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Karthea, una dura y bella excursión hacia la Historia

Ulyfox | 26 de octubre de 2021 a las 12:33

Ruinas del templo de Atenea, en la antigua Karthea.

Ruinas del templo de Atenea, en la antigua Karthea.

Sabíamos que iba a ser duro, muy duro, pero confiábamos en poder hacerlo. La recepcionista del hotel le había quitado importancia: sí, la bajada hasta las ruinas de la antigua Karthea era larga pero sencilla, y la vuelta por el mismo camino, bastante más dura, y todo subiendo, pero tampoco era para tanto. Bueno… quizá la recepcionista era mucho más joven y estaba más en forma, pero puedo decir que la visita al fantástico yacimiento junto a una playa de ensueño ha sido una de las más duras de nuestra vida. Y de las más gratificantes… una vez acabada.

Inicio del sendero hasta la antigua ciudad.

Inicio del sendero hasta la antigua ciudad.

La antigua Karthea era uno de nuestros lugares señalados cuando planeábamos el viaje a Kea, y en los foros de internet todo el mundo alertaba sobre la necesidad de estar preparados para el camino de vuelta. Ya sabéis: todo eso de llevar calzado apropiado, sombrero, comida y agua abundante, porque nada de eso había en el yacimiento ni en la playa que lo albergaba, ni durante el camino a pie. Así que íbamos preparados.

Una de las pocas presencias en el camino. Al fondo, el lejano mar.

Una de las pocas presencias en el camino. Al fondo, el lejano mar.

 

Temprano, aunque no demasiado porque la vida no empezaba en el hotel Keos antes de las nueve, hora del desayuno, salimos en nuestro coche hacia el lugar donde empezaba el sendero pedregoso que lleva a Karthea. Una media hora después estábamos junto al inicio del sendero. Dejamos el vehículo en el paraje solitario al lado de la carretera y frente al letrero que indicaba “Karthea 55′”. Y echamos a andar, vigilados por la mirada de un mulo curioso. Desde el principio, una pista medio asfaltada que llevaba a un par de casas, la pendiente era tan pronunciada que se iban los pies. Al poco comenzaba el camino, cuya rústica pavimentación de piedras sueltas traía imágenes del pasado y nos hacía soñar con que fuera el mismo que pisaron los griegos clásicos.

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Casi al final, el sendero se sombrea un buen trecho.

No se divisaba un árbol por los alrededores, y eso, junto con lo empinado de la estrecha vereda, nos hacía temer lo peor a la vuelta, que calculábamos sería a mediodía, es decir la hora de más calor. Pero bueno, ya no nos íbamos a volver atrás. Al cabo de unos 20 minutos empezamos a disfrutar de alguna sombra de trecho en trecho, y otros 20 después acabó el descenso y la senda transcurría fresca en llano por el cauce y sobre los cantos rodados de un arroyo ahora seco, y afortunadamente muy sombreado. Poco antes nos habiamos cruzado con una pareja mayor y un joven que hacían el camino en sentido inverso, pero a lomos de mulos. Los envidiamos.

El teatro antiguo, precioso en su soledad. Arriba, la Acrópolis dórica.

El teatro antiguo, precioso en su soledad. Arriba, la Acrópolis dórica.

Cuando salimos al claro que antecede a la playa de guijarros, en seguida encontramos a nuestra izquierda los preciosos restos del teatro griego, casi totalmente excavado, construido como era habitual aprovechando una ladera y junto al que se encuentra también el vestigio de unas termas romanas. Un poco más arriba se encuentra la acrópolis; desde abajo se divisa un muro de mármol blanco y se adivinan algunos templos.

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El templo de Atenea.

Karthea fue una de las más importantes ciudades-estado (polis) de la isla, y fue habitada desde la era arcaica hasta la época bizantina, pero después fue abandonada, hasta que a mediados del siglo pasado empezaron las excavaciones, que la han dejado hoy en casi perfecto estado de revista y como un espléndido premio para quien se atreve a visitarla. El teatro no es muy grande pero sí lo bastante impresionante por su antigüedad y su buen estado de conservación.

 

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El promontorio sobre el que asienta Karthea parte la playa en dos.

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Sudorosos por la bajada, resistimos la tentación de zambullirnos en las tentadoras aguas de la solitaria playa, sólo ocupada por una pareja con un niño, y decidimos antes subir a la acrópolis. Allí, sobre un promontorio que se adentra en el mar partiéndolo en dos playas espléndidas, lucen casi imperiales las ruinas restauradas del propileo (entrada monumental), y de los templos de Apolo Pithio y Atenea, en el que se levantan algunas columnas dóricas reconstruidas. La estampa es absolutamente evocadora y hace suspirar y decirse que sí, que valía la pena la excursión y probablemente también la que sería agotadora vuelta.

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Vistas desde la Acrópolis de Karthea.

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El propileo (puerta monumental) de la acropolis, sobre la playa.

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La belleza del conjunto se acentuaba por la soledad en la que lo disfrutábamos, pisando viejas piedras y buscando encuadres para las fotos, pero al poco tiempo esa paz se vio alterada por una de las plagas contemporáneas que acosan al viajero: los drones. Uno de ellos, manejado por una pareja (siempre es una pareja), sobrevolaba con su zumbido la explanada de columnas y mármol. Y decidimos que ahora sí, que ya era tiempo de volver a descender hacia la playa, probar sus llamativas aguas y alimentarnos un poco para el retorno.

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Bebida, alimentación y baño después del esfuerzo y como preparación para el regreso.

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Una pequeña capilla en la playa.

El baño fue delicioso, reconfortante. En la playa, una pequeña capilla y una casa en la que una mujer parecía estar arreglando para la llegada de algún visitante. Al otro lado, un hombre hacía alguna labor de mantenimiento junto a otra construcción mientras extendía una manguera a lomos de un mulo. Tomamos una fruta y un puñado de frutos secos mientras entrábamos y salíamos del agua, como resistiéndonos a la forzosa vuelta.

La vuelta fue durísima, con numerosas paradas bajo la escasa sombra.

La vuelta fue durísima, siempre subiendo, con numerosas paradas bajo la escasa sombra.

Y, al cabo de una hora aproximadamente, comenzamos el retorno, muy cómodo y sombreado al principio, pero tremendo en casi todo su recorrido, siempre subiendo. Empleamos más de dos horas y haciendo numerosas paradas a la sombra de la escasa vegetación. La pendiente era, efectivamente, muy pronunciada, y nos forzaba a ralentizar la marcha. Afortunadamente, llevábamos suficiente agua para refrescarnos por dentro y por fuera. Alguna vez pensamos que no llegaríamos, pero era sólo una broma inconsciente que nos hacíamos.

Llegamos, ¡cansaos pero contentos!

Llegamos, ¡cansaos pero contentos!

Por fin, después de numerosas vueltas y revueltas siempre hacia arriba, divisando sólo lejanas capillas en los riscos, dimos con la carretera y con el coche, que nos esperaba salvador, dándonos ya el regalo de descalzarnos las botas en su interior y emprender el camino de vuelta haciendo planes revitalizantes: ¿dónde comemos? o mejor y más imperioso aún: ¿dónde nos tomamos una cerveza? La opción que ganó fue la de buscar un restaurante en Vourkari, una zona de amarres de yates llena de establecimientos hosteleros de buena fama frente al muelle.

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El suculento almuerzo en el restaurante Aristos de Vourkari.

Ahí elegimos el Aristos (cuyo nombre en griego significa simplemente El Mejor), especializado en pescado y mariscos, con una amplísima terraza blanca y azul, sumamente atractiva. Cansados, disfrutamos de uno de los manjares preferidos de Penélope, la ensalada de erizos (ajinosalata), a la que acompañaron una ensalada de tomate y queso myzithra, un carpaccio de lubina y unas sardinas abiertas a la parrilla. Todo acompañado con vino blanco, por supuesto.

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Playa de Pisses desde las alturas de la carretera de vuelta.

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Otro baño en Gialiskari para aliñar una tarde fantástica.

El almuerzo fue tardío y muy bueno, y realmente la gloriosa tarde pedía otro baño, que fue lo que hicimos en la playa de Gialiskari, ya muy cerca de nuestro hotel. Luego, nos dirigimos al puerto de Corissia donde nos regalamos con un nescafé frappé, la bebida ideal para los atardeceres con un libro en los muelles griegos.

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Vistas en la playa y puerto de Corissia, al atardecer.

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Poco más quedaba por hacer, quizá si realizáramos otra actividad terminaríamos estropeando la jornada, así que nos volvimos al hotel para culminar el día con una cerveza y un aperitivo mientras charlábamos con la encargada del bar sobre Grecia, el idioma griego y sobre nuestro amor por todo lo que se relaciona con este país.

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Karthea, una de las grandes experiencias de la estancia en la isla de Kea.

Era la última noche en Kea y era imposible haber terminado mejor la estancia que con esta excursión a la Historia antigua. Al día siguiente volveríamos al continente para hacer una escala en el Pireo y comenzar lo que resultó ser un precioso periplo por varias islas del archipiélago de las Cícladas. Estad atentos.