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Creta con y sin coronavirus

Ulyfox | 14 de diciembre de 2020 a las 20:52

La calle Kondilaki de La Canea, a mediados de septiembre.

La calle Kondilaki de La Canea, a mediados de septiembre.

He hablado tantas veces de Creta que no sabía si volver a escribir una entrada sobre esta isla que es la esencia de Grecia en tantas cosas. Pero una circunstancia tan especial como la vivida en estos meses por culpa del coronavirus hace que merezca la pena describir una estancia parecida a otras, pero a la vez tan distinta.

En Creta comenzamos esta vez con nuestra habitual y gozosa cena anual con los amigos de Sitía, que ya os contamos. Allí casi no había medidas de seguridad. Como en buena parte de la Grecia que visitamos este año, no era obligatoria la mascarilla si no era para entrar en los comercios. En lo único que se notó fue en que tuvimos que levantarnos de la amistosa mesa a las doce de la noche, después de “sólo” tres horas y media de raki… La noche de viernes bullía en toda su multitud en el paseo junto al mar de Sitía, y nada hacía pensar que estábamos viviendo una crisis sanitaria mundial. En esa provincia del oeste de Creta el virus prácticamente no estaba teniendo ninguna incidencia.

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Baño en las transparentes aguas de Xerócampos.

Baño en las transparentes aguas de Xerócampos.

Al día siguiente emprendimos la sinuosa carretera que lleva a la costa oriental y a uno de nuestros rincones favoritos: las playas de Xerócampos, de maravillosas arenas casi blancas y transparentes aguas distribuidas en varias calitas en forma de media luna. La paz total encontramos en las que otras veces hemos hallado llenas, aunque no es un sitio que se masifique precisamente. El almuerzo en una casi solitaria taberna Akrogiali (La Orilla) ayudó a la sensación. El camarero se alegró tanto de tener clientes como de que habláramos español, que había empezado a estudiar en el pasado curso, y durante toda la comida intentaba palabras en nuestro idioma.

Un relajado día en las playas de Xerócampos, la mejor terapia.

Un relajado día en las playas de Xerócampos, la mejor terapia.

Habíamos elegido para pasar la noche una atractiva opción, los apartamentos Lithos Houses. Al volver de la playa comprobamos que la elección había sido más que acertada. Se trata en realidad de unas preciosas villas en dos plantas, con materiales naturales, amplias terrazas, y dotadas de todos los servicios, que nos parecieron ideales para pasar unos días. La dueña, Eleni, se reveló como una emotiva mujer que nos agradecía al borde de las lágrimas que hubiéramos elegido su establecimiento, al tiempo que nos explicaba lo que ella quería conseguir con él. “Quiero que la gente sepa como es la vida tradicional en esta parte de Creta -nos decía-, y veo que gente como ustedes son la que da sentido a esta idea mía”. Todo un homenaje. Lamentaba mucho el poco ingreso que había tenido este verano y no creía poder superar una repetición de la tragedia, pero aun así, entre sus pérdidas no figuraba la de la generosidad.

La cena que nos regaló Eleni en Lithos House.

La cena que nos regaló Eleni en Lithos House.

El rústico paisaje desde nuestra terraza.

El rústico paisaje desde nuestra terraza.

Eleni llamó a la puerta poco antes del anochecer para regalarnos una botellita de vino clarete de su propia cosecha. Debió parecerle poco porque al rato volvió a llamar con un plato de yemistá (verduras rellenas) y dolmades (exquisitas hojas de parra también rellenas). Se disculpó por anticipado: “No me han salido tan bien como siempre, pero es que hoy regresaba mi marido de toda la semana en Sitía y se me ocurrió de repente hacerlas para la cena”. Estaban buenísimas y soñamos con cómo serían cuando las cocina con más tiempo. Otro plato de frutas completó una cena insospechada y riquísima en la que no faltó el raki que, naturalmente, estaba a libre disposición en la nevera.

Agreste Kato Zakros.

Agreste Kato Zakros.

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Kato Zakros está entre los lugares imprescindibles de Creta.

Kato Zakros está entre los lugares imprescindibles de Creta.

Cuando viajamos a Creta, ya lo hacemos como el que va a su lugar de siempre, y con la sola intención de volver a los rincones conocidos y a abrazar a los amigos, aunque sigue habiendo, por fortuna, margen para sorpresas como las de Eleni y su Lithos Houses. Así que por eso la jornada siguiente nos encaminamos a Kato Zakros, muy cerca, espléndida en su pequeña bahía, con su peculiar playa que según el humor del tiempo un año tiene arena y otro sólo grandes piedras, su hilera de tabernas junto al mar y los restos de su milenario palacio de la época minoico, en cuyas piletas se bañan las tortugas.

Calma total en Kato Zakros.

Calma total en Kato Zakros.

El saludable y sabroso almuerzo en la taberna Nostos de Kristóforo.

El saludable y sabroso almuerzo en la taberna Nostos de Kristóforo.

En la calma de Kato Zakros.

En la calma de Kato Zakros.

Allí nuestra cita anual es con Kristóforos, el cantarín dueño de la magnífica taberna Nostos, y su hijo Kostas, que esta vez regalaron nuestro paladar con un guiso de cordero, una ensalada cretense y unos calabacines fritos que nos dejaron entregados de nuevo y por siempre. Kato Zakros estaba sufriendo en los últimos años un asedio turístico desbordante para su pequeño tamaño, pero en esta ocasión fue, mucho más de lo normal, el remanso que aun viviéndolo con intensidad crees imposible que exista.

Stella Traditional Apartments, un seguro de paz en Creta.

Stella Traditional Apartments, un seguro de paz en Creta.

Nuestro alojamiento en ese rincón privilegiado de Creta y  del mundo son siempre los apartamentos de Stella. Amueblados de manera rústica y con elementos fabricados en su mayoría por Ilías, el marido pensador, explorador, culturista y polifuncional, son un refugio de paz en medio de un gran jardín con apabullantes vistas al fértil valle, a la salida de la Garganta de los Muertos y la bahía de Kato Zakros. Ellos dos, que también regentan el alojamiento Terra Minoika, son con su hijo Stratis los únicos habitantes durante todo el año del enclave. Charlar con Stella mientras te pone un café, corta verduras y atiende a los clientes, siempre es un placer.

El puerto veneciano de Heraklion, con la fortaleza Koules al fondo.

El puerto veneciano de Heraklion, con la fortaleza Koules al fondo.

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La fortaleza, en primer plano.

Pasar al menos un día en Heraklion, la capital de la isla, es otro de los agradables deberes de nuestras visitas. Normalmente hay que hacerlo para entrar o salir, ya sea en barco o en avión, pero, aunque no gasta fama de bella, sería una insensatez no disfrutar de la amplia oferta cultural de la ciudad, de sus maravillosos restaurantes o simplemente de la animada vida que exhibe.

Una vendedora de piruletas y mazorcas, en las calles de Heraklion.

Una vendedora de piruletas y mazorcas, en las calles de Heraklion.

Naturalmente, acudimos a nuestra cita gastronómica con el mezedepolio (bar de entremeses) Ladókolla, y con la ouzeri (lugar para tapear con ouzo) Hipókampos, uno de los primeros locales que conocimos en Creta. Aunque, aquí sí, era obligatorio el uso de mascarilla, la despreocupación parecía la tónica dominante.

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Especialidades riquísimas en Ladókolla, de Heraklion.

Especialidades riquísimas en Ladókolla, de Heraklion.

Además, Heraklion tiene dos lugares que hay que revisitar continuamente: uno es el Museo Arqueológico, recientemente renovado y que es uno de los mejores de un país en el que en cuestión de arqueología es difícil ser el mejor. Su colección de muestras de la cultura minoica, esculturas, sarcófagos, joyas, armas, juegos de mesa y ¡los frescos! es única en el mundo. Piezas como el fresco de la Tauromaquia, el vaso de los segadores, el sarcófago de Agia Triada, el enigmático disco de Festos y la finura especial del pendiente que muestra dos abejas con una gota de miel, entre otros cientos, nos enseñan la altura de aquella civilización antigua, probablemente la primera de ese nivel del mundo occidental.

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Joyas minoicas en el Museo.

El pendiente de las abejas.

El pendiente de las abejas y la gota de miel.

Ante el disco de Festos.

Ante el disco de Festos.

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Fragmentos de los frescos de Cnosos, expuestos en el Museo de Heraklion.

Fragmentos de los frescos de Cnosos, expuestos en el Museo de Heraklion.

El otro lugar único está a apenas cuatro kilómetros: el palacio de Cnosos, el reputado como hogar del rey Minos. Aunque reconstruido en buena parte con demasiada imaginación por el arqueólogo Richard Evans, lo que le da un aire demasiado falso, es un sitio perfecto para hacerse una idea de lo que fueron esas grandiosas construcciones con las que los minoicos asombraron al mundo. Su tamaño y la cantidad de estancias intrincadas le han valido que muchos sitúen también allí el Laberinto en el que Minos encerró a un monstruo terrible mitad hombre y mitad toro: el Minotauro.

 

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El palacio de Cnosos.

El palacio de Cnosos.

Nikos Kazantzakis, el gran escritor cretense, escribió sobre este enclave en su autobiográfica Carta a El Greco': “El misterio de Creta es profundo. El que pone el pie en esta isla siente una fuerza misteriosa, cálida, llena de bondad, que se expande en sus venas y hace crecer su alma. Pero este misterio se ha hecho aún más rico y más profundo a partir del día en que se descubrió, hasta entonces oculta en la tierra, esta civilización tan abigarrada, tan distinta, tan llena de nobleza y de alegría juvenil”. Y un amigo francés, que le acompañaba, respondió cuando le preguntó en qué pensaba: “En Creta y en mi alma… Si volviera a nacer, querría ver la luz aquí, en esta tierra. Hay aqui un encanto invencible.”

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Visitamos, entonces, con tiempo y sin demasiadas aglomeraciones esos dos centros de la cultura mundial, aunque lamentablemente Cnosos tenía algunas de sus estancias más hermosas cerradas por culpa de las restricciones del covid 19. Se veían grupos de turistas, pero logramos con facilidad hacer una cosa imposible durante años: sacar fotografías de rincones sin gente.

La Mezquita Nerantzés o de los Jenízaros, desde la ventana del Hotel Helena.

La Mezquita Nerantzés o de los Jenízaros, desde la ventana del Hotel Helena.

Vista del puerto, con algunos turistas

Vista del puerto, con algunos turistas

La Canea, casi sin turistas.

La Canea, casi sin turistas.

Tiempo para la conversación ante la catedral (Mitropoleos) de La Canea.

Tiempo para la conversación ante la catedral (Mitropoleos) de La Canea.

Insólita vista de la calle Theotokopoulos de La Canea.

Insólita vista de la calle Theotokopoulos de La Canea.

Casi solos.

Casi solos.

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En el puerto veneciano de La Canea.

En el puerto veneciano de La Canea.

Y, por supuesto, por supuesto, por supuesto, pasamos varios días en La Canea, nos alojamos como casi siempre en el sencillo Hotel Helena, con la panorámica habitación de siempre y sus vistas al puerto veneciano, y la hospitalidad singular de Andonis el dueño, y de su hijo Yorgos, que tuvieron el impagable detalle de invitarnos a cenar en Kantouni, una de sus tabernas de confianza, fuera del recinto amurallado.

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Dos vistas del rincón donde se sitúa el café Meltemi, de Yiannis.

Dos vistas del rincón donde se sitúa el café Meltemi, de Yiannis.

En esa misma ciudad, la más bella de Creta, fuimos también otra vez a cenar al restaurante Glositses, que tiene las mejores tzouzoukakia que hemos comido, pero esta vez no pudimos saludar a Christos, el encargado que no apareció por allí. Y por supuesto, desayunamos cada mañana conversando con Yiannis, el de la voz susurrante, en su familiar café Meltemi, al final del puerto, en la bien llamada esquina de los Ángeles, porque así se denomina la calle, Angelou.

La playa de Molos, cerca de Kisamos.

La playa de Molos, cerca de Kisamos.

Fuimos a la fabulosa playa de Falasarna, pero ese día tocó viento y nubes, y desandamos el camino para descubrir y  quedarnos en el pequeño arenal de Molos, en las cercanías de Kisamos y no muy lejos de su viejo puerto. Curiosamente, allí el día era perfecto. Y todo esto lo hicimos sin las aglomeraciones propias de otras temporadas, viviendo el único lado bueno que ha tenido esta pandemia de coronavirus, tema central de todas las conversaciones que allí tuvimos.

Así que pensamos en cómo sería esa meca del turismo masivo en que se ha convertido la impar Santorini, en este año sin aglomeraciones. Y resolvimos hacerle una visita, pero eso lo contaremos en la siguiente entrada.

La lluvia en vacaciones

Ulyfox | 13 de febrero de 2015 a las 13:32

Nubes negras sobre Mykonos.

Nubes negras sobre Mykonos.

 

Dicen que el invierno también es bonito. Que la lluvia es romántica (yo creo que sólo en Midnight in Paris de Woody Allen) y que el frío tiene su encanto. No logro sentir la emoción de ese supuesto encanto invernal. Concedo la sorpresa infantil que nos provoca la nieve, sobre todo a los que no podemos verla más que en películas o en viajes, dos formas de fantasía. Pero para mí la vida humana plena nació con el calorcito, o en todo caso con la suave templanza de la primavera, que a fin de cuentas es la esperanza del buen tiempo. No en vano la civilización occidental nació en aquel rincón cálido del Mediterráneo extendido hacia el Oriente. Y por eso, tal vez, el ser humano empezó a serlo en África.

La lluvia sobre el puerto de Mykonos.

La lluvia sobre el puerto de Mykonos.

Por eso, el mal tiempo en vacaciones tiene ese punto de mala suerte, de inesperado paréntesis en el disfrute. Lo soportamos porque al ocurrir en verano siempre esperamos que sea una cosa pasajera, y que el sol termine reclamando, y conquistando su territorio natural. En esas ocasiones, hasta le podemos encontrar su mijita de gracia, con los turistas en chanclas y ropa ligera corriendo sorprendidos por el agua y el viento fresco. Estas pasadas vacaciones de septiembre, un mes propicio a que el invierno haga incursiones preparatorias, la lluvia, y en algunos casos un inesperado frío, nos visitó en casi todas las etapas del viaje a nuestro lado oriental de Europa, por otra parte bendecido con un buen tiempo en general. Nos ocurrió en la sorprendente y de moda Milos, nos volvió a ocurrir de manera torrencial en el Este de Creta, en el paraíso de Kato Zakros cuando estábamos en la playa. Christóforos, el jovial dueño de la maravillosa taberna Nostos, nos aseguró que hacía 17 años que no llovía de esa manera.

Pero en Mykonos la belleza siempre vence.

Pero en Mykonos la belleza siempre vence.

Era más normal en Estambul, tan visitada por la lluvia, donde el agua insistente en los dos últimos días nos fastidió dos veces una prevista visita al lado asiático de la impresionante ciudad. Pero le encontramos también la belleza a la silueta humedecida de la Mezquita Azul, y agradecimos más el tranquilo refugio del Museo de los Mosaicos, y el descubrimiento del vecino y precioso barrio de Cankurtaran, con sus casas de madera y colores, casi un barrio suizo o nórdico.

El inusitado chaparrón en Kato Zakros.

El inusitado chaparrón en Kato Zakros.

Sólo en la preciosa y blanca isla de Paros el cielo permaneció azul todo el tiempo. Pero en nuestra amada Mykonos de final de septiembre, el agua ya no tuvo piedad. Ni siquiera nos permitió visitar nuestra playa favorita, Paranga, ni degustar los estupendos mejillones de su Taberna Tassos. Pero claro, es que en Mykonos la amabilidad de la familia del Hotel Damianos, los abrazos de nuestros amigos y la belleza de su capital, Hora, siempre vencen. Incluso a las más terribles tormentas y nubes amenazadoras.

La frecuente lluvia en Estambul.

La frecuente lluvia en Estambul.

Cuando escampa en el barrio de Cankurtaran de Estambul.

Cuando escampa en el barrio de Cankurtaran de Estambul.

 

Las alegrías de la guía

Ulyfox | 2 de noviembre de 2014 a las 21:33

Una mañana radiante en Kato Zakros desde los apartamentos Terra Minoika.

Una mañana radiante en Kato Zakros desde los apartamentos Terra Minoika.

La Canea, septiembre de 2014.

La Canea, septiembre de 2014.

Antes de volver a Creta este pasado septiembre fantaseábamos con la idea de ir paseando por alguna de sus ciudades, pueblos o playas y encontrarnos de pronto con alguien que llevara nuestra guía (ya sabéis, esta: http://www.anayatouring.com/Guias/creta/ ) y presentarnos como los autores, y comentar cosas, y contar nuestra historia, y si hiciera falta dar algún consejo sobre la marcha, y preguntarles temerosos si les había gustado… ¡Pues nos pasó! Y no una sino dos veces.

 

Cenando en el Glossitses de La Canea con Isabel y Santiago, dos de nuestros lectores.

Cenando en el Glossitses de La Canea con Isabel y Santiago, dos de nuestros lectores.

Bien es verdad que una de ellas ya la teníamos preparada. Una pareja de León, Isabel y Santiago, nos escribió hace un tiempo diciéndonos que habían comprado la guía y que se iban a Creta con ella. La feliz casualidad era que coincidía su estancia con la nuestra, así que nos citamos en La Canea en lo que luego resultó una hermosa y larga velada de charla, vino, mejillones, pulpo y sardinas que empezó en una cervecería del puerto, continuó en el maravilloso restaurante Glossitses con la especial atención de su dueño, Christos, y finalizó en el hotel Helena, que coincidentemente también compartimos. Isabel y Santiago parecían encantados con Creta y excuso deciros que eso no nos sorprendía en absoluto. Comentamos la belleza de la isla, la amabilidad de sus gentes, la excelencia de su acogedora hostelería y nosotros participábamos en la conversación con la complacencia de quien oye hablar bien de los suyos. Naturalmente, de aquello derivó un gran deseo de devolver la visita en León. Seguro.

El otro encuentro fue una deliciosa sorpresa en uno de nuestros lugares favoritos de Creta, Kato Zakros, en el extremo oriental, en donde pasamos dos noches invitados por Stella e Ilías, los afortunados dueños de los aparatamentos Stella y Terra Minoika, un paraíso que es como un compendio de la isla con su playa, sus olivares, su garganta, sus tabernas y su importantísimo palacio minoico en unos pocos cientos de metros cuadrados. Esa noche habíamos ido a cenar a la Taberna Nostos porque habíamos resuelto despedirnos del lugar con una kakaviá (suprema sopa de pescado). El dueño, el charlatán Christóforo, ya nos conocía de anteriores ocasiones y había visto también la guía, al igual que sus hijos Angelikí y Kostas. Cuando la hija nos vio llegar nos dijo: “Os tenemos una sorpresa”, sin añadir nada más. Pero al entrar en la preciosa terraza junto al mar vimos en una mesa la inconfundible portada roja del libro, y sentados ante ella a una pareja muy joven. “¡Ah, mira!”” exclamó Penélope, y la argentina Alfonsina y el catalán Charli volvieron la cabeza y nos sonrieron. “¿Sois vosotros los autores?”, preguntó el joven, y nos explicó que habían estado almorzando y que Christóforo les contó que estábamos allí y que por la noche iríamos a su taberna. Y nos esperaban, y nos dieron la satisfacción de decirnos que estaban en ese pueblo y esa taberna, precisamente porque la guía lo recomendaba.

Cantando con Christóforo en su taberna, Nostos, en Kato Zakros.

Cantando con Christóforo en su taberna, Nostos, en Kato Zakros.

El zalamero dueño apareció entonces y volvió a hacer las presentaciones. Y eso dio lugar, naturalmente, a una cena enorme de sabrosísima sopa, y vasos de rakí prolongados. En un momento dado Christóforo contó que su hija se casaba en diciembre, y que había puesto dos condiciones para la boda: que, en contra de la costumbre, no hubiera pistolas ni disparos al aire, y que, otra tradición, Angelikí no tuviera que bailar con todos y cada uno de los parientes y amigos del novio. Y que a cambio, él iba a cantar en la boda. “Porque yo soy cantante -dijo- y tengo varios premios”. Ahí me vine arriba, tal vez por el abundante rakí, y le entoné un estribillo griego para ponerlo a prueba: “An zimizís t’oniró mou, se perimeno narzís…“, que no es otra que la versión original en griego del gran Mikis Theodorakis de la Luna de miel que luego cantaron en español Gloria Lasso y Paloma San Basilio: “Ya siempre unidos, ya siempre, mi corazón con tu amor…“. (Aquí os podéis hacer una idea de lo bien que suena en griego, por Yiannis Parios en el auditorio de Likabitos, casi en el cielo de Atenas:  https://www.youtube.com/watch?v=L7W_s5oZiH8  ). Christóforo recogió el guante y los dos completamos la estrofa enlazados por los hombros. Y luego siguió también un trozo de Ítane mia forá de Nikos Xylouris, y un amago de Los niños del Pireo. Por supuesto, después de los cantos regionales y de la exaltación de la amistad, nos invitó a la cena.

Otra tarde más en La Canea.

Otra tarde más en La Canea.

No habían terminado las alegrías proporcionadas por nuestra pequeña pero bienamada obra. Ya en La Canea, nos llegó que el dueño de la librería Mediterráneo, en el puerto veneciano, quería hablar con nosotros de la guía, que se vendía en su establecimiento y que le había gustado mucho. Y era verdad, puesto que después de comentar lo que él entendía como cualidades del libro, nos hizo una sorprendente propuesta: que era una pena que sólo estuviera en español, a fin de cuentas un idioma minoritario entre los visitantes de Creta, y que estaba dispuesto a traducirla a otros idiomas más usados como el inglés, el alemán, el italiano o ¡el ruso!, que la traducción y la distribución correrían por su cuenta… Lo paramos, claro, eso no dependía de nosotros, sino de la editorial. Insistió en que lo pusiéramos en contacto con ésta… y ahí estamos: la propuesta está en manos ahora del director general de Anaya Touring. No creemos que llegue a buen puerto la cosa, pero ¿quién sabe?

La Canea, veneciana y turca, la joya de Creta. Para daros las gracias.

La Canea, veneciana y turca, la joya de Creta. Para daros las gracias.

Y lo último, no os canso más, ha sido a nuestra vuelta. Nuestra querida editora Ana López nos comunicó hace unos días que la guía está ¡AGOTADA! y que están pensando en una reimpresión para finales de año. No hay ejemplares en sus almacenes, pero seguramente sí quedarán en los puntos de venta. De todas formas, según ella es algo inusual para un destino como Creta, en el que los comerciales de la compañía no confiaban. Afortunadamente, sí confiaron los que más saben: el hasta hace muy poco director de Anaya Touring, Pedro Pardo (vaya usted a saber por qué dejó en manos de un desconocido la escritura de esta guía…)  y la propia Ana. ¿Qué más podemos pedir en apenas siete meses de vida de esta modesta obrita? ¿Cómo os podemos dar las gracias?

He tenido carta de Kato Zakros

Ulyfox | 22 de noviembre de 2012 a las 2:06

La solitaria playa de Kato Zakros

“Por supuesto que nos acordamos de vosotros muy bien. Nosotros estamos bien y disfrutando del invierno en Creta. El tiempo ahora es lluvioso y en unas pocas semanas comenzaremos la cosecha de aceitunas. Con mucho gusto os enviaremos raki, pero por lo que sé es bastante caro si se mandan pocos litros”. Son palabras de Stella, la dueña de los apartamentos que llevan su nombre en un lugar definitivamente paradisíaco del este de la isla. Ya os he hablado de Kato Zakros y de los apartamentos Stella, y de su impar marido Ilias, y del hijo de los dos, Stratis. Ayer les pedí que me investigaran la posibilidad de enviarme una buena remesa de raki, ese destilado maravilloso omnipresente en Creta, símbolo de hospitalidad y generosidad. Allí te dicen por la mañana que es bueno para ayudarte a sobrellevar el día, a media mañana para acompañar el café o ese pequeño almuerzo de quesos y aceitunas, más tarde a la hora del aperitivo, luego que sirve para hacer la digestión, por la tarde en la visita a los amigos y por la noche te ayuda a dormir.

La terraza de los apartamentos Stella, el jardín, el olivar y el mar al fondo.

Y esas palabras de Stella me han parecido venir de una Arcadia feliz y en armonía con la naturaleza. Me imagino a esa familia, únicos habitantes permanentes de esa mini aldea, pintando y arreglando sus preciosos apartamentos en medio de ese jardín, a Ilías yendo al campo con su burro en los intervalos entre la fabricación de los muebles de madera y los supongo felices. Él es un hombre total, ex culturista y alpinista, arreglador y señalizador de senderos, ella lleva los apartamentos y da clases de danza griega en invierno (recuerdo que durante nuestra estancia allí, una tarde demostró que sabía bailar sevillanas y dijo que le encantaban).

Nuestro alojamiento en casa de Stella

Y me siento, nos sentimos felices de tener amigos allí, cerca de la Garganta de los Muertos y de los restos del palacio minoico de Kato Zakros, a la orilla de una bahía profunda y cristalina que en tiempos albergó un puerto que comerciaba con Mesopotamia y Fenicia. Amigos que recogen aceitunas y producen raki. Amigos que nos escriben esas cartas evocadoras y provocadoras de envidia, y que están allí tal vez esperándonos…

El valle y la bahía de Kato Zakros, desde Terra Minoika, las villas también propiedad de Stella e Ilias.

Donde viven Ilías y su familia

Ulyfox | 5 de julio de 2012 a las 1:41

 

Kato Zakros, el lugar de residencia de Ilías y su familia.

Una de las muchas alegrías de este viaje inesperado a la tierra que amamos es la gente que hemos conocido, esas sorpresas globales de las personas en su entorno perfecto, como si lugar y ser humano hubieran encontrado su matrimonio bien avenido. En Creta, eso sucede a menudo, tan importante es el medio en esta isla, el hábitat que dirían los naturalistas. Por eso quisiera presentaros a Ilías, el hombre de las nieves, del que no tengo foto porque me dio reparo hacérsela. Junto con su mujer Stella regentan el Stella Traditional Appartments, un alojamiento perfecto, increíble, integrado en la ladera verde que domina el valle de Kato Zakros, otro sitio de los que solo son posibles en Creta.

La vista desde nuestro apartamento en Stella Appartments

Empiezo por hablaros de Kato Zakros, o mejor, por resumirlo: una ensenada de aguas transparentes en forma de media luna, un fértil valle en tierra lleno de frutales y olivos, una pared montañosa en derredor, los restos de un palacio minoico en la boca de una garganta preciosa, y varias tabernas y apartamentos. En este paraíso viven como únicos habitantes permanentes Ilías, Stella y su hijo Stratis. En temporada, hay algunos residentes más, propietarios de restaurantes y alojamientos de muy buena calidad en general, y por supuesto, unas decenas de turistas. Pero Ilías y su familia son los tres habitantes de Kato Zakros, en realidad una pedanía de Zakros, allá arriba en la montaña, capital del aceite de oliva más antiguo de Grecia, lo que ya es decir. De hecho, junto al pueblo hay un olivar que gasta fama y usa carteles de estar ahí desde los tiempos minoicos, calculad los años, miles.

El azul del mar de Kato Zakros

Ilías, que nació en Salónica, es montañero, y antes fue culturista, o a la vez. Tiene la recepción de sus apartamentos llena de fotos de sus expediciones. Colecciona cámaras de fotografía y ha hecho con sus propias manos todos los remates de las habitaciones de su negocio. Es un excelente carpintero y le gusta hablar de García Lorca tanto como de Kazantzakis. Ha abierto senderos, habilitado caminos y explorado cuevas en los maravillosos alrededores y da con gusto todas las informaciones sobre ellos.

 

Andando por la Garganta de los Muertos

 

Durante nuestra estancia en Kato Zakros, recorrimos la Garganta de los Muertos, dos horas y media de caminata por una hendidura hecha en la tierra por un riachuelo que desemboca en la playa. Nos preguntábamos quién habría señalado el camino poniendo marcas de pintura roja en las piedras. En una charla posterior descubrimos que había sido él, el mismo Ilía sque ha colocado flechas, instalado escaleras de hierro y limpiado de malezas tantos caminos en su tierra tan amada, de la que hablaba con orgullo y dolor.

Descansando en los apartamentos

Stella es de Zakros y da nombre a los apartamentos, los atiende y gestiona las reservas, pero si quieres te da lecciones de danza cretense. Es una experta bailarina que se arrancó al atardecer con unas sevillanas que aprendió en Salónica, su silueta casi dibujada frente al mar de Creta, y que al despedirnos después de varias horas de conversación en el porche de su otro negocio, Terra Minoica, nos regaló un pan auténtico, tomates y un bizcocho que fueron nuestra cena junto con un poco de queso y aceitunas que compramos en la taberna de la playa, con aceite y raki cortesía de Stella. Y fue una cena inolvidable junto al precioso apartamento de piedra, bajo los árboles, ya calladas las chicharras.

El opíparo desayuno tras el recorrido por la garganta, en la playa de Kato Zakros.

 

¿Dónde nos metemos?

Ulyfox | 26 de enero de 2012 a las 15:45

 

Dos nescafés frappés en Kato Zakros, un lugar donde meterse.

¿Dónde para soñar que esto no está ocurriendo, no ha ocurrido?  ¿Dónde para sentirnos a salvo de estos ladrones que salen indemnes y amenazan con, una vez libres, volver a robarnos? ¿Dónde para escapar de su sonrisa de “creíais que me íbais a pillar”? ¿En qué lugar sentirse a salvo de la insensibilidad social del nos da igual? ¿Dónde para ese paraíso en el que no nos sintamos agredidos cuando los delincuentes estén en la calle y a los jueces que los persiguen se les acose como a criminales?

Una vista de la playa desde la habitación en Kato Zakros.

Lo sé, lo siento, no debo hablar de estas cosas, ni debo aludir en un blog de viajes a Francisco Camps, ese hombre que ha vuelto a convertir en sospechosos sin castigo a todos los que llevan trajes a medida para esconder mejor entre sus perfectas costuras su ambición de pobre hombre. Ni debo recordar con nostalgia el papel trasgresor que se dio a los vaqueros y las camisetas ¡bah!

Un desayuno en el refugio.

Tal vez la única verdad sea que no hay en este mundo un lugar donde refugiarse de esas frustraciones y peligros. Pero como estamos entre amigos sin ganas de asentar dogmas, sólo de lanzar propuestas, os doy la mía: existe ese sueño en Creta, y se llama Kato Zakros: apenas diez o doce casas y varias tabernas con habitaciones a la orilla del mar, un arroyo que viene de la Garganta de los Muertos, y unas ruinas ruinosas de un palacio minoico, esa civilización misteriosamente perdida. La playa es de grandes piedras, no ideal para el baño, y se puede decir que tiene una grandiosa belleza.

Ahí está, en uno de los confines de Creta.

Como corresponde, es difícil llegar. Hay que proponérselo en serio. Pertenece a lo que yo llamo los confines de Creta. Esta isla fantástica parece huir de sus puntos cardinales y cada uno de ellos es como el fin del mundo, como territorios para exploradores. Pero en realidad, sus caminos han sido hollados desde hace milenios por hombres y dioses. Y se puede sentir su aliento.

Una casa en la playa.

Kato Zakros está en la costa sudeste de Creta, lo que equivale a decir que mientras se llega da tiempo a olvidar muchas cosas, puesto que hay que llegar en avión a Atenas, volar a la capital cretense, Heraklion, o mejor al menos activo aeropuerto de Sitia, y luego meterse con un coche por las particulares carreteras de la zona, subiendo y bajando montañas, costeando curvas y descendiendo luego a la bahía. Suficiente para que se nos olvide lo que aún quedaba. Y allí, ante tí, acomodado en la taberna con habitaciones unos pocos días, sólo tendrías el mar, sabiendo que enfrente pero muy lejos no hay más que mar y al final la costa libanesa que no podrás ver pero sí soñar, de nuevo. Y que si te mueves un poco hacia el norte encontrarás playas azules, algunas con palmeras, tabernas solitarias; y si hacia el oeste, te toparás, atravesando montañas y carreteras imposibles, con nuestra mítica higuera, en Pefki. Hasta que tengas que volver.

Una taberna en una playa, no demasiado lejana de Zakros.

Búscalo en el mapa: http://maps.google.es/maps/ms?msid=213662000049538835059.0004b76e7eed7196c37fc&msa=0&ll=35.131421,26.256294&spn=0.1008,0.219383

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En un lugar de Creta

Ulyfox | 21 de febrero de 2010 a las 14:25

El camarero era muy joven. “Esta taberna la hemos visto en la portada de una revista”, le dije en mi inglés tan malo como el suyo.  O sea, que nos entendimos rápido. “Sí, sí, en la revista ‘Travel’ “, dijo él. No sé si acertó. Era temprano para nosotros españoles, y sólo le pedimos una cerveza (“¿Heineken, Amstel, Mythos?” preguntan siempre en Grecia), que acompañamos con un plato de minúsculas aceitunas, poco más grandes que unos guisantes y sutilmente aliñadas. Las disfrutamos como si fuera caviar iraní, imaginando como debe saber el caviar. La temporada turística en el Este de Creta, mediado septiembre, estaba dando sus estertores, y además el viento golpeaba de manera inmisericorde. Pero había dos parejas de guiris almorzando y mirando el azul y violeta frente a sus ojos, o al revés. Sólo estuvimos una media hora. La taberna solitaria está en la playa de Hionas, y tiene unos pocos apartamentos por si quieres reinar al atardecer. Nosotros, sin embargo, queríamos llegar a Kato Zakros, un lugar sólo creíble cuando llegas. Pero de eso os hablaré otro día.

Taberna en la playa de Hionas, Creta

Si alguno estuviera realmente interesado en visitar Hionas, lo tiene fácil. Sólo requiere tiempo y ganas. Tiene que volar de Madrid a Atenas (en Iberia, pero hay mejores precios en Aegean Airlines fuera de temporada) y luego en la misma compañía o en Olympic de Atenas a Heraklion, capital de Creta; también hay vuelos a Sitia, una ciudad más pequeña pero más cerca de este lugar. En cualquiera de las dos, ya hay que alquilar un coche y recorrer una carretera no siempre en buen estado, digamos una hora y media. ¿Demasiado? Sí, pero una vez que estás en Creta, ¿para qué te vas a perder esta maravilla?. La taberna es familiar, con esa vista la comida debe de ser fabulosa y seguramente te regalarán el postre y el raki, maravillosa costumbre de las tabernas cretenses. No es para ir un fin de semana, es cierto. Pero nadie dijo que el cielo estuviera cerca.