desde sus alturas se domina todo el contorno de la isla… cuando las nubes que casi siempre lo rodean lo permiten. El turismo se nota en la existencia de algunas tiendas y unas pocas trattorías interesantes a primera vista, con sus terracitas inestables y sus manteles de cuadros. El hecho de que poca gente lo visite durante el día hace muy interesante el paseo casi para ti solo. Una iglesia y un castillo completan el cuadro perfecto. Mucha gente sube a cenar en sus callejuelas al atardecer.

El 'lungomare' de Giglio Porto.

El ‘lungomare’ de Giglio Porto.

Nosotros cenamos las dos noches en Porto, procurando que fuera poco antes del ocaso, a esa hora europea que frente al mar hace que todo, incluso lo hermoso, aparezca más bello.

A por atún y a ver Trapani

Ulyfox | 12 de mayo de 2015 a las 13:20

Vuelvo a Sicilia ahora, a destiempo y recuperando imágenes y palabras que extravié durante varios meses, por unas palabras de las viajeras Tamara, Bea y Mariángeles. Estuvieron en la impresionante isla hace un año y volvieron encantadas y deseosas de más. Disfrutaron con los templos de Agrigento, con la maravilla singular de Siracusa, con los colores de Taormina, con el encanto pueblerino y balneario de Cefalú. Les quedó, como a nosotros la primera vez, la parte oeste de la tierra que antes fue parte importante de la Magna Grecia. “Tengo muchas ganas de conocer Trapani”, me dijo Tamara, y yo recordé en ese mismo instante el aire tan gaditano y africano que tiene esa zona, tan reconocible.

El Palazzo Senatorio, al final del barroco Corso Vittorio Emanuele.

El Palazzo Senatorio, al final del barroco Corso Vittorio Emanuele.

Es la provincia de Trapani un paisaje de mares y salinas, de cocina en la que el atún rojo (tonno rosso) capturado con una forma de pesca casi calcada a la de la almadraba gaditana es el rey en platos crudos, a la plancha o cocinado con pasta. La misma luz, el sirocco tan parecido al viento de levante nuestro que nos recibió el primer día, las fachadas barrocas de iglesias y palacios, la historia de pasadas y duraderas dominaciones españolas, el pasado fenicio, las procesiones y las  imágenes (los misteri) de la Semana Santa traídas por una cofradía andaluza, hacen de Trapani y sus alrededores un lugar extraña y reconfortantemente familiar para los gaditanos.

Puesto de sombreros en la calle principal de Trapani.

Puesto de sombreros en la calle principal de Trapani.

La misma sensación vuelve a ser tremenda cuando se asoma uno a la fachada marinera de la ciudad y ve aparecer ante sus ojos una copia del Campo del Sur, aunque esta vez mirando más bien hacia el norte.

¿Habrá fachada marítima más gaditana fuera de Cádiz?

¿Habrá fachada marítima más gaditana fuera de Cádiz?

No tiene el oeste la exuberancia artística y paisajística del Oeste. Aquí la vida aparenta haber sido siempre más dura, como más expuesta a los vientos atlánticos, que no son tales puestos que quedan muy lejos, más allá de las columnas de Hércules que tantos marinos atravesaron saliendo de aquí mismo. Aquí en el Oeste siciliano la vida es más africana, casi magrebí, y la cocina repite ingredientes como el cuscús y los pistachos, tan orientales, huellas de invasiones, conquistas e incursiones piratas. Todo parece venir del mar o de allende sus aguas, como vino también el general Garibaldi, cuando empezó con su desembarco en Sicilia la unificación de Italia y el inicio del régimen liberal y republicano que tan bien retrató el conde de Lampedusa con su Gatopardo, la gran novela que describió el cambio de sistema con una frase genial y mil veces repetida: lo nuevo consistía en “cambiar algo para que todo siga igual”.

Algo así como el Campo del Sur mirando al norte.

Algo así como el Campo del Sur mirando al norte.

 

Turistas descansando en el Palazzo Senatorio.

Turistas descansando en el Palazzo Senatorio.

 

Una de las muchas fachadas barrocas en Trapani.

Una de las muchas fachadas barrocas en Trapani.

 

La plaza Garibaldi, con la estatua del gran unificador italiano.

La plaza Garibaldi, con la estatua del gran unificador italiano.

 

Los 'Misteri' de Trapani, en espera de su salida del Viernes Santo.

Los ‘Misteri’ de Trapani, en espera de su salida del Viernes Santo.

 

Aires barrocos italianos en la calle.

Aires barrocos italianos en la calle.

 

Vista de Trapani, desde las alturas de Erice.

Vista de Trapani, desde las alturas de Erice.

El atún siciliano, tal cual y con la sal rosa del Himalaya.

El atún siciliano, fino, en crudo y con la sal rosa del Himalaya.

Foto de una 'almadraba' siciliana, la 'mattanza', en el restaurante.

Foto de una ‘almadraba’ siciliana, la ‘mattanza’, en el restaurante.

 

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