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Un monasterio en una pared

Ulyfox | 21 de abril de 2014 a las 14:26

El monasterio de Panagia Chozoviotisa, en la isla de Amorgós.

El monasterio de Panagia Chozoviotisa, en la isla de Amorgós.

A 300 metros sobre el mar y pegado a la pared del acantilado, derramándose o trepando por él según la visión o el estado de ánimo del que lo contemple, siempre apabullado por la osadía. Así es el monasterio de Panagia Chozoviotissa, en la isla griega de Amorgós, en ese asombroso y cinematográfico archipiélago de las Cícladas. Las Cícladas, siempre de casas, monasterios e iglesias blancas sobre rocas tortuosas y peladas, a simple vista estériles y sin embargo productoras de maravillas como los tomates y vinos de Santorini o los aceites de Naxos.  Amorgós es una de ellas, la más oriental, en el camino hacia sus compatriotas del Dodecaneso, ya pegadas a Turquía. Hay quien dice es la auténtica joya de las Cícladas, pero eso sería capaz de afirmarlo yo de casi cada una de ellas. Alcanzó fama años atrás entre cinéfilos y submarinistas porque en ella se rodó una película de mucho éxito, El gran azul de Luc Besson. Todavía hoy, en un café del puerto de Katapola, pasan todas las tardes la cinta. Al menos así era cuando estuvimos, hace seis años.

La escalera de entrada al monasterio, entre el muro y la roca.

La escalera de entrada al monasterio, entre el muro y la roca.

Y sí, aunque los puertecitos de Katapola y Aegiali son lugares para retirarse, resúmenes de la serenidad, la auténtica y singular atracción de Amorgós es el monasterio, increíblemente construido pegado a esa piedra, eso sí que es construcción en vertical. Se llega a él desde un aparcamiento de tierra y después de andar un corto paseo bordeando el mar. Por el camino da tiempo a ir asombrándose con este cenobio del siglo XI, hecho con ese estilo de fortaleza, según dicen para albergar un icono milagroso salvado de la furia iconoclasta de una desconocida ciudad, Chozova. Los griegos son muy dados a poner capillas y otros edificios religiosos en lugares difíciles y escarpados, pero con este se emplearon a fondo en esta faceta. El resultado es bellísimo, como si un cubo de cal se hubiera derramado por el acantilado.

El monasterio o se derrama o trepa por el acantilado ante el mar.

El monasterio o se derrama o trepa por el acantilado ante el mar.

Pero en ese reguero de cal se puede entrar. Para acceder a él hay que subir, subir una escalera estrecha y empinada entre la roca y el muro exterior, una escalera que ya es como un paso místico (que significa secreto en griego). En lo alto, en una estrecha estancia con pequeñas ventanas, espera un monje que explica la historia del recinto y te muestra algunos de sus tesoros y que, hospitalidad obliga, te obsequia con un vaso de agua, una copa de licor y un dulce gelatinoso y con sabor a rosas, lo que un paso más hacia Oriente se conoce como ‘delicias turcas’.

Delicias griegas, diría yo, de sorpresas como este monasterio. En una isla sin aeropuerto, deliciosa para llegar a ella en ferry, último rincón de las Cícladas.