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Meteora, segunda peregrinación

Ulyfox | 29 de julio de 2021 a las 20:27

Ante el Monasterio Varlaam, uno de los seis que aún quedan en pie en Meteora.

Ante el Monasterio Varlaam, uno de los seis que aún quedan en pie en Meteora.

Si los musulmanes tienen la obligación de peregrinar una vez en su vida a La Meca, nosotros hemos sentido la necesidad de hacerlo al menos dos a los monasterios de Meteora, en Tesalia,  Grecia Central. No nos guiaba un interés religioso. Bueno, quién sabe, al menos no en el sentido de religión que nos enseñaron…

El pueblecito de Kastraki, junto a Kalambaka y a los pies de los impresionantes Meteora.

El pueblecito de Kastraki, junto a Kalambaka y a los pies de los impresionantes Meteora.

Acababan de abrir Grecia al turismo después de la enésima ola del Covid 19, y ese primer día ya estábamos aterrizando en el aeropuerto de Atenas para pasar (para respirar) una semana en el país de nuestros amores. Esta vez el periplo elegido era por el centro y norte del país, la parte más interior de Grecia, y la primera etapa eran los monasterios. Así que, nada más aterrizar tomamos posesión del coche alquilado y emprendimos la larga ruta hacia Kalambaka, más de cinco horas desde el ‘aerodromio’ Elefterios Venizelos hasta el pueblo más cercano a los monasterios, una aldea llamada Kastraki, al pie mismo de esas hermosas construcciones bizantinas erigidas sobre altas rocas.

Panaorámica general de las rocas de Meteora.

Panaorámica general de las rocas y el valle de Meteora.

La autopista discurría junto a un nombre tan sonoro y evocador que sentimos enormemente no tener tiempo de parar: Termópilas, el paso donde los valientes espartanos frenaron la marcha de las tropas persas de Jerjes. Habríamos agradecido esa resistencia, pero ahora nada lo impide, y como no queríamos llegar de noche a nuestro hotel, nos limitamos a saludar al paso el monumento al héroe espartano que comandó aquellas tropas, Leonidas.

Primera visión desde nuestro balcón en el hotel Doupiani House.

Primera visión desde nuestro balcón en el hotel Doupiani House.

Así que aún llegamos a tiempo de contemplar el atardecer que doraba las inmensas rocas de Meteora desde la habitación de nuestro alojamiento en Kastraki, el excelente Hotel Doupiani House. La visión era reconfortante, y a un costado del panorama ya podíamos observar la silueta del monasterio Rousanou sobre el espolón rocoso. Nos dio tiempo a poco más que dar un corto paseo hasta la aldea y tomar el primer contacto con nuestra adorada cocina griega en la taberna Bakaliarakia, como únicos clientes de la noche.

Desayuno en el Doupiani House, listos para la caminata.

Desayuno en el Doupiani House, listos para la caminata.

A la mañana siguiente  nos levantamos temprano con el ánimo de hacer el camino a pie hasta el más alto de los monasterios, el Megalo Meteoro, o Gran Meteoro, y luego hacer el descenso recorriendo algunos de los seis que aún sobreviven. Fundado el Gran Meteoro en el siglo XIV, el gran esplendor del lugar con la erección de sucesivos monasterios vino tras la expansión del imperio otomano, cuando los ermitaños cristianos buscaron refugio en lo alto de esos peñascos inaccesibles construyendo conventos a los que sólo se podía acceder por escaleras de cuerdas que se retiraban en caso de peligro. Los griegos habían dado a estas enormes rocas el nombre de Meteora, o sea, Suspendidas en el Aire, de las que suponían además que habían sido enviados desde el Cielo para permitirles retirarse a rezar lejos de todo.

El Monasterio de Agios Stefanos Anapafsa, uno de los más pequeños.

El Monasterio de Agios Nikolaos Anapausas, uno de los más pequeños.

Llegó a haber en los buenos tiempos hasta 24 monasterios, pero el tiempo y sobre todo la destrucción que se llevó a cabo durante la ocupación nazi por la colaboración y refugio que dieron los monjes a los rebeldes griegos, redujeron considerablemente su número. Aun así, lo que queda sigue siendo impresionante, y es desde los años 80 del pasado siglo Patrimonio de la Humanidad.

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Vista del monasterio Roussanou, en el camino de subida.

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Agios Nikolaos Anapausa, en su escenario.

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Monasterio Varlaam, allá arriba…

Ascendimos por la carretera un buen trecho, y habíamos dejado atrás las piedras del pequeño monasterio de San Nikolaos Anapausas, pero cuando el calor empezó a apretar nos dimos cuenta de que el ascenso podría convertirse en demasiado duro y, sobre todo, largo. En un descanso a la sombra estábamos cuando pasó un taxi y le hicimos señales para que parara. Iba a hacer un servicio, pero nos prometió que en cinco minutos estaría de vuelta por si nos interesaba que nos acercara hasta lo más alto. Cumplió su promesa y a nosotros nos dio la alegría de hacer el recorrido de la manera menos cansada, tal como habíamos hecho casi 30 años atrás, en nuestra primera visita a Grecia.

El Gran Meteoro, primero y más grande de los monasterios.

El Gran Meteoro, primero y más grande de los monasterios.

En primer término, Varlaam, y al fondo, el Gran Meteoro.

En primer término, Varlaam, y al fondo, el Gran Meteoro.

Así que nos plantamos cómodamente y en apenas cinco minutos frente a las puertas del Gran Meteoro. Desgraciadamente, este monasterio estaba cerrado. Habíamos llegado demasiado pronto, concretamente un día antes. No sé si habrá más oportunidades… nos conformamos con pasmarnos ante la fachada del monasterio sobre el acantilado, allá en lo alto, y con la decepción de no poder contemplar sus frescos.

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Ante el monasterio Varlaam.

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Dos visiones de Varlaam.

Dos visiones de Varlaam. En la de arriba se aprecia el teleférico cruzando el abismo.

Pero a partir de ahí, y una vez que nos compramos unas gorras adecuadas para el sol aunque turísticas, empezamos el gozoso descenso por la sinuosa carretera. La primera parada, muy cercana, fue en el monasterio Varlaam, llamado así por ser el nombre del monje que lo fundó a mediados del siglo XIV, aunque fue dos siglos después cuando se edificaron los principales edificios que hoy lo componen. Aún conserva la red por la que los internos y visitantes eran izados con una especie de grúa para poder acceder a él cuando no se atrevían a hacerlo por las escalas, aunque también se ha construido una especie de moderno teleférico eléctrico. Hoy en día se ha hecho una escalera y un puente de piedra, además de un túnel excavado en la roca. Incluso se accede al interior por una puerta automática de cristal. Se ve que el turismo deja mucho dinero en los conventos.

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Iglesia (katholikon) dentro del monasterio Varlaam.

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Algunos de los frescos en proceso de restauración en Varlaam.

Frescos más recientes en una capilla anexa en Varlaam.

Frescos más recientes en una capilla anexa en Varlaam.

Varlaam es un conjunto precioso en el que destacan el patio, un pequeño museo y el katholikon, es decir la iglesia bizantina. Sus frescos del siglo XV y XVI estaban siendo restaurados cuando lo visitamos, y era una maravilla verlos emerger con el brillo y el colorido de centurias atrás, en contraste con los aún por restaurar, oscuros como la mayoría de los que se pueden encontrar en las iglesias griegas. No estaba permitido fotografiarlos, nos dijo el vigilante muchacho, pero en un descuido pude sacar una apresurada foto. Creo que los cielos me perdonarán.

Vista general desde el mirador. Se puede ver a la izquierda Roussanou y a su espalda, Agios Nikolaos. En las alturas de la derecha, Varlaam y Megalo Meteoro.

Vista general desde el mirador. Se puede ver a la izquierda Roussanou y a su espalda, Agios Nikolaos. En las alturas de la derecha, Varlaam y Megalo Meteoro.

Luego de la detenida visita nos dirigimos a nuestra siguiente parada, un mirador desde el que se contempla todo el valle y una hermosa visión del conjunto de los monasterios. El mirador estaba lleno de jovencitas y jovencitos de un país balcánico vecino, Bulgaria o Macedonia del Norte, que se disparaban frenéticamente fotos unos a otros bajo la resignada mirada de sus monitores. Desde luego, el panorama es espléndido.

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Sendero a través del bosque hacia Roussanou.

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Roussanou, solitario sobre su espolón de piedra.

Roussanou, solitario sobre su espolón de piedra.

Desde ahí decidimos acortar campo a través por un sombreado, fresco y descendente sendero hasta el siguiente monasterio: Roussanou, uno de los más espectaculares por ocupar toda la parte superior de una gran masa rocosa que destaca en el centro de Meteora, a pico decenas de metros sobre la carretera. Es el único que está llevado por monjas. Es bastante más pequeño que el anterior, y su iglesia, más recoleta. Los frescos prácticamente repiten los motivos de Varlaam, pero en el tono más oscuro de los que no están restaurados.

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Grandes formaciones rocosas a lo largo del camino.

A la salida de Roussanou nos encontramos de nuevo al taxista que nos subió, que sin duda esperaba a otro cliente. Lo saludamos y le contamos nuestros siguientes planes: al día siguiente partiríamos a la zona de Zagoria. Entre una cosa y otra, se acercaba la hora de comer, y debíamos decidir si acercarnos a ver otros dos monasterios, el de la Santísima Trinidad y el de San Estéfano, o dar por acabada la excursión y dirigirnos de vuelta a Kastraki. Optamos por esto último pasando junto a imponentes formaciones rocosas, zigzagueando con la carretera, hasta que encontramos una desviación que pensamos llevaría al pueblo. Un lugareño, desde lejos y al ver nuestras dudas nos lo confirmó: “Né, geia to kentro, geia plateia!”, o sea que aquel camino empedrado que parecía el cauce seco de un arroyo conducía hasta la plaza central.

Maravillosa cocina tradicional griega en la taberna Gardenia de Kastraki.

Maravillosa cocina tradicional griega en la taberna Gardenia de Kastraki.

Y así fue, al poco tiempo aparecíamos por detrás de la iglesia y frente al mejor sitio posible: la excelente taberna Gardenia, donde reparamos nuestras cansadas piernas y aromatizamos nuestros llenos corazones con el sabor de la exquisita melitzanosalata (ensalada de berenjenas a la parrilla) unas jugosas albóndigas con patatas fritas y unas de las mejores dolmades (hojas de parra rellenas de arroz y carne picada) con avgolémono (salsa de huevo y limón) que hemos comido nunca. 

Atardecer en Meteora desde el hotel.

Atardecer en Meteora desde el hotel.

Todo eso pedía un reposo en el hotel… y luego ya veríamos. Pensamos por un momento acercarnos con el coche a ver los dos monasterios que nos restaban y contemplar el atardecer desde lo alto, pero la tarde fue transcurriendo desde el balcón de la habitación y la simple visión declinante de la luz cambiando de color sobre las paredes de los monstruos rocosos bastó para satisfacer nuestra necesidad de belleza por ese dia… hasta que se hizo de noche.